II° Jornada de los pobres

Este año, el lema de la IIª Jornada Mundial de los pobres está tomado del Salmo 34: “Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó” (Sal 34,7). El pobre grita, Dios lo escucha y lo libera. Estos tres verbos articulan el Mensaje del Papa Francisco. 

El salmo es oración. El salmista es un pobre que cree en Dios y ora. En su angustia, se dirige al Dios amigo de los pobres. Se ha sentido escuchado y, ahora, lo cuenta para que otros que pasan por lo mismo, encuentren una puerta a la esperanza. Ha hecho la experiencia religiosa fundamental: para Dios, él no es un número o un objeto borroso. Él es un sujeto vivo, un “tú” al que Dios se dirige con atención. Con Él puede entablar un diálogo, hablar, escuchar y sentirse acogido.

Esta experiencia fundante ha sido recogida por la reflexión cristiana en uno de sus conceptos más significativos: el hombre es persona. Esa es su dignidad y así ha de ser tratado.

Cualquier mirada a la pobreza debe hacerse cargo de esta paradoja: nunca como en estos últimos cien años, tantos seres humanos han logrado salir de la pobreza. Por otra parte, nuestro tiempo ve crecer no solo la desigualdad sino también formas aberrantes de indiferencia y de “odio al pobre”. Pensemos, por ejemplo, en el crecimiento de la xenofobia o del rechazo del inmigrante. Algunas voces así ya comienzan a hacerse sentir entre nosotros.

En Argentina, además, el drama de una pobreza consolidada y creciente expresa como pocos nuestra propia decadencia espiritual, ética y cultural. Humanidad en crisis.

Los discípulos de Jesús, aún con miradas distintas sobre las causas de la pobreza y los remedios más eficaces para superarlas, tenemos un sólido punto de referencia: Cristo, nuestro Señor, se identifica con los pobres y, desde ellos clama e interpela. La opción por los pobres nace del núcleo de nuestra fe en Jesucristo.

La Jornada anual de los pobres tiene una finalidad precisa: a la vez que provocar nuestra reacción contra la cultura del descarte y la indiferencia, se propone propiciar la que el Papa llama: la cultura del encuentro. Eso significa: descubrirnos hijos y hermanos, sentados a la misma mesa, no por dádiva, sino por dignidad. La dignidad de hijos e hijas de Dios.

Ninguna ideología o programa político, por legítimo que sea, puede dejar de contar con la fuerza verdaderamente revolucionaria de esa experiencia, a la vez, religiosa y humana.

Dos monedas que valen un tesoro

WEB_32e Di TO B_20181111.jpg«La Voz de San Justo», domingo 11 de noviembre de 2018

“Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).

No hace falta tener fe para descubrir que Jesús es un observador perspicaz. Es capaz de ver lo que otros no ven. Lee con especial finura el corazón humano.

Claro, ese poder de observación nace de su exquisita sensibilidad. Los creyentes diríamos: es la perspicacia divina de sus ojos y de su corazón humanos.

La escena del evangelio de este domingo es buena muestra de ello. En contraposición a las cuantiosas donaciones de muchos, los ojos de Jesús se detienen en las dos moneditas de cobre que una pobre mujer viuda ofrenda al templo.

Esa mujer está dándolo todo… y más. Está dándose a sí misma.

Tal vez – aventuro yo, con un poco de osadía – lo que Jesús entrevé en semejante donación es algo que ya palpita en su corazón: llegado el momento, él mismo hará lo mismo. Ya no serán dos monedas, sino su propia persona, su cuerpo y su vida.

Creo que hay más: en esa pobre viuda y su pobre ofrenda, Jesús reconoce lo más real que ha traído desde al mundo: la gratuidad del amor que es la esencia misma de Dios.

Más que la justicia, el amor gratuito es el corazón de la doctrina social de la Iglesia.

Y nuestro mundo no solo lo necesita. Lo anhela como el sediento quiere agua para vivir.

Simplemente humanos

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«Con todo el corazón, con toda el alma»

«La Voz de San Justo», domingo 4 de noviembre de 2018

“Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero…” (Ap 7,14).

El culto a los santos arrancó temprano. Y lo hizo como veneración por los mártires, es decir, los que derramaron su sangre en testimonio de fidelidad a Cristo. De ahí la imagen del Apocalipsis: blanquearon sus mantos en la sangre del Cordero.

El paso del tiempo irá añadiendo otras formas de testimonio que se harán merecedoras de veneración: los que, sin llegar a la muerte, sufrieron tormentos y son confesores de la fe; los monjes del desierto, los que permanecen vírgenes, los pastores santos, etc. La misma Iglesia irá calibrando mejor los procesos por los cuales reconoce la santidad de sus hijos e hijas.

Así se irá dibujando el rostro católico de la santidad: tan rico y variado como la vida misma; y, sin embargo, con un perfil característico e inconfundible. Cada santo o santa es como una tesela de un mosaico colorido con el Rostro de Cristo.

El evangelio de este domingo (cf. Mc 12,28b-34) nos ayuda a desvelar el misterio de la santidad cristiana: el santo es alguien que ha hecho experiencia del verdadero Dios, el Padre de Jesucristo, el que resucita los muertos. Lo ha escuchado y, así, ha dejado entrar la fuerza de su Espíritu en su vida. Y, dócil a su impulso, lo ha amado “con todo el corazón y con toda el alma, con todo su espíritu y con todas sus fuerzas”.

Y, en esa experiencia, el santo es un hombre o una mujer que ha logrado encontrar la mejor versión de sí mismo. Es un testigo de humanidad lograda. De ahí la permanente fascinación de su persona, incluso sobre quienes son escépticos con la religión o con la Iglesia. Los ídolos nos deforman, el encuentro con el Dios vivo nos humaniza.

Ese encuentro lo ha colmado y lo ha hecho profundamente libre. Por eso, el añadido que hace Jesús al mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas resulta la medida concreta de esa libertad: “y a tu prójimo como a vos mismo”. Es lo que realmente acredita que ha conocido realmente a Dios, no un sucedáneo, un placebo o, peor aún, un ídolo.

El verdadero culto a Dios está en el amor al prójimo. El encuentro con Dios ha liberado el corazón y las manos para buscar, de forma concreta y original, el bien del otro, especialmente del menos favorecido.

El rostro de la santidad cristiana es el del servicio hasta el fin o, como escribe con acierto el Papa Francisco: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (GeE 7).

¿Los santos? Simplemente humanos.

35 años de democracia

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Hace 35 años, el 30 de octubre de 1983, después de la noche oscura del terrorismo de estado, los argentinos volvíamos a elegir a nuestras autoridades. A los ponchazos, nuestra democracia republicana ha seguido caminando.

¿Qué piensa la Iglesia católica sobre la democracia?

Transcribo, a continuación, el último gran pronunciamiento del Magisterio al respecto, Es el famoso nº 46 de la gran encíclica de San Juan Pablo II, Centesimus Annus, de 1991.

46. La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica 93. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado.

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad 94.

La libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano vive la libertad y la sirve (cf. Jn 8, 31-32), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón 95.

ESI: nadie tiene la vaca atada

121752.jpgEste fin de semana, varias ciudades argentinas han visto a miles de ciudadanos manifestarse bajo el lema: “Con mis hijos no te metas”. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un hashtag de fuerte presencia en las redes.

El disparador ha sido la intención de introducir modificaciones a la legislación vigente en Educación Sexual Integral.

Leyendo los titulares de algunos medios podría quedar la impresión de que se trata de grupos conservadores que le dicen “no” a la educación sexual, sin matices ni distinciones.

Creo sinceramente que hay que ser más cautelosos. Incluso me permito dar un consejo a quienes se sienten escandalizados, se sorprenden de que se esté hablando de “ideología de género” y tienden a descalificar como “retrógradas”, “oscurantistas” e “hipócritas” estas manifestaciones.

El consejo es este: bajar un cambio, detenerse a escuchar, tomar un poco de distancia de los propios puntos de vista y ensayar la posibilidad de comprender a las personas con sus ideas, motivos y perspectivas.

Este es, además, un buen ejercicio democrático: escuchar al ciudadano, abrirse a la realidad en todas sus expresiones.

Es cierto que algunos rechazan incluso la actual ley de ESI. Fruto de importantes consensos, desde la Iglesia católica nos hemos manifestado a favor de ella. Sin embargo, no están tan desacertados quienes consideran que, bajo la vigencia de esta ley, ya han sido introducidos los postulados más extremos del enfoque de género, avanzando en un proceso de reingeniería social.

Este es un punto que merece atención. Desde mediados de los noventa, la palabra “género” ha empezado a sonar en diversas disposiciones oficiales (leyes, normativas, papers, etc.). Se iba enhebrando así un tejido bastante compacto de orientaciones que asumían el “enfoque de género” como pauta educativa.

Tendríamos que añadir que este proceso ha sido constante y, en buena medida, avasallador. Lo que ocurría en las disposiciones educativas de las provincias corría en paralelo con una serie de leyes del Congreso Nacional, por ejemplo: el matrimonio igualitario y la identidad de género.

“Es la ley”… Tema cerrado. La poderosa, pero también boba mano del Estado parecía direccionada por “especialistas” que dejaban, de hecho, poco espacio para la discusión.

Este modelo es el que está ahora entrando en crisis. Y es muy bueno que así ocurra y que se lo ponga en discusión desde las bases, es decir, que sean los padres, preocupados por la educación de sus hijos los que pongan el grito en el cielo. En definitiva, ¿no son los padres los responsables originarios de la educación, especialmente de la orientación moral de los hijos? Los demás que intervenimos en la educación (estado, escuela, iglesias, profesionales de la educación, etc.), ¿no tenemos un rol subsidiario?

Estamos al inicio de un auspicioso camino. Toda vez que la sociedad se moviliza hay que disponerse a caminar. Nos pasó recientemente con el aborto. Está pasando ahora con la cuestión de la educación sexual.

Una cosa es el respeto, el trato digno de las personas, especialmente de las que pertenecen a las minorías sexuales, y la efectiva superación de toda forma de discriminación injusta e incluso de violencia. Otra, muy distinta, es tener que aceptar sin más un enfoque filosófico determinado como una verdad indiscutible. Una cosa no supone la otra.

Por parte de la Iglesia católica, la semana pasada tres comisiones episcopales (Familia y laicos, Catequesis y Pastoral bíblica, y Salud) dieron a conocer un texto con el título: “Distingamos: sexo, género e ideología”.

Es, a mi modo de ver, un aporte muy valioso y que se estaba haciendo esperar. Siguiendo las reflexiones del Papa Francisco, asume cuanto de legítimo tiene la expresión “gender”, y toma distancia de lo que considera su deformación ideológica. Ofrece una indicación muy buena de por dónde tiene que ir el diálogo con otras perspectivas. Un diálogo que, sin claudicar de la propia posición, sepa discernir cuánto de verdadero hay en todo genuino reclamo humano.

De todos modos, seamos realistas. Las antropologías que proponen el enfoque de género, por lo general, tienen un punto de partida que está en las antípodas del humanismo cristiano. No es lo mismo sostener que esta realidad compleja que es la persona humana ha salido de las manos de un Dios sabio, creador y providente, que sostener que el ser humano es fruto del azar.

Una y otra visión tendrán necesariamente una comprensión muy diversa de lo que es la libertad humana y su rol en la construcción de la propia persona. El diálogo es posible, aunque el consenso sea muy difícil.

Sin embargo, y aún dejando de lado estas cuestiones filosófico-teológicas, la reacción de familias y diversos sectores ante la imposición de la ideología de género muestra que el Estado tiene que ser más cuidadoso a la hora de implementar políticas públicas en ámbito educativo. Hay que tomar nota de ello.

Es muy bueno que, en estas materias y en nuestra sociedad, nadie crea que tiene la vaca atada.

El rostro más lindo

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«¡Maestro, que yo pueda ver!» (Mc 10,51)

«La Voz de San Justo», domingo 28 de octubre de 2018

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (GeE 9).

Si el Papa no lo hubiera escrito, los cristianos de a pie lo sabríamos igual. ¿No es esa nuestra experiencia cotidiana?

Porque “santidad” quiere decir, ante todo, experiencia de Dios, de su presencia, de su ser misterioso: libertad que ama, que acaricia, perdona y reconcilia.

El momento central de la Eucaristía se abre, precisamente, cuando la comunidad reunida canta el himno bíblico: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Así se entra en la conmemoración de la entrega de Cristo. Él es el “bendito que viene en nombre del Señor”. Su cuerpo entregado y sangre derramada para el perdón nos hacen comprender cómo Dios es santo y cuál es la gloria divina que colma cielos y tierra.

La mayor tristeza que se puede imaginar es, precisamente, la de quien ya no puede reconocer la gloria de Dios que resplandece en todo lo que existe. Cuando esto ocurre, todo es oscuridad, vacío, amargura.

Algunos lo perciben con extremada sensibilidad: no poder ver a Dios en sus vidas conlleva un gran sufrimiento, una fuerte nostalgia de una belleza y bondad que se anhelan pero que no se logran encontrar.

La experiencia cristiana, más como gracia que como conquista, sencillamente dice: ese anhelo se ha cumplido, la verdadera santidad ha entrado en el mundo, no estamos solos ni abandonados.

El rostro de la santidad de Dios es el rostro de Jesucristo. “Solo Tú eres Santo”, cantamos cada domingo al inicio de la Misa, invocándolo como Señor y Salvador.

Cuando el Papa Francisco escribe la frase que abre esta columna piensa en esa forma de santidad que viven los que, con paciencia, entregan su vida por los demás, cada día, levantándose, una y otra vez, de sus caídas. No es la santidad de los puros y perfectos, sino la de los que se saben siempre en camino y, por eso, se animan a caminar.

Pero también, Francisco piensa más allá. Afirma: “Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»…” (ídem).

Este domingo, el evangelio nos presenta la figura de un ciego al que Jesús devuelve la vista (cf. Mc 10,46-52). Su súplica insistente conmueve: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!… Maestro, que yo pueda ver”.

También nosotros podemos suplicar así: poder ver el Rostro de Cristo en los rostros de tantos hombres y mujeres que viven el amor de Dios. Es una buena súplica al iniciar la semana en la que haremos conmemoración de nuestros difuntos y, al día siguiente, de todos los santos.

Sí, la santidad es el rostro más lindo de la Iglesia… y de toda la humanidad.

Iglesia y política: el desafío de construir cultura democrática

Muchos católicos se encuentran desconcertados, o incluso enojados, por gestos recientes de algunos sectores de la Iglesia.

Interpretan que se viene dando una indebida identificación entre la Iglesia y una determinada expresión de la vida política argentina: el peronismo, hoy en la oposición.

Pienso que es una lectura parcial y, por eso, no muy justa. Ese malestar, si embargo, es comprensible y atendible.

Por eso, a esos católicos desconcertados me gustaría decirles: no se sientan culpables si no están de acuerdo con algunos gestos, palabras o decisiones de sus hermanos en la fe, incluso si son sus pastores, en una materia tan importante, compleja y contingente como lo político-social.

Por supuesto, siempre hay que verificar si y en qué medida las propias percepciones tienen fundamento o no. Y estar más dispuestos a exculpar que a inculpar.

Por otra parte, la unanimidad de la fe católica en otros temas (la objetiva malicia moral del aborto, por ejemplo), aquí no se da.

Eso significa que existe una amplia libertad de acción, especialmente valiosa para la vocación y misión de los laicos.

En este punto, y huyendo de toda forma de clericalismo, los pastores tenemos que ser muy celosos en promover la libertad de acción que es propia de los laicos.

Como enseña el Papa Francisco, estamos “llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37).

Esto que vale para la moral matrimonial resulta especialmente significativo para la vida social, económica y política: el discernimiento es el camino de los discípulos de Cristo.

Y esto implica también que los católicos podamos expresarnos libremente, especialmente sobre aquellos asuntos que son materia opinable, en los que discrepamos y que pueden ser enriquecidos con diversidad de opiniones.

Semejante diálogo y discernimiento eclesiales nos precaverá del peligro siempre latente – en el que, por desgracia, en ocasiones hemos caído – de pretender ungir con la mística religiosa del Evangelio alguna determinada expresión política.

Hoy, en la Argentina, ninguna expresión política partidaria puede reclamar para sí la franquicia de la doctrina social de la Iglesia. Y, lo más seguro, es que eso no se dé nunca. Lo cual es, por otra parte, muy bueno. Cuando la política y la religión se mezclan indebidamente, todos perdemos. Necesitamos estar atentos.

En su momento lo señaló Benedicto XVI a los católicos alemanes: aunque dramáticos, los procesos de secularización han solido dejar una Iglesia más pobre, con menos poder mundano, pero también más libre y fiel al Evangelio.

No tenemos otro camino que fatigarnos en el discernimiento para iluminar nuestra conciencia y tomar, de vez en vez, las decisiones concretas que hagan posible edificar el orden político más justo posible, aquí y ahora. Y abiertos a las nuevas realidades que nos desafían.

Esto ha sido siempre valioso. Lo es mucho más en una sociedad como la argentina que vive procesos legítimos de secularización y de pluralidad política e ideológica.

En este contexto, la palabra y los gestos de la Iglesia, especialmente de sus pastores, deben ser cuidados al extremo.

Seguimos siendo un formidable actor de la vida política argentina.

Esto conlleva riesgos y una grave responsabilidad, entre otras, cuidar la cultura democrática que nuestro pueblo ha elegido y, aún a los ponchazos, viene sosteniendo desde hace más de treinta años. Pensemos en lo que hoy está significando caer en la cuenta de la hondura de la corrupción y la incertidumbre de si estamos o no dispuestos a decir un «nunca más» a este flagelo.

Asimilar dicha cultura, sus reglas de juego, sus tiempos y, sobre todo, el gris aburrido de sus procesos irremediablemente imperfectos reclama una infinita paciencia ciudadana.

Es también un formidable desafío para los católicos argentinos, nuestras comunidades eclesiales y para quienes somos sus pastores.

Vidas que inspiran

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«La Voz de San Justo», domingo 21 de octubre de 2018

“Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10,42-45).

Son palabras de Jesús. Las volvemos a oír este domingo. ¡Ojalá las escuchemos realmente!

Son palabras que inspiran y motivan, pero también juzgan: sacan a la luz la miseria e insustancialidad de tantas caretas. Mucho más cuando se comprueba que no son mera declaración. El que las pronuncia ha vivido así.

Uno de los riesgos más fuertes que corremos los que desempeñamos algún rol de dirigentes es el desconectarnos de la vida real de las personas. Para un cura, por ejemplo, eso es fatal, pues nuestra misión es sembrar de Evangelio la vida concreta de las personas reales. Ni más ni menos.

Creo además que muchos nos llevan la delantera. Hombres y mujeres sencillos, silenciosos y hasta ninguneados, pero que, en el día a día de la vida, cargan sobre sí la vida de otros, especialmente de los más vulnerables.

Sean o no creyentes, han dejado entrar en sus vidas la fuerza de estas palabras de Jesús: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10,43-44).

Este domingo te invito a escuchar estas palabras de Jesús. Te invito también a abrir tus ojos.

Es posible que, a la vuelta de la esquina o en quien menos pensabas, estas palabras sean también algo más que palabras.

Es posible que sean vida real, compromiso cotidiano y esperanza compartida.

Hay vidas que inspiran, tanto o más que las palabras.

Y, verlo con los propios ojos, en los tiempos que corren, hace mucho bien.

A propósito: ¿no viven así las madres? Feliz día a todas las mamás.

La Iglesia, los jóvenes y Jesús

«Jesus lo miró con amor…se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes» (Mc 10,21.22)

Desde Roma nos llegan noticias esperanzadoras. El Sínodo de obispos, convocado por el Papa Francisco, parece ir por buen camino. Más de doscientos participantes de todo el mundo están reflexionando sobre «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional».

El Papa ha pedido para los plenario que, después de cinco intervenciones (que no deben superar los cuatro minutos), se hagan tres minutos de silencio.

La idea es realmente escuchar. Y a fondo. Se trata de comprender las inquietudes que los jóvenes tienen dentro. Pero también los interrogantes que tenemos los adultos que intentamos acompañarlos en el camino de la vida. Más aún: se busca reconocer, en ello, la voz de Dios y los movimientos de su Espíritu.

Los informes que cada día se van haciendo públicos dan cuenta de una franqueza muy grande a la hora de hablar, escuchar y tratar de entender qué pasa.

El evangelio de este domingo (Mc 10,17-30) nos ofrece algunas pistas interesantes para poder apreciar esta dinámica del Sínodo.

Después de exponerle a Jesús la inquietud que lo carcome por dentro («Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la Vida eterna?») y su fidelidad a la ley de Dios, un hombre es sorprendido por Jesús: «Solo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme» (Mt 10,21).

Es verdad que el texto añade que aquel hombre se fue triste «porque poseía muchos bienes» (Mc 10,22). Pero hay un detalle que merece atención. Antes de formularle su inquietante propuesta, nos dice el evangelio, que Jesús «lo miró con amor». En realidad, la expresión es mucho más fuerte e incisiva. Da a entender esa notable capacidad de mirar dentro del corazón del hombre que es tan propia de Jesús.

Supo así comprender lo que inquietaba a aquel hombre, y adivinó que, no obstante su vida recta, había una carencia de fondo que tenía que salir a la luz. De ahí, la invitación que, aún hoy y a nosotros, nos desconcierta.

Jesús no deja indiferente a nadie. Quien comienza a advertir su misterio se ve llevado inexorablemente a revisar su vida y lo que está haciendo con ella. Quedan puestas en tela de juicio las prioridades y opciones. Emerge así la pretensión más intimidante de Jesús: ser el único que puede darle sentido a la vida. Él posee el secreto de una vida que sea realmente perdurable.

El siempre fascinante diálogo entre la Iglesia y las nuevas generaciones tiene un momento de verdad, más allá del cual no hay nada: todos delante de Jesús y su Evangelio, desnudos de pretensiones, abiertos al soplo de su Espíritu y desafiados a poner en crisis nuestras búsquedas y proyectos.

No se trata de que la Iglesia se convierta a los jóvenes, ni los jóvenes a la Iglesia. La única conversión que vale es a Jesús y al Reino que Él anuncia y realiza.

Todos bajo la mirada de Jesús.

Jesús y lo imposible

El evangelio de este domingo (Mc 10,2-16) me ha hecho recordar la película de J. A. Bayona: “Lo imposible”. Basada en un hecho real, relata la suerte de una familia golpeada por el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático, con más de cien mil víctimas.

En medio de esa devastación, lo imposible: los cinco miembros de una familia separada por la vorágine de las aguas se reencuentran. La escena que lo secuencia es intensa y conmueve profundamente.

77584Sin embargo, la memoria me evocó otra escena: Lucas, el hijo mayor, ha logrado hacer que su mamá herida llegue al hospital. Pero, en medio de esa situación extrema, el chico parece sobreponerse, al menos por un momento, a su propio dolor. Empieza a recorrer el lugar para que otros, igualmente perdidos y desesperados, puedan reencontrarse.

¿Por qué la memoria me ha hecho esta jugada? No lo sé bien. Creo que, al escuchar a Jesús hablar con tanta frescura del proyecto original del Creador sobre el amor humano, las escenas de “Lo imposible” le han dado plasticidad y forma al mensaje evangélico.

Esa es la potencia del amor. Ese es el sentido profundo de la atracción del hombre y la mujer. Esa es la vocación del cuerpo, la sexualidad y la libertad. Esa es, simplemente, la verdad de la humanidad, más allá de todas nuestras diferencias y fragilidades.

El relato evangélico es una perla preciosa. De las pocas veces que Jesús aborda el tema de la sexualidad. Frente a la mirada de corto alcance de sus contrincantes, Jesús no necesita decir mucho para restablecer el sentido originario del proyecto del Creador: “Pero desde el principio de la creación, «Dios los hizo varón y mujer». «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne». De manera que ya no son dos, «sino una sola carne». Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.” (Mc 10,6-8 citando Gn 2,24-25).

Parece imposible que la fragilidad del ser humano pueda hacerse cargo del proyecto de Dios sobre el amor. No es una dificultad solo de hoy. En el amor y la sexualidad se juegan cosas fundamentales. Son tan esenciales como frágiles. Siempre estarán amenazadas por diversas formas de deshumanización.

La clave está en la explicación que Jesús les da a sus discípulos, tan desorientados como los fariseos: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15).

lo-imposible--644x362La figura del niño, en labios de Jesús, evoca la experiencia religiosa original: la vida se debe recibir y vivir como don gratuito, libre y gozoso de Dios. Es Él quien restaña nuestras heridas y hace posible lo imposible: el amor como don de nosotros mismos.