Un politico guarda alle prossime elezioni. Uno statista guarda alla prossima generazione.
Alcide De Gasperi (+19 de agosto de 1954)
¿Qué quiere decir una “lectura pastoral” de las PASO?
Se trata de la lectura que hace un pastor, desde la óptica
del Evangelio y la luz que proyecta sobre la realidad social. Siendo más
precisos: una lectura que hace hincapié en la dimensión ética que tiene este
hecho político y ciudadano.
Lo primero que hay que decir es algo obvio: aún con todos
sus límites y evidentes inconsistencias, estas PASO muestran la voluntad
política del pueblo argentino. Al menos, de una mayoría consistente, cercana al
76% del padrón, que fue el que se acercó a votar.
La soberanía descansa sobre el pueblo. Las elecciones son
un momento clave para manifestar qué quieren los ciudadanos y hacia dónde se
dirigen en la construcción del orden justo de la sociedad. Una construcción
nunca acabada, de un bien posible, aquí y ahora.
Una mayoría importante se decantó por el Frente para
Todos, hoy en la oposición. Se trata de un 47,35 %. Un 32,08% lo hizo por el
oficialismo. El 8,23% lo hizo por Consenso Federal. Siguen: la izquierda con
2,86%, el Frente No con 2,64% y Unite con 2,19%. Las demás agrupaciones no alcanzaron
el mínimo para contender en octubre.
Por supuesto que estas cifras pueden ser leídas de muchas
maneras y desde diversos ángulos. Una mirada ética pone el acento, entre otras
posibilidades, en el bien común de la entera comunidad argentina.
En este sentido, me gustaría recordar una conocida frase
del gran Alcide De Gasperi. Este estadista italiano tuvo un yo rol clave en la
reconstrucción de la Italia de posguerra. Le cupo, sobre todo, un papel
fundamental en el ámbito más profundo y desafiante de dicha empresa: superar
heridas y odios muy arraigados, afirmando una sólida cultura democrática de inspiración
cristiana.
Decía De Gasperi: “Un político mira las próximas
elecciones. Un estadista tiene la mirada puesta en la próxima generación”.
Los porcentajes de las PASO y su eventual proyección para
octubre suponen una alternativa que contiene un gran desafío. Unos ganarán,
otros perderán. Es inevitable y es parte de la cultura democrática.
Los resultados, incluso si el oficialismo lograra su meta de dar vuelta las cifras, pueden ser leídos sin más como el triunfo de uno sobre otros, de un modo de pensar el país sobre otro. En este sentido, semejante interpretación no superaría la lectura de facción, con sus sesgos inevitables.
Otra alternativa, y es la que espero sinceramente que prevalezca, es hacer una lectura integral, tratando de escuchar lo que incluso los guarismos menores tratan de expresar.
¿No necesitamos una instancia superadora que, por ejemplo, pueda priorizar algunos grandes acuerdos y consensos, respetando también las diversas y legítimas diferencias de fondo que tenemos unos y otros?
No puedo dejar se señalar que, si bien exiguo, un
importante sector de la sociedad argentina le ha dado un canal político a la
opción provida. Después del debate pasado sobre el aborto, esta expresión
necesita ser escuchada en sus reclamos legítimos.
Cualquiera sea el ganador de las próximas elecciones generales de octubre tendrá el desafío de gobernar para todos, más allá de la retórica que esa frase de ocasión suele tener. El hoy de Argentina urge que se busque un consenso general, un diálogo amplio, una convergencia deliberadamente buscada de voluntades, tanto de los ciudadanos de a pie como de los dirigentes de los diversos sectores.
Si, como ha ocurrido en otras ocasiones, una amplia victoria les confiere a los ganadores no solo los cargos ejecutivos sino también las mayorías en las cámaras del Congreso, ese desafío se hace más delicado. Ya sabemos lo que, de ordinario, significan mayorías automáticas. Aquí las virtudes que supone el diálogo democrático con la especial sensibilidad para hacer lugar a las minorías ha de jugar un rol fundamental. También aquí se necesita una opción deliberada por el bien común y no solo por el interés de la propia facción o sector. El Parlamente es un espacio fundamental para una cultura democrática que hace crecer a todos en ciudadanía y en capacidad de edificar el bien y la justicia.
Todo un desafío para un país y una ciudadanía tan sufrida y probada como dada a diversas formas de providencialismos mesiánicos.
No dejo de orar, y con insistencia, por todos: por los
ciudadanos que seguimos en ruta eleccionaria, por los candidatos, por los que
están a cargo del gobierno, por las futuras generaciones.
Y que el próximo 10 de diciembre, aún en la derrota de
algunos, sea una fiesta de la democracia en la que el Himno nacional sea cantado
por todos con emoción y con fuerza.
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