Preparemos la vuelta del culto público

Fieles de Corea del Sur esta semana retomaron las celebraciones

El aislamiento social, preventivo y obligatorio plantea muchos desafíos a la sociedad.

Los ciudadanos no somos meros ejecutores pasivos de las decisiones de las autoridades.

Toda norma, mucho más si extraordinaria y exigente como esta, tiene que poder ser comprendida en sus términos y razones, para ser asumida libremente y a conciencia.

Una sociedad plural supone ciudadanos que son sujetos morales, por tanto, que asumen sus responsabilidades a conciencia y con libertad personal.

La decisión de no permitir las celebraciones comunitarias de los diversos cultos es razonable, pero también extraordinaria y temporalmente limitada.

Es comprensible también que, a medida que pasa el tiempo y otras actividades sociales comienzan a liberarse, muchos creyentes se planteen por qué no pasa lo mismo con las celebraciones litúrgicas, si, con las debidas precauciones esto también podría ser posible.

Por eso, es bueno que, a medida que la cuarentena entra en diversas fases, se pueda discutir cuándo y en qué condiciones podrá restablecerse el culto público.

Lo que está pasando en países que comienzan a salir lo más álgido de la crisis tiene que ser observado con detenimiento. Ahí están las disposiciones que van adoptando los episcopados de España. Francia, Italia, Alemania y Suiza, por ejemplo. Otro ejemplo es Corea de Sur.

La vuelta del culto público tiene que ser un acto de responsabilidad eclesial y ciudadana. Tenemos que prepararnos. Para eso, necesitamos un diálogo responsable de los pastores y sus comunidades con las autoridades públicas, asesorados, unos y otros, por expertos.

En todo caso, los católicos no podemos adoptar posturas extremas, en uno u otro sentido.

Así como es irracional e inconducente oponer «salud» a «economía», también lo es oponer «sacramentos» a «acción social», porque la fuente de toda acción a favor de los hermanos brota de la Eucaristía y a ella conduce.

Ni las celebraciones hogareñas ni el imprescindible servicio social que se brinda desde la fe sustituyen el encuentro con Cristo en los sacramentos (la Eucaristía y la Reconciliación, por ejemplo).

Podemos asumir con dolor y responsabilidad que una circunstancia grave y extraordinaria justifique la suspensión del culto público, pero esa realidad tiene que ser vivida como lo que es: una situación no deseada que se asume desde la fe, pero a la espera de un cambio de condiciones, pues es lo deseable.

Nos tenemos que preparar por tanto para retomar nuestra vida sacramental, especialmente la celebración de la Eucaristía, conscientes además de que será en un contexto difícil, exigente y de una crisis social de largo alcance.

Más que nunca necesitamos la fuerza de esperanza y de vida que solo Dios puede dar al corazón humano para caminar un tiempo de prueba.

Y la Palabra se despertó en los corazones

«La Voz de San Justo», domingo 26 de abril de 2020

Lc 24, 13-35

“Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24, 27).

En el relato de Emaús que escuchamos este domingo, la acción fundamental de Jesús es acompañar a los dos caminantes alicaídos y, con envidiable pedagogía, ayudarles a comprender cómo Dios conduce la historia. Y lo hace echando mano de las Escrituras de Israel. Cada una de sus páginas habla de Él. Solo a la luz de su Persona y de su Pascua se termina de comprender el plan de Dios.

¿Cómo está impactando esta cuarentena en nuestra vida? ¿Cómo estamos viviendo la fe en esta hora? ¿Sólo aguantando, esperando que todo pase? ¿Es posible escuchar hoy, en estas circunstancias, la voz de Dios?

Soy cauto en lo que sigue. Pasado un primer momento de real zozobra y despiste, observo en muchos cristianos un redescubrimiento de la Palabra de Dios. No del mero texto escrito de ese libro fascinante que es la Biblia. Es algo más.

La Biblia se convierte en Palabra viva de Dios cuando la leo con fe, al menos con inquietud de verdad, de luz para la vida, de esperanza. Voy a las Escrituras como el sediento acude a la fuente. Solo entonces se abren sus secretos más luminosos y decisivos.

Es decir: la lectura orante de las Escrituras da pie a un diálogo vivo. Dios deja de ser un ser abstracto y comienza a sentirse como un “Tú” viviente, que me habla, me interpela, me provoca. Porque lo más importante no es leer sino escuchar.

Perseverando en una lectura así, día a día, página tras página, me hace entrar en comunión real con Jesucristo. La lectura orante de la Palabra me transforma. Va formando a Cristo en mi vida.

En la semana que estamos iniciando, la liturgia de Pascua nos propone volver a escuchar el capítulo seis del evangelio de Juan. Es el Sermón del Pan de Vida. Ese Pan que Dios ofrece al mundo es Jesucristo, es su Palabra y su Cuerpo en la Eucaristía.

Algo me dice que el Espíritu está despertando, cuando menos lo pensábamos, el sentido de la Palabra de Dios en las almas de algunos creyentes. Esto siempre es consolador y, sobre todo, esperanzador.

Jesús sigue alcanzándonos en el camino. Sigue escuchando nuestras desesperanzas y desilusiones. Sigue abriéndonos los ojos para comprender realmente las Escrituras y, por encima de todo, comprender que nuestra historia está en las manos del Padre.

El Espíritu no está en cuarentena

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina le ha hecho llegar al Presidente de la Nación, a través del Secretario de Culto, la inquietud de las comunidades católicas por una eventual y progresiva reapertura de los lugares de culto.

Obviamente, la decisión corresponde a la autoridad secular que tiene como responsabilidad primaria velar por el orden público y el bien común especialmente en esta emergencia.

Si estamos entrando en la fase crítica del contagio es de prever que, en lo inmediato, no podamos volver a las celebraciones comunitarias. Es comprensible que prosiga la limitación como hasta ahora. Aunque difícil y doloroso, los católicos, en general, lo comprendemos y lo aceptamos como parte de nuestra respuesta de fe a Dios en esta hora.

La Conferencia Episcopal ha hecho bien en poner este tema en agenda, no solo pensando en la comunidad católica sino también en el ejercicio de la libertad religiosa de todos los ciudadanos.

El Gobierno es el que ordena el aislamiento social, preventivo y obligatorio, pero somos los ciudadanos los que tenemos que llevarlo adelante como un ejercicio de corresponsabilidad en el bien común.

Nos corresponde a los ciudadanos católicos ir pensando cómo vamos a retomar nuestra vida pastoral, no solo la litúrgica, sino también las otras dimensiones de la evangelización: anuncio, caridad, servicio, etc.

En cada comunidad cristiana debe darse este discernimiento y, en el momento oportuno, también hacérselo saber a nuestras autoridades públicas.

En nuestra diócesis ya lo estamos haciendo. Las parroquias, los equipos diocesanos y otros espacios pastorales, superados los primeros momentos de un cierto desconcierto, están retomando el trabajo comunitario, aprovechando las nuevas tecnologías y otros recursos.

Creo que, de a poco, tendremos que acelerar en este rumbo: no solo cuándo retomaremos nuestra vida pastoral ordinaria, sino cómo lo haremos, con qué actitudes, cuáles serán nuestras prioridades. Estamos haciendo fuertes aprendizajes que, no en última instancia, lo tienen al Espíritu como Maestro y Educador.

Llegados a este punto, me parece importante señalar con claridad que la vida cristiana no se ha interrumpido. Esto es así, porque el Evangelio, con la fuerza y el impulso del Espíritu, sigue adelante con su curso por la vida y la historia. Lo que leemos por estos días en los Hechos de los Apóstoles -la Palabra no se queda quieta- lo estamos experimentando también nosotros.

Si se cierran puertas se abren ventanas. El Espíritu -como nos dice Jesús- es como el viento. Es capaz de colarse por las rendijas más chiquitas.

Nos toca seguir siendo dóciles y dejarnos conducir por el Espíritu.

La respuesta del Gobierno Nacional

¿Cuándo retomaremos el culto público?

Domingo de Pascua
en la catedral de San Francisco

Algunas diócesis de Argentina tomamos la decisión de suspender el culto público antes de que el Gobierno Nacional decretara el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Una vez que éste lo hizo, la prohibición de reunirse para celebrar el culto tuvo la fuerza de un mandato de la legítima autoridad. A partir de entonces, todas las diócesis del país lo han acatado como corresponde.

Destaco este hecho para subrayar que, aunque difícil y dolorosa, se ha tratado de una decisión pastoral que expresa un acto de gobierno de los obispos, realizado pensando en el bien común espiritual de la comunidad católica y de la entera sociedad en la que ésta vive y actúa. Una decisión prudencial y responsable, ante Dios y la propia conciencia.

El cuidado de la salud integral, especialmente de las personas más vulnerables al virus, ha sido el bien a tutelar con esta decisión. Exponer a las personas que asisten al culto al riesgo cierto del contagio y, en algunos casos, al peligro de muerte, constituiría una grave irresponsabilidad de parte de los pastores. No solo podría configurar un verdadero delito, justamente punible por la justicia secular, sino también un pecado grave.

¿Cuándo cesará la prohibición del culto público? Es difícil establecerlo ahora. Es legítimo hacerse la pregunta. Sin ansiedades indebidas ni razonamientos falsos, engañosos o parciales.

El Gobierno Nacional, en consonancia con las provincias y municipios, ha iniciado una nueva etapa que se denomina: “cuarentena administrada”, por la que se admiten algunas actividades esenciales para el funcionamiento de la sociedad.

En esta nueva etapa, nos toca a los obispos y dirigentes de otras comunidades religiosas instalar este tema en la agenda de nuestras autoridades, exponerles nuestros puntos de vista y escuchar las observaciones que nos hagan, atentos siempre a la palabra autorizada de los expertos.

Para los católicos, por ejemplo, las celebraciones son mucho más que una expresión de fe subjetiva. Son acontecimientos de gracia y salvación: Dios regala vida que alimenta la esperanza. Los frutos de la Eucaristía, por ejemplo, desbordan ampliamente la mera devoción individual. Es comunión en el Cuerpo de Cristo, sacramento de su caridad que transforma el mundo y apunta a la bienaventuranza.

Obviamente, el Estado no puede tomar decisiones en base a la fe de ninguna confesión religiosa, pero sí tiene que estar atento a las fuerzas espirituales y morales que alimentan la vida de los ciudadanos, especialmente en situaciones de crisis como la que estamos transitando.

La emergencia sanitaria se enfrenta con decisiones y normas basados en los criterios de las ciencias involucradas, expresados por los expertos. En este sentido, les toca a las autoridades públicas evaluar las condiciones objetivas que deben darse para alejar todo peligro para la salud de los ciudadanos.

¿Qué condiciones deben converger para que puedan retomarse, progresivamente y con cierta normalidad, las reuniones litúrgicas y otras expresiones de vida de nuestras comunidades religiosas?

Como dijimos, a los líderes religiosos nos toca acercar esta preocupación a la autoridad pública. A los criterios objetivos de los expertos habrá que sumar nuestra experiencia y puntos de vista, para que, a través de un diálogo franco y abierto, se pueda evaluar, caso por caso, qué actividades pueden retomarse, en qué ritmo y con qué restricciones.

La fe cristiana nos obliga, desde su raíz teologal más honda, a este discernimiento. Forma parte de nuestra vivencia de la fe el respeto por la dimensión secular de nuestra existencia, porque es fruto del designio creador de Dios. La gracia no la anula, sino que la supone e incluso la perfecciona.

Además, nuestra fe en Jesucristo nos ofrece motivaciones muy hondas para comprometernos en la respuesta que la sociedad está dando al formidable desafío que supone el COVID-19. También para todo lo que suponga reconstruir el entramado social después de la pandemia.

Dos reflexiones finales, dirigidas a los fieles católicos.

En primer lugar, que este “ayuno de Eucaristía” podemos vivirlo eucarísticamente, es decir, con los mismos sentimientos de Jesús que entrega la vida.  Estamos redescubriendo que la lectura orante de la Palabra nos une realmente al Señor. También que la familia es Iglesia doméstica que anuncia, celebra y vive la fe. También que, aún respetando la cuarentena, podemos tender una mano a los más pobres. Caritas, por ejemplo, ofrece hoy varias iniciativas de voluntariado, ayuda y solidaridad.

En segundo lugar, a sentirnos responsables del camino común que, como pueblo argentino y como humanidad, estamos transitando. Estamos aprendiendo algo que, tal vez, habíamos olvidado: somos frágiles, nos necesitamos mutuamente y no podemos mirar el futuro dando la espalda al sufrimiento de nadie, especialmente de los más pobres. Francisco no se cansa de proclamarlo. Todo esfuerzo o renuncia, si motivado en el amor de Dios, prepara un futuro mejor para todos.  

Jesús disipa nuestros miedos y rompe nuestros encierros

«La Voz de San Justo», domingo 19 de abril de 2020

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».” (Jn 20, 19).

Así comienza el evangelio de este domingo. La imagen de una comunidad encerrada, por miedo, es potente. Y muy actual. Así parecemos estar nosotros en esta cuarentena: encerrados y miedosos, dominados por la incertidumbre.

Hasta esa comunidad de miedosos llega Jesús. E irrumpe con su Paz. Hace tres cosas: comunica su propio Aliento (el Espíritu), muestra las cicatrices de sus manos y su costado y, por último, asigna una misión: llevar el perdón a todos.

Esa es la experiencia cristiana. No solo de los primeros discípulos. Es actual. El Evangelio nos lo recuerda y hace que emerja, una y otra vez. De paso señalo que esta es la página evangélica que solemos leer en las confirmaciones.

El Aliento de Cristo resucitado sigue generando vida y misión. Es Aliento para la vida.

Pero, ¿por qué el perdón? Se pueden dar muchas respuestas. Yo elijo una, que me parece pertinente en esta hora. Perdón quiere decir: darnos nuevas oportunidades para convivir, yendo más allá de tantas heridas que nos procuramos unos a otros.

¿No es algo que estamos aprendiendo en esta emergencia sanitaria? ¿No nos hemos visto sorpresivamente frágiles, vulnerables, heridos y necesitados de los demás? ¿No hemos tenido que guardarnos para cuidar la vida de todos?

No sé, a ciencia cierta, si de esta emergencia que afecta a toda la humanidad vamos a salir mejores. “Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”, reza sabiamente el dicho. Lo recordaba días pasados, en una entrevista, el teólogo catalán Ignacio González Faus. Y, con notable perspicacia, añadía: “Debemos reconocer que, por muy progres y modernos que nos creamos, no tenemos aprobada la asignatura más elemental de la vida: saber convivir, saber soportarnos, ayudarnos y respetarnos, saber ceder unas veces yo y otras tú… Por supuesto, es una asignatura muy difícil, pero también muy primaria.”

En este segundo domingo de Pascua, llamado también “de la misericordia”, tal vez sea bueno reflexionar sobre ello.

Este 2020, habrá Pascua

«La Voz de San Justo», domingo 5 de marzo de 2020

Nuestras calles bulliciosas han quedado en silencio. También nuestros templos. Cuando salimos de casa, caminamos rápido, guardamos distancia, nos comunicamos con gestos.

El silencio dice muchas cosas. Cada uno sabrá como interpretarlo. El silencio tiene palabras, tal vez las más esenciales y sonoras.

Este es un silencio que no hemos buscado, sino que hemos tenido que aceptar, en parte con resignación, en parte por convicción. ¿Qué significa? ¿Qué nos dice?

Aún sin terminar de comprenderlo del todo, nos damos cuenta de que ese silencio de voces, trabajos y caminos tiene un sentido: cuidarnos, cuidar a los más expuestos, prevenir un mal que es también silencioso, y que está sacudiendo a la entera humanidad.

Pero también está asomando el miedo: ¿Qué real entidad tiene todo esto que vivimos? ¿Y el futuro? ¿Y el trabajo? ¿Y nuestra vida? ¿Cómo emergerá la humanidad de esta prueba? ¿Y nuestra Argentina?

Es una verdadera encrucijada de caminos. Comenzamos a advertir que estamos ante decisiones que implican la vida. Empezamos a intuir que, a nuestra generación se le está pidiendo sembrar pensando que otros cosecharán.

Es un desafío. Una responsabilidad. No ha madurado de a poco, sino que, con un ritmo vertiginoso, ha caído sobre nosotros, exigiéndonos decisiones rápidas, a las que no estamos habituados. Incluso más: tal vez hemos ido adormeciendo nuestra capacidad de mirar más allá de nosotros, de nuestro tiempo y de nuestras satisfacciones inmediatas.

Pero, ese tiempo ha llegado de improviso y nos está urgiendo…

Los que somos discípulos de Jesús sabemos que nuestra fe y la Pascua, que estamos a punto de celebrar, no se desentienden de esas vivencias. Más aún: es precisamente en ese humus donde la fe madura, donde la Pascua echa raíces y muestra todo su sentido y vigor.

Porque Pascua es paso de Dios por la vida. Y un paso que le roba a la muerte su poder destructor, porque hace surgir la vida desde la entraña misma de la tumba. Vence el miedo. Todos los miedos. Es luz matinal que, tenue pero firme, disipa las tinieblas más oscuras.

Pascua es Cristo en nosotros, y nosotros en Él.

No podremos estar físicamente en nuestros templos. Estaremos en familia, o tal vez solos (así muchos, de hecho, viven su fe hoy). Algunos estarán en la calle, en los hospitales como servidores o como enfermos. Pero Cristo que pasa estará allí, con cada uno de nosotros. Porque Dios está donde están los hombres, donde hay humanidad que sufre y que se entrega.

Este año celebraremos Pascua. No lo dudemos siquiera.

El último viaje de Abraham

«La Voz de San Justo», domingo 29 de marzo de 2020

“… Dios puso a prueba a Abraham: «¡Abraham!», le dijo. El respondió: «Aquí estoy». Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré».” (Gn 22, 1-2). 

Aquel que esperó contra toda esperanza (cf. Rom 4, 18). Así caracteriza San Pablo a Abraham. Lo hemos visto, paso a paso, desde que Dios lo sacó de la seguridad y lo puso a caminar. Lo vemos en el relato de hoy. Fascinante. Una verdadera obra maestra de la literatura bíblica. 

Le había prometido una descendencia más numerosa que las estrellas y,  ahora, Dios le quita el hijo tan esperado, sepultando promesa y futuro. 

Y Abraham, nuevamente, se pone en camino. Va adelante, con el corazón apretado por lo que se le pide y sabe que no puede negar. Este será, tal vez, su último viaje. Irá hasta el final. Fogueado por la fidelidad de Dios, camina y llora por dentro, pero confía. Se repite por dentro: «Dios es fiel, lo sé, lo he experimentado». 

La narración es fascinante. Es cierto. Pero también provocadora. ¿Puede el Dios de la vida pedirlo todo? ¿Quiere realmente ese sacrificio? El lector sabe que se trata de una prueba. Pero, Abraham no.

A lo largo de su historia, varias veces, Israel se vio tentado de imitar la horrenda práctica de los pueblos vecinos de sacrificar ritualmente a los niños. La respuesta de la Biblia es clara: Dios abomina los sacrificios humanos. Incluso rechaza el culto meramente formal y disociado de la vida. Pide lo que le pide a Abraham: escucha y fidelidad como expresión de amistad. Solo en esa relación personal se alcanza una fe adulta. 

Fue el gran aprendizaje de Abraham. Su figura, en los primeros capítulos de la Biblia, nos dice que todos estamos invitados a la misma experiencia: elegir la vida, y caminarla, en libertad y autenticidad. 

Vivimos horas inciertas. Dios está ciertamente en medio de esta prueba. No como el que castiga o enseña haciendo sufrir, sino como el que pide cuidar y luchar por la vida de todos. 

Dios está en todos los Abraham que, en esta hora, venciendo incluso sus temores, eligen ser fieles a la vida. No quieren ser considerados héroes, sino simplemente humanos. 

Y Dios le pidió consejo a su amigo Abraham

«La Voz de San Justo», domingo 22 de marzo de 2020

La lectura de la Biblia es fascinante. De forma especial, cautivan los añosos relatos del Génesis. Hoy vuelvo sobre uno de los más hermosos del ciclo de Abrahám. Está en el capítulo dieciocho. Narra el encuentro del patriarca con tres caminantes que lo visitan al calor del mediodía. En realidad, es el mismo Dios quien se apersona en estos misteriosos peregrinos. La hospitalidad de Abraham no se deja esperar y prepara para ellos un buen almuerzo.

Dejo para más adelante la primera parte del relato. Ahora, me centraré en lo que pasa cuando Dios se queda solo con su amigo y, de manera sorprendente, le pide consejo por algo que está por hacer.

Es la famosa escena del regateo de Abraham con Dios por la suerte de las ciudades de Sodoma y Gomorra. De paso, digamos que el pecado de estas ciudades no es de carácter sexual. Se trata de algo más grave: negar la hospitalidad a unos viajeros y, para colmo, querer aprovecharse de ellos. Un pecado de humanidad, diríamos.

“¿Dejaré que Abraham ignore lo que ahora voy a realizar…?” (Gn 18, 17), es la inquietud de Dios que, de esa delicada manera, se decide a compartir con su amigo las dudas que tiene. “¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable?” (Gn 18, 23), es la primera (y humanísima) reacción de Abraham.

Y, desde ese preciso punto, comienza el delicioso regateo: que si hay solo cincuenta justos, que si cuarenta… hasta llegar a la cifra de diez. La respuesta solemne de Dios: “En atención a esos diez, respondió, no la destruiré”. Y concluye la narración: “Apenas terminó de hablar con él, el Señor se fue, y Abraham regresó a su casa.” (Gn 18, 32-33).

Pienso que Dios se fue satisfecho. Comprobó que, tanto andar con Abraham por el desierto, tanto hablarle y confidenciarse con él, había logrado su objetivo: que este caminante, pícaro y rebelde, tuviera un corazón como el suyo: compasivo, sensible, abierto a todo lo humano.

A Abraham le duele, como al mismo Dios, que los hombres se pierdan. Le duele la suerte de Sodoma y Gomorra. Ni uno ni otro gozan con la destrucción.

Dios busca amigos, compañeros de camino, hombres y mujeres con los que intercambiar su pasión por el mundo, para que la hagan suya, traduciéndola en lo concreto de sus vidas de cada día.

Pienso que, en estas horas difíciles de inesperada cuarentena, este relato nos puede iluminar. También a nosotros, Dios nos pide ayuda para atenuar el rigor de la prueba que estamos viviendo: ¡Ayudalo, quedate en casa, cuidate y, así, cuidá a los demás!

Del fideísmo al pelagianismo

Hace poco postee sobre el «fideísmo».

Ahora sobre el «pelagianismo» que funciona así: Dios hace un poquito, yo hago un poquito. Entonces, Dios hace otro poquito, y yo vuelta a hacer otro poquito.

Las cosas -en cristiano- no funcionan así.

«El que te creó sin tí no te salvará sin tí», dice Agustín.

Dios hace todo lo que a Él le corresponde.

Vos y yo hacemos todo lo que nos corresponde.

Él obra en su nivel de Dios, digamos.

Vos y yo obramos en nuestro nivel de creaturas.

No sé si te diste cuenta de que es el Creador (creó todo de la nada). Y, eso, hace la diferencia.

Él es la Causa Primera. Nosotros estamos en el nivel de las causas segundas. (Si esto no lo entendés, no importa. Seguí adelante).

Así nos creó y así (aunque de forma más admirable aún) nos salva.

Es una sinergia misteriosa pero real.

Dios no anula nuestra humanidad, sino que la crea, la hace posible, la sostiene y la corona con su gracia.

Es lo que vemos en Jesucristo: él no es «mitad Dios y mitad hombre» como rezó un compañero mío en primer año del seminario (entonces, éramos todos un poco herejes).

Es plenamente Dios y plenamente hombre, precisamente porque la mayor cercanía de Dios hace posible la mayor (y mejor) humanidad. Rahner, dixit.

¡Es sencillamente maravilloso! Y lleno de consecuencias para la vida real…

En criollo: cuidá tu salud y la de los tuyos con todos los medios que la razón humana (creada por Dios) está señalando como eficaces, prudenciales y efectivos para ese cuidado del que somos moralmente responsables.

Que Dios puede intervenir directamente. ¡Claro! Pero, de ordinario, no lo hace, pero no porque juegue con nosotros al gato y al ratón, sino porque respeta nuestra libertad.

Dios nos toma en serio. Te toma en serio. Me toma en serio. ¡Tómemonos en serio entonces! ¡Y cuidémonos unos a otros, pensando especialmente en los más vulnerables, que nos necesitan vivitos, sanos y con toda nuestra lucidez y capacidad de reacción activa!

Y, por favor, no tentés a Dios para que se comporte como un ídolo al servicio de tus expectativas.

«A Dios rogando… y con el mazo dando»

Abrahám: el que aprendió a contar estrellas

«La Voz de San Justo», domingo 15 de marzo de 2020

Dejemos atrás el santuario de Luján y las multitudes, y nos reencontrémonos con nuestro amigo Abram.

Sigue caminando, con su familia y posesiones a cuestas. Camina y -al menos, así lo imagino- va tarareando alguna canción. Tal vez, podría ser: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía…”

El que se anima a caminar la fe, sostenido por una promesa de Dios, se arriesga a esa experiencia provocadora, pero también la única que nos termina de convertir en hombres de verdad. Caminar la vida y la fe es lo que, en definitiva, nos humaniza.

Le pasó a Abram. Nos pasa también a nosotros. Aprendamos algo más de su caminar.

Ya lo vimos yendo a Egipto y terminar enredado en sus propias picardías. Hoy les propongo contemplarlo nuevamente cercano a nosotros. Incluso, más humano que hasta ahora.

Leo con ustedes Gen 15, 1-6. Vuelve a contarnos el llamado de Abram por Dios. La Biblia tiene esas cosas: algunos hechos son relatados varias veces, como si nos obligara a rumiarlos o a mirarlos desde distintos puntos de vista.

Aquí, Abram vive la prueba del tiempo: pasan los días, él sigue caminando, y la promesa de Dios que lo trajo hasta aquí parece no poder cumplirse. Cavila, duda y acaricia una solución humana: aunque no tiene heredero surgido de sus entrañas, podrá echar mano de la ley y hacerlo heredar a Eliezer de Damasco, un esclavo suyo.

Es cierto que Abram duda, pero lo hace delante de Dios, en la oración. Es que, ese Dios desafiante y algo esquivo, es también su amigo. O, mejor: ha llegado a convertirse, de tanto caminar juntos, en el amigo de su vida. Al Dios amigo, Abram le abre el corazón: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero” (Gn 15, 3).

La respuesta no se deja esperar. Dios vuelve a dirigirle palabras de promesas, cargadas de lirismo y esperanza: “«No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti». Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.” (Gn 15, 4-6).

La fe en Dios siempre tiene que atravesar la prueba del tiempo. Está llamada a transformarse en fidelidad. Tiene que abrirse paso por la incertidumbre, el miedo y la tentación fuerte del desaliento. No hay recetas mágicas para ello. El aprendiz de creyente debe adentrarse por los caminos de la amistad con Dios que se vuelve diálogo, oración y confianza.

Dios siempre estará ahí, amigable y desafiante, invitándonos a contar las estrellas porque solo el infinito es digno de sus promesas y de nuestra sed interior.