Francisco y Carlos de Asís

Meditación para este 4 de octubre, fiesta de nuestro santo patrono: san Francisco de Asís

Francisco de Asís no se va a molestar si este cuatro de octubre, celebrando su fiesta, y como durante la novena, centramos nuestra atención en el beato Carlos Acutis.

En definitiva, Carlos es un fruto maduro de la siembra de Francisco. Como a nosotros, a Carlos lo separan ocho siglos del santo de Asís. Esa distancia desaparece -también para nosotros- cuando nos asomamos al alma de uno y de otro.

Carlos, a pesar de su corta edad, maduró un alma genuinamente franciscana: con alegría y mucha humanidad vivió la simplicidad del Evangelio que enamoró el alma de Francisco.

Asís era su “lugar favorito en el mundo”. Ahora allí reposan sus restos a la espera de la resurrección; precisamente en el Santuario del Despojo, donde Francisco se despojó de sus vestidos para emprender la aventura del Evangelio.

Nada hay en Carlos que sea extravagante o extraño. Hasta lo normal en un chico está teñido de ese espíritu franciscano.

Amó a Jesús. Amó a María. Se enamoró de la Eucaristía, su “autopista al cielo”. Amó a los pobres. No podía ocultar ese amor que le colmaba el corazón. Quería que todos, especialmente sus coetáneos, lo supieran y también lo vivieran.

“Me decía que sería más feliz si me acercaba a Jesús. Pedí el Bautismo cristiano porque él me contagió y cautivó con su profunda fe, su caridad y su pureza.”, confiesa un amigo suyo de la India -Rajesh- que se hizo bautizar por ese contagio de Evangelio que le causó el tratar a Carlos.

Y ese contagio sigue activo. Y no hay vacuna que pueda impedirlo. Nos ha contagiado a nosotros y, por eso, estamos agradecidos.

“Evidentemente -le escribe san Pablo a los corintios- ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones.” (2 Co 3, 3).

¡Qué bien escribe Cristo! Notamos su preciosa caligrafía en el corazón de Francisco de Asís y también en Carlos Acutis. La misma letra, la misma tinta, el mismo Espíritu.

Y así está escribiendo en nuestras almas. Y lo hace ahora mismo, en este tiempo nuestro.

No. Dios no está ausente del mundo. Sabe hacerse presente e involucrarse con nosotros. Lo hizo en el corazón de la Edad Media con Francisco de Asís. Y lo ha hecho de nuevo, en la era de Internet con el mensaje simple y potente de la vida franciscana del beato Carlos Acutis.

Carlos ya subió al cielo por la autopista de la Eucaristía. Nosotros estamos «en camino sinodal». Es el mismo camino: la misma meta, la misma traza y similares leyes de tránsito.

A nosotros, como a Elías en la hendidura del monte, nos toca oír ese paso de Dios que es como una brisa suave.

Debate

He seguido todos los debates de los presidenciables desde que existen. El domingo, por ejemplo, empecé a escucharlo por la radio del auto, mientras volvía de una fiesta patronal; cuando llegué a mi casa, me senté frente al televisor.

Sé bien que, la inmensa mayoría de ciudadanos pasan de estos debates… y comprendo las razones. No juzgo a nadie. Me sorprendió gratamente que el debate del último domingo tuviera un rating muy alto.

Soy un nostálgico de la democracia de inspiración liberal (la de la Constitución); esa que nunca ha terminado de echar raíces del todo en nuestra cultura política argentina, más enamorada de caudillos inapelables y providenciales que de los rituales grises y aburridos de las formas republicanas.

Por eso, creo que los «rituales de la palabra» son fundamentales para la vida ciudadana. Porque las ideas que se exponen, se clarifican, de rebaten o se refutan, son fundamentales para poner en marcha procesos interiores que, tarde o temprano, desbordan la conciencia y se transforman en acciones que modifican la vida.

Nada hay más poderoso que una idea… Si es buena, nos lleva a buen puerto… Y, si por desgracia, es mala, siembra muerte y destrucción.

La democracia vive una crisis, no solo en Argentina, sino en todos los países que asumieron sus reglas de juego surgidas entre los escombros de las guerras mundiales del siglo pasado.

Es posible que sea una crisis terminal (algunos así ya lo auguran e incluso lo promueven). Yo tengo la esperanza bien pequeñita pero firme de que se trate de una crisis de crecimiento y que, por tanto, podamos dar un paso, también pequeñito, pero un paso más al fin, para consolidarla.

Porque democracia significa apostar por las personas, esas que, según nuestra fe cristiana fueron creadas a imagen y semejanza del Creador y que han sido alcanzadas por la Sangre de Cristo.

Con fe teologal solo creo en Dios, tal como lo recitamos en el Credo apostólico. Pero, con la confianza que brota de esa fe incortrovertible y firme, quiero apostar por el bien, la justicia y la belleza de todo lo genuinamente humano, también de la convivencia social entendida como amistad y reconciliación.

Pecado, arrepentimiento y gracia

«La Voz de San Justo», domingo 1º de octubre de 2023

“Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».” (Mt 21, 31-32).

Nuevamente una parábola de una viña. Ahora: un padre que envía a sus dos hijos a trabajar. Uno dice que va, pero no lo hace; el otro, se rebela, pero, al final, hace caso. La enseñanza es clara: lo que cuenta para Dios no es una declamada rectitud religiosa, sino la decisión de arrepentirse de los propios pecados, confiarse a Dios y vivir según esa decisión.

Es un hecho que las personas religiosas, en general, rechazaron a Jesús, mientras que los “pecadores” lo acogieron con gusto. ¿Sigue siendo así ahora? Es bueno pensarlo un poco.  

Quienes saben de fracaso, errores y quiebres profundos en su vida suelen desarrollar una sensibilidad muy afín a lo que el Evangelio describe cuando habla de la humildad de la conversión. El orante de la Biblia lo había formulado con palabras de alto contenido espiritual: “Señor, tú no desprecias el corazón contrito y humillado.” (Salmo 50, 19).

Digámoslo de una buena vez: los “pecadores” suelen estar más cerca de Dios que los que se autoperciben puros. Por eso, Jesús prefiere su compañía, aunque tiende la mano a todos.

Hoy, 1º de octubre, celebramos a santa Teresa del Niño Jesús (santa “Teresita” para el pueblo cristiano). En un momento de enorme lucidez, le pidió a Dios sentarse a la mesa de los pecadores. Solo allí se saborea la misericordia que salva.

Santa Teresita: ruega por nosotros. Amén.

Realmente libres

«La Voz de San Justo», domingo 24 de septiembre de 2023

“El propietario respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.” (Mt 20, 13-16).

Así concluye la parábola de los obreros contratados a distintas horas del día, y que, al finalizar la jornada, reciben la misma paga. Y concluye como empezó: con la conocida sentencia sobre los últimos que serán los primeros.

Jesús no habla aquí del salario justo. Aborda una cuestión eminentemente religiosa: la relación del hombre con Dios. Si esta relación se plantea en clave de trabajo, mérito y paga, el resultado es el desconcierto. Los criterios de justicia, válidos para tantas cosas, para el vínculo con Dios son insuficientes. Aquí rige la desproporción del amor gratuito y la generosidad… lo único que realmente hace justicia a la sed más honda del corazón humano.

Cuando entramos en el mundo nuevo de la gracia, cambia nuestro modo de relacionarnos: con Dios y con los demás. Jesús quiere que experimentemos la generosidad de su Padre: todos tenemos un lugar en su viña.

Para el individualismo extremo, toda relación humana se reduce a comprar y vender: un alfajor, un órgano para trasplante, un hijo o una mascota. Nada hay más allá del mercado. Jesús nos libera de este fatal engaño.

Hoy celebramos a la Virgen de la Merced, liberadora de cautivos. A ella le pedimos: “María, mujer realmente libre, enséñanos a saborear la verdadera libertad: la que echa sus raíces en la verdad y se vive en el amor. Amén.”

Para vivir en democracia

En una democracia, el juego de mayorías y minorías decide quienes gobiernan y quienes son oposición. También que una norma se convierta en ley y, por eso, sea legal.

Esta regla, sin embargo, es limitada. Las mayorías, por sí mismas, no deciden que está bien y que está mal. Ni siquiera si una determinada opción política es la más efectiva para solucionar los graves y complejos problemas que nos aquejan como sociedad. Una ley legítimamente sancionada por el Parlamento a través de la votación de la mayoría puede, sin embargo, ser profundamente injusta y carecer de la razonabilidad que, en última instancia, es la que obliga a la conciencia. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la ley injusta del aborto.

No está dicho que, en una democracia incluso madura, no nos podamos equivocar. Mucho más en tiempos de redes, algoritmos y estrategias comunicativas incisivas e invasivas. Porque nos podemos equivocar necesitamos escucharnos, pensar y decidir a conciencia.

Por eso, la cultura política que expresa la democracia supone la apelación a un conjunto de valores espirituales y éticos que, de no existir o de verse menguados, trastocan toda convivencia ciudadana.

Entre estos valores, sobresale el respeto por la dignidad de la persona humana y sus derechos-deberes. Ese fundamento ético es el que hace que la democracia sea preferible a otros sistemas que, llegado el caso, pueden ser más efectivos para alcanzar algunos fines, pero, en definitiva, son menos congruentes con la naturaleza humana.

Otro de esos valores -como una variación del anterior- es lo que en la tradición del humanismo cristiano llamamos la «amistad social».

La noción clásica de amistad se caracteriza por tres rasgos: 1) los amigos comparten una cierta igualdad y comunión; 2) se conocen y reconocen como tales; y 3) buscan activamente el bien real del otro. Este último rasgo es el que distingue la amistad de otras formas de amor. La distingue y la hace sobresalir. Es el amor de benevolencia que supera y encauza el amor a sí mismo.

En la amistad social, el otro, por más distinto que sea de mí o de mi grupo, incluso porque tiene miradas muy diversas a las mías (por ejemplo, no tiene la misma visión sobre la historia y los hechos contigentes que enhebran su desarrollo), sin embargo, es otro como yo, un semejante, un hermano. Merece respeto y reconocimiento como sujeto. Podemos disentir en ideas y en formas de vida, pero ese respeto de fondo es precisamente eso: fundamental. Sin él no hay convivencia.

En este contexto, aunque las mayorías se inclinen en una dirección precisa optando por determinados candidatos y sus propuestas, siempre es importante dejar abierto un espacio para que quienes no tienen esas opciones puedan hacer oír sur voz crítica.

Ese es el rol de los intelectuales, de los artistas, y también de las voces que surgen de las tradiciones religiosas.

Si miramos las grandes tragidas del siglo XX, en medio de las noches más oscuras de la humanidad, cuando muchos se dejaban llevar por la seducción de liderazgos mesiánicos -normamente con gran poder de sugestión y de comunicación- las voces críticas, acalladas y perseguidas, resultaron ser las que, con enorme sufrimiento y lucidez, señalaban la dirección del bien, de la verdad y la justicia.

Pienso en santos como Edith Stein, Oscar Romero o Maximiliano Kolbe. Son santos canonizados porque bautizados. Pero hay también otras voces seculares que hablan con la misma lucidez.

Los totalitarismos suelen despreciar a los intelectuales, rebajando sus aportes, por poco cercanos al pueblo y sus intereses. Es una falacia. Necesitamos escucharlos, leerlos, dejarnos cuestionar por sus miradas.

Dispongámonos a escuchar la brisa suave de la verdad, pues suele ser más genuina que el terremoto, el fuego o el huracán, como bien lo experimento Elías en la montaña santa.

Pedro, su pregunta y nosotros

«La Voz de San Justo», domingo 17 de septiembre de 2023

“Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete…».” (Mt 18, 21-22).

Pedro está dispuesto a perdonar. Ha logrado captar que, para Jesús, el perdón de las ofensas es valioso. Tal vez, ha visto cómo Jesús no se deja ganar el corazón por el resentimiento, el rencor o la venganza. Ha intuido que, siendo así, Jesús es libre con una libertad insospechada para él.

Pero… todo tiene un límite. También esta actitud. De ahí su propuesta generosa pero sensata: hasta siete veces.

A Pedro, como a nosotros, la respuesta de Jesús nos descoloca: hay que dejar la aritmética de lado y no calcular, sino abrirse a la desproporción de lo infinito. Setenta veces siete, que es como decir: siempre…

En la parábola que cuenta a continuación está la clave. Otra vez, la desproporción entre la deuda impagable de un servidor que es perdonado por su señor, y la insignificante cifra que este deudor perdonado no puede condonar a otro compañero de trabajo.

Cada uno de nosotros vive de la misericordia de Dios, de ese amor desbordante, gratuito, absoluto e incondicional. Ese amor recibido es la fuente vital de nuestro modo de estar frente a los demás: “Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). El perdón de Dios nos alcanza solo cuando nos dejamos llevar por él y somos capaces de tender la mano a quien nos ha ofendido: Padre, perdónanos como perdonamos, nos enseñó a rezar Jesús.

“Señor Jesús: enséñanos a perdonar de corazón, porque el perdón nos transforma desde dentro, nos vuelve más humanos y prepara este mundo nuestro para tu reino. Amén.”

Carta pastoral

San Francisco, 12 de septiembre de 2023

Memoria del Dulce Nombre de María

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

Hoy quiero hablarles de nuestra querida y sufrida Argentina. Ante todo, busco en la Palabra de Dios las palabras que decirles. Repasando el Evangelio, vuelvo a las bienaventuranzas. Los invito a escucharlas con la apertura interior de la fe. Que María nos preste su alma de discípula.

  • Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
  • Felices los afligidos, porque serán consolados.
  • Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
  • Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
  • Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
  • Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
  • Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
  • Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
  • Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. (Mt 5, 3-12)

Les propongo pensar juntos cómo vivir las bienaventuranzas del Evangelio en el contexto de los actuales procesos sociales y políticos que vive nuestro país. También hasta allí ha de llegar la luz del Evangelio. Yo les ofrezco solo algunos apuntes, nacidos del corazón y puestos por escrito.

Como dice el Catecismo de la Iglesia, las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesús. Me animo a añadir: y también de todos aquellos hombres y mujeres que han encontrado en el Señor la luz de la vida. Pienso en Brochero, en Ceferino, en Mamá Antula, en las beatas cordobesas Tránsito y Catalina, en el obispo Esquiú, en Angelelli, en Wenceslao Pedernera, en Enrique Shaw, en Pironio… y en tantos otros, santos de la puerta de al lado, que han sembrado las bienaventuranzas en la tierra generosa de nuestro hermoso país.

Evocarlos nos da esperanza y renueva el compromiso de seguir adelante con la misión que el Señor nos ha confiado. Es una corriente de vida que nos lleva a la bienaventuranza del cielo, pero que, ya desde ahora, fecunda la tierra y el tiempo que el Señor nos ha regalado. 

Hoy vivimos un tiempo complejo. Hace cuarenta años recuperábamos nuestra democracia. No puedo dejar de hacer memoria de la jornada electoral del 30 de octubre de 1983. Voté entonces por primera vez. Ese recuerdo está asociado a intensas emociones y decisiones. Quisiera que los más jóvenes se asomaran un poco a aquel tiempo fuerte de nuestra patria. Estoy convencido de que fue un momento en el que pudimos dar un salto de calidad en nuestra vida ciudadana.

De todas formas, es lógico que, al mirar el rostro de nuestros hijos y nietos, sintamos un poco de vergüenza. Rompiendo un ciclo fatal de golpes y dictaduras, hemos podido sostener la institucionalidad de la república consagrada por nuestra Constitución Nacional. No es un logro menor. Sin embargo, en todos estos años, y por diversos factores y responsabilidades, no hemos logrado poner en marcha un proceso virtuoso de crecimiento que mejore la vida de las personas, sobre todo, de las clases medias y de los más pobres.

El deterioro social avanza como también una dolorosa (y peligrosa) frustración. Sabemos que las cosas tienen que cambiar, pero nos pesa saber que hay demasiados intereses para que todo siga igual en una democracia más corporativa que participativa, proclive a la corrupción. En buena medida, luchamos con nosotros mismos, con los vicios y picardías de nuestra cultura política.

Como discípulos no tenemos alternativa al Evangelio: somos hombres y mujeres de fe y, por tanto, nos interpelan Jesús, sus bienaventuranzas y el rostro de los pobres, de los niños e incluso -como enseña el papa Francisco- el grito de nuestra casa común.

Argentina necesita un cambio profundo en el alma de todos nosotros: necesitamos paz y perdonarnos, reconciliarnos y apostar por la amistad social. No tenemos por qué pensar lo mismo, ni tener la misma interpretación de nuestra historia, ni compartir idénticas soluciones a los problemas comunes. Basta con que nos reconozcamos semejantes, hermanos e iguales. Y que ese reconocimiento modere de verdad nuestros debates. No podemos darnos el lujo de seguir apostando a la polarización, pasando de la legítima crítica de las ideas al agravio de las personas.

Estamos viviendo un arduo año electoral, una vez más, subordinado a los intereses de la política más que a las necesidades de los ciudadanos. No nos dejemos vencer por el enojo. Los ciudadanos tenemos que pensar con lucidez qué decisiones tomar a la hora de elegir a quienes encomendaremos la gestión de gobierno.  

La Iglesia y sus pastores no debemos decir a quien votar o a quien no. Si lo hiciéramos, aún de manera velada, estaríamos cediendo a una forma de clericalismo que suscita fastidio y un legítimo rechazo porque invasivo de la conciencia. Lo que sí debemos hacer es ofrecer a todos la rica enseñanza de la doctrina social para orientar nuestra conducta ciudadana. El voto es un acto eminentemente personal, fruto de un discernimiento cuidadoso a conciencia. En este sentido, los aliento a pensar bien nuestra opción y a acudir a votar.

En ocasiones nos cuesta aceptar las opciones de los demás. En vez de enojarnos y lanzar condenas, tenemos que tratar de comprender qué está pasando en los sentimientos, esperanzas y decepciones de nuestros semejantes. ¿No necesitamos dar un salto de calidad en este aspecto de nuestra cultura política? La construcción del bien común es una tarea ardua. Lo será mucho más si no mejoramos en este sentido nuestra convivencia. Requiere liderazgos inspiradores, trabajo colectivo, paciencia y perseverancia. Para este esfuerzo común hemos de apelar a los más hondos valores religiosos, espirituales y éticos de nuestro pueblo.

Hace poco, volví a publicar unas orientaciones que preparé para las elecciones de 2019. Puede resultar útil repasarlas. Aquí solo recuerdo lo que afirmé sobre el valor de la democracia. Y con ello concluyo esta carta: “La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una «auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.» (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad.” (nº 13).

Volvamos al Evangelio, releamos las bienaventuranzas, recemos por nuestra patria Argentina y dispongámonos a cuidar entre todos el clima de convivencia ciudadana. La semilla ha sido sembrada, nos toca cuidar su crecimiento.

Que la Virgencita nos cuide a todos. Con mi aprecio y bendición.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

En su Nombre

«La Voz de San Justo», domingo 10 de septiembre de 2023

“También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.” (Mt 18, 19-20).

Fuimos en realidad más que dos o tres. El pasado jueves concluyó el IX Encuentro Nacional de Sacerdotes en Villa Cura Brochero. Unos ochocientos curas de toda Argentina nos dimos cita en Traslasierra, siguiendo las huellas del Santo Cura.

Los temas presentados fueron muy buenos: uno mejor que otro. Me impactó, sobre todo, el ambiente. Ante todo, se respiraba clima de familia, de hermanos que vuelven a encontrarse. Pero también, de honda vivencia religiosa: si ibas al Santuario, siempre había algún cura -de sotana o de jean- rezando, confesándose o acompañando con un mate la rumia del Evangelio…

¿No es esa precisamente la verdad del sacerdocio? Dios ahí, sorprendentemente presente, entremezclándose con nuestra humanidad para estar así en medio de todos.

Los curas celebramos los sacramentos que dan la vida de Cristo al pueblo, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía; pero -como bien nos recordó el padre Pepe Vallarino- el primer sacramento que ofrecemos somos nosotros mismos: hombres frágiles, ungidos por el Espíritu. “Llevamos un tesoro en vasijas de barro” (2 Co 4, 7).

Una pequeña confesión: de cura joven me incomodaba pensar de mí como instrumento en las manos de Dios; hoy, con más camino recorrido, sé que solo soy eso… y ese pensamiento me da mucha paz.

En estos días experimenté la verdad de las palabras de Jesús: él estuvo en medio, abriéndonos los ojos para ver, en esta Argentina por momentos tan sombría, sigue abriendo caminos de esperanza. Gracias.

Evangelio sin glosa

«La Voz de San Justo», domingo 3 de septiembre de 2023

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Mientras se publica esta columna, un grupo de jóvenes está realizando la 34 peregrinación al Santuario de la Virgencita. Este año, con el lema: “Ahora, con María, anunciamos a Jesús”.

En la Misa en el Santuario tendré que predicar sobre este evangelio. ¿Cómo decirles a esos jóvenes peregrinos que ser discípulos de Jesús es “perder la vida para encontrarla”?

Se pueden buscar bellas metáforas o sesudas reflexiones, etc.; sin embargo, como diría aquel joven de Asís llamado Francisco: el evangelio tiene que ser predicado y, sobre todo, vivido “sine glosa”, es decir, sin comentarios que agüen el buen vino de Jesús.

Lo mejor que le puede pasar a un joven es confrontarse con Jesús, tal como él mismo se presenta e invita a su seguimiento, sin rebajar nada de sus exigencias, de sus imperativos y de sus riesgos. Es el “Jesús del madero”, tanto como aquel “que anduvo en la mar”.

El predicador corre con ventaja: si un joven se puso en camino, aunque mínimamente atraído por Jesús, ya posee la condición suficiente para sintonizar con esa provocativa invitación a seguirlo cargando la cruz y dispuesto perder el mundo para ganar la vida.

“Señor Jesús: que te conozca como querés ser conocido. Y así te dé a conocer. Que te siga, como vos querés ser seguido. Amén”

Diez años caminando la fe

«La Voz de San Justo», domingo 27 de agosto de 2023

“«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo…».” (Mt 16, 15-17).

Este viernes 25 de agosto cumplí diez años como obispo de San Francisco. Casi desde entonces comparto esta columna en La Voz de San Justo comentando el evangelio dominical. 

Cuando se es ordenado obispo, mientras se reza la oración de consagración, el Evangelio permanece abierto sobre la cabeza del ordenando. Es un gesto muy fuerte: “Obispo: toda tu vida debe permanecer bajo la Palabra, y ese Evangelio es el que tenés que anunciar”. 

¿Qué otra cosa podría compartir con ustedes, domingo a domingo, sino la luz que brota del Evangelio de Jesús?

Yo soy un discípulo de Cristo. Feliz porque Dios me regaló la gracia de la fe, a través de mis padres y las diversas comunidades por las que he pasado. Así, Dios ha realizado en mí lo que Jesús le dice a Simón Pedro: la fe no nació de vos, es fruto de la labor paciente de Dios en tu corazón.

Servir a esa fe es la misión fundamental que tenemos los pastores. Es lo que he intentado hacer en estos diez años. Pero Dios no deja de sorprender: yendo de una comunidad a otra, rezando con el pueblo, visitando familias, personas, instituciones o sencillamente manejando con el horizonte infinito de nuestra pampa gringa, Dios sigue alimentando mi fe con el testimonio de hombres y mujeres que viven el Evangelio en las condiciones de cada uno. Es una experiencia inestimable. Por todo esto: ¡muchas gracias!