Del agua de Juan al fuego de Jesús

Domingo 7 de diciembre de 2025, IIº de Adviento: Mateo 3, 1-12

En este segundo domingo de Adviento, nos sale al paso Juan el Bautista. Su figura es inquietante: vestido con piel de camello, alimentándose de lo que ofrece el desierto.

Su palabra no es menos áspera que su vestimenta. A fariseos y saduceos les dice en la cara: “Raza de víboras… produzcan el fruto de una sincera conversión”. Es probable que no fuera más suave con nosotros.

Sin embargo, el centro de su mensaje no es el reproche, sino la esperanza en Aquel que viene: “Yo los bautizo con agua… pero Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”.

Aquí radica la diferencia: Juan, con su agua, puede lavarnos por fuera e invitarnos a cambiar; pero solo Jesús, con su fuego, puede transformarnos por dentro.

Jesús es ese fuego de Dios que se acerca. Él trae la “horquilla” del juicio para separar en nuestra vida el trigo de la paja, lo que vale de lo que sobra. El Espíritu Santo es la llama que no destruye, sino que purifica y enciende.

Caminemos hacia ese “incendio”.

Buen domingo.

Bendecido Adviento.

Los jóvenes son el presente

¿Me permitís una palabra?

Volví a escuchar la entrevista de Miguel Clariá a Mariano Acosta, director de “La Vélez”, como llaman en Arroyito a la escuela Vélez Sársfield, a raíz de los hechos violentos que protagonizaron algunos alumnos de sexto años.

Enlace: https://www.cadena3.com/noticia/radioinforme-3/violento-festejo-del-ultimo-dia-de-clases-de-alumnos-en-una-escuela-de-arroyito_491796

Vuelvo sobre dos cosas que señalaba Mariano y que me quedaron dando vueltas cuando escuché la nota por primera vez:

«Nuestros alumnos no son violentos, no son chicos que reporten problemas de convivencia habitual; tienen lo normal de los chicos, pero viniendo como venían de un lugar en donde seguramente habían consumido alcohol, sabemos que es así … Es difícil de describir. Hasta el día de ayer estaban llorando en la escuela porque se terminaba un ciclo, y luego los ves fuera de sí frente a estas situaciones».

Mariano apunta a las causas: «falta de límites, consumos habilitados y la masificación … resquebrajando el vínculo entre familia y escuela”.

Un papá, una mamá, un educador, un catequista o un cura tiene que buscar siempre, y sin desanimarse, lo que de más genuino hay en el corazón de un chico o de una chica. Allí hay sed de vida, de verdad, de ir más allá de lo que se ve y se toca. Hay sed de Dios.

Habrá que educar en los límites. Es cierto. En una autoestima que prevenga masificación y adicciones. También es cierto. Y tender puentes entre padres y maestros, caminos entre la casa y la escuela.

Todo eso es correcto y nos marca un norte para nuestras opciones.

En el camino de ellos – y también en el nuestro – se va a cruzar la sugestiva propuesta del nihilismo que se respira en el ambiente: nada es real, ni verdadero, ni bueno, ni bello. Nada vale la pena.

Por eso, allí donde procuremos que los jóvenes entrevean la belleza que salva, allí le habremos ofrecido lo mejor, lo que sustenta la vida, lo que realmente preserva y previene de todo mal.

¿Dónde buscar esa belleza? Bueno, yo soy un hombre de fe y un pastor. Comparto donde yo la he encontrado: en el amor de mis padres y amigos, en el silencio de la oración que escucha a Dios y a los demás, en el bien humilde y cotidiano que obran tantas manos (una caricia, un consuelo, una mirada de amor); en la “sobria embriaguez del Espíritu” de la liturgia cotidiana, en la solidaridad de los pobres…

Y podría seguir.

En un estupendo diálogo virtual de León XIV con de jóvenes de Estados Unidos, el Santo Padre arrancó un aplauso cuando les dijo que ellos – los jóvenes – no son el futuro, sino el presente. Y los invitó a dejarse encontrar por Jesús y a cultivar la amistad con Él.

Es por ahí…

4 de diciembre de 2025

El Credo en la vida de la Iglesia

Se han cumplido 1700 años del concilio de Nicea (325), el primero de la historia. Este concilio salió al paso de la herejía de Arrio que negaba la condición divina de Jesucristo. Echando mano del texto de una profesión de fe bautismal, y añadiendo unas palabras claves, los padres de Nicea definieron la identidad divina de nuestro Salvador. Años más tarde (381), el primer concilio de Constantinopla hizo lo mismo con el Espíritu Santo: confesó la divinidad de la tercera persona de la Trinidad.

Por eso, el Símbolo que ambos concilios usaron para expresar la fe se denomina: Símbolo o Credo niceno constantinopolitano.

Se lo denomina “Símbolo” porque reúne en una misma fórmula las verdades fundamentales de nuestra fe y, además, porque permite que quienes lo recitamos nos reconozcamos unos a otros como miembros de la misma Iglesia. La palabra “símbolo” viene del griego “symballein” (poner juntas las partes).

Se lo denomina también “Credo” por su primera palabra en latín: “Credo in unum Deum…” (Creo en un solo Dios…): la fe es la respuesta, personal y eclesial, a Dios que se nos revela.

Los credos no son oraciones dirigidas a Dios, sino fórmulas que pronunciamos en el marco de la liturgia para confesar pública y solemnemente nuestra fe. Han nacido en el ámbito del bautismo y, con el paso del tiempo, han pasado a la liturgia eucarística: hoy lo recitamos después de escuchar la Palabra de Dios y como respuesta a ella.

Además de esta función “confesante”, los símbolos tienen una función “doctrinal”: son resúmenes breves de las verdades que creemos, normalmente estructuradas en torno a las tres personas divinas. Así, la unidad de la santa Trinidad es el modelo de la unidad en la diversidad de la comunión eclesial que nace de la fe común.

En la liturgia católica existen dos símbolos o credos: el Credo apostólico, más antiguo; y el Credo niceno-constantinopolitano.

El Catecismo de la Iglesia Católica (como también su Compendio) dedica al Credo su primera parte, con un desarrollo amplio de su contenido. Los bautizados tenemos el deber de conocer nuestra fe para dar razón de ella a todos los que nos lo pidan. Por eso, la lectura y estudio del Credo a través del Catecismo resulta imprescindible.

Sugiero que, a partir de esta Navidad 2025 y durante los domingos del año próximo, en la Misa sustituyamos el Credo apostólico por el Credo niceno constantinopolitano. Sería bueno también que aprovecháramos esta sugerencia para realizar algunas catequesis breves sobre el contenido de este Símbolo de la fe.

1º de diciembre de 2025

Peregrinos del Adviento 2025

Domingo 30 de noviembre de 2025, primero de Adviento: Mateo 24, 37-45

Peregrinos… (Peregrinación juvenil al Santuario de la Virgencita)

Este domingo comienza el Adviento. En la liturgia resonará el salmo 121: “Vamos con alegría a la casa del Señor.”

Adviento es la peregrinación jubilosa de un pueblo que sale al encuentro de Dios que está viniendo. Porque creemos en un Dios peregrino que, “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo; y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre” (Credo niceno constantinopolitano).

Adviento es la ansiedad de saber que, en cualquier momento, este Dios peregrino nos saldrá al paso. Como un amigo que quiere sorprendernos con su visita. Si afinamos la mirada lo veremos aparecer. Entonces, la fatiga del camino dará paso a la alegría del encuentro. Esa es la meta del Adviento: preparar los ojos de la fe para verlo llegar.

La rutina y las preocupaciones de cada día pueden adormecer nuestra agilidad espiritual para reconocer su Venida. Jesús nos lo recuerda: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora menos pensada.” (Mt 24,44)

Que este Adviento nos encuentre despiertos y disponibles para la sorpresa de Dios.

Buen domingo.

Bendecido Adviento.

¡Viva Cristo rey!

Domingo 23 de noviembre de 2025, solemnidad de Jesucristo rey del universo: Lucas 23, 35-43

“El pueblo permanecía allí y miraba.” (Lc 23, 35).

También nosotros, este domingo, contemplamos lo que pasa en el Calvario: Cristo está crucificado entre dos malhechores.

El pueblo permanece silencioso y mirando, mientras los jefes religiosos, los soldados y uno de los ladrones crucificados se burlan e insultan a Jesús.

Pero, como suele ocurrir, en medio del sarcasmo y el escrache, dicen algunas grandes verdades: Jesús es el Mesías, ha hecho milagros, es el Salvador y realmente el rey de los judíos, como reza el cartel sobre la cruz (también una burla cruel).

Este domingo celebramos a Cristo rey.

Extraño rey, ¿no? Humillado, escrachado, coronado de espinas… Así y todo, rey y salvador del mundo.

San Lucas nos lo dice con su insuperable genio narrador: precisamente en ese momento, rodeado de burlas e insultos y sin bajarse de la cruz, Jesús le roba a la muerte una presa: responde a la súplica del otro crucificado (“Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino”) con palabras solemnes de salvación (“Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”).

Unos versículos más adelante, el evangelista completará el cuadro que acaba de pintar: “Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.” (Lc 23, 48).

En la cruz, Jesús salva a un culpable arrepentido y mueve al arrepentimiento a la gente.

Así él es rey.

Buen domingo.

Dios, nuestra mayor riqueza

Domingo 16 de noviembre de 2025, 33º del tiempo ordinario (Lucas 21, 5-19) – Jornada mundial de los pobres 2025

“Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin… Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.” (Lc 21, 9.12-13).

La historia humana está atravesada de conflictos y el sufrimiento de los inocentes. En ese contexto hay que ubicar la persecución de los discípulos de Cristo. Estremecen las noticias que nos llegan desde Nigeria, por ejemplo. La información no sería completa si, al horror, no añadiésemos el testimonio de fe que esos mártires. Cuando lo rodea el odio, el mártir elige amar y perdonar.

Este domingo es también la Jornada mundial de los pobres, cuyo lema es: “Tú, Señor, eres mi esperanza” (Salmo 71, 5).

El papa León XIV, en su mensaje, retoma una enseñanza del papa Francisco: “La pobreza más grave es no conocer a Dios… Las riquezas muchas veces engañan y conducen a situaciones dramáticas de pobreza, la más grave de todas es pensar que no necesitamos a Dios y que podemos llevar adelante la propia vida independientemente de Él.”

Como al orante de la Biblia, la oración sostiene la esperanza del pobre, del mártir, del que viva la prueba. La esperanza nace de la fe en Dios y se vive en el amor como mano tendida al que sufre. También como lucha contra las causas estructurales de la pobreza.

La mayor riqueza del pobre y del mártir es Dios. Esa es su esperanza.

Buen domingo.

Ordenación diaconal de Raúl R. Araya

Catedral de San Francisco – Domingo 9 de noviembre de 2025

“Ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios.” (1 Co 3, 9c). 

¿En qué campos piensa Pablo cuando aplica esta imagen a la comunidad de Corinto? 

Si el Espíritu Santo lo inspiró para escribir así a los corintios, estas palabras en realidad están dirigidas a nosotros. Por eso, podemos evocar tranquilamente los campos que nosotros conocemos, los que enmarcan a nuestros pueblos y ciudades, los que recorremos con la vista en nuestras idas y venidas, en los que eventualmente trabajamos. 

En este momento, esos campos -de trigo, por ejemplo- se ven espléndidos por las lluvias extraordinarias de los meses pasados. 

¿Podemos ver en ellos la belleza y fecundidad de nuestras comunidades cristianas?

Seríamos ingratos si respondiéramos de forma negativa. Nuestro Dios es sembrador hábil y perseverante; no se desalienta, sigue trabajando y fecundando su campo, nuestra Iglesia. 

Jesús vio la acción de su Padre en los lirios del campo, en una pequeña semilla que crece, en un campo de trigo y cizaña, en una mujer que pone levadura en la masa… Y así nos enseñó a contemplar la realidad más honda: aquella que tiene al Dios bueno como protagonista, tan silencioso como efectivo. 

Porque Pablo habla del campo “de Dios”. Esa declinación es importante: la comunidad eclesial es campo adquirido, sembrado, trabajado y hecho fecundo por la misma mano: la mano siempre laboriosa de nuestro Dios. O, siguiendo a san Ireneo podemos decir: el Padre trabaja nuestro campo con sus dos manos: el Hijo y el Espíritu. 

Días pasados, en una visita pastoral, pude visitar un tambo de una de las grandes empresas lácteas de nuestra zona. Admirable obra de ingeniería y de tecnología. Solo eran necesarios cuatro operadores para cuidar lo que la tecnología hacía con una eficiencia sorprendente. 

El campo de Dios que somos nosotros, que son cada una de nuestras comunidades, que es nuestra Iglesia diocesana, sin embargo, no es trabajado por pocas manos. A las aludidas manos del Padre, se suman las manos de innumerables trabajadores: hombres y mujeres, laicos, consagrados, pastores y diáconos, con sus dones, carismas y servicios. 

De ese campo ha surgido la vocación de Raúl que, en breve, y por la imposición de manos y la oración del obispo, recibirá la gracia del Espíritu Santo para seguir trabajando en el campo de Dios como diácono, signo visible de Cristo, el servidor del Padre.

Un rasgo del camino vocacional de los diáconos permanentes que, en cierto modo, los distingue de los jóvenes que se preparan para ser presbíteros, es precisamente este: la imposición de manos les confiere el Espíritu a hombres que han reconocido el llamado del Señor después de un prolongado camino en las comunidades donde maduraron su fe, sirvieron en distintas áreas pastorales. 

Y, por supuesto, en ese camino tan rico que es la vocación matrimonial. En el caso de Raúl, junto a Marcela, su esposa, sus hijos y amigos. La familia, Iglesia doméstica, es también campo de Dios, trabajado por el Padre con la ayuda del Hijo y el Espíritu Santo a través de las manos de los esposos que se convierten en padres y liturgos de la fe para su familia. 

Ese campo hermoso que son nuestras comunidades cristianas viene siendo trabajado por muchísimas manos: obispos, sacerdotes, catequistas, misioneros, voluntarios de Caritas, ministros extraordinarios de la comunión, servidores en la pastoral del alivio, del consuelo y del duelo; hombres y mujeres en los consejos de asuntos económicos; manos también que preparan nuestras liturgias (sacristía, ministros, canto, guiones, etc.) … Y – ¡cómo olvidarlo! – por corazones que oran y abren el mundo para Dios. 

Aquí quiero hacer una mención a la Escuela diocesana para el Diaconado, puesta bajo el patronazgo de San Francisco de Asís. A su director, padre Mario Ludueña, a sus directivos y docentes. ¡Gracias por su trabajo en estos años! En estas ordenaciones recogemos los frutos del mismo.

La Renovación Carismática – de la que proviene Raúl – nos ha recordado que el Espíritu derrama sus carismas en la vida de la Iglesia. Pero los más importantes carismas no son los extraordinarios o bulliciosos, sino los ordinarios, humildes y sencillos, aquellos de los que nos dijo el Concilio Vaticano II, que cada uno de nosotros recibe en el bautismo y que redundan para el bien común cuando expresan la caridad de Cristo. 

Me pregunto si, cuando celebremos nuestro Sínodo, teniendo como tema de fondo la alegría de creer en Jesús y de comunicar a otros la fe que nos colma, no tendremos que definir mejor qué carismas bautismales merecen ser traducidos en ministerios más o menos estables en nuestra vida diocesana, por ejemplo, el de la animación pastoral de nuestras comunidades. 

***

Pablo habla también de la comunidad cristiana como “edificio de Dios”. En el fragmento de la carta que hemos escuchado, de la imagen del edificio pasará a la del templo de Dios. Aquí me permito traer a colación la enseñanza de la primera carta de san Pedro. Habla también de un templo de Dios, pero de un templo en construcción:

Al acercarse a él, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Porque dice la Escritura: Yo pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa: el que deposita su confianza en ella, no será confundido. (1 Pe 2, 4-6). 

Querido Raúl: a lo largo de tu vida, desde niño y en el seno de una familia, la fe ha dispuesto tu corazón para esa obra artesanal que es ser tallado como piedra viva para el templo que Dios se está construyendo en el mundo. Has aprendido también a sumarte como obrero de la construcción a través de todas las experiencias que has vivido, también en los años de tu servicio en la fuerza policial. 

Ahora, tu tarea artesanal de dejarte edificar por Dios y de sumar tus brazos a la construcción de la casa de Dios, recibe la gracia sacramental del orden como diácono, imagen de Cristo servidor. Tu forma de edificar sigue siendo el amor -como en tu matrimonio y familia-, pero ahora como servidor de Cristo para la edificación de la comunidad cristiana. Servicio que pasará principalmente por la vida de los pobres, de los enfermos, de los más frágiles y descartados. 

Una sociedad opulenta y pagada de sí, siempre deja en los márgenes a personas y familias que no logran sumarse a la mesa de todos. Como diácono, ese ha de ser tu campo de trabajo privilegiado. El tuyo y el de los diáconos que se vayan sumando a la vida pastoral de nuestras comunidades cristiana. 

Al incorporar la luminosa figura del diácono permanente a la vida ordinaria de nuestras comunidades cristianas hacemos más visible esta realidad: solo edifica la caridad de Cristo, solo construye la Iglesia el que ama y sirve. 

***

Vuelvo a la enseñanza de san Pablo que nos hace esta inquietante pregunta: “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Co 3, 16).

Estamos terminando este año 2025. Ya asoma en el horizonte la realización de nuestro primer Sínodo diocesano. En las vísperas de su celebración, la ordenación de los primeros diáconos permanentes no es una mera casualidad: nos indica un camino preciso que tenemos que recorrer todos, como Iglesia diocesana, para ser fieles a la llamada del Señor. 

La fe que alegra nuestro corazón y que sentimos el deseo de comunicar a los demás requiere de nosotros plena disponibilidad para dejarnos edificar por el Espíritu Santo. Requiere que nos despojemos de nosotros mismos. 

Después de transformar el agua en vino en las bodas de Caná, Jesús inicia su ministerio público purificando el templo de Jerusalén. Así nos lo cuenta san Juan, marcando una diferencia con los sinópticos que ponen este gesto profético al final del camino de Jesús, antes de la pasión.

El Señor no solo está edificando su Iglesia con piedras vivas, sino que también la purifica, una y otra vez, para que sea -como esta catedral- un templo bello, luminoso y espacioso para que quepan todos sus hijos e hijas para la mayor gloria de Dios.

Que María, san Francisco y los santos asistan a nuestra Iglesia diocesana para que viva con alegría el servicio a los pobres, sobre todo, contagiando la alegría de creer y esperar. 

Amén. 

Somos templo de Dios

Domingo 9 d enoviembre de 2025, fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán: Juan 2, 13-22

“Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar” (Jn 2, 19), responde Jesús a quienes le piden un signo que justifique que haya echado del templo de Jerusalén a unos vendedores.

Jesús habla del templo que es su cuerpo y de su resurrección, anota el evangelista.

Este domingo celebramos la fiesta de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral del papa en Roma.

Cada templo cristiano, una humilde capilla o una inmensa catedral, es signo de Cristo resucitado, ese templo edificado con piedras vivas que son los bautizados, y que Dios está construyendo en el mundo.

Escribiendo a la joven comunidad de Corinto, san Pablo les dice: “ustedes son el campo de Dios, la edificación de Dios” (1Co 3, 9), y añade: “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1Co 3, 16).

Por una parte, el don de Dios: él nos edifica, nos trabaja y nos santifica. Por otra parte, nuestra responsabilidad: colaborar con este Dios labrador y constructor, siendo también nosotros artesanos de comunión y de paz.  

Y recemos por el papa León XIV y su misión. Bastante difícil la tiene.

Buen domingo.

A la Iglesia del “Logos” le interesa el “logos” de los hombres y mujeres de hoy.

En el marco de la 127ª Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino, en la mañana de este jueves 6 de noviembre recibimos a cuatro comunicadores: el periodista Jorge Liotti de La Nación, Pedro Rosemblat, Rosendo Grobocopatel y Lucas Rodríguez. 

Al programar esta Asamblea, los obispos vimos oportuno acercarnos al mundo de la comunicación haciendo foco en los espacios, lenguajes y formatos que hoy son “habitados” especialmente por los más jóvenes. 

Liotti nos ofreció un primer acercamiento al tema, mostrándonos cómo han evolucionado las formas de comunicación en estas últimas décadas desde los medios más tradicionales a, por ejemplo, los canales de streaming y los streamers. 

Los fuertes cambios en la comunicación lo son también para los sujetos que se comunican… y los grupos de referencia que se forman. Esto también afecta a la comunidad eclesial, sus dinámicas, tensiones y polarizaciones. 

Los tres jóvenes nos contaron su propia experiencia en los espacios en que ellos desenvuelven su trabajo. Pedro Rosemblat y Rosendo Grobocopatel desde una militancia política (en el peronismo, el primero; en el PRO, el segundo), mientras que Lucas Rodríguez desde la comedia y el humor. No pusimos el acento en la militancia política, sino en la experiencia como comunicadores. 

***

Después de la primera parte en la que intervinieron los tres, los más de cien obispos nos dividimos en tres grupos para el diálogo con los jóvenes. A mí me tocó en el grupo de Lucas Rodríguez. 

A mi criterio, la escucha de su experiencia y el intercambio que siguió en el grupo fueron muy buenos. Conversando con obispos que estuvieron con los otros dos comunicadores, coincidimos en la valoración altamente positiva de la experiencia.

Como es de público conocimiento, Lucas ha tenido un proceso de acercamiento muy fuerte a la fe cristiana. Se ha bautizado hace poco tiempo. 

Su acercamiento a la fe y a Cristo ha partido desde su interés personal en la poesía y la estética. Se expresó en términos similares a los que usa el teólogo suizo von Balthasar: Cristo resucitado como Dios y hombre, que atrae por la belleza de su amor; enamora (y así “asalta”) al hombre y lo seduce con su luz. Palabras más, palabras menos…

Escuchándolo hablar del misterio de Cristo y su poder de atracción, sus expresiones evocaban el modo como el Concilio de Calcedonia definió la encarnación: en la persona del Verbo, uno y el mismo, las dos naturalezas se unen sin confusión ni cambio, sin división ni separación.

Fue muy interesante escucharlo, desde esta posición, decirnos cómo ve él nuestra misión como pastores en medio de esta fragmentación. Apelo a mi memoria y así lo resumo: los obispos (la Iglesia) no pueden tratar a las personas como usuarios a los que vender un producto; si la Iglesia se encarga del vínculo de las personas con Dios, sería muy raro que percibiera a las personas como “usuarios”… No imagino así  -nos decía- su trabajo de acercar el misterio: Dios no convence, sino enamora, nos asalta, nos asombra. Eso es lo primero, después viene el resto…

***

Dos reflexiones conclusivas:

Del encuentro con Lucas Rodríguez me quedo pensando en lo que significa la via pulchritudinis (el camino de la Belleza) para la fe y la misión de la Iglesia. De la liturgia a la oración, de la pastoral del consuelo al servicio a los pobres, como tantas otras acciones pastorales, el camino de la Belleza es connatural a la misión de la Iglesia. Belleza es un “trascendental” (Lucas lo recordó explícitamente), que es uno de los rostros del Dios, uno y trino, tal como se nos ha revelado en Jesucristo. Este será siempre el camino de la Iglesia y su modo de estar en el mundo, siempre herido por el pecado, pero también abierto y sediento a la belleza que Cristo le ofrece.

De escuchar a los tres, a muchos nos impresionó positivamente la opción por una “cultura del encuentro” que hacen, especialmente Rosemblat y Grobocopatel, desde miradas políticas distintas: respetar al otro, escucharlo, hacer lugar a su voz, no clausurarse en la propia “tribu» con sus sesgos y prejuicios, etc. Resulta alentador que, en este momento que vive la Argentina, haya personas jóvenes que vayan en esta dirección. El camino sinodal que la Iglesia va transitando, desde su identidad sacramental específica y también atravesada por fuertes polarizaciones, va en una dirección parecida buscando la comunión y la unidad. Al decir de León XIV: con un corazón inquieto, buscamos juntos a Dios y nos dejamos poseer por su Verdad. 

Escribo esto al finalizar esta jornada intensa de una muy intensa Asamblea Plenaria. 

Agradecido.

6 de noviembre de 2025

Descansen en Paz

Domingo 2 de noviembre de 2025, Conmemoración de los Fieles Difuntos

Como cada año para esta fecha, este domingo 2 de noviembre oramos por nuestros difuntos. Los recordamos ante Dios, orando por ellos, ofreciendo la santa Misa por su descanso eterno, visitando los cementerios donde reposan sus restos.

La oración y el recuerdo pueden estar teñidos de dolor que despierte alguna lágrima. No lo ocultamos: así vivimos también nuestra esperanza en Dios.

Rezamos por ellos porque creemos que, sus vidas como las nuestras, están en las manos de Dios. Él recogerá en sus manos nuestro último aliento y, al final, nos resucitará reuniéndonos a todos en la bienaventuranza del cielo. 

Entre las lecturas bíblicas propuestas para esta conmemoración están unas palabras solemnes de san Pablo a los corintios: “Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados.” (1 Co 15, 51).

Pablo murió, como también los destinatarios de aquella carta. También nosotros moriremos. La promesa que contiene, sin embargo, sigue en pie: todos seremos transformados. La vida será la última palabra de Dios sobre nosotros.

¡Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz que no tiene fin!

Buen domingo.