Misa crismal 2021

Homilía en la catedral de San Francisco, miércoles 24 de marzo de 2021

“¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1). Así comienza el Salmo 133. Aunque no pertenece a la liturgia de la Misa crismal, me ha parecido oportuno invitarlos a rezar con él. 

Sí. Es muy bueno, además de reconfortante y consolador, saborear la comunión fraterna. Es bueno, además, subrayarlo hoy, que podemos reunirnos para esta liturgia tan significativa para la vida diocesana. Todos tenemos presente la situación del pasado año con sus restricciones. ¡Cómo sentimos no poder reunirnos para celebrar juntos, en la cercanía de la Pascua, la Misa crismal!

La comunión fraterna que celebra, expresa y comunica la liturgia de la Misa crismal es la de toda la Iglesia diocesana. Por supuesto, también de su Presbiterio. Pero la fraternidad apostólica del obispo y los presbíteros, como todo lo que significa el sacramento del orden, no se entiende sino como servicio a la fraternidad que brota del bautismo: la comunión de los hermanos y hermanas que se reúnen, convocados por el Espíritu, a escuchar la Palabra y a alimentarse del Pan del Resucitado, la Eucaristía. Y, así confortados, comunicar a los hermanos la esperanza y la alegría del Evangelio. 

Con pocas palabras, este salmo forma parte de aquel grupo de quince oraciones que llamamos: los “salmos de la subida” (120-134), que acompañaban a los judíos piadosos en su peregrinación hacia la ciudad santa de Jerusalén. Están incorporados a la liturgia cristiana porque también los discípulos de Cristo somos peregrinos.

Peregrinar es caminar juntos, pero también cantar la esperanza que nos anima. Tenemos una meta que da sentido y orienta nuestra marcha. Por eso, caminamos y cantamos al Dios que también camina con nosotros. Cantamos a coro, como los israelitas al pasar el Mar Rojo y celebrar el regalo de su libertad (cf. Ex 15, 1ss).

Con dos imágenes muy vivas, el salmista ilustra esta suave alegría de los caminantes que se descubren hermanos. 

La primera dice así: “Es como el óleo perfumado sobre la cabeza, que desciende por la barba –la barba de Aarón– hasta el borde de sus vestiduras.” Al respecto, comenta el cardenal Ravasi: “La fraternidad es una realidad sagrada que tiene en sí la misma fuerza de una consagración que invade todo el ser, que involucra el mismo físico de la persona (la barba es símbolo en Oriente de virilidad y vitalidad) y su dignidad encarnada por el vestido.”

El crisma y los óleos que estamos a punto de consagrar y bendecir nos comunican, cada uno a su modo, ese don suave y perfumado de la comunión fraterna que viene a nosotros del corazón de la Trinidad. Pasa por la humanidad del Señor, santificada por el Espíritu, y nos va configurando con Él, “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29). 

La unción del Espíritu del Hijo nos trabaja silenciosa y discretamente para que lleguemos a ser hijos e hijas del Padre, miembros vivos de una familia de hermanos. El Espíritu Santo teje pacientemente,  en nosotros y con nosotros, la trama delicada de la fraternidad. 

Ese es el misterio de la “Iglesia-familia” que hemos destacado tantas veces en nuestro camino pastoral diocesano. Nos hemos sentido iluminados por este ícono y animados a dejarnos transformar por él en nuestros sentimientos, actitudes y opciones. 

Viene, a continuación, la segunda imagen: “Es como el rocío del Hermón que cae sobre las montañas de Sión.”. Nosotros vivimos y trabajamos en una tierra que recibe lluvias generosas. El orante, en cambio, sabe de aridez, de prolongadas sequías y de esa sed que abrasa la garganta de los hombres y que reseca la misma tierra. Por eso, saluda la vida que llega con el rocío que desciende desde el Norte -del monte Hermón- hacia el desierto de Judá. 

Una de las peores sequías que podemos experimentar es la del corazón que se cierra y endurece, volviéndose hosco y amargo, murmurador y quejoso. Parece no dejar espacio en él para el Dios de la vida, que nos unge con el óleo de su alegría y de su paz. Por supuesto, tampoco deja espacio para la fraternidad. Todo en él es discordia, exasperación y polarización. 

El pecado encierra, entristece y divide. La gracia del Espíritu Santo abre, consuela y compone.

El salmo termina retomando y completando su exclamación inicial: sí, es hermoso que los hermanos se reúnan y se reconozcan como tales, que, con su canto al unísono, superen divisiones, rencores y mezquindades. “Allí -concluye el orante- el Señor da su bendición, la vida para siempre.” 

“La fraternidad -anota Ravasi- es como el rocío de la vida personal y nacional… Cuando estamos unidos en la caridad, en la fe común y en la liturgia parece casi que la Sion terrena ceda el paso a la Jerusalén celestial, en donde no habrá ya ni lágrimas, ni guerras, ni odios, ni lutos, ni muerte (Ap 21, 4) y en donde «una multitud inmensa de toda nación, raza, pueblo y lengua (Ap 7, 9) cantará en perfecta sintonía un único himno de alabanza y alegría”.

***

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que desde hace sesenta años caminamos juntos la fraternidad del Evangelio como Iglesia diocesana. 

María, Francisco de Asís y Brochero son también, para nosotros, iconos luminosos de esta fraternidad que viene del corazón de Dios. A esa escuela de comunión fraterna nos confiamos una vez más para que ellos nos eduquen en esta hora que estamos viviendo. 

María es madre, por supuesto, pero también podemos llamarla “hermana” que nos precede en el camino de la fe discipular. Francisco de Asís quiso ser llamado expresamente hermano, es más: “hermano menor”, según la medida de Cristo pobre y humilde. Brochero supo crear clima de familia por donde pasaba con la música del Evangelio. 

Que cada comunidad cristiana de esta preciosa red que es nuestra Iglesia diocesana sea, de veras, y sobrellevando todos nuestros innegables límites humanos, una verdadera fraternidad: hermanos y hermanas que se reúnen, se buscan, oran juntos y celebran; se escuchan y se animan, se esperan y se perdonan. 

Que lo sea también nuestro Presbiterio. Lo esperamos también para los futuros diáconos permanentes, demás ministros y servidores del Evangelio. 

Sigamos, entonces, caminando juntos la fe, la fraternidad y la misión. Nuestra mirada esté fija -como en la sinagoga de Nazaret- en Jesús, en el Cristo pascual. “En sustancia -explica el papa Francisco- se trata de un synodos bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo.”

Permítanme subrayar la presencia y acción del Espíritu, pues ella hace la diferencia entre la Iglesia familia y pueblo de Dios y cualquier otra organización. El Espíritu Santo anima la vida de cada una de nuestras comunidades; también la de cada uno de nosotros, llamados a ser hombres y mujeres del Espíritu.

El camino sinodal que nuestra Iglesia diocesana viene recorriendo desde su nacimiento pasa ineludiblemente por cada una de nuestras comunidades cristianas y por la vida de cada bautizado-confirmado. Nos hace sujetos conscientes y corresponsables de la misión. 

Especialmente en este fuerte cambio de época, con el emerger de tantos desafíos y urgencias, la acción del Espíritu no solo no está ausente, sino que se hace creativamente más intensa y renovadora. Tenemos que contemplarlo juntos, a riesgo de dejarnos ganar por el derrotismo y la desesperanza. Porque tenemos que secundar su obra, pues está sembrando la semillas del Reino de Dios. 

En la 2ª Carta Pascual que acabo de hacer pública, contemplando el paso del Mar Rojo, he dejado picando una pregunta que, en primer lugar, llevo en mi corazón: ¿Qué paso el Señor nos ordena dar en este tiempo? ¿Qué Mar Rojo tenemos que cruzar como Iglesia diocesana? ¿Qué miedos, lamentos y quejas tienen que acallarse para que, obedientes solo a la Palabra, la confianza abra espacio a la libertad, la esperanza y la alegría de la salvación?

En los meses que tenemos por delante, pastores y comunidades tendremos que discernir juntos algunos pasos importantes a dar. No es mera reorganización de fuerzas, sino apertura al viento del Espíritu que quiere que seamos testigos del Evangelio de la Gracia de Dios para nuestros hermanos.

Que María, Francisco de Asís y Brochero nos sigan inspirando. Invocamos también la intercesión de san José, cuyo silencio nos educa para vivir a fondo este tiempo que se abre por delante. 

Amén. 

El camino de un pueblo: del miedo a la confianza, de los gritos al canto compartido

2ª Carta pascual 2021

San Francisco, 24 de marzo de 2021

A los fieles de la diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. En esta 2ª Carta pascual les propongo la lectura orante de Ex 14, 15-15, 21: el paso del Mar Rojo y el canto que entona el pueblo a continuación. Ambos textos están en el centro de la liturgia de la Palabra en la Vigilia Pascual. No pueden faltar. La salvación que Dios regala está en ese “paso” en medio de la noche. El cruce del Mar Rojo es profecía de la Pascua de Cristo y de todas las pascuas eclesiales y personales. Los invito pues a rumiar esta preciosa narración. Que el Espíritu guíe nuestra lectura orante.

I. El cruce del Mar Rojo (Ex 14, 15-31)

2. El relato tiene tres partes. La primera, frente al mar, con los gritos del pueblo que ve llegar al ejército egipcio (vv 1-14). La segunda con las aguas que se abren para dar paso al pueblo (vv 15-25). La tercera con la derrota de los egipcios y la salvación de Israel (vv 26-31). Esta narración -dicen los estudiosos- es fruto de varias tradiciones cuyos hilos entretejen un atrapante relato.

1. Ante el mar (Ex 14, 1-14)

3. Dios habla a Moisés y le revela su plan de salvación. Se acerca una crisis de proporciones (y no será la última), pero Yahvé tiene todos los hilos en sus manos. Es el Señor y el Juez de la historia. Es, sobre todo, el Dios que ama y salva a su pueblo. El Faraón, por su parte, tiene una reacción brutal: acaba de morir su primogénito, pero él piensa en la pérdida de la mano de obra esclava. El corazón está endurecido por la ambición de poder. Sin embargo, no es menor la ceguera del pueblo israelita, a pesar de haber sido testigo de las proezas de Dios a través de Moisés. A la vista del ejército exterminador que se acerca y ante la barrera insalvable del Mar vuelve a la queja amarga, la murmuración y la rebeldía.

4. Es una gran crisis de fe y de confianza en Moisés y, en última instancia en Dios. Grita de miedo y de desesperación. Es todavía un pueblo de esclavos. Sigue interiormente sometido. Pero ha resonado la Palabra divina que salva. Hay que escuchar y obedecer: solo entonces comienza a ser vencido el miedo y a desarmarse los lazos de la esclavitud. Comienza realmente la aventura de la vida y la libertad.

2. El viento sopla y las aguas se abren (Ex 14, 15-25)

5. “Después el Señor dijo a Moisés: «¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha.” (Ex 14, 15). ¿Por qué Dios interpela así a Moisés? Nada dice el relato de un grito del pobre Moisés. Dios lee el corazón. Comprende que su amigo ha comenzado a sentir el peso de la situación y de su misión. Moisés está en medio de una dramática encrucijada: ve también el ejército que se acerca, escucha el clamor del pueblo y ve su desasosiego. Pero, sobre todo, ha escuchado la voz de Dios que le asegura que, por ese amenazante Mar, pasa la salvación. Podemos vernos reflejados en Moisés y en su corazón vacilante. ¿Cuántas encrucijadas de la vida nos encuentran en la misma situación? No sabemos qué hacer, cómo reaccionar, con una guerra interior de sentimientos.

6. Contemplemos también de qué manera Moisés, creyente y amigo de Dios, sale adelante: la voz de Dios ha resonado… y él obedece: “Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron, y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda.” (Ex 14, 21-22). Esta escena es un eco del Génesis. También aquí, las aguas, que representan el poder abrumador del mal, son separadas por el viento (el “aliento-espíritu”) que Dios sopla. Así comienza a experimentarse la salvación: una nueva creación, surgida como la primera, del amor sabio de Dios. El amor vence el temor. Y el pueblo se pone en camino…

7. Al amanecer, cuando la luz comienza a vencer las tinieblas de la noche, el Señor, por medio de su servidor Moisés, hace que las aguas vuelvan a su cauce normal. Y, así, los egipcios son sepultados. Antes, sin embargo, los que se habían opuesto al plan de Dios realizan una dramática y certera confesión de fe en el señorío de Dios: “Los egipcios exclamaron: «Huyamos de Israel, porque el Señor combate en favor de ellos contra Egipto».” (Ex 14, 25).

3. El triunfo de la Vida (Ex 14, 26-31)

8. Las aguas del Mar Rojo son “imagen de la fuente bautismal”. Y los que atraviesan las aguas prefiguran “al pueblo cristiano”. Así rezamos en la Vigilia Pascual. Con los ojos iluminados por la fe, contemplemos ahora esta escena: “Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio los cadáveres de los egipcios que yacían a la orilla del mar, y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo temió al Señor, y creyó en él y en Moisés, su servidor.” (Ex 14, 30-31).

9. La noche ha pasado, comienza a brillar la luz del día. Dios ha intervenido, salvando a su pueblo. Los esclavos son ahora libres. Han sido liberados por la poderosa mano del Señor. El texto acentúa la dimensión contemplativa de la fe: el pueblo ha visto la salvación y, así, se convierte en testigo de todo lo que ha hecho el Señor. Esta profecía encontrará su realización más perfecta en María, figura de la Iglesia orante, que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” (Lc 2, 19). Y, también como en María, la fe contemplativa se vuelve ahora canto de alabanza, acción de gracias y adoración. ¿Estás viendo la obra de Dios en los fragmentos de tu vida, en tu camino personal y comunitario? Se trata de abrir los ojos para contemplar la vida…

II. Cantar la libertad que Dios regala (Ex 15, 1-21)

10. La respuesta a la acción de Dios es un canto nuevo que brota jubiloso del corazón del pueblo. El miedo deja su paso a la alegría. Así reza el pueblo de Israel. Así aprendieron a rezar María, José y el mismo Jesús. Así oramos también sus discípulos. Estamos en la escuela de oración del pueblo de Dios. Miriam, profetisa y hermana de Aarón, con las mujeres del pueblo repiten la antífona: “Canten al Señor, que se ha cubierto de gloria: él hundió en el mar los caballos y los carros” (Ex 15, 22). Las mujeres, una vez más, aciertan con la fe.

11. En la Vigilia pascual entonamos los versículos principales (vv 1-18). Les sugiero leer el cántico completo: Ex 15, 1-21. Podemos dividirlo en dos partes: los vv 1-12, centrados en lo que Dios realiza en el cruce del Mar Rojo: salvación del pueblo y destrucción de sus enemigos; los vv 13-22, nos llevan más allá: describen la entrada en la tierra prometida, la morada santa del Señor en medio de su pueblo. Este canto nos permite así contemplar toda la historia de la salvación: no solo el éxodo sino también el don de la tierra.

12. En el centro del cántico, y como protagonista excluyente está el Dios fuerte que salva a Israel. Es guerrero poderoso, pastor y guía. Es también, como en la mañana de la creación, artesano y agricultor. Todo lo que hace tiene un beneficiario: el pueblo que ama, cuyo clamor ha escuchado conmovido y al que conduce ahora hacia la libertad. Notemos que ni siquiera Moisés aparece en el canto. Solo Dios. La libertad despunta allí donde el corazón se libera del narcisismo y se abre al éxtasis del amor, la alabanza y la adoración.

13. No solo las aguas son dominadas por el poder del “aliento-espíritu” del Señor (cf. Ex 15, 10), sino que el resto de los pueblos queda presa del temor ante el poder salvador de Dios. El Creador es el Señor de la historia que salva a su pueblo. Y, como una profecía del mensaje de Jesús, el cántico culmina cantando el reinado de Dios: “¡El Señor reina eternamente!” (Ex 15, 18). Es canto compartido por todo el pueblo. La fe no puede quedar en una experiencia solitaria e intimista. Se vuelve canto, se comparte. No podemos callar lo que Dios obra en nosotros y para nuestra salvación. Evangelizar es cantar en coro.

III. También nosotros crucemos el Mar Rojo y cantemos en coro

15. ¿Qué palabra nos ha tocado el corazón? ¿Qué luz nos ofrece la rumia de esta página de la Escritura? Comparto con ustedes algunas resonancias que esta poderosa Palabra del Señor deja en mí.

  • La Palabra sigue resonando fuerte, hoy como entonces. Especialmente en tiempos inciertos y desafiantes. Precisamente en esos momentos la voz del Señor se hace oír. Nos invita a la obediencia y, sobre todo, a ponernos en camino.
  • El corazón se arruga. El miedo se vuelve grito desesperado. También el hombre de Dios vacila. Las Escrituras no ocultan la fragilidad: ni la del pueblo, ni la de Moisés. Nos invitan a ir hasta el fondo de ella. Allí nos espera el Dios que nos salva. Es el realismo de la fe que nos vuelve audaces y humildes.
  • Solo entonces emerge la posibilidad real de caminar la confianza, fruto maduro de la fe y que se nutre de la esperanza. Dios salva. Toda la historia de la salvación nos lo dice, de una u otra forma, hasta llegar a su cumbre: Jesús es el Salvador que ya ha cruzado el Mar Rojo. A nosotros nos toca dejarnos llevar por el Soplo de su Espíritu.
  • Hoy tenemos una amenaza muy fuerte: la soledad y el individualismo que nos encierran, volviéndonos tristes y desesperanzados. ¡Abramos los ojos y miremos a Cristo que nos da otra perspectiva! Dios nos lleva de la mano a través de las aguas impetuosas. Y nos lleva como pueblo. De las aguas bautismales nace la comunidad cristiana. Somos familia. Somos hermanos. ¡Tenemos esperanza!
  • También nosotros somos invitados a cantar las maravillas del Señor. Lo hacemos, por cierto, en la liturgia que compartimos, sobre todo, el domingo. Lo hacemos cada día, viviendo la libertad que Dios nos regala como compromiso de amor con nuestros hermanos, especialmente en el servicio a los más pobres, a los que se sienten solos, a los que lloran sus heridas, agudizadas en este tiempo de pandemia.
  • El relato del paso del Mar Rojo ilumina nuestra vida como Iglesia diocesana. Al evocar estos sesenta años de camino compartido, no puedo dejar de preguntarme -y de preguntarles- qué “Mar Rojo” tenemos que cruzar, dejando nuestros miedos, solo obedientes a la Palabra del Señor.

María, Francisco de Asís y Brochero siguen inspirando nuestro peregrinar. Nos confiamos también a san José. En esta Pascua 2021 que estamos a punto de celebrar, crucemos juntos el Mar Rojo. Bendiciones.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

La mejor promesa de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de marzo de 2021

“¡Queremos ver a Jesús!”

“Entre los que había subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús».” (Jn 12, 20-21).

A las puertas de la Pascua, también nosotros suplicamos como aquellos griegos: “¡Queremos ver a Jesús!”. Esa sed de Cristo es nuestra guía más segura. Es nuestra brújula interior.

¿Cómo lo veremos? ¿Con qué figura aparecerá ante nuestra mirada? Él mismo nos lo dice: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” (Jn 12, 24).

¿Qué podemos añadir? No cabe mayor comentario: Jesús es trigo de Dios que muriendo resucita y da vida. Una de las más bellas e incisivas imágenes de la pascua: morir para vivir; solo vive el que entrega la vida por amor.

Ante nuestros ojos, el Señor aparecerá así en su hora más decisiva: la hora en que el glorificará al Padre y el Padre lo glorificará a él. Es decir, cuando aparezca en todo su esplendor la belleza de Dios: su amor hasta el fin, amor que expía el pecado y resucita para la vida.

La hora de su gloria es inminente y Jesús nos hace su promesa más hermosa: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12, 26). Estar con él, compartiendo la comunión con el Padre y el Espíritu.

Señor Jesús eres trigo que se hunde en la tierra para dar fruto. Queremos ir contigo y ser tus discípulos hasta el final. Que podamos contemplar tu gloria de Hijo amado que entrega la vida, como el amigo que ama hasta el fin. Que tu Espíritu acreciente en nosotros la sed de verte y reconocerte como Señor y Salvador. Amén.

El alma misionera de Brochero

Homilía en la catedral de san Francisco, fiesta litúrgica de san José Gabriel Brochero – 16 de marzo de 2021

Contemplemos el alma misionera del Santo Cura Brochero, su pasión por el Evangelio, su deseo ardiente de que Cristo sea conocido, amado y servido.

Anoche, celebrando las vísperas de su fiesta en Arroyito, meditaba sobre la garra que puso Brochero en ganar para Cristo a Santos Guayama y compañeros. No logró traerlo a Ejercicios. Lloró su muerte violenta, pero creo que, en el fondo, supo que el deseo de Guayama de empezar a caminar la conversión lo llevó hasta Cristo.

Me pregunto ahora: ¿cómo nace el fervor misionero en el corazón de un discípulo? ¿Qué hay que hacer para ello?

Tenemos a mano el testimonio de san Pablo. Releámoslo con esa inquietud en el corazón.

Comencemos por esta afirmación fuerte del Apóstol: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión.” (1 Co 9, 16-17).

Podemos decir muchas cosas del “Señor Brochero”, menos que es alguien carente de iniciativa. ¿Por qué dice entonces que no predica el Evangelio “por iniciativa propia”? Es algo muy hondo: en él se ha verificado ese paso de expropiación por el que un discípulo ya no vive de su propia voluntad sino desde la voluntad de otro: desde Cristo.

Brochero: expropiado de sí mismo por Cristo. Seguramente es un camino que comienza muy pronto en él, seguramente de niño. Tiene un momento fuerte e intenso en los años del seminario. Pero, decididamente, se acelera cuando el joven cura comienza a caminar el ministerio sacerdotal, que es lo que realmente forma el alma de un pastor.

La segunda afirmación de Pablo que ilumina la vida de Brochero es esta: “Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.” (1Co 9, 22-23).

Así expropiado por Cristo, el padre José Gabriel no puede sino poner en el centro de su vida a los demás, especialmente a los más alejados, a los más débiles.

De ahí su táctica pastoral de ir siempre hasta los más alejados. Es más que táctica. Es la caridad del buen Pastor que toma desde dentro toda la vida del santo cura.

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Dejándonos inspirar por la santidad de Brochero, hoy relanzamos en la diócesis la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas.

Gracias a todos los que ya han respondido a esta invitación y se han venido sumando. Oremos también por los que vendrán y se sumarán.

Nuestro cometido es rezar por la santificación del obispo, de los presbíteros, de los futuros diáconos (ya estamos orando por ellos) y de nuestros seminaristas.

¿Qué significa rezar por la santificación de nuestros pastores y ministros? Que, como Brochero, nos configuremos con Jesús Servidor y Buen Pastor hasta el punto de vivir esa doble expropiación de la que hemos hablado: hacia Cristo y hacia los pobres.

Vivimos tiempos desafiantes. No sabemos bien cómo quedarán nuestras comunidades cristianas al salir de esta pandemia. Vamos notando ya muchos signos de vitalidad evangélica. Por eso, tenemos que disponer el corazón por la oración intensa, la escucha de la Palabra y una renovada fraternidad eclesial, que nos permita redescubrirnos como Iglesia familia.

Dando gracias por estos sesenta años de vida diocesana, queremos ser una Iglesia más brocheriana, es decir, más -si me permiten la expresión- secuestrada por Cristo, su Evangelio y su pasión de amor.

Que la Purísima nos lleve de la mano como hizo con su hijo, José Gabriel.

Amén .

Se acerca la hora del amor hasta el fin

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de marzo de 2021

La pasión del Señor se acerca. La cruz comienza a proyectarse ya sobre el camino cuaresmal. ¿Qué vemos cuando contemplamos la cruz de Cristo?

Podemos ver aquí solamente la crueldad que se ensaña contra Jesús. Y es muy cierto: Jesús es, en cierto modo, una víctima más del poder del mal. La fe, sin embargo, nos abre los ojos para que veamos más en profundidad y contemplemos el misterio sorprendente del amor de Dios por el mundo. El amor que salva. Lo que los profetas comenzaron a vislumbrar, los discípulos de Jesús lo podemos afirmar sin lugar a duda: Dios es Padre, ama entrañablemente al mundo y no se escandaliza ni retrae frente al pecado.

Tenemos que decirlo con absoluta claridad: Dios no se complace en el dolor de sus hijos. Él no quiere el mal, ni lo procura, ni quiere ser aplacado con sufrimiento inocente. Dios sale al rescate de su criatura amada y de toda su creación para arrebatarle de los lazos del mal y de la muerte. Y en la cruz está, no un profeta más o un hombre religioso insigne, sino el mismo Hijo de Dios. La cruz es gloriosa porque en ella ha sido elevado el Hijo para que todos puedan acceder a la luz y a la vida.

La cruz es signo del amor de Dios que llega hasta el extremo de dar la vida por aquellos que ama, a los que quiere rescatar. Solo el amor expía el pecado del mundo. Un amor que siempre -al decir de Francisco- nos “primerea”. En el Crucificado ha hecho su aparición en el mundo este amor absoluto e incondicional de Dios. La fe es el Amén que nace cuando se cae en la cuenta, llenos de admiración y estupor, de ese amor hasta el extremo.

A ese Jesús crucificado y resucitado se dirige siempre la mirada de la Iglesia. Este fin de semana, recordando los ocho años de la elección como obispo de Roma del papa Francisco, tengámoslo presente. Francisco, fiel a su misión, nos señala ese norte permanente de la misión de la Iglesia. Nos señala a Cristo.

Mientras se acerca la Pascua -la hora del amor hasta el fin- podemos disponer nuestro espíritu para contemplar, en silencio, este misterio que salva al mundo. Podemos orar así: “Te alabamos y te bendecimos, Padre de misericordia, por habernos manifestado tu amor en Cristo, tu Hijo, y en el don de su Espíritu. Que nunca dejemos morir en nuestros corazones el estupor ante este misterio. Amén.”

13 de marzo de 2013: de cardenal a Papa

El cardenal Jorge Mario Bergoglio tuvo una breve intervención en una de las congregaciones generales de cardenales previas al cónclave de 2013. Fue decisiva para su elección como Papa.


La dio a conocer, en su momento, el extinto cardenal cubano Jaime Ortega.


A ocho años de aquellos acontecimientos, recordemos su contenido. Aquí su transcripción literal.

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La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia. – “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI). – Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.


1.- Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.


2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.


3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.


4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.

Jesús resucitado, verdadero templo de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de marzo de 2021

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».” (Jn 2, 13-16).

Después de llamar a sus primeros discípulos y del signo del vino en las Bodas de Caná, Jesús purifica el Templo de Jerusalén. Juan narra este hecho al inicio de su evangelio. Esta concatenación de escenas no es arbitraria. Una tras otras, van componiendo un mosaico programático de todo el evangelio: Andrés, Simón y los demás son llamados para convertirse en discípulos de Jesús. Están convocados a la fe en él, que trae el vino nuevo y más sabroso: la alegría al mundo.

Con la escena que contemplamos este domingo, el evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el nuevo y definitivo Templo. No es un templo material, como el construido por Herodes. Es el cuerpo entregado en la cruz, de cuyo costado brotó sangre y agua (cf. Jn 19, 34). Es el cuerpo que, vivificado y transfigurado por el Espíritu en la mañana de Pascua, resucita para ser espacio sagrado de comunión con Dios y entre todos los hombres, llamados a ser hermanos.

Allí donde una comunidad cristiana celebra la Eucaristía y, sobre todo, vive el amor hasta el extremo y el servicio humilde de Jesús, allí crece este templo santo en medio de nuestro mundo. Los templos donde nos reunimos sus discípulos son signos visibles que nos recuerdan este misterio que somos nosotros mismos: celebramos el culto en ellos para vivir nuestra fe en lo cotidiano de nuestra existencia.

Inspirado en esta escena evangélica, te invito a orar: Señor Jesús, seguimos caminando la Cuaresma. Purifícanos para que nuestras comunidades sean templos vivos edificados por el amor, el servicio y la compasión hacia nuestros hermanos más pobres. Amén.

Del desierto a la montaña

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de febrero de 2021

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.” (Mc 9, 2-4).

El pasado domingo íbamos con Jesús al desierto. Hoy nos sumamos a Pedro, Santiago y Juan que, con Jesús, suben a la montaña. Si el desierto es lugar de prueba, la montaña lo es de la revelación de Dios.

Allí, con el horizonte infinito del cielo, el Dios vivo se da a conocer, se muestra, sale al encuentro, busca a sus amigos.

Por eso, en la montaña santa, el Padre nos revela a Jesús. Nos permite contemplar su misterio: él es el Hijo muy querido, el profeta que ha de ser escuchado. Hijo amado, Palabra de vida y mano tendida que busca la reciprocidad de sus hijos: amistad y alianza.

Estos mismos discípulos serán también testigos de su humillación: lo verán en la cruz, aparentemente derrotado por sus enemigos. Sin embargo, no deben dejarse ganar por la desesperanza. La verdadera y definitiva transfiguración del Señor será su pascua: la muerte dará paso a la vida, la humillación a la resurrección.

Cada año, en este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el misterio luminoso de la transfiguración del Señor. Y lo hace para animarnos a la esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Te invito a orar. La oración es diálogo de amistad con Aquel que sabemos que nos ama, diría santa Teresa de Jesús, que de oración, amor y encuentro sabía… y mucho.

Te comparto esta oración que podés hacer tuya, completándola también con tus propias palabras: “Señor Jesús, como a Pedro, Santiago y Juan, tomanos de la mano, llevanos contigo al monte santo y transfigurate ante nuestros ojos. Que tu luz divina pase a través de tu santa humanidad y nos transfigure el corazón. Amén.”

Cuaresma 2021: con Jesús en el desierto

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de febrero de 2021

“En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.” (Mc 1,12-13)

¿Cuál es la tentación más insidiosa a la que podemos ser sometidos?

La Escritura nos responde con el relato del primer pecado (cf. Gn 3): Adán y Eva desconfiaron de Dios y, con esa sombra gris en sus corazones, buscaron edificar su vida solos, sin Dios.  

Esa desconfianza en las verdaderas intenciones de Dios (hábilmente explotada por la serpiente) los llevó a sentirse autosuficientes. Esa fue su perdición.

De algún modo, esa es la esencia de toda tentación y de todo pecado: ver en Dios a un un rival o una amenaza para la propia vida. Y, con ese miedo en el alma, huir de Él, darle la espalda y pretender edificar la vida sin Él.

Por eso, el Espíritu empuja a Jesús al desierto. En cierto modo, Jesús ha ido hasta el fondo de esa prueba humana. Allí, en el desierto, experimentará el límite, pero, sobre todo, sentirá la presencia del Dios vivo. No un rival o una amenaza, sino un aliado, un compañero de camino, una fuente de vida y de libertad. En suma: su Padre.

Vencerá así donde Adán y Eva fueron vencidos.

En el desierto, Jesús comenzará a recuperar para todos nosotros la armonía perdida de toda la creación. “Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían”, comenta el evangelista (Mc 1, 13).

Y, de esa experiencia en el desierto, Jesús volverá con el fuego del Espíritu en su corazón y en sus labios. Toda la misión de Jesús se comprende desde aquí: reconstruir en el corazón de los hombres esa misma experiencia de Dios como Padre.

La Cuaresma nos invita a un intenso ejercicio de confianza filial. También a nosotros, el Espíritu de Jesús nos lleva al desierto para rehacernos como hijos y hermanos.

Te invito a rezar: En ocasiones, Señor, la confianza en Dios parece languidecer en nuestros corazones. Esa tentación se vuelve más aguda en medio de la oscuridad de las pruebas de la vida. Hoy te contemplamos, Jesús, en el desierto y probado como nosotros. Tómanos de la mano y llévanos contigo hacia el seno del Padre. Que sintamos tu Espíritu en nosotros. Es gracia que te pedimos para el camino cuaresmal que estamos iniciando. Amén. 

Desterrar la violencia

Suena a aguafiestas, pero hay que decirlo: nunca vamos a poder erradicar de manera absoluta la violencia de la convivencia humana en esta historia. Quienes han pretendido hacerlo han recaído en formas incluso más inhumanas de violencia. 

¿Qué hacemos? ¿Tenemos que resignarnos? ¿Qué respuesta inspira el Evangelio de Cristo?

Dios no se ha desentendido del sufrimiento a causa de la violencia. Ha tomado parte: se ha puesto del lado de las víctimas y, haciendo así, le ha puesto un límite al mal. Lo ha vencido de raíz. Esa es la Pascua de Cristo que nos aprestamos a celebrar. 

En este punto, el humanismo cristiano es realista, porque cree en Dios y está sostenido de la esperanza más fuerte: la que se funda en Cristo y en la potencia de su redención que está actuando en el mundo. Y, porque tiene esa fe en Dios, se acerca al hombre real, también con confianza y optimismo. Sabe que el Espíritu trabaja en el corazón humano para que la Pascua de Jesús venza en esta historia nuestra, injusta y frágil, toda forma de violencia. 

Por eso, por una parte, desconfía de las soluciones automáticas, meramente políticas o ideológicas, que prescinden de la conciencia y la libertad humanas, refugiándose en el moralismo puritano con sus consignas sesgadas y simplistas.

El humanismo cristiano nos advierte que tenemos que estar siempre atentos a lo que ocurre en el corazón, porque, como enseña Jesús con perspicacia humano-divina: “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (Mc 7, 21-22).

Solo si nos enfocamos en esa dirección, las necesarias transformaciones culturales, políticas e incluso jurídicas tienen posibilidad real de alcanzar su meta de mejorar la calidad de la civilización que construimos entre todos. De lo contrario, corremos el riesgo de querer edificar una casa empezando por el techo. 

Toda construcción de justicia y de bien jamás es definitiva. Cada generación tiene que volver a hacer, con acentos y urgencias nuevos, su opción por el bien posible, aquí y ahora.

En este sentido, la pedagogía del Evangelio es escuela de paciencia. Tiene como meta ayudar a crecer en las virtudes: en ese trabajo nunca acabado de habituarse a obrar bien y a encontrar gusto en ser buenos y justos. 

Edificar es siempre una tarea ardua que supone sabiduría y magnanimidad, perseverancia y resiliencia. Es tarea de hombres y mujeres sostenidos desde dentro por una gran esperanza. Para los cristianos, esa esperanza tiene nombre y rostro: Jesús, el Señor y la vida trinitaria a la que nos conduce su Espíritu.