Semana Santa

«La Voz de San Justo», domingo 10 de abril de 2022 (Domingo de Ramos)

“Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.

Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo». Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.” (Lc 23, 44-49).

Así relata san Lucas la muerte de Jesús. En la hora de mayor luz y calor, la oscuridad cubre toda la tierra. Tres horas de agonía que alcanzan a toda la creación. De repente y llevando la tensión al máximo: el grito de Jesús, su plegaria final… y filial.

En medio de esas tinieblas: un espacio para la luz. Viene del alma de ese crucificado que se sabe Hijo y se abandona en las manos del Padre.

El centurión (un pagano) entrevé algo. Reconoce en el crucificado a un hombre justo. Una de tantas víctimas inocentes de la injusticia humana. ¿Qué ha llegado a comprender?

Este Domingo de Ramos escuchamos el relato de la Pasión según san Lucas. Sería bueno que nos quedemos en silencio, “contemplando lo sucedido”. A la distancia, como los amigos de Jesús y aquellas mujeres, sus más fieles discípulas.

Es lo que buscamos en Semana Santa.

“En medio de la noche que hoy envuelve a la humanidad, Señor Jesús, nosotros, como aquel centurión, te contemplamos crucificado. Tú eres nuestra Luz. Tú iluminas nuestras tinieblas. Besamos tus heridas y te decimos: Eres nuestro Hermano y Salvador. Hacemos nuestra tu plegaria. Amén.”.

“HE DESEADO ARDIENTEMENTE COMER ESTA PASCUA CON USTEDES”

2ª Carta Pascual 2022

San Francisco, 10 de abril de 2022, Domingo de Ramos

“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».” (Lc 22, 14-16).

“Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.” (Lc 23, 46).

A los fieles y comunidades de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

  1. Jesús ha entrado en Jerusalén. Está por cumplir su deseo más ardiente: el bautismo de su Pascua (cf. Lc 12, 49-50). Del Cenáculo a la tumba vacía, pasando por Getsemaní y el Calvario, Jesús vive cada gesto, sentimiento y palabra como culminación de su camino filial de oración al Padre en el fuego del Espíritu Santo. Con esta segunda Carta Pascual los invito a vivir esta Pascua 2022 de la misma manera: como fuente y culmen de nuestro camino de oración, a la vez personal y comunitario.
  2. La Iglesia no solo ora, anima y enseña a orar. Ella es “Iglesia orante”. La liturgia del Triduo Pascual es su más plena manifestación. Desde el bautismo y la confirmación, cada cristiano está llamado a ser un orante “en Espíritu y en verdad”, en medio de un pueblo santo y sacerdotal. La liturgia pascual es culmen de su camino personal de oración, fuente y escuela de oración contemplativa. Algunos intervendrán con diversos ministerios (sacerdote, acólitos, lectores, cantores, etc.). Todos hemos de participar activamente en la celebración del Misterio de la Fe.
  3. Una vez más miremos a María, la Virgen orante y contemplativa. Ella es el modelo más acabado de la Iglesia en oración. Que ella nos introduzca en el arte de celebrar los santos misterios de la fe. Que ella, como experimentada catequista y mistagoga, nos ayude a pasar de los signos externos al misterio de la gracia invisible que celebramos.
  4. El Triduo Pascual es una sola gran celebración que se desarrolla en cuatro intensas jornadas. Comienza con la Misa de la Cena del Señor el Jueves Santo, prosigue con la Celebración de la Pasión el Viernes Santo y culmina en la Vigilia Pascual del Sábado Santo que nos abre a la luz del Domingo de Resurrección. Se trata de un precioso itinerario de oración, a la vez personal y eclesial.
  5. El Jueves Santo entramos con Jesús al Cenáculo. Sus gestos sobre el pan y el vino, prolongados en el lavatorio de los pies, nos conmueven. ¡Vemos la Eucaristía salir de su corazón, de sus labios y de sus manos! Ella alimenta nuestra oración de esperanza. “Hagan esto en memoria mía”, nos ordena, invitándonos a celebrar su sacrificio pascual y a vivirlo en el servicio. La Eucaristía moldea nuestra oración personal, la nutre de sentimientos, actitudes y palabras. Del Cenáculo vamos al Huerto de los Olivos. Allí, la oración del Señor se hace más intensa y dramática. Si los discípulos se dejan vencer por el sueño, nosotros velamos atentos. ¡Cuántas veces estamos así con Jesús en la agonía de Getsemaní! La oración cristiana es comunión con todos los que sufren en los Getsemaní de la vida.
  6. “Enséñanos a orar”, le dijeron un día sus discípulos a Jesús viéndolo rezar (cf. Lc 9, 1-11). El Viernes Santo, contemplándolo caminar la Pasión, despierta en nosotros el deseo de participar en su camino pascual. En la cruz, cada palabra del Señor es una plegaria dirigida al Padre: de perdón, de abandono y de entrega: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Su grito final recoge y resume el dolor de todos los crucificados de la historia. El Crucificado es maestro consumado de oración. A esa escuela vamos para aprender lo que significa orar para vivir.
  7. Con María y las santas mujeres transcurrimos las horas del Sábado Santo en espera vigilante. La oración cristiana es amor que confía y, por eso, sabe esperar. Es gusto por la soledad y el silencio. En ocasiones, un silencio colmado de consuelo; otras veces, un silencio áspero y sufrido. Sin embargo, ese es el que mejor nos foguea como orantes. Así vivimos la espera ansiosa de la Resurrección.
  8. Al caer la tarde, nos reunimos para vivir la Vigilia Pascual, la “madrede todas las vigilias”. Ella misma es una escuela particularmente valiosa de oración: se multiplican los signos, escuchamos más prolongadamente las Escrituras, volvemos a cantar el Aleluya y hacemos memoria del Bautismo, renovando las promesas bautismales. La luz tenue pero firme del Cirio pascual es el signo de esa presencia que ilumina nuestra vida. En medio de la noche de la vida, “solo la sed nos alumbra”. Es la sed del Rostro más bello: el de Cristo resucitado, el verdadero futuro de la Iglesia y de toda la humanidad. Es el Rostro que busca todo orante, pues siente que sus ojos de fuego lo miran desde dentro de su propio corazón. El deseo de dejarse iluminar por Él es más poderoso que cualquier oscuridad. La oración es cuestión de amor enamorado. Y ese amor encuentra el tiempo necesario para la oración de cada día. No un rezo al pasar, sino un corazón que se entrega, escucha y adora.
  9. El Domingo de Pascua es el “día que hizo el Señor”. Celebramos la resurrección de Cristo, la obra más portentosa de nuestro Dios. La oración cristiana lleva siempre impresa la fuerza de la Pascua. Cada vez que alguien se recoge en oración se deja alcanzar por la luz pascual. Un niño que ora ayudado por su mamá, su papá o sus abuelos. Un chico o una chica que se aventuran en la lectura orante de la Palabra, sustrayéndose al ruido ensordecedor del mundo. Un adulto que sazona su ajetreada jornada con el Evangelio del día. Un enfermo que reza desde su lecho de dolor. Todos ellos -y muchos más- abren cada día nuestro mundo a la potencia transformante de la Resurrección. Se animan a entrar en el Silencio del Dios tres veces Santo para dejarse mirar por Él. Se abren así al influjo del Poder que sana y eleva todas las cosas. Los orantes sostienen el mundo, aunque éste les de vuelta el rostro, los ignore o, en el colmo de la insensatez, los juzgue inútiles o ingenuos.
  10. Un orante sabe que Dios es fiel. Es su experiencia más honda. La que vive y celebra en Pascua.  Lo grita su vida, lo refleja en su rostro y, a veces, siente que lo tiene que decir con palabras. Es el “pan nuestro de cada día” que saborea cuando se entrega a la oración. Es el pan que, desde su pobreza, comparte con sus hermanos y compañeros de camino. Así, la oración abre el mundo a Dios y lo hace más humano, más fraterno y vivible.

Que el Espíritu nos sumerja en la oración de Jesús. Con Él, y en oración, vivamos esta Pascua 2022

Están en mi oración de cada día. Con mi bendición.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Misa crismal 2022

Catedral de San Francisco, jueves 7 de abril de 2022

“Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.” (Lc 4, 20). 

También nosotros fijemos la mirada en el Señor Jesús. 

Contemplémoslo como nos lo presentan las Escrituras que acabamos de escuchar: ungido por el Espíritu Santo, misionero del Padre enviado a los pobres; Salvador y Cabeza de un pueblo sacerdotal; Señor resucitado que está viniendo a nosotros.

***

Como Iglesia diocesana de San Francisco estamos acompasando nuestra marcha al camino sinodal que transita hoy toda la Iglesia bajo la guía del obispo de Roma, el papa Francisco. 

Nos ha alegrado comprobar que, desde hace ya varios años, nuestra joven diócesis viene caminando en esa dirección. 

Tal vez, con paso tímido y vacilante, como un niño que aprende a caminar, alternando osadía con temor; pasos torpes, caídas y nuevos comienzos. Pero, seguramente ese aprendizaje de la infancia ha tenido que hacerse de a poco, hasta alcanzar seguridad y firmeza.

El aprendizaje al que nos referimos al hablar de camino sinodal es aquel que tiene como Maestro al Espíritu Santo y como meta el Evangelio vivido, no aislados o ensimismados, sino como como comunidad. Se vuelve más lento. Reclama paciencia. Es, por cierto, más decisivo. 

Es aprender a caminar la fe, la comunión y la misión que la unción del mismo Espíritu ha sembrado en el bautismo y la confirmación. 

Es el mismo Espíritu en el que Jesús fue concebido, el que lo fue conduciendo en su misión evangelizadora, el Espíritu en cuyo fuego se ofreció al Padre en su sacrificio pascual, como estamos a punto de celebrar en estos días santos. 

A ese Espíritu nos volvemos como Iglesia diocesana en esta Misa Crismal a las puertas de Pascua. Que Él nos conduzca también a nosotros, nos haga dóciles discípulos y aprendices del Evangelio, misioneros como el beato Esquiú, el santo Cura Brochero o la beata Mamá Antula, portadores de la Alegría del Evangelio para nuestros hermanos. 

¿Qué nos está enseñando ahora el Espíritu? ¿Hacia dónde nos está conduciendo? ¿Qué actitudes y sentimientos está despertando en nosotros? ¿Qué decisiones, qué pasos de conversión, qué dinamismos evangelizadores está inspirando en nuestras comunidades?

Al evaluar nuestro Plan de Pastoral 2016-2020 hemos podido recoger muchas y preciosas indicaciones para madurar nuestra respuesta eclesial a esos interrogantes. 

En los próximos pasos que hemos de dar nos volveremos a poner a la escucha del Espíritu en las múltiples voces con las que busca interpelarnos.

Será, sin dudas, una experiencia tan rica como exigente. No nos extrañemos que esa escucha nos incomode generando tensiones que no se resuelvan fácilmente. 

En todo caso, el Espíritu Santo, al que invocamos con fe, realizará su obra. Como siempre. 

Es decir, nos llevará a Jesús. Trabajará en nosotros para abrir nuestra mente, disponer nuestro corazón y hacernos dóciles a sus inspiraciones.

La motivación a la que apelamos en este tiempo busca esa profundidad de la obra del Espíritu en nosotros. 

***

Quisiera solo señalar aquí una dirección en la que siempre nos trabaja el Espíritu. Me refiero a la confesión de fe del fragmento del Apocalipsis que escuchamos en la segunda lectura:

“El -Cristo- vendrá entre las nubes y todos lo verán, aún aquellos que lo habían traspasado. Por él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será. Amén. Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso.” (Ap 1, 7-8). 

No sabemos con certeza cómo se desarrollarán los acontecimientos de nuestra vida, tanto personal como eclesial. Los iremos viviendo paso a paso. Es el modo como aprendemos a caminar la vida y la fe. 

Esa vivencia despierta en nosotros comprensible incertidumbre, ansiedad y temor.

Lo cierto -con la inconmovible certeza de la fe- es que el futuro está en las manos del Señor. 

Es más: Él, Cristo resucitado, es nuestro Futuro. En esa tierra está echada el ancla de nuestra esperanza. Hacia allí nos dirigimos… o, mejor, somos llevados por el mismo Espíritu. 

La docilidad que pedimos es para que seamos ligeros de equipaje. Y que ese caminar sea una vivencia profunda de discípulos y de testigos. Hermanos y amigos que se acompañan, se esperan, se perdonan, se disculpan y se animan a caminar. 

El Señor nos unge con su mismo Espíritu. Somos así un pueblo sacerdotal y profético. El Espíritu nos empuja desde dentro para que hagamos la experiencia más honda de la fe: el temor, la incertidumbre y la ansiedad por el futuro son vencidos por la consoladora presencia del Señor resucitado que alienta sobre nosotros su mismo Espíritu.

Aquí, una vez más, tenemos que evocar y hasta convocar a nuestra Madre del cielo: a María, cubierta por la sombra del Espíritu, que pronuncia su Amén al designio del Padre, dejándose enseñar y conducir por el mismo Espíritu. 

Cuando somos ungidos con el Santo Crisma y el óleo de los catecúmenos en el bautismo, María es la encargada de cuidar ese precioso don de la gracia. Ella nos enseña a ser fieles a la unción que hemos recibido del Santo. Por eso, la invocamos como madre y maestra espiritual del santo pueblo fiel de Dios. 

En el camino sinodal que hemos empezado a transitar con paso firme, pidámosle a María que nos ayude a no desandar el camino, a perseverar en él y a caminar como familia. 

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Permítanme una indicación más. Mañana haré pública la segunda Carta Pascual para acompañar nuestra vivencia de esta Pascua 2022. El tema de fondo es la aventura de la oración cristiana. 

Jesús vivió la Pascua de su pasión, muerte y resurrección como el momento culminante de su oración al Padre en el fuego del Espíritu.

Vivamos esta Pascua de la misma manera: que la liturgia de estos días, solemne y noble en su sencillez evangélica, sea para todos un entrar en esa zarza ardiente que es el Cristo Pascual que, orando, vuelve al Padre y nos unge con su Espíritu.

Amén.  

Jesús es perdón

«La Voz de San Justo», domingo 3 de abril de 2022

“Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».” (Jn 8, 9-11).

La mujer no les interesaba. Tampoco que hubiera cometido adulterio. Seguramente a algunos de ellos, ese “desliz” no les era extraño. La mujer era -¡cuando no!- un objeto de uso, esta vez, para atrapar a Jesús, tan odiado y tan temido. 

Jesús, sin embargo, pasa por encima de todo eso. Ni siquiera le interesa lo que traman contra él. A él no le resulta indiferente esa vida amenazada de desprecio y de muerte. Su aparente frialdad solo busca ese momento final de soledad en el que -como sentenciara magistralmente san Agustín- la misericordia divina mira a los ojos a la miseria humana.

No hay condena. Solo perdón y una vida que puede renacer y relanzarse. Y ese es el motivo por el que Jesús, ayer como hoy, es repudiado con ferocía o sencillamente ninguneado con desdén. Él ha traído al mundo la fuerza más desconcertante y desequilibrante: el perdón de Dios que hace nuevas todas las cosas. Dios perdona al culpable, incluso antes de que se arrepienta- O, mejor: provocando así su arrepentimiento.

La experiencia cristiana siempre es así: encuentro personal con Jesús que, al mismotiempo, es perdón, reconciliación, pacificación. Perdón gratuitamente ofrecido e inmerecidamente recibido. Y, así, nacer de nuevo. 

“Aunque quedemos solos, vos y yo, mirame, Jesús, como miraste a aquella mujer. No te importe nada más. Solo mi persona herida, humillada y amenazada. Y si añadís una palabra de perdón, mejor aún. Un gesto tuyo, una sonrisa y una palabra así nos reconcilian con la vida. Amén.”

La alegría de Dios

«La Voz de San Justo», domingo 27 de marzo de 2022

“Pero el padre le dijo: «Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.»»” (Lc 15, 32).

Así concluye la parábola del “hijo pródigo”. Cuando Jesús quiere ir a fondo cuenta una parábola. Así nos habla de Dios, su Padre, y nos revela sus sentimientos. Un padre que espera, que ve desde lejos y se conmueve por el hijo que regresa golpeado por la vida. Y que, al recuperarlo, hace fiesta. Es la imagen de Dios que Jesús quiere que asimilemos.  

Dios sabe de alegrías, y de una de las más puras: las de un papá o una mamá que recupera al hijo perdido. Pero, por lo mismo, Dios sabe -de una manera misteriosa- de dolores, angustias y pesares. El dolor de una madre por su hijo desaparecido. La angustia de un papá que no sabe cómo arrancar a su hijo o hija de las garras de la adicción. El pesar de los papás que saben de su hijo en una guerra, a merced de las balas que dispara el odio. Triste realidad de nuestros días.

Este cuarto domingo de Cuaresma, invitados a experimentar la alegría de Dios, sintámonos también desafiados a hacer nuestros los sentimientos que estrujan el corazón de tantos padres y madres atravesados por el dolor de sus hijos perdidos. Es también el dolor de Dios. Solo si los hacemos nuestros podremos asimilar la alegría de Dios.

“Padre: sabemos de tus alegrías. Jesús nos lo ha contado. Pero también de tus dolores: ver sufrir a tus hijos e hijas. Danos tu Espíritu para ser como vos: un padre que espera, cura, consuela y hace fiesta. Amén.”

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Homilía en la catedral de San Francisco – Viernes 25 de marzo de 2022 – Consagración de la humanidad, especialmente de Rusia y Ucrania, al Inmaculado Corazón de María.

Como rezamos en el Ángelus, nosotros, los cristianos, somos aquellos “que hemos conocido, por el anuncio del ángel, el misterio de la encarnación del Hijo de Dios”.

Cómo la humano y lo divino se unen en la única persona del Verbo de Dios, sin mezclarse ni disolverse, sin separarse ni dividirse, es un misterio que nunca lograremos comprender. Es un misterio en sentido estricto.

Lo que sí comprendemos -y con la mejor comprensión: la que tiene como origen el “corazón”- es el motivo último de este “Dios con nosotros”: el increíble amor de Dios por su pueblo, por cada ser humano, por los pobres y los pecadores; el amor de un Dios que es amigo, compañero de camino, cercano e íntimo; pero es también el amor loco que busca sanar lo enfermo, restaurar lo deformado y destruido…

Y es “loco” porque ese deseo de redención lo ha llevado a un extremo del despojo, de la humillación; del hacerse uno de nosotros, pero como esclavo, siervo y, en el colmo del estupor, como un condenado a la muerte ignominiosa de la cruz.

Ese “amor loco” es que tiene la potencialidad divina de arrancar al hombre del poder del pecado, cuyo rostro más horroroso es la violencia irracional del odio que lleva a negarle humanidad al otro, a buscarlo, a humillarlo, a torturarlo y matarlo.

La violencia política que acompaña toda la historia de nuestro país -como, por otra parte, de toda la humanidad- alcanzó su momento más intenso y oscuro en el terrorismo de estado de la pasada dictadura. Ayer lo hemos recordado, una vez más.

Los discípulos de Jesús, el Verbo encarnado, nos mantenemos firmes y tozudos en afirmar, contra toda forma de pesimismo y derrotismo, que, en la encarnación del Hijo de Dios en el seno de María se encuentra toda la potencia de Dios hecha gracia ofrecida a la fragilidad humana para sembrar la paz, restaurar la dignidad humana, apostar por el diálogo y la fraternidad de todos los hombres y mujeres.

Miremos, una vez más, la respuesta de María de Nazaret al misterio que le ha sido apenas por el ángel: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38).

María se ha abierto a la acción suave, discreta pero firme del Espíritu Santo. Para ello, se ha dejado interpelar por la Palabra que llegaba de Dios. Se ha involucrado así en la historia de la salvación con inteligencia y perspicacia, a conciencia y poniendo en juego toda su libertad personal.

Obrando así ha abierto la puerta a la gracia de Dios que viene a redimir al mundo. Su “Hágase en mí” es un eco del “Aquí estoy para hacer tu voluntad”, que el Verbo pronuncia a la misión del Padre.

De esa forma, la misericordia y el perdón de Dios han entrado en la historia humana, llegando a la raíz de toda forma de pecado, de violencia y de odio. Solo el perdón divino tiene potencia para secar definitivamente las fuentes del odio. Es el perdón que, como gracia salvadora, se adelanta y crea en el corazón del pecador ese mundo nuevo que es el arrepentimiento y dolor por el pecado cometido.

Nosotros, esta tarde y aquí, en esta iglesia catedral de San Francisco, en comunión con todos los obispos e iglesias del mundo, hacemos nuestra la oración que el Santo Padre Francisco ha pronunciado hoy consagrando la humanidad, especialmente a los pueblos hermanos de Rusia y Ucrania, al inmaculado corazón de María.

Con humildad -con profunda humildad- queremos también nosotros abrir nuestros corazones a la acción salvadora de la gracia del Espíritu Santo, sentirnos perdonados y redimidos y, de esa manera, dejar libre curso al perdón de Dios que cura toda violencia y pacifica los corazones.

Sí. Como María, también nosotros, pobres pecadores, hombres y mujeres frágiles y hasta insignificantes, podemos abrir el mundo a la Paz de Cristo, al Perdón de Dios, al Consuelo del Espíritu Santo.

¡Cuánto lo necesita el mundo, nuestra Argentina, las familias y pueblos en conflicto! ¡Cuánto lo anhelan los hombres y mujeres que sufren bajo el fuego irracional e insensato de la guerra!

“Dios ha cambiado la historia tocando a la puerta del Corazón de María”, ha dicho hoy el Santo Padre renovando la consagración del mundo a María. “Y también nosotros, renovados por el perdón, tocamos a la puerta de este Corazón […] No se trata de una fórmula mágica -ha añadido-. No, no es esto. Se trata más bien de un acto espiritual. Es el gesto de plena entrega confiada de los hijos que, en la tribulación de esta guerra cruel e insensata que amenaza al mundo, recurren a la Madre. Como los niños, cuando tienen miedo, van a la madre a llorar, a buscar protección. Recurrimos a la Madre, depositando en su Corazón miedo y dolores, entregándonos nosotros mismos a ella. Es volver a poner en este Corazón limpio, incontaminado, donde Dios se refleja, los bienes preciosos de la fraternidad y de la paz, todo cuanto tenemos y somos, para que sea ella, la Madre que el Señor nos ha regalado, la que nos proteja y custodie”.  

A María le confiamos, una vez más, la causa sagrada de la Vida, siempre actual y siempre bajo amenaza.

Pero ella nos infunde coraje y confianza. Nos contagia su Esperanza. Nos vuelve a entregar a Cristo, el Hijo de sus entrañas.

Amén.

Fecundidad

«La Voz de San Justo», domingo 20 de marzo de 2022

“Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: «Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?» Pero él respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.»»” (Lc 13, 6-9).

En el colorido lenguaje de la Biblia, la higuera simboliza al pueblo de Israel. Dios ha preparado la tierra, la ha plantado y, en el momento oportuno, busca sus frutos. Este “Dios agricultor o viñador” es una imagen muy bella. Deja entrever una honda experiencia religiosa. La higuera estéril o con frutos amargos, por el contrario, muestra el peligro siempre acechante de no corresponder a este amor primero de Dios.

En la parábola que Jesús cuenta este domingo convergen las dos experiencias. Por una parte, Jesús invita a estar atentos, a no dejarse ganar por una falsa seguridad religiosa y a disponerse siempre a la conversión. Por otra, siempre está abierta la puerta a la esperanza. La parábola juega con los números: tres años más uno. Es una hermosa profecía de la resurrección: Dios siempre dará fecundidad, al “tercer día” la vida irrumpirá.

“Señor: vení a trabajar el campo de mi vida. Está disponible, pero también es agreste y resistente. Pero tu divina paciencia nos provee del recurso más eficaz para darle fecundidad: la pascua de tu Hijo que trae, como lluvia que riega desde arriba, tu Santo Espíritu. Él es también la vitalidad que fertiliza desde dentro la tierra de nuestros corazones indómitos. Una vez más, en este camino cuaresmal, suplicamos la conversión. Amén”.

Memoria de san José Gabriel del Rosario Brochero, patrono del clero argentino

Catedral de San Francisco, miércoles 16 de marzo de 2022

El “Señor Brochero” -como lo llamaban cariñosamente los serranos- ha llegado a ser imagen viva de Jesucristo, el buen pastor.

De esa manera ha realizado de manera ejemplar la vocación sacerdotal.

Cuando, al cabo de los años de formación inicial, un joven diácono es ordenado presbítero por la imposición de manos y la oración del obispo, el Espíritu Santo irrumpe en su vida de una manera nueva y promisoria: le regala la gracia de la caridad pastoral, es decir, infunde en su corazón el amor de Jesús por el rebaño que el Padre le ha confiado.

Es un don confiado a la libertad del joven presbítero que, a partir de ese día, comienza a transitar la hermosa aventura de ser lo que es: signo y transparencia de Jesús buen pastor, de su generosidad, de su amor fiel y lleno de compasión, de su ardor misionero, de su deseo de que la Pascua sea un fuego que llene de vida al mundo.

Esto que, hoy por hoy, puja en los corazones de todos nuestros pastores, el “Señor Brochero” lo ha realizado en grado heroico. Y, por eso, la Iglesia lo ha inscrito en el número de sus santos pastores, proponiéndolo como un hermano que acompaña nuestro peregrinar, y como modelo inspirador para todos los que hemos recibido su misma vocación apostólica.

Hay, sin embargo, un rasgo de ese amor de pastor que en Brochero se destaca con fuerza. Y lo remarcan los textos bíblicos que acabamos de escuchar, especialmente el Evangelio, en la parábola que cuenta el Señor: “Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: «Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido».” (Lc 15, 3-6).

Brochero fue un cura misionero cabal, con ese amor loco de Cristo que sale a buscar a la oveja perdida, al que está lejos, al que todos miran de reojo o por encima del hombro. Y sale a buscarlo para traerlo y hacer fiesta: la de una vida que ha resucitado en el encuentro con Cristo.

Brochero no se comprende a sí mismo como el término y el fin de su sacerdocio. Él jamás se pone en el centro. El centro es Aquel a quien Brochero conoció, con conocimiento interior, sabroso y determinante, haciendo los Ejercicios Espirituales: el centro de la vida y misión de Brochero es Jesucristo, el Señor, su Amigo, el buen Pastor que busca, a través de sus sacerdotes, a todas las ovejas perdidas.

Queridos hermanos y hermanas:

No hay Iglesia sin sacerdocio ministerial, porque no hay Iglesia sin Cristo presente, vivo y actuando para la salvación del mundo. Y eso es lo que nos dan los sacerdotes cuando predican, pronuncian sobre nosotros la palabra del Perdón y, sobre todo, cuando presiden la santa Eucaristía.

No. No es normal, ni está bien, ni tenemos que acostumbrarnos a la escasez de sacerdotes, a la falta de vocaciones al ministerio sacerdotal y diaconal.

El Señor quiere una Iglesia misionera, rica en carismas, en servicios, en vocaciones y ministerios. Por eso, quiere una Iglesia que viva de su presencia y de la acción de su Espíritu. Por eso, quiere una Iglesia en la que los ministros ordenados, en número suficiente, caminen las comunidades, prediquen con fervor la Palabra de Dios, sean testigos con su vida de la fuerza transformadora del Evangelio y nos partan el Pan santo de la Eucaristía y del Perdón.

No es este el lugar ni la fecha para preguntarnos porqué nuestra Iglesia tiene hoy carencia de vocaciones al ministerio sacerdotal. Nos basta mirar a Brochero para comprender por dónde tenemos que caminar para ardan los corazones al sentir la presencia de Cristo resucitado.

En un momento de madurez de su experiencia espiritual y pastoral, san José Gabriel comprendió que sus serranos necesitaban ser alcanzados por Jesucristo en esa experiencia transformadora que son los Ejercicios Espirituales. Los empezó a llevar a Córdoba y, al poco tiempo, puso en marcha la Casa de Ejercicios que sigue viendo pasar a miles de hombres y mujeres sedientos de Dios, de la Palabra del Evangelio y que, precisamente, ante el Cristo gaucho de la capilla se descubren amados, perdonados y renovados por el Señor y por su gloriosa pasión.

Una Iglesia misionera, en camino sinodal, reclama que cada bautizado-confirmado haya hecho esa experiencia del encuentro personal con Cristo que transfigura la vida. Discípulos que han pasado de un cristianismo aburguesado y convencional a una fe adulta, convencida y misionera.

Suplicamos hoy ese “espíritu brocheriano” para las comunidades que forman nuestra Iglesia diocesana de San Francisco, en camino sinodal.

Queridos amigos y hermanos de la Obra de las Vocaciones Eclesiásticas:

La misión que ustedes tienen toca el corazón de la Iglesia: promover la oración por la santificación de quienes somos pastores y servidores del pueblo de Dios (el obispo, los curas y, cuando estén entre nosotros, los diáconos), también por la fidelidad de nuestros seminaristas y candidatos al diaconado.

Rezar para que seamos hombres del Espíritu. No caciques, ni gerentes, ni agentes sociales. Sino hombres del Espíritu como lo fue Brochero.

Y rezamos para que nuestras comunidades sientan la urgencia de las vocaciones al ministerio sacerdotal y diaconal. Sobre todo, la comisión diocesana de la OVE tiene por delante la misión de que vayan surgiendo grupos de OVE en cada comunidad de la diócesis.

Nos encomendamos a la Purísima, a san José, al beato Mamerto Esquiú y, por supuesto, a nuestro “Santo Cura Brochero”.

Amén.

Oración por la paz en Ucrania

Oración de un obispo italiano rezada este miércoles 16 de marzo en la audiencia general por el Papa Francisco.

Perdónanos la guerra, Señor.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de nosotros pecadores.
Señor Jesús, nacido bajo las bombas de Kiev, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, muerto en brazos de la madre en un bunker de Járkov, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, enviado veinteañero al frente, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, que ves todavía las manos armadas en la sombra de tu cruz, ¡ten piedad de nosotros!

Perdónanos Señor,
perdónanos, si no contentos con los clavos con los que atravesamos tu mano, seguimos bebiendo la sangre de los muertos desgarrados por las armas.
Perdónanos, si estas manos que habías creado para custodiar, se han transformado en instrumentos de muerte.
Perdónanos, Señor, si seguimos matando a nuestros hermanos, perdónanos si seguimos como Caín quitando las piedras de nuestro campo para matar a Abel.
Perdónanos, si seguimos justificando con nuestro cansancio la crueldad, si con nuestro dolor legitimamos la brutalidad de nuestras acciones.
Perdónanos la guerra, Señor. Perdónanos la guerra, Señor.

Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡te imploramos! ¡Detén la mano de Caín!
Ilumina nuestra conciencia,
no se haga nuestra voluntad,
¡no nos abandones a nuestras acciones!
¡Detennos, Señor, detennos!
Y cuando hayas parado la mano de Caín, cuida también de él. Es nuestro hermano.
Oh Señor, ¡pon un freno a la violencia!
¡Detennos, Señor!

Amén.

Mientras oraba…

«La Voz de San Justo», domingo 13 de marzo de 2022

“Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.” (Lc 9, 28-29).

Con Jesús, del desierto a la montaña. Así podemos describir el camino de Cuaresma en estas primeras semanas. Ambos lugares tienen un fuerte simbolismo. Indican un itinerario espiritual más que geográfico: lo que implica el encuentro y la comunión con el Dios vivo. 

La montaña es el lugar donde Dios se revela. Allí se muestra, da a conocer su Rostro y hace oír su voz. San Juan de la Cruz -el gran místico cristiano – hizo de la “subida al monte Carmelo” el símbolo fundamental para describir el camino del cristiano que se atreve a internarse en el territorio de la oración. Una aventura que intimida, fatiga y fascina. Todo a la vez. Atrae y repele. Como un abismo. 

Y de eso nos habla el evangelio de este domingo. En la montaña, Jesús se muestra en toda la hondura de su misterio. Se transfigura mientras ora. Para eso ha subido a la montaña. El imperativo que los tres discípulos que lo acompañan en la subida del monte Tabor es precisamente el que pone en marcha la aventura de la oración cristiana: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.” (Lc 9, 35).

“Oh Señor, mi Dios: con el orante de la Biblia, yo también te digo: «Mi corazón sabe que dijiste: ‘Busquen mi rostro’. Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.” Esa búsqueda me habita e inquieta. Yo mismo soy esa búsqueda. Abro el Evangelio, escucho la voz de tu Hijo, Jesús, y quedo iluminado por su Luz. Subo a la montaña, busco entrar en tu Silencio… Transfigúrame con Jesús y como Él. Amén”.