Asunción

“La Voz de San Justo”, Domingo 15 de agosto de 2021

“La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos” (Catecismo de la Iglesia Católica 966).

En María obra el poder de Dios. Ese poder es vida y resurrección. En Nuestra Señora asunta al cielo contemplamos el futuro ya realizado hacia el camina la Iglesia y que es también la promesa de Dios para toda la humanidad.

Y, para quien se deja llevar por el impulso del Espíritu, ese poder de vida ya está presente en el mundo, y se manifiesta -como lo vemos en el evangelio de hoy- en quien, como María, se pone en camino para servir.

María también lo reconoce y celebra. Por eso canta la grandeza de Dios y su misericordia.

¡Qué María nos ayude a vivir, ya desde ahora, como resucitados! ¡Celebremos con alegría su Pascua! ¡Con ella, cantemos las maravillas del Señor, su misericordia que se extiende de generación en generación! ¡María es signo luminoso de la esperanza que es Cristo!

Fiesta patronal de Villa del Tránsito

A ella invocamos este domingo de la Asunción, especialmente unidos a los devotos y peregrinos de su Santuario en Villa del Tránsito.

Podemos rezar así: “Te saludamos, María, imagen de la humanidad renovada por la gracia del Espíritu Santo. Tú eres señal de la gran esperanza que Cristo, tu hijo, ha traído al mundo. Te saludamos y nos tomamos de tu mano para ir contigo, siguiendo tus pasos, atraídos por tus virtudes, para caminar como discípulos del Evangelio. Amén.”

Una carta desde el corazón de la fe 2

¿Qué es la “entrega confiada” a María”?

San Francisco, 13 de agosto de 2021

A mis hermanos de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En una carta anterior, te hacía la propuesta de renovar tu alianza personal con María, preparando la entrega confiada de la diócesis a la Virgen de Fátima que haremos, Dios mediante, el próximo 13 de octubre. Si te ha interesado la propuesta, ahora quisiera explicarte qué quiere decir: entregarse confiadamente a María. Trataré de ir a lo esencial.

El texto bíblico de referencia obligada es Jn 19,25-27. Lo vuelvo a citar para que lo leamos juntos:

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

¿Qué nos enseña esta gran escena evangélica?

  • En el momento culminante de su misión salvadora, Jesús confía su madre al discípulo amado; y confía éste a su madre: “Mujer, aquí tienes a tu hijo… Aquí tienes a tu madre”.
  • El discípulo amado somos todos nosotros, no solo San Juan. Sos vos, soy yo, cada uno de los que fuimos engendrados por la cruz salvadora del Señor. Todos y cada uno.
  • Jesús amplía la maternidad de María, su madre. Ella llega a ser así la madre de todos los discípulos de su Hijo. Es madre de la Iglesia, la familia de Jesús.
  • Cito a san Juan Pablo II: “El Redentor confía María a Juan, en la medida en que confía Juan a María. A los pies de la Cruz comienza aquella especial entrega del hombre a la Madre de Cristo, que en la historia de la Iglesia se ha ejercido y expresado posteriormente de modos diversos” (Encíclica “La madre del Redentor” 45).

En la historia de la Iglesia, y bajo la acción del Espíritu Santo, muchos hombres y mujeres de fe se han sentido llamados a recibir y acoger a María en sus vidas, de un modo consciente, personal y libre. Es decir: han querido hacer suyo el don que Cristo les ofrecía entregándoles a su Madre.

San Luis María Grignon de Montfort (1673-1716) es un reconocido maestro en el tema. Transcribo un párrafo de su obra más famosa: “La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño y que consiste, en otras palabras, en una renovación de los votos y promesas bautismales”[1].

San Luis María habla de “consagración a María”. Nosotros preferimos otra expresión, usada por san Juan Pablo II: “entrega confiada”.

¿Qué es entonces la entrega confiada o consagración a María? Lo explica así el monje trapense Bernardo Olivera. Es argentino y ha fundado un movimiento de espiritualidad inspirado en la Virgen de Guadalupe. Él también se remite a San Luis María. Enseña:

“No se precisan demasiadas palabras, la consagración a María consiste en: darse por entero a María y a Jesús por ella, haciendo todas las cosas por, con, en y para María… Esta breve frase está preñada de sentido, vale por toda una biblioteca. Encontramos en ella una doble realidad:

  • La consagración consistirá, ante todo en una entrega total, definitiva y desinteresada. Entrega que trae aparejada la entrega de María. Nos entregamos como hijos y la recibimos como Madre.
  • La consagración consiste en una vida cristiana marianizada. Es decir, hacerlo todo por María, con María, en María y para María, a fin de hacerlo más perfectamente por Jesús, con Jesús, en Jesús y para Jesús. El sentido de esta fórmula de vida marianizada puede explicarse de esta manera:
    • por, indica el medio y la causalidad activa de María: ella es la Mediadora;
    • con, indica la compañía: ella es el modelo del perfecto discípulo;
    • en, indica la permanencia y la unidad, y la reciprocidad: ella es la Madre;
    • para, indica el fin que remite al fin último: el Hijo de María.”[2]

Espero que no te hayás perdido. Pienso que si has llegado hasta aquí es porque el Espíritu, de la mano de María, te ha tocado el corazón. El padre Bernardo usa otro precioso término bíblico para hablar de la relación del cristiano con María: alianza. El texto citado es de una carta que se llama precisamente: “Alianza con María” (16 de junio de 1982).

¿Qué fin persigue esta entrega confiada? La alianza con María tiene como objetivo renovar nuestra consagración bautismal. María nos ayuda a vivir como discípulos de Jesús en su Iglesia. Ella es la más perfecta discípula misionera de Jesús y modelo de la Iglesia misionera. La entrega confiada nos lleva a la escuela de María.

Aquí me detengo. Te prometo explicarte un poco más otros aspectos de la entrega confiada: ¿Cómo se hace? ¿Cómo se prepara? ¿Qué consecuencias trae para mi vida?

¡Hasta pronto, de la mano de María!

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

[1] B. Olivera, Siguiendo a Jesús en María, Soledad Mariana (Buenos Aires 1997), 67-68


[2] San Luis María Grignon de Montfort, Tratado de la verdadera devoción, 120

Murmuración y atracción

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de agosto de 2021

“Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.»” (Jn 6, 43-44). 

En la memoria de Israel que custodia la Biblia, ha quedado grabada la persistente rebeldía del pueblo a las intervenciones de Dios. Una de las más elocuentes nos la cuenta el libro del Éxodo. Es la que evoca el evangelio de este domingo: en el desierto, después de la increíble hazaña de sacarlos de Egipto, el pueblo, ante la adversidad del camino, se pone a murmurar contra Dios y contra su enviado, Moisés. Nunca nada resulta suficiente. 

Ahora, en el relato del evangelio, la murmuración se concentra en Jesús, al que se lo quiere poner contra las cuerdas.

Pero, como siempre ocurre: lo que dicen las Escrituras no solo se refiere a la murmuración de aquellos que escuchaban su declaración: “Yo soy el pan bajado del cielo” (Jn 6, 41). Somos nosotros -sus discípulos aquí y ahora-; es también nuestra propia desconfianza y ese no terminar de aceptarlo realmente en nuestra vida. 

Ese es el desafío-invitación del evangelio de este domingo. 

Pero Jesús nos invita a la confianza: es el Padre el que nos instruye y nos acerca a Jesús. Oímos su voz en las Escrituras que, leídas con fe y con ansias de encontrar la verdad, nos hablan, a cada paso, de Jesús, el Hijo. 

Se trata solo de dejarse atraer por esa potente y suave fuerza que es el Soplo del Padre que nos lleva hacia Jesús. Solo eso…

Una vez más, María nos anima a sumergirnos en la lectura orante de las Escrituras para reconocer al Padre en el Hijo y al Hijo que viene del Padre en el Espíritu Santo. 

Nunca mejor que ahora, de cara a nuestra rebeldía y murmuración, que entregarnos a la plegaria humilde.

Puede ser así. “Padre de misericordia, también nosotros, una y otra vez, sentimos el aguijón de la desconfianza en nuestro corazón. También nosotros, como otrora tu pueblo en el desierto o los oyentes de Jesús en Cafarnaúm, murmuramos nuestras dudas. Por eso, te suplicamos: abre nuestros oídos para escuchar y recibir la suavidad de tu Palabra que vence toda desconfianza. Amén.”

Comer el Pan de Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de agosto de 2021

“Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (Jn 6, 35).

Digámoslo claramente: Jesús, Palabra e Hijo único del Padre, es ese Pan que Dios le ofrece al mundo para saciar su hambre más profunda: hambre de vida plena, de esperanza, de eternidad.

Cada uno de nosotros está habitado por esa hambre. Buscamos ese Pan. Solo que ninguno de nosotros puede conseguirlo. No se puede comprar.

Jesús nos enseñó a suplicarlo (“Padre, danos el pan de cada día”) y, de esa manera, disponernos para el don. Solo podemos esperar recibirlo como don gratuito de Dios.

Y el Padre lo ha dado. Lo ha entregado al mundo sin condiciones.

Con las imágenes del pan y del comer, el evangelio expresa lo que significa Jesús para nosotros y -a eso apunta el verbo “comer”- lo que implica creer en Él: un proceso vital que supone gustar, asimilar y ser transformados.

Creer entonces es recibir a Cristo y reconocerlo como Señor y Salvador. Esta comida dura toda la vida, porque la fe es un camino que dura tanto como dura nuestra vida.

Acompañémonos unos a otros en esta aventura: sentir hambre de Vida, buscar el Pan de Dios que es Cristo y ser dóciles dejándonos llevar hacia Cristo.

En la oración, personal y comunitaria, comenzamos a saborear el Pan de Dios.

Podemos pues rezar así: “Padre bueno: danos el Pan de cada día. Danos a Jesucristo. Tenemos hambre de vida y de felicidad. Tenemos hambre de Ti. Por eso, con todos nuestros hermanos, te suplicamos: Danos siempre el Pan de cada día que es Cristo, tu Hijo y nuestro Salvador. Amén.”

Un niño, cinco panes y dos pescados

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de julio de 2021

“¿Dónde compraremos pan para darles de comer? Él decía esto para ponerlo a prueba, pues sabía bien lo que iba a hacer.” (Jn 6, 5-6).

A partir de hoy, y durante los próximos cuatro domingos, leeremos el capítulo seis del Evangelio según San Juan. Preparémonos entonces para un viaje que nos llevará, de la mano del discípulo amado, al centro de su mensaje: Jesús, Hijo y Palabra del Padre es el Pan vivo bajado del cielo para darnos vida eterna.

Comencemos a caminar, dejándonos interpelar por la pregunta del Señor a Felipe. Es una prueba. Para él tanto como para nosotros: ¿Podemos saciar toda el hambre (y todas las hambres) que hay en el mundo? ¿Puede hacerlo la Iglesia? Podemos tener esa arrogante pretensión.

Necesitamos experimentar la desproporción de nuestras fuerzas y recursos, de nuestros esfuerzos y de nuestras mejores intenciones. Jesús no necesita más: un niño (hay que volverse como ellos para entrar en el Reino), cinco panes y dos peces… y nuestra fe que se hace súplica.

Obviamente, la multiplicación de los panes y el discurso del Pan de vida que le sigue no se refieren a quedarnos de brazos cruzados ante el imperativo ético que significa luchar por superar la pobreza en todas sus formas. En el capítulo seis de san Juan, hambre y pan son símbolos que hablan a la fe: Jesús es el pan que Dios multiplica para que los hombres saciemos el hambre más profunda que nos habita: hambre de Dios, de vida y salvación, de perdón y reconciliación, de justicia y fraternidad.  

Quien coma de este Pan encontrará en él la fuerza espiritual que es necesaria para acometer las empresas más difíciles y, finalmente, alcanzar la bienaventuranza en el cielo.  

Es bueno que la comunidad cristiana, como está ocurriendo en este tiempo arduo, experimente su fragilidad, su insignificancia comparada con los “poderes del mundo”, incluso su achicamiento. Solo así se purifica y dispone para comunicar lo que ella no produce ni puede producir: el don de la salvación que Dios nos regala en Cristo.

Una plegaria para este domingo: “Jesucristo, Pan vivo bajado del cielo, escucha nuestras plegarias. Tú comprendes muy bien la inquietud de nuestro corazón, sobre todo, cuando contemplamos la vastedad de la misión que nos has confiado. Tú, Señor, lo sabes todo. A Ti nos confiamos. Amén.”

Oración a Santa María del Equilibrio

Del obispo Jorge Casaretto

Madre de Dios y Madre nuestra.

Por tu intercesión pedimos a Dios el don del equilibrio cristiano tan necesario para vivir plenamente el Evangelio.

Ubícanos en la realidad en que el Señor nos ha puesto.

Aléjanos de las actitudes que tienden a aumentar nuestras naturales limitaciones:

  • de prejuicios e ingenuidades, de integrismos y progresismos,
  • de timideces y temeridades,
  • de pesimismos y falsos optimismos.

Concédenos generosidad de corazón para que podamos ser fuertes en el amor a todos los hombres, siguiendo el ejemplo de tu Hijo que murió para salvarnos a todos.

Ayúdanos   a integrarnos en la Iglesia y a ser testigos de Cristo en el mundo asumiendo con firmeza y equilibrio las enseñanzas fue el Espíritu Santo ha inspirado en estos tiempos a la Iglesia.

Amén.

Estado y cuestiones de género

Creo que, en general, estamos de acuerdo en que el Estado vele por los derechos de las minorías. Entre ellas, de aquellas personas que no reconocen su identidad en el sexo biológico. Como todas las personas, merecen respeto y trato justo. Todos tenemos que superar actitudes y gestos injustos y vejatorios.

Lo que suena extraño es que el Estado asuma con un tono épico la difusión de las teorías de género que despiertan tantos interrogantes. Son eso: teorías que buscan comprender la realidad humana, pero que, por muchos motivos, suelen tomar una deriva ideológica que se vuelve absurdamente impositiva e intolerante.

De un tiempo a esta parte, sus conceptos, símbolos y enfoques están presentes en temas tan vacilares como familia, educación y salud. Casi sin dejar tiempo ni espacio para una recepción crítica de los mismos.

Algunos, con perspicacia e ironía, hablan de una nueva “religión de estado”.

Y no pasa solo en Argentina…

Lo cierto es que los ciudadanos, cada vez más, reaccionan con firmeza a estas políticas públicas. Mucho más al caer en la cuenta de tantas deudas que un Estado como el argentino tienen con necesidades fundamentales de la sociedad. A lo que habría que añadir -y no como dato menor- el estado de la salud integral de los ciudadanos en esta pandemia.

Tenemos que opinar con claridad y sin falsos pudores en estos temas que nos afectan a todos.

Compasión, cercanía y palabra

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de julio de 2021

“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Mc 6, 34).

Jesús encarna y hace visible la compasión de Dios para con el mundo desorientado y tantas veces decepcionado. ¡Atención!, compasión no es lástima. Es hacerse cargo, acompañar, tomar en serio la dignidad herida. En Jesús, esa compasión se vuelve cercanía, presencia y palabra.

Hoy, el evangelista destaca que Jesús ocupa “largo rato” en hablarle a esa multitud que lo sigue.

Con la oración y la cercanía a los que sufren, la predicación del Evangelio se cuenta entre las prioridades principales del Jesús misionero.

Siente la imperiosa necesidad de contar, de mil formas posibles, lo que le quema por dentro. Para él, las palabras son tan necesarias como el pan. Él tiene que hablar de Dios, de sus sueños para el mundo, de su amor hacia los pobres, los enfermos, los pecadores…

Esta imagen del Señor ilumina la vida de su Iglesia, nos anima y estimula a encarnarla en nuestra vida de discípulos misioneros. También en esta hora, complicada y difícil, tenemos que encontrar las palabras necesarias para contar, como Jesús, lo que nos quema por dentro.

Pero antes, dejémonos nosotros evangelizar por Jesús. También nosotros dediquemos “largo rato” a ser enseñados por Él. Preguntémonos también: ¿Cómo querés, Señor, que yo empeñe mi persona en la transmisión del Evangelio a quienes me rodean? ¿Cómo debo vivir mi condición de anunciador de tu Evangelio?

Nos puede ayudar esta plegaria: “Señor Jesús, misionero del Padre: que tu Espíritu infunda en nuestros corazones tu misma compasión, para que también nosotros seamos testigos valientes de tu Palabra para nuestros hermanos. Amén.”

Una carta desde el corazón de la fe

Una propuesta

San Francisco, 13 de julio de 2021

A mis hermanos de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

Te escribo desde la fe cristiana. Por eso, desde el corazón. Deseo hacerte llegar una propuesta. Le pido al Espíritu Santo que guíe mis pensamientos y me ayude con las palabras justas para llegar también a tu corazón de discípulo de Jesús.

Se cumplen cuarenta años de la entronización de la imagen de la Virgen del Rosario de Fátima, patrona de la diócesis, en la Catedral. Fue el 13 de octubre de 1981. Esta bella imagen fue traída desde el santuario de Fátima en Portugal por el obispo de entonces, monseñor Agustín Adolfo Herrera. Ese día, el obispo consagró la Iglesia diocesana de San Francisco a María. Años después, fue coronada por monseñor Carlos Tissera.

El próximo miércoles 13 de octubre celebraremos, Dios mediante, la santa Eucaristía en la catedral para conmemorar este hecho. Será en el marco de estos sesenta años de vida diocesana, caminados, como dice nuestro lema, “con espíritu mariano”.

En esta oportunidad, como obispo diocesano, voy a renovar la consagración de la diócesis de San Francisco a la Virgen del Rosario de Fátima.

***

Esto es lo que deseo proponerte: ¿Te animás a acompañar la oración del Obispo con tu propia entrega personal a María?

Muchos de nosotros, desde muy chicos, hemos aprendido a confiarnos a María. Algunos, seguramente, hemos hecho alguna forma solemne de consagración mariana. Yo, por ejemplo, rezo cada día la oración “Bendita sea tu pureza […]” que me enseñara mi madre.

Para mí -no tengo miedo de decirlo- fue una gracia muy grande descubrir que María es una persona viva, con quien se puede hablar, confiarse, a quien se puede escuchar, de quien se puede aprender. Parece algo demasiado obvio, sin embargo, para mi vida personal de fe, este descubrimiento fue una iluminación que me llenó el corazón de alegría y de entusiasmo.

Es que, según el plan de Dios, María tiene una misión: Madre del Hijo de Dios hecho hombre, ha sido confiada como Madre a la Iglesia y, en ella, a cada bautizado, discípulo misionero de su Hijo.

En la historia espiritual del cristianismo, sobre todo por los santos, los cristianos hemos aprendido a reconocer ese lugar de María en nuestra vida a través de múltiples formas de devoción mariana. Entre ellas se destaca la “consagración a María”. En estos últimos tiempos fue san Juan Pablo II el que difundió esta “entrega confiada” a la Madre de Dios.

María, por obra del Espíritu Santo, dio a luz a Jesús. Ella nos ayuda a vivir según el Espíritu de Cristo. Entregarse confiadamente a ella no es otra cosa que reavivar la vida del Espíritu que recibimos en el Bautismo, se fortalece en la Confirmación y se alimenta en la Eucaristía. Así progresa nuestra configuración con Cristo. Eso sí: “como María”, es decir: tratando de vivir cada momento con ella, como ella y con su ayuda.

Estas no son simples ideas en el aire: es experiencia viva, es vivencia cotidiana de los discípulos de Jesús. La devoción a María está en el alma de nuestro pueblo. El Año Mariano Diocesano que celebramos en 2018 nos permitió vivirlo con alegría y gratitud.

Por ahora, hasta aquí llego. En otras cartas intentaré explicar qué es la entrega confiada a María, cómo prepararnos a ella, cómo hacerla en concreto.

Te pido solo dos cosas: primero, que te pongás a pensar en serio en esta propuesta que te hago. Más que pensar, yo diría a rezar. Podés meditar el texto de San Juan que abre esta carta. Te ofrezco algunos puntos de meditación: ¿Qué significa, para mí, este testamento del Señor: “aquí tienes a tu madre”? ¿Cómo recibir a María en mi propia casa, es decir, en mi propia vida?

Lo segundo que te pido es que difundás esta carta y el video que la acompaña: fotocopiala, mandala por email, usá las redes. Creo que si te interesa te podés ingeniar. A ver cómo nos va.

Hasta la próxima.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio Buenanueva,
obispo de San Francisco

De dos en dos

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de julio de 2021

“Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.” (Mc 6, 7-9).

Me comentaba un párroco al concluir una misión con gente de su parroquia: “Al principio había temor: «¿nosotros salir a misionar?». Ante la convocatoria que hicimos, muchos no se animaban. Al final, todos han vuelto radiantes. La misión transforma”.

Necesitamos que Jesús nos siga animando a la misión: de dos en dos, con un solo bastón y con calzado ligero. Pues de lo que se trata es de caminar, de dejarse llevar, de confiar en la fuerza de la Palabra que nos ha sido confiada y, sobre todo, en la potencia de Aquel que nos envía. La misión se pone en marcha en la plegaria humilde y confiada: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Es una paradoja: la pandemia nos obligó a quedarnos en casa; sin embargo, las comunidades cristianas, aun en medio de las restricciones, han experimentado como pocas veces el imperativo de salir, de escuchar, de buscar, de tender la mano. Cosas del Espíritu…

La misión siempre comienza en la oración. Esta plegaria nos puede ayudar: “Señor Jesús, misionero del Padre: con algo de temor en el corazón, pero con más amor y confianza, te digo: ¡Aquí estoy, envíame! ¡Hay tanta sed de Dios, de esperanza y de vida en el mundo! Que tu compasión nos contagie a todos para que, también conmovidos, salgamos a llevar tu Evangelio a todos. Amén.”