Cuarenta años de «alianza» con el corazón inmaculado de María

Homilía en la catedral de San Francisco, al cumplirse 40 años de la consagración de la diócesis al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima. Miércoles 13 de octubre de 2021

Imagen de la Virgen de Fátima que se venera en la catedral de San Francisco desde 1981

“Yo soy la Señora del Rosario, continúen rezando el Rosario todos los días, la guerra se acabará pronto” (13 de octubre de 1917).

“[…] al final, mi corazón inmaculado triunfará […]” (13 de julio de 1917).

Sesenta años son muchos para la vida de un individuo; para una Iglesia diocesana como la de San Francisco, en cambio, son apenas un puñado de días, todavía fundacionales: el inicio de un camino que ha de seguir adelante.

Más joven aún era la diócesis -apenas habían pasado veinte años de su creación-, cuando el obispo de entonces, el recordado Don Agustín Adolfo Herrera, cumplió el gesto que hoy rememoramos y revivimos: trajo desde Fátima esta bella imagen de Nuestra Señora y consagró ante ella a la joven diócesis que pastoreaba al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima.

¿Qué significó entonces y que significa ahora que nuestra diócesis esté consagrada a María, bajo la advocación de Fátima?

En realidad, la entrega confiada a María (expresión que prefiero usar) no es otra cosa que expresar visiblemente y vivir a plena conciencia lo que el Evangelio nos dice que aconteció en la hora del Señor: María es confiada al discípulo amado como Madre, y éste la recibe como hijo.

Es vivir esa alianza con María que está en la raíz de nuestra identidad como discípulos y como Iglesia de discípulos de Jesús: María es nuestra Madre en el orden de la gracia.

En las cartas que envié para preparar este momento, con la sugerencia de hacer o renovar nuestra entrega confiada a María, les decía dos cosas que quisiera ahora recordar.

En primer lugar, que la finalidad de esa alianza con María no es otra que vivir la gracia del bautismo y de la confirmación; es decir: ser de verdad, y cada vez más radicalmente, discípulos misioneros de Jesús, testigos de la Esperanza y de la Alegría del Evangelio.

Es la gracia que, cada noche de Pascua, reavivamos cuando renovamos las promesas bautismales, renunciando al pecado y dejándonos llevar al espacio de luz que abre la fe en nuestras vidas.

María, la primera y más perfecta discípula del Evangelio, como madre, maestra y consejera espiritual nos ayuda delicada y firmemente a vivir el bautismo. Nada más. Y nada menos. Nada más bello y valioso.

En segundo lugar, al hacer de forma tan personal nuestra alianza con María, le pedimos vivir nuestra condición de cristianos como ella ha vivido la fe, la esperanza y la caridad.

Con palabras de Don Bernardo Olivera: que ella nos ayuda a “marianizar” nuestra vida y experiencia cristiana.

Aquí me detengo, al menos con algunas indicaciones someras.

¿Qué significa, para nosotros, hijos e hijas de esta Iglesia diocesana de San Francisco, “marianizar” nuestra experiencia de fe, “marianizar” nuestra vida?

Permítanme, antes de esbozar una respuesta a esta pregunta, invitarlos a cada uno de ustedes a tomarse un tiempo para meditar en la propia respuesta. Y hacerlo en diálogo con María, nuestra madre y maestra: “María, quiero vivir mi condición de hijo de Dios como vos la viviste: ayudame, inspirame, invocá sobre mí el Espíritu -como en el Cenáculo- para que descubra mi vocación, y cómo vivirla con tu mismo corazón, actitudes y sentimientos, con tu misma fe, valentía y alegría”.

Ahora miremos a nuestra Iglesia diocesana, a sus comunidades, a sus miembros: laicos, consagrados y pastores, servidores, ministros y agentes de pastoral.

“Marianizar” nuestra vida diocesana, ante todo, significa vivir la fe desde el corazón, como una decisión de vida que, desde dentro hacia fuera, ha de ir impregnando nuestra mirada, nuestras decisiones libres y nuestra conducta.

No podemos darnos el lujo de vivir de prestado. La fe, más temprano que tarde, puja en nuestro corazón por convertirse en convicción, experiencia de encuentro y de misión.

“Marianizar” nuestra vida significa también hacer de la oración, la escucha de la Palabra, la adoración y la intercesión nuestro modo de estar en medio del mundo, abriéndolo así al influjo vivificante del Espíritu Santo. El icono precioso del Cenáculo nos ha de inspirar.

En la Eucaristía dominical, cuya participación presencial hemos recuperado en este tiempo de pandemia, hacemos juntos esta experiencia vital. Con María y como aquellos primeros mártires cristianos, también nosotros decimos: “sin la Eucaristía no podemos vivir ni subsistir en nuestro mundo paganizado”.

“Marianizar” nuestra vida significa cantar, cada día y a cada hora, el Magnificat de Nuestra Señora. Ella lo cantó al cabo de un camino misionero, al correr deprisa a tender la mano a Isabel. El Magnificat no es un canto apacible, sino el himno vigoroso de los que caminan, luchan, se dejan alcanzar y enardecer por la misericordia divina que, de generación en generación, se desborda sobre los pobres, los hambrientos, los humillados.

De esta pandemia, tal vez, nuestras comunidades salgan magulladas, reducidas en número y en recurso. No ocultemos nuestra fragilidad. Nos hace bien mirar de frente toda la pobreza que nos rodea y lo pobres que somos nosotros, como personas y comunidades.

Pero, también en medio de esta pandemia, el Señor nos ha regalado experiencias bellísimas de su gracia, de su presencia y de su potencia transformadora. “Marianizar” nuestra experiencia cristiana quiere decir dejar que nuestro corazón se abra al modo como Jesús, el verdadero pastor y obispo de nuestras vidas, conduce a su Iglesia.

Para nuestra Iglesia diocesana, en comunión con la Iglesia universal que preside el papa Francisco, “marianizar” nuestra vida significa afirmar con decisión nuestros pasos por el camino sinodal que hemos emprendido.

En ese camino que compartimos tenemos el enorme y fascinante desafío de descubrir los carismas que enriquecen a nuestra diócesis desde la experiencia de la gracia de cada uno de los bautizados, comunidades y espacios pastorales que la forman.

En ese camino que venimos haciendo juntos, hemos de recuperar la alegría de cantar -también juntos- el canto nuevo de la Esperanza que nos ha sido confiada para que la compartamos con nuestros hermanos.

¡No nos dejemos ganar ni por el triunfalismo ni por el derrotismo! ¡Tenemos mucho para dar y decir! ¡Nos ha sido confiado el Evangelio que es la esperanza del mundo!

El Sembrador sigue esparciendo su semilla por el campo del mundo. En él no solo crece la maligna cizaña. El trigo está madurando en nuestros campos bendecidos hoy por una abundante lluvia. Es un signo precioso de las bendiciones que nuestro buen Dios sigue dando a la tierra que ha creado y que ha regado con la Sangre redentora de su Hijo.

A nosotros solo se nos pide mirar -como María- y cantar las maravillas del Señor.

Sigamos caminando juntos con espíritu mariano.

Madre: aquí estamos tus hijos. Déjanos llamarte “Madre”, una vez más y con la voz emocionada. Sí, tu corazón inmaculado finalmente triunfará.

Amén.

Jesús sabe mirar

«La Voz de San Justo», domingo 10 de octubre de 2021

“Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».” (Mc 10, 21).

Aquel buen hombre se sentía realmente impactado por Jesús. Su vida no solo era recta, se nutría de la Palabra de Dios desde su niñez, como él mismo señala. Había comenzado a sentirse atraído por la predicación de Jesús y, en definitiva, por su misma persona. Lo siente así en su corazón. Es más: el Señor ha despertado inquietudes profundas en su alma.

El terreno está preparado y la buena semilla ha sido sembrada. Está todo dispuesto para que el “Maestro bueno” le descubra un horizonte infinito y lo arroje hacia delante. Jesús lo intuye y, por eso, lo mira con intenso amor. Sin embargo, desemboca en la tristeza. La invitación al seguimiento queda flotando en el aire.

El relato nos indica el porqué de esta tristeza: muchos bienes, una riqueza que le ha robado libertad y frescura a su corazón. Es una saludable advertencia para nosotros. Poca o mucha, la riqueza puede hacernos pobres en humanidad. No son los bienes. Es nuestro corazón frágil.

Queda empero la puerta abierta. Fijando su mirada en los desconcertados discípulos, Jesús sentencia: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Mc 10, 27).

Nos conviene quedar en silencio. Nosotros -cada uno- somos ese hombre (para san Mateo: un joven). Hemos sentido el poder de esa mirada y de esa invitación. Tal vez, también la misma tristeza. Tenemos que abrirnos a las posibilidades de Dios que desbordan nuestra mirada, nuestros límites y estrecheces.

Jesús sabe mirar. Y, en esa mirada, tan humana como divina, está la salvación.

Intentemos que la mirada de Jesús nos alcance. Eso es, en definitiva, la oración. Podemos entonces rezar así: “Señor, no dejés de mirarnos a los ojos, como a aquel hombre al que miraste y amaste, al que también invitaste a tu seguimiento. Solo si tu mirada no nos deja podremos realmente ser tus discípulos. Amén.”

60 años de la diócesis de San Francisco

Homilía del arzobispo de Córdoba, Mons. Carlos J. Ñañez, en la catedral de San Francisco – 4 de octubre de 2021

Foto: «La Voz de San Justo».

Queridos hermanos:

Saludo cordialmente a todos los presentes en esta Iglesia Catedral y a todos los que a través de las redes se unen a esta celebración.

Es una alegría para mi estar hoy en esta ciudad de San Francisco. Agradezco de corazón a Mons. Sergio Buenanueva su invitación para presidir esta Eucaristía. Es un gesto de comunión entre nuestras iglesias diocesanas y entre nosotros los obispos, como miembros de un único colegio que preside el sucesor del apóstol san Pedro, el Papa.

Festejamos un aniversario significativo: lo sesenta años de la creación de esta diócesis. Se trata de lo que podríamos llamar una cifra “redonda”, la conclusión de una década, que la encamina hacia la celebración de sus bodas de diamante cuando cumpla los setenta y cinco años de existencia.

El Papa san Juan Pablo II señalaba que los aniversarios significativos constituían una ocasión de gracia para las personas y para las instituciones. Al decir ocasión de gracia quería destacar una cercanía y un favor especial de parte de Dios para quien o quienes celebran ese aniversario.

El Papa señalaba, además, que ese acontecimiento era una oportunidad para volver “a la inspiración inicial”.

En una diócesis, la inspiración inicial no es otra sino el propósito de anunciar el evangelio a todos, invitando a los interlocutores a una adhesión personal al Señor Jesús, en el seno de una comunidad. Adhesión que alcanza su culmen en la celebración y en la participación de la Eucaristía.

El encargo del Señor a sus discípulos, después de su resurrección, es sumamente claro: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado (Mt 28, 19-20).

La enseñanza del Concilio Vaticano II, por su parte, nos recuerda que: “la diócesis es una porción del pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una iglesia particular, en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica” (Ch. D. 11).

Este es el desafío para la Iglesia de Jesucristo que peregrina en San Francisco: llevar a todos la buena noticia de Jesús, comunicar su vida abundante. Un desafío que la compromete, pero en cuya realización se tiene que sentir permanentemente acompañada y asistida por el Señor que prometió estar: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20), aseguraba el Señor a sus apóstoles y en ellos, a su Iglesia.

El esfuerzo por caminar “en sinodalidad”, es decir, por caminar y trabajar juntos, que esta Iglesia está transitando la coloca en disposición para afrontar ese desafío en las mejores condiciones. La sinodalidad es, en efecto, lo que el Señor espera de su Iglesia en el siglo XXI, tal como nos dice el Papa Francisco.

Esta comunidad diocesana tiene un matiz particular señalado por el patrono de la ciudad en la que está la sede episcopal: san Francisco de Asís. Podemos, entonces, hablar de una “inspiración franciscana” en esta Iglesia local.

San Francisco estuvo cautivado por el acontecimiento del pesebre y su mensaje de sencillez, de humildad, de “minoridad”, como dicen sus hermanos y seguidores.

No es otro el mensaje que trasunta el evangelio que acabamos de escuchar: la alabanza de Jesús al designio paterno de privilegiar en su revelación a los pequeños, a los humildes.

San Francisco estuvo también como “atrapado” por el acontecimiento del Calvario, la crucifixión del Señor. Otro Francisco, santo como el de Asís y doctor de la Iglesia: San Francisco de Sales, decía que el calvario era el lugar de los verdaderos amadores de Dios (cfr. TAD 12, 13).

San Pablo, por su parte, se gloría de llevar las señales de la cruz de Cristo, señales que San Francisco de Asís llevaba en sus estigmas.

El Santo Padre en la homilía la Misa del inicio de su servicio como sucesor del apóstol san Pedro, el 19 de marzo de 2013, manifestó su preocupación por el cuidado de la creación. Años después nos ofreció la encíclica “Laudato Si”, sobre el cuidado de la casa común.

Dirigida a todos los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, esta encíclica ha tenido honda repercusión en el mundo entero, incluso entre quienes no comparten la fe cristiana o no adhieren a ninguna creencia en particular.

Seguramente ha tenido y tiene también una resonancia especial en esta diócesis caracterizada por las actividades del campo, en la agricultura y la ganadería, y por las industrias vinculadas a dichas actividades agropecuarias.

La enseñanza del Papa en su encíclica constituye una invitación a desarrollar una “ecología integral” que cuide la sustentabilidad del medio ambiente y que posibilite sobre todo condiciones de vida digna y saludable para todos.

He aquí un desafío particular para esta diócesis: dar cabida a las recomendaciones del Santo Padre, como testimonio de una sincera adhesión al evangelio, que promueve siempre una vida cada vez más digna para todos.

La experiencia de la pandemia que atravesamos ha provocado dolor y sufrimiento, ante todo por la pérdida de seres queridos a los que no se pudo acompañar ni despedir, por los que, incluso, no se pudo hacer duelo; también por los enfermos que sufrieron el contagio del virus y que vieron en peligro su vida.

El aislamiento que las medidas sanitarias impusieron a todos, favorecieron en algunas oportunidades actitudes individualistas, un “sálvese quien pueda”, e incluso dieron lugar a expresiones de lamentable egoísmo.

Pero también tenemos que destacar los magníficos ejemplos de solidaridad y de verdadera caridad hecha entrega y servicio de muchas personas, particularmente entre los agentes sanitarios, médicos, enfermeros, auxiliares de la medicina y personal de los hospitales y sanatorios, que incluso arriesgaron sus vidas para combatir la enfermedad y aliviar los dolores y sufrimientos, así como también los encargados de otros servicios indispensables para la vida de las personas en la sociedad.

Las circunstancias dramáticas mencionadas y las actitudes positivas destacadas constituyen una invitación apremiante a la fraternidad.

Interpretando este signo de los tiempos, el Santo Padre nos ofreció durante la pandemia una nueva encíclica: la que lleva por título “Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social.

Los títulos en italiano de las dos encíclicas que hemos mencionado son una referencia innegable a San Francisco de Asís, quien cultivaba una admiración enorme ante la obra creadora de Dios, que lo motivó a componer el “Cántico de las creaturas”, y su aprecio por la experiencia de la fraternidad que marcó su existencia y su vida en común: “El Señor me dio hermanos…”, decía el santo.

También la encíclica “Fratelli tutti” puede tener una especial resonancia en esta diócesis, invitándola a cultivar una verdadera amistad social, superando diferencias de origen e integrando las características y cualidades de cada grupo. Hablando sencillamente, las particularidades de los “gringos” y las de los “criollos”, y así soñar e ir concretando una Patria de hermanos, saliendo juntos y mejores de esta pandemia que nos preocupa y que nos hace sufrir a todos.

Cultivar la fraternidad y la amistad social puede ser también un testimonio y un servicio que la comunidad eclesial ofrezca con sencillez, pero también con convicción y coherencia, a nuestra sociedad argentina atravesada por tantos enfrentamientos que provocan sucesivas frustraciones y un increíble desaprovechamiento de oportunidades para crecer y ofrecer mejores condiciones de vida para todos los ciudadanos.

Animémonos entonces a recorrer estos caminos, sugeridos por el Papa en sus enseñanzas. Así seremos de veras consecuentes con la inspiración “franciscana” de esta Iglesia local.

Por otra parte, y en consonancia con la inspiración inicial de la creación de la diócesis, animémonos también a llevar con alegría y convicción la buena noticia del evangelio que promueve siempre una vida más humana y más digna para todos. Como en su momento lo hizo también San José Gabriel Brochero en Traslasierra, dejándonos un ejemplo admirable cuyos efectos benéficos perduran hasta el día de hoy.

La Iglesia que peregrina en San Francisco tiene como Patrona a la Santísima Virgen María en su advocación de “Nuestra Señora de Fátima”. Dicha advocación dice relación a una manifestación de la Madre de Jesús en un momento dramático para la humanidad durante “la gran guerra”, es decir, la primera guerra mundial, a la que el Papa Benedicto XV calificó como “una inútil carnicería”.

El mensaje de María fue de consuelo y de invitación a una renovación interior, a una conversión sincera. Una invitación a ser hombres y mujeres “nuevos” para forjar una humanidad “nueva”, una humanidad que asuma el yugo del Señor que es liviano, llevadero, como Él mismo nos acaba de decir. Un yugo que da la verdadera libertad y la alegría que no miente. Libertad y alegría son las semillas de la auténtica felicidad a la que estamos llamados y que finalmente será plena junto a Dios y a nuestros seres queridos y hermanos todos.

Que el Señor, por la intercesión de Nuestra Señora de Fátima, de San Francisco de Asís y de San José Gabriel Brochero, se lo conceda a esta porción de la Iglesia y que ella pueda compartirlo con las demás Iglesias hermanas de Córdoba y de nuestro país.

Que así sea.

Francisco de Asís, imagen de Cristo

De San Francisco de Asís se ha dicho -y con razón- que ha sido la más perfecta imagen de Jesucristo que ha conocido el cristianismo. 

Vivió el Evangelio “sin glosas”, sin comentarios que lo aguaran. 

Esto es tan así que el mismo Cristo le regaló, al ir concluyendo su camino en esta vida, todas las cicatrices de su pasión.

Francisco quedó transfigurado en otro Cristo, como lo presenta el panel central de nuestra estupenda Iglesia catedral. 

Una gracia extraordinaria que, sin embargo, nos habla de la meta del camino ordinario de la vida cristiana. 

Es el dinamismo que pone en marcha el bautismo, que potencia la confirmación y que se alimenta de la Palabra y la Eucaristía: identificarnos con Jesús, configurándonos con él, en cuerpo y alma.

Potente mensaje para nuestra ciudad, para nuestra diócesis y para cada uno de nosotros. 

El nombre de Francisco de Asís que lleva nuestra diócesis desde hace sesenta años es también un regalo de Dios. Es, sobre todo, un programa de vida…

Jesús habla sobre el amor humano

«La Voz de San Justo», domingo 3 de octubre de 2021

“Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».  […]” (Mc 10, 5-9).

¡Qué bien nos hace escuchar a Jesús! Especialmente, cuando habla de las cosas importantes de la vida. En este caso, del amor humano. Va al hueso. No se deja atrapar por triquiñuelas, por preguntas capciosas ni por detalles que distraen.

Los fariseos le han preguntado si es “lícito al hombre divorciarse de su mujer” (Mc 10, 2). Lo están poniendo a prueba. Sin embargo, son ellos los que, con esa pregunta, revelan una mirada distorsionada: la mujer es una cosa, propiedad del varón. Este puede tenerla, usarla y dejarla.

Jesús vuelve al proyecto original del Creador: varón y mujer son imagen de Dios. Iguales en dignidad, distintos en cuerpo y alma, pero llamados a la comunión, a la reciprocidad. Uno y otro, a través de su libre consentimiento, hacen alianza para toda la vida. Uno y otro pueden ser infieles a ese pacto. Y eso es el adulterio.

El amor humano en el matrimonio expresa, en la visibilidad de un varón y una mujer que libremente se reciben y se aceptan como esposos, la belleza y la fuerza de la alianza que Dios hace con su pueblo. Los esposos están llamados a ser, en medio del mundo, rostro visible de ese amor de alianza.

Hoy como entonces, las preguntas sobre el matrimonio son delicadas, comprometidas y urgentes. La comunidad cristiana no tiene otra respuesta distinta a la de Jesús: ante tantas dificultades, fragilidades y dramas hay que volver a esa potencia de vida que es el proyecto original de Dios: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mc 10, 7-9).

El evangelio de este domingo termina con aquel hecho simpático de los discípulos que enojan a Jesús porque quieren apartar a los niños que se le acercan. “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos” (Mc 2, 14). les responde Jesús.

Es más que un “hecho simpático”. Otra vez, Jesús va al hueso. Delante de Dios y su proyecto hay que ser como los chicos: abandonar la autosuficiencia y abrirse a la gratuidad. Así hay que vivir las exigencias de la vida, tal como la entiende Jesús: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará” (Mc 8, 35), escuchábamos domingos atrás.

Es por ahí. Solo así podemos vencer la “dureza de corazón” que también llevamos dentro.

Oremos entonces como lo hacen los chicos: “Jesús, Maestro, Amigo y Señor: vence la dureza y ceguera de nuestros corazones con la suavidad de tu Espíritu. Que nos dé la docilidad de los niños para apreciar, en toda su belleza, la vocación al amor que has inscrito en el varón y la mujer, llamados a ser imagen de tu fidelidad. Amén.”

El centro es Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 26 de septiembre de 2021

“Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».” (Mc 9, 38).

Un tal… que no es de los nuestros. ¡Las cosas que tiene que escuchar Jesús! Ahora, para sus discípulos, el criterio fundamental para la legitimidad de la misión no es la persona del Maestro, sino lo que piensa y siente el grupo.

El evangelio de Marcos no disimula la lentitud, torpeza y ceguera de los discípulos que, hasta el final, no terminan de comprender a Jesús. Ahora, son ellos los que se ponen en el centro.

¿No nos pasa a nosotros lo mismo? ¿No solemos ponernos nosotros, nuestras ideas y sueños en el centro de la misión cristiana? Cristo es la luz, no nosotros. Él es el que cuenta. Él es centro y criterio, camino y meta.

Esto vale para cada uno de nosotros, pero especialmente para la comunidad eclesial, para la misma Iglesia. Jesucristo es el centro, no la Iglesia.

Este domingo, escuchando este evangelio, sería oportuno orar así:

“Señor Jesús, nos has llamado a seguirte y a anunciar el Reino en un tiempo de cambios profundos y de desafíos enormes. Que no nos centremos en nosotros y nuestras ideas. Que siempre anunciemos tu Evangelio al mundo. Amén.”

Caminar, siempre caminar… con Él

«La Voz de San Justo», domingo 19 de septiembre de 2021

“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.” (Mc 9, 37).

El evangelio de este domingo resalta el contraste entre el Maestro y sus discípulos: Jesús ha resuelto decididamente entregar la vida y hacia ese destino camina; los discípulos discuten quien es el más importante, quién es el primero.

Están en otra. Están en frecuencias distintas. Los discípulos no entienden demasiado qué quiere realmente Jesús. Es más: tienen una fuerte resistencia interior al modo cómo encara su misión. Sin embargo, lo siguen, caminan con él. La atracción de su persona es más fuerte.

Es así también con nosotros, que somos (o intentamos ser) sus discípulos. Jesús, a la vez, atrae, convence y desconcierta al mejor plantado. Como se dice hoy: está siempre desafiándonos para que salgamos de nuestra “zona de confort”.

Jesús anuncia la pasión que le aguarda en Jerusalén y termina identificándose con un niño pequeño. Así está en medio de nosotros. Así está en las manos del Padre. Así tenemos que buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

En definitiva, que nos cueste comprender a Jesús y su mensaje no es lo más grave. Es casi lo normal. Lo que hay que dar por sentado. Lo verdaderamente trágico sería, a causa de esa torpeza nuestra, dejar de caminar con él, dejándonos vencer por el desánimo.  Hay que caminar, siempre caminar con Él. En ese camino compartido se juega todo.

La experiencia cristiana es la de un Dios que ama la pequeñez y se siente más cómodo entre los humildes, los últimos y los más vulnerables, hasta hacerse uno de ellos. Ese es también el camino de su Iglesia y, en ella, de cada uno de los discípulos.

María cantó la grandeza del Señor “porque ha mirado la pequeñez de su servidora”. Ella nos educa en la escuela del Evangelio.

Inspirados en esta Palabra buena que hoy nos alcanza, te invito a rezar así: “Padre que amas a los pobres y pequeños: que el Espíritu de tu Hijo abra nuestros corazones para recibir tu Reino, con la misma disponibilidad y confianza de los niños. Amén.”

Una carta desde el corazón de la fe

Cómo preparar la entrega confiada a María

San Francisco, 13 de septiembre de 2021

A mis hermanos y hermanas de la diócesis de San Francisco

Querida hermana, querido hermano:

En dos cartas anteriores te he acercado la propuesta de renovar tu relación personal con María, tal como Jesús nos la ha confiado. Intenté también explicarte en qué consiste esta entrega confiada a la Madre, según la tradición de la Iglesia. Te acerco ahora algunas sugerencias sencillas para que podás preparar este momento.

Comienzo con algo obvio, pero que no siempre está claro. Lo decía en mi primera carta: María es una persona viva con la que se puede tener una relación personal. Con ella podemos tener un trato de persona a persona. Nos habla y podemos hablarle. Es decir: podemos entablar con ella una relación de amistad madre-hija/o. Pensalo bien, es muy importante.

La preparación que te propongo tiene tres tiempos, que podríamos llamar con Bernardo Olivera: reconocimiento, entrega y vivencia.

1. Reconocimiento. Desde el Bautismo, los cristianos estamos vinculados a María. Hay que caer en la cuenta de que este don ya enriquece nuestra vida de fe. ¿Cómo hacerlo? Esta preparación es doble: doctrinal, pues tengo que conocer lo que nos enseña la Iglesia sobre el puesto de María en la vida del bautizado; y espiritual: preparar mi corazón para este acto de alianza y entrega mutua.

Te sugiero la meditación de cuatro misterios marianos, con sus respectivos textos evangélicos: a) La Anunciación: Lc 1,26-38; b) Las bodas de Caná: Jn 2,1-11; c) María al pie de la cruz confiada como madre: Jn 19,25-27; y c) María en oración con los apóstoles: Hch 1,12-14. Te recomiendo también los números 266-272 del Documento de Aparecida.

Puede ayudar estas sugerencias más concretas:

  1. Un día de retiro para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos guiar por el Espíritu. Un momento de oración con María.
  2. Si conocés a otras personas que estén también preparando su consagración a María, pueden hacer el retiro juntos.
  3. En el retiro podrías renovar las promesas bautismales. Para decir a Dios: “Amén, creo”, es necesario antes renunciar al pecado, purificando el corazón y la mente.
  4. Tratar de hacer una confesión general para recibir la gracia del perdón; el rechazo del pecado y el deseo ferviente de vivir la amistad con Dios nos asemejan a María.
  5. En lo posible, preparate para la celebración diocesana del 13 de octubre participando de la Santa Misa los días previos, rezando el Rosario, también Laudes o Vísperas.

2. Entrega. La entrega confiada a María suele expresarse en una oración escrita. Así lo haré el 13 de octubre. De hecho, existen muchas oraciones muy hermosas que expresan esta alianza con María. Ya te hablé de la que uso yo: “Bendita sea tu pureza…”. Te ofrezco otra, muy hermosa: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo, Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como cosa y posesión tuya. Amén”.

Si ya estás consagrado a María, te impusieron el escapulario, la Medalla milagrosa, u otros signos marianos, podés retomarlos con naturalidad. Si no, con el modelo de estas oraciones y dejándote llevar por el Espíritu, podés escribir tu propia fórmula de entrega.

Otro consejo: también sería oportuno que pensaras en algún signo visible que te ayudara a expresar tu alianza con María. Puede ser: una medalla, una estampa, un cuadro, una imagen (María auxiliadora, la Virgencita u otra advocación) colocados en algún lugar de la casa (el altarcito doméstico, por ejemplo).

3. Vivencia. Si la finalidad de la entrega confiada a María es la renovación de la gracia del Bautismo y la Confirmación, la entrega a María tiene lugar en nuestra vida de cada día. Se trata, por tanto, de encarar la vida “como lo hizo María”, viviendo, en obediencia a la Palabra de Dios, las virtudes cristianas que ella vivió de modo perfecto: la fe, el servicio, el espíritu misionero, la oración, la humildad, la solidaridad, etc.

¿Te das cuenta de que la entrega confiada a María es algo muy serio, mucho más que un acto aislado de devoción o un momento puramente emotivo? Se trata de una alianza que se vive como una opción de vida: vivir como María. Esto hay que meditarlo mucho y muy bien.

Aquí te hago dos sugerencias:

1) Una Regla de vida, es decir: poné por escrito lo que has ido descubriendo como llamado de Dios a vivir en alianza con María. ¿Qué compromisos concretos supone mi alianza con María? Por favor, en esto sé breve: una cita bíblica, algún propósito de vida, algún compromiso de oración o servicio. Nada más. Se trata de ir a lo esencial.

2) Pensá en renovar, cada año y para una fecha precisa, esta entrega confiada. Podés elegir alguna fiesta de la Virgen más importante o significativa para vos.

Una última cosa. Tal vez, al ir meditando lo que significa la entrega confiada a María, cómo se prepara y los compromisos que supone, sintás que no ha llegado el tiempo de hacerla. ¡No te desanimés! Dios va trabajando el corazón. Él te hará ver el momento justo. Si, al leer esta propuesta, experimentaste consuelo, paz y alegría, no dejés caer en el olvido esta gracia. Ya llegará el momento. ¡Todo a su tiempo, cuando la gracia y tu libertad lleguen a su punto justo!

Bueno, por mi parte, estoy llegando al final de esta carta que se ha hecho muy larga. Me he sentido consolado al escribirte. Pienso que te he comunicado cosas importantes para mi vida de fe, con la convicción de que pueden serlo también para vos. Solo me queda asegurarte que, si has podido sentir algún impulso del Espíritu en lo que he escrito, vos y yo -y tal vez, muchos más- estamos en una profunda comunión de vida, de fe y de amor. Nos une la Virgen.

Gracias por escuchar mis palabras.

“Virgencita de Fátima: cuidá en nosotros la alegría del Evangelio. Amén”

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

La decisión por Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 12 de septiembre de 2021

“«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías»” (Mc 8, 29).

La escena de este domingo es central en el evangelio de Marcos. Y lo es porque aquí se expresa claramente la pregunta central de la fe: ¿Quién es realmente Jesús?

Simón Pedro responderá correctamente a la pregunta, aunque no termine de comprender bien el alcance vital de lo que acaba de expresar. Lo dice desde dentro. No es una respuesta formal ni vacía. Valiosa, sí; pero, insuficiente. Podríamos decir: su respuesta es correcta desde el punto de vista doctrinal; ha aprendido bien el catecismo. Falta, sin embargo, algo fundamental: cómo la propia vida se involucra en esa respuesta.

Porque eso es la fe: el modo como nos paramos frente a la totalidad de nuestra vida, y nos disponemos a elegir qué tipo de vida queremos vivir. Una decisión de vida que impacta en toda la vida. Una decisión tomada de cara a Jesús, el Mesías de Dios.

Jesús nos confronta en la decisión más honda y determinante de nuestra vida: ¿Estás dispuesto a caminar toda tu vida conmigo? Es más, al confrontar a sus discípulos con su destino de pasión, cruz y resurrección, el Señor nos invita a entregar la vida como Él y con Él. Este domingo, el evangelio nos lleva al corazón de nuestra vida cristiana: la opción por Cristo.

La oración alimenta la fe, porque nos abre al Espíritu que es, en definitiva, el que nos lleva a Jesús. Es más, la oración es el clima en el que madura la fe que toca la vida.

Este domingo podemos orar así:

“Señor Jesús, también nosotros, como Simón Pedro, creemos en Ti, nos sentimos atraídos por tu persona y tu mensaje. Pero también como su fe, nuestra adhesión a Ti no termina de tomarnos por enteros. Enséñanos a caminar la vida asidos de tu mano. Amén.”

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.