Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 13 de abril de 2025 – Domingo de Ramos
“Mientras Jesús avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:» ¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras.” (Lc 19, 36-40).
Con la celebración del Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa y, a partir del Jueves Santo por la tarde, la celebración anual de la Pascua.
Mirados desde fuera pueden parecer ritos un poco cansinos. Para quienes somos discípulos de Jesús es todo lo contrario: cada uno de esos ritos contienen tal riqueza de contenido y de fuerza que resulta imposible contarlo con palabras.
Las celebraciones de Semana Santa se viven.
El secreto de todo es la persona de Jesús y su impacto en la vida de quien ha sido alcanzado por él, por su Pascua, por su mensaje.
Por eso, aunque nosotros intentáramos callar lo que nos ha pasado al conocerlo, las piedras suplirían nuestro silencio con sus gritos.
Y serían gritos de alabanza a Dios por el regalo que nos ha hecho en la persona de su Hijo, muerto y resucitado. Pero serían también gritos de acusación si no nos atreviéramos a compartir la esperanza que nos ha sido confiada.
No me queda más que invitarte a tomar parte en esta intensa experiencia de fe, de religiosidad y de vida que es la Semana Santa.
Catedral de San Francisco – Jueves 10 de abril de 2025
Como “peregrinos de la Esperanza” estamos caminando este Jubileo 2025. Esta Misa crismal es una etapa importante en este camino.
Cada año escuchamos este pasaje del evangelio: Jesús en la sinagoga de Nazaret lee las Escrituras y declara que su misión es proclamar “un año de gracia”, atrayendo la mirada de todos.
Les propongo que nos detengamos aquí: en Jesús que lee las Escrituras.
Jesús entra en la sinagoga del pueblo “donde se había criado”, apunta san Lucas. Allí había aprendido a leer, a rezar los Salmos, a escudriñar las Escrituras y a nutrirse de la experiencia de fe de su pueblo.
De esa forma, ha ido creciendo su conciencia filial: Hijo amado del Padre, ungido por el Espíritu y enviado a los pobres…
Viene a Nazaret después del bautismo en el Jordán y de las pruebas del desierto. ¿Qué habrá sentido al escuchar la voz del Padre en estas palabras de Isaías? ¿No habrán sonado como dardos de fuego en su alma?
Nosotros también leemos las Escrituras. Podemos comprender algo de ese misterio del Hijo eterno que escucha el latido del corazón de su Abba, que percibe la fragancia del Espíritu que lo unge y la urgencia de la misión en los gritos y en los rostros de sus hermanos más heridos.
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Nosotros leemos las Escrituras, aunque somos torpes, lentos y distraídos. Sin embargo, Jesús nos ha comunicado su Espíritu que se las arregla para quebrantar la sordera de nuestro corazón de piedra y enseñarnos a escuchar la voz de Dios.
De tanto en tanto, una de esas palabras nos hiere y la hacemos nuestra, la escribimos y la dejamos bien visible.
Los óleos y el Crisma que estamos a punto de bendecir son los signos visibles de esa gracia invisible que sigue actuando en nosotros.
Por esa unción, cuando leemos las Escrituras con una fe viva e inquieta, tarde o temprano, el árbol de esa lectio divina que ha crecido junto a las aguas generosas de la acequia da sus frutos.
Así vamos aprendiendo a leer a Dios (eso quiere decir precisamente: lectio divina), a escrutar su corazón, a escuchar lo que tiene para decirnos: el corazón le habla al corazón.
Así aprendemos a hacer lectio divina de las Escrituras, de nuestra vida, de la vida del mundo, de la historia en la que estamos sumergidos.
Así vamos descubriendo el rostro luminoso de Dios, nuestra identidad profunda de hijos y hermanos y, como Jesús en Nazaret, nuestra misión como bautizados y como Iglesia.
Así, nuestro Padre bueno, sabio y paciente va conduciendo nuestra vida hacia la bienaventuranza eterna.
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Es bueno contemplar así el misterio que este pasaje evangélico de Jesús en la sinagoga de Nazaret nos transmite, en esta hora en que queremos ponernos a la escucha de la voz del Espíritu en las voces que nos rodean.
Hemos llamado a esta etapa de nuestro camino sinodal: de escucha “ad extra”.
Que el Espíritu Santo entonces abra nuestros oídos y nos permita escuchar su grito en las palabras, en los gestos y en los silencios de nuestros hermanos, no menos que en sus reproches y reclamos, en sus esperanzas y angustias más profundas.
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En los próximos meses tendremos que definir el tema de fondo de nuestro Sínodo diocesano. Emergerá de lo que nosotros mismos hemos ido discerniendo como la llamada del Señor, sobre todo en la etapa de escucha.
Por mi parte, siento que el Señor nos está llamando a reavivar el fuego de la misión para que Cristo Jesús sea conocido y amado por todos, anunciado y testimoniado a todos. Porque, “no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios.” (EN 22).
Que se reavive ese fuego en nuestras comunidades, en cada uno de nosotros, en toda la diócesis.
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Es una gracia que pedimos a san Francisco de Asís, entre a otros poderosos testigos de la fe.
La Providencia, en un guiño de divino humor, quiso que nuestra diócesis llevara el nombre del Poverello de Asís. Hoy hace 64 años de su creación por san Juan XXIII
En marzo de 1225, hace ochocientos años, al final de su vida, casi ciego y muy enfermo, Francisco compuso el Cántico del Hermano Sol.
Era ya un hombre pacificado, que llevaba en su cuerpo los estigmas de Cristo. Despojado de todo, era finalmente libre, totalmente en las manos de Dios.
Y así canta en la cuarta estrofa del Cántico: “Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las has formado claras y preciosas y bellas.”
Francisco ha aprendido a leer, en medio de la oscuridad de la noche, el misterio de la luz de Dios en la claridad humilde de la luna y las estrellas.
Nosotros, que estamos aprendiendo a leer nuestra propia vida diocesana, invocamos a María, estrella de la mañana, para que guíe nuestro navegar por las aguas de la historia.
En unos días, en nuestros templos iluminados por el cirio pascual, vamos a cantar, como Francisco: “Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mí gozo».”
Nos ha sido dada esta claridad en medio de la noche del mundo para que la compartamos.
«¿Qué son los siervos de Dios -decía Francisco de Asís a sus hermanos mientras les enseñaba el Cántico- sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?» (Leyenda de Perusa 83)
«La Voz de San Justo», domingo 6 de abril de 2025 – Domingo 5º de Cuaresma: Jn 8, 1-11
“Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».” (Jn 8, 9b-11).
Si pudiera entrar en diálogo con esta mujer del evangelio, me gustaría preguntarle qué le ha quedado en su corazón de aquel encuentro con Jesús, qué palabras recuerda; en fin, qué huellas ha dejado en su alma…
Yo mismo repaso mi vida, mis encuentros con Jesús y las palabras de perdón que tantas veces he recibido.
Como cura, tantas veces, celebrando el sacramento de la reconciliación o sencillamente abriéndome al dolor de tantas vidas heridas, el perdón de Dios ha pasado por mi persona, por mis labios y mis manos.
Las palabras de la absolución son preciosas y tienen una eficacia incomparable. Al concluir el sacramento me gusta decir sencillamente: “El Señor te ha perdonado, vete en paz”.
Esas palabras simples son un eco de aquel diálogo del Señor con la adúltera: “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante”.
En la escena narrada por el evangelio de este domingo hay también otras palabras de Jesús portadoras de perdón: “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra” (Jn 8, 7).
Son palabras de perdón porque hacen verdad en quienes han cometido un pecado más grave que el adulterio: duros de corazón, pretenden juzgar en nombre de Dios, al que no conocen porque no saben de su compasión.
Necesitamos unas y otras, porque somos tan débiles como la mujer adúltera y tan pecadores como aquellos hombres que querían lapidarla.
A las puertas de la Semana Santa, es bueno meditarlo.
«La Voz de San Justo», domingo 23 de marzo de 2025 – 3º del tiempo de Cuaresma: Lucas 13, 1-9
“Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: «Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?» Pero él respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás»».” (Lc 13, 6-8).
En la Biblia, la higuera y la viña son símbolos del pueblo de Israel: Dios es el viñador que cuida y busca frutos, las más de las veces, sin encontrarlos.
En esta parábola, la imagen de la higuera estéril le sirve a Jesús para sacudir la conciencia de sus interlocutores: el tiempo se acaba, hay que dar frutos de una sincera conversión.
Por eso, leemos este Evangelio en Cuaresma, tiempo de penitencia y conversión a Dios.
El detalle final es precioso: el viñador tiene paciencia y buscará que la higuera, a pesar de todo, tenga la oportunidad de ofrecer sus frutos. Es Jesús que siempre está de parte de nosotros para que alcancemos la salvación.
El Padre de Jesús no es un moralista implacable que por acabar con el mal termina aplastando a todos.
Es un Padre paciente: sabe esperar a sus hijos y trabaja para que no nos perdamos.
«La Voz de San Justo», domingo 16 de marzo de 2025 – Segundo domingo de Cuaresma
“Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.” (Lc 9, 28-31).
Ya lo había dicho el salmista: “Miren hacia él y quedarán resplandecientes” (Salmo 34, 6). Es lo que vive Jesús: en medio de la oscuridad del mundo, contempla al Padre, se transforma, resplandece y derrama su luz sobre todos.
El evangelio de este domingo concluye así: “Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.” (Lc 9, 35-34).
Escuchar a Jesús es más que oír palabras. Es abrirnos a su experiencia más honda de Hijo amado, transfigurado por esa comunión con el Padre que sella su alma.
La Cuaresma nos invita a escuchar así a Jesús y a dejarnos transformar por su Espíritu.
Este domingo 16 de marzo recordamos a san José Gabriel Brochero. El secreto de este cura cordobés y santo es ese: entre el rumor del Panaholma y el silencio contemplativo de las sierras, Brochero anduvo con Jesús. Y se le metió en el alma.
Su obra más grande: la casa de ejercicios que edificó para que hombres y mujeres de toda clase y condición entraran también como él en el misterio de la oración que transforma.
«La Voz de San Justo», domingo 9 de marzo de 2025 – 1º Domingo de Cuaresma: Lc 4, 1-13
“Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto.»” (Lc 4, 5-8).
Jesús responde a los engaños del demonio poniendo las cosas en su sitio: solo a Dios hay que adorar. Y quien lo adora encuentra la libertad.
Y esta es la provocación de la Cuaresma: entrar en el misterio de Dios, dejarse llevar por la adoración y la alabanza, vaciar el propio corazón por la humilde práctica de la penitencia (oración, ayuno y limosna) y, por este camino, aprender a ser libres.
Así queremos llegar al a noche de Pascua para pronunciar las dos palabras en las que se juega nuestra libertad: RENUNCIO al demonio, a sus engaños y al pecado; y CREO en el Dios amor que nos hace libres.
Homilía en la catedral de San Francisco – Miércoles de Ceniza 5 de marzo de 2025
Les deseo a todos una buena Cuaresma.
El gesto de recibir las cenizas sobre nuestras cabezas es fuerte.
Sí, somos polvo y al polvo volveremos.
De todos modos, esa expresión tomada de la Escritura, no quiere decir que nuestro futuro sea la aniquilación, volver a la nada, desvanecernos…
Mucho menos que Dios, el Padre de Jesucristo, tenga algo que ver con eso…
Hemos salido de las manos del Creador como un acto de amor, tan incomprensible como gratuito y sorprendente.
La noche de Pascua, sin embargo, vamos a recordar que, mucho más potente que el acto creador es el acto redentor que Dios ha realizado rescatando a su Hijo de los brazos de la muerte.
Como hemos reflexionado tantas veces: la última y definitiva palabra que Dios tiene para nosotros es un imperativo: ¡Resucita!
La Cuaresma nos entrena en ese proceso de resurrección que supone atravesar las “oscuras quebradas” de la muerte: muerte al peso del egoísmo y al pecado que nos separa de Dios y de los hermanos, deshumanizando nuestra vida.
Por eso, emprendamos con alegría, decisión y, sobre todo, con humildad el camino cuaresmal.
Este año jubilar, como peregrinos de la Esperanza, el papa Francisco nos propone “caminar juntos en la Esperanza”.
Nos invita a la conversión en tres aspectos de nuestra vida: convertirnos como peregrinos que no tienen la vida asegurada, como Iglesia que aprende a caminar en comunión y sostenidos por la esperanza en la misericordia de Dios que nos abre a la vida eterna.
Emprendamos entonces el camino de la penitencia, sobre todo, de la penitencia más importante: la interior, la que rompe nuestro corazón de piedra y nos abre a Dios y a los hermanos.
Así sea nuestro ayuno, nuestra oración y la limosna generosa.
Suplicamos la gracia del arrepentimiento del corazón: el dolor por nuestros pecados, el propósito de no pecar más y de huir de las ocasiones próximas de pecados.
Conscientes de nuestra fragilidad, alimentar esos deseos nos acercan al corazón del Dios bueno que aborrece el pecado y ama entrañablemente al pecador.
El evangelio de este fin de semana es fuerte, difícil, imposible… hasta que Jesús nos lleva al fuego que arde en él y que es la clave de todo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”.
Sean misericordiosos, como ustedes saben, porque lo experimentan cada día, que Dios es misericordia.
El salmo 102 -uno de los más bellos del Salterio- lo dice también: compasivo, misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados; cuanto dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestros pecados… como un padre es cariñoso…
He pensado mucho en el papa Francisco. Me he conmovido solo en mi casa rezando por él en estas horas…
En la acción de gracias, mientras el Coro cantaba: “Bienvenida tu misericordia, bienvenida tu consolación…”, espontáneamente me han venido al corazón algunas cosas que vengo escuchando por estas horas: personas que, alejados tal vez de la Iglesia, se sienten tocados por Francisco y, a su manera, oran por él.
Pienso en los presos, hombres y mujeres, a los que ha abierto siempre su corazón; pienso en los ancianos y enfermos; también en los pobres que lo sienten suyo de manera especial; pienso en las parejas “así llamadas irregulares”, que han experimentado las caricias de la madre Iglesia; en los jóvenes y no tan jóvenes homosexuales, etc.
Pienso en lo que le dijo a un periodista en 2015, preparando el Jubileo de la misericordia. Cito de memoria: la misión de la Iglesia es mostrar las entrañas de misericordia de nuestro Dios.
En estas horas, otra cuestión me ha impactado y consolado: se ha generado una corriente de cariño, compasión y oración por Francisco en la Iglesia. Incluso personas que no están de acuerdo con él en varias cosas, sin embargo, ahora se sienten -como lo somos todos- parte de esta familia que ora por el “Padre común”.
Es una de las cosas más bonitas de la experiencia de ser católicos. Como decía Don Camillo de sus feligreses: “son un poco rudos, pero con un sentido profundo de la humanidad”.
Es algo que siempre me ha fascinado de ser católico.
En el mundo, y en ese pequeño-gran mundo que es nuestra #Argentina, parecen prevalecer el odio, la palabra deliberadamente ofensiva, la amargura y el juicio condenatorio… todo es un peligroso «acting» de violenta amargura.
Por eso, el evangelio es más urgente que nunca: hacer por los demás lo que queremos que los demás hagan por nosotros; si te hacen mal, te odian o te difaman, hacer el bien…
«La Voz de San Justo», domingo 23 de enero de 2025
Domingo VIIº del tiempo ordinario: Lucas 6, 27-38
“Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes […]»” (Lc 6, 27-31).
¿Qué es más difícil? ¿Poner la otra mejilla u orar por un enemigo?
Quien haya tenido la experiencia de ser gratuitamente agredido o difamado no se siente espontáneamente inclinado a bendecir a su agresor.
“Poner la otra mejilla” es una metáfora: el círculo vicioso del odio solo se desarma cuando una de las partes en conflicto renuncia libremente a responder con violencia a la agresión recibida.
Si el evangelio se redujera a esta página sería una propuesta para unos pocos héroes. Es exigente, por supuesto; pero, antes que mandamientos a cumplir, el seguimiento de Cristo es la experiencia de una gracia que transforma la vida.
Jesús lo resume en estas palabras: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36).
Sean misericordiosos como saben que el Padre es misericordioso, porque lo han experimentado; ese fuego -el fuego de Jesús- está en ustedes, encendido en sus corazones.
De esa fuente brota todo lo demás… también el amor por los enemigos.
En una sociedad que parece dejarse ganar por el gusto por la agresión, Jesús nos invita a ser con Él artesanos de paz.
La delicada salud del Papa Francisco internado en el Gemelli de Roma ha suscitado una corriente de afecto, compasión y oración en todas partes.
En Argentina esta «movida» de oración por el Santo Padre ha sido, en buena medida, espontánea, rápida e intensa.
En estas horas estamos unidos en oración como familia que somos: la familia de Jesús unida por los vínculos sobrenaturales de la fe y la caridad.
Incluso personas o sectores que han mostrado desavenencias con Francisco por diversos motivos (políticos, ideológicos o religiosos) ahora rezan por él con sinceridad de corazón.
Es cierto que, sobre todo, en las redes o en los comentarios de las noticias, aparecen expresiones desagradables, toscas y hasta groseras. Suscitan extrañeza y bronca, pero, en última instancia, despiertan tristeza pues revelan cuanta amargura puede albergar el corazón humano. El mayor daño aquí es autoinflingido: nadie vive bien con semejante resentimiento.
Se puede aplicar aquí lo que el genial personaje de Chespirito afirmaba de la venganza: «Nunca es buena. Mata el alma y la envenena».
Pienso, por el contrario, que este reencontrar unidas rezando por Pedro saca a la luz la belleza de la fe compartida, la nobleza del corazón humano y el Rostro más luminoso del Dios que se complace en «habitar en los corazones rectos y sencillos», como rezábamos el pasado domingo.
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