Buscar el bien posible en una democracia perfectible

Buscar el bien posible en una democracia siempre perfectible

La democracia republicana es un sistema con muchos límites, siempre amenazado y como en ascuas, porque se basa -y aquí está paradójicamente su mayor virtud- en la conciencia, libertad y voluntad de los ciudadanos libres.

Esto es así, porque se funda sobre la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.

Tiene sus reglas de juego que hacen posible, tanto la manifestación pacífica de los ciudadanos y las organizaciones de la sociedad en el espacio público, como también que, a través de procedimientos rigurosos los representantes del pueblo aprueben las leyes que rigen la vida ciudadana en el Parlamento.

Tanto en el curso de la discusión pública de los proyectos de ley como después de aprobación, los ciudadanos podemos manifestar nuestra aprobación o disconformidad, parcial o total, o incluso trabajar para que aquellas leyes que consideramos injustas sean derogadas y reemplazadas por otras, siempre a través de los medios éticos y legales que la misma democracia pone a nuestra disposición.

Ningún espacio político o sector puede imponer por la fuerza de la violencia política sus particulares puntos de vista o intereses.

La convivencia ciudadana de un pueblo se sostiene en verdades, valores y virtudes espirituales y morales: para los creyentes, la fe en Dios es el fundamento; para quienes no lo son, es la dignidad de la persona humana.

La buena salud de una democracia requiere ciudadanos con suficiente riqueza espiritual y ética pues supone que todos, aun en la disparidad o diferencia de postura, nos reconocemos semejantes, sujetos dignos de respeto y reconocimiento.

La doctrina social de la Iglesia apela siempre a la amistad social y a la dinámica virtuosa del bien común; por eso, a la potencia del diálogo, especialmente en los temas fundamentales y en los grandes desacuerdos.

Cuando esta “mística ciudadana” desparece, sustituida por las emociones violentas y los epítetos gruesos arrojados a la cara del adversario, solo se presagian desgracias para todos.

Los creyentes oramos a Dios, suplicamos su auxilio y fortaleza, y nos disponemos a la tarea paciente y ardua de buscar el bien posible en las circunstancias concretas, imperfectas y limitadas que nos tocan vivir.  

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

12 de junio de 2024

Sí. Podemos entendernos

Los cristianos acabamos de celebrar Pentecostés: el don del Espíritu Santo.

El relato de los Hechos de los Apóstoles sigue siendo fascinante: de repente, hombres y mujeres que hablan diferentes lenguas comprenden el anuncio cristiano y comienzan a hablar y a entenderse entre ellos. Y una comprensión para nada superficial sino desde dentro y, por eso, eficaz.

Así nace la Iglesia: católica desde su origen, con capacidad para hacerse entender y de favorecer la comprensión entre personas, pueblos y culturas.

Esa capacidad viene de lo «alto»: del costado abierto del Crucificado y del soplo de su Espíritu que derrama continuamente sobre el mundo. Viene de la Trinidad.

Un bautizado, marcado con la unción del Espíritu de Cristo, será siempre un hombre y una mujer obstinadamente buscador de los corazones, las mentes y la mirada de los otros para reconocer el terreno común donde sembrar la semilla del diálogo y la comunión.

La concupiscencia nos empuja en sentido contrario: a la división, a sembrar cizaña, a echar sal en las heridas; a engañar con falsedad o a vociferar para intimidar.

Pero, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y nos fortalece para sembrar concordia. Y, sobre todo, para no dejarnos ganar por el desaliento. Nos abre los ojos para percibir las manos de Dios que, desde lo pequeño y frágil, hace crecer su Reino en los corazones.

***

Argentina, como las otras naciones hermanas de Iberoamérica, tiene una historia de dolorosos desencuentros y luchas fratricidas. Pero también, en momentos concretos, han sabido asomar pactos y acuerdos fundamentales.

Han sido momentos tan providenciales como superadores, llevados adelante por hombres y mujeres también concretos que han sabido optar por el bien posible, incluso en medio de muchos límites y condicionamientos. Han comprendido que, en una guerra, se puede “vencer, pero no convencer”, como dijera sabiamente don Miguel de Unamuno. Por eso, han sabido ceder y apostar por el bien entonces posible. Pienso en el beato obispo Fray Mamerto Esquiú y su apuesta por la aceptación de la Constitución.

La semilla del Evangelio sigue dando frutos en nuestra Patria. Que el Espíritu Santo nos de valentía, paciencia y, sobre todo, un amor grande para trabajar por el bien común de las generaciones por venir.

Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
20 de mayo de 2024
María, madre de la Iglesia

Pongamos a dieta los guiones de Misa

Cuando los padres de Trento tomaron la difícil decisión de que el culto católico siguiera siendo en latín, previeron que, atendiendo a las necesidades del pueblo, los sacerdotes introdujeran oportunos comentarios que explicaran los ritos.

Al parecer, nunca se concretó esta decisión.

Hemos tenido que esperar al Concilio Vaticano II y su gran reforma litúrgica para que, además de la progresiva introducción de las lenguas vernáculas en el culto, se concretara esta disposición.

Recordemos la meta final: aquella actuosa participatio (participación activa) que es mucho más que “intervenir” en la liturgia haciendo cosas, sino un encuentro vivo con el Misterio de Cristo. Los signos visibles (palabras, gestos, cantos, etc.) nos deben llevar al misterio invisible de la Gracia divina.

De ahí la importancia del ars celebrandi: el arte de celebrar bien el culto divino, dejando espacio real al verdadero protagonista de la liturgia: Cristo que, en el Espíritu, glorifica al Padre y nos santifica, configurándonos con Él.

El sujeto “Iglesia” celebra “por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo”.

Es bueno recordar aquí aquel gran criterio patrístico que nos ayuda a encontrar la medida justa del arte de celebrar: aquella “sobria embriaguez del Espíritu”, que convoca los sentidos para que abran nuestro espíritu a la alabanza trinitaria. Y eso es un arte, más que una fría técnica: ni reprimir los sentidos, haciendo de la liturgia un acontecimiento fríamente racional; ni exaltar de tal manera las emociones primarias que todo quede en una vivencia puramente sentimental que nos cierra a la voz suave del Espíritu.

Lo repito: arte, no técnica. Pero ¡ánimo! Tenemos de nuestra parte al gran artista de la Trinidad: el Espíritu Santo. Él sí que sabe trabajar estas cosas. Además, están las sabias orientaciones de la Iglesia, recientemente renovadas por el magisterio conciliar. Hay que dejarse llevar, con humildad y perseverancia.

Y, si de magisterio hablamos, escuchemos una página que se refiere al tema que tratamos.

La Ordenación General del Misal romano, por ejemplo, al describir algunas funciones litúrgicas, señala en el nº 105 b:

«El guía que, según las circunstancias, propone a los fieles breves explicaciones y admoniciones para introducirlos en la celebración y disponerlos a entenderla mejor. Es necesario que las admoniciones del guía estén preparadas mesuradamente y sean claras en su sobriedad. Al cumplir su función, el guía permanece de pie en un lugar adecuado frente a los fieles, pero no en el ambón.«

Lo que vale para la liturgia de la Misa vale para toda celebración. Pienso que tenemos que revisar cómo estamos viviendo estas cosas. Creo sinceramente que se nos han salido de madre, tomando una dirección que no nos está ayudando.

Una anécdota entre muchas. Hace algunos años, presidía la Vigilia Pascual en la catedral de San Francisco. Llegado el momento de la liturgia de la Palabra (tan especial en esa noche), hubo tres introducciones: la que el Misal prevé para ser dicha por el que preside, la monición del guía a ese momento de la Vigilia y -también del guía- la que introducía la primera lectura.

¡Tres moniciones con parecida finalidad!

Suelo decir -con un poco de ironía y humor- que nuestros guiones se han transformado en “una Misa dentro de la Misa”. Por eso, me parece que tenemos que poner nuestros guiones a dieta y adelgazarlos un poco (o bastante, según los casos).

Hay que volver a la indicación que nos da la Ordenación General del Misal romano que hemos citado arriba, atendiendo a cómo adjetiva las moniciones: breves, mesuradas, sobrias, y -esto es clave- dirigidas a disponer a los fieles a vivir la celebración.

El dinamismo interior de las celebraciones litúrgicas, con su riqueza de momentos, símbolos y acciones rituales, es suficientemente elocuente por sí mismo para hablar al corazón, despertar la fe y favorecer la comunión con el misterio que celebramos. Las intervenciones deben integrarse en esa dinámica, no sustituirlas o -peor aún- anularlas.

He notado que, para algunos agentes de pastoral -sacerdotes incluidos-, bien intencionados, pero poco formados, de lo que se trata es de despojar de elementos simbólicos a la liturgia para hacerla más sencilla o incluso popular. Lo que suele ocurrir es que, mientras se despoja a la celebración de su riqueza simbólica, se incrementan las intervenciones habladas. La noble sencillez que el Concilio Vaticano II auguró para las celebraciones no implica despojar de símbolos a los ritos litúrgicos con que celebramos nuestra liturgia.

Los argentinos tenemos una expresión que aquí cabría utilizar: nos volvemos “lateros”, alargando los discursos, saturando de palabras la celebración y volviéndola insoportable.

***

 Bueno, después de toda esta “lata”, paso a dar algunos tips para esa dieta que adelgace nuestros guiones.

  1. Regla de oro: moniciones breves, claras y sobrias, dirigidas, sobre todo, a generar la disposición de la asamblea litúrgica para vivir el misterio. No buscamos aclarar ideas, sino favorecer actitudes.
  2. Eso significa que no tenemos que pedirles a nuestras moniciones que hagan lo que tiene que hacer, por ejemplo, el que tiene a su cargo la homilía: volver sobre el mensaje de las lecturas escuchadas y, con ese mensaje, llevarnos al encuentro con el Señor presente en la celebración.
  3. Al inicio de la Misa, y para disponer a la asamblea, el guía introduce con una monición breve para genera el clima de fe que necesita la liturgia: hace patente el valor de reunirnos para celebrar, invita a disponer el corazón y, en todo caso, señala el canto que abrirá la celebración litúrgica. Nada más. No resume el mensaje de las lecturas, como en un adelanto de la homilía.
  4. Si hubiera una ocasión especial, por ejemplo, una Jornada mundial, la fiesta patronal o una intención o circunstancia particular, recomiendo hacerla en la monición que puede seguir al saludo inicial. O lo hace el sacerdote que preside o el guía, pero siempre breve, clara y austera, sin extenderse en explicaciones y comentarios que, en todo caso, van en la homilía.
  5. Es recomendable que la monición que introduce a las lecturas sea una para todas. No tenemos que adelantar lo que las lecturas nos dirán, pues ellas -san Pablo, por ejemplo- suelen hacerlo mejor que nosotros. La monición comienza invitando a las personas a tomar asiento, espera que todos estén sentados y sencillamente invita a escuchar con fe la Palabra de Dios. En ocasiones basta que solo invite a tomar asiento (es lo que yo prefiero).
  6. Una indicación para el salmista: diga en voz alta, clara y firme la antífona y responda con el pueblo, también después de cada estrofa. En ocasiones, la antífona es un poco complicada para recordarla. El salmista debe ayudar al pueblo a responder.
  7. La oración universal o de los fieles merece alguna clarificación particular. Al redactarlas, téngase en cuenta este criterio: se debe enunciar cada petición en tercera persona; es el pueblo el que ora a Dios directamente. No se deben redactar, por ejemplo, así. “Padre, te pedimos tal o cual cosa”. El guía formula la petición, pero es la asamblea la que dialoga con Dios. Ejemplo: “Pidamos al Padre por nuestro papa Francisco y nuestro obispo para que sean fieles a la misión recibida. OREMOS”. Y toda la asamblea responde (mejor, cantando): “Padre, escucha nuestra oración”.
  8. No formular demasiadas peticiones. No más de cinco o seis, como dice Jesús: el Padre, que ve en lo secreto, sabe lo que necesitamos. Pocas palabras, pocas palabras.
  9. Para el resto de las moniciones (presentación de ofrendas, comunión y despedida) vale lo que hemos dicho antes: brevedad y dirigidas a las actitudes más que a desarrollar ideas. En la presentación de ofrendas, se puede destacar el sentido de nuestro aporte material. Y no olvidar la invitación a los cantos procesionales, indicando, allí donde sea oportuno, qué canto hacemos y dónde encontrarlo.

Aquí me detengo, espero que estas reflexiones sean útiles. Las subo a mi blog y mis redes, esperando los aportes, resonancias y comentarios que quieran hacer.

Chau,

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco domingo 5 de mayo de 2024

Buena salud de nuestra democracia

Esta mañana he posteado en las redes estas breves reflexiones sobre la Marcha Federal Univesitaria que se está desarrollando por estas horas en nuestro país.

Nuestra democracia tiene normas escritas que regulan su vida. Es la delicada arquitectura que diseña nuestra Constitución.

Pero también tiene un conjunto de valores no escritos que son tan o más importantes que las normas escritas: el respeto del otro, la reciprocidad, la amistad social, la benevolencia, la voluntad de no agredir, el intercambio en el espacio público, los valores espirituales y religiosos que animan la vida de nuestro pueblo, etc.

Unas y otros ponen límites al poder, lo controlan, lo obligan a escuchar y a rectificar, a negociar, a buscar consensos, a mirar siempre más allá y más hondamente de las propias ideas y proyectos.

En la confluencia de normas escritas y valores éticos está uno de los principios fundamentales de toda cultura democrática: la libertad de expresión.

En los tiempos que corren -lo observamos en otros países- los límites que separan al poder ejercido de forma democrática y la autocracia se vienen corriendo peligrosamente, motivados por un comprensible hartazgo con la política, su desconexión con la realidad concreta y sus magros resultados para mejorar realmente la vida de las personas.

Entre las causas del hartazgo con la política no hay que excluir lo que el papa Francisco denomina “la colonización ideológica” que, a través del estado, se impone a la vida de los ciudadanos con un autoritarismo exasperante.

Una democracia sólida requiere ciudadanos conscientes, convencidos y con un sentido ético muy desarrollado del compromiso de todos con el bien común. Y de la moderación que esta tarea nunca acabada requiere para fundar sólidamente el futuro de todos.

En la Marcha Federal Universitaria seguramente se entremezclan intereses particulares, algunos legítimos, otros, no tanto. A ninguno se nos escapa, tanto como que las universidades argentinas, tanto las nacionales como la de gestión privada, son un gran valor de nuestra cultura argentina, que merece la atención y preocupación de todos.

Así es la realidad, y así es la política. Con esa mezcla de intereses y voluntades contamos para caminar como sociedad. Desde allí partimos para edificar el bien común, cuyos sujetos somos todos y cada uno de los ciudadanos argentinos.

La buena salud de la universidad argentina es una cuestión que nos atañe a todos: su excelencia académica inseparable de la circulación libre de ideas, su accesibilidad como motor del desarrollo y del progreso integral, su sostenimiento económico, etc.

Es valioso que la expresión de hoy se haga y que transcurra pacíficamente, tanto para quienes adhieren convencidos a su convocatoria, como para quienes lo hacen solo en parte o, incluso, para los que no adhieren a ella.

Carta pastoral sobre algunos aspectos del compromiso con el bien común que brotan de la fe cristiana y católica, en esta hora de nuestra patria Argentina

Al final, después de las notas, está el enlace para descargar el texto de la Carta pastoral en PDF

San Francisco, 13 de abril de 2024

Fiesta de Nuestra Señora del Valle de Catamarca

A los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco.

Queridos hermanos y hermanas:

1. Estamos caminando el tiempo pascual. En la liturgia semanal escuchamos casi completo los Hechos de los Apóstoles. La comunidad eclesial es fruto maduro de la Pascua. Reunida por el Evangelio, ella es “criatura del Espíritu”. Esta lectura de los Hechos nos permite ver reflejado como en un icono nuestra vocación y misión como Iglesia del Señor; por eso, ilumina poderosamente nuestro presente.

2, En esta carta pastoral, les propongo volver sobre algunos aspectos que brotan de nuestra experiencia pascual, como la reflejan los Hechos: nuestro aporte como cristianos a la tarea nunca acabada de procurar el bien común y edificar el mejor orden justo posible de la sociedad. Quisiera iluminar así esta hora que vivimos como argentinos, después de cuarenta años de democracia y transitando una nueva crisis económica y social, habida cuenta del fuerte deseo de cambio que expresó la ciudadanía argentina en las pasadas elecciones, tanto a nivel nacional como también provincial y local.

Una comunidad inquieta, el Evangelio y los pobres

3, Que la Palabra nos ilumine. Abramos pues el libro de los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendían a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos. 2Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. 3Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. 4De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra». 5La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. 6Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos. 7Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe. (Hch 6, 1-7)

4, Al comenzar a caminar la historia, la joven comunidad cristiana se ve enfrentada a un importante discernimiento pastoral: qué es esencial y no puede faltar en la vida y misión de la Iglesia; y de qué manera se coordinan los distintos aspectos de dicha misión. Así, el Espíritu ayuda a la Iglesia a distinguir los servicios a la fe (oración y anuncio) de los servicios desde la fe (atención de las mesas). Ambos son fundamentales, inseparables y siempre desafían a la creatividad pastoral de las comunidades cristianas, en todo tiempo y lugar. También a nosotros, en el aquí y ahora de la realidad de nuestra región, de Córdoba y de nuestra querida patria Argentina.

5. Algunos bautizados estamos llamados a servir a la fe de nuestros hermanos, sea como ministros ordenados (el obispo y los presbíteros, junto con los diáconos), sea a través de otros servicios, carismas e iniciativas apostólicas (catequistas y otros agentes de pastoral). Todos, sin embargo, estamos llamados a dar nuestro aporte en la construcción del bien común y de la justicia, aunque esta misión es, de manera muy particular, cometido de los laicos: hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo; hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia, parafraseando a san Pablo VI.[1]

 6. La fe en el Señor Jesús nos abre los ojos del corazón -que son los “ojos del buen samaritano”- para que reconozcamos la presencia de Cristo en los rostros de los pobres: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.” (Mt 25, 35-36). La opción por los pobres es expresión genuina de nuestra fe cristiana. No es ideología, sociología, ni pobrismo. Desde la perspectiva de los más pobres -como el Padre de Jesús, su maestro-, la comunidad de los discípulos mira la realidad y busca la justicia. Necesitamos, por eso, una profunda conversión para vivir a fondo esta opción de nuestro Dios, mucho más en nuestra cultura regional: ¿No nos hemos dejado ganar por la indiferencia o incluso por el rechazo del pobre al que deshumanizamos con epítetos muy despectivos? El Evangelio nos urge a repensar a fondo algunas de nuestras actitudes, pues pueden tener una fuerte carga antievangélica. Mucho más en este tiempo de crisis que ha visto dispararse el número de familias, de niños y jóvenes en situación de pobreza.

El Evangelio, la realidad y la justicia social[2]

7. El concepto de justicia social nació en el ámbito del pensamiento social católico para revitalizar la idea del bien común y para mitigar el sesgo individualista del capitalismo. El papa Pío XI lo incorporó a la doctrina social de la Iglesia, poniendo el acento en la justa distribución, sobre todo a través del salario: una obligación de todos los involucrados en los procesos económicos, no solo del estado[3]. Hoy posee una connotación más amplia, como participación de todos en el logro del bien común. Que cada ciudadano pueda y deba contribuir al bien de todos supone el derecho a las condiciones básicas de una vida digna que hagan posible esa contribución. La justicia social es siempre una virtud propia de todos los ciudadanos, no solo responsabilidad del estado. Por tanto, supone personas libres que se deciden a obrar lo justo como expresión de su adhesión al bien. El acento en la distribución equitativa supone la participación libre y consciente de las personas en la edificación del bien común.

8, En la compleja historia de nuestro pueblo argentino y en la evolución de nuestra democracia, el concepto de justicia social ha jugado un rol positivo fundamental. Ha ayudado a incorporar activamente a la vida laboral, económica y política de nuestro país a los más pobres y ha sido decisivo para el crecimiento de las clases medias. Es cierto también que, con el paso del tiempo, el abuso en la intervención del estado ha distorsionado torpemente el dinamismo de la vida ciudadana, especialmente de la economía. Unido a la corrupción de una burocracia desmesurada y arbitraria ha generado hartazgo y un legítimo deseo de cambio. Sin embargo, “el abuso no quita el uso”, como decían los antiguos. Ni el estado es un mal en sí mismo, ni la justicia social es una tontería de la que hay que librarse. En estas cosas, la falta de moderación y la ley del péndulo a las que somos tan afectos los argentinos nos pueden jugar una mala pasada. Despojados de toda forma de simplificación empobrecedora al comprender la realidad, tenemos que mirar la verdad en toda la rica complejidad que la caracteriza. La doctrina social de la Iglesia, en este punto, expresa con belleza la sabiduría del pensamiento que sabe mirar mejor, más lejos y más en profundidad y, por eso, sabe orientar más eficazmente la acción concreta. No nos podemos dar el lujo, como católicos, de desconocerla. En este punto, los aliento a echar mano, por ejemplo, del “Compendio de la doctrina social de la Iglesia”, pues nos ofrece una síntesis amplia del pensamiento social católico.

Los desafíos de caminar la democracia

9. No siempre resulta sencillo interpretar el voto mayoritario de los ciudadanos. En las pasadas elecciones nacionales (en las generales de octubre y en el ballotage de noviembre), una mayoría consistente hizo una clara opción de cambio político y también de política económica. Se eligió así una opción liberal-libertaria representada por el presidente Milei y las ideas que con franqueza fue pregonando en la campaña electoral. Es posible pensar que sus votantes no estén de acuerdo con todo lo que se postuló, sin embargo, es innegable que ese mandato de cambio apuesta por una mayor cuota de libertad en la vida económica y social de nuestro pueblo. No es extraño: las corrientes liberales han jugado un rol fundamental en el desarrollo de nuestra patria a nivel de su organización política, en materia educativa y desarrollo económico.

10. El humanismo cristiano que inspira la enseñanza de la Iglesia, sin desconocer sus logros, ha tenido una mirada crítica a diversas corrientes del liberalismo, sobre todo, señalando la concepción antropológica sobre las que algunas de ellas se asientan: reducción de la persona al individuo, de la libertad desgajada de la verdad, confianza desmedida (incluso ingenua) en la bondad del mercado, etc. En nuestro país, además, no siempre la opción por la libertad económica ha sido coherente con igual opción por las ideas de la libertad en política. No se puede pregonar la libertad económica, sin aceptar la arquitectura de la libertad política que diseña nuestra Constitución y su opción por un sistema democrático republicano, representativo y federal. El imperio de la ley y la sujeción a ella, la división de poderes con el rol imprescindible del Parlamento, la independencia de la Justicia, la rendición de cuentas y, en definitiva, el estado de derecho son la mejor garantía para un desarrollo integral que mejore la vida de las personas. En la raíz de tantas distorsiones de la economía y de una pobreza creciente que no logramos desarticular está, en buena medida, una débil cultura democrática. Todo proceso de cambio que quiera poner sólidas bases para el futuro pasa por un afianzamiento del sistema democrático y republicano de nuestro país, tanto a nivel nacional como en las provincias. El populismo es una ilusión: su cortoplacismo va minando las bases de nuestra convivencia ciudadana y de todo posible desarrollo. No haría falta explicarlo, porque es una experiencia muy fuerte de nuestro pueblo.[4]

11. Tenemos que decirlo de nuevo: la democracia es un sistema mejor, no porque sea más eficiente que algunas formas de autocracia, sino porque se asienta en el fundamento más noble: la dignidad de la persona humana, la cultura de la vida, los derechos y deberes del hombre. Porque apela a la conciencia de cada persona y a la capacidad de bien que habita el corazón de los ciudadanos y que es la riqueza espiritual más grande de un pueblo. Y el pueblo argentino, tan rico y variado como la geografía de nuestro inmenso país, posee de sobra esa riqueza humana, espiritual y moral. Ahí está, por ejemplo, la fe católica tan arraigada en el pueblo argentino, aun habida cuenta de los actuales procesos de secularización, con su típica forma de abrir el corazón a Dios, a los hermanos, a la belleza de la cultura popular y al futuro. En las fiestas patronales de nuestros pueblos y ciudades -hablo desde el interior del interior- en las peregrinaciones y manifestaciones de fe popular, no menos que el compromiso solidario del que es testigo, entre otras instituciones, nuestra Caritas con sus acciones de asistencia y de promoción humana, nos hablan de esa riqueza espiritual a la que hemos de apelar para sostener el compromiso con el bien común en esta hora de nuestra historia. Al aporte del catolicismo se suma hoy la presencia de diversas confesiones religiosas, la mayoría de ellas cristianas, que dinamizan la vida social con diversas iniciativas religiosas, culturales y sociales.

La hora de la mejor política[5]

12. Los ajustes que se están llevando adelante a fin de terminar con el flagelo de la inflación y lograr una economía más sana pueden ser en buena medida legítimos. No podemos negar que están generando mucho sufrimiento en vastos sectores de nuestro pueblo, los jubilados, por ejemplo. Se aprecia en muchos la voluntad de acompañar este proceso con fortaleza ante las dificultades. Tampoco podemos dejar de recordar que, políticas similares en otros tiempos, al no mirar con suficiente atención las nuevas distorsiones que producen, pueden ser fuente de nuevas y más hondas frustraciones. La enseñanza social católica promueve los principios de solidaridad y de subsidiariedad que destacan cómo circulan en el cuerpo de la sociedad las ayudas recíprocas entre los ciudadanos y el rol de estado que sale al paso de las necesidades concretas. También aquí, los abusos no deslegitiman la asistencia prudencial del estado, especialmente a los más vulnerables y en situaciones de crisis agudas.

13. La economía, por sí sola, no arregla los problemas de fondo. Al contrario, dejada a su libre impulso puede agravar el agobio de las familias y de la sociedad. En la raíz de esta postura hay una comprensión inadecuada, incluso ingenua, de la condición humana, sus límites y fragilidades. Como en todos los momentos críticos y de cambio, esta es hora de la mejor política, como enseña el papa Francisco: la que busca generar consensos amplios, la que genera fraternidad y no polarización; la que camina la paciencia porque busca conquistar voluntad, convencer más que vencer; la que no se deja tentar por la lógica amigo-enemigo, en cualquiera de sus versiones. La mejor política es sólida en los principios, pero huye del dogmatismo; es realista, porque busca edificar a partir de las condiciones dadas, con las personas concretas, tanto los ciudadanos de a pie como con los hombres y mujeres de la política reales, los mejores y más virtuosos (que los hay y en todos los espacios), pero también con cualquiera que, siempre perfectible, muestre genuino interés por la cosa pública. La mejor política genera las condiciones para que las personas mejoren, en la medida en que la corrupción y las conductas poco éticas encuentran menos espacio para manifestarse. Pero incluso teniendo en cuenta la fragilidad de la condición humana, no se deja paralizar por ella, sino que sabe poner en marcha los procesos virtuosos que, a la larga, son los que mejoran realmente la vida de todos.[6]

Vivir la fe en nuestra región con sus luces y sombras

14. La región de Córdoba en la que vivimos nuestra fe posee una idiosincrasia cultural, social y económica muy particular en la que se entrecruzan rasgos criollos con los de la fuerte inmigración, sobre todo italiana y piamontesa. Desde un punto de vista económico convergen la tecnología de punta aplicada a la producción agrícola y ganadera, con la presencia de pequeñas, medianas y grandes empresas que tienen incluso una proyección internacional. Es una zona próspera, con índices y bolsones de pobreza, pero no en el grado extremo de otras regiones del país. Por lo general, nuestros hombres y mujeres de empresa y de trabajo se reconocen cristianos o están abiertos a las propuestas que les puede hacer llegar la Iglesia. Se trata de una sociedad civil dinámica, con conciencia de su autonomía, con espíritu emprendedor y creativo que, por herencia de los mayores, ha sabido conjugar la cultura del trabajo, el cuidado del ambiente y la responsabilidad social. No deja tampoco de tener algunas fuertes fragilidades, al menos desde la mirada crítica de la fe: es fuerte el materialismo que rebaja el horizonte de vida, el individualismo no siempre se abre a las necesidades de la sociedad; el trabajo y el legítimo lucro que de él se siguen tienden, en ocasiones, a absolutizarse. En estos últimos tiempos se percibe que, a estos factores, se une también un fuerte proceso de secularización que pone entre paréntesis la referencia a Dios y los valores trascendentes, abriendo la puerta a un peligroso vacío existencial. Las nuevas generaciones, por ejemplo, no siempre manifiestan el mismo compromiso de sus mayores que fundaron en nuestros pueblos instituciones con hondo sentido social sin esperar el aporte del estado o incluso de la iglesia: clubes, cooperativas, colegios, etc. Sin ánimo de ser exhaustivo, este panorama, rico y complejo, nos desafía a vivir nuestra fe, haciéndonos cargo de las virtudes que poseemos y buscando purificar con la misma fe la raíz del egoísmo, siempre presente en el corazón humano.

15. La importancia de la propiedad privada es un valor arraigado en la cultura de nuestra zona y compartido por una inmensa mayoría en la sociedad argentina. La enseñanza social de la Iglesia lo postula con claridad, señalando su función social y su vínculo interior con el principio del destino universal de los bienes.[7] La propiedad privada es el modo como las personas participan de los bienes que el Creador a dispuesto para toda la humanidad. En este último tiempo, gracias al magisterio del papa Francisco, se viene diseñando un marco más amplio para comprender su alcance. Por un lado, las llamadas “tres T”: techo, tierra y trabajo para todos, pueden ser vistas como otra forma de insistir en la importancia de ese espacio vital para un desarrollo integral de las personas, las familias y las sociedades. Por otra parte, en su gran encíclica Laudato Si’, Francisco ha ampliado el concepto de bien común al incluir en él el cuidado de la “casa común” y, sobre todo, la mirada puesta en el bien de las generaciones por venir. Son puntos que necesitamos seguir reflexionando, pues ayudan a calibrar mejor el sentido de la propiedad privada, sustrayéndola de una visión estrechamente individualista.

16. Por eso, si volvemos al texto de los Hechos que les he propuesto al inicio, podemos preguntarnos, como hizo la comunidad apostólica: cómo vivir nuestra fe en este tiempo, cómo encarnar, en la dinámica de la sociedad moderna, nuestro compromiso con los demás, especialmente con los más pobres y vulnerables; cómo dar nuestra contribución como discípulos de Cristo en la edificación del bien común de una sociedad que, en medio de sus recurrentes crisis políticas y económicas, crece en complejidad, en desarrollo tecnológico y que, por todo esto, se encuentra desafiada a recrear los vínculos, desde la base de la familia, pasando por el mundo de la amistad o de las organizaciones de la sociedad civil -tan vivas, por cierto, entre nosotros- hasta los vínculos que supone la vida ciudadana, laboral y empresarial. Se trata de un discernimiento que nos involucra a todos: a cada comunidad cristiana, a quienes somos sus pastores y, de manera especialmente comprometida, a los laicos y laicas que viven su fe en el mundo de la sociedad civil, incluso con responsabilidades políticas en nuestros pueblos y ciudades.

Miramos con esperanza el futuro

17. He querido compartir estas reflexiones personales y pastorales, inspiradas en la rica enseñanza de la Iglesia, pero también en la experiencia que vamos acumulando como pueblo, esperando que nos ayuden a renovar nuestro compromiso con el bien común de nuestra patria Argentina, de Córdoba y de los pueblos donde vivimos y celebramos nuestra fe católica. Nada en nuestra historia tenemos que desdeñar: los pueblos y las sociedades crecen orgánicamente, también por medio de crisis y momentos dolorosos de replanteos profundos. La sabiduría del que gobierna busca integrar lo mejor de la historia y de hacer converger las voluntades detrás de un proyecto común. En nuestras casas, en nuestros barrios, pueblos y ciudades, en cada puesto de trabajo, en la gran empresa o en el emprendimiento familiar, en el campo o en la ciudad, en cada uno de esos lugares donde transcurre nuestra vida están los que amamos: las personas, las instituciones, la historia compartida, el fruto del trabajo duro de nuestros mayores y las ilusiones de edificar un país generoso para todos. Por ellos y su futuro luchamos, nos imponemos límites y privaciones.

18. Animados por nuestra fe pascual en Cristo muerto y resucitado, y sostenidos por la promesa de la bienaventuranza nos atrevemos a mirar con esperanza el futuro de nuestra Patria. No nos faltará la fuerza del Espíritu Santo para ser fieles al Evangelio en esta horay así trabajar por las nuevas generaciones de argentinos con grandeza de alma, paciencia y perseverancia. Y, si de esperanza se trata, no podemos dejar de invocar a la mujer que supo caminar la espera como nadie: María, la “Virgen de la Esperanza” como hemos aprendido a cantarle. Al Santo Cura Brochero, cordobés, creyente cabal y sacerdote ejemplar, le pedimos que nos enseñe a invocarla como madre, guía y protectora, también para sacrificarnos por el bien común de nuestro pueblo, como él supo hacerlo hasta el don total de su vida.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

[1] Me inspiro para esta interpretación de los Hechos en las indicaciones del cardenal Carlos María Martini SJ, en una publicación que recoge una de sus numerosas tandas de Ejercicios Espirituales: Esteban, servidor y testigo, Ediciones Paulinas (Bogotá 1991).

[2] Para una visión completa y actualizada del concepto de “justicia social” cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia Católica 201-203

[3] Cf. Quadragesimo Anno 58, 71, 74, 89,101, 110

[4] El magisterio social de la Iglesia nos ofrece muchos elementos para un discernimiento crítico de las corrientes liberales. En estos últimos tiempos podemos señalar la encíclica Centessiumus annus de san Juan Pablo II, varias intervenciones de Benedicto XVI (en Westminster Hall de Londres o en el Bundestag de Berlín, por ejemplo) y, en tiempos más recientes, la encíclica Fratelli tutti del papa Francisco. Aunque no es magisterio ordinario, destaco la carta de Benedicto XVI al senador liberal Marcello Pera mostrando algunas convergencias entre el pensamiento católico y algunas corrientes del liberalismo que no necesariamente son relativistas (4 de septiembre de 2008).

[6] Teniendo en cuenta el comprensible acento en lo económico, el llamado del gobierno nacional a los gobernadores a firmar un “Pacto de Mayo” en Córdoba puede valorarse como un paso en una dirección correcta. Siempre es posible ampliar estos espacios de consenso a otros temas vacilares para la vida nacional. En sociedades como la argentina, complejas, plurales y muy polarizadas, es de auspiciar la búsqueda de un terreno común para sembrar procesos superadores.

[7] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia Católica 176-181

[5] Cf. Fratelli tutti, capítulo V

La mejor política es la política posible

Reflexiones desde la perspectiva del Evangelio y la enseñanza social de la Iglesia

La Politica  tiene una insoslayable dimensión ética, pero no es, de ordinario, una lucha entre el bien y el mal; menos aún, entre los puros y los impuros, los justos y los réprobos.

No busca traer el cielo a la tierra, como pretenden las ideologías. Esa pretensión lo único que suele traer a los pueblos es un anticipo del infierno.

La acción política busca el bien posible, aquí y ahora, con personas -ciudadanos y dirigentes- que no son ni ángeles ni demonios, sino seres humanos imperfectos y perfectibles.

Construye el orden justo posible, sabiendo además, que toda construcción humana, mucho más la política, requiere una enorme fuerza espiritual para sostenerse en el tiempo.

De ordinario, las personas, las sociedades y los pueblos tienen que renovar su compromiso con la verdad, la justicia y el bien, una y otra vez. Nunca están conquistados del todo.

Por eso, los pueblos requieren cuidar las fuentes espirituales que hacen que las personas tengan convicciones, fuerza moral y perseverancia en la búsqueda de bienes que son posibles, pero arduos.

Ahí entran en juego la fe, la relación con Dios y -en una propuesta como la cristiana- la compasión y el amor al prójimo.

En Argentina, esas fuentes están vivas. Son como el pozo de Jacob del evangelio: ahí está Jesús esperando a la samaritana para despertar su sed y ofrecerle el agua viva del Espíritu para vivir y pelear la vida.

Y están en los corazones, en los barrios, en las inteligencias y voluntades que, cada mañana, apuestan por el futuro del país.

Si tenemos que imaginar un consenso posible para nuestro pueblo, pensando en el futuro generoso, no en la coyuntura o en el interés inmediatista, en esas fuentes tenemos que abrevar para encontrar la fuerza espiritual que necesitamos para toda obra buena y grande.

La oración humilde, perseverante y esperanzada es parte de esa dinámica salvadora. Y -no lo dudo- cada mañana, millones de argentinos y argentinas rezan, elevando su corazón a Dios, poniendo en sus manos paternales a sus hijos, nietos y amigos, su trabajo y sus esperanzas, sus tribulaciones y dolores más profundas.

No nos faltan razones para mirar el futuro con esperanza.

+ Sergio O. Buenanueva Obispo de San Francisco 6 de marzo de 2024

Lectio divina de Lucas 10, 17-24

A continuación, la lectio divina que hemos propuesto para esta etapa de escucha en el camino sinodal de la diócesis de San Francisco.

El espacio público, esencial para la cultura democrática

El espacio público es uno de los elementos que definen a la cultura democrática.

Nos pertenece a todos los ciudadanos. No es ni del estado, ni de un sector particular.

Allí confluyen, las más de las veces de forma caótica, las voces de todos.

Es el modo como se concreta la libertad de expresión, que es de todos los ciudadanos, no solo de los medios; y cuyo sólido fundamento es la libertad de conciencia.

Para el humanismo cristiano, estas dos libertades (de expresión y de conciencia) son condición fundamental para la libertad más profunda del ser humano: la de buscar al Dios verdadero y, reconociéndolo como tal, amarlo, servirlo y rendirle culto.

Estas tres libertades expresan la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, cuyo modelo supremo es Cristo, el Hijo de Dios.

***

Los argentinos tenemos virtudes y también defectos; pero, ahí, en la frontera casi imperceptible entre unos y otros, está nuestra tendencia a ser rebeldes, revoltosos y gritones.

Así es también nuestro espacio público.

Cuando, desde una posición ideológica concreta, ungimos a una persona como nuestro líder, no nos complace que lo sometan a crítica de ninguna especie. El que lo critica -pensamos-, no solo está equivocado, sino que lo está porque es una mala persona o tiene intenciones torcidas; y, desde ese funesto malentendido, nos aporreamos unos a otros.

No podemos imaginar que, quien no tiene la misma visión de las cosas que nosotros, tenga buena voluntad o, lo que sería más sencillo, una parte de verdad en la nunca acabada tarea de comprender la realidad.

Gracias a Dios, nunca se cumple este ideal: asumir un rol de liderazgo en cualquier ámbito -también el religioso- supone una buena cuota de paciencia para soportar frustraciones, críticas y diversas formas de agresión.

Y, en el espacio público, unos y otros somos obligados a pensar y repensar nuestras ideas, juicios y prácticas.

Las formas democráticas son esenciales para resguardar el fondo del sistema, aunque parece que no terminamos de estar convencidos del todo de que la pluralidad política es esencial al funcionamiento de la democracia.

Además, con todas sus imperfecciones, nuestro sistema democrático ha sabido poner límites a los diversos proyectos hegemónicos que han pretendido ir por todo.

Es un logro no menor que hemos sabido conseguir.

***

La responsabilidad pública que tenemos los dirigentes implica, entre otras cosas, la capacidad de ser claros y explicar lo que realmente pensamos, tender puentes entre opuestos, buscar el consenso posible entre personas concretas de carne y hueso…

El bien posible está confiado a personas que no somos ni puramente ángeles ni empedernidos demonios. 

Hacernos cargo de la realidad que nos ha tocado, con inteligencia y amabilidad, sin arrogancia y una buena cuota de humor, suele ser más efectivo que avanzar furibundos destruyéndolo todo.

No se trata de reprimir la pasión por el bien, la verdad y la justicia que nos habita. Esa pasión es también un rasgo precioso de nuestra semejanza con Dios. De lo que se trata es de encontrar los cauces para que esa fuerza impetuosa fluya generosamente, abra el futuro y, por eso, construya un edificio que perdure.

La pedagogía que promueve la tradición cristiana hizo suya la imagen platónica de la prudencia que, como hábil auriga, sabe guiar el brío de las pasiones humanas (la ira, la pulsión del placer, etc.) para que el hombre alcance su meta. A las virtudes cardinales (prudencia y justicia, fortaleza y templanza), añadió el impulso de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) que centran al ser humano en Dios.

La prudencia política no es sinónimo de pusilanimidad, como tampoco la amabilidad. Lo cortés -aprendimos de chicos- no quita lo valiente.

Al espacio público que compartimos incluso con quienes tienen otras visiones, los católicos aportamos esta mirada, pues creemos que es portadora de verdad, de bondad y de belleza para todos.

Es bueno decir lo que pensamos. Es parte de nuestra contribución al bien común.

Nuestra democracia funciona. Puede y debe funcionar mejor

A pesar de sus límites, la democracia argentina funciona. Nos ha permitido transitar estos cuarenta años sosteniendo el andamiaje institucional diseñado por la Constitución y que es fundamental para nuestra vida en común.

La democracia es preferible a otros sistemas por su fundamento y los valores ciudadanos que promueve: la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, sus deberes y derechos, la inviolabilidad de su conciencia y el respeto por su libertad, condición indispensable para la justicia social y el bien común.

Llegado a este punto, permítanme una confesión personal: solo creo -con fe teologal- en Dios; pero, como cristiano y ciudadano me decanto con convicción por la democracia republicana.

Desde que Pío XII pronunciara su admirable radiomensaje en la Navidad de 1944, proponiendo el camino de la democracia para la reconstrucción de un mundo que todavía escuchaba los tambores de la más terrible de las guerras de la historia, el magisterio de la Iglesia católica ha ido articulando su propio discurso sobre la democracia. En él me inspiro siempre…

El Confreso de la Nación en construcción

Es cierto que la cultura política argentina suele tener fascinación por los liderazgos fuertes, carismáticos, disruptivos y con tendencias hegemónicas. Suelen ser hábiles para trazar una línea nítida que separa eficazmente a los justos de los réprobos. ¿Cuántas antinomias autodestructivas registra nuestra historia nacional? A las antiguas no dejan de sumarse las nuevas… En buena medida, para esta forma de entender las cosas, gobernar es encontrar un enemigo y ponerlo contra las cuerdas. Que en ese proceso, la sociedad misma quede herida y maltrecha, parece una consecuencia “soportable”…

Tal vez tengamos que aceptar con realismo que somos así, también en buena medida. Solo que también tenemos que ser lúcidos y comprender los riesgos que este tipo de aficiones y liderazgos conlleva, sobre todo, cuando se da la mano con aquella “anomia boba” (Carlos Nino), que nos hace tener una actitud “sobradora” ante el estado de derecho, el imperio de la ley, la paciente sujeción a las normas de convivencia y a los mecanismos que hacen funcionar el delicado engranaje de nuestra democracia republicana, representativa y federal.

Buena parte de nuestras penurias tienen aquí una de sus raíces más fuertes.

¿Seremos capaces de aprender otro modo de gestionar nuestra vida pública?

Las pasadas elecciones mostraron una voluntad fuerte de cambio en los ciudadanos. No es un dato menor. ¡Y vaya si no necesitamos cambios de fondo a nivel político, económico, laboral y cultural!

Identificar cuáles sean esos cambios y con qué fuerza ética los llevaremos adelante son desafíos enormes. Más que gritos y bravatas requieren sagacidad, realismo y paciencia para ganar voluntades y construir consensos posibles con hombres y mujeres concretos, imperfectos pero perfectibles, ni puros ángeles ni irredentos demonios.

¿Esos cambios incluyen también una aceptación más convencida de que la pluralidad de opciones políticas no es un defecto que superar sino la forma básica en que se manifiesta la vitalidad de una sociedad libre, la verdadera riqueza de un pueblo como el nuestro y un inmenso valor que custodia el sistema democrático?

El pensamiento social cristiano, que tanto ha contribuido en la vida de nuestra patria, sigue siendo para muchos -me incluyo- una referencia fundamental.

El humanismo que brota del Evangelio, tal como lo expresa la tradición católica, pone el acento en la persona humana, en la familia y en la potencia de la sociedad civil, no menos que en el rol de estado para ordenar la vida pública, favoreciendo el desarrollo integral de las personas que es la meta de bien común.

El Evangelio de Jesús nos pone a sus discípulos siempre del lado de los más frágiles y vulnerables. No es “pobrismo”, como algunos repiten hasta el aburrimiento.  Es realismo concreto y, por eso, muy humano y efectivo. Porque creemos en Dios que se hizo hombre, se identificó con los pobres y, desde ese lugar recreó todas las cosas. Así dio su vida en la cruz y resucitó, creemos en la bondad que ese mismo Dios bueno pone en el corazón de cada una de sus creaturas.

¿Hacia dónde vamos como argentinos? Cada día le pido a Dios luz, inspiración y corazón grande para edificar el bien común de mi Patria.

La esperanza en Dios no defrauda.

Encuentro

Mañana lunes 12 de febrero es el encuentro entre el #PapaFrancisco y el presidente #JavierMilei.

Dos argentinos, dos mundos muy diversos, pero llamados a esta uno frente al otro.

Uno es un presidente liberal-libertario. Otro, un papa que representa el humanismo cristiano de la tradición católica  latinoamericana.

En el plano de las ideas y hasta de la cosmovisión las divergencias son notables y seguramente no desaparecerán. No tiene tampoco que ser así.

Las ideas pueden distanciarnos, pero los corazones tienen capacidad para abrirse y comulgar. Somos mucho más que nuestras ideas y proyectos.

Como argentinos, uno y otro expresan «dos Argentinas» que necesitan encontrarse, mirarse, escucharse y dejarse interpelar.

Los argentinos necesitamos que esas dos Argentinas que todos llevamos dentro se encuentren con franqueza y, ¿porqué no?, con jovialidad.

Esto es importante y urgente.

Pero hay más. Mucho más.

Francisco es más que un argentino devenido en un importante líder mundial.

Es el Pastor de la Iglesia de Cristo. Y él es consciente de ello. Mucho más después de estos diez años de intenso ejercicio del ministerio petrino.

Como todo papa con esa experiencia en los hombros y en el corazón, ha adquirido una perspectiva genuinamente católica,  es decir, de «totalidad», que seguramente jugará un papel beneficoso en el encuentro.

El papa y el presidente vienen de tener gestos y palabras superadores de algunas desavenencias. Hoy, en la canonización de #MamaAntula, pudimos verlo. Y nos ha hecho mucho bien.

De entre todos los múltiples y difíciles desafíos que tenemos los argentinos, uno de ellos es precisamente encontrar un terreno común para sembrar y hacer crecer el bien común.

Rezo por este encuentro de mañana. Rezo cada día por nosotros, los argentinos, aprendices un poco revoltosos del arte de la convivencia y la fraternidad.

Le pido a santa #MamaAntula, al #SantoCuraBrochero y a san #ArtemidesZatti que nos acompañen en el camino que transitamos como pueblo.