Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!

Un trato justo

“El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.” 

Esta es una estrofa del Salmo 102 con el que rezamos en la liturgia de este domingo.

Los salmos están compuestos para ser cantados, pero, en la oración personal, una forma muy provechosa es rezarlos, rumiando una frase o una palabra. Es como sacarle el jugo a esa palabra que viene del corazón de Dios. Un jugo que es, por cierto, inagotable.

Basta elegir la frase o palabra que más nos ha tocado por dentro, la que ha traído mayor consuelo o fervor a nuestro espíritu.

Este domingo, yo elijo esta frase: “El Señor… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Días pasados, hice un posteo en Facebook preguntándome por qué suelen quedar vacíos los primeros bancos de nuestras iglesias durante la Misa. El intercambio que se dio fue muy bueno.

De todas las razones que se esgrimieron, una me ha quedado dando vueltas. Un par de personas señalaban que elegían quedarse atrás porque no se sentían de estar cerca del altar. Sea por la conciencia de la propia pobreza, sea por la santidad del misterio.

Es como para quedarse pensando y rumiando también estas cosas. Vale la pena.

Conozco bien ese sentimiento. Lo experimento varias veces: inadecuación, vergüenza, estupor. El padre Jean Lafrance (conocido autor espiritual) señalaba que el don de ciencia del Espíritu Santo precisamente nos hace comprender la infinita distancia que hay entre Dios y la creatura. Pero también que, a través del don de consejo, el Espíritu nos mueve a entregarnos sin reservas a ese Dios tres veces santo que es, por encima de todo, compasión y misericordia.

Vuelvo a rumiar el versículo del salmo: “El Señor es bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Todo lo que Jesús dijo e hizo apunta a meternos dentro del corazón, grabándolo a fuego, esta verdad genuinamente evangélica, y a vivir en consecuencia.

Lo escucharemos de sus labios este domingo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

También para rumiar.

Cielo abierto…

«La Voz de San Justo», domingo 13 de enero de 2019


“¡Si rasgaras el cielo y descendieras…!” (Is 63,19).

“Y, mientras estaba orando, se abrió el cielo…” (Lc 3,21).

La fe bíblica nació entre nómades, caminantes que pasaban la mayor parte del tiempo deambulando por el desierto. Imaginamos sus noches, con el cielo estrellado por compañía y horizonte. También sus cantos, sus narraciones (algunas han pasado a nuestras Escrituras), sus penares e ilusiones.

Uno de ellos, Abrahám, recibió un día una promesa: si puedes contar las estrellas del cielo, así será tu descendencia. Y eso es la fe: vivir de esa promesa que abre el futuro. Y hace caminar. Y levanta de todas las caídas.

Dios es también un caminante. No está apoltronado en un lugar. El cielo estrellado es una bellísima metáfora para señalar su inmensidad, su misterio y la amplitud de su misericordia. Ese Dios inefable y caminante es amigo del hombre. Amigo que camina al lado. Se lo puede invocar y, sobre todo, contar con Él.

Hay momentos, sin embargo, en que la experiencia de Dios tiene otros tonos. Aparece lejano, ausente o sencillamente inexistente. El cielo, más que cifra de su infinitud, hace palpable la pequeñez sin sentido del ser humano, perdido en esa inmensidad.

De ahí nace la súplica que abre esta columna, y que hemos tomado del profeta Isaías: “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua!” (Is 63,19-64,1).

Este domingo termina el tiempo de Navidad. El evangelio, como al pasar, evoca la súplica del profeta: el cielo, finalmente, se ha rasgado. De él ha descendido el fuego que quema todo. No destruye. Enciende por dentro los corazones: es el Espíritu de Cristo, su amor apasionado, su misericordia.

Un dato para retener: Jesús ora y el cielo se abre. Hay tela para cortar aquí.

Tal vez sintamos la ausencia de Dios. Miremos el cielo y supliquemos con el profeta. Dios ya nos ha escuchado. Ha enviado a su Hijo. Caminemos con Él.

Noche de Reyes


“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2)

¿Qué te trajeron los Reyes? No puedo dejar de evocar la ansiedad que impedía dormir esa noche de espera. Y la magia de la mañana siguiente de regalos y sueños cumplidos, también de decepciones y algunas envidias. No sé por qué, pero, en mis recuerdos de niño, las mañanas de Reyes son siempre luminosas.

Estoy agradecido por aquellos años y cómo los Reyes estimularon la capacidad de expectativa que es innata al ser humano, que es casi la esencia de la niñez y que es la base sobre la que se asienta la esperanza cristiana.

El relato evangélico no habla de Reyes, sino de sabios de oriente, guiados por una estrella hasta el encuentro con un recién nacido, el asombro de sus padres al ver a esos extraños señores depositar regalos ante el Niño.

Sus regalos son presentes que homenajean al Niño y, en buena medida, son signo de una profunda gratitud: la estrella fue su guía que los llevó hacia la Luz que ilumina todo, Jesús, el Verbo de Dios humanizado. Son sabios en la misma medida en que son buscadores de la luz.

La gratitud comienza a despertar en sus corazones cuando descubren que la luz los ha encontrado a ello, que ese encuentro no es fruto de su esfuerzo, sino la gracia que ha puesto en marcha toda búsqueda de sus vidas. Y, de esa intensa mixtura de sentimientos, emociones y vivencias, nace el humanísimo gesto de la adoración.

La tradición de regalar a nuestros niños en Reyes evoca algo de esto. A pesar de todo, siguen viniendo niños al mundo, por eso, sigue siendo urgente buscar luz para disipar tanta tiniebla. Más por ellos que por nosotros.

Esa luz, para los cristianos, tiene un Rostro radiante: el del Resucitado. Y vive en cada chico que viene a este mundo. Y resplandece con mayor fuerza si mayor es también la fragilidad y vulnerabilidad.

Cada chico es una luz que merece ser agradecida.

#NavidadEsJesús



¡Ojalá en la Misa de esta tarde se lea completo el Prólogo de San Juan!

Sugerencia: predicar poquito (no más de cinco minutos) y dejar que la Palabra haga su obra.

La Palabra tiene un aliado tan invisible como poderoso y eficaz: el Espíritu Santo.

Pienso que la tentación que amenaza más insidiosamente al cristianismo de hoy es el «moralismo»: disolver el encuentro en ética, sea la ética individualista burguesa, sea la ética del cambio social.

Navidad es todo lo contrario a ética y moralismo.

«La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado», escuchábamos anoche que Pablo le escribía a Tito (Tit 2,11)

Navidad es Sorpresa, Gracia, Alegría…

Navidad es Jesús…

Nosotros descreemos de las palabras (y razones no nos faltan), pero Dios se empeña en hacernos oír su Palabra que no engaña y sobre la cual podemos edificar la vida.

«Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo…» (Heb 1,1-2).

Cada Navidad nos permite escuchar de nuevo esa Palabra como la primera vez.

Y, cada día es Navidad…

Es posible que sea Verdad

Es posible que sea verdad.

Que ese niño que María da a luz,
humano como vos y como yo,
¡un hermano!…
que ese niño sea Emanuel:
Dios con nosotros.
Dios hecho hombre.
Un Dios humano y hermano.
Es posible que sea verdad.
 
Claro, de ser verdad,
no sería una más entre tantas verdades verdaderas.
¿Te das cuenta?
Sería, sin más, la Verdad que ilumina todo.
 
Los que creemos en Ella
la llamamos: Evangelio, la mejor, más buena y más alegre de las Noticias.
 
En esta Noche calurosa,
en el profundo Sur del mundo,
esa Verdad resuena con el llanto y la sonrisita
del Niño.
 
Es posible que sea verdad.
Que ese Evangelio sea la Verdad.
 
Amén.

Plegaria al Dios dormido

«La Voz de San Justo», domingo 23 de diciembre de 2018


“Escucha, Pastor de Israel, tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece, despierta tu poder y ven a salvarnos” (Salmo 79,3).

En ocasiones, Dios parece dormir. Mientras tanto, sus creaturas viven pesadillas que les impiden conciliar un sueño reparador.

Nace así la plegaria, la súplica, la lamentación: ¿Por qué, Señor? ¿Hasta cuándo la prueba?

Jesús mismo rezó así. Los evangelios nos dicen que fueron sus últimas plegarias dirigidas a su Padre. En la cruz, lo invocará con el inicio del 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y, sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 21,2-4).

La única vez que Jesús llama “Dios” a su Padre. ¿Lo siente lejano? En todo caso, hace suya la experiencia de aquellos que, en medio de su sufrimiento, lo siente dormido o despreocupado de su suerte.

El salmo de este domingo, último de Adviento, tiene algo de esa invocación: plegaria urgente al Dios que parece dormir, al parecer despreocupado de la suerte de los suyos.

En la liturgia solo rezamos tres estrofas. Si lo leemos completo reconoceremos dos imágenes que surcan toda la Biblia: el Dios pastor y el Dios viñador. El orante, en medio del dolor, apela al Dios que nunca se desinteresa de su pueblo, sino que trabaja siempre a su favor, aunque, por momentos, no comprendamos su obrar.  

Claro que, tan a las puertas de la Navidad, esta súplica al Dios que parece dormir tiene otra referencia. El evangelio nos invita a contemplar al Emanuel (Dios con nosotros) que duerme el sueño tranquilo de los recién nacidos. Lo acuna su madre. Vela su sueño José, el varón justo.

Ese sueño no intimida, sino que enternece. Dios así entra en nuestra historia: humilde, pobre, sencillo y, sobre todo, manso y tranquilo.

Es el Pastor que, así, vela por su rebaño. Es el Viñador que sabe trabajar con paciencia la viña para obtener el mejor de los vinos.

Ese Dios Niño, Pastor y Viñador nos conquista el corazón. También si duerme y nos da la Paz.

¿Te animás a confiarle tu sueño y tus sueños?

Alegría con “a” de agua

«La Voz de San Justo», domingo 16 de diciembre de 2018

“Ustedes sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).

Un salmo que no está en el libro de los Salmos de la Biblia. No forma parte de esas ciento cincuenta plegarias que componen el Salterio. Sin embargo, comparte con ellas el estilo, la elevación espiritual y poética. No demos más vueltas: es un salmo.

Tomado del capítulo doce del profeta Isaías (cf. Is 12,2-6), con él rezamos este tercer domingo de Adviento, llamado “del Gozo y la Alegría”. Los textos bíblicos repiten, una y otra vez, la invitación a la alegría que brota de la experiencia de la salvación.

El salmo de Isaías usa la imagen con la que abrimos nuestra columna: la alegría de tener una fuente de agua para calmar la sed. Así se expresa lo que acontece en la vida cuando se hace experiencia de la presencia, la cercanía y la salvación de Dios.

Un cristiano que reza con este salmo de Israel no puede dejar de evocar una escena que leemos en el evangelista San Juan: “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: ‘De su seno brotarán manantiales de agua viva’. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

Cristo es la fuente de agua en la que abrevamos. ¿Lo es realmente? ¿O no acudimos a otros espejos de agua para calmar nuestra sed? ¿Espejos o espejismos?

El Adviento nos invita a redescubrir dónde está abrevando realmente nuestra vida. Y a acudir a la fuente que, como el mismo Jesús declara, no está fuera, sino dentro de nosotros mismos: el Espíritu.

Tal vez nos pueda ayudar el poema de San Juan de la Cruz, cuya memoria hemos celebrado este viernes, que lo expresa de manera insuperable: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche… Aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

Sí. Es de noche, pero la fuente está ahí. Y su agua realmente sacia.

Los que siembran entre lágrimas…

«La Voz de San Justo», domingo 9 de diciembre de 2018

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones… Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones” (Salmo 125, 1-2.5).

Hace dos mil quinientos años que fueron escritas estas palabras. Reflejan una de las experiencias más traumáticas de los habitantes de Jerusalén: la destrucción de la ciudad, la deportación a Asiria y el regreso a la patria, al cabo de un penoso exilio.

Pienso que esa palabra (“exilio”) no tendría que existir en ningún idioma. Sin embargo, ahí está, para indicar una de las crueldades más grandes los hombres podamos infringirnos: obligar a alguien a dejar su tierra, su querencia, para marcharse lejos, tal vez con la posibilidad de que nunca se dé el retorno.

¿No hemos jugueteado irresponsablemente en Argentina con esa posibilidad? “¿No dijiste que, si ganaba las elecciones tal o cual candidato, te ibas a ir del país? Ganó, ¿por qué no te vas?” Las horas más oscuras de la historia humana – también la nuestra – suelen tener sabor de exilio. La memoria de tantos exiliados ¿no ha logrado romper nuestros odios?

Las estrofas del salmo que comentamos adquirieron una dolorosa actualidad cuando se convirtió en la oración de aquellos judíos que habían podido escapar de los campos, las cámaras y los hornos. Dejaban atrás el dolor, sus muertos y el odio. Tenían por delante la tierra prometida y un futuro que le había sido negado a millones. La alegría de la salvación no podía dejar de abrir paso a la responsabilidad de saberse sobrevivientes de semejante holocausto.

Este domingo, la liturgia de Adviento, al poner en nuestros labios las estrofas del Salmo 125, nos hace rezar todos esos exilios: los nuestros y los de toda la humanidad.

Una de las características más significativas de los salmos es su humano realismo: el orante no se oculta nada de lo que siente, de lo que lo estruja por dentro. Y, sobre todo, no se lo oculta a Dios. Incluso más: es a Él a quien le dirige, una y otra vez, su interpelación airada y al borde de la desesperación. En los salmos no hay nada de afectación, diplomacia o acartonamiento.

Los salmos nos desnudan ante la mirada del Dios de Israel, a quien Jesús invoca como Padre. Nos desnudan delante de su Rostro. También de su Silencio. Nos llevan por eso al límite de nuestra humanidad. En la cruz, experimentando como nadie el abismo de la muerte, Jesús rezará con los salmos 21 y 31.

Cuando un cristiano reza con el Salmo 125, pone delante de la mirada de Dios todos sus exilios, pero con los ojos fijos en Jesús resucitado. Sabe que Dios ha cumplido todas sus promesas precisamente a través de su Hijo, muerto y resucitado.

La súplica: “¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb!”, ha sido escuchada. Todo orante, aún en los momentos más oscuros de su vida y en sus horas más desiertas, va a la oración sabiendo que no será defraudado. Sabe, con la sapiencia que da el corazón tocado por el Espíritu, que Dios está con él, siempre y en todo momento.

El Adviento nos invita a ir a fondo en esta experiencia espiritual.

Esperar, orar, caminar

«La Voz de San Justo», domingo 2 de diciembre de 2018

“Estén prevenidos y oren incesantemente…” (Lc 21, 36). Con esta recomendación de Jesús comenzamos a caminar el Adviento. Por eso, voy a dedicar estas columnas semanales a los salmos de los cuatro domingos de Adviento.

Adviento es, en definitiva, tiempo fuerte de oración. Y los salmos son precisamente eso: oración.  “El Salterio – enseña el Catecismo de la Iglesia – es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en la oración del hombre” (nº 2587).

Afrontar la vida “en espera” es ya “ponerse en oración”. El que espera, ora o anhela orar.

Los salmos son la escuela de oración del pueblo de Israel. Como todo hebreo piadoso, Jesús ha aprendido a rezar con ellos. Por eso, los salmos están en el corazón de la oración cotidiana de la comunidad de Jesús, la Iglesia. Rezados en el Espíritu de Jesús adquieren un significado y una profundidad inigualables.

Al salmo que sigue a la primera lectura de la Misa lo llamamos “responsorial” pues nos ayuda a responder a la Palabra escuchada. En este primer domingo de Adviento rezamos con algunas estrofas del Salmo 24, intercalando la antífona: “A ti, Señor, elevo mi alma”. A continuación, las estrofas:

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.

Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.

El orante es un creyente (¿un anciano tal vez?) que se encuentra solo y un poco abatido. Sabe, sin embargo, que cuenta con la cercanía del Dios misericordioso. Esta es su experiencia religiosa más honda: el Señor le ha dado su amistad.

Por eso, le pide tres gracias: verse libre de todos sus enemigos, alcanzar el perdón de sus pecados y ser instruido en los caminos del Señor. Esta última petición es la que retoma la liturgia de este domingo. La imagen del camino aparece cinco veces en las tres estrofas que rezamos.

El orante suplica conocer el camino, porque sabe que Dios no juega con él: es justo y recto, muestra siempre el camino a quien está extraviado.

El Adviento nos recuerda que ninguno de nosotros está hecho del todo. Pero también nos recuerda que Dios mismo está viniendo a nosotros. Está “en camino”. No es un Dios quieto, insensible o inalcanzable.

El salmo nos invita a caminar, a esperar y, por eso, a orar.