JÓVENES, PEREGRINOS DE ESPERANZA

Homilía en la 35ª Peregrinación juvenil al Santuario de la Virgencita

Villa Concepción del Tío – domingo 1º de septiembre de 2024

Señor, ¿quién habitará en tu Casa?”

Con esta pregunta hemos acompañado las estrofas del salmo responsorial (el salmo 14). 

¿La respuesta?: “El que procede rectamente y practica la justicia; el que dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua. […]”

Esta inquietud de cómo ser digno de Dios atraviesa toda la Biblia. Así, por ejemplo, el salmo 24 se hace una pregunta similar: “¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor y permanecer en su recinto sagrado?”.

Y responde: “El que tiene las manos limpias y puro el corazón; el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente: él recibirá la bendición del Señor, la recompensa de Dios, su Salvador”; y concluye: “Así son los que buscan al Señor, los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.”

La respuesta del salmo 24 es más completa: abraza el culto a Dios y el trato recto a los demás. Amor a Dios y al prójimo, nos dirá Jesús.

Sin embargo, a mi criterio, lo más interesante es la pregunta: ¿Quién podrá habitar en la casa de Dios?

En el fondo, lo que más nos quema por dentro es este buscar al Señor, buscar su rostro luminoso y bendito. Eso es lo que nos mueve para caminar la vida y peregrinar la fe.

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A eso apunta también el Señor en el evangelio.

Jesús está discutiendo con los fariseos: ellos tienen una práctica religiosa más atenta a la apariencia externa. Corren el riesgo de la hipocresía: bonitos por fuera, oscuros y muy retorcidos por dentro.

A no escandalizarse: así somos los miembros de la especie humana, de esa madera y de ese barro.

El que quiera vivir según Dios -enseña Jesús- debe atender a su corazón: “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 8). Toda purificación verdadera nace ahí adentro, en el corazón que se deja transformar por Dios.

Era ya la súplica del rey David, dolido por haber traicionado la misión confiada: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu” (Salmo 50, 12-13).

Es del corazón de donde brota lo mejor que podemos ofrecer a Dios y a los demás.

El corazón es el terreno privilegiado donde actúa el Espíritu de Cristo.

Allí trabaja con finura de artista y paciencia de maestro.

Con su Espíritu, Jesús sabe tocar nuestro corazón y despertar en él las mejores preguntas, las que nos arrancan de la superficialidad y nos limpian la mirada para ver más hondo y más lejos.

Así, con su Espíritu, Jesús sabe sacar la mejor versión de nosotros.

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Volvamos a la pregunta del salmo: “Señor, ¿quién habitará en tu Casa?”

Queridos jóvenes: es el mismo Dios el que ha puesto esa inquietud en nuestro corazón. Escuchemos estas preciosas palabras de Jesús.

Expresan su mejor promesa: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).

En eso anda Jesús: preparándonos un lugar y buscándonos para que estemos siempre con Él en la casa de su Padre.

Un Dios que pone en nuestro corazón la inquietud de habitar en su casa, pero que, en realidad, Él es el ansioso por sentarnos a su mesa.

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Desde hace treinta y cinco años que la Iglesia joven de San Francisco camina estos siete kilómetros entre El Tío y Villa Concepción.

Pocos kilómetros que pueden despertar grandes preguntas en el corazón.

Jóvenes y no tan jóvenes seguimos siendo peregrinos, buscadores del rostro de Dios, ansiosos de que María nos mire, nos tome de la mano y nos lleve por ese camino que ella misma ha transitado antes de nosotros.

Este año, “peregrinos de la Esperanza”, tenemos como compañero de viaje al querido Carlos Acutis.

“Beato” quiere decir: bienaventurado, feliz, bendecido. Carlos ha caminado con alegría la fe -enamorado de Jesús, de su madre, de su Eucaristía, de los pobres- y, después de su breve paso por esta vida, ha alcanzado la eternidad del cielo.

Padre bueno:

Carlos ha vivido como nos dicen los salmos y nos cuenta el evangelio; y ha podido entrar en tu casa, donde nos espera con su sonrisa de adolescente y la bondad de su corazón cristiano.

Querido Carlos:

Nosotros seguimos caminando. En ocasiones el camino se vuelve un poco pesado, tal vez, aburrido. Nos amenaza la superficialidad que no deja que salgan a la luz las preguntas más hondas de la vida.

Por eso, caminamos con vos y pedimos tu ayuda:

Enseñanos a escuchar nuestro propio corazón, a escuchar en él la voz de Jesús, el Resucitado; a percibir en nuestro corazón inquieto los movimientos del Espíritu, brisa, viento y huracán, fuego y calor.

Carlos, beato amigo de los jóvenes:

Enseñanos a tomar la misma autopista que a vos te llevó al cielo:

la sagrada Eucaristía; y a tomarla con María, de la mano de los pobres. Y caminando juntos, como familia, como Iglesia.

Amén.

El cielo es nuestra vocación. Transformar esta tierra en adelanto del cielo, nuestra misión.

Homilía en la solemnidad de la Asunción de María – Villa del Tránsito – 15 de agosto de 2024

¡Qué hermoso que es caminar juntos la Esperanza que nos anima y sostiene!

Así hemos llegado hasta este “santuario popular” de Villa del Tránsito. Un año más y como peregrinos de la fe, de la vida y de la esperanza.

En las fiestas patronales siempre pregunto al cura: ¿primero la Misa y después la procesión o al revés?

En Villa Concepción, tanto en la Peregrinación de los jóvenes como en la Peregrinación diocesana del 8 de diciembre, la caminata precede a la Eucaristía.

Aquí, como en otros lugares, la procesión prolonga la liturgia de la Santa Misa.

El encuentro con Jesús, de la mano de María, se prolonga en esa caminata orante y festiva por las calles de nuestro pueblo, en ocasiones bien acompañados por el sol, la brisa suave y el paisaje de nuestro campo.

La fe nos hace caminar. Ella misma es una gran peregrinación que comienza aquí en nuestra vida terrena, pero alcanzará su meta en el cielo, en la bienaventuranza, en la casa del Padre.

Allí, sentados a la mesa, con María Santísima y los santos (también con los de “la puerta de al lado”, nuestros queridos difuntos), compartiremos la alegría de la esperanza que ha arribado al puerto.

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“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.” (Lc 1, 39).

Así comienza el evangelio de hoy que acabamos de escuchar.

Contemplamos a María asunta en cuerpo y alma al cielo, pero el evangelio nos la presenta con los pies bien sobre la tierra.

No hay contradicción entre esta vocación celestial de Nuestra Señora y esta ocupación bien terrenal de asistir a una mujer anciana que está en trance de dar a luz.

Un día, el hijo de María, nos enseñará a rezar así: “Padre nuestro que estás en el cielo … hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Podemos dejar volar nuestra imaginación y no nos equivocaremos si pensamos que es lo que el jovencito Jesús vio en su casa de Nazaret, contemplando a su mamá María y a su “abba” José.

En ese hogar de la tierra, el cielo se hacía presente como fuerza de Dios que transforma desde dentro -en cuerpo y alma- a las personas, al trabajo, a los vínculos entre vecinos, a la vida misma.

Volvamos a la escena evangélica: María “entró   en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».” (Lc 1, 40-45).

María va a dar una mano con las cosas de la casa. Pero lleva mucho más. Muchísimo más: lleva la alegría prometida, lleva a Jesús, el fruto bendito de su vientre.

Va con su fe sólida, corajuda, esperanzada y misionera.

Va colmada del Espíritu Santo, que la ha cubierto con su sombra y la ha hecho fecunda como se lo anunció el Ángel Gabriel.

Y, llevando en el corazón, en el vientre y en sus labios a Cristo, lleva así al Espíritu que, a través de ella, se derrama sobre Isabel, Zacarías y Juan.

Y todos experimentan la alegría del Evangelio.

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¿A qué hemos venido a este santuario tan querido?

Venimos caminando, porque somos peregrinos, hombres y mujeres de fe y aquí nos encontramos con María que, como en la casa de Isabel, nos tiende la mano y nos da la alegría que colma su corazón.

Aquí, celebrando, orando y caminando juntos, experimentamos la presencia de Jesús resucitado, el hijo de María, el que, resucitado de entre los muertos, ha glorificado a su madre en cuerpo y alma.

Queridos peregrinos:

El camino de nuestra vida por esta historia es arduo. Sentimos su peso en nuestras piernas, pero, sobre todo, en nuestro ánimo. En ocasiones, ese peso nos hace caer.

Incluso experimentamos que muchas obras buenas, legítimas y justas no llegan a término. El fracaso es un compañero de camino de todo ser humano, de toda familia, de todo pueblo, y también de la comunidad cristiana.

¿Qué pasa entonces? ¿No tenemos ya nada más qué hacer o esperar?

No. Lo sabemos muy bien.

Aún después de todos nuestros fracasos y caídas, siempre la fe nos aporta lo más valioso de la vida: la esperanza, la fuerza para seguir caminando, la voluntad de hacer el bien a todos, de devolver bien por mal, de perdonar, de sanar y de retomar, día a día, el camino de la paz.

¿Cuántos hombres y mujeres buenos y sencillos, aunque también frágiles y pecadores, viven así y también así pelean la vida cada día?

Están sostenidos por la fuerza de la Pascua de Jesús que transfiguró a María y que esta tarde -como cada 15 de agosto- nos convoca a celebrar y caminar.

No. A pesar de todo, de la bajeza y corrupción moral de tantos; de la mezquina mediocridad de quienes deberían ser grandes en ideas, compromiso y acciones; a pesar de las frustraciones que nos dan tristeza y bronca, que pesan sobre nuestra Patria y que hipotecan la vida de las nuevas generaciones; a pesar de nuestras propias inconsistencias personales y sociales; a pesar de todo, mirando a María y a la potencia de Dios en ella, tenemos esperanza y esa esperanza levanta nuestro caminar.

El cielo es nuestra vocación, transformar esta tierra en adelanto del cielo es nuestra misión.

¡Qué hermoso es caminar juntos la esperanza que nos da Jesús, el hijo de María santísima!

Amén.

De la mano de san Cayetano vamos a Jesús

Fiesta de san Cayetano – Miércoles 7 de agosto de 2024

Retablo de la Santa Casa de Ejercicios fundada por «santa Mama Antula» con la imagen de san Cayetano que ella veneraba.

La devoción y el culto a san Cayetano en Argentina vino de la mano de santa María Antonia de Paz y Figueroa -santa Mama Antula-, verdadera madre de la patria y la primera mujer de nuestras tierras canonizada por la Iglesia.

En la Santa Casa de Buenos Aires que ella erigió se conserva la imagen del santo al que Mama Antula se confiaba cuando había que recurrir a la Providencia para atender a los que hacían Ejercicios Espirituales.

Más cerquita en el tiempo, cuando arreciaba la gran crisis mundial de 1929-1930, algunos comenzaron a poner en las manos del santo unas espigas, como súplica por el pan que se hacía sentir en aquella carestía.

Lo demás es historia que conocemos y que, hoy, aquí y en cada rincón de la Patria, nos tiene a nosotros como protagonistas y continuadores. Una historia de fe y oración, una historia de hombres y mujeres peregrinos de la vida y de la fe.

Preguntémonos: ¿Qué venimos a buscar cuando acudimos a san Cayetano? ¿Qué le pedimos? ¿Qué nos ofrece él?

Volvamos a escuchar las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, pues ellas nos ponen en la dirección justa: “Allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” (Lc 12, 34).

Me imagino a san Cayetano mirándonos y preguntándonos: Ustedes, ¿dónde tienen puesto el corazón? ¿Cuál es su tesoro?

El corazón de san Cayetano estuvo y está en Cristo. Así le escribe a una persona a la que acompaña en la fe: «Cristo se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! […] Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Este es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono.» (del Oficio de Lecturas de la memoria de san Cayetano).

Queridos hermanos y hermanas:

Busquemos a Cristo. Siempre. Ese es el pan que san Cayetano nos da.

Busquemos la fe en Cristo. Siempre. Ese es el trabajo que él nos procura.

Y, por añadidura, recibiremos lo demás… como Jesús nos prometió.

Y que nuestra Iglesia -sus obispos, sacerdotes y demás evangelizadores- nos dé a Jesucristo. Que no rebajemos la misión recibida a mera militancia social o, peor aún, ideológica o política.

Si no damos el Pan que es Jesús, ¿qué esperar de nosotros sino esterilidad y frialdad? No es un peligro imaginario, sino una dolorosa constatación de los tiempos que nos tocan vivir.

Si nosotros no frecemos ese Pan -el único que dura hasta la Vida eterna- o no lo hacemos con pasión y a manos llenas, los pobres lo buscarán en otro lado, con el riesgo de alimentarse mal y morir; y nosotros, ser rechazados y avergonzados.

Es Jesús el que nos envía, a quien contemplamos en los pobres, hambrientos y heridos; es Jesús y la fe en él lo que cambia todo.

San Cayetano, contagianos tu amor loco por Jesús y su Evangelio.

Amén.

Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
7 de agosto de 2024

Dos bienaventuranzas para nosotros

Fiesta patronal diocesana en honor a la Virgen de Fátima – 13 de mayo de 2024

“Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican».” (Lc 11, 27-28).

Dos bienaventuranzas, un poco contrapuestas; las dos se refieren a María, la madre de Jesús; pero, las dos nos atañen a nosotros.

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¿Qué, de lo que ha oído y visto, ha movido a aquella mujer del pueblo a “piropear” de esa manera a Jesús y a su madre? Tal vez, ella misma es mamá y presiente el orgullo de aquella otra madre de este hijo tan singular.

Claro, ha visto a Jesús expulsar un demonio mudo. Habrá escuchado cómo algunos le bajan el precio a este hecho (“Este expulsa a los demonios con el poder de Belzebul…”); pero, también, cómo Jesús ha respondido: “Pero, si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.” (Lc 11, 20).

Habrá escuchado con atención las palabras misteriosas con las que Jesús cierra la discusión con sus críticos, intuyendo la honda experiencia que Jesús tiene del corazón humano, sus fragilidades y su vulnerabilidad al poder del mal: “Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: «Volveré a mi casa, de donde salí». Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio” (Lc 11, 24-26).

Sí, eso es lo que nos pasa a menudo, habrá pensado para sí esta mujer, sintiendo el deseo de gritarle aquella bienaventuranza que comentamos como una “saeta” directa a su corazón.

Contemplando con esta mujer del pueblo las acciones y palabras de Jesús, también nosotros sentimos que el Señor sabe qué abrumador es el peso del mal en la vida de las personas, de los pobres, en la historia del mundo.

¿No es nuestra experiencia cotidiana? ¿No somos “expertos”, con la experiencia que da la vida, en la fuerza abrumadora del mal que escapa a nuestro control y nos vuelve impotentes? Y el mal en todas sus formas…

Pero, por encima de todo, Jesús sabe expulsarlo haciendo presente el poder de Dios en el mundo, jugando a nuestro favor y devolviendo humanidad (“la fuerza del dedo de Dios”, ha dicho, devolviendo vida, libertad y humanidad a un pobre hombre en poder del mal).

Sí, el mal existe, es oscuro y pesado; y el mal moral en su máxima expresión: el pecado. Es más: puede con nosotros; por eso, Jesús nos ha enseñado a orar: “Padre…no nos dejes caer en la tentación.” (Lc 11, 2.4). El Padre no nos abandona. Su poder bueno sabe abrirse camino, entrar por los entresijos enmarañados de nuestra vida y liberarnos del mal.

Su palabra, sus gestos de cercanía y, sobre todo, su persona “pueden” con el mal que deshumaniza.

Nosotros también contemplamos a Jesús con aquella mujer -decíamos- y no podemos dejar de “piropear” a la mujer madre que lo aceptó libremente en su vientre y lo alimentó con la leche de su humanidad.

Hoy, nosotros como Iglesia diocesana, saludamos así también a María.

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Jesús retruca a la mujer que lo ha piropeado: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 27). Y esa bienaventuranza que le sale de adentro es para nosotros, pero también alcanza a la mujer que, antes que nadie, la ha vivido a puro Evangelio.

Y Jesús no se enojará si, tomando de sus labios y de su corazón esa preciosa bienaventuranza, nosotros la hacemos nuestra, agregando lo que tenemos esta tarde en el corazón y refiriéndola explícitamente a María.

Es casi como una oración. Es, realmente, una plegaria a María

Sos bienaventurada, Madre, porque has dejado crecer en vos -en tu vientre y en tu corazón- la Esperanza de Dios.

Y la has has alimentado, escuchando cada día la Palabra de Dios, en el silencio de tu oración, en la contemplación amorosa de Jesús, el hijo que crecía en tu vientre purísimo y que aprendió a decir Abba, tomando esa ternura de tus labios y de tu corazón.

Esa Esperanza ha crecido también en tu vida, cuando, movida por el Espíritu, sin demora, has acudido a servir a Isabel como humilde servidora. Has comprendido así que el Padre de Jesús, el Hijo bendito de tu vientre, es Padre de los pobres, el Dios que siempre está del lado de los humildes, de los oprimidos, de los hambrientos y descartados. Él es su mayor riqueza y esperanza.

Por eso, no podemos dejar de suplicarte: enseñanos a nosotros, torpes y mundanos, a alimentar esa misma esperanza en nuestros corazones.

Por eso, educanos en la escucha cotidiana de la Palabra que nos ilumina, nos hiere moviéndonos a la conversión y nos salva.

Pero, sobre todo, enseñanos a llevarla a la vida, a vivir el Evangelio, porque solo en ese terreno concreto, por momentos árido, pero también ávido de fecundidad, puede crecer la semilla del Evangelio.

Solo cuando, con vos y como vos, vivimos el Evangelio terminamos de comprenderlo, de apreciarlo en toda su verdad y nos dejamos llevar por el Espíritu que la Palabra trae a nuestra vida.

Porque la escucha de la Palabra solo culmina cuando se hace gesto, actitud, sentimiento y vida. Pero, sobre todo, cuando la comunicamos a otros para que compartan nuestra esperanza y la alegría que trae consigo.

Así alimentados por la Esperanza que es tu Hijo Jesús, nosotros alimentemos la esperanza en el corazón de nuestros hermanos.

Que nuestra Iglesia diocesana, peregrina de la Esperanza, sea también misionera de la Esperanza que es Cristo y su Evangelio.

Que alimentemos la esperanza en el corazón de los pobres, de los que se sienten solos y desanimados, de los más alejados y pequeños. Si lo hacemos, como vos, vamos a experimentar que, en ese intercambio de esperanzas compartidas, el Dios de los pobres alimenta y robustece nuestra esperanza.

Amén.

Misa por la Patria

Iglesia Nacional Argentina de Roma – 25 de mayo de 2023

A las puertas de Pentecostés. esta es nuestra súplica: “Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.”

Y, en este 25 de mayo, desde este rincón romano teñido de celeste y blanco, imploramos el soplo del Espíritu para la Patria y la Patria grande de América. 

Los argentinos y argentinas necesitamos ese aliento vivificante para el alma generosa de nuestra Argentina, tan amada y soñada como pensada y sufrida; para la Argentina que se visibiliza de tantas formas, pero también para aquella “Argentina secreta” que evocaba Mons. Vicente Zaspe en días difíciles, la que trabaja, sueña y empuja en silencio la vida. 

¿Brisa suave o viento impetuoso? El Espíritu es libre, dejemos que Él decida. Nosotros perseveremos en la plegaria: “Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.”

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“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Jn 17, 21).

Jesús suplica al Padre para sus discípulos el mismo grado de comunión que viven las Personas divinas. Ese es su “sueño” para la familia de sus discípulos: la Iglesia. Una Iglesia siempre en agonía por la unidad, pero también acicateada por un mundo con hambre de esperanza. 

Inspirándonos en esta oración del Señor, nos animamos a implorar para nuestro pueblo argentino una renovada experiencia de concordia y convivencia.

Sabemos que no podemos trazar una línea directa entre la unidad que Jesús suplica para sus discípulos y la realidad compleja de la sociedad secular. La sana laicidad, que conjuga autonomía y cooperación entre Iglesia y comunidad política, es un principio de civilización que, como católicos, tenemos que cuidar. 

Es garantía de libertad para todos: para los ciudadanos libres y la sociedad plural, para la comunidad política (estado y gobierno) y para la misma comunidad eclesial.

Los ciudadanos tenemos siempre el desafío de buscar el bien común con inteligencia y responsabilidad, a través del ejercicio paciente y arduo de las virtudes de la prudencia y la fortaleza, la justicia y la templanza. A los cristianos, la fe no nos ahorra ese esfuerzo, ni lo sustituye ni invalida; sino que lo inspira, purifica y anima. 

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La comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo está en el centro de nuestra confesión de fe bautismal. Ella es también un modelo inspirador para la construcción del orden social más justo posible, aquí y ahora, siempre desafiante y nunca acabado del todo.

Es la unidad que surge de la comunión, no de mortificar las diferencias, anulando la pluralidad; sino la unión que nace de la integración de personas libres que se reconocen tan diversas como semejantes, iguales en dignidad y llamadas a la fraternidad, la convivencia y la amistad social.

El papa Francisco, con el Evangelio en el corazón y en los labios, le da un precioso nombre: FRATERNIDAD, una patria de hermanos y hermanas en un mundo de hermanos y hermanas. 

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Hace cuarenta años, los argentinos salíamos de la noche oscura de la violencia política, cuyo ápice fue el terrorismo de estado. Y lo hicimos, porque logramos madurar como pueblo y sociedad, con el enorme sufrimiento de muchos, un consenso en torno a algunas grandes verdades compartidas: ante todo, la dignidad de la persona humana, imagen de Dios, y la plena vigencia de sus derechos y deberes; pero, también, la elección de la democracia como sistema en el que prima el estado de derecho, la participación ciudadana y la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas. 

Esos consensos expresaban un sueño común, el que venimos alentando desde el inicio de nuestro camino como pueblo libre. En la Oración por la Patria le hemos puesto palabras de anhelo y de ruego: ¡Queremos ser Nación!

Y hemos logrado mantener ese sueño y esos consensos a lo largo de estos años, superando crisis agudas y momentos de verdadera zozobra. Es un logro del entero pueblo argentino: la democracia es el modo de encauzar los conflictos que forman parte de la vida ciudadana. Su institucionalidad siempre es frágil, perfectible y necesitada de hombres y mujeres -no solo de dirigentes- con vigor moral para sostenerla. Hace cuarenta años elegimos ese camino como pueblo.

La Constitución, ley fundamental de la Nación que tan lúcidamente promovió el beato obispo Mamerto Esquiú, plasma por escrito ese sueño y esos consensos. Ella es un punto fundamental de convergencia de mentes, voluntades y corazones. 

La Argentina de hoy es mucho más diversa y plural que hace cuarenta años. O, tal vez, hoy somos más conscientes de que no podemos perseguir un sueño común, dejando de lado personas, grupos o tradiciones culturales, religiosas y espirituales que han contribuido, de hecho y de derecho, al progreso del país. 

En el núcleo ético de la democracia está la aceptación sin reservas de esta legítima pluralidad de miradas y perspectivas que conviven en el espacio común de la Nación. 

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La Facultad de Teología de la UCA acaba de publicar, recogiendo un pedido del Episcopado, los dos primeros volúmenes de la obra colectiva: “La Verdad los hará libres”. Un tercero viene en camino.

Es una obra formidable. Merece una lectura atenta. Los obispos queremos tomar de ella impulso para seguir buceando en nuestra historia reciente con humildad y genuino profetismo. 

Significa un logrado esfuerzo para revisar nuestra historia reciente, especialmente los años oscuros de la violencia política: cómo vivieron, sintieron y actuaron los diversos sujetos que componen la Iglesia en Argentina, con qué ideas, pasiones y decisiones. Y de una comunidad de creyentes inserta y partícipe de una sociedad atravesada también por enormes tensiones, conflictos e intereses. 

Permite asomarnos al sufrimiento de tantos hermanos y hermanas nuestros que fueron víctimas de aquel espiral de violencia. Como obra científica no juzga, sino que expone los hechos, pero no queda (ni deja) indiferente frente a tanto dolor, cuyas heridas siguen abiertas en cada familia que llora a una víctima o sigue queriendo saber la suerte de sus seres queridos desaparecidos. 

Es un paso decisivo de “memoria penitencial” del catolicismo argentino, y que permitirá a las nuevas generaciones de pastores, laicos y consagrados vivir más evangélicamente el servicio al bien común que brota de nuestra fe cristiana.  

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Así como hemos sostenido en el tiempo la institucionalidad democrática, hemos de reconocer también que tenemos pendiente nuestra deuda más dolorosa: la pobreza que afecta especialmente a tantos niños, adolescentes y jóvenes argentinos. Es decir: el futuro, ya ahora, nos planta cara y nos desafía con agudos interrogantes: 

¿Qué decisiones tomaremos? ¿En qué dirección vamos a caminar? ¿De qué instrumentos echaremos mano? ¿Qué clase de dirigentes políticos, sociales, económicos y espirituales queremos ser? ¿Qué estilo de convivencia vamos a promover los ciudadanos?

La fe cristiana no tiene “respuestas enlatadas” para estas preguntas. Eso sí, nos ofrece la fuerza purificadora de la Pascua de Jesucristo actuada por el Espíritu para no dejarnos ganar por la mediocridad, el sectarismo o la estrechez de miras. 

El Espíritu abre la mente y enciende los corazones para que miremos lejos y en profundidad, mortifiquemos nuestra concupiscencia y nos decidamos por el bien grande de todos, especialmente de las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo.

Por eso, desde aquí, donde el sucesor de Pedro confiesa la fe en Jesucristo con acento argentino y melodía porteña, invoquemos juntos el don del Espíritu de Jesucristo para cada uno de nosotros.

Y que la Virgencita de Luján, vestida de celeste y blanco, nos vuelva a ilusionar con la Patria de hermanos y el bien común. 

Amén. 

Fiesta Patronal Diocesana 2023

Homilía en la catedral de San Francisco en las vísperas de la solemnidad de Nuestra Señora del Rosario de Fátima – Viernes 12 de mayo de 2023

“Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!».” (Lc 11, 27).

¡Qué precioso elogio de esta mujer del pueblo a Jesús! ¡Nos representa a todos nosotros!

Admirada por las palabras sencillas y a la vez tan sabias del Señor, podemos conjeturar que seguramente habrá pensado: cómo será la madre si el hijo es cómo es y habla cómo habla. De tal palo, tal astilla, diríamos nosotros.

Lo cierto es que Jesús hace suyo el piropo de esta buena señora, dándole también un giro de precisión y belleza evangélica: “¡Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican!” (Lc 11, 28).

Ambas bienaventuranzas son justas, acertadas y se reclaman mutuamente.

En las palabras de aquella mujer y, sobre todo, en las del Señor escuchamos el eco de la bienaventuranza que, al inicio del evangelio, le dirigió Isabel, en cuyo vientre había saltado de alegría Juan el precursor: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.” (Lc 1, 45).

María es feliz porque ha concebido y dado a luz a su Hijo, por obra del Espíritu. Porque lo ha amamantado, dándole de su propia vitalidad humana, para que crezca en su cuerpo y en su alma.

Es la alegría que experimenta toda mujer madre, tanto si lo es porque ha engendrado y dado a luz a un hijo de sus entrañas; como si lo ha hecho espiritual y afectivamente, como ocurre en la adopción o en la docencia.

Es la alegría de la Iglesia madre que, predicando la Palabra, a través de la catequesis de iniciación y los sacramentos que la coronan, engendra hijos e hijas para el cielo. Es la alegría de preparar, cada domingo, la mesa del banquete de bodas del Cordero, a la que nos acercamos con fe para alimentarnos con el Pan de los ángeles que los es también de los peregrinos.

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María es bienaventurada porque ha aprendido a escuchar la voz de Dios con tal calidad de escucha, que esta es inseparable de su vida: escucha y pone en práctica.

Solo cuando el Evangelio es llevado a la vida concreta, a los sentimientos y pensamientos, a las opciones que determinan la vida, a las actitudes y a los hechos, terminamos realmente de escuchar la voz de Dios.

Solo el Evangelio vivido -las bienaventuranzas, el amor al prójimo o el servicio a los pobres, por ejemplo- nos permite escuchar realmente la voz de Dios.

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Nuestra Iglesia diocesana sigue transitando su camino sinodal. Juntos estamos comenzando a caminar la ESCUCHA de la Palabra del Señor.

Es tiempo de oración y de profunda docilidad al Espíritu.

Es tiempo también de una fuerte gracia de conversión: escuchar y llevar a la vida.

María viene a caminar con nosotros, a alentar nuestra esperanza y a enseñarnos el arte de la escucha con el corazón en ascuas.

¡Hay tantas voces dentro y fuera de nosotros! ¡Tantas voces en la Iglesia, en el mundo, en nuestro interior! En ocasiones son susurros sugestivos; otras veces, gritos desgarradores o insultos que nos dejan inquietos. Quisiéramos ser parte de un coro armónico, pero, en demasiadas ocasiones terminamos viviendo en un caos de bulla y desorden.

Sin embargo, el Espíritu Santo, como la brisa suave que acarició los oídos de Elías, se sigue haciendo sentir en medio de todo ese ruido.

Solo quiere de nosotros que seamos como María. O que nos dejemos conducir por nuestra Madre y también maestra espiritual para que abramos los oídos para escuchar su voz.

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En la Carta pastoral de inicio de año les proponía tres dimensiones de la única escucha de la voz del Señor: la oración contemplativa, la escucha de los hermanos y, de manera especial, la escucha de los más alejados.

María nos ayuda a transitar esos senderos, a entrar en esa experiencia intensa de escucha.

Como buena catequista y maestra de coro, nos enseña a afinar el oído para que escuchemos la armonía completa, y no nos perdamos toda la riqueza de la voz del Señor.

Tenemos que motivarnos mutuamente para entrar en esta dinámica de escucha. Es posible que nos hayamos acostumbrado a hablar, a responder, a refutar o contradecir, más que a escucharnos unos a otros.

En breve vamos a entrar en el camino bello, pero también exigente de la “conversación espiritual”.

Lo haremos en distintos momentos, respetando el ritmo de nuestro propia andar y ayudándonos a caminar juntos también en esta experiencia espiritual.

La conversación espiritual supone, ante todo, la hondura de nuestro propio camino de fe, de nuestra perseverancia en la oración contemplativa, silenciosa y prolongada. Sin esta experiencia de base será muy difícil avanzar.

Supone también el gusto por el silencio, tan complicado en el mundo de ruidos en el que vivimos y en el que nosotros mismos nos sumergimos. El silencio exterior e interior es imprescindible para toda forma de escucha y discernimiento, tanto personal como comunitario.

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Entramos a este camino de Iglesia-familia en un tiempo muy duro para nuestro pueblo. A cuarenta años de haber salido de la noche oscura de la violencia política y el terrorismo de estado, el modo cómo hemos llevado adelante nuestra democracia tiene muchas deudas.

Es lógico que estemos insatisfechos con nosotros mismos y con nuestros dirigentes. El empobrecimiento de la política argentina con sus gritos y liviandad corre pareja con la pobreza que angustia a tantas familias y, sobre todo, a niños y adolescentes. El futuro nos planta cara.

El desánimo golpea la puerta, y con él, el peligro de dejarnos nuevamente llevar por arrebatos. Como discípulos de Jesús no tenemos escapatoria: aquí y ahora tenemos que vivir la radicalidad del Evangelio que nos invita a la reciedumbre de la esperanza.

Como escribía en los duros años setenta el siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio: “Jesús no anula los tiempos difíciles. Tampoco los hace fáciles. Simplemente los convierte en gracia. Hace que en ellos se manifieste el Padre y nos invita a asumirlos en la esperanza que nace de la cruz.”

De la mano de María, que camina con nosotros y alienta nuestra esperanza, dispongámonos para toda obra buena.

Amén.

Misa crismal 2023

Homilía en la catedral de San Francisco, jueves 30 de marzo de 2023

“Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra. Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.” (Ap 1, 5-6).

Estas palabras de la segunda lectura reflejan la experiencia de una comunidad orante que celebra a Jesucristo. Reconozcámonos en este icono luminoso del Apocalipsis. Esta tarde, como Iglesia diocesana, reunidos para la liturgia de la Misa crismal, somos pueblo sacerdotal y misionero, a punto de entrar en la celebración anual de la Pascua.

A las comunidades cristianas, a los grupos de liturgia y canto, a los ministros y sacerdotes que, en los próximos días darán lo mejor de sí para que celebremos con alegría la Pascua de Jesús, vaya nuestro reconocimiento y aliento por este servicio a la fe que enriquece nuestra vida. La celebración litúrgica es la fuente y culmen de la obra evangelizadora de la Iglesia.

Con los ángeles y los santos, con toda la Iglesia peregrina y penitente vamos a confesar, allí donde celebremos esta Pascua 2023: “El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.” (Ap 4, 12).

Es el Espíritu el que nos conduce en este arte de celebrar. Él es el Catequista que obra en las almas de los fieles, tanto de los ministros que presiden como de los bautizados que participan activamente de la celebración. Unos y otros somos el Cuerpo del Señor que celebra, adora, alaba y suplica en sintonía sinodal. Nunca la Iglesia es más sinodal que cuando se reúne entorno al altar. Los óleos y el Crisma que estamos a punto de bendecir simbolizan y comunican esa acción del Espíritu Santo en las almas de los fieles y en la vida de cada una de nuestras comunidades.

Es el Espíritu el que nos hace comulgar a todos, respetando nuestra idiosincrasia, integrando en la unidad, dones y carismas, vocaciones y servicios. Él une sin suprimir y armoniza sin mortificar las diferencias. Él nos ayuda a sumar armoniosamente nuestras voces a la vida eclesial. Nos da aquella “hondura espiritual”, condición indispensable para que la acción pastoral sea realmente fecunda.

***

Como Iglesia diocesana en camino sinodal hemos entrado en la fase de escucha de este viaje hacia nuestro primer Sínodo diocesano.

Jesús está en medio de nosotros, como aquel día en la sinagoga de Nazaret. Él abre el libro de la Palabra y nos invita a reconocerlo como Ungido para llevar la buena noticia a los pobres. Es a Él a quien queremos escuchar. Con la Oración del Sínodo invoquemos su Espíritu, para que no nos dejemos atrapar por nuestros prejuicios y obsesiones, nuestra ignorancia y nuestras cegueras.

Que el Espíritu Santo reavive en nosotros la unción bautismal que nos hizo Pueblo sacerdotal. Con humildad, perseverancia y paciencia, emprendamos el camino de la escucha. Se trata de escuchar su voz en todas las voces a través de las cuales se hace oír en medio del ruido que nos rodea.

En este punto, permítanme indicarles un acento especial de esta escucha del Señor. Agudicemos nuestro oído para escuchar al que nos habla desde las periferias, desde el rostro de los pobres, desde las llagas de tantos hermanos heridos por la vida.

Nuestra diócesis es una bella red de comunidades, personas, carismas y ministerios. Sin embargo, por diversos factores culturales, e incluso por prejuicios poco evangelizados, nos falta todavía para ser una “Iglesia pobre y para los pobres”. Tenemos que dar pasos de conversión misionera. También para esta escucha hemos de dejarnos llevar por caminos nuevos, ligeros de equipaje y disponibles.

En breve esperamos que se ordenen los primeros diáconos permanentes para la diócesis. Venimos haciendo un gran esfuerzo para ello. Nos tenemos que preguntar también qué pasos tenemos que dar para recorrer el camino de los ministerios laicales: varones y mujeres que, como desarrollo de su bautismo y confirmación, reciben los ministerios del lectorado, del acolitado y de la catequesis para la animación de nuestras comunidades.

El desafío más grande, sin embargo, es cómo activar en cada bautizado la conciencia viva de ser discípulo misionero del Evangelio. Y cómo esto repercute concretamente en la pastoral ordinaria de nuestras comunidades, en nuestra cultura de la comunión y en nuestro ardor misionero.

Estamos en camino sinodal para evangelizar, compartiendo la Esperanza que es Cristo con todos, no para engrosar la burocracia clerical. El camino sinodal tiene que reavivar el fuego del Espíritu para que seamos -parafraseando a san Alberto Hurtado- “fuego que enciende otros fuegos”.

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Queridos hermanos presbíteros: en breve, renovarán las promesas de la ordenación. La “escucha” está en la raíz de nuestra vocación. Hemos escuchado la llamada del Señor y nos hemos entregado a ella. No nos pertenecemos: hemos sido expropiados para pertenecerle a Él y a aquellos a los que nos envía. El ministerio nos impulsa a la escucha, porque nuestra vida se juega en hacer, no nuestro querer, sino su Voluntad.

Por eso, como Presbiterio diocesano, estamos al servicio de la fe del Pueblo de Dios en esta Iglesia diocesana. Escuchemos entonces, con hondura espiritual y apertura de corazón, la voz del Señor que nos sigue llamando y enviando.

Que María, la Virgen de la escucha y de la libertad que da el Espíritu, nos ayude a todos a vivir con “espíritu mariano” este camino eclesial de conversión y misión.

Amén.

Diez años de la elección del papa Francisco

Homilía en la catedral de San Francisco – domingo 12 de marzo de 2023

Los evangelios nos muestran a Jesús involucrado en distintas situaciones, interactuando con diversas categorías de personas y grupos. 

En algunas de estas ocasiones, los evangelios nos muestran un rasgo muy poderoso del Señor: sabe arrancar del corazón de sus interlocutores las plegarias más bonitas, hondas y auténticas, para nada formales o mecánicas.

Los que fatigamos cada día los caminos de la oración lo sabemos bien, porque nos ha pasado a nosotros. Al menos, alguna vez, el Evangelio tocó de tal manera nuestra alma que no pudimos refugiarnos en la formalidad superficial de nuestras piedades. 

Caímos vencidos por ese amor absoluto, incondicional y desafiante que nos miró a los ojos y nos puso contra las cuerdas. 

Es lo que le ocurrió a aquella bendita mujer samaritana que encontró sentado en el Pozo de Jacob a un Jesús fatigado y sediento. 

Bastó aquel: “Mujer, dame de beber”, para que se iniciara un diálogo de salvación que, en su momento culminante, despertó la bella plegaria que escuchamos: “Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla” (Jn 4, 15). 

El diálogo derivará luego, como nos narra el evangelista, hacia un territorio nuevo. En palabras de Jesús: “Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.” (Jn 4, 23). 

Queridos hermanos y hermanas:

Reconozcámonos en esa mujer. Ella es cada uno de nosotros. Es la Iglesia. Es la humanidad.

Reconozcámonos en su sed, en su deseo de agua viva y de encontrar el manantial inagotable de esa vida verdadera. 

Pero también reconozcámonos en su dificultad para ser fiel al único esposo que realmente merece ser adorado con toda el alma y el corazón. 

¡Cinco maridos llegó a tener aquella samaritana!

Ni la juzguemos ni nos escandalicemos. Esa dificultad para mantenerse unificada en el amor es también nuestra experiencia más honda del poder disgregador del pecado que nos habita y nos inclina a la idolatría de lo que no es Dios. 

Somos así. También nuestra comunidad cristiana, nuestra propia Iglesia diocesana. Por eso, nos urge aprender a orar y a adorar como aquella mujer. 

***

En las intensas jornadas que antecedieron al cónclave de 2013, los cardenales reunidos en Roma afrontaron muchas cuestiones del estado de la Iglesia en aquel momento. Pero, una entre todas, emergía con fuerza. Y era la razón de que ellos estuvieran precisamente allí. Darle respuesta concreta era su misión indelegable: ¿Cómo debía ser el sucesor de Benedicto XVI, el vicarius Petri? 

Una pregunta que, puesta delante del fuego abrazador del Espíritu, tenía que desembocar en un nombre concreto. Terminó siendo el del arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge M. Bergoglio. 

Él también había intervenido en las reuniones a que aludíamos. Le tomó tres minutos y medio dar su visión. El entonces arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega y Alamino se hizo del texto, manuscrito en la diminuta letra de Bergoglio. Lo leo íntegro a continuación:

– Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia.

– “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI).

– Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.

1.- Evangelizar supone celo apostólico.

Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.

2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. la mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico.

En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.

3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros.

Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí.

Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.

4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”. 

El futuro papa: un contemplativo de Jesucristo, que lo adora en Espíritu y en Verdad. Si tuviera que elegir una imagen para resumir estos diez años del papa Francisco, sin pensarlo demasiado, elegiría aquella que pudimos ver el 27 de marzo de 2020 y que, precisamente, refleja esto que él mismo proponía como misión del nuevo obispo de Roma: el mundo en pandemia, la Plaza de San Pedro desierta, bajo el cielo encapotado de Roma y la blanca figura del papa presidiendo aquel momento extraordinario de oración. 

¿Qué nos dice esa foto? ¿Qué mensaje desde el corazón del Evangelio nos sigue transmitiendo?

Aquella tarde, siguiendo la oración del papa por un mundo en pandemia, pudimos ver, al menos por unos instantes, la verdadera naturaleza del poder que detenta el sucesor de Pedro. Es el poder inerme de Jesús crucificado del que brota la resurrección. 

Aquella tarde vimos a un obispo de Roma entrado en años, frágil en su andar, desarmado de poder mundano con sus estrategias y picardías, pero testigo del Crucificado, la verdadera esperanza del mundo. Parecía solo, como perdido en la inmensidad de San Pedro, pero la columnata del Bernini simbolizaba más que nunca el abrazo de millones que estaban ahí con él. 

Lo vimos escuchar con nosotros el Evangelio de la tempestad calmada, y comentarlo con sabrosa sabiduría. Lo vimos así adorar al verdadero Señor de la Iglesia en la humildad del Pan eucarístico. Lo vimos orar ante la imagen del Crucificado. 

Que esa imagen nos lleve a nosotros al Pozo de Jacob, donde Jesús nos espera para darnos el agua viva de su Espíritu, abriendo en nosotros mismos ese torrente de agua que salta hasta la vida eterna.

Y que nos impulse a salir del encierro de nuestra autorreferencialidad, al decir del papa Francisco.

El camino sinodal que transitamos nos lleve en esta dirección: a Cristo y a los hermanos. 

Así sea. 

Eucaristía por el Papa emérito Benedicto XVI

Catedral de San Francisco – Miércoles 4 de enero de 2023

“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14, 13).

Hacemos nuestra esta hermosa bienaventuranza del vidente del Apocalipsis para despedir al obispo emérito de Roma, quien fuera Papa con el nombre de Benedicto XVI.

Es uno de los que ha muerto en el Señor, como señala con solemnidad el Apocalipsis.

Según los testigos, antes de entrar en la agonía, pronunció su última confesión de fe. Como no podía ser de otra manera, en su lengua materna alcanzó a decir con un hilo de voz: “Jesús, te amo”.

Confesó así, con la simplicidad de un niño, el señorío de Cristo sobre su vida, de la única manera que es posible hacerlo: como una experiencia honda de amor que toca y determina la propia vida.

Amor recibido que se vuelve amor devuelto en la hora postrera.

Joseph Ratzinger/Benedicto XVI vivió en primera persona aquel diálogo de amor entre Simón Pedro y Jesús resucitado a orillas del mar y después de la pesca milagrosa.

También allí se escucharon palabras de amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?… Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Jn 21, 15.17).

Y el amor dio paso a la misión, alcanzando la dimensión honda del seguimiento que configura por dentro la vida: Simón Pedro, el pescador quedó atado a su Señor en la vida y en la muerte: “Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras… Tú sígueme.” (Jn 21, 17-18.22).

Por eso, la promesa que Jesús hoy nos hace escuchar de nuevo para alentar nuestra esperanza, se ha cumplido en la vida de su humilde servidor José/Benedicto: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 26).

Joseph Alois Ratzinger nació un sábado santo, el 16 de abril de 1927. Y, como a él mismo le gustaba recordar, recibió el bautismo con las aguas recién bendecidas en la Vigilia Pascual. Y emprendió la etapa final de su viaje como peregrino durante la octava de Navidad.

La encarnación y la pascua de Cristo envuelven su vida, su peregrinaje y su misión. Él lo enseñó con erudición académica, pero, sobre todo, lo propuso como un testigo alcanzado por dentro por la luz del amor: solo la amistad con Cristo nos abre las puertas de la vida.

De todas las formas que lo dijo o escribió, elijo aquí unas frases de la homilía del inicio de su ministerio petrino que he vuelto a releer en estas horas y que los invito a saborear. Están dirigidas a los obispos, pero valen para todos nosotros, discípulos misioneros del Evangelio:

Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida.

No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. (24 de abril de 2005).

La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

Hoy damos gracias al Señor por su servidor Benedicto, porque a través de él, Jesús ha seguido colmando de alegría el corazón de los hombres y mujeres el mundo, entre los que nos contamos.

El pueblo sencillo, al que sirvió por encima de todo, lo ha comprendido. Por eso, por estas horas, un interminable torrente de personas ha pasado delante de sus despojos mortales en San Pedro para despedirlo y pronunciar un “gracias” coral por el celo de este pastor “en el anuncio del Evangelio, en el sostenimiento de la racionalidad del creer, en el ofrecer a todos la certeza de que podemos encontrar a Cristo también hoy por los caminos del mundo y de que el cristianismo no es una doctrina abstracta, sino un encuentro con el Resucitado”, como  ha escrito un periodista italiano.

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“¡Felices los que mueren en el Señor! Sí –dice el Espíritu– de ahora en adelante, ellos pueden descansar de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap 14, 13).

¿Qué obras acompañan a este humilde trabajador en la viña del Señor ahora que ha cruzado el umbral de la muerte?

Solo Dios lo sabe, aunque nosotros somos testigos de muchas de ellas.

En estas horas se destaca, sobre todo, el espesor de su condición de teólogo: el último gran teólogo vivo del Concilio Vaticano II. Uno de los diez teólogos católicos más importantes de este tiempo.

Y no nos equivocamos. Ahí están los tomos de su Opera Omnia, todavía incompleta en su publicación. Ahí está su pasión por los Padres de la Iglesia, especialmente por san Agustín. Ahí está también su diálogo con la modernidad que se resolvió siempre por esa fecunda circularidad entre la fe y la razón abierta a toda la amplitud de la realidad y, por eso, sedienta de Dios y de su Palabra.  

Algunos han destacado también su renuncia al oficio petrino, cumplida hace casi diez años. Es verdad también, a condición de que la interpretemos como corolario de una vida fecunda, porque la resume y muestra toda su grandeza.

Bordearíamos el cinismo si nuestra valoración de ese gesto lo redujera a una mera salida de escena ante las dificultades: lo mejor que pudo haber hecho es renunciar.

Como él mismo indicó: no renunció para huir de una crisis o un problema, sino cuando la serenidad del corazón y de la vida eclesial le dejó libre el espacio para cumplir ese humilde y gigantesco paso.

No me siento, sin embargo, de explorar ninguno de esos dos caminos.

Me permito solo enunciarlo así: las obras que acompañan a Joseph Ratzinger/Benedicto XVI son las que lo cualifican como un verdadero “Maestro de la fe” y, por eso, un “Maestro de la vida”.

Todos nos entendemos: cuando hablamos de la fe, hablamos de la vida. Porque la fe cristiana es ese modo tan característico de estar radicados en la vida concreta desde Cristo y hacia Cristo.

Que nos lo diga él mismo con las que tal vez sean las frases más célebres y certeras de su pontificado:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Encíclica Dios es amor, 1).

Creo que no nos equivocamos si vislumbramos en este párrafo el secreto más precioso que fue creciendo en el corazón de aquel niño nacido en la católica Baviera y que, paso a paso, fue descubriendo el Rostro de Cristo y éste le fue conquistando el corazón, la mente y la libertad.

Casi a las vísperas de la solemnidad de santa María, madre de Dios, este buen servidor pronunció su definitiva confesión de fe y amor a Jesús, el hijo de María.

Él, que amó tanto la “sobria embriaguez del Espíritu” en la Liturgia, nació a la vida de la gracia y a la eternidad arropado por los tiempos litúrgicos más significativos de la madre Iglesia.

A la santa Madre de Dios le encomendamos su alma, confiando en su misericordia y bondad.

Nosotros, un poco tristes y nostálgicos, pero reconfortados por su testimonio, solo nos resta decir: ¡Gracias, Señor, por regalarnos este Maestro de la fe y de la vida!

Y que nuestra gratitud se convierta en compromiso: Sí, querido Benedicto, con tu testimonio nos mantendremos firmes en la fe, sin dejarnos confundir en esta hora de la historia, tan fascinante como incierta.

Amén. Así sea.

Los pastores

Homilía en la Misa de Navidad en la catedral de San Francisco – 25 de diciembre de 2022

Acabamos de escuchar las lecturas de la Misa de la aurora de este día de Navidad. Es también llamada: la “Misa de los pastores”, por el protagonismo que tienen en el evangelio.

Les propongo que nos identifiquemos con ellos, que nos veamos reflejados en su apertura al anuncio que han recibido y en el doble movimiento que nace de ahí: ir hacia Belén y retornar alabando y glorificando a Dios.

En definitiva, ese es el movimiento interior de la fe: nace de la escucha, nos pone en movimiento hacia Cristo y nos colma tanto el corazón que se transforma en canto de alabanza, de adoración y acción de gracias. 

En la Navidad, tal como nos la relata el evangelio, queda de manifiesto el “estilo de Dios”. 

Él convierte a unos humildes pastores en los primeros evangelizadores, en misioneros, en acreditados intérpretes del designio de Dios. 

Tan es así, que la misma madre del Señor ha de escuchar dócilmente el anuncio que le hacen los pastores y quedar rumiándolo en su corazón de discípula. 

María no solo tuvo que obedecer la voz de Dios que le llegó por Gabriel, el mensajero divino. Tuvo también que hacerse discípula obediente de esos pobres campesinos que, contra todas las apariencias, resultaron ser también mensajeros autorizados de Dios. 

Contemplando a Nuestra Señora que se hace humilde catecúmena de los pastores, nos podemos preguntar quiénes hoy, en la comunidad cristiana, son los “humildes pastores” que nos enseñan por dónde pasa el designio de Dios en nuestra vida. 

Escuchar lo que Dios hace en el corazón de las personas, de las familias, de los pobres. Cómo hace crecer a Cristo en sus corazones. 

Entonces, antes de imitarlos, pongamos a escuchar lo que ellos nos enseñan.   

Podés preguntarte quién de tu entorno sea el más parecido a estos pastores, el menos pensado como «vocero» del Evangelio. A ese, prestale atención, dale tu tiempo y tu oído.

Entonces sí, imitémoslos en la actitud profunda de escucha cotidiana de la Palabra de Dios, en el deseo de reconocer a Cristo en los signos más humildes que nos ofrece y en compartir con los demás lo que nosotros hemos oído y visto. 

Si lo hacemos, a nosotros como a ellos, el Espíritu nos colmará el corazón de alegría y seremos los mejores misioneros. No tanto por hacer el propósito de ser misioneros, sino por el desborde del corazón: no podremos ocultar lo que hemos visto y oído, lo que ha llenado de esperanza y alegría nuestros corazones. 

Los pastores del evangelio, como María y José, ante todo, basan su fe en el silencio que escucha, medita y rumia la vida hecha Palabra. 

Esa es la actitud de fondo para vivir esta Navidad…