La Navidad del Jubileo de la Misericordia

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Esta es la Navidad del Jubileo de la Misericordia.

Es inevitable, por tanto, que contemplemos al Niño Dios bajo el precioso prisma de la misericordia divina.

Allí en Belén, en ese niño que María acaba de dar a luz, envuelve en pañales y recuesta en el pesebre, aparece visiblemente la misericordia, la compasión y la ternura de Dios.

Dios ha querido dejarse ver por nosotros: “Porque la gracia de Dios -nos anuncia Pablo-, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado”, (Tit 2,11).

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Se ha viralizado en estos días un corto navideño de una conocida empresa británica que, cada año, para fechas significativas como ésta, da a conocer algunos videos de fuerte impacto.

Este que comento ha tenido veintitrés millones de visualizaciones en YouTube. Se llama: “The man on the moon” (El hombre en la luna: https://youtu.be/wuz2ILq4UeA).

Obviamente, es un relato de fantasía. Pero, justamente por eso, tiene una fuerza especial para decir algunas verdades bien reales.

Una niñita ve con su telescopio a un anciano que vive solo y triste en la luna. Ella lo ve, él no, porque no puede. No tiene cómo.

Como regalo de Navidad, la jovencita, conmovida por lo que ella sí ha visto, le hace llegar un largavista y, así, ambos pueden verse a los ojos no obstante la infinita distancia.

El corto termina con la frase: “En esta Navidad, muéstrale a alguien que lo amas”.

No tiene un contenido religioso explícito, es cierto. Pero cuando los seres humanos no cerramos la puerta a los sentimientos más puros y a las verdades más hondas, todo queda transparente a la Presencia de Dios.

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El misterio de la Navidad nos habla de un Dios que ha querido hacerse ver visiblemente por su criatura más querida: el ser humano que, como aquel viejito del relato, está lejos y sin capacidad de mirarlo a los ojos.

Ha querido que nos dejáramos mirar por los ojos del Niño de Belén y que pudiéramos mirar a los ojos del divino Infante y, de esa manera, ha purificado nuestros propios ojos, volviendo más limpia nuestra mirada para ver la vida. Para verlo y reconocerlo, a Él, que es la fuente de la vida y la alegría.

El Dios eterno y omnipotente, providente, sabio y compasivo, ante cuyos ojos está patente todo lo que es, lo que era y lo que será, ha querido también vernos con ojos humanos de ese Niño que comienza a abrirse a la vida.

Así nos ha mostrado su amor, pero también nos ha indicado un camino a recorrer. Un camino de salvación y de paz.

Pensémoslo un poco.

El odio enceguece y encierra, ensimismándonos y enrareciendo el aire que respiramos. Todo se vuelve tóxico.

El que se ha dejado inocular el veneno del odio, la envidia, el rencor, la violencia o la venganza es, normalmente, un ser humano triste, solitario, gris. Un vagabundo que se arrastra por la vida, cuya única forma de relacionarse con los demás suele ser la agresión, el rebajar a los demás (el “bardeo”, como se dice ahora).

Solo ve enemigos, adversarios, traiciones y amenazas. Vive en la desconfianza que lo hace todo más pesado y difícil.

Pero: “un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado” (Is 9,6). Se ha hecho la luz.

Es la mirada pura y diáfana de este Niño la que rompe el clima enrarecido que enceguece al hombre. Eso es el pecado.

Es el Niño que María ofrece al mundo, y al que también contempla José, entre alegre y lleno de preguntas e incertidumbres.

Este año, me ha parecido oportuno entrar al pesebre de la mano precisamente de San José.

La tradición oriental de la Navidad suele representarlo, no como lo tenemos aquí en nuestro pesebre, sino como observándolo todo desde un segundo plano, con los ojos cerrados, la mano izquierda en el mentón, meditando, tratando de comprender lo que vive y las preguntas que se han disparado en su corazón de hombre justo, creyente y cabal.

Está aprendiendo a mirar al Niño y a su madre y, con esa mirada purificada, mirarlo todo desde ese Niño: las demás personas, la vida, los acontecimientos, las propias luchas, fracasos y caídas, la inminente persecución y exilio, la vida oculta de su hijo en Nazaret, su propia muerte.

Queridos hermanos y hermanas: Es Navidad. El Dios compasivo ha querido mirarnos con los ojos humanos de su Hijo nacido de María. Ha querido cruzar su mirada con la nuestra.

Dejémonos alcanzar por esa mirada salvadora de Jesús.

Aprendamos a mirarnos a los ojos y, con la fuerza de la misericordia, alejar de nosotros toda sombra de resentimiento o violencia.

Que San José nos enseñe a contemplar el misterio de Cristo y a mirar así al mundo, a los pobres, a los que esperan que nosotros seamos los ojos de la misericordia de Dios que corona a todos con su amor y su ternura.

Así sea.

 

III Domingo de Adviento – Apertura diocesana del Jubileo extraordinario de la Misericorida

113015_1315_Misericordi1.jpgLa puerta de la misericordia está siempre abierta.

Ese es el motivo más profundo del júbilo de la Iglesia, de aquel gozo, del que dijo Jesús que es el suyo, que comparte con nosotros y que nadie nos podrá arrebatar.

La Iglesia está llamada a ser, en medio del mundo y para la humanidad, comunidad de vida y alegría.

Lo es ciertamente en María, que canta cada tarde con nosotros su “Magníficat”, en los ángeles y en los santos, a cuyo canto de alabanza nos unimos en cada Eucaristía, aunque en ocasiones desafinemos, no tanto con la voz como nuestra vida y nuestro testimonio sea más bien de un peligroso apocamiento.

Pero el júbilo de Jesús vence toda tristeza.

Florece, de manera especial, allí donde más se necesita, como una flor en el desierto.

Eso sólo lo puede hacer el Espíritu Santo, que es el gozo del Padre y del Hijo que se ha volcado sin medidas sobre la humanidad.

Es el gozo de saber que el Padre se ha dado a conocer a los pequeños, manifestándoles su amor y su ternura.

Que su santo Nombre es Paz, Perdón, Reconciliación, Ternura, Misericordia.

En este día, en que, con todas las Iglesias y obispos del mundo, hemos abierto la puerta de la misericordia de nuestra catedral, recibamos con apertura interior la invitación a la alegría que el profeta le hizo a Jerusalén, que el ángel personalizó en María, la verdadera hija de Sión, y que el Espíritu Santo sigue haciendo resonar en nuestros corazones.

También a nosotros, como a Juan el precursor, la palabra de Dios nos alcanza en medio del desierto.

Y esto es muy consolador. Somos hombres y mujeres frágiles, que conocemos el desierto del tedio, la desesperanza y el cansancio de la vida. También el del odio, la bronca o el fanatismo.

Pero el desierto es también, y por encima de todo, lugar de encuentro con el Dios vivo, cuyo fuego quema sin devastar, pues enciende y alegra los corazones, dándoles vigor para vivir.

Es el fuego de su amor, de su ternura, de su misericordia infinita.

Nuestra alegría es contagiosa, pasa de boca en boca, de corazón a corazón.

Esa es una condición indispensable para poder participar del gozo de Cristo: no querer guardar el bien precioso de la alegría cristiana para nosotros mismos, sino hacernos misioneros del júbilo de Dios.

En este Año jubilar, la Iglesia nos invita a renovar nuestra convicción de que la única intención de Dios para con la humanidad se expresa en la palabra sagrada: “misericordia”.

Y hacer de esta, una convicción a compartir, sobre todo con los que más urgencia sienten del bálsamo del perdón, de la caricia de una mano amiga que nos les pide ni exige nada a cambio.

A lo largo del año litúrgico que hemos iniciado vamos a leer el evangelio según san Lucas.

Es precisamente el evangelio de la misericordia, del amor a los pobres, de la alegría que estalla allí por donde pasa Jesús y su Espíritu.

Si lo escuchamos con fe y apertura interior, en la liturgia que nos reúne, pero también en la oración personal que procurar un sabroso repaso del texto sagrado, seguramente vamos a ser transformados por el espíritu que da vida a la letra.

Nosotros mismos vamos a ser transfigurados por el Señor que, precisamente a través de Lucas -médico y evangelista- nos dice: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

Discípulos de Jesús. Hombres y mujeres transformados por la experiencia personal de la misericordia del Padre.

Testigos de la misericordia para un mundo que siente una especial urgencia de ser mirado con los ojos y el corazón purificado por la misericordia de Dios.

En estos meses está terminando de madurar también la actualización de nuestro Plan de Pastoral.

En él se recoge la rica experiencia de vida de nuestras comunidades cristianas. Es la experiencia viva de lo que Dios obra en nosotros, de su pastoreo misericordioso y del impulso misionero de su Espíritu que nos empuja a salir de nosotros mismos e ir al encuentro de nuestros hermanos.

En la experiencia personal de Jesús y de su Iglesia se encuentra una de sus claves fundamentales. Ese encuentro transformante nos permite vivir que Dios se hace cargo de nosotros y nos enseña a hacer lo mismo.

Entremos pues por la puerta de la misericordia y abramos todas las puertas de nuestras comunidades para salir hacia todos, y dejar entrar a todos los que buscan el Rostro del Padre.

Como el hijo pródigo, dejémonos abrazar por el Padre que hace fiesta por la resurrección de sus hijos perdidos.

Como el buen samaritano, hagámonos cargo de los hermanos que están al borde del camino, heridos y agobiados.

¡Dios nos conceda la gracia de una renovada alegría en este Jubileo de la misericordia!

Así sea.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción – Santuario de la Villa Concepción del Tío (8 de diciembre de 2015) – Homilía del obispo Sergio Buenanueva

Estamos en Argentina, en la Villa Concepción del Tío, en el santuario de la «Virgencita». Estamos en casa.

Les pido, sin embargo, que, al menos por un instante, nuestro corazón se vuelva a Roma, a la sede de Pedro.

Hagámosle una visita al Papa Francisco en su casa, y con él saludemos a María.

Esta mañana, el Santo Padre ha abierto la Puerta santa de la basílica de San Pedro, inaugurando así el Jubileo extraordinario de la misericordia.

En realidad, el Jubileo se abrió por anticipado, no en Roma sino en Banghi, la martirizada capital de uno de los países más pobres de África y del mundo: la República centro africana.

No podía ser de otra manera.

La puerta de la misericordia de Dios está siempre abierta. Esa puerta es Jesús, el Señor.

A Jesús lo hemos visto predicar el Reino, curar a los enfermos y expulsar a los demonios. Hemos contemplado asombrados sus gestos hacia los más pobres, su cercanía a los pecadores y alejados. Lo hemos visto abrazar la cruz y resucitar de entre los muertos.

Los evangelistas se esmeran en mostrarlo siempre rodeado de gente que no está bien debajo de su piel: ciegos, tullidos, epilépticos y endemoniados, leprosos, sordomudos, personas rechazas por su entorno, incluso pecadores notorios por sus pecados; en fin, el inmenso mundo de la fragilidad y el dolor humanos. Los desechados, los descartados.

En medio de todos ellos: Jesús, el médico, el buen samaritano, el pastor, el que vino a buscar lo que estaba perdido.

No podemos poner en dudas: leyendo y releyendo el Evangelio, nosotros hemos conocido la misericordia y la ternura de Dios, manifestadas para siempre en su Hijo muerto y resucitado por nosotros.

La misericordia de Dios se manifiesta en toda su belleza especialmente cuando irrumpe en medio del dolor, el límite y la fragilidad humanos, el sufrimiento y la pobreza.

Desde los pobres, el Padre Dios nos sigue mostrando que tiene entrañas maternas de misericordia. Quiere así abrazar y curar a todos los heridos, calmar la sed de los sedientos y resucitar a los que están muertos.

Eso es precisamente la misericordia, el atributo más hondo y santo de Dios: su divina capacidad de hacerse cargo, de salir a buscar la oveja perdida, encontrarla y cargarla sobre los hombros. Y hacer fiesta por ese reencuentro que es resurrección: el amor manso de Cristo gana la pulseada y arranca de los poderosos brazos de la muerte.

Se ha cumplido la promesa a los primeros padres después del pecado: el linaje de la mujer ha aplastado la cabeza de la serpiente, venciéndola definitivamente (cf. Gn 3,15).

Que este Año santo de la misericordia encuentre eco en nosotros. Que nos abramos a la gracia que Dios nos ofrece.

Que nos dejemos curar por la misericordia del Padre y que lo imitemos teniendo también nosotros entrañas de misericordia con todos los que sufren.

Compartamos la fragilidad para conocer desde dentro la ternura de Dios y poder así trasponer juntos la puerta de la misericordia, dándonos la mano unos a otros.

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Ahora sí, dejemos Roma y Banghi y volvamos a este lugar.

Miremos a María, la «Virgencita», la Toda santa, la Inmaculada.

A ella también le gusta verse rodeada de sus hijos más pobres. Ella los reúne, les habla de la ternura de Dios, los consuela y les devuelve la alegría para vivir y servir.

A lo largo de este año, las comunidades de nuestra diócesis han celebrado sus fiestas patronales con el lema: «Iglesia que anuncia y camina».

De alguna manera, este camino celebrativo culmina esta tarde en este santuario que es el corazón espiritual de nuestra Iglesia diocesana.

Mirando a la «Virgencita», tomados de su mano y tras sus huellas, más que nunca, nos descubrimos y nos sentimos «Iglesia que anuncia y camina».

Anunciamos, como María, que la misericordia del Señor se extiende de generación en generación.

Cada vez que una mujer queda embarazada, esa vida que crece en su cuerpo produce toda una revolución, no solo en el físico sino en toda la persona: en el alma, en los sentimientos, en las emociones y en las conductas.

María sintió la misericordia en su cuerpo y en su alma mientras experimentaba la revolución del Verbo de Dios que se hacía carne en su propia carne.

Por eso, ella conoce más que nadie el misterio de la misericordia y ternura de Dios.

La llamamos: «Madre de misericordia y esperanza nuestra».

La Iglesia, como María, experimenta y siente cada día la misericordia de Dios.

Es la Iglesia salvada, purificada y lavada de la suciedad del pecado de sus hijos e hijas.

Es la Iglesia que conoce cómo la misericordia de Dios alcanza a los pecadores, los arranca del poder deshumanizante del pecado y los conduce suavemente a la tierra de la libertad y de la humanidad que es el cuerpo de Cristo.

La Iglesia sabe de la misericordia de Dios porque sabe cómo el bálsamo del Espíritu del Señor va curando y sanando los corazones heridos.

Por eso, la Iglesia de Cristo nunca dejará de anunciar, testimoniar, vivir y hacerse canal de la misericordia del Padre.

Nunca dejará de redoblar su compromiso con la pacificación de los corazones para que el perdón se convierta en cultura entre nosotros: en nuestras familias, en nuestras comunidades cristianas, incluso en nuestros vínculos sociales.

Con María Inmaculada, volvamos a suplicarle al Señor lo que sabiamente implora la liturgia: «que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo» (Plegaria de la reconciliación II).

Así sea.

La ofrenda de la viuda pobre (Lc 21,1-4) Nueva Comisión de Caritas diocesana San Francisco (23 de noviembre de 2015)

Viuda pobre.jpgLes aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie (Lc 21,3)

Hay una fina ironía en la escena que nos pinta San Lucas en este evangelio: como suele ocurrir también entre nosotros, en el templo de Jerusalén habían unas alcancías destinadas a las ofrendas para los pobres.

En la narración del hecho que hace el tercer evangelio, Jesús está atento a las actitudes que se manifiestan en los gestos.

Así, observa a los ricos que dan de lo que les sobra.

Ofrenda algo que, en realidad, no los afecta para nada. Mucho menos mengua la sustancia de sus bienes.

Por el contrario, una mujer que es doblemente pobre (por viuda y por indigente) da materialmente muy poco.

Pero es mucho: no lo que le sobraba sino todo lo que tenía para vivir.

¿La ironía? En definitiva, los pobres son los que más ayudan a los pobres.

Esta mujer es, por eso, uno de los «pobres del Señor», aquellos que son bienaventurados, a quienes pertenece el Reino de los cielos.

Se ayuda realmente a los pobres dando de lo propio, compartiendo de veras la propia vida, exponiéndose al riesgo de perderlo todo.

Este icono de la viuda pobre que ayuda a los pobres dando de su indigencia es una imagen muy oportuna para describir lo que significa Caritas en la vida de nuestras comunidades cristianas.

Esta viuda pobre encarna el espíritu de Caritas.

Gracias a los hermanos y hermanas de la Comisión diocesana que están terminando su período de servicio.

Como el servidor humilde del Evangelio, ustedes han cumplido con lo que se les había encomendado (cf. Lc 17,10).

¿Nuestra recompensa? Ser sencillamente como Jesús servidor, el que dijo de sí mismo: «Yo estoy entre ustedes como el que sirve» (Lc 22,27).

Con algunos miembros nuevos, la nueva Comisión diocesana de Caritas inicia su servicio en nuestra Iglesia particular.

Gracias por haber aceptado la llamada del Señor a través de su Iglesia.

Ustedes representan a los cuatro decanatos de nuestra Diócesis. Hacen así presente la voz de los pobres de los cuatro rincones de su geografía.

Son también testigos de la intensa vida de amor y solidaridad que, día a día y en medio de un ocultamiento que solo ve Dios, anima a tantos hombres y mujeres que, sintiéndose discípulos de Jesús, el buen Samaritano, se hacen cargo del hermano herido que está al borde del camino.

No se olviden de esto.

Su misión en Caritas diocesana es estar al servicio de la pastoral ordinaria de la caridad de nuestras parroquias, colegios, asociaciones y movimientos.

Como obispo, les encomiendo de manera especial el cuidado y la promoción de las Caritas parroquiales. Aquí deben concentrar sus mayores esfuerzos y preocupaciones.

Nuestra Iglesia diocesana está a punto de actualizar su Plan de Pastoral: el centro es Cristo vivo y la fe en Él que transforma la vida. Y, desde este núcleo inspirador, queremos ser una Iglesia «en salida», cercana a la vida de todos los que sufren.

En este contexto más amplio y estimulante, Caritas diocesana y las Caritas parroquiales han de revisar a fondo su lugar como expresión del amor solidario de Cristo y de su Iglesia hacia los más pobres.

La viuda pobre que Dios todo es un icono inspirador de nuestro camino.

María en la Visitación y al pie de la cruz es la imagen más lograda de lo que la Iglesia de Cristo está llamada a ser.

Ella los bendice, los inspira y los acompaña en su misión.

Así sea.