Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 20 de octubre de 2019
Jesús es un orante. Ora y enseña a orar. Contemplarlo en oración atrae, fascina y despierta el deseo de orar como él. Algo acontece cuando Jesús se pone a orar. Algo grande, misterioso también, pero tremendamente decisivo para la vida.
Jesús ora intensamente. Sin embargo, en los evangelios
dice pocas cosas sobre la oración. En realidad, una sola. Es la enseñanza de
este domingo: hay que “orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1).
Cualquiera que se haya animado a la aventura de la oración
cristiana lo sabe por experiencia. Es fácil desanimarse, abandonar la oración o
reducirla a una repetición mecánica de fórmulas.
¿Por qué entonces orar? ¿Por qué hacerlo con perseverancia?
¿Qué buscamos, en última instancia, con la oración?
Orar como Jesús y con Él significa aprender a abrir la
propia vida a la acción de Dios. Más que buscar algún beneficio, lo que
realmente ocurre, cuando la oración va ganando la vida de una persona, es una
transformación cada vez más honda del propio orante.
La oración nos vuelve como Jesús, nos transfigura, asemejándonos
a él. Nos hace más libres, más humanos. En definitiva: más hijos de Dios y más
hermanos de todos.
La oración no cambia a Dios. Nos cambia a nosotros.
«La Voz de San Justo», domingo 13 de octubre de 2019
“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió
atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro
en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 15-16).
No fue solo una curación. Importante, sí. La lepra era más
que una enfermedad. Era un estigma deshumanizante. Ante todo, porque laceraba
el cuerpo, desfigurándolo de forma horrorosa. Pero, mucho más, porque las
convenciones sociales, sancionadas incluso por las Escrituras, imponían una inhumana
forma de vida: en el vestir, en la separación del resto, en ese grito que el leproso
debía hacer cuando veía acercarse a alguien (“¡Impuro! ¡Impuro!”).
Era algo más: la enfermedad excluía al leproso de la
comunión con Dios. Por eso, su curación significaba volver a la comunidad de
los que escuchan la Palabra, alaban, oran y viven en la Presencia del Altísimo.
Para Jesús, las cosas son diferentes. De entre los diez
leprosos curados, uno lo comprende cabalmente. Se ha dado cuenta de que aquel
Maestro al que él y sus compadres heridos invocaron por el camino era algo más
que un Rabí. La potencia que había salido de sus labios y le había devuelto
humanidad venía desde el corazón mismo de Dios. Ese hombre que se encaminaba a
Jerusalén era Dios caminando entre los leprosos del mundo.
Por eso, su retorno es un gesto de hondo significado
religioso: alaba a Dios, llega hasta Jesús y se postra ante Él como Señor y
Salvador.
La misión de la Iglesia no es política. Es hondamente
religiosa, aunque, desde ese núcleo, alcance también la vida social y política
de los hombres. Es hacer posible el encuentro de los leprosos con Jesús, el
Señor. En otras palabras: dejar que Dios libere su potencia transformadora de
la humanidad.
A las vísperas de la canonización del beato cardenal Newman comparto este artículo que publiqué para su beatificación por Benedicto XVI en 2010
Católicos Siglo XXI
El los próximos días, el Papa inicia su visita al Reino Unido. Punto culminante de esta peregrinación será la beatificación de John Henry Newman (1801-1890), el 19 de setiembre en Birmingham.
Se trata de una de las personalidades más interesantes del mundo católico del siglo XIX. En 1845 culminó un proceso espiritual e intelectual que lo llevó del anglicanismo a la Iglesia católica. Está descrito en un libro de lectura imprescindible: “Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas”. Fue creado cardenal por el Papa León XIII en 1879.
Su influjo crece cada vez más, y lo proyecta como expresión acabada de la vitalidad del cristianismo en el siglo XXI. Una personalidad genuinamente católica.
Cito, a continuación, un largo párrafo de su conocida “Carta al Duque de Norfolk”, en la que aborda, entre otros temas, la cuestión de la naturaleza de la conciencia. El n° 1778 del Catecismo de la Iglesia Católica cita una frase de esta obra de Newman, en la que llama a la conciencia “el más genuino Vicario de Cristo”. Las frases que transcribo se encuentran un poco más delante. Dice así:
“La Conciencia tiene derechos porque tiene deberes. Sin embargo, en estos tiempos para gran parte de la gente, el más genuino derecho y libertad de conciencia consiste en hacer caso omiso de la conciencia, dejar al margen al Legislador y Juez, ser independiente de obligaciones no escritas, invisibles. La cuestión ahora es elegir entre adoptar una religión o no adoptar ninguna, ir a la iglesia católica o a la capilla protestante, hacer alarde de estar por encima de toda religión y ser un crítico imparcial de todas ellas. La conciencia es un consejero exigente, pero en este siglo ha sido desbancado por un adversario de quien los 18 siglos anteriores no habían tenido noticia -si hubieran oído hablar de él, tampoco lo hubieran confundido con ella-. Ese adversario es el derecho del espíritu propio, la autonomía absoluta de la voluntad individual…”
«La Voz de San Justo», domingo 6 de octubre de 2019
“Si tuviera fe como un granito de mostaza…”, cantamos
despreocupadamente, inspirados en las palabras de Jesús que leemos este domingo
(Lc 17, 3b-10).
¿Cuál es realmente la espesura de nuestra fe? Entendámonos
bien: cuando decimos “fe”, no nos referimos al mero sentimiento religioso que
postula, sin mayores consecuencias, la existencia de un vaporoso e inocuo Ser
superior.
Al menos, en la súplica de los apóstoles a Jesús (“¡Auméntanos
la fe!”), por fe se entiende lo que enseña la Biblia: tomar en serio al Dios
real, tal como se ha manifestado en la historia. Y confiarse a Él y a su
Palabra, decidiendo desde allí la orientación fundamental de la propia vida.
Este pedido, a la vez humilde y ansioso, nace de escuchar
las palabras de Jesús sobre la inevitabilidad y gravedad de los escándalos,
pero también sobre el perdón: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se
arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas
vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo»” (Lc 17, 3-4).
La figura evangélica de Francisco de Asís, cuya fiesta acabamos
de celebrar, nos ayuda a comprender el real calado de esta súplica y de las
consecuencias que trae para la vida.
Sin Jesús de Nazaret no se entiende a Francisco de Asís.
En el rostro del Crucificado que le salió al paso en San Damián, el joven
Francisco experimentó a un Dios real que, lejos de dejarlo tranquilo, lo
desafiaba a buscar el sentido profundo de su vida. La fe fue para Francisco un
abrirse y confiarse, cada vez más radicalmente, a ese Dios y a su Evangelio
vivido sin glosas.
Y Francisco vivió el perdón, la paz y la fraternidad como nadie
hasta entonces, y, tal vez, tampoco hasta ahora. En él podemos contemplar a qué
grado de calidad puede llegar la humanidad cuando se abre a la fe cristiana. Su
figura nos sigue iluminando.
«La Voz de San Justo», domingo 29 de septiembre de 2019
La parábola de Jesús que escuchamos este domingo tiene un
detalle que no hay que pasar por alto. Se trata del relato del rico que se da
la gran vida, mientras que, a recogiendo las migajas de sus banquetes está el
pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31).
El detalle es este: cuando ambos mueren, Lázaro es acogido en el “seno” de Abrahám. El patriarca bíblico es caracterizado por un rasgo femenino: el seno materno que ha recibido y custodiado la vida de los hijos. Allí el sufrido Lázaro encuentra descanso y consuelo.
El domingo pasado, Jesús nos había advertido que no se
puede servir a Dios y al dinero. Cuando las riquezas se convierten en un dios
al que se le entrega la vida, entre otras cosas, nos roban lo más humano que tenemos:
la capacidad de reconocernos como semejantes, como hermanos.
Dios, en cambio, es un padre con entrañas de madre. Quien
se deja alcanzar por su mirada no puede sino mirar a los demás como hermanos.
Otro detalle: en medio de los tormentos, el rico logra
acordarse de que tiene hermanos. Y se preocupa por ellos: que no les pase a
ellos lo mismo que a él.
El problema no es el dinero. Es el corazón y su capacidad de fraternidad.
Y no hay que esperar: es ahora que tenemos que acordarnos
de que somos hermanos.
«La Voz de San Justo», domingo 22 de septiembre de 2019
“Ningún servidor puede servir a dos señores, porque
aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y
menospreciará al segundo. No puede servir a Dios y al Dinero” (Lc 16,
13).
Jesús es tajante: o Dios o el dinero. En realidad, el
problema no está en el dinero sino en la relación que establecemos con las
riquezas. Jesús pone el acento en el verbo “servir”. Sabemos la importancia que
este verbo tiene para él. Él mismo se presenta como servidor. Así vive, así
entrega la vida y así propone vivir: “no vino para ser servido, sino para
servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).
Servir es entregar la vida. Es amar con la totalidad de
las fuerzas y energías del corazón humano. Solo Dios puede ser servido y amado
de esa manera. Si por alguna razón (inseguridad, miedos o lo que sea), el
hombre intenta servir así al dinero y a sus riquezas, en vez de libertad
encuentra esclavitud. Se deshumaniza. El signo más patente de ese proceso que
corroe al hombre por dentro es la insensibilidad ante el sufrimiento del otro.
En cambio, el que se entrega a Dios libera su corazón para
ubicarse correctamente en la vida. Descubre que es solo un administrador al que
el Creador le ha confiado algunos bienes con un sentido preciso: colaborar con
Él en la edificación de un mundo más fraterno, más vivible y, por eso, más
genuinamente próspero.
En definitiva, es una opción afectiva: a quien servimos, a
quien le entregamos el corazón. Jesús nos hace una propuesta. Cada uno
responde.
Cantado o rezado, el “Santo”
es una parte fundamental de la Plegaria eucarística. Se trata de un himno con
una letra fija. Se debe cantar, por tanto, como está en el Misal:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en Nombre del Señor. Hosanna en el cielo.
Esta versión litúrgica recoge tres textos bíblicos. Para la
primera parte: Is 6, 3 y Ap 4, 9. Para la segunda parte (“Bendito el que viene…”):
Mt 21, 9.
Se lo denomina también: “Trisagio”, castellanización de la
palabra griega que quiere decir: “tres veces santo”. Se trata de un himno
trinitario de adoración y alabanza. Es común a las liturgias latinas,
orientales y también a algunas protestantes. Es un texto ecuménico.
Lamentablemente, entre nosotros se ha vuelto muy usual sustituirlo por cantos que, si bien usan algunas de sus palabras, no respetan el texto bíblico y litúrgico.
Uno de los casos más simpáticos es el que yo llamo con ironía: himno a Zeus, pues solo dice una sola vez “santo”: “Santo es el Señor, mi Dios, digno de alabanza…”.
Algunos de estos cantos son muy hermosos e innegablemente
litúrgicos. Se pueden utilizar, pero no en la Plegaria eucarística. Pienso, por
ejemplo, en aquel cuya letra empieza así: “Santo, Santo, Santo, Dios y Señor
nuestro, canta tu grandeza la hermosa creación…”. Se puede usar como canto procesional
de entrada en las fiestas de los santos o en una adoración eucarística.
En fin. No olvidemos el sabio principio: “lex orandi lex credendi”. Creemos como celebramos.
PS: Sigue siendo importante distinguir entre el Dios cristiano, Padre, Hijo y Espíritu Santo y Zeus… u otros dioses.
Marc Chagall, «La adoración del becerro de oro» (1966)
“Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”
(Ex 32, 4).
Solos en medio del desierto y, aparentemente, abandonados
de Dios y su líder, los israelitas se dejan llevar por el miedo. Necesitan
aferrarse a algo. Y, de ese miedo y esa necesidad de seguridad, nace ese
ternero de metal fundido al que adoran embelesados: “Este es tu Dios, Israel,
el que te hizo salir de Egipto”.
Esta escena bíblica expresa, como pocas, la fragilidad que
es ineludible compañera de camino de todo ser humano. Entonces y ahora. Cuando
semejantes miedos se apoderan de un sujeto o incluso de una sociedad, abren la
puerta a las irracionalidades más grandes. También las más peligrosas. ¿Ante
cuántos “becerros de oro” hemos doblado la rodilla? Prometen libertad, pero
normalmente traen esclavitud, indignidad y deshumanización.
Un hombre, sin embargo, romperá ese hechizo maldito. Es
Moisés. Dios lo ha trabajado con paciencia de artista. Le ha conquistado el
corazón, traspasándole sus propios sentimientos. El diálogo entre Moisés y Dios
que leemos este domingo es admirable. Hay una especie de inversión de roles:
Dios se indigna por la obstinación del pueblo; Moisés, en cambio, parece comprender
mejor la fragilidad de sus hermanos y, con insistente ruego, logra que Dios
aplaque su ira, se arrepienta y dé una nueva oportunidad.
Toda la pretensión de Jesús se puede resumir en esta
magnífica página bíblica: de ahí nacen las parábolas de la misericordia que
escuchamos este fin de semana. Nadie comprende como Dios la fragilidad humana.
Jesús ha venido a decírnoslo. Lo hará con sus parábolas, pero, sobre todo, con
su palabra más fuerte: la entrega de su vida en la cruz. Y, los más
interesados, lo comprenden: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a
Jesús para escucharlo…” (Lc 15, 1).
Y, hablando así, sigue conquistando nuevos Moisés que,
transfigurados por la compasión de Dios, no se amilanan ante las injusticias
del mundo, sino que, una y otra vez, vierten sobre las heridas y los miedos de
sus hermanos el ungüento sanante de la misericordia divina.
«La Voz de San Justo», domingo 8 de septiembre de 2019
“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo… De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc 14, 26-27. 33).
Hay que decirlo todo. El domingo pasado hablamos del buen humor de Jesús. Nos ayudaba a reírnos de nuestras solemnes ridiculeces. Hoy, del sentido del humor pasamos a la desmesura: amarlo más que a todo, compartir su suerte (cargar la cruz) y, por él, renunciar a todo.
Resultan loables los esfuerzos pastorales por hacer accesible y simpática la propuesta de Jesús. Tarde o temprano, sin embargo, habrá que confrontarse con su Persona. Solo entonces se llega al hueso del cristianismo. Y sí. Digámoslo todo y sin vueltas: es una locura. Es definir la vida desde Él.
Una locura. Una desmesura. Una maravillosa aventura.
Una ayudita: Teresa de Calcuta. Esta semana la hemos recordado.
Con otros tres hermanos obispos, tuve la ocasión de pasar
unos días de retiro en la Abadía “Gozo de María” de monjas benedictinas.
Había reservado esta fecha desde inicio del año, a
sabiendas de que, a esta altura del año, ese tiempo más prolongado para orar,
exponerme a la Palabra de Dios y, también, para descansar, era más que
oportuno.
Cada día, con las monjas, compartíamos las Laudes, la
Eucaristía a mediodía y las Vísperas.
Al rezar esta mañana la Liturgia de las Horas, el
responsorio de Laudes evocó para mí estos días vividos: “Te aclamarán mis
labios, Señor, cuando salmodie para ti”.
La Liturgia de las Horas, tal como la celebran las monjas
benedictinas, mantiene la estructura de nuestras horas litúrgicas, pero agrega
más salmos a cada una de ellas. Y son cantados, con ese modo de entonar que,
por encima de todo, subordina la melodía al texto sagrado. La prioridad, como
en toda oración cristiana, la tiene la Palabra de Dios.
Tres reflexiones, a partir de esta experiencia
enriquecedora y exquisitamente bella:
1. Los salmos, como sabemos bien, son oraciones inspiradas
por Dios. Él ha puesto en nuestros labios las palabras con las que quiere ser
invocado. El Dios vivo enseña así a rezar a su Pueblo. Pero, a la vez, esas
oraciones recogen, con inaudito realismo, todas las vivencias, emociones y situaciones
que sacuden el corazón humano, desde el sufrimiento a la acción de gracias,
pasando por la rebeldía ante Dios y la violencia que despiertan los enemigos.
Tres son los protagonistas de esas tremendas oraciones: el salmista (que lo
compuso o quienes nos apropiamos de su oración); los que se oponen a Dios y a
sus fieles (los “enemigos”); y, finalmente, el Dios de todas las plegarias.
2. Los salmos han sido la escuela de oración del mismo
Jesús, tanto en su casa (de la mano de José y María), como en la sinagoga. Al
salmodiar cada día, de modo más reposado y sereno, estos himnos sagrados, me hizo
mucho bien imaginar a Jesús aprendiendo a orar con el Salterio de su Pueblo. Pero,
también, imaginar que este extraordinario orante, haciendo suyas las plegarias
entrañables de su Pueblo, era capaz de ir más allá del más osado orante de Israel:
recitando los salmos, Jesús pudo hacer emerger a su corazón de Hijo y a sus
labios, la oración más cristiana de todas, la que invoca a Dios, llamándolo: “Abba”.
3. Rezados así por la Iglesia, los salmos nos introducen
en la misma oración de Jesús, el Hijo amado del Padre. ¿No es este el misterio
más hondo de toda oración? Entrar en ese diálogo inaudito de amor, de pasión y
de compasión entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Si la oración
cristiana, como bien enseña el Padre Jean Lafrance, es, en definitiva, prolongar
el Padre nuestro; cada deseo o petición allí expresados ha madurado en ese
terreno fértil y generoso que son los salmos de Israel, y, animados por el
Espíritu, nos meten cada vez más en el alma filial de Jesús que, sin cansancio,
repite: el “Abba, Padre, que se haga tu voluntad”.
Como pastor, me toca presidir, moderar y guiar la oración
del Pueblo de Dios en la liturgia. En realidad, voy comprendiendo que este rol
es más bien instrumental: facilitar la docilidad de todos al Espíritu que busca
que lleguemos a la “sobria embriaguez” del que se deja conducir por su Soplo
dulce y tenaz.
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