Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 16 de marzo de 2025 – Segundo domingo de Cuaresma
“Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.” (Lc 9, 28-31).
Ya lo había dicho el salmista: “Miren hacia él y quedarán resplandecientes” (Salmo 34, 6). Es lo que vive Jesús: en medio de la oscuridad del mundo, contempla al Padre, se transforma, resplandece y derrama su luz sobre todos.
El evangelio de este domingo concluye así: “Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.” (Lc 9, 35-34).
Escuchar a Jesús es más que oír palabras. Es abrirnos a su experiencia más honda de Hijo amado, transfigurado por esa comunión con el Padre que sella su alma.
La Cuaresma nos invita a escuchar así a Jesús y a dejarnos transformar por su Espíritu.
Este domingo 16 de marzo recordamos a san José Gabriel Brochero. El secreto de este cura cordobés y santo es ese: entre el rumor del Panaholma y el silencio contemplativo de las sierras, Brochero anduvo con Jesús. Y se le metió en el alma.
Su obra más grande: la casa de ejercicios que edificó para que hombres y mujeres de toda clase y condición entraran también como él en el misterio de la oración que transforma.
«La Voz de San Justo», domingo 9 de marzo de 2025 – 1º Domingo de Cuaresma: Lc 4, 1-13
“Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto.»” (Lc 4, 5-8).
Jesús responde a los engaños del demonio poniendo las cosas en su sitio: solo a Dios hay que adorar. Y quien lo adora encuentra la libertad.
Y esta es la provocación de la Cuaresma: entrar en el misterio de Dios, dejarse llevar por la adoración y la alabanza, vaciar el propio corazón por la humilde práctica de la penitencia (oración, ayuno y limosna) y, por este camino, aprender a ser libres.
Así queremos llegar al a noche de Pascua para pronunciar las dos palabras en las que se juega nuestra libertad: RENUNCIO al demonio, a sus engaños y al pecado; y CREO en el Dios amor que nos hace libres.
Homilía en la catedral de San Francisco – Miércoles de Ceniza 5 de marzo de 2025
Les deseo a todos una buena Cuaresma.
El gesto de recibir las cenizas sobre nuestras cabezas es fuerte.
Sí, somos polvo y al polvo volveremos.
De todos modos, esa expresión tomada de la Escritura, no quiere decir que nuestro futuro sea la aniquilación, volver a la nada, desvanecernos…
Mucho menos que Dios, el Padre de Jesucristo, tenga algo que ver con eso…
Hemos salido de las manos del Creador como un acto de amor, tan incomprensible como gratuito y sorprendente.
La noche de Pascua, sin embargo, vamos a recordar que, mucho más potente que el acto creador es el acto redentor que Dios ha realizado rescatando a su Hijo de los brazos de la muerte.
Como hemos reflexionado tantas veces: la última y definitiva palabra que Dios tiene para nosotros es un imperativo: ¡Resucita!
La Cuaresma nos entrena en ese proceso de resurrección que supone atravesar las “oscuras quebradas” de la muerte: muerte al peso del egoísmo y al pecado que nos separa de Dios y de los hermanos, deshumanizando nuestra vida.
Por eso, emprendamos con alegría, decisión y, sobre todo, con humildad el camino cuaresmal.
Este año jubilar, como peregrinos de la Esperanza, el papa Francisco nos propone “caminar juntos en la Esperanza”.
Nos invita a la conversión en tres aspectos de nuestra vida: convertirnos como peregrinos que no tienen la vida asegurada, como Iglesia que aprende a caminar en comunión y sostenidos por la esperanza en la misericordia de Dios que nos abre a la vida eterna.
Emprendamos entonces el camino de la penitencia, sobre todo, de la penitencia más importante: la interior, la que rompe nuestro corazón de piedra y nos abre a Dios y a los hermanos.
Así sea nuestro ayuno, nuestra oración y la limosna generosa.
Suplicamos la gracia del arrepentimiento del corazón: el dolor por nuestros pecados, el propósito de no pecar más y de huir de las ocasiones próximas de pecados.
Conscientes de nuestra fragilidad, alimentar esos deseos nos acercan al corazón del Dios bueno que aborrece el pecado y ama entrañablemente al pecador.
El evangelio de este fin de semana es fuerte, difícil, imposible… hasta que Jesús nos lleva al fuego que arde en él y que es la clave de todo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso”.
Sean misericordiosos, como ustedes saben, porque lo experimentan cada día, que Dios es misericordia.
El salmo 102 -uno de los más bellos del Salterio- lo dice también: compasivo, misericordioso, no nos trata como merecen nuestros pecados; cuanto dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestros pecados… como un padre es cariñoso…
He pensado mucho en el papa Francisco. Me he conmovido solo en mi casa rezando por él en estas horas…
En la acción de gracias, mientras el Coro cantaba: “Bienvenida tu misericordia, bienvenida tu consolación…”, espontáneamente me han venido al corazón algunas cosas que vengo escuchando por estas horas: personas que, alejados tal vez de la Iglesia, se sienten tocados por Francisco y, a su manera, oran por él.
Pienso en los presos, hombres y mujeres, a los que ha abierto siempre su corazón; pienso en los ancianos y enfermos; también en los pobres que lo sienten suyo de manera especial; pienso en las parejas “así llamadas irregulares”, que han experimentado las caricias de la madre Iglesia; en los jóvenes y no tan jóvenes homosexuales, etc.
Pienso en lo que le dijo a un periodista en 2015, preparando el Jubileo de la misericordia. Cito de memoria: la misión de la Iglesia es mostrar las entrañas de misericordia de nuestro Dios.
En estas horas, otra cuestión me ha impactado y consolado: se ha generado una corriente de cariño, compasión y oración por Francisco en la Iglesia. Incluso personas que no están de acuerdo con él en varias cosas, sin embargo, ahora se sienten -como lo somos todos- parte de esta familia que ora por el “Padre común”.
Es una de las cosas más bonitas de la experiencia de ser católicos. Como decía Don Camillo de sus feligreses: “son un poco rudos, pero con un sentido profundo de la humanidad”.
Es algo que siempre me ha fascinado de ser católico.
En el mundo, y en ese pequeño-gran mundo que es nuestra #Argentina, parecen prevalecer el odio, la palabra deliberadamente ofensiva, la amargura y el juicio condenatorio… todo es un peligroso «acting» de violenta amargura.
Por eso, el evangelio es más urgente que nunca: hacer por los demás lo que queremos que los demás hagan por nosotros; si te hacen mal, te odian o te difaman, hacer el bien…
«La Voz de San Justo», domingo 23 de enero de 2025
Domingo VIIº del tiempo ordinario: Lucas 6, 27-38
“Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes […]»” (Lc 6, 27-31).
¿Qué es más difícil? ¿Poner la otra mejilla u orar por un enemigo?
Quien haya tenido la experiencia de ser gratuitamente agredido o difamado no se siente espontáneamente inclinado a bendecir a su agresor.
“Poner la otra mejilla” es una metáfora: el círculo vicioso del odio solo se desarma cuando una de las partes en conflicto renuncia libremente a responder con violencia a la agresión recibida.
Si el evangelio se redujera a esta página sería una propuesta para unos pocos héroes. Es exigente, por supuesto; pero, antes que mandamientos a cumplir, el seguimiento de Cristo es la experiencia de una gracia que transforma la vida.
Jesús lo resume en estas palabras: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36).
Sean misericordiosos como saben que el Padre es misericordioso, porque lo han experimentado; ese fuego -el fuego de Jesús- está en ustedes, encendido en sus corazones.
De esa fuente brota todo lo demás… también el amor por los enemigos.
En una sociedad que parece dejarse ganar por el gusto por la agresión, Jesús nos invita a ser con Él artesanos de paz.
La delicada salud del Papa Francisco internado en el Gemelli de Roma ha suscitado una corriente de afecto, compasión y oración en todas partes.
En Argentina esta «movida» de oración por el Santo Padre ha sido, en buena medida, espontánea, rápida e intensa.
En estas horas estamos unidos en oración como familia que somos: la familia de Jesús unida por los vínculos sobrenaturales de la fe y la caridad.
Incluso personas o sectores que han mostrado desavenencias con Francisco por diversos motivos (políticos, ideológicos o religiosos) ahora rezan por él con sinceridad de corazón.
Es cierto que, sobre todo, en las redes o en los comentarios de las noticias, aparecen expresiones desagradables, toscas y hasta groseras. Suscitan extrañeza y bronca, pero, en última instancia, despiertan tristeza pues revelan cuanta amargura puede albergar el corazón humano. El mayor daño aquí es autoinflingido: nadie vive bien con semejante resentimiento.
Se puede aplicar aquí lo que el genial personaje de Chespirito afirmaba de la venganza: «Nunca es buena. Mata el alma y la envenena».
Pienso, por el contrario, que este reencontrar unidas rezando por Pedro saca a la luz la belleza de la fe compartida, la nobleza del corazón humano y el Rostro más luminoso del Dios que se complace en «habitar en los corazones rectos y sencillos», como rezábamos el pasado domingo.
«La Voz de San Justo», domingo 16 de enero de 2025
“Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! […] Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»” (Lc 6, 20.24-26).
Este domingo, el evangelio nos confronta con el corazón del mensaje de Jesús: en la historia humana, tormentosa y marcada por la injusticia, Dios es un Padre que siempre estará del lado de los que pierden: los pobres, los hambrientos, los que lloran, las víctimas del odio, de la violencia o la segregación, especialmente por su fe.
He citado por extenso los “ayes”. En labios de Jesús retoman la enseñanza de los profetas: más que una condena, expresan el dolor profundo de Dios cuando ve cómo algunos de sus hijos e hijas matan en sus corazones la compasión por el hermano que sufre.
San Lucas ilustrará de manera magistral esta enseñanza de Jesús en la parábola del rico que banquetea en medio del lujo, indiferente a la suerte del pobre Lázaro.
Leamos con atención este evangelio y dejémonos interpelar por él. Hoy Argentina vive un proceso de transformación, necesario tal vez. Lo cierto es que muchos están quedando en el camino.
Los discípulos de Jesús no podemos quedar indiferentes, excusándonos en altas razones políticas, en las encuestas o los datos del INDEC.
Cada uno mire a su alrededor, mírese a sí mismo y obre en consecuencia… y a conciencia.
Evangelio del domingo VIIIº del tiempo ordinario: Lucas 6, 39-45 – «La Voz de San Justo», domingo 2 de marzo de 2025
“Jesús hizo esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? […] El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca».” (Lc 6, 39.45).
El evangelio de este domingo se abre con esta pregunta de Jesús, cuya respuesta es obvia: no, un ciego no puede guiar a otro ciego; ambos caerán en el pozo. Y termina con esta sentencia llena de sabiduría: todo se juega en el corazón de cada uno; allí puede radicar la ceguera más grande, la que ensombrece toda la vida; allí también está la raíz de todo lo que es bueno.
En otras palabras: cuidá tu corazón; allí es donde Dios te habla, desde esa hondura, Él guía tus pasos; allí está tu mayor tesoro, lo que te hace realmente afortunado.
Mirá entonces un poco a tu alrededor: vas a encontrar a muchas personas así, con el corazón lleno de bondad, que no pueden dejar de expresarlo con palabras, pero, sobre todo, con sus obras.
Nos hace bien mirar así la realidad que nos rodea.
Toda la bondad que hay en el mundo proviene de hombres y mujeres buenos… Y del Dios bueno que sabe trabajar el corazón humano como nadie.
Dios no nos abandona. No nos deja librados a nuestra ceguera interior. Es el Padre de Jesucristo, cuyo Espíritu sondea el corazón humano y sabe llevarlo a la verdad.
Semana Brocheriana 2025 – Sábado 25 de enero – Villa Cura Brochero
Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
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Así como, durante las Misas de semana, hemos comenzado a leer el evangelio de Marcos, siguiendo con los de Mateo y Lucas, y, durante el tiempo pascual, el de Juan; este año, durante los domingos, vamos a repasar casi completo el evangelio según san Lucas.
Es la pedagogía de la Iglesia que nos invita a ser oyentes de la Palabra, como María. Para que la Palabra crezca en nosotros y nosotros con ella.
Dios dirige su Palabra a la Iglesia, y la respuesta de la Iglesia es la fe… y esto es también la oración: escucha, acogida, rumia de la Palabra en la mente, en el corazón, en los labios.
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Comenzamos este precioso viaje espiritual escuchando el inicio del evangelio de san Lucas. Continuará durante el tiempo pascual, con la segunda parte: los Hechos de los Apóstoles.
San Lucas nos ofrece un “relato ordenado”, fruto de un minucioso trabajo de investigación personal y de escucha de lo que otros han escrito y transmitido. Prestemos atención a la finalidad que persigue: “he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.”
Como nosotros, Lucas no ha sido testigo ocular de los hechos y enseñanzas que ofrece su obra. Él ha tenido que escuchar a otros, recoger esta tradición y darle una nueva forma.
Eso sí, es muy consciente de que esta buena noticia, la que otros contaron y transmitieron, y que ahora él mismo actualiza tiene la certeza del designio de Dios que pasa por la persona y la pascua de Jesús.
Como se lo dirá el jovencito Jesús a sus papás desconcertados que lo encuentran en el templo: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). Y, a los de Emaús, el Señor resucitado les dirá algo parecido: “¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” (Lc 24, 26).
Lo que ha hecho san Lucas es lo que, en definitiva, tenemos que hacer como Iglesia y como bautizados: escuchar la Palabra, dejarnos llevar por el río caudaloso de la tradición de la fe, y tratar de comprender el plan de Dios para encontrar nuestro lugar en él y colaborar con él en el tiempo que el Señor nos ha regalado para vivir la fe y la misión.
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Contemplemos ahora a Jesús, tal como nos lo pinta esta primera página del evangelio de san Lucas que escuchamos este domingo: es el Jesús evangelizador, profeta, que va de un lugar a otro, que busca a la gente allí donde está, que comparte con sus hermanos la escucha de la Palabra; pero, sobre todo, es el que está lleno del Espíritu Santo y obra todo esto movido por esa unción que se ha derramado sobre él.
Es la unción que ha compartido con nosotros en el bautismo y la confirmación, que hace de nosotros un pueblo santo y oyente de la Palabra, peregrino y misionero.
En esta Semana Brocheriana 2025 hemos querido contemplar ese misterio de gracia: “Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres– y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.” (1 Co 12, 13).
Reunidos aquí en Brochero, un año más, caminando este Jubileo de la Esperanza, me animo a suplicar, para mí y para cada uno de ustedes, peregrinos; también para nuestras diócesis y para la Iglesia entera; para los curas, los obispos, los diáconos, los agentes de pastoral, los catequistas y misioneros… para cada discípulo misionero del Evangelio:
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“Señor Jesús, cómo nos hace bien contemplarte así: colmado del Espíritu, con la fuerza y el fuego del Espíritu Santo que te mueve desde dentro, que te empujó al desierto, pero también por los caminos de la misión; que te llevó a los pobres, a los enfermos, a los alejados, también a los pedantes y orgullosos, a los que se dejaron ganar el corazón por el dinero -como Zaqueo y los otros publicanos-, que te sumergió en la vida concreta y profana de tus hermanos y hermanas.
Nos hace bien verte así, en medio de los sufrimientos del mundo, para anunciar el año de gracia del Señor, un tiempo de vida, de liberación y de gracia, de perdón y de reconciliación para toda la humanidad.
Y, de repente, nos damos cuenta de que ese mismo Espíritu es el que nos has comunicado en el bautismo y la confirmación, el que anima a tu Iglesia que camina por la historia, el mismo Espíritu que une en la alabanza a la Iglesia peregrina, a la Iglesia penitente y a la Iglesia triunfante del cielo.
Señor Jesús, soñamos con ser, también nosotros, hombres y mujeres del Espíritu, animados por esa fuerza interior que transforma los corazones, que la da agilidad a nuestros pies para que sean callejeros, que ilumina con su fuego nuestros ojos, que abre nuestras manos para la caricia, la solidaridad y el abrazo que anima y sostiene.
Danos tu Espíritu, como cubrió a María tu madre y aleteó sobre José de Nazaret. Soñamos con ser orantes como ellos, nosotros que vivimos en la torpeza somnolienta de nuestra cultura de las pantallas que nos llenan de ruido y de dispersión.
Orantes que acojan tu Palabra de vida, cada día, como hacían José Gabriel, Mama Antula y Mamerto Esquiú.
Soñamos con comunidades orantes, misioneras y alegres, que vivan este caminar juntos que es la sinodalidad, en el día a día de la pastoral ordinaria: la que, más allá de los eventos extraordinarios, nos pone en contacto con la vida real de las personas, sus ilusiones, deseos y luchas.
Señor Jesús, ungido por el Espíritu y enviado por el Padre a los pobres: aquí, en Villa Cura Brochero, como peregrinos y devotos del Santo Cura y de la Purísima, te pedimos vivir a fondo, con autenticidad y alegría, esta piedad popular en la que nos hacés sentir tu presencia de buen Pastor que guía, camina y alienta el caminar de tu pueblo.
Y que este Año Santo nos permita vivir como peregrinos y testigos de la Esperanza sustanciosa que es tu Persona. Amén.”
«La Voz de San Justo», domingo 26 de enero de 2025
“Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».” (Lc 4, 16-21).
El 26 de enero de 1914, ciego, leproso y solito, el padre José Brochero emprendía su último viaje. Esta vez, directo al cielo. Hoy se cumplen ciento once años.
El mejor comentario a los evangelios no lo escriben los estudiosos de la Biblia, sino los santos. Y lo hacen con sus vidas. En el caso del “Señor Brochero”, con su “vida pobre y entregada”, como rezamos.
Es que la unción del Espíritu que Jesús recibió no ha quedado en él, sino que, desde su santa humanidad, se sigue derramando generosamente en el bautismo, la confirmación y cuando un bautizado es consagrado cura, como le ocurriera al joven Brochero en la catedral de Córdoba un 4 de noviembre de 1866.
La piecita donde murió Brochero es parte del museo que custodia su memoria. Es, sobre todo, un lugar de peregrinación y de oración. Cada vez que estoy en Brochero, no dejo de visitarla, celebrar la Misa y orar un buen rato.
En este Año Santo de la Esperanza que estamos transitando, le pido al Señor, por intercesión del Santo Cura que siga tocando con su unción el corazón de todos para que llevemos la alegría del Evangelio a los pobres.
Pido por las vocaciones al sacerdocio. Tenemos mucha necesidad de pastores para el santo pueblo de Dios. Pastores como Brochero.
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