Nuestros nombres en el cielo

«La Voz de San Justo», domingo 6 de julio de 2025

“Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos».” (Lc 10, 17-19).

Jesús envía a misionar a sus discípulos, dándoles algunos buenos consejos: van como ovejas en medio de lobos, tengan libertad interior, sin apegarse a nada ni a nadie. Anuncien con alegría y desprendimiento el amor de Dios.

Vuelven sorprendidos y entusiasmados por sus logros. Todo lo cual es motivo de gozo para ellos y también para Jesús que, no obstante, les advierte: “No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.” (Lc 10, 20).

La advertencia de Jesús parece un baño de agua fría. Si la misión supone gran libertad interior, el mayor apego del que hay que cuidarse es el de uno mismo. Más importante que el éxito es que vivamos como hijos en comunión con Dios y con los demás, en la tierra y en el cielo. Es en el corazón de Dios donde deben estar escritos nuestros nombres. Ese es nuestro mayor logro. Hay que levantar la mirada.

Esa perspectiva es la que nos da una enorme libertad… la libertad misma de Jesús, el Hijo del Padre.

Buen domingo.

Pedro, Pablo y León

«La Voz de San Justo», domingo 29 de junio de 2025 – Solemnidad de los santos Pedro y Pablo – Día del Papa

“Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».” (Mt 16, 16).

Jesús le dirá a Simón Pedro que lo que acaba de decir ha sido una revelación del Padre. No es fruto de su ingenio o creatividad. La fe es una luz que ilumina el Rostro de Cristo y descubre su Verdad. Es un regalo, un tesoro precioso.

La vocación y misión de Pedro se concentra en ese momento y en esas palabras. Lo que le queda por caminar será en la senda abierta por esta confesión de fe. En esas palabras y en esa fe se le irá toda la vida.

Algo similar le ha pasado a Pablo, que de perseguidor se convirtió en apóstol. Al final de su vida, escribirá: “Ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe.” (2 Tim 4, 6).

Hoy celebramos la memoria de estos dos apóstoles. Es también el Día del Papa. Rezamos por León XIV, como antes lo hicimos por Francisco y los otros papas.

Al obispo de Roma, Cristo le pide que cuide la fe recibida de los apóstoles y, de esa manera, sea principio de la unidad visible de la Iglesia.

Si es más o menos simpático, carismático o tímido… todo eso es secundario. Lo esencial es que señale con vigor a Cristo, pues Él es el único Salvador; y en esa fe sólida se funda la unidad de su Iglesia. Esa es también la esperanza del mundo.

Buen domingo.

Pan de los caminantes

«La Voz de San Justo», domingo 22 de junio de 2025 – Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.” (Lc 9. 16-17).

Cae la tarde, la multitud está ahí y hay que alimentarla. Comprendemos la incomodidad de los discípulos. Solo hay cinco panes y dos pescados. Nada más.

Una vez más, Jesús los provoca: “Denles ustedes de comer”. Es mucho más que organizar una respuesta efectiva a un problema real. Es un desafío teologal: implica la fe. Ustedes pueden darles de comer, porque son instrumentos de una fuerza de Dios, no de ustedes. ¿Lo creen en serio?

Y eso es la Eucaristía de Jesús: humilde Pan de sabor incomparable, Sacramento admirable que nos lleva al cielo.

Jesús sigue haciendo Eucaristía: bendice al Padre, parte el pan y lo entrega al mundo a través de su Iglesia. Sacia el hambre y sigue sobrando para muchos más.

¿No lo has experimentado? ¿No es ese el secreto de atracción que sigue teniendo el Cuerpo del Señor? ¿No es esa la fascinación que despierta la Eucaristía, allí donde se la celebra con fe y se la expone a la adoración con solemnidad y belleza?

¡Ojalá no nos dejemos entumecer por dentro privándonos del “Pan de los ángeles” que se ofrece a nosotros en el altar y en la adoración!

Buen domingo de Corpus.

Somos hogar de la Trinidad

«La Voz de San Justo», domingo 15 de junio de 2025 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” (Rom 5, 5).

Por el bautismo, somos el hogar que la Trinidad se ha buscado al salir de sí misma y venir al mundo.

San Pablo usa la imagen del agua que se derrama para ayudarnos a comprender la acción del Espíritu Santo: amor de Dios derramado en los corazones.

Allí habitan el Padre por el Hijo en la alegría del Espíritu Santo.

Ese es el misterio de gracia, de amor y de bendición que la Iglesia está llamada a cuidar y anunciar a todos los hombres. Así nos ha amado Dios. Así nos ama.

El cristianismo es, ante todo, la experiencia de ese Dios vivo “hogareño” que nos busca para inhabitar en nosotros y hacernos experimentar su gusto por la vida.

Esa es la verdad que ha traído Jesús al mundo y que su Espíritu, una y otra vez, nos recuerda para que se cumpla en nosotros y en toda la historia.

Esa es la fuente a la que volvemos, una y otra vez, para alimentar nuestra pasión por el bien, por la verdad y la belleza. Es la fuente de una esperanza que no defrauda y que nos lleva lejos, hasta el cielo.

¡Ojalá se nos abran los ojos para descubrirla y vivirla intensamente!

Buen domingo.

Pentecostés

«La Voz de San Justo», domingo 8 de junio de 2025, solemnidad de Pentecostés

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo».” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es el presente de la fe: Jesús resucitado sigue soplando su aliento sobre sus discípulos para que cumplamos la misión.

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse».” (Hch 2, 4).

La Iglesia está viva, habla distintas lenguas y predica el Evangelio. Lo vimos en la elección de León XIV un mes atrás: 133 cardenales de 71 naciones de la tierra.

“Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.” (1 Co 12, 3).

El centro de la misión de la Iglesia es Cristo. Esa es también la misión del Espíritu Santo: que no perdamos el centro que unifica y da sentido a todo.

Ante tantos desafíos, el riesgo es perder el rumbo, disolviendo la misión evangelizadora en batallas culturales, acción social o política.

La Iglesia no es el centro, menos aún el papa o los obispos. Solo Cristo.

Todo se reordena cuando, dóciles al Espíritu, volvemos a encontrar el centro: la persona de Jesús, la invitación a creer en Él y a vivir según sus enseñanzas.

Pentecostés es ahora. Y es esto: el Espíritu que nos muestra a Cristo, nos deslumbra con su belleza y nos convence de su verdad.

Buen domingo.

Bendecidos por la Esperanza

«La Voz de San Justo», domingo 1º de junio de 2025 – Ascensión del Señor

Ábside de la catedral de Monreale (Sicilia)

“Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.” (Lc 24, 50-51).

“Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria …ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados…” (Ef 1, 17-19).

El texto citado del evangelio destaca un momento clave: Jesús asciende al cielo bendiciendo a sus discípulos. Como hacemos los sacerdotes. O también un papá o una mamá con sus hijos.

Las primeras iglesias cristianas representan así a Cristo sacerdote que bendice a su pueblo. Es la imagen del panel derecho de la catedral de San Francisco.

Ascensión – Catedral de San Francisco

En esta fiesta de la Ascensión rezamos para que los que somos su cuerpo lleguemos donde ha llegado ya nuestra Cabeza: al cielo. Esa es la esperanza a la que estamos llamados, que tenemos que aprender a valorar y, sobre todo, anunciar a los demás.

¿No necesitamos animarnos a una nueva imaginación para representar el cielo? Los profetas y el mismo Jesús lo hicieron con audacia. Hablaron de un banquete de bodas donde abundan la alegría, la buena mesa y el vino.

Necesitamos esa osadía para anunciar la promesa más decisiva que se le puede hacer a un ser humano: tu vida tiene una meta que desborda todo lo que se puede pensar o imaginar, vale la pena vivirla a fondo. Nada de lo bueno y verdadero que has vivido se va a perder, sino que alcanzará su plenitud.

Se nos ha confiado una esperanza que debemos compartir.

Buen domingo.

La misión del Espíritu Santo

«La Voz de San Justo», domingo 25 de mayo de 2025

La misión del Espíritu Santo

“Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho».” (Jn 14, 23-26).

Vamos concluyendo el tiempo pascual. Culminará en Pentecostés.  Por eso, este domingo escuchamos a Jesús hablarnos del Espíritu Santo.

“El Espíritu Santo -dice Jesús- les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.” Esa es su misión: que, en medio de las idas y venidas de la historia, la comunidad cristiana tenga memoria del mensaje de Jesús. Que no olvide lo que Jesús ha traído al mundo: a Dios, su Padre.

Por eso, cada vez que leemos las Escrituras, invocamos al Espíritu Santo. No solo para comprender lo que dicen, sino para escuchar a Jesús que nos habla del Padre.

Notemos este “pequeño-gran” detalle: si guardamos las palabras de Jesús, el Hijo y el Padre vienen a nosotros y hacen morada en nosotros. Dios mismo habitando en el alma del discípulo.

El Espíritu Santo nos abre nos ojos y el corazón para que lo comprendamos. Y, sobre todo, lo vivamos con alegría.

Buen domingo.

¡Feliz Día de la Patria!

Desnudemos el altar

Hace un tiempo les propuse “adelgazar los guiones” de la Misa. Ahora vuelvo sobre una cuestión más importante y también con una propuesta: “desnudemos el altar”.

Leemos en el número 296 de la Instrucción general del Misal romano: “El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual, se convoca el Pueblo de Dios a la Misa; y es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía […]”.

El número 299, por su parte añade que el altar “ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles. Según la costumbre, sea fijo y dedicado.”

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¿Por qué les propongo “desnudar” el altar?

No me refiero al rito que hacemos en Jueves Santo, al concluir la Misa de la Cena del Señor. Apunto a otra cosa más cotidiana.

Vengo observando que, con buena voluntad, el altar (y también el presbiterio) se ha transformado en una especie de mostrador para hacer todo tipo de adornos festivos: carteles, tules, plantas, flores, otros utensilios o representaciones… O se lo cubre con manteles de tal manera que sus formas ya no resultan visibles a los ojos.

En general, los templos de nuestra diócesis poseen altares muy dignos y bellos, hechos de materiales nobles y, en la mayoría de los casos, solemnemente consagrados. Dicho sea de paso, los ritos de consagración del altar son de los más bellos y significativos de nuestra liturgia (oración de consagración, unción, incensación, revestimiento, iluminación, etc.).

No es que estas ornamentaciones a las que me refiero sean de mal gusto. El punto es este: el altar es un signo en sí mismo, demasiado importante y central como para que quede oculto a la mirada de los fieles u oscurecido con otras evocaciones simbólicas. Esas bonitas ornamentaciones no están en el lugar adecuado.

He citado arriba solo dos números de la Instrucción general del Misal romano, pero se podrían leer los demás párrafos, o también lo que dice el Catecismo de la Iglesia católica, o las Praenotanda del Pontifical Romano cuando describe la celebración de la dedicación de las iglesias y la consagración del altar.

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Buena parte de esas ornamentaciones responde al deseo de catequizar a través de imágenes, mensajes y símbolos. Es un objetivo loable, sin embargo, los ritos litúrgicos y el símbolo mismo del altar poseen ya una fuerza catequística que merece ser conocida y profundizada.

Se trata de la famosa “catequesis mistagógica” que, desde la visibilidad de los signos litúrgicos nos ayuda a hacer el viaje maravilloso hacia el misterio de la Gracia que expresan y comunican los signos visibles.

Como decía arriba: el simbolismo del altar en sí mismo es suficientemente rico de significados para una catequesis inagotable.

El altar del sacrificio es también mesa del banquete del Cordero. Es Cristo en el centro de nuestras iglesias porque es el centro del cosmos, de la entera historia humana y de nuestra vida. Lo besamos al iniciar y al concluir la celebración, lo incensamos con solemnidad y ante él nos arrodillamos en la consagración…

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Algunos recordarán las sabias enseñanzas de un maestro de liturgia que tuvimos en el Seminario de Córdoba: el padre Armando Juan Conti sdb. Él decía, refiriéndose a la espontaneidad en la celebración litúrgica, que la misma debía ser cuidadosamente preparada. Entonces nos reíamos con petulancia juvenil: ¿Cómo se va a preparar la espontaneidad? Hoy, con la experiencia de los años y tantas boberías en nuestro haber, podemos apreciar cuán sabia era esa recomendación.

Algo similar podemos pensar de la catequesis a partir de los signos que la liturgia ya posee: para desentrañar su riquísimo contenido tenemos que abrevar en ellos, no en otras fuentes, que pueden ser muy valiosas y legítimas pero que tienen otra lógica.

Uno de los aspectos menos logrados de la reforma litúrgica, (tal como se ha llevado a la práctica, no como fue pensada), es precisamente confundir la dinámica de nuestras celebraciones con la lógica del espectáculo o de otras formas de celebración (por ejemplo, los actos escolares y su modo de celebrar las efemérides). Formas legítimas, por cierto, pero en su preciso lugar profano, fuera del cual resultan cuanto menos “desubicadas”.

En fin, mucho para pensar. Ojalá que estas líneas sirvan para mejorar nuestro culto a Dios en el que se juega la salvación de nuestras vidas.

¿Les parece entonces que desnudemos un poco nuestros altares para que se vean en su belleza y, de esa manera, nos hablen del misterio que evocan?

Como Jesús nos ha amado…

«La Voz de San Justo», domingo 18 de mayo de 2025

“Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.” (Jn 13, 34-35).

Amar y ser amado. O, tener deseo de poder amar y nostalgia de haber sido amado. No hay nada nuevo ahí. Es, en definitiva, la experiencia más humana que existe.

Lo verdaderamente nuevo (y definitivo) es ese “como yo los he amado”. Es Jesús. Como siempre. Es Jesús el que hace nuevas todas las cosas. Él es la novedad definitiva.

“Como yo los he amado” es mucho más que una exigente meta moral. Es una experiencia de vida: la de ser haber sido amados hasta el extremo de la redención.

Amados por Jesús, el Cordero que quita el pecado del mundo. Entonces sí, en esa experiencia fundante está la posibilidad de amar a la manera de Jesús.

El cristianismo es esa experiencia.

Buen domingo.

¿Quién es el que saluda desde el balcón? Pedro que habla por la boca de León

Resulta fascinante lo que estamos viviendo en estos días, desde la muerte del #PapaFrancisco, el cónclave y ahora los primeros pasos del #PapaLeónXIV.

Una Pascua, como él mismo lo ha dicho.

Lo que observo por todos lados es una serena alegría y confianza en el camino que estamos transitando.

Agradezco haber vivido el «Habemus Papam» con mis hermanos obispos argentinos (estábamos reunidos todos en Pilar), junto con sacerdotes, laicos y consagrados que trabajan en la conferencia episcopal o integran sus comisiones.

Momento inolvidable.

Ayer presidí la Eucaristía en una parroquia de San Francisco y el comentario unánime era el gozo que había despertado el nuevo papa.

En la primera lectura de este #DomingodelBuenPastor, tomada de los Hechos de los Apóstoles (Hch 13, 14. 43-52) se nos habla de cómo la predicación de Pablo y Bernabé a los paganos suscita envidia y persecución; pero, por dos veces, se nos habla de la alegría del Evangelio que se difunde e ilumina los corazones.

Es eso.

Estamos desentrañando la figura del nuevo papa. Hasta los políticos argentinos quieren «afiliarlo» a su facción… Por no hablar de las facciones en la Iglesia… «Es preferible reír que llorar»…

A mí, personalmente, me impresionan varias cosas: ese eco del «non praevalebunt» («el mal no prevalecerá») de su primer discurso, la centralidad de Cristo en todo lo que ha dicho… Pero, de manera especial, su rostro sereno y bondadoso. Da confianza. No se percibe una mirada que oculta segundas intenciones.

La gente de a pie lo ha percibido.

Y, no puedo dejar de decirlo: ¡qué alegría para esos hermanos tan nobles que son los peruanos! ¡Qué bien merecido lo tienen: por su fe, por su paciencia, por su historia de santidad!

San Martín de Porres debe estar riendo a carcajadas. Y nosotros con él.