Elecciones 2025

Reflexiones para este año electoral que vivimos los argentinos

A lo largo de este 2025, los argentinos transitamos un nuevo «año electoral», con comicios de medio término para renovar a los miembros del Poder Legislativo. La fecha de las elecciones varía en cada jurisdicción, y aunque la participación parece disminuir, muchos ciudadanos nos preparamos para votar.

La Iglesia no impone a los católicos el deber de votar, pero sí los anima a participar en la construcción de la sociedad más justa posible. En ese sentido, apela a la conciencia de cada persona, recordándonos que no podemos desentendernos del bien común, especialmente de los más vulnerables.

El voto es un acto moral que involucra la conciencia y la libertad. Como ciudadano y católico, considero al sufragio como una herramienta para alcanzar el bien común, al igual que otros espacios de participación ciudadana: la familia y la escuela, la parroquia y el barrio, los clubes, las cooperativas de trabajo, las empresas u otras organizaciones sociales.

Gracias a Dios, nuestra Argentina es rica y dinámica en la participación de sus ciudadanos en estas organizaciones. Vale la pena tenerlo presente.

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Como muchos de mi generación, voto desde 1983 y pienso hacerlo nuevamente en octubre. Comparto tres criterios que pueden iluminar nuestro compromiso social.

Primero, al elegir a nuestros representantes para el Parlamento tenemos que pensar en personas con preparación y talento, criterio y actitudes para afianzar la paz, la amistad social y la convivencia a través del delicado oficio de elaborar leyes justas. No hay libertad y desarrollo sin instituciones políticas sólidas que aseguren el estado de derecho y el imperio de la ley para todos. Para mí, esto se traduce en democracia y república, con un fundamento claro: la Constitución. Pero también, y en cierto modo, de manera más honda: en la honestidad y virtud de los hombres y mujeres que se proponen como candidatos.

Segundo, como discípulo de Jesús, no puedo dejar de situarme desde la perspectiva de los más frágiles: los pobres, los que sufren y los que quedan fuera de las transformaciones sociales, económicas y tecnológicas en curso. Después de 42 años de democracia, tenemos una deuda social inmensa que nos obliga a trabajar por un desarrollo económico integral que beneficie a todos. Si bien existen diferentes visiones legítimas sobre el rol del Estado o la iniciativa privada, en democracia podemos elegir la opción que consideremos mejor. En esta materia, salvo algunos principios fundamentales, no hay dogmas absolutos.

Por último, y como complemento de los puntos anteriores, creo que debemos votar con libertad interior. El clima electoral suele ser irracional y un poco loco, con posturas radicalizadas que presentan las opciones como una lucha apocalíptica entre el bien y el mal. La realidad nos muestra que, más allá de los resultados, tenemos que seguir trabajando con paciencia, perseverancia, inteligencia y hasta con buen humor. El adversario de ayer es hoy un conciudadano, un vecino con el que compartimos un sufrido presente y muchas oportunidades de encuentro y construcción. Por eso, le pido a Dios la gracia de la libertad interior.

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Como obispo, mi misión fundamental es anunciar a Jesucristo y animar a todos a vivir según su Evangelio. Por eso, hablo con pasión del Dios vivo que Jesús nos ha revelado.

Él vino a este mundo, donde crecen el trigo y la cizaña, y se identificó con los pobres y pequeños. Con parábolas entrañables, nos habló del Padre y su acción salvadora en el mundo: un Dios que crea y cuida, cura y resucita. En su Pascua de cruz y resurrección nos mostró el Rostro trinitario del Dios Amor. Y así nos enseñó a amar como Él nos amó, a perdonar y buscar la reconciliación.

Ese es el trigo que está creciendo y que alcanzará su plenitud en el cielo. Esa es la verdad que resplandecerá para siempre. Así crece la esperanza.

San Francisco, 18 de agosto de 2025

El fuego de Jesús

Evangelio del XX Domingo del tiempo ordinario (17 de agosto de 2025): Lucas 12, 39-53

En la Misa, antes de la comunión, el sacerdote recuerda las palabras de Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz” (Jn 14, 27). Después intercambiamos el saludo de la paz.

Sin embargo, en el Evangelio de este domingo, escuchamos unas palabras que parecen contradecir este mensaje: «He venido a traer fuego sobre la tierra… ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz? No, les digo que he venido a traer la división» (Lc 12, 49-51).

¿Paz o división?

Jesús está ansioso por cumplir su misión. Quiere encender el mundo con el fuego del amor de Dios. Es lo que hará en su pasión. Desea ardientemente recibir ese bautismo.

Así culminará su misión evangelizadora. Jesús se acercó a los pobres, trató con ternura a los enfermos y a los niños, ofreció el perdón a los pecadores. La respuesta que recibió fue el rechazo de la cruz. El que elige seguirlo por ese camino, tarde o temprano, experimentará lo mismo: ofrecer la paz al mundo suele encontrar resistencia y rechazo, incluso violencia.  

El fuego que Jesús ha traído es su Espíritu. Sigue derramándose sobre el mundo, toca los corazones y los enciende en la misma pasión de Jesús. Y los colma de paz, especialmente en medio de las tormentas más fuertes.

Y, de esa manera, la reconciliación de Dios alcanza al mundo herido. Ese es el amor que finalmente prevalecerá por encima de todo.

Buen domingo.

La bolsa de Jesús

Evangelio del domingo XIXº del tiempo ordinario: Lucas 12, 32-48

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” (Lc 12, 32-34).

En este pasaje, Jesús nos presenta dos caminos: acumular o dar. Una bolsa para guardar y amontonar cosas, o una bolsa para compartir y vaciar. Para Él, la decisión de usar nuestra «bolsa» de una u otra forma define el rumbo de nuestra vida.

La clave está en nuestra experiencia de Dios. Si hemos sentido el amor inmenso de un Padre que nos ha dado todo, entonces entendemos que lo primero en la vida no es un mandamiento rígido, sino haber sido tocados por un amor grande que libera nuestro corazón para ser generosos.

El tesoro que Jesús tiene en su corazón es ese amor, y quiere compartirlo con nosotros.

Aunque Jesús habla de vender los bienes y darlos a los pobres, muy pocos están llamados a ese desprendimiento. Para la mayoría de sus discípulos, el desafío es diferente, pero igual de exigente: poseer bienes sin que nos dominen. Se trata de tener cosas sin dejar que endurezcan el corazón, poniéndolas al servicio de los demás.

Volvamos a la imagen de la bolsa. Se trata de elegir qué clase de personas queremos ser: o una bolsa para que nuestras cosas junten moho, o una bolsa amplia en la que siempre hay algo para compartir con los demás.

Buen domingo.

Paz, pan y trabajo de la mano de san Cayetano

Como cada año, este 7 de agosto miles de argentinos celebran a san Cayetano en santuarios, parroquias, humildes capillas o ermitas de los barrios. El patrono de la Paz, del Pan y del Trabajo se ha ganado un lugar en el corazón de nuestro pueblo.

Su imagen más antigua se encuentra en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales erigida en Buenos Aires por santa María Antonia de Paz y Figueroa, “Mama Antula”.

Mama Antula tenía una gran devoción por san Cayetano. A él le confió la misión que le hizo caminar miles de kilómetros para llevar a sus hermanos la experiencia de los ejercicios espirituales. Y, cuando erigió la Santa Casa, puso bajo su protección el desarrollo de los retiros espirituales.

Así nació la devoción argentina por este santo. Une dos cosas que son inseparables en la experiencia cristiana: el encuentro con Cristo y la solidaridad con los demás.

La súplica por el pan, el trabajo y la paz que miles de argentinos elevan hoy en su peregrinación a san Cayetano nos muestra de qué está hecho el corazón humano: sed de Dios y de fraternidad, de felicidad verdadera y de bienestar para todos.

A lo largo de estos años, los obispos y la Iglesia en Argentina, no hemos dejado de hacer oír nuestra voz en cada fiesta de san Cayetano. Estamos ahora donde hemos estado siempre: acompañando a nuestro pueblo, orando con los peregrinos y devotos, haciendo nuestras sus peticiones de pan, de trabajo y de fraternidad, dando gracias por los beneficios recibidos.

Nuestro país es grande y rico. Su mayor riqueza son las personas, el “capital humano”. Por eso, duele que, a lo largo de estos años de democracia, junto con innegables logros, no hayamos podido alcanzar un desarrollo social y económico que mejore la vida de todos. Como decíamos preparando los bicentenarios: la deuda social sigue siendo la que más nos pesa.

Es un desafío para la política económica, pero es mucho más que ella: por eso, seguimos insistiendo en la amistad social, la cultura del encuentro y la fraternidad, como nos enseñara el papa Francisco.

Los discípulos de Cristo, las comunidades cristianas y sus pastores estaremos siempre junto a los que quedan en el camino de las crisis sociales, económicas y políticas.

¿Qué les ofrecemos? Lo que hemos recibido: la fe cristiana en Dios, nuestra mayor riqueza. Ella siembra esperanza y da fuerzas para luchar por la justicia y trabajar por el bien común. Y es la esperanza en la vida eterna.

De la mano de san Cayetano, de santa Mama Antula y del Santo Cura Brochero seguimos caminando como “peregrinos de la Esperanza”.  

Ricos a los ojos de Dios

El Evangelio del Domingo XVIIIº del tiempo ordinario: Lucas 12, 13-21

Este domingo, otra parábola de Jesús nos hace pensar. Ante una cosecha excepcional, un rico propietario planifica su futuro: “Demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: ‘Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.” (Lc 12, 18-19).

Sus decisiones giran en torno a sus bienes, pero en realidad, definen su vida. Hace cálculos lógicos, aunque parece ignorar algo fundamental: “Insensato -le dice Dios-, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado? Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios.” (Lc 12, 20).

La advertencia de Jesús es clara: «Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas» (Lc 12, 15).

Nuestra mayor riqueza no son las posesiones, sino que es Dios y nuestra relación con Él. La avaricia desequilibra el corazón y le quita su vitalidad. Sin ese lazo con Dios, el corazón se marchita, se encierra en sí mismo y se apaga.

Esto es lo que hace a Jesús único y fascinante: su comunión inmediata con el Padre y la infinita riqueza de su ser: Él es el Hijo del Padre. A quienes se abren a Él por la fe les da su Espíritu para que, como Él, seamos ricos a los ojos de Dios.

Buen domingo.

Orar, creer y vivir

El Evangelio del Domingo XVII del tiempo ordinario: Lucas 11, 1-13

“Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!” (Lc 11, 13).

Jesús está en oración, y sus discípulos, tocados por su ejemplo, le ruegan: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos” (Lc 11, 1). La respuesta es el Padre Nuestro.

Creer, orar y vivir. Aunque distintas, en la vida de un creyente son realidades intercambiables. La historia de nuestra fe es la historia de nuestro camino de oración. Ambas se entrelazan íntimamente con nuestras opciones fundamentales y en cómo nos paramos frente a las experiencias cotidianas.

Las palabras de Jesús que citamos al inicio arrojan nueva luz. A pesar de nuestra fragilidad, los seres humanos somos capaces del amor incondicional.

Dios es un Padre con entrañas de madre. El Padre Nuestro expresa todo lo que podemos desear y pedirle. Sin embargo, Jesús nos ofrece mucho más que palabras correctas para una plegaria. Su Padre quiere darnos el Espíritu mismo de Jesús.

Los deseos y peticiones del Padre Nuestro son los mismos de Jesús, el Hijo. El Espíritu Santo inspira nuestra oración y asegura que las palabras se correspondan con los sentimientos y actitudes más profundos. La oración se convierte en una vida transfigurada por la fe.

Hoy es la Jornada Mundial de los Abuelos, cuyo lema es: “Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza” (Ecco 14,2). Lo celebramos con gratitud porque quienes nos enseñaron a orar nos han ensanchado el corazón para albergar la esperanza. Nos han enseñado a vivir.

Buen domingo.

Un Huésped en Betania

El Evangelio del Domingo – XVIº del tiempo ordinario: Lucas 10,38-42

Este domingo, el Evangelio de Lucas nos vuelve a regalar una escena entrañable: Jesús llega como huésped a una casa de Betania. Una de sus anfitrionas, María, permanece a sus pies, escuchándolo con gran atención. Su hermana Marta le reclama a Jesús que María le ayude con las tareas.

“Marta, Marta, -le responde Jesús- te inquietas y te agitas por muchas cosas, y, sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”. (Lc 10, 38-42).

Vivimos en una sociedad agitada. También en nuestras comunidades cristianas están presentes el activismo ansioso. A pesar de ese ajetreo, aún se abren espacios para recibir a Jesús y permanecer en el silencio del amor que escucha y contempla.

Pensemos en el creciente interés por los retiros espirituales, las experiencias de silencio en nuestras parroquias y las capillas de adoración permanente. Estos son ejemplos de cómo el Espíritu Santo sigue generando “casas Betania” para aquellos que buscan contemplar el Rostro de Dios.

Aunque el camino es largo, el Espíritu Santo nos sigue animando a buscar, como a María de Betania, “lo único necesario”: la persona de Jesús y su amistad.

Buen domingo.

La libertad del buen samaritano

El Evangelio del domingo – XVº del tiempo ordinario: Lucas 10, 25-37

Este domingo escuchamos la parábola del buen samaritano. Un maestro de la Ley pregunta a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». La respuesta es una historia poderosa: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones…» (Lc 10, 30). Un sacerdote y un levita pasan de largo, pero un samaritano se hace cargo de su suerte.

“¿Cuál de los tres -pregunta Jesús- te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor.  Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera»” (Lc 10, 36-37).

El relato de Jesús nos recuerda aquel otro drama bíblico: cuando Caín asesina a su hermano Abel, y se desentiende de él ante Dios. Entre estas dos historias se despliega el drama de la condición humana. Son dos visiones radicalmente opuestas de la libertad.

Caín y el buen samaritano, la negación y la compasión, conviven en nuestro corazón. ¿Cómo se resolverá esta tensión?

La propuesta de Jesús es clara: la libertad se ha de vivir como compasión, es decir, como la capacidad de ponerse en el lugar del que está herido, hacer propios sus sentimientos y, en definitiva, hacerse cargo de su persona.

Es la libertad del buen samaritano. El grado de desarrollo de una sociedad se mide desde aquí, mucho más que por la mera acumulación de bienes materiales.

Buen domingo.

Peregrinos de esperanza y libertad

Mensaje en el Día de la Independencia – 9 de julio de 2025

¡Feliz Día de la Independencia Nacional!

Hoy, 9 de julio de 2025, celebramos el 209º aniversario de la independencia. En el Calendario litúrgico es también la fiesta de la Virgen de Itatí. A ella encomendamos la vida y el futuro de nuestra querida Argentina.

En la ciudad de Tucumán, como en tantos otros rincones del país, se celebra el Te Deum, himno de la liturgia, que en su versión castellana inicia así: “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos a Ti nuestra alabanza”.

En este día alabamos al Creador por el don de la libertad: una libertad herida por el pecado, pero redimida por Cristo. Ella cuenta con el auxilio del Espíritu Santo, que la sana y eleva hasta convertirla en la “gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). Damos gracias también por nuestra Patria, por su historia de libertad que, aunque tuvo su momento decisivo el 9 de julio de 1816, continúa su andar laborioso, abriéndose paso en el corazón humano y en el entramado de nuestra vida social.

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En este Jubileo de la Esperanza, nos reconocemos también peregrinos de la libertad.

Porque creemos en Dios, en su gracia y en su promesa del cielo, nuestra esperanza es luminosa, cierta y grande. Ella nos hace ver más lejos. Y nos da fuerza para obedecer la verdad en la conciencia, elegir el bien y la justicia, también la justicia social.

“Esta es la libertad que nos ha dado Cristo… Ustedes, hermanos, han sido llamados a vivir en libertad, pero que esta no sea pretexto para satisfacer los deseos carnales. Más bien, háganse servidores los unos de los otros, por medio del amor.” (Gal 5, 1.13). Así define san Pablo las “ideas de la libertad” del humanismo cristiano.

La esperanza siembra libertad. Una y otra crecen en la oración: Te Deum laudamus…

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¿Cuáles son los caminos de la libertad que transita hoy el pueblo argentino? ¿Y cuál es nuestro papel como católicos en esta peregrinación compartida?

Evoco a una experiencia personal. En las visitas pastorales me sorprende ver cómo se sostienen nuestras instituciones, tanto las eclesiales como las civiles. Suelen ser pocas personas en la parroquia, en el club, en los bomberos, en la cooperadora de la escuela, etc. A muchos los inspira el Evangelio; a todos, ese innato impulso al bien del ser humano, imagen de Dios. Son las “fuerzas vivas” de cada pueblo.

Si la medida de la libertad humana es Jesús, en esos hombres y mujeres se refleja también su libertad. No se confunde con capricho, desinhibición o desinterés. Como Jesús, son “servidores los unos de los otros, por medio del amor”, al decir de san Pablo.

No se puede reducir la libertad a la sola carencia de coacción externa o a mera libertad económica. Ser libre es mucho más: es elección del bien que plenifica a la persona. El pecado y la corrupción son esclavitud, deformaciones de la libertad que deshumanizan.

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El camino de la Iglesia -enseñaba san Juan Pablo II- transita siempre por el corazón de cada persona, allí donde se forja la libertad. ¿Y qué propone la Iglesia a la libertad de las personas? ¿Qué aporta a esta Argentina que vive vertiginosos cambios culturales?

No otra cosa que Jesucristo, su Evangelio y la fe en Dios. “La pobreza más grave es no conocer a Dios”, recuerda León XIV. Esta es la experiencia más honda que viven nuestras comunidades cristianas. En tiempos complicados, la Iglesia no conoce otro camino que hacer más intensa su misión: anunciar a Jesucristo, conducir hacia Dios, celebrar dignamente el misterio pascual, desgranar el catecismo en la mente y el corazón, iniciar en la oración e invitar a la conversión y a una vida virtuosa.

Aquí se concentran las energías de nuestras comunidades, de quienes somos sus pastores, de los consagrados y demás evangelizadores.

Si proyecta la luz del Evangelio sobre toda la vida, no reduce su misión a acción social o política. Por eso, insiste en la fraternidad, la amistad social y en la delicada arquitectura social, política y económica que requieren la justicia y el bien común. No hay libertad sin ciudadanos libres ni sin instituciones sólidas. Así como tampoco sin imperio de la ley, estado y límites al ejercicio del poder.

La Iglesia alienta a los laicos a sumergirse en la ciudad secular con el sello interior del Espíritu y con la inspiración de su doctrina social. Consciente de que, a diferencia de los fundamentalismos que hoy proliferan, la fatiga en la construcción política de la sociedad es un desafío urgente, nos invita a buscar la verdad y a realizarla dentro de las condiciones posibles del aquí y ahora.

Eso sí, la Iglesia anuncia, celebra y vive la fe desde ese lugar al que Cristo mismo la lleva: los pobres, los más frágiles y heridos, los que quedan al borde del camino.

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«Alaben al Señor», dices tú a otro y él te lo dice a ti; y así, todos hacen aquello a lo que se exhortan mutuamente. Pero procuren alabarlo con toda su persona, esto es, no sólo con su lengua y su voz deben alabar a Dios, sino también su interior, su vida, sus acciones” (San Agustín, Comentario al Salmo 148, 2).

Así cantemos el Te Deum este  9 de julio. ¡Feliz Día de la Patria!

En diálogo con las ideas de la libertad

Acabo de leer el discurso de anoche en Chaco del presidente Milei. Mucha, muchísima tela para cortar. Bienvenido el debate de ideas.

1. Como en otras ocasiones, el presidente arremete contra la justicia social. En realidad, contra una deformación de ella. A su favor: que en nombre de esa caricatura se han hecho muchos desatinos que hoy pagamos todos, además de abrirle la puerta a la corrupción. Pero, en el humanismo cristiano, la justicia social es un concepto más rico, complejo y válido. No es solo distribucionismo a cargo del estado, sino que, asentándose en la dignidad de cada persona busca una arquitectura de la justicia en la sociedad atenta a la participación de todos los ciudadanos en la búsqueda del bien común. La delicada arquitectura de la justicia implica rehuir de la simplificación y armonizar todas sus dimensiones: justicia general, conmutativa, distributiva y también justicia social.

2. En su discurso, el presidente echa mano de textos de la Escritura y apela a la tradición judeocristiana. Me parece bien, solo apunto al riesgo de fundamentalismo o, como ocurre con el integrismo católico: a eludir la mediación de la razón en la interpretación del mensaje bíbllico y, sobre todo, en la construcción del mejor orden justo posible. En la tradición católica es muy fuerte este acento: no hay una línea directa entre la Escritura y la construcción política de la sociedad. En esto, sería bueno acudir al magisterio de Benedicto XVI, por ejemplo, a su magistral discurso ante el Bundestag de Berlín, donde afronta esta cuestión. Es importante tenerlo en cuenta hoy, porque no solo en Argentina, también en otras latitudes vemos a algún sector de la política arroparse en amplios sectores religiosos más bien fundamentalistas. Eso no le hace bien ni a la religión ni a la política.

3. Como dije arriba: bienvenido el debate público de ideas, hoy realmente de capa caída en nuestra Argentina. Por eso, un debate público en serio, sin dejar de ser fuerte, subido de tono incluso o áspero, ni renuncia a la claridad de ideas ni se deja llevar por la lógicas binarias que suelen ser efectivas para arrebatar aprobación, pero que, a la larga, no sirven para construir el orden social. En este punto, desde la Iglesia vamos a seguir apelando a ese valor tan importante de la democracia de inspiración liberal: la legítima pluralidad de ideas, el respeto de otro como un semejante y el rechazo de toda forma de violencia que rebaje la dignidad de los demás.

4. En el fondo, se trata de un debate antropológico. El modelo de la libertad que alienta la tradición judeocristiana es el hombre, imagen y semejanza de Dios. En el cristianismo, ese modelo es Cristo, su libertad de Verbo encarnado y la redención de nuestra libertad que, como enseña san Pablo, solo se puede vivir en el amor a los demás y en el servicio, especialmente a los más pobres. La libertad cristiana es, a la vez, don del Creador; herida por el pecado y siempre amenazada, ha sido redimida y tiene a su favor el auxilio de la gracia del Espíritu Santo. Se realiza en el amor y en la virtud (nociones evocadas por Milei). El modelo supremo de la libertad de la persona humana no puede ser el de las transacciones económicas, tan legítimo como insuficiente para hacer justicia al ser humano libre.

A pocos días de celebrar el 209º aniversario de la Independencia nacional es bueno que nos dispongamos realmente a celebrar nuestra historia de libertad compartida.

Busquemos un territorio común, también y especialmente en nuestro anhelo de libertad.

6 de julio de 2025