Cristo rey

«La Voz de San Justo», domingo 24 de noviembre de 2024

“Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?». Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?». Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».” (Jn 18, 33-37).

Jesucristo es rey porque hace verdad en la vida: sobre todo, abre los ojos ante la verdad de Dios y, al hacer esto, limpia la mirada -como al ciego de domingos pasados- para reconocer la verdad sobre nosotros mismos.

Somos sed de Dios. Es Jesús, Verbo del Padre, el que nos muestra su rostro.

Esa es la “verdad” de la que Jesús es testigo, la que más anhela el corazón humano, la más concreta y urgente y decisiva … también para nosotros, en ocasiones escépticos como Pilato.

Jesús, el futuro y los pobres

«La Voz de San Justo», domingo 17 de noviembre de 2024

VIII Jornada Mundial de los Pobres

“Jesús dijo a sus discípulos: «En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria.»” (Mc 13, 24-26).

A partir de este domingo, y en los próximos, los evangelios hacen foco en el acontecimiento que consumará la historia humana: la venida gloriosa de Cristo.

Jesús va a lo esencial: ese futuro está en las manos de Dios. Y no entra en especulaciones: “En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce [..] sino el Padre.” (Mc 13, 31).

Nos invita a cultivar esta certeza, que despierta la energía más bella del corazón: la esperanza en Dios. Ella nos hace mirar hacia delante, hacia el futuro, pero con los pies bien puestos en el presente. Con esa esperanza caminamos y nos levantamos de todas nuestras frustraciones.

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Con el lema: “La oración del pobre sube hasta Dios”, este domingo es la VIII Jornada Mundial de los pobres.

En su Mensaje, el papa Francisco recuerda este precioso testimonio de la Madre Teresa en la ONU: «Yo sólo soy una pobre monja que reza. Rezando, Jesús pone su amor en mi corazón y yo salgo a entregarlo a todos los pobres que encuentro en mi camino. ¡Recen también ustedes! Recen y se darán cuenta de los pobres que tienen a su lado. Quizá en la misma planta de sus casas. Quizá incluso en sus hogares hay alguien que espera vuestro amor. Recen, y los ojos se les abrirán, y el corazón se les llenará de amor».

Orar con los pobres es entrar en la esperanza más fuerte. Solo Dios basta.

Jesús sabe mirar

«La Voz de San Justo», domingo 11 de noviembre de 2024

“Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».” (Mc 12, 41-44).

En el evangelio de este domingo, Jesús ya está en Jerusalén, a días de su pasión. Va al templo y se pone a mirar a la gente: qué hace, cómo se mueve, qué reflejan sus ojos y gestos.

Ve entonces a esta mujer. Y la ve con sus ojos de Hijo de Dios hecho hombre. Así capta el verdadero valor de aquellas moneditas ofrecidas desde la pobreza: ve que, en ellas, se juega una vida realmente hermosa. “Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1 Sam 16, 7).

En medio de tanta hipocresía religiosa, Jesús encuentra un corazón puro. Seguramente, aquella viuda tiene sus pecados. Como nosotros. Pero Jesús sabe mirar más allá: en medio de la cizaña, reconoce el buen trigo de su Padre.

Así es la mirada con la que mira Jesús. Así nos mira a nosotros. Y nos enseña a mirarnos de la misma manera.

En estos tiempos de miradas encendidas por el rencor, de juicios demoledores y de palabras hirientes, los ojos de Jesús siguen ahí, buscándonos, reconociendo el bien que hay en el mundo, iluminándonos en medio de la noche del tiempo.

Buen domingo.

La fuente de la vida

«La Voz de San Justo», domingo 3 de noviembre de 2024

“El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios». Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” (Mc 12, 32-34). 

El escriba acierta, y Jesús lo reconoce: el amor a Dios y al prójimo resumen toda la ley y “valen más” que todo el culto del templo. 

El pasado 24 de octubre, el papa Francisco publicó la encíclica Dilexit nos sobre “el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo”. Sus dos últimos capítulos bien valen como comentario al evangelio de este domingo: la vida cristiana brota del manantial del amor de Cristo, da de beber y desborda hacia los demás. 

El desafío de la Iglesia hoy no pasa por mejorar su organización, la distribución del poder o su comunicación. Cosas importantes, pero relativas y secundarias. El desafío -en realidad la misión que le encomendara su Señor- es facilitar que todos los sedientos beban del agua viva que Jesucristo ha traído al mundo. 

Al respecto, Francisco cita a san Ambrosio: “Bebe a Cristo porque él es la roca que derrama agua. Bebe a Cristo porque él es la fuente de la vida. Bebe a Cristo porque él es el río cuya fuerza alegra a la ciudad de Dios. Bebe a Cristo porque él es la paz. Bebe a Cristo, porque de su seno fluye agua viva” (cf. DN 102).

Un ciego que ve

«La Voz de San Justo», domingo 27 de octubre de 2024

“Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 50-52).

Es mucho más que una curación física. Comenzó cuando aquel ciego escuchó que Jesús pasaba. Y así brota una plegaria que se volverá más insistente cuando se la quiera acallar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47).

Hermosa paradoja del evangelio: un ciego que ve.  Y así, el marginado se convierte en discípulo: deja su manto, se integra al grupo que camina con Jesús y lo sigue por el camino de la vida.

Más que una curación física, decíamos. Es vida rescatada de la ceguera más dolorosa: la de no saber hacia dónde caminar en la vida. Es lo más valioso que nos da Jesús. Por eso lo llamamos: nuestro Salvador.

Basta entonces con ponerse a escuchar al Cristo que pasa y, con la intrépida sencillez de aquel hombre, atreverse a orar.

Buen domingo.

Poder y servicio

«La Voz de San Justo», domingo 20 de octubre de 2024

“Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».” (Mc 10, 42-46).

Con el poder sucede como con el dinero: bueno y necesario, si lo absolutizamos nos deshumaniza. El domingo escuchábamos la advertencia de Jesús: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios” (Mc 10, 25).

El papa Francisco suele repetir que “el verdadero poder es el servicio”. Se puede decir también que aprender a ejercer bien la autoridad es una forma especialmente valiosa y exigente de servir. Esto vale para padres, maestros, funcionarios y para cualquiera que tenga que tomar decisiones que afectan a otros. Abusar del poder es tan pernicioso como suponer ingenuamente que no deba existir.

Jesús es mucho más que un bonito ejemplo de servicio. Con la entrega de su vida nos ha rescatado del poder más deshumanizante: el pecado. Y, con el auxilio de su gracia, nos posibilita vivir rectamente nuestras relaciones, especialmente las más exigentes, por ejemplo, las que implican diversas formas de ejercicio de autoridad.

“Solo Vos, Señor Jesús, tenés el remedio de toda corrupción, también de la ambición desmedida de poder. Cuando esa tentación nos vuelva ciegos, tu Presencia nos rescate y nos devuelva a la luz de tu verdad. Amén”

Es bueno y necesario permitirnos debates intensos

Las sociedades necesitan debates intensos.

Para eso está el espacio público que nos pertenece a todos los ciudadanos, tan únicos como distintos en nuestros puntos de vista y pareceres.

Hasta allí llegamos para hacer oír nuestra voz. Es un derecho de cada uno, porque es un deber y una responsabilidad.

Para eso existe también la política y en las democracias, el Parlamento, que es el espacio en el que debería aparecer el alma de toda democracia: la palabra, la idea, la toma de posición, la confrontación entre diversos y hasta opuestos puntos de vista. Y, cuando se den las condiciones, los consensos posibles sobre lo que es bueno, justo y verdadero, aquí y ahora.

La confrontación de ideas no es extraña a la vida pública.

El papa Francisco suele señalar que «la unidad prevalece sobre el conflicto», pero que éste no puede ser desconocido, silenciado o ignorado. Pero tampoco que podemos quedar atrapados en el conflicto.

La confrontación y el conflicto deben ser asumidos. Y eso requiere mucho más que tener buenas cuerdas vocales para gritar. Requiere las virtudes más exigentes que debemos cultivar todos, ciudadanos de a pie y dirigentes: la fortaleza, la paciencia, la magnanimidad, la laboriosidad… y, sobre todo, la caridad que es la búsqueda del bien real del otro y, en el caso de la vida en comunidad, del bien común.

No nos podemos permitir cruzar algunos límites, especialmente, los que ponen en marcha los mecanismos tenebrosos de la violencia política que los argentinos conocemos bien, aunque parece que, en ese punto, rápidamente perdemos la memoria.

Puedo estar en el más franco y duro desacuerdo con otro, no coincidir con sus valores o su interpretación de la historia, o lo que sea… lo que nunca me puedo permitir es cruzar el límite de negarle subjetividad, bajarle el precio a su condición de semejante, de persona, de sujeto de una dignidad que, en última instancia, tiene su fuente en Dios creador.

Esto resulta particularmente exigente cuando alguien cruza el umbral de la muerte. En ese momento se impone un respetuoso silencio, que no lo es de su obrar (ha habido y habrá tiempo para ello), sino respeto por su persona única que ha comparecido ante el único juicio verdaderamente transparente y completo: el del Dios vivo, tan justo como misericordioso.

¡Ojalá que los argentinos podamos conjurar el riesgo de rebajar nuestros debates públicos!

Tenemos que poner sobre la mesa temas de fondo que afectan desde dentro nuestra convivencia y el futuro, especialmente de las nuevas generaciones.

  • Sergio O. Buenanueva
    Obispo de San Francisco
    19 de octubre de 2024

Lo miró con amor

«La Voz de San Justo», domingo 13 de octubre de 2024

“Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»…” (Mc 10, 17).

El diálogo se volverá intenso cuando Jesús proponga a este hombre dejarlo todo y seguirlo. “Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.” (Mc 10, 22).

El Evangelio no lo dice, pero tiendo a pensar que la cosa no terminó ahí. 

Apoyo mi esperanza en dos cosas que sí dice el relato. En primer lugar, en que las riquezas no habían secado del todo el alma de aquel hombre. Buscaba algo más: la “Vida eterna”. Y, por esa inquietud, se había acercado a Jesús. 

En segundo lugar, lo más importante: “Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».” (Mc 10, 21). Quien ha sido alcanzado por semejante mirada no puede quedar sencillamente como llegó. 

Aquí hay un sembrador experimentado, una excelente semilla y un terreno dispuesto. Y la semilla ha sido sembrada. Sólo hay que esperar que dé su fruto. Y, en paciencia, nadie le gana a este divino Sembrador. 

Siempre es posible decir que no. Es verdad. Pero, también es cierto que no hay que dar por perdida la vida de nadie cuando se trata de Cristo, su llamada y la libertad de una persona. 

Solo Dios sabe lo que acontece en ese inmenso campo de siembra que es el corazón humano. Y eso es muy esperanzador.

Las cicatrices de Francisco

«La Voz de San Justo», domingo 6 de octubre de 2024

“Que nadie me moleste en adelante: yo llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús.” (Gal 6, 17).

Con estas palabras de san Pablo, el pasado cuatro de octubre hemos evocado a san Francisco de Asís.

Para Pablo, estas palabras tajantes cierran una discusión: nadie puede poner en tela de juicio que él ha sufrido por el Evangelio. Pablo lleva en su cuerpo y en su alma múltiples heridas, signos de su apasionado amor por Jesús y por la misión confiada.

Contemplando la figura del humilde Francisco de Asís, estas palabras adquieren un nuevo significado: Francisco está al final de sus ideas, bastante ciego y achacado; como Pablo, también él lleva en su alma heridas profundas.

No todo lo que ha emprendido ha salido como él hubiera imaginado. Ahí está la familia de hermanos que se ha reunido en torno suyo y de su propuesta de vida. Son miles, ya en vida de Francisco. Sin embargo, muchos de ellos están tomando un rumbo que Francisco no termina de aceptar.

Y, con esa pena honda en el alma, sube al monte Alverna. Allí, cansado y completamente despojado de sí, recibirá un regalo inesperado y único: Jesús compartirá con él las cicatrices de su pasión.

“Bajo del monte el angélico varón Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne”, escribe san Buenaventura (Leyenda mayor 13, 5).

Así lo contemplamos en panel central de nuestra catedral: Francisco transfigurado en Cristo.

¿No es esa, en definitiva, la vocación de todo cristiano? Francisco vive de forma extraordinaria, lo que el Espíritu Santo procura en cada bautizado: unirnos a Jesús, en cuerpo y alma.

“Como a Francisco, transfórmanos por la oración”

Homilía en la fiesta patronal en honor a San Francisco de Asís

Catedral de San Francisco – Viernes 4 de octubre de 2024

“Como a Francisco, transfórmanos por la oración”

Así hemos suplicado al Señor a lo largo de estos días de novena patronal.

Hace ochocientos años, el 17 de septiembre de 1224, Francisco recibía en el monte Alverna el don de los estigmas de Jesucristo.

“El verdadero amor de Cristo había transformado a este amante suyo en la misma imagen del Amado”, comenta san Buenaventura. Y añade: «bajó del monte el angélico varón Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne» (Leyenda mayor 13, 5).

Como hemos comentado tantas veces, esa transfiguración de Francisco en Cristo es lo que representa el panel central que domina el horizonte del espacio sagrado de nuestra catedral.

No nos cansamos de contemplarlo.

En ese Francisco transfigurado advertimos una gracia que tiene también que ver con nosotros. Es algo que viene de lo alto, nos involucra, nos inquieta e interpela.

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La oración es cuestión de amor, como la fe, como la vida, como lo que es importante y esencial… lo que no puede faltar.

La oración es cuestión de amor, sea que ocupe un lugar central en nuestra vida, que sintamos nostalgia de ella o sencillamente culpa por haberla dejado morir en nuestros corazones.

Los orantes son, en definitiva, hombres y mujeres habitados por el deseo insaciable de encuentro y comunión. Un deseo que brota al ser tocados por el Amor y que solo en el camino del amor puede encontrar su cauce adecuado.

Si la luz de la fe se oscurece en nuestro corazón o en la vida de la misma Iglesia, esa encrucijada de oscuridad tiene que ver con la oración y, en definitiva, con el amor.

Pero, también por ahí encuentra su camino de vuelta a la luz: por el amor que se vuelve plegaria humilde, paciente, perseverante y también -contemplando al “estigmatizado”- oración transformante.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la oración transforma. Aunque tenemos que añadir: no cualquier oración nos transforma. Solo aquella que se anima a dejarse mirar por el Crucificado, se vuelve auténtica por la humillación del pecador arrepentido y perdonado y que se abre así a la potencia de la gracia.

También nosotros sentimos la invitación de subir al Alverna, no al pico montañoso de los Apeninos, sino a los Alverna de nuestra vida, allí donde sabemos o intuimos que nos está esperando el Amor crucificado para confundirnos con Él y transfigurarnos pacientemente.

Esa vocación a la oración que transforma la llevamos inscrita como don desde el bautismo y la confirmación. Y se vuelve provocación a nuestra libertad, desafiada a salir de la superficialidad y a animarse a la hondura del mar inmenso de Dios.

La oración es don y tarea, vocación y provocación. Es también misión: orar, aprender a orar e invitar a otros a entrar en el misterio de la oración.

Si nuestra diócesis, sus comunidades y espacios pastorales no son escuela de oración ¿qué sentido tiene su presencia entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo?

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Días pasados, en mi visita pastoral al Decanato, tanto en el encuentro con los sacerdotes como en el intercambio con los consejos de pastoral, emergieron con valiente franqueza muchos desafíos que vivimos como comunidad eclesial en nuestra querida ciudad de San Francisco.

Algo similar, aunque con otros acentos, ocurrió también en las visitas pastorales a los otros tres decanatos.

Es cierto que, en el marco de una sociedad que se seculariza, la relevancia social de la Iglesia se debilita: la palabra, los gestos, los mensajes de quienes somos sus representantes (curas, obispos y hasta el mismo papa) son recibidos con escepticismo, fastidio o con indiferencia.

También es cierto que la cadena de transmisión de la fe se viene rompiendo en varios eslabones, como lo experimentamos los curas, los catequistas, los que perseveran en la Misa dominical o son agentes en los distintos espacios pastorales de nuestra Iglesia. 

Este es un proceso que, en buena medida, escapa a nuestro control, aunque no al de Dios.

Por eso, -y esta es una buena noticia-, esta encrucijada en la que hemos sido puestos por Dios -como le ocurrió a Francisco en su tiempo-, aun suscitando inquietud, incertidumbre y muchas reacciones interiores, no deja de movilizarnos en lo más genuino de nuestra fe: la misma pasión de Dios de salir al encuentro, como Palabra encarnada y como Espíritu donado, de la historia concreta de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, de su libertad y de sus aspiraciones más hondas… 

Sí, mis queridos hermanos y hermanas, la fe sigue viva, sigue creciendo y comunicándose desde la experiencia más pura y radical, la que vivió Francisco y que recibió su sello en el monte Alverna: la de un Dios vivo que ama, que se cuela en nuestra vida, que nos invita al encuentro de amor con Él y que, cada día, en su Palabra, en la Eucaristía -altar y sagrario-, en el Rosario, en los pobres y heridos de la vida, y hasta en la calle nos espera para transfigurarnos con su Presencia.

Lo que -como personas y como Iglesia- tenemos que preguntarnos es: ¿hacia dónde estamos yendo? O, mejor: ¿hacia dónde nos está orientando el Espíritu de Jesús? ¿Nos estamos dejando llevar o queremos imponerle nuestro control obsesivo?

Creo que, como Francisco, también nosotros debemos animarnos a subir a los montes Alverna de nuestra vida para buscar allí ser alcanzados por el fuego del amor de Cristo.

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En el horizonte del camino de nuestra Iglesia de San Francisco se dibuja la celebración del primer Sínodo diocesano: ¿cuál será su temática? ¿Con qué espíritu lo celebraremos y viviremos? ¿Qué rostros, gritos y desafíos tomarán nuestro corazón?

Dejemos esas preguntas abiertas, pero no porque nos hayamos entregado al relativismo del tiempo, sino porque queremos dejar que sea Jesús, el Señor, el que, como hizo con Francisco, colme nuestra vida con su Verdad y, así, vaya escribiendo en nosotros las respuestas.

Por eso, para cada uno de nosotros y para nuestra Iglesia diocesana, supliquemos con insistencia: “Como a Francisco, transfórmanos por la oración”.

Es un camino sinodal: no es una empresa solitaria de francotiradores o vanguardistas. Es un camino que estamos transitando juntos.

Esto es también buena y alegre noticia, consuelo del Espíritu para todos.

Amén.