Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
“También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. […] Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan.” (Lc 11, 9-13).
Los obispos de Argentina hemos convocado a una jornada de oración por la Patria para este viernes 17 de noviembre de 2023. Son las vísperas del “balotaje” del domingo 19. Mira, sin embargo, mucho más allá. Tiene que ver con nuestro camino como pueblo.
¿Qué pedimos para nuestra Argentina en esta oración en la previa del balotaje?
Bueno, no está mal que cada uno pida que gane el que vota por convicción o descarte. De todos modos, nos damos cuenta de que nuestro buen Dios no nos ha dado la inteligencia y la libertad para que haga lo que nosotros hemos de hacer. Es una decisión -como dije en un post anterior- personal y a conciencia.
Nos viene bien recordar la sabia enseñanza de san Agustín sobre la oración: Dios no siempre nos da lo que le pedimos; sin embargo, siempre nos da lo que realmente necesitamos. La oración nos ensancha el corazón para que quepa en él la Vida que Dios nos regala.
Jesús lo dice más cortito: “el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan.” (Lc 11, 13). O, como rezamos en la oración del Señor: “Padre nuestro… santificado sea tu Nombre, venga tu Reino y hágase tu voluntad”. Ese es el deseo de Jesús que el Espíritu Santo hace nuestro.
En nuestra oración por la Patria, por encima de todo, también de nuestra legítimas diferencias y opciones políticas, pidamos para nosotros y para todos los argentinos la gracia del Espíritu Santo.
¿Qué significa esto? Me permito aventurar algunas respuestas. Cada uno puede completarlas.
San Pablo dice que, cuando oramos, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. El Espíritu nos permite escuchar el gemido de la creación, de los pobres, de los que caminan sin esperanza, etc. También nuestros gritos ciudadanos más profundos: trabajo, educación, paz, un techo…
Orar por Argentina es escuchar esos gemidos y permitirle al Espíritu que los asuma, los acompase a la oración de Jesús, el Hijo, y los lleve al corazón del Padre. Por eso, nuestra súplica, en buena medida, es penitencial: busca que quebremos nuestro corazón endurecido por el orgullo para que le permitamos a Dios transformarlo: que nos haga hijos y hermanos en Jesús.
¿No necesitamos esa oración penitencial en Argentina? El Padre nuestro comienza poniéndonos en las manos del Padre y termina suplicando que Él no nos abandone cuando llegue la hora de la prueba y nos preserve del mal y del Maligno.
Al entrar en la oración, guiados por el Espíritu de Jesús, si somos dóciles, la misma plegaria nos va transformando y haciéndonos capaces de toda obra buena, de deponer el orgullo y el interés y de sumarnos a la voluntad del Padre: que su creación sea nuestro hogar y todos nos reconozcamos hermanos.
La elección del 19 de noviembre es importante… Sin embargo, lo más arduo es lo que se abre por delante: tiempos difíciles que requerirán mucha pasión por el bien, perseverancia y fortaleza para soportar los embates del mal y para acometer la lucha por la justicia. Y, sobre todo, por la reconciliación, la concordia y la amistad social en una sociedad fragmentada y deliberadamente conducida a ese lugar de polarización.
Orar por Argentina es rezar por los dirigentes, tanto por los políticos como por los que cumplimos ese rol social en otros ámbitos. Que seamos lúcidos, hábiles para hacer el bien y no solo para la retórica engañosa del corto plazo.
Pero también significa rezar por los ciudadanos de a pie que somos todos, porque -como suele decirse- los pueblos no siempre tienen los dirigentes que se merecen, pero sí los que se les parecen. No existe un pueblo puro y una dirigencia corrompida a la que podamos acusar desde la vereda de enfrente. Existimos hombres y mujeres que fatigamos cada día el bien, la honestidad y la justicia. Ciudadanos concretos con aciertos y errores, con virtudes y defectos, con amnesias éticas y silencios culposos que terminan en opciones concretas; también con pecados personales que se proyectan socialmente. Y, de tal palo, tal astilla…
¿Quién puede permitirse, a esta altura de nuestra historia argentina, subirse a un estrado y reclamar para sí una incomprensible e insoportable superioridad moral?
Pedimos que el Espíritu Santo encuentre docilidad interior para abrirse paso por esa maraña sinuosa que es el corazón humano y nos ayude a trabajar por el bien común con las virtudes nobles de la paciencia, la perseverancia y la magnanimidad.
Sí: necesitamos un alma grande que nos haga ver más allá de nosotros mismos.
Lo suplicamos al Espíritu Santo y lo ponemos en las manos generosas de nuestra Madre, la Virgen María, invocada en cada rincón de Argentina con nombres diversos, pero con una única piedad filial. Amén.
Les comparto estas reflexiones personales y pastorales sobre la decisión del voto en el balotaje del próximo 19 de noviembre
En el pasado, y también en situaciones juzgadas extremas, el Papa o los obispos señalaron a los fieles católicos laicos que determinadas propuestas políticas no podían ser acompañadas con el voto. Incluso amenazando con penas canónicas severas.
Incluso hoy, no resulta extraño que alguna persona consulte a su párroco, al cura de confianza o también al obispo a quien votar.
La Iglesia, con sabiduría pastoral, hoy prefiere orientar la conciencia ofreciendo a los fieles católicos una serie de principios, criterios y enseñanzas que ayuden a cada uno a tomar una decisión prudencial.
Ese es el camino de la libertad que respeta la dignidad de la persona humana como tal. Ese es también el fundamento del sistema democrático.
Para ello, acudimos a la rica (y lamentablemente también desconocida) enseñanza social de la Iglesia: ese cuerpo de doctrina que se ha ido formando desde que el papa León XIII publicara «Rerum novarum» hasta «Laudate Deum» de Francisco. Una enseñanza que, por tener como materia una realidad altamente contigente, ha ido creciendo en el tiempo, discerniendo lo sustancial de lo accidental o epocal.
Recientemente, el papa Benedicto XVI señaló cuatro verdades, principios o valores que, según su fundado parecer, son «no negociables» para un católico que quiere vivir su fe en el espacio público.
Así los formuló en la Exhortación «Sacramentum caritatis» 83: «el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas.»
Dos precisiones al respecto. En primer lugar, es necesario señalar que, algunos cristianos de buena voluntad suelen concentrarse en la cuestión del aborto y la familia, sin prestar atención suficiente al cuarto que se refiere a la promoción del bien común. En segundo lugar, esta enumeración no es exhaustiva, como muchos han señalado. Se podría agregar, por ejemplo, la opción preferencial por los pobres o el cuidado de la casa común.
Lo cierto es que, la responsabilidad ética del voto, cada uno de nosotros la ejerce como un discernimiento prudencial en una situación concreta, como es el caso actual del balotaje en Argentina.
Las dos propuestas en danza, por diversas razones, presentan a la conciencia cristiana formada graves perplejidades que no se pueden minimizar.
En síntesis: ni el papa, ni tu obispo, tu párroco o tu cura amigo pueden decirte a quien votar. A lo sumo podrán compartir con vos los criterios que surgen de la doctrina católica para orientar una decisión que, hoy por hoy y a todos, nos está resultando muy difícil de tomar. Incluso si esa opción es el voto impugnado o en blanco, legítima expresión del compromiso de un ciudadano con el bien común de su país.
+ Sergio O. Buenanueva Obispo de San Francisco Viernes 3 de noviembre de 2023
He seguido todos los debates de los presidenciables desde que existen. El domingo, por ejemplo, empecé a escucharlo por la radio del auto, mientras volvía de una fiesta patronal; cuando llegué a mi casa, me senté frente al televisor.
Sé bien que, la inmensa mayoría de ciudadanos pasan de estos debates… y comprendo las razones. No juzgo a nadie. Me sorprendió gratamente que el debate del último domingo tuviera un rating muy alto.
Soy un nostálgico de la democracia de inspiración liberal (la de la Constitución); esa que nunca ha terminado de echar raíces del todo en nuestra cultura política argentina, más enamorada de caudillos inapelables y providenciales que de los rituales grises y aburridos de las formas republicanas.
Por eso, creo que los «rituales de la palabra» son fundamentales para la vida ciudadana. Porque las ideas que se exponen, se clarifican, de rebaten o se refutan, son fundamentales para poner en marcha procesos interiores que, tarde o temprano, desbordan la conciencia y se transforman en acciones que modifican la vida.
Nada hay más poderoso que una idea… Si es buena, nos lleva a buen puerto… Y, si por desgracia, es mala, siembra muerte y destrucción.
La democracia vive una crisis, no solo en Argentina, sino en todos los países que asumieron sus reglas de juego surgidas entre los escombros de las guerras mundiales del siglo pasado.
Es posible que sea una crisis terminal (algunos así ya lo auguran e incluso lo promueven). Yo tengo la esperanza bien pequeñita pero firme de que se trate de una crisis de crecimiento y que, por tanto, podamos dar un paso, también pequeñito, pero un paso más al fin, para consolidarla.
Porque democracia significa apostar por las personas, esas que, según nuestra fe cristiana fueron creadas a imagen y semejanza del Creador y que han sido alcanzadas por la Sangre de Cristo.
Con fe teologal solo creo en Dios, tal como lo recitamos en el Credo apostólico. Pero, con la confianza que brota de esa fe incortrovertible y firme, quiero apostar por el bien, la justicia y la belleza de todo lo genuinamente humano, también de la convivencia social entendida como amistad y reconciliación.
En una democracia, el juego de mayorías y minorías decide quienes gobiernan y quienes son oposición. También que una norma se convierta en ley y, por eso, sea legal.
Esta regla, sin embargo, es limitada. Las mayorías, por sí mismas, no deciden que está bien y que está mal. Ni siquiera si una determinada opción política es la más efectiva para solucionar los graves y complejos problemas que nos aquejan como sociedad. Una ley legítimamente sancionada por el Parlamento a través de la votación de la mayoría puede, sin embargo, ser profundamente injusta y carecer de la razonabilidad que, en última instancia, es la que obliga a la conciencia. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la ley injusta del aborto.
No está dicho que, en una democracia incluso madura, no nos podamos equivocar. Mucho más en tiempos de redes, algoritmos y estrategias comunicativas incisivas e invasivas. Porque nos podemos equivocar necesitamos escucharnos, pensar y decidir a conciencia.
Por eso, la cultura política que expresa la democracia supone la apelación a un conjunto de valores espirituales y éticos que, de no existir o de verse menguados, trastocan toda convivencia ciudadana.
Entre estos valores, sobresale el respeto por la dignidad de la persona humana y sus derechos-deberes. Ese fundamento ético es el que hace que la democracia sea preferible a otros sistemas que, llegado el caso, pueden ser más efectivos para alcanzar algunos fines, pero, en definitiva, son menos congruentes con la naturaleza humana.
Otro de esos valores -como una variación del anterior- es lo que en la tradición del humanismo cristiano llamamos la «amistad social».
La noción clásica de amistad se caracteriza por tres rasgos: 1) los amigos comparten una cierta igualdad y comunión; 2) se conocen y reconocen como tales; y 3) buscan activamente el bien real del otro. Este último rasgo es el que distingue la amistad de otras formas de amor. La distingue y la hace sobresalir. Es el amor de benevolencia que supera y encauza el amor a sí mismo.
En la amistad social, el otro, por más distinto que sea de mí o de mi grupo, incluso porque tiene miradas muy diversas a las mías (por ejemplo, no tiene la misma visión sobre la historia y los hechos contigentes que enhebran su desarrollo), sin embargo, es otro como yo, un semejante, un hermano. Merece respeto y reconocimiento como sujeto. Podemos disentir en ideas y en formas de vida, pero ese respeto de fondo es precisamente eso: fundamental. Sin él no hay convivencia.
En este contexto, aunque las mayorías se inclinen en una dirección precisa optando por determinados candidatos y sus propuestas, siempre es importante dejar abierto un espacio para que quienes no tienen esas opciones puedan hacer oír sur voz crítica.
Ese es el rol de los intelectuales, de los artistas, y también de las voces que surgen de las tradiciones religiosas.
Si miramos las grandes tragidas del siglo XX, en medio de las noches más oscuras de la humanidad, cuando muchos se dejaban llevar por la seducción de liderazgos mesiánicos -normamente con gran poder de sugestión y de comunicación- las voces críticas, acalladas y perseguidas, resultaron ser las que, con enorme sufrimiento y lucidez, señalaban la dirección del bien, de la verdad y la justicia.
Pienso en santos como Edith Stein, Oscar Romero o Maximiliano Kolbe. Son santos canonizados porque bautizados. Pero hay también otras voces seculares que hablan con la misma lucidez.
Los totalitarismos suelen despreciar a los intelectuales, rebajando sus aportes, por poco cercanos al pueblo y sus intereses. Es una falacia. Necesitamos escucharlos, leerlos, dejarnos cuestionar por sus miradas.
Dispongámonos a escuchar la brisa suave de la verdad, pues suele ser más genuina que el terremoto, el fuego o el huracán, como bien lo experimento Elías en la montaña santa.
A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.
Queridos hermanos:
Hoy quiero hablarles de nuestra querida y sufrida Argentina. Ante todo, busco en la Palabra de Dios las palabras que decirles. Repasando el Evangelio, vuelvo a las bienaventuranzas. Los invito a escucharlas con la apertura interior de la fe. Que María nos preste su alma de discípula.
Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. (Mt 5, 3-12)
Les propongo pensar juntos cómo vivir las bienaventuranzas del Evangelio en el contexto de los actuales procesos sociales y políticos que vive nuestro país. También hasta allí ha de llegar la luz del Evangelio. Yo les ofrezco solo algunos apuntes, nacidos del corazón y puestos por escrito.
Como dice el Catecismo de la Iglesia, las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesús. Me animo a añadir: y también de todos aquellos hombres y mujeres que han encontrado en el Señor la luz de la vida. Pienso en Brochero, en Ceferino, en Mamá Antula, en las beatas cordobesas Tránsito y Catalina, en el obispo Esquiú, en Angelelli, en Wenceslao Pedernera, en Enrique Shaw, en Pironio… y en tantos otros, santos de la puerta de al lado, que han sembrado las bienaventuranzas en la tierra generosa de nuestro hermoso país.
Evocarlos nos da esperanza y renueva el compromiso de seguir adelante con la misión que el Señor nos ha confiado. Es una corriente de vida que nos lleva a la bienaventuranza del cielo, pero que, ya desde ahora, fecunda la tierra y el tiempo que el Señor nos ha regalado.
Hoy vivimos un tiempo complejo. Hace cuarenta años recuperábamos nuestra democracia. No puedo dejar de hacer memoria de la jornada electoral del 30 de octubre de 1983. Voté entonces por primera vez. Ese recuerdo está asociado a intensas emociones y decisiones. Quisiera que los más jóvenes se asomaran un poco a aquel tiempo fuerte de nuestra patria. Estoy convencido de que fue un momento en el que pudimos dar un salto de calidad en nuestra vida ciudadana.
De todas formas, es lógico que, al mirar el rostro de nuestros hijos y nietos, sintamos un poco de vergüenza. Rompiendo un ciclo fatal de golpes y dictaduras, hemos podido sostener la institucionalidad de la república consagrada por nuestra Constitución Nacional. No es un logro menor. Sin embargo, en todos estos años, y por diversos factores y responsabilidades, no hemos logrado poner en marcha un proceso virtuoso de crecimiento que mejore la vida de las personas, sobre todo, de las clases medias y de los más pobres.
El deterioro social avanza como también una dolorosa (y peligrosa) frustración. Sabemos que las cosas tienen que cambiar, pero nos pesa saber que hay demasiados intereses para que todo siga igual en una democracia más corporativa que participativa, proclive a la corrupción. En buena medida, luchamos con nosotros mismos, con los vicios y picardías de nuestra cultura política.
Como discípulos no tenemos alternativa al Evangelio: somos hombres y mujeres de fe y, por tanto, nos interpelan Jesús, sus bienaventuranzas y el rostro de los pobres, de los niños e incluso -como enseña el papa Francisco- el grito de nuestra casa común.
Argentina necesita un cambio profundo en el alma de todos nosotros: necesitamos paz y perdonarnos, reconciliarnos y apostar por la amistad social. No tenemos por qué pensar lo mismo, ni tener la misma interpretación de nuestra historia, ni compartir idénticas soluciones a los problemas comunes. Basta con que nos reconozcamos semejantes, hermanos e iguales. Y que ese reconocimiento modere de verdad nuestros debates. No podemos darnos el lujo de seguir apostando a la polarización, pasando de la legítima crítica de las ideas al agravio de las personas.
Estamos viviendo un arduo año electoral, una vez más, subordinado a los intereses de la política más que a las necesidades de los ciudadanos. No nos dejemos vencer por el enojo. Los ciudadanos tenemos que pensar con lucidez qué decisiones tomar a la hora de elegir a quienes encomendaremos la gestión de gobierno.
La Iglesia y sus pastores no debemos decir a quien votar o a quien no. Si lo hiciéramos, aún de manera velada, estaríamos cediendo a una forma de clericalismo que suscita fastidio y un legítimo rechazo porque invasivo de la conciencia. Lo que sí debemos hacer es ofrecer a todos la rica enseñanza de la doctrina social para orientar nuestra conducta ciudadana. El voto es un acto eminentemente personal, fruto de un discernimiento cuidadoso a conciencia. En este sentido, los aliento a pensar bien nuestra opción y a acudir a votar.
En ocasiones nos cuesta aceptar las opciones de los demás. En vez de enojarnos y lanzar condenas, tenemos que tratar de comprender qué está pasando en los sentimientos, esperanzas y decepciones de nuestros semejantes. ¿No necesitamos dar un salto de calidad en este aspecto de nuestra cultura política? La construcción del bien común es una tarea ardua. Lo será mucho más si no mejoramos en este sentido nuestra convivencia. Requiere liderazgos inspiradores, trabajo colectivo, paciencia y perseverancia. Para este esfuerzo común hemos de apelar a los más hondos valores religiosos, espirituales y éticos de nuestro pueblo.
Hace poco, volví a publicar unas orientaciones que preparé para las elecciones de 2019. Puede resultar útil repasarlas. Aquí solo recuerdo lo que afirmé sobre el valor de la democracia. Y con ello concluyo esta carta: “La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una «auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.» (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad.” (nº 13).
Volvamos al Evangelio, releamos las bienaventuranzas, recemos por nuestra patria Argentina y dispongámonos a cuidar entre todos el clima de convivencia ciudadana. La semilla ha sido sembrada, nos toca cuidar su crecimiento.
Que la Virgencita nos cuide a todos. Con mi aprecio y bendición.
Reflexiones pastorales del obispo Sergio O. Buenanueva ante las Elecciones 2019
En 2019 publiqué estas reflexiones como una orientación ante las elecciones de aquel año. Vuelvo a publicarlas sin quitar o agregar nada. Pienso que pueden ser útiles para el momento presente, delicado y difícil; pero, por lo mismo, desafiante para cada ciudadano argentino, mucho más si nos reconocemos discípulos de Jesús y su Evangelio. Ojalá sean útiles.
San Francisco, 22 de junio de 2019
Santo Tomás Moro, mártir.
A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.
Estimados hermanos en Cristo:
Los argentinos nos aprestamos a elegir a nuestras principales autoridades nacionales. En algunas provincias y municipios, también a las locales. Las agrupaciones políticas (partidos y coaliciones) han terminado de formular las listas de candidatos. Tenemos por delante las PASO, la elección general y una eventual segunda vuelta.
Este nuevo acto eleccionario tiene lugar en el contexto de un país cuya cultura democrática viene afianzándose desde 1983. Podemos señalar altibajos, errores y carencias, pero también logros. Como sociedad hemos logrado salir de noches muy oscuras de violencia política. En buena medida, hemos aprendido a resolver nuestros conflictos con las reglas de la democracia republicana. Está vigente en Argentina el estado de derecho consagrado por nuestra Constitución. Somos ciudadanos libres en una sociedad plural, con muchas instituciones vigorosas y con capacidad de futuro. Seríamos injustos si no lo reconociéramos o solo enumeráramos fracasos. Sería además peligroso, en un contexto global de crisis de la política.
Tenemos, sí, una deuda social que no nos deja tranquilos: la pobreza estructural que afecta a millones de argentinos, especialmente a las nuevas generaciones. Tiene complejas causas y muchos rostros. Lo cierto es que no hemos logrado revertirla, con eficacia y de forma duradera, como lo vienen haciendo nuestros vecinos. Se extraña la decisión política de lograr consensos básicos en políticas públicas para superar esta situación. Por otro lado, el crimen de la corrupción nos indica que esa deuda hunde sus raíces en un problema humano de naturaleza espiritual y ética, pero también cultural e institucional.
Con estas líneas, quisiera compartir algunas reflexiones sobre nuestra responsabilidad cristiana y ciudadana de votar. Se inspiran en la enseñanza de la Iglesia y se nutren de la experiencia de un ciudadano que intenta vivir como discípulo de Cristo y pastor. Obviamente no voy a decirle a nadie a quién votar. Menos aún, a quien no votar. Comparto algunas ideas que me ayudan a preparar el rito ciudadano de entrar en el cuarto oscuro.
* * *
1. La democracia no se agota el día de las elecciones. Sin embargo, el voto es un momento estelar de la cultura democrática. Es un deber ciudadano y una responsabilidad ante Dios. Nuestro voto tiene consecuencias, también para nuestra salud espiritual. Por eso, lo primero que quisiera decirles es que no podemos desoír el llamado de las urnas. A pesar de tantas y tan fundadas perplejidades, y hasta desilusiones con la política, tenemos que ir a votar.
2. Dos relatos bíblicos me inspiran. Ante todo, la pregunta de Dios a Caín, cuando este ha vertido la sangre de Abel: “¿Dónde está tu hermano?”, con la respuesta del fratricida: “No lo sé» … ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. (Gn 4, 9). El otro, es la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), vivo retrato del mismo Jesús que se hace prójimo de todos los heridos. Y nos invita a recorrer el mismo camino. La anti política suele ser reacción ante la mala política. Esta no se resuelve con la indiferencia sino con una participación ciudadana más vigorosa, con una fuerte motivación espiritual: somos prójimos y hermanos, responsables unos de otros.
3. La emisión del voto es un acto personal de alto contenido ético. Es una decisión de conciencia, tan responsable como comprometida y realista. El voto tiene que ser cuidadosamente pensado. Reclama la virtud de la prudencia y su modo típico de guiar la toma de decisión: ver, juzgar y obrar. Es cierto que, hoy como en otras ocasiones, puede resultar difícil decidirse. Tenemos, por tanto, que alimentar fuertes convicciones para no dejarnos vencer por el desánimo, el desinterés o la improvisación. Decidir el voto recién en el cuarto oscuro es una grave irresponsabilidad.
4. Nadie puede sustituir la conciencia. Todos tenemos ideas políticas, aunque no todos somos o queremos ser militantes. El voto, sin embargo, debe estar guiado por la autoridad de nuestra conciencia. Ella es el espacio interior en el que resuena la voz de Dios y la verdad se hace transparente a nosotros en toda su majestad. Es ella la que nos dice, contra toda postura interesada o egoísta: haz el bien y evita el mal. La conciencia obliga antes que el estado, el partido o una ideología. Y lo hace con más fuerza.
5. El discernimiento del voto se hace en el contexto concreto en el que vivimos. Parte de esa realidad y busca ser un aporte ciudadano para su transformación. No vivimos situaciones ideales, no tenemos candidatos ni propuestas perfectos, tampoco los votantes lo somos. La decisión por el bien posible, aquí y ahora, tiene la característica de todo acto libre: se abre paso en medio de límites, condicionamientos y dificultades. Por eso, a la virtud de la prudencia hay que añadir la fortaleza, la magnanimidad y un fuerte sentido realista. La consecución del mejor orden justo posible es una tarea ética que nunca termina. Nos reclama cada día, desde nuestro lugar de trabajo, en el espacio que compartimos con vecinos, amigos y conciudadanos.
6. Un voto responsable no puede decidirse por un solo tema. Debe mirar a un conjunto de cuestiones de diversa importancia. Elegimos candidatos para dos de los poderes de la república. Unas cualidades y virtudes han de pesar más en quien tiene la tarea de gestionar la cosa pública desde un cargo ejecutivo. Otras, para quien tiene la delicada misión de elaborar leyes justas para beneficio de la sociedad. En este sentido, el actual sistema electoral argentino necesita avanzar hacia estándares que sean más transparentes y respetuosos de los ciudadanos.
7. Para un católico, la decisión de cómo votar surge de mirar la realidad, en su singularidad y complejidad, a la luz del Evangelio. La enseñanza social de la Iglesia nos ofrece principios, valores y criterios que orientan ese juicio. Vale aquí el dicho: “unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo”. Los principios son esenciales. Las políticas concretas para realizarlos son más contingentes y, por lo mismo, abiertas a diversas y legítimas realizaciones. Por eso, de hecho y de derecho, hay católicos en la mayoría de las agrupaciones políticas, sean de centro, de derecha o de izquierda. Así como en una sociedad plural, ninguna agrupación política agota la identidad del pueblo; ningún partido, aunque se inspire en el humanismo cristiano, puede reclamar para sí la representación de los católicos. La Iglesia reconoce, valora y respeta la autonomía del orden secular y la legítima laicidad del estado, como también la pluralidad que supone la democracia y la amplia libertad de los fieles católicos en este ámbito, particularmente de los laicos. No alienta, por tanto, partidos confesionales.
8. Para los católicos, como para otros que comparten nuestros puntos de vista, hay cuestiones éticas fundamentales. Giran en torno a la afirmación de la dignidad de la persona humana, sujeto y fin del orden social. De ella derivan nuestros deberes y derechos: a la vida, de conciencia, de libertad religiosa, de expresión, a una educación integral. Hay lesiones a la dignidad humana (como el aborto o la eutanasia) que son actos intrínsecamente malos. No pueden promoverse deliberadamente. En consecuencia, dar el voto a una propuesta que los favorezca, y hacerlo por esa precisa razón, constituiría una cooperación formal con el mal.
9. No es extraño, sin embargo, que el votante católico se encuentre en un dilema moral más complejo. Lo hemos visto en el reciente debate por la legalización del aborto. Salvo los partidos explícitamente proaborto, las demás agrupaciones, en distinta proporción, tienen idearios, militantes y dirigentes favorables a una u otra postura. Por eso, no resultaría extraño que un católico, que rechaza el aborto por convicción, se resuelva a darles su voto, a pesar de todo. Esto solo es posible por razones graves y proporcionales, discernidas en conciencia, sopesando qué otros bienes fundamentales se procuran promover y que justifican semejante elección. Se los vota no por esa razón, sino a pesar de ella.
10. Un voto responsable, por tanto, ha de surgir de la consideración de un conjunto de principios, temas y situaciones. Enuncio aquí algunos, sin ánimo de ser exhaustivo:
a. La promoción de la dignidad humana no se agota en el rechazo del aborto o la eutanasia. Supone estar atentos a trabajar por la dignidad de las personas, especialmente de quienes están en situación de riesgo. Los rostros argentinos de la pobreza, exclusión y marginación son variados. Y nos reclaman a todos. Son muchas las vidas que hay que salvar.
b. En este sentido, para un católico argentino, la opción preferencial por los pobres no es un tema opcional. Su voto debe tener una sensibilidad especial por esta problemática que afecta la vida de tantos hermanos, aun reconociendo que hay distintas miradas sobre las causas y los medios para superar la pobreza.
c. Lo mismo vale para la atención de la familia como célula básica de la sociedad, anterior al estado y sujeto original de la vida social. Sin desconocer un clima cultural hostil a la familia, manifestado incluso en un sistema legal que no nos conforma, el ciudadano católico debe trabajar por una promoción del bienestar integral de la misma.
d. Otro tanto ocurre con la educación y los grandes desafíos que supone para las familias, la escuela y las políticas educativas nacionales y provinciales. Es cierto que nos preocupa, entre otros, el impacto de las teorías del gender en el mundo educativo. No vamos a dejar de hacer oír nuestros puntos de vista. Sin embargo, la escuela necesita una renovada alianza de todos: sociedad civil, estado y organizaciones, entre las que está la Iglesia. Nuestro país ha logrado articular un sistema educativo que integra, no sin tensiones, la gestión estatal con la privada, asegurando así el derecho y la libertad de educación.
e. Para la enseñanza social de la Iglesia, el rol fundamental del estado en la gestión económica no se opone a la justa libertad de mercado, la libre empresa y la tutela de los derechos de los trabajadores. Es bueno recordar aquí el principio de subsidiariedad, tan importante en el entramado armónico de la propuesta social cristiana. También aquí, los votantes católicos tienen distintas y legítimas miradas.
f. El Papa Francisco viene insistiendo con fuerza en tres temas, íntimamente vinculados: tierra, techo y trabajo. En nuestra Argentina de hoy, estas “tres T” son cuestiones a las que no podemos dejar de atender. Sin descuidar los otros, aquí quisiera destacar la cuestión central del trabajo. En un mundo globalizado, asistimos a una transformación enorme en este campo. También aquí hay distintas y legítimas miradas de cómo implementar políticas públicas que aseguren los derechos de los trabajadores, a la vez que alientan la formación y capacitación que esta transformación requiere.
g. El Papa Francisco, retomando el impulso de papas anteriores, ha puesto el acento en el cuidado de la casa común, promoviendo una conversión ecológica para una ecología integral. Su gran encíclica Laudato Si’, tan bien acogida, contiene indicaciones preciosas. Temas como: el uso del suelo, el agua, la minería, los agroquímicos, merecen, según cada región, una atención especial a la hora de discernir las propuestas a votar.
11. Dos cuestiones importantes más: la amistad social y la democracia. Para la enseñanza social de la Iglesia, la fuerza que mueve y cohesiona a los pueblos no es el conflicto sino la búsqueda perseverante del bien, reconociendo al otro como un semejante; es más, como a un hermano. Toda tensión ha de vivirse como camino hacia una mayor amistad social en la “cultura del encuentro”, al decir del Papa Francisco. No hay sociedades abiertas y libres sin choque de intereses, tensiones y conflictos. Pero, una cosa es ahondar las grietas por una lógica amigo-enemigo; otra, muy distinta, luchar por la justicia y la dignidad de todos. La lógica de la presencia cristiana en la sociedad es la del Buen Samaritano: compasión, perdón y fraternidad.
12. La Iglesia aprecia la democracia porque asegura algunos valores que no deben faltar en ningún sistema político: la participación ciudadana, la posibilidad de elegir, controlar y sustituir pacíficamente a los gobernantes. Hoy, como ya dijimos, la democracia vive una crisis global. A los argentinos, esto supone un desafío particular. No siempre hemos apreciado ni defendido con convicción los valores democráticos. Tampoco los católicos. En este sentido, persisten aún tendencias negativas, por ejemplo, a promover liderazgos mesiánicos y autoritarios, a una democracia corporativa que desprecia las instituciones republicanas. La crisis de la política nos tiene que motivar a perfeccionar nuestra democracia, no a soslayarla, o a cambiar continuamente sus reglas, según la conveniencia. Este afianzamiento de la democracia es una meta que va más allá de la coyuntura. Mira al futuro. El voto lo debe tener en cuenta.
13. La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una “auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.” (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad. El diálogo ciudadano se verifica en diversos espacios públicos: desde los medios hasta llegar al Parlamento. El estado moderno, como recordó varias veces Benedicto XVI, vive de valores espirituales que no se puede dar a sí mismo, que están en el alma del pueblo y que merecen ser cuidados y promovidos.
Hasta aquí mis reflexiones. Las comparto tal como las he podido formular y porque amo profundamente a mi país. Me duelen sus heridas, especialmente el hecho de que no encontremos propuestas superadoras de la pobreza y el deterioro de nuestra convivencia. Soy discípulo de Cristo y pastor de la Iglesia. He sentido el impulso y el deber de compartir estas reflexiones con mis hermanos en la fe, pero también con quien quiera escucharlas y ponerse en diálogo, también crítico, con ellas.
Se las encomiendo al Señor, a María su Madre y a los santos y beatos argentinos. Como tantos otros, laicos, pastores o consagrados, han sido fieles al Evangelio y, desde su fe y amor a Cristo, ciudadanos comprometidos con el progreso de Argentina.
También evoco aquí a hombres y mujeres de buena voluntad, de otras confesiones religiosas o no creyentes que han construido con esmero, ejemplaridad y tesón nuestra Patria. Son una gran inspiración para todos.
Hace unos días compartí un viaje con un matrimonio un poco mayor que yo. La conversación abordó varios temas y recayó inevitablemente en el proceso electoral que vivimos. Intercambiamos dudas, fastidios, interrogantes y el dolor de esta Argentina que amamos y nos hace sufrir.
En un momento, uno de ellos manifestó que había decidido inicialmente no acudir a votar como demostración de rabia y frustración. Sin embargo, había finalmente desistido. Recordando sus años de secundaria durante la dictadura, le habían venido a la memoria los sentimientos y emociones de aquellos años, la violencia política y la sensación de peligro latente, las advertencias de sus familiares y docentes ante la represión que se ensañaba también con los estudiantes. Pero, sobre todo, lo que había significado aquel domingo 30 de octubre de 1983 cuando, por primera vez en su vida, pudo ejercer el derecho ciudadano del voto.
¿Cómo dejarse vencer por la decepción olvidando el alto precio que se había pagado por aquel paso enorme que dimos al recuperar la democracia?
Coincidimos los tres, tanto en el recuerdo, en los sentimientos y en la decisión de no faltar a la cita con el cuarto oscuro. Los tres tenemos decidido ir a votar este domingo de las PASO y en las fechas que restan del calendario electoral.
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La Iglesia alienta la participación activa de los cristianos en la vida ciudadana. El bien común es responsabilidad de todos e interpela la conciencia de cada uno.
La doctrina social señala que el primer y fundamental cauce de participación pasa por la vida cotidiana y las responsabilidades de cada bautizado en la familia, el trabajo y la vida social. De una manera los clérigos y de otra, los laicos. Destaca también que, en la medida que sea posible, los cristianos han de participar en la vida ciudadana de la sociedad a la pertenecen; mucho más si, por vocación y misión, los laicos se sienten llamados a la política.
Por otra parte, la Iglesia reconoce claramente el derecho al voto y condena explícitamente a aquellos regímenes que impiden, condicionan o alteran de alguna manera la participación de los ciudadanos en la vida pública a través del voto o que no respetan el estado de derecho. Señala además como un valor del sistema político que, a través de las elecciones, el pueblo elija sus gobernantes, los confirme o los sustituya pacíficamente a través de elecciones libres y períodicas.
Subraya que toda forma de participación ha de ser siempre voluntaria, es decir: apela a la conciencia y a la libertad de cada uno para ejercer ese derecho. Por eso, no intima a los cristianos a acudir a votar. Tengamos presente que, en muchos países, el voto no es obligatorio como entre nosotros.
El gran principio que sustenta la vida social y la participación en la cosa pública es la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.
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Como obispo, por tanto, solo puedo recordar a los fieles católicos que la vida ciudadana de nuestro país reclama la participación libre, voluntaria y a conciencia de cada uno de nosotros.
Si bien no puedo urgir el voto de nadie, si puedo -y es lo que hago- los invito a participar en el acto eleccionario, acudiendo a las urnas, haciendo una elección del bien posible, de los programas y las personas que consideremos que, aún en la imperfección de la política, expresan suficientemente los valores, verdades y principios que brotan de nuestra fe y de nuestra comprensión del bien común.
Es una opción delante de la propia conciencia por el bien posible, aquí y ahora, sujeta también a errores y riesgos. Es inevitable.
San Juan Pablo II recordaba atinadamente que la democracia, sobre todo cuando no respeta el estado de derecho y la dignidad humana, y se desvía por la corrupción, genera frustración y apatía. La falta de participación ciudadana tiene aquí una de sus causas: es la desilusión del pueblo que se siente traicionado en su deseo de justicia y prosperidad.
No ir a votar, votar en blanco o buscar deliberadamente la impugnación del propio voto forman parte de las posibilidades del sistema electoral de la democracia. Eso sí: son posibilidades extremas que, junto con algunos valores, abren la puerta a muchos peligros.
Así como ir a votar enojados, descreídos y desilusionados suele acarrear que terminamos eligiendo las peores opciones, no votar, hacerlo en blanco o buscar la anulación del propio voto también conlleva peligros que se vuelven sobre nosotros mismos. Vale la pena considerarlo.
Hoy -gracias a Dios- se nos ha hecho costumbre ir a votar cada tanto. Las nuevas generaciones lo han incorporado a su ritmo normal de vida. No siempre fue así.
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