Jesús en la frontera

«La Voz de San Justo», domingo 16 de agosto de 2020.

“Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio»” (Mt 15, 21-22).

No está claro si Jesús entró o no en el “país de Tiro y Sidón”. Lo cierto es que buscó deliberadamente estar cerca de ese límite, más espiritual que geográfico. En la Biblia, Tiro y Sidón son, junto a Sodoma y Gomorra, dos ciudades paganas y pecadoras: estar cerca de ellas expone al verdadero creyente al riesgo de prostituirse, adorando a los dioses paganos. 

La que sí dio el paso de salir a su encuentro es esta mujer, madre angustiada de una hija que sufre. La escena es frenética. La mujer persigue a Jesús con sus gritos. Dos veces señala el texto evangélico este griterío. Sí, se trata de una oración hecha a los gritos. Nada extraño para quien conoce el camino de la oración que, por ejemplo, nos proponen los salmos. Varias veces, el orante agobiado no tiene otro recurso que el grito de dolor, incluso desesperado. En definitiva, la oración nos enseña a estar delante de Dios tal como somos, con los sentimientos que realmente nos habitan, más allá de todo formalismo.

Aquí me detengo. Les propongo una lectura más bien alegórica de la escena: reconozcámonos en esa mujer pagana que, guiada por el deseo de ver a su hijita sana, se acerca gritando a Jesús. ¿No es precisamente esa la misión de la comunidad cristiana? Esos gritos, ¿no son también nuestros? ¿O estamos al margen de toda incertidumbre y sufrimiento? ¿O, peor aún, hemos logrado aislarnos e inmunizarnos de tantas formas de sufrimiento, angustia y desesperación que nos rodean? ¿Somos acaso como los discípulos que, más por incomodidad que por real compasión, le piden a Jesús que atienda sus gritos?

Una vez más, una mujer del pueblo es la imagen elegida por el Evangelio para expresar la misión de la comunidad cristiana. Una mujer que viene del paganismo, pero que, por encima de todo, siente en sus entrañas el sufrimiento de su hija. Puede ser imagen de la Iglesia porque, antes de todo, es imagen del corazón compasivo del Padre. Jesús lo vio antes que nadie. 

Elías, Simón Pedro y María

«La Voz de San Justo», domingo 9 de agosto de 2020

Para esta semana que se inicia les dejos tres nombres, tres historias, tres encuentros con Dios.

“Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta…”, (1 Re 19, 12-13).

ELÍAS. El primer profeta conocido. Es fuego puro. Hombre de soledades, no teme a ninguna criatura. Hasta que su bravura es amenazada realmente. Este domingo, la liturgia nos deja al borde de uno de sus últimos encuentros con Dios. Elías, que ha sentido el paso del huracán, del terremoto y de la tormenta, siente el paso de Dios en la brisa suave. Hay que afinar el oído, salir de la cueva y exponerse para percibir su paso fugaz.

“Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame»”. (Mt 14, 30).

PEDRO. Es también impetuoso. Tanto como generoso, desinhibido, hasta temerario. En medio de la tormenta le pedirá a Jesús, que camina sereno sobre las olas del mar, que le permita ir hacia él, caminando sobre las olas. El miedo, sin embargo, siempre llega en la vida. Simón Pedro, el impetuoso, sabrá entonces suplicar y pedir ayuda. Será la mano de Jesús la que lo sostenga: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

“María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz…”. (Lc 1, 46-48).

MARÍA. Hacia el fin de semana -el sábado 15 de agosto- celebraremos una de las fiestas marianas más hermosas: su asunción en cuerpo y alma al cielo. Es la Pascua de Nuestra Señora. La escucharemos cantar las “maravillas que Dios hizo” en ella. Joven, embarazada y cantando. Vida que triunfa, exuberante y fresca, porque viene del Dios que ama la vida. Digámoslo sin vueltas: solo el alma de una mujer puede sentir y reconocer así la irrupción del Dios de la vida. Un anticipo de lo que vivirá otra mujer ante la tumba vacía. También de nombre «María», no de Nazaret, sino de Magdala.

Tres nombres que encierran tres itinerarios que se entrecruzan con nuestros propios caminos. También nosotros, después de las tormentas, hemos podido reconocer el paso de Dios en las brisas suaves de los atardeceres. O, como al pescador de Galilea, en medio de la tormenta, mientras nos hundimos, hemos sentido su mano firme que nos sostiene y levanta. O, como la joven virgen de Nazaret, hemos sentido que no podíamos dejar de cantar lo que Dios va tejiendo en nuestra vida.

Tres nombres, tres encuentros, tres biografías para relatar la experiencia cristiana de Dios.

La resiliencia de Jesús… y un poco más

«La Voz de San Justo», domingo 19 de julio de 2020

“Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa»”. (Mt 13, 33).

Jesús sigue hablando en parábolas. Es su modo de afrontar -con ingenio y creatividad – la creciente hostilidad que su mensaje despierta. En estos tiempos en que se ha puesto de moda la palabra “resiliencia”, el evangelio nos ofrece una guía espléndida para aprender, de la mano de Jesús, a levantarnos y rehacernos.

Claro: Jesús es mucho más que un prestigioso gurú de la resiliencia. Cuando nos habla en parábolas sobre el reinado de Dios, su palabra viene de las profundidades de la Trinidad. Sus parábolas son eco del misterio eterno del Dios amor. Es el Hijo que nos muestra el rostro del Padre. Y lo hace con la potencia del Espíritu.

Por eso, cuando nos habla de que no hay que apurarse para arrancar la cizaña que crece junto con el trigo, está tratándonos de enseñar la paciencia del amor del Padre. Precisamente así, Dios trata a la humanidad: sabe esperar que el corazón madure para acoger la semilla que Él mismo siembra en el mundo.

Este domingo también lo escuchamos hablarnos del Reino de Dios con dos ejemplos deliciosos: una pequeña semilla de mostaza que se convierte en un gran arbusto. Y una mujer que pone levadura en la masa para el pan. También aquí, la desproporción entre la pequeñez y el resultado final, nos hablan del modo cómo Dios obra.

Jesús nos habla del reinado de Dios que ya está presente en el mundo. Viene y está. Y, desde dentro, como la semilla en la tierra o la levadura en la masa, transforma, levanta, cobija y alegra el corazón.

A condición de que, también como la semilla o la levadura, se esté dispuesto a morir para vivir. Y, en esto, Jesús toma la delantera. Ya lo recordamos el pasado domingo: grano de trigo que cae en tierra y se pierde para dar vida.

Estas hermosas parábolas nos hablan del Reino de Dios, pero, inseparablemente de Jesús y su pascua. Él es -como bien lo enseñó un autor antiguo- el mismo Reino de Dios en persona.

Y Jesús se puso a hablar en parábolas

«La Voz de San Justo», domingo 12 de julio de 2020

“Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar…»” (Mt 13, 1-3).

Es bueno que, en esta hora aciaga, Jesús salga de la casa, se siente a orillas del mar (¡qué imagen!) y vuelva a hablarnos en parábolas. ¡Cómo lo necesitamos!

Es que la parábola nos invita a mirar hondo y lejos. La realidad no es eso que solemos llamar “realidad”. La hemos reducido a lo que vemos o sentimos. Pero cuando Jesús habla, sus palabras van descubriendo dimensiones nuevas de las cosas.

Habla de un sembrador y sus semillas; de una mujer, su masa y la levadura; de un árbol que crece a partir de una pequeña semilla, de una red que recoge peces de todo tipo. Seguirá hablando en parábolas, contándonos de eso que él llama: el “Reinado de Dios”, una expresión que le ha quedado dando vueltas por el corazón desde que aprendió a cantar con los salmos: “Digan entre las naciones: «¡el Señor reina! El mundo está firme y no vacilará” (Salmo 96, 10).

Solo que, en Jesús, esa apelación al poder real de Dios se transforma radicalmente. Y es lo que, una y otra vez, intenta decir con las parábolas: ese poder no es el de un déspota autoritario, sino el de un Padre con entrañas de madre. Es el poder que está en el origen de todo, que acompaña a cada ser humano y acaricia todas las heridas. Es amor y compasión, misericordia y perdón.

Esa es la semilla que el sembrador esparce por tierra, casi haciendo alarde de despreocupación. El sembrador siembra siempre, con generosidad, sin dejarse intimidar por lo agreste del terreno. Sabe del poder de su semilla, pero también de lo que es capaz de hacer cuando encuentra un poquito de tierra buena.

Notemos de paso que Jesús echa manos más asiduamente de las parábolas cuando constata la hostilidad de algunos y la indefinición de otros frente a su mensaje. No se resigna. Menos aún se queda mascullando bronca. Su decisión de hacer oír esta “buena noticia” se hace más intensa y hasta tozuda.

Su última parábola será el mismo. La pronunciará más con el cuerpo crucificado que con palabras.

Para escucharla, tenemos que abrir ahora el evangelio de Juan. Allí encontramos la misma imagen, pero más directa y fuerte: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23-24).

Parábola que dice la realidad más alta: Dios está ahí, muriendo por nosotros. Redimiendo al mundo.

Aprender de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 5 de julio de 2020

“En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido…»” (Mt 11, 25-26).

Los evangelios nos muestran habitualmente a Jesús en oración. Son raras, sin embargo, las veces que nos cuentan qué reza Jesús. La de este domingo, es una de esas ocasiones. Se trata, por cierto, de una pieza maestra. Una verdadera joya.

De paso digamos: solo cuando contemplamos a Jesús en oración con el Padre podemos entrever el misterio de su identidad de Hijo: este orante es Emanuel, Dios con nosotros.

En el centro de su oración está Aquel a quien Jesús invoca como “Padre”. Y, abrevando en la tradición espiritual de su pueblo, su oración es alabanza, bendición y acción de gracias. Es decir, una oración centrada en Otro, no en sí mismo. Diríamos hoy: no es autoayuda. Es éxodo: salida de sí, apertura, mirada límpida y expansiva…

¿El motivo de esa alabanza? Que Dios se oculta a los soberbios, pero se manifiesta a los “pequeños”.

No es “pobrismo”, como se dice superficialmente hoy, sino perspicaz constatación de la realidad: la soberbia cierra la vida, nos curva sobre nosotros mismos, volviéndonos estériles; la humildad y la mansedumbre, en cambio, nos abren a Dios y, así, nos dan genuina libertad para construir fraternidad.

Por eso, el evangelio de este domingo termina con la invitación de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

En definitiva, el evangelio es una invitación a encarar la vida como lo hizo Jesús. Démosle entonces la posibilidad de compartir con nosotros algo de lo que sabe de la vida. Aprendamos de él.

Un vaso de agua fresca

«La Voz de San Justo», domingo 28 de junio de 2020

“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.” (Mt 10, 34).

Jesús tiene razón: siempre hay alguien que se anima a dar, aunque más no sea, un vaso de agua a quien lo necesita. Y lo puede afirmar, porque él está ahí, en cada gesto de humanidad, de compasión y de misericordia. Tal vez, la persona no lo sepa o no lo vea, pero Jesús está ahí: en el sediento y en la angustia de su sed.

Un conocido dicho latino afirma que solo lo pequeño hace justicia a la grandeza divina. Dios se complace en habitar lo pequeño. Ahí está más cómodo. Por ahí hay que buscarlo.

Lo enseñará explícitamente a los suyos: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36.40).

Escribía el papa Francisco, mirando esta hora de la humanidad en pandemia: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

¿Puede ser realista la imaginación? ¿No es lo suyo despegarnos -al menos un instante- de la gris monotonía de lo real?

Para el discípulo de Jesús, imaginación y realidad se dan la mano, se potencian y estimulan recíprocamente. Es que en el corazón del Evangelio está la experiencia más desconcertante: Dios se ha hecho hombre, se ha vuelto pequeño, ha entrado en la sed de todo sediento.

Él acepta que le demos de beber, dándonos el agua fresca de su Espíritu.

La oración de Moisés, el amigo de Dios

«La Voz de San Justo», domingo 7 de junio de 2020

«Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos»
(Ex 34, 4b).

“Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».” (Ex 34, 8-9).

Las oraciones más bellas y sentidas nacen de noche o al alba. O cuando la oscuridad es más profunda, o cuando comienzan a despuntar los primeros rayos de la luz. En una y otra ocasión, el silencio suele ser más intenso y dulce, aunque también misterioso. Incluso aterrador.

Es que el orante intuye que su vida, frágil y pequeña, queda como envuelta en los brazos del misterio de Dios, siempre más grande de todo lo que podemos pensar o imaginar.

¿Será por eso que los hombres, a la vez que sentimos la atracción de la oración, huimos de ella con sistemática y exquisita determinación?

Dios es amigo del hombre. Está siempre de su parte. Fue la experiencia de Moisés que transparenta la oración que abre esta columna. Es la experiencia cristiana que nace del encuentro con Jesús.

“Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre”, sentencia solemne y certero San Juan al iniciar su evangelio (cf. Jn 1, 18). Abrir el evangelio y leerlo con fe o, al menos, con humana curiosidad, es exponerse a que Jesús cumpla en cada uno esa tarea: decirnos quién es realmente Dios, qué quiere de nosotros, qué sueña del mundo.

La oración de Moisés fue pronunciada al alba, en una montaña (¡cuándo no!), y después de experimentar lo más entrañable de Dios: su compasión, su misericordia, su inquebrantable capacidad de alianza y amistad.

No pudo calcular, sin embargo, el alcance de su petición: sí, Dios vendría a caminar con su pueblo. Lo haría hasta el punto -inimaginable para Moisés- de llegar a hacerse uno más de los que caminan la historia. Y, así, compartiendo camino y cruz, mostrarnos que Dios es familia, amor y alegría compartida: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El vértigo de una Presencia

«La Voz de San Justo», domingo 24 de mayo de 2020

“En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»” (Mt 28, 16-20).

Mateo concluye su evangelio con esta grandiosa escena. Es el texto que escuchamos este domingo, celebrando la Ascensión del Señor. Es una narración breve y concisa, toda ella dominada por la figura del Cristo glorioso. El arte cristiano lo ha inmortalizado con las figuras del “Pantocrátor” (el “todopoderoso”), haciéndose eco de las palabras solemnes que el Resucitado dirige a sus discípulos: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra…”.

Quienes han visto (y disfrutado) la extraordinaria versión fílmica del primer evangelio, realizada por Pier Paolo Pasolini, no dejarán de recordar que “su Jesús” es precisamente así: serio, majestuoso, solemne, transparente… Pero, precisamente por esto, cercano, amigo y salvador. Sus humanísimos gestos desarman, porque llegan hondo.

Volvamos al texto evangélico. Por lograda que sea, ninguna aproximación artística, lo supera. Atendamos al movimiento de los personajes: Jesús y los discípulos. Éstos, obedeciendo a las mujeres que les hablan en nombre del Maestro, vuelven a Galilea y, en el monte (lugar de la manifestación divina), se postran delante del Resucitado. Y anota el evangelista: “sin embargo, algunos todavía dudaron”. Así es siempre la fe: débil, vacilante, abierta, buscadora…

¿Qué hace el Resucitado? ¿Los recrimina? ¿Los pone a parir con un discurso de fuego? No. Sencillamente se acerca a ellos y, sin mediar reto alguno, les confía su propia misión: hacer que todos los pueblos se conviertan en discípulos de Cristo. A estos discípulos, en cuyos corazones se mezcla el reconocimiento y la vacilación, se les confía una misión de vértigo.

En eso estamos todavía: haciéndonos cargo de ese mandato que, mientras más lo comprendemos y vivimos, caemos más en la cuenta que nos desborda, nos excede y supera. Si fuera por nosotros… hace rato que hubiéramos tirado la toalla. De tanto en tanto, esa tentación aparece, aguda y punzante en lo hondo de la conciencia.

Sin embargo… ahí están las palabras de Jesús, haciendo eco en el corazón de cada creyente: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

Una Presencia. Ese es el verdadero vértigo de la misión. Su Presencia amiga y redentora.

Tiempo de prueba, espera y camino

«La Voz de San Justo», domingo 10 de mayo de 2020

«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6)

“En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2-3).

Este domingo y el próximo, los cristianos volvemos a escuchar las palabras de despedida de Jesús en la última cena. El clima, los gestos y las palabras son de despedida. En Jesús hay claridad de mirada y de decisión. En los discípulos, en cambio, desconcierto e inquietud. También tristeza por la separación y la ausencia.

De ahí que Jesús invite a la confianza, a la fe y a la esperanza: “No se inquieten -les dice-. Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14, 1).

En la Iglesia hacemos muchas cosas. Todas, sin embargo, giran en torno a esta misión fundamental: invitar a la fe confiada en Dios; la fe que nos abre a la esperanza. Si los discípulos de Jesús no somos testigos creíbles de lo que significa radicar la vida en Dios, ¿quién lo hará?

Vivimos tiempos de prueba, de espera y de camino compartido. Se asoma también el desafío de una reconstrucción que requerirá un suplemento de humanidad en todos nosotros. Estamos sedientos de esperanza.

Para los cristianos, esa esperanza tiene un nombre: Jesús, el Resucitado. Y tiene, además, una meta: la casa del Padre, que comienza a edificarse ya desde ahora, en esta “casa común” que compartimos.

Vocación

«La Voz de San Justo», domingo 3 de mayo de 2020 – Jornada Mundial de oración por las Vocaciones

San Agustín, llamado y provocado por Dios

Según el diccionario, la palabra “vocación” indica la acción de llamar. Alguien llama a alguien. Pues solo las personas poseen palabras que interpelan, llaman y provocan.

Vocación no es cualquier llamada. Es aquella que, por más que uno se empeñe, no se puede acallar. Es una voz que suena y resuena, una y otra vez.

Se puede desoír. Se puede huir de ella. Se puede tapar con muchos ruidos. Pero, siempre estará ahí, abriéndose espacio, inquietando e incomodando.

Es, además, una llamada que intima. La de la vocación es una voz siempre en imperativo. La vocación apunta a la propia conciencia y, sobre todo, a la libertad. Es su provocación más fuerte y escandalosa. Puede incluso vivirse como violenta.

Es, sin embargo, un imperativo que nos salva en la misma medida en que cedemos a su pretensión de absoluto.

Aquí, cedo la palabra a un maestro de vida que sabe, como pocos, lo que significa sentir esa Voz que llama y todo lo trastoca, empezando por la propia vida, sus proyectos e ilusiones.

“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”

Es la sentida confesión de San Agustín. Obviamente, habla de ese Dios que siempre había estado ahí, en su vida, en lo más hondo de su alma, Luz que permite toda luz. Aquel que nunca dejó de buscarlo, incluso cuando sus caminos fueron más oscuros y tortuosos.

Verdad que no engaña, Belleza que subyuga y Bien sumo y perfecto. El Dios buscado y encontrado en todo fragmento de verdad, de belleza y de bondad que, no obstante todo, son el secreto más precioso de este mundo nuestro, por momentos, tan injusto y deforme.

El Dios que finalmente lo alcanzó cuando le desveló su Rostro en la humanidad de su Hijo Jesucristo. Y, de esta manera, se mostró como el Dios humilde del pesebre y de la cruz. Y, así, conquistó su corazón y convenció su inteligencia.

Esa llamada nos habita. Es lo que somos. En escucharla y seguirla se juega nuestra vida.