La bandera del arco iris

La bandera del arco iris representa a la comunidad LGTBQI+ y sus reclamos.

Más que verla ondear en sitios oficiales, creo que resulta de mayor eficacia atender a esos reclamos concretos, sobre todo a los de trabajo, salud, seguridad social y vivienda. Sin olvidar el compromiso por desterrar toda forma de violencia hacia las personas en razón de su orientación sexual.

Podemos estar en legítimo desacuerdo sobre algunas de sus expresiones y las ideas filosóficas que las sustentan. Esos debates no se zanjan de manera voluntarista, ni siquiera por la sanción de leyes. Requieren tiempo y paciencia para pensar, expresarse y dialogar.

Ya san Pablo VI, citando la enseñanza de «Mater et magistra», nos recordaba a los católicos la necesidad de discernir las justas aspiraciones que expresan los distintos movimientos históricos de las doctrinas filosóficas que se vinculan a ellos, especialmente si incompatibles con la doctrina católica (cf. OA 30). Es lo que pasa hoy con las distintas corrientes del «gender», por ejemplo.

En lo que sí podemos y debemos converger es en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano como persona. La democracia se afirma o se desmorona en el reconocimiento o no de ese principio basilar.

Para los creyentes, cada persona es imagen de Dios. Los cristianos además somos invitados a reconocer en cada ser humano, especialmente si frágil y vilipendiado, a Cristo mismo.

Todos tenemos ser tratados con «respeto, compasión y delicadeza», como sabiamente enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 2358).

Esa será siempre la opción del humanismo cristiano de la tradición católica que se inspira en el Evangelio.

Un vaso de agua fresca

«La Voz de San Justo», domingo 28 de junio de 2020

“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.” (Mt 10, 34).

Jesús tiene razón: siempre hay alguien que se anima a dar, aunque más no sea, un vaso de agua a quien lo necesita. Y lo puede afirmar, porque él está ahí, en cada gesto de humanidad, de compasión y de misericordia. Tal vez, la persona no lo sepa o no lo vea, pero Jesús está ahí: en el sediento y en la angustia de su sed.

Un conocido dicho latino afirma que solo lo pequeño hace justicia a la grandeza divina. Dios se complace en habitar lo pequeño. Ahí está más cómodo. Por ahí hay que buscarlo.

Lo enseñará explícitamente a los suyos: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36.40).

Escribía el papa Francisco, mirando esta hora de la humanidad en pandemia: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

¿Puede ser realista la imaginación? ¿No es lo suyo despegarnos -al menos un instante- de la gris monotonía de lo real?

Para el discípulo de Jesús, imaginación y realidad se dan la mano, se potencian y estimulan recíprocamente. Es que en el corazón del Evangelio está la experiencia más desconcertante: Dios se ha hecho hombre, se ha vuelto pequeño, ha entrado en la sed de todo sediento.

Él acepta que le demos de beber, dándonos el agua fresca de su Espíritu.

En voz alta

«La Voz de San Justo», domingo 21 de junio de 2020

“No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.” (Mt 10, 26-27).

Es posible que esta pandemia esté acelerando procesos que venían dándose desde hace tiempo. No es la primera ni será la última vez que ocurra algo similar. ¿Pasa algo así con la fe cristiana? Estimo que sí. Por ahora, todos estamos como expectantes. Sentimos que los procesos en marcha están tomando un giro cuyo curso todavía no se define del todo.

Evoco estas palabras de Jesús, porque, por encima de todos los cambios y transformaciones, nos señalan algo que el cristianismo lleva en las entrañas: su vocación a la visibilidad, a la comunicación, a la palabra que se hace audible y perceptible. Mucho más cuando, como en estos tiempos, existe la tentación en muchos cristianos de recluirse, levantando muros para dejar fuera al mundo «pecador»…

La vocación de la comunidad de discípulos de Jesús, Palabra de Dios encarnada, es la intemperie, la plaza pública, los lugares por donde circulan las palabras que animan, sacuden y miran al futuro. Testigos del Logos y servidores del diálogo.

El Cuerpo de Cristo

«La Voz de San Justo», domingo 14 de junio de 2020

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52).

Esa pregunta no se refiere a la Eucaristía. Se refiere a Jesús. A su misión. A su pretensión. Ya lo hemos señalado en esta columna: su pretensión es insoportable. Nos pone ante el dilema de decidir la vida ante él y desde él. ¿Quién puede exigir tamaña decisión a un ser humano libre?

Por eso, esta discusión que se suscita entre sus interlocutores, no nos es extraña. También nosotros sentimos la mordiente de esa pregunta. Puede que esté acallada, como tantas cosas que incomodan. Puede también que no hayamos caminado lo suficiente nuestra fe como para que esa inquietud emerja. Tarde o temprano lo hará. Puede incluso que nos hayamos vuelto impermeables a toda inquietud espiritual. También si “practicamos” la religión. Es tal vez la situación más peligrosa…

Es bueno, entonces, que esta pregunta salga a la luz. Porque la fe es respuesta libre a una propuesta igualmente libre. La libertad es el oxígeno en el que vive la fe. Dios nos sale al encuentro, nos tiende la mano y nos interpela. Y queda a la espera.

Eso es lo que experimentaron aquellos hombres y mujeres que, en Cafarnaúm, escucharon a Jesús decir cosas inauditas: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6, 51).

En el evangelio de Juan, la palabra “carne” se usa para subrayar la fragilidad y vulnerabilidad del hombre. “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros…”, enuncia tajante el prólogo del evangelio (Jn 1, 14). Mientras nosotros huimos de nuestra fragilidad, Dios la mira de frente, la hace suya y, de esta manera, la sana, la redime y la libera.

En la experiencia cristiana, a Dios se lo encuentra prevalentemente en la fragilidad humana. Dios es Palabra que se vuelve audible en un Libro escrito por hombres. Dios se hace niño, hijo y hermano. Se vuelve predicador itinerante que no tiene donde recostar su cabeza y, así, va dejando parábolas de alegría, vida y perdón. Un amigo que se sienta a la mesa, quedando expuesto a la traición y el abandono. Será el crucificado que perdona y que, en un suceso tan luminoso como inexplicable, deja vacía su propia tumba.

Será finalmente pan y vino sobre una mesa que es también altar. Y, en torno a esa mesa-altar, una comunidad se reúne canta y suplica. Y, en ese alimento compartido, encuentra su fuerza para vivir y servir.

Eso sí: la Eucaristía libera toda su fuerza si nos dejamos interpelar por Jesús y su Evangelio. Puede que la incertidumbre de esta cuarentena nos haya llevado a ese saludable lugar. Si esto ha ocurrido, volveremos a nuestras Misas no para una rutina, sino para un encuentro: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

La oración de Moisés, el amigo de Dios

«La Voz de San Justo», domingo 7 de junio de 2020

«Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos»
(Ex 34, 4b).

“Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».” (Ex 34, 8-9).

Las oraciones más bellas y sentidas nacen de noche o al alba. O cuando la oscuridad es más profunda, o cuando comienzan a despuntar los primeros rayos de la luz. En una y otra ocasión, el silencio suele ser más intenso y dulce, aunque también misterioso. Incluso aterrador.

Es que el orante intuye que su vida, frágil y pequeña, queda como envuelta en los brazos del misterio de Dios, siempre más grande de todo lo que podemos pensar o imaginar.

¿Será por eso que los hombres, a la vez que sentimos la atracción de la oración, huimos de ella con sistemática y exquisita determinación?

Dios es amigo del hombre. Está siempre de su parte. Fue la experiencia de Moisés que transparenta la oración que abre esta columna. Es la experiencia cristiana que nace del encuentro con Jesús.

“Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre”, sentencia solemne y certero San Juan al iniciar su evangelio (cf. Jn 1, 18). Abrir el evangelio y leerlo con fe o, al menos, con humana curiosidad, es exponerse a que Jesús cumpla en cada uno esa tarea: decirnos quién es realmente Dios, qué quiere de nosotros, qué sueña del mundo.

La oración de Moisés fue pronunciada al alba, en una montaña (¡cuándo no!), y después de experimentar lo más entrañable de Dios: su compasión, su misericordia, su inquebrantable capacidad de alianza y amistad.

No pudo calcular, sin embargo, el alcance de su petición: sí, Dios vendría a caminar con su pueblo. Lo haría hasta el punto -inimaginable para Moisés- de llegar a hacerse uno más de los que caminan la historia. Y, así, compartiendo camino y cruz, mostrarnos que Dios es familia, amor y alegría compartida: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

«Libertad»: Ese nombre del Espíritu.

“Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.” (2 Co 3, 17).

“Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace de Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».” (Jn 3, 5-8).

Esta cita recoge parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, que recoge San Juan en su evangelio. Celebrando Pentecostés, y en este tiempo tan extraño que nos toca vivir, me ha parecido oportuno evocar estas palabras.

El Espíritu es como el viento, dice Jesús. Y quien se deja guiar por Él, adquiere su misma cualidad, es decir: la “sobria embriaguez” de la libertad. Otro hombre libre -Pablo de Tarso- escribiendo a los primeros cristianos de la comunidad de Corinto, evocará lo mismo con otras palabras: “Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.” (2 Co 3, 17).

La chispa de la libertad nunca nos abandona. En las horas más oscuras, nos ilumina desde dentro. Nos sacude, nos incomoda y, llegado el caso, nos empuja y nos lanza fuera, sobre todo, de nuestro conformismo. No nos deja tranquilos.

Llegar a ser real y genuinamente libres es una de las aspiraciones más hondas del ser humano. Pero el camino que hay que transitar es fatigoso.

No es extraño que, de tanto en tanto, el miedo a la libertad nos juegue una mala pasada, y lo que tan honda aspiración se transforme en incómodo huésped. La incertidumbre y el miedo hacen eso: nos pueden llevar a la búsqueda de seguridades rápidas y tranquilizadoras. Y así, los aspirantes a la libertad prefieran ponerse en manos “de los que saben”, resignando honra y dignidad.

Celebrar Pentecostés es celebrar el Don de Dios que se ha jugado por la criatura que es su imagen y semejanza. Que la ha salvado precisamente redimiendo su libertad, haciéndola real y posible.

Es celebrar que, allí donde el Espíritu reina, reina también la libertad. La que nos permite situarnos como personas, haciéndonos cargo de la vida, respondiendo a la llamada de Dios y de la hora que nos toca vivir. Es vivir de esa experiencia fundante de salvación: no estamos solos; Dios está de nuestra parte y trabaja para que nuestra libertad busque el bien y la justicia.

La historia se parte en dos en la persona de Cristo, porque Él ha sembrado en el corazón de los hombres su insobornable libertad.

Es la libertad que nos trae “su” Espíritu, aquella que le permitió decir: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 13). La libertad “en Cristo” desemboca siempre en la entrega de la vida por amor. No en el encierro o la soledad, sino en la fraternidad.

Uno de los desafíos más grandes que hoy tenemos los cristianos -particularmente agudo para los católicos- es precisamente saber engendrar hombres y mujeres libres. O, al decir de Jesús a Nicodemo: que hayan renacido realmente del agua y del Espíritu.

Si nos queda alguna duda, solo miremos a Jesús. El Espíritu viene de Jesús, nos orienta hacia Jesús y nos transforman en Él. Nos hace libres como Él…

El vértigo de una Presencia

«La Voz de San Justo», domingo 24 de mayo de 2020

“En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»” (Mt 28, 16-20).

Mateo concluye su evangelio con esta grandiosa escena. Es el texto que escuchamos este domingo, celebrando la Ascensión del Señor. Es una narración breve y concisa, toda ella dominada por la figura del Cristo glorioso. El arte cristiano lo ha inmortalizado con las figuras del “Pantocrátor” (el “todopoderoso”), haciéndose eco de las palabras solemnes que el Resucitado dirige a sus discípulos: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra…”.

Quienes han visto (y disfrutado) la extraordinaria versión fílmica del primer evangelio, realizada por Pier Paolo Pasolini, no dejarán de recordar que “su Jesús” es precisamente así: serio, majestuoso, solemne, transparente… Pero, precisamente por esto, cercano, amigo y salvador. Sus humanísimos gestos desarman, porque llegan hondo.

Volvamos al texto evangélico. Por lograda que sea, ninguna aproximación artística, lo supera. Atendamos al movimiento de los personajes: Jesús y los discípulos. Éstos, obedeciendo a las mujeres que les hablan en nombre del Maestro, vuelven a Galilea y, en el monte (lugar de la manifestación divina), se postran delante del Resucitado. Y anota el evangelista: “sin embargo, algunos todavía dudaron”. Así es siempre la fe: débil, vacilante, abierta, buscadora…

¿Qué hace el Resucitado? ¿Los recrimina? ¿Los pone a parir con un discurso de fuego? No. Sencillamente se acerca a ellos y, sin mediar reto alguno, les confía su propia misión: hacer que todos los pueblos se conviertan en discípulos de Cristo. A estos discípulos, en cuyos corazones se mezcla el reconocimiento y la vacilación, se les confía una misión de vértigo.

En eso estamos todavía: haciéndonos cargo de ese mandato que, mientras más lo comprendemos y vivimos, caemos más en la cuenta que nos desborda, nos excede y supera. Si fuera por nosotros… hace rato que hubiéramos tirado la toalla. De tanto en tanto, esa tentación aparece, aguda y punzante en lo hondo de la conciencia.

Sin embargo… ahí están las palabras de Jesús, haciendo eco en el corazón de cada creyente: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

Una Presencia. Ese es el verdadero vértigo de la misión. Su Presencia amiga y redentora.

Gracias, San Juan Pablo II

«La Voz de San Justo», domingo 17 de mayo de 2020

San Juan Pablo II

Este lunes se cumplen cien años del nacimiento de Karol Josef Wojtyla, San Juan Pablo II. Muchos nos hemos sumado a la iniciativa que difunde el hashtag: #ThankYouJohnPaul2.

Al menos para mí, resulta imposible no recordar al “Papa venido de lejos” con honda emoción. Pero, sobre todo, con enorme gratitud.

Sí. Estoy agradecido con Dios por su persona, su testimonio, su inmensa humanidad, su pastoreo. Fue el Papa de mi adolescencia, de mis primeros pasos en la vocación, de mi formación sacerdotal y de buena parte de mi vida como cura.

Tenía un verbo difícil de seguir. Pero leí sus documentos con pasión. Poseía una mente fértil, una palabra intrincada pero poderosa, una figura que no dejaba indiferente a nadie.

¡Y su relación con los jóvenes! Fue directo con ellos. Les habló al corazón, mirándolos a los ojos. Les dijo el Evangelio. Los confrontó con Cristo, el redentor del hombre.

Y los jóvenes -los “Papaboys”- lo comprendieron, incluso si no terminaron de aceptar muchas de sus enseñanzas. Los jóvenes se dieron cuenta de que les hablaba alguien que los amaba, los comprendía y les reservaba sus mejores palabras, porque creía en ellos.

Fue conmovedor ver a miles de chicos y chicas acompañándolo en sus horas finales. Juan Pablo los había buscado allí donde ellos estaban. Ahora, cuando le llegaba la hora suprema de la muerte, ellos fueron a acompañarlo. Así es la amistad y la fidelidad del amor.

De todo lo que nos dejó, aquí quisiera recordar sus primeras palabras. Lo pintan de cuerpo entero. Son de su primera homilía como Papa, aquel 22 de octubre de 1978. Resultan tremendamente actuales. Nos hace bien volverlas a escuchar, imaginando su voz, entonces joven y potente.

“¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera! ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!”

¡Gracias, San Juan Pablo II!

Tiempo de prueba, espera y camino

«La Voz de San Justo», domingo 10 de mayo de 2020

«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6)

“En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2-3).

Este domingo y el próximo, los cristianos volvemos a escuchar las palabras de despedida de Jesús en la última cena. El clima, los gestos y las palabras son de despedida. En Jesús hay claridad de mirada y de decisión. En los discípulos, en cambio, desconcierto e inquietud. También tristeza por la separación y la ausencia.

De ahí que Jesús invite a la confianza, a la fe y a la esperanza: “No se inquieten -les dice-. Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14, 1).

En la Iglesia hacemos muchas cosas. Todas, sin embargo, giran en torno a esta misión fundamental: invitar a la fe confiada en Dios; la fe que nos abre a la esperanza. Si los discípulos de Jesús no somos testigos creíbles de lo que significa radicar la vida en Dios, ¿quién lo hará?

Vivimos tiempos de prueba, de espera y de camino compartido. Se asoma también el desafío de una reconstrucción que requerirá un suplemento de humanidad en todos nosotros. Estamos sedientos de esperanza.

Para los cristianos, esa esperanza tiene un nombre: Jesús, el Resucitado. Y tiene, además, una meta: la casa del Padre, que comienza a edificarse ya desde ahora, en esta “casa común” que compartimos.

Vocación

«La Voz de San Justo», domingo 3 de mayo de 2020 – Jornada Mundial de oración por las Vocaciones

San Agustín, llamado y provocado por Dios

Según el diccionario, la palabra “vocación” indica la acción de llamar. Alguien llama a alguien. Pues solo las personas poseen palabras que interpelan, llaman y provocan.

Vocación no es cualquier llamada. Es aquella que, por más que uno se empeñe, no se puede acallar. Es una voz que suena y resuena, una y otra vez.

Se puede desoír. Se puede huir de ella. Se puede tapar con muchos ruidos. Pero, siempre estará ahí, abriéndose espacio, inquietando e incomodando.

Es, además, una llamada que intima. La de la vocación es una voz siempre en imperativo. La vocación apunta a la propia conciencia y, sobre todo, a la libertad. Es su provocación más fuerte y escandalosa. Puede incluso vivirse como violenta.

Es, sin embargo, un imperativo que nos salva en la misma medida en que cedemos a su pretensión de absoluto.

Aquí, cedo la palabra a un maestro de vida que sabe, como pocos, lo que significa sentir esa Voz que llama y todo lo trastoca, empezando por la propia vida, sus proyectos e ilusiones.

“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”

Es la sentida confesión de San Agustín. Obviamente, habla de ese Dios que siempre había estado ahí, en su vida, en lo más hondo de su alma, Luz que permite toda luz. Aquel que nunca dejó de buscarlo, incluso cuando sus caminos fueron más oscuros y tortuosos.

Verdad que no engaña, Belleza que subyuga y Bien sumo y perfecto. El Dios buscado y encontrado en todo fragmento de verdad, de belleza y de bondad que, no obstante todo, son el secreto más precioso de este mundo nuestro, por momentos, tan injusto y deforme.

El Dios que finalmente lo alcanzó cuando le desveló su Rostro en la humanidad de su Hijo Jesucristo. Y, de esta manera, se mostró como el Dios humilde del pesebre y de la cruz. Y, así, conquistó su corazón y convenció su inteligencia.

Esa llamada nos habita. Es lo que somos. En escucharla y seguirla se juega nuestra vida.