En gracia concebida

Meditación en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María – 8 de diciembre de 2023

¡Ave María Purísima! ¡Sin pecado concebida!

Muchos de nosotros conocemos esta jaculatoria desde nuestra tierna infancia. Tal vez, ni siquiera recordamos de quien la aprendimos o cuándo la oímos por primera vez.

Seguramente de labios de nuestros padres o de nuestros abuelos.

La hemos repetido infinidad de veces. Y, así, el misterio gozoso del alma pura y limpia de María ha entrado en nosotros, y nosotros en él.

De las monjas carmelitas de Mendoza aprendí una versión nueva, que es la que ahora repito cada vez que toca rezar con este “piropo” a María. Dice así:

¡Ave María Purísima! ¡En gracia concebida!

Decimos lo mismo, pero poniendo el acento en la “gracia” de Dios que ha colmado a Nuestra Señora desde el instante mismo de su concepción.

Es como un eco de aquel: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1, 28). Es el saludo que repetimos cada vez que rezamos el Ave María, por ejemplo, en el Rosario.

“Gracia” es una de las palabras más bellas del lenguaje cristiano. Es tal vez la primera palabra que está escrita en el Diccionario de la lengua cristiana.

“Gracia” es el favor de Dios, como su disposición más divina hacia nosotros, sus hijos e hijas.

“Gracia” es el auxilio del Creador a sus creaturas, siempre amenazadas por el pecado y la concupiscencia. El Creador que es también el Redentor y Salvador.

“Gracia” es, en definitiva, nombre divino del Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que de manera sorprendente nos busca porque quiere entregarse a nosotros en toda la belleza de su misterio santo.

“Gracia” es la amistad de Dios que colma a María en cuerpo y alma, ya desde el primer instante de su existencia, y que ha coronado su peregrinación terrena cuando fue llevada al cielo en cuerpo y alma.

Cada fibra, cada rincón de su corazón, cada movimiento de sus ojos y de sus manos, de su libertad y de su inteligencia están colmados por esa amistad de Dios que transforma todo: ¡El Señor está con vos, María!

¡Ave María Purísima! ¡En gracia concebida!

A la “llena de gracia”, así le canta el poeta: “Toda de Dios sos María. Toda nuestra y del Señor. Toda santa inmaculada, pura y limpia Concepción”.

Nosotros, como hijos y devotos suyos, cantamos también a nuestra Madre, reconociendo los privilegios con que Dios la ha engalanado.

Pero, -no lo perdamos de vista- estos privilegios cumplidos en María están también presentes en nuestra vida: también a nosotros, nuestro buen Dios quiere colmarnos con su gracia, con el regalo de su amistad.

Dios nos quiere sus amigos y amigas. Por eso, nos ha enviado a su Hijo Jesucristo que nació de María Virgen, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.

María, la Purísima, nuestra Virgencita, cuida en cada uno de nosotros esa obra admirable del Dios amor. Obra que se cumple en cada uno de nosotros, por más alejados y rebeldes que seamos.

Y, con delicadeza de Mamá, nos ayuda a abrirnos a esa gracia divina que puja en nosotros para hacernos santos, humildes y servidores.

Por eso, al saludarla “en gracia concebida”, dispongamos el corazón con su misma docilidad.

“Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38)

Al responder así al llamado de Dios, María dice dos cosas e insinúa otra. Las tres muy importantes.

María se reconoce “servidora del Señor”: no vive para sí misma, sino para Jesús y para los hijos que irán ensanchando su maternidad hasta abarcarnos a nosotros.

También a cada uno de nosotros, Dios, con la ayuda de María, nos quiere servidores.

María se abre dócilmente a la voluntad de Dios: “que se cumpla en mí lo que has hecho”.

Acostumbrada a escuchar la Palabra que sale del corazón de Dios, María nos enseña a vivir de la misma manera.

Porque Dios nos sigue hablando y llamando a través del Hijo de María, Jesucristo, el Señor.

Servicio y escucha nos ayudan a entrar en el corazón de María, colmado de la presencia de Dios, su mayor riqueza.

María, con esas palabras, insinúa la humildad como la actitud religiosa que le permite abrirse a Dios, dejarse guiar por el Espíritu y servir a su Hijo Jesucristo, sirviendo a sus hermanos.

¡Alégrate, María, en gracia concebida, colmada del Espíritu y amiga de Dios!

Tus hijos e hijas no tenemos otra aspiración sino esta: también nosotros ser colmados con la amistad de Jesucristo. Amén.

Adviento 2023

«La Voz de San Justo», domingo 3 de diciembre de 2023

“Tengan cuidado y estén prevenidos porque no saben cuándo llegará el momento. […] Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: «¡Estén prevenidos!». (Mc 13, 33.37).

Con esta advertencia concluye el último gran discurso de Jesús en el evangelio según san Marcos: anuncia la ruina del templo de Jerusalén y la gran tribulación que precederá a la venida del Mesías.

Las imágenes y las palabras que usa apuntan en una dirección: la historia humana, tan contradictoria y, en ocasiones, violenta e injusta, está, a pesar de todo, en las manos de Dios. Por eso, el creyente confía, espera y vigila.

La imagen del portero que se duerme esperando la llegada del dueño de casa le sirve a Jesús para advertirnos que no podemos dejarnos ganar por ningún tipo de somnolencia: a Jesús se lo espera activamente, viviendo a fondo o, al menos, con la mayor sinceridad su Evangelio.

No hay que distraerse por cálculos fantasiosos de cuándo llegará el fin del mundo; pero tampoco ceder a la ansiedad que generan las pruebas de la vida, por duras que sean. Es lo más difícil. Hay que confiar en Dios, esperar en Él y servir a los demás con desinterés.

Con estas palabras del Evangelio, los cristianos comenzamos a caminar este Adviento 2023. Como lo hemos dicho otras veces: el Adviento saca a la luz una actitud que siempre ha de estar presente en el fondo de la vida cristiana. En palabras del Evangelio: “estar prevenidos”, vigilantes, atentos y despiertos.

“Señor Jesús: estás viniendo a nosotros. Te esperamos y queremos acoger tu Presencia en nuestras vidas. Por eso, oramos y, con los ojos de nuestra fe, buscamos tu Rostro en los rostros de nuestros hermanos. Que no nos dejemos ganar por la somnolencia o la superficialidad. Amén.”

Rey, pastor y juez

«La Voz de San Justo», domingo 26 de noviembre de 2023

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.” (Mt 25, 31-33).

Este domingo culmina el año litúrgico. Es la fiesta de Cristo rey. Un soberano que es también pastor y juez: al caer el día, separa ovejas de cabritos. Cada domingo lo recordamos al recitar el Credo: sentado a la derecha del Padre, “desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos.”

Ese juicio se basa en una ley precisa: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25, 35-36).

La compasión, la misericordia y la cercanía con el que sufre es lo que define la calidad humana de cada uno. Hilemos fino: no se nos pide curar al enfermo, solo cercanía de amigo. De esa cercanía no puede ser excluido ni siquiera un preso justamente condenado.

En definitiva, seremos juzgados por una medida concreta: el mismo Jesús. Cercano a los pobres, enfermos y pecadores, Él vivió así hasta la entrega total de su vida por amor. Solo Dios podía ser tan genuinamente humano.

“Al final de nuestra vida, Señor Jesús, sabrás discernir en nosotros cuánta humanidad hayamos vivido, cada gesto de amor realizado. Sabrás también quemar toda impureza inhumana de nuestro corazón. Por eso, al contemplarte como rey, pastor y juez recobramos la esperanza. Tu juicio será también buena noticia de salvación para nosotros. Amén.”

20 de noviembre de 2023

He empezado a escribir estas líneas en la tarde del viernes 17 de noviembre, mientras rezamos por la Patria. Las he concluido el domingo 19 después de celebrar la Misa e ir a votar. Las publico este lunes 20 de noviembre de 2023.

Mientras escribo, no sé todavía quién ha sido elegido presidente, pero ya está en mis oraciones. También el candidato que perdió. Parafraseando al papa Francisco: estamos juntos en el mismo barco. Todos tenemos el desafío de seguir consolidando la democracia que elegimos hace cuarenta años.

La democracia es mejor, no porque sea más eficiente que otros sistemas, sino por su fundamento: la dignidad de la persona, sus deberes y derechos; porque consagra el imperio de la ley y el estado de derecho; y, en definitiva, porque apela a la conciencia y libertad de los ciudadanos para elegir o cambiar a los representantes del pueblo soberano. Para quienes somos creyentes, todo ese delicado engranaje se sostiene en Dios, fuente de toda razón y justicia.

Escribo pensando en este lunes y en el camino que, como pueblo, tenemos por delante. Soy un ciudadano argentino, católico y obispo. Estas tres realidades preciosas convergen en mi persona y determinan lo que comparto a continuación.

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Ha concluido un extenuante año electoral. No se puede someter a la ciudadanía a un proceso tan desgastante, en medio de una crisis económica y social angustiante. La imagen que queda es la de una clase política que se mira a sí misma, dejando para un segundo plano las preocupaciones, intereses y desafíos de la sociedad.

Un signo muy esperanzador sería, no digo una reforma política amplia (que anhelamos desde la crisis de 2001), sino, al menos, un calendario electoral más diáfano, claro y respetuoso de la vida de las personas. Solo eso.

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Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. A lo largo de este intenso año electoral 2023, los argentinos hemos expresado, una vez más, el talante fuertemente pasional con que vivimos todo: el fútbol, la política y también la religión.

La polarización se ha exacerbado, alcanzando incluso a los católicos y otros creyentes. Sin embargo, este apasionamiento revela que la cosa pública sigue despertando interés, inquietud y capacidad de involucrarse en el destino colectivo de nuestro pueblo. Esto es bueno.

Aquietados los ánimos, reconducidas las tensiones a un límite aceptable y, por encima de todo, haciendo prevalecer el respeto por el otro, tenemos que tirar de ese hilo para sacar a la luz la capacidad de construir, con paciencia y perseverancia, el bien común.

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Pienso que, mirando el presente y el camino por transitar, tenemos algunas tareas indispensables: rehabilitar la política y rehacer la convivencia ciudadana.

En la tradición del humanismo cristiano, a la política se la concibe como una de las formas más altas de caridad: es la búsqueda paciente, perseverante y deliberada del bien común. Supone todo un conjunto de hábitos virtuosos. No se rehabilita la política solo con maña y picardía, sino con ciudadanos fogueados en la búsqueda de la verdad, del bien, de la honestidad y de la justicia.

Rehabilitar la política es una tarea que incumbe a todos los ciudadanos, aunque desafía de manera particular a los hombres y mujeres que la reconocen como su vocación personal. No todo político tiene que ser un estadista, pero no hay política de largo alcance sin políticos así: capaces de alentar un proyecto común, de pensar estratégicamente y de darle mística a la construcción colectiva de un proyecto común de país. El pragmatismo es importante, pero si tiene tras de sí ideas y convicciones sólidas, sino es -como lo hemos comprobado dolorosamente- cortoplacismo y retórica.

Ya tenemos presidente. Estará buscando por estas horas armar su equipo de trabajo y diseñando cómo afrontar los complejos desafíos que tiene nuestro país. Nos lo tendrá que decir con la mayor claridad posible, pensando, sobre todo, en los más frágiles, en las nuevas generaciones y en quienes lo miran con sospecha. Necesitará mucho temple, paciencia y capacidad de trabajo.

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Los ciudadanos de a pie, que en este lunes 20 de noviembre retomamos nuestra vida cotidiana, tenemos también una serie de desafíos formidables para enfrentar juntos los duros tiempos que se avecinan. Entre ellos, he mencionado el de reconstruir la amistad social, una convivencia pacífica y estimulante para todos.

En estos meses hemos vivido tensiones fuertes, tal vez hayamos dicho palabras gruesas de las que hoy seguramente estemos arrepentidos; incluso habremos podido ofender a amigos queridos o a personas que respetamos.

Es hora de darnos una nueva oportunidad, mirarnos a los ojos y tendernos la mano. Estamos juntos en este mismo barco -como decía arriba- que es Argentina.

En ocasiones se ha dicho que la democracia, por tal o cual razón, está en riesgo; o que nuestro país está en peligro. Sinceramente, nunca me lo he creído del todo.

La democracia argentina está en riesgo desde que existe y ha atravesado momentos críticos de gran peligro. Su riesgo más grande es no haber podido poner en marcha un proceso virtuoso de desarrollo para todos que lleve trabajo, educación y libertad a buena parte de nuestros hermanos y hermanas argentinos, especialmente a las nuevas generaciones. Este riesgo sigue ahí, activo o latente. Es nuestro desafío de fondo.

Los que creemos en Jesucristo, el Señor de la historia, contamos con Él, con la fuerza de su Espíritu y con el inestimable poder de la esperanza que derrama en nuestros corazones. A Él apelamos para seguir caminando con nuestros conciudadanos.

¡Argentina, canta y camina!

Arriesgarse

«La Voz de San Justo», domingo 19 de noviembre de 2023

“Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes». (Mt 25, 28-30).

Así concluye Jesús la parábola de este domingo: los servidores que hicieron fructificar los talentos fueron recompensados; el que lo enterró por miedo recibe un castigo severo y desproporcionado. Es una parábola: con ese golpe de efecto busca hacernos pensar.

El mensaje lo podemos sintetizar en dos puntos. Ante todo, vivir es arriesgar. El discípulo de Jesús, como decíamos el domingo pasado, vive en la esperanza, no en la pachorra. Es una espera que nos desafía a vivir a fondo: hay que arriesgarse para ganar. En segundo lugar, esa actitud es la que hemos de tener frente a Jesús y su Evangelio: o se lo recibe y acepta, poniendo en riesgo la propia vida, o se corre el riesgo de perderlo todo: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt 16, 25).

Jesús nos invita al riesgo de la esperanza y, por eso, de la libertad que es jugar a fondo, comprometerse con los demás, confiarse plenamente a un Dios que siempre nos sorprende y desafía.

En la parábola, los servidores que arriesgaron y ganaron, reciben este precioso elogio del patrón: “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor” (Mt 25, 21). De eso se trata: pasar de servidores a amigos.

“Jesús: abrazamos ese riesgo por vos y tu Evangelio. Amén”

¡Vení, Francisco, te estamos esperando!

La visita pastoral del #PapaFrancisco a nuestra #Argentina, su tierra, parece cada vez más cercana.

Aclaro que, al respecto, no manejo información especial. Soy un simple obispo del interior del interior que busca comunicar la Alegría del Evangelio.

Pero quiero contarles porqué la perspectiva de la visita de Francisco me llena de alegría y me entusiasma. 

La esperamos desde hace diez años. Rezo para que se dé el año próximo.

Obviamente, voy a hablar desde la fe que profeso y desde mi condición de pastor.

Señalo dos cosas:

1. La visita será un reencuentro: del hombre, del creyente y del pastor Jorge Bergoglio con la tierra que lo vio nacer y con la Iglesia madre que lo engendró en la fe, que acogió su vocación y en la que aprendió a ser pastor. Y un reencuentro de nosotros, sus hermanos, con él.

2. Pero será la visita del obispo de Roma, el Papa, al que Cristo le confió confirmar en la fe a sus hermanos y velar por la comunión de la Iglesia en la verdad, la misión y la caridad de Cristo. Y esto es lo más valioso y determinante. Y, según mi criterio, lo que más necesitamos. Su visita será un fuerte impulso para nuestras Iglesias diocesanas y la evangelización.

Ni ahora ni cuando se dé podemos reducir la visita de Francisco a un acontecimiento político. Por supuesto, que su presencia, sus gestos y sus palabras de pastor tendrán repercusión social y política. Es así con el Evangelio que proyecta su luz sobre toda la vida humana. Nada incide más en la vida que la fe cristiana en el Dios encarnado, amigo de los pobres.

¡Qué venga el pastor a celebrar con nosotros a Jesucristo y la alegría del Evangelio!

Rezar por la Patria

“También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. […] Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan.” (Lc 11, 9-13).

Los obispos de Argentina hemos convocado a una jornada de oración por la Patria para este viernes 17 de noviembre de 2023. Son las vísperas del “balotaje” del domingo 19. Mira, sin embargo, mucho más allá. Tiene que ver con nuestro camino como pueblo.

¿Qué pedimos para nuestra Argentina en esta oración en la previa del balotaje?

Bueno, no está mal que cada uno pida que gane el que vota por convicción o descarte. De todos modos, nos damos cuenta de que nuestro buen Dios no nos ha dado la inteligencia y la libertad para que haga lo que nosotros hemos de hacer. Es una decisión -como dije en un post anterior- personal y a conciencia.

Nos viene bien recordar la sabia enseñanza de san Agustín sobre la oración: Dios no siempre nos da lo que le pedimos; sin embargo, siempre nos da lo que realmente necesitamos. La oración nos ensancha el corazón para que quepa en él la Vida que Dios nos regala.

Jesús lo dice más cortito: “el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan.” (Lc 11, 13). O, como rezamos en la oración del Señor: “Padre nuestro… santificado sea tu Nombre, venga tu Reino y hágase tu voluntad”. Ese es el deseo de Jesús que el Espíritu Santo hace nuestro.

En nuestra oración por la Patria, por encima de todo, también de nuestra legítimas diferencias y opciones políticas, pidamos para nosotros y para todos los argentinos la gracia del Espíritu Santo.

¿Qué significa esto? Me permito aventurar algunas respuestas. Cada uno puede completarlas.

San Pablo dice que, cuando oramos, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad. El Espíritu nos permite escuchar el gemido de la creación, de los pobres, de los que caminan sin esperanza, etc. También nuestros gritos ciudadanos más profundos: trabajo, educación, paz, un techo…

Orar por Argentina es escuchar esos gemidos y permitirle al Espíritu que los asuma, los acompase a la oración de Jesús, el Hijo, y los lleve al corazón del Padre. Por eso, nuestra súplica, en buena medida, es penitencial: busca que quebremos nuestro corazón endurecido por el orgullo para que le permitamos a Dios transformarlo: que nos haga hijos y hermanos en Jesús.

¿No necesitamos esa oración penitencial en Argentina? El Padre nuestro comienza poniéndonos en las manos del Padre y termina suplicando que Él no nos abandone cuando llegue la hora de la prueba y nos preserve del mal y del Maligno.

Al entrar en la oración, guiados por el Espíritu de Jesús, si somos dóciles, la misma plegaria nos va transformando y haciéndonos capaces de toda obra buena, de deponer el orgullo y el interés y de sumarnos a la voluntad del Padre: que su creación sea nuestro hogar y todos nos reconozcamos hermanos.

La elección del 19 de noviembre es importante… Sin embargo, lo más arduo es lo que se abre por delante: tiempos difíciles que requerirán mucha pasión por el bien, perseverancia y fortaleza para soportar los embates del mal y para acometer la lucha por la justicia. Y, sobre todo, por la reconciliación, la concordia y la amistad social en una sociedad fragmentada y deliberadamente conducida a ese lugar de polarización.

Orar por Argentina es rezar por los dirigentes, tanto por los políticos como por los que cumplimos ese rol social en otros ámbitos. Que seamos lúcidos, hábiles para hacer el bien y no solo para la retórica engañosa del corto plazo.

Pero también significa rezar por los ciudadanos de a pie que somos todos, porque -como suele decirse- los pueblos no siempre tienen los dirigentes que se merecen, pero sí los que se les parecen. No existe un pueblo puro y una dirigencia corrompida a la que podamos acusar desde la vereda de enfrente. Existimos hombres y mujeres que fatigamos cada día el bien, la honestidad y la justicia. Ciudadanos concretos con aciertos y errores, con virtudes y defectos, con amnesias éticas y silencios culposos que terminan en opciones concretas; también con pecados personales que se proyectan socialmente. Y, de tal palo, tal astilla…

¿Quién puede permitirse, a esta altura de nuestra historia argentina, subirse a un estrado y reclamar para sí una incomprensible e insoportable superioridad moral?

Pedimos que el Espíritu Santo encuentre docilidad interior para abrirse paso por esa maraña sinuosa que es el corazón humano y nos ayude a trabajar por el bien común con las virtudes nobles de la paciencia, la perseverancia y la magnanimidad.

Sí: necesitamos un alma grande que nos haga ver más allá de nosotros mismos.

Lo suplicamos al Espíritu Santo y lo ponemos en las manos generosas de nuestra Madre, la Virgen María, invocada en cada rincón de Argentina con nombres diversos, pero con una única piedad filial. Amén.

#OrarPorLaPatria

#Balotaje2023

El mejor aceite

«La Voz de San Justo», domingo 12 de noviembre de 2023

“Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.” (Mt 25, 1-4).

La vida es una gran espera. Hemos aprendido a convivir con la incertidumbre por el futuro. Los que creemos en Dios siguiendo a Jesús, tratamos de vivir en la esperanza. Ella asoma en cada ilusión que moviliza nuestro corazón; pero también en los fracasos, nuestros inseparables compañeros de camino. 

Jesús recurre al lenguaje simbólico para expresar qué significa vivir la esperanza. Es la imagen de las diez jóvenes con sus lámparas a la espera del esposo. Es bueno reconocernos en ellas. En ocasiones, nos parecemos a las prudentes: saben alimentar la espera. En otras, somos como las necias: vacíos o incluso llenos del vinagre del resentimiento.

La esperanza cristiana no es la sensación irracional de que las cosas siempre irán bien mágicamente. Es la certeza de que no nos faltará, especialmente en nuestras horas más oscuras, el aceite del Espíritu. Y que, al final del camino, Dios sabrá recoger “mis lágrimas en su odre” (Salmo 56, 9).

Un hombre de Dios, el cardenal Eduardo Pironio, próximo beato, escribía: “Cuando Jesús quiere enseñarnos a vivir en la esperanza y a superar así los tiempos difíciles, siempre nos señala tres actitudes fundamentales: la oración, la cruz, la caridad fraterna. […] Pero, en definitiva, la actitud primera y esencial para vivir y superar los tiempos difíciles es la confianza en el amor del Padre: «El mismo Padre os ama» (Jn 16,27).”

“Señor Jesús: vierte en nuestras almas el aceite puro de tu Espíritu. Amén.”

Todos hermanos

«La Voz de San Justo», domingo 5 de noviembre de 2023

“En cuanto a ustedes, no se hagan llamar «maestro», porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen «padre», porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco «doctores», porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23, 8-12).

El enfrentamiento de Jesús con sus adversarios alcanza su cúlmen en el capítulo veintitrés del evangelio. Hoy escuchamos su introducción. La acusación de fondo es la de una apariencia de rectitud y de piedad: “Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agradan las filacterias y alargas los flecos de sus mantos…” (Mt 23, 4-5).

Hay una palabra para esta conducta: hipocresía. Es una amenaza para todo hombre o mujer religiosos, tanto para aquellos adversarios de Jesús, como para quienes hoy nos reconocemos sus discípulos o somos pastores. Vale la pena estar advertidos.

Jesús, sin embargo, no se queda en la mera acusación. Con sabiduría señala el remedio. Lo indica en las palabras que dirige a sus discípulos que citamos: en definitiva, el reconocernos iguales y hermanos nos precave de subirnos al pedestal, sintiéndonos superiores a los demás.

Quedémonos rumiando estas palabras finales de Jesús: “Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt 22, 11-12).

No es cuestión de nombres (maestro, padre o doctor), sino de actitud.

“Señor Jesús: humildes y servidores como vos. Amén”

La decisión del voto es personal y a conciencia

Les comparto estas reflexiones personales y pastorales sobre la decisión del voto en el balotaje del próximo 19 de noviembre

En el pasado, y también en situaciones juzgadas extremas, el Papa o los obispos señalaron a los fieles católicos laicos que determinadas propuestas políticas no podían ser acompañadas con el voto. Incluso amenazando con penas canónicas severas.

Incluso hoy, no resulta extraño que alguna persona consulte a su párroco, al cura de confianza o también al obispo a quien votar.

La Iglesia, con sabiduría pastoral, hoy prefiere orientar la conciencia ofreciendo a los fieles católicos una serie de principios, criterios y enseñanzas que ayuden a cada uno a tomar una decisión prudencial.

Ese es el camino de la libertad que respeta la dignidad de la persona humana como tal. Ese es también el fundamento del sistema democrático.

Para ello, acudimos a la rica (y lamentablemente también desconocida) enseñanza social de la Iglesia: ese cuerpo de doctrina que se ha ido formando desde que el papa León XIII publicara «Rerum novarum» hasta «Laudate Deum» de Francisco. Una enseñanza que, por tener como materia una realidad altamente contigente, ha ido creciendo en el tiempo, discerniendo lo sustancial de lo accidental o epocal.

Recientemente, el papa Benedicto XVI señaló cuatro verdades, principios o valores que, según su fundado parecer, son «no negociables» para un católico que quiere vivir su fe en el espacio público.

Así los formuló en la Exhortación «Sacramentum caritatis» 83: «el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas.»

Dos precisiones al respecto. En primer lugar, es necesario señalar que, algunos cristianos de buena voluntad suelen concentrarse en la cuestión del aborto y la familia, sin prestar atención suficiente al cuarto que se refiere a la promoción del bien común. En segundo lugar, esta enumeración no es exhaustiva, como muchos han señalado. Se podría agregar, por ejemplo, la opción preferencial por los pobres o el cuidado de la casa común.

Lo cierto es que, la responsabilidad ética del voto, cada uno de nosotros la ejerce como un discernimiento prudencial en una situación concreta, como es el caso actual del balotaje en Argentina.

Las dos propuestas en danza, por diversas razones, presentan a la conciencia cristiana formada graves perplejidades que no se pueden minimizar.

En síntesis: ni el papa, ni tu obispo, tu párroco o tu cura amigo pueden decirte a quien votar. A lo sumo podrán compartir con vos los criterios que surgen de la doctrina católica para orientar una decisión que, hoy por hoy y a todos, nos está resultando muy difícil de tomar. Incluso si esa opción es el voto impugnado o en blanco, legítima expresión del compromiso de un ciudadano con el bien común de su país.

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco
Viernes 3 de noviembre de 2023