Elegí como lema para mi ministerio episcopal unas palabras de San Pablo en Hch. 20,24: "Testigo del Evangelio de la gracia de Dios". De ahí el nombre del blog: "Evangelium Gratiae", el evangelio de la gracia. El 31 de mayo de 2013, el Papa Francisco me nombró obispo de la Diócesis de San Francisco, en el Este de Córdoba.
«La Voz de San Justo», domingo 12 de enero de 2025
“Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección.»” (Lc 3, 21-22).
San Lucas ha quedado fascinado por el Jesús orante. Una y otra vez, sobre todo en momentos cruciales de su narración, como ahora, vuelve a presentarlo en oración.
Es que solo cuando a Jesús se lo contempla sumergido en el Padre se puede avistar su misterio de Hijo.
Apreciar a Jesús como un líder religioso único e insuperable, cuyo mensaje es sublime y, además, dotado de una personalidad fascinante, no resulta para nada extraño.
Lo verdaderamente escandaloso es lo que proclama la fe cristiana: ese judío es Hijo de Dios, uno con el Padre y el Espíritu Santo.
Ese hombre es el que ha abierto el cielo para que la Palabra de Dios volviera a escucharse en cada tiempo y lugar de nuestro mundo. También ahora.
Al terminar el tiempo de Navidad, comenzando a caminar un nuevo año, dejémonos llevar por este Jesús orante. Que él nos sumerja en su misma intensidad de vida de Hijo amado del Padre. Que nos bautice con su Espíritu.
Jesús ora, enseña a orar y, por ese camino, nos transforma como personas.
“Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios.
[…]
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1, 1-3.14).
En Navidad te invité a armar el pesebre. Hoy a creer en lo que anuncia el evangelio: el niño del pesebre es el Verbo eterno del Padre que ha venido a nosotros.
Verbo, Imagen e Hijo único de Dios. Él mismo es Dios, como proclamó hace mil setecientos años el concilio de Nicea: “de la misma sustancia del Padre”.
Esa es la fe común de todos los cristianos: católicos, protestantes, ortodoxos, evangélicos.
Esa es la fe sustanciosa que le da a nuestra vida la más sólida esperanza: Dios ha entrado en nuestra historia como uno más y, desde entonces, nada humano le es indiferente.
Ese niño, cuando sea adulto, lo anunciará con pasión, morirá en la cruz y resucitará. Y, con todo eso en su cuerpo resucitado, nos dará su Espíritu.
Dios es Verbo, Palabra, Luz, Razón, pero también Sabiduría, Amor, Generosidad, Compasión, Belleza.
Quien dice “amén” al Dios del pesebre, le dice “amén” a la vida y a la alegría, siempre más fuertes que toda pena, tribulación o crisis.
Te invité a armar el pesebre, te pido ahora que mirés bien lo que de más hondo ocurre en Belén, pero, sobre todo, te invito a la fe en el Dios encarnado: Jesucristo.
Acabo de encontrar esta preciosa foto de Benedicto XVI.
Es, con Pablo VI, de los papas recientes que más me inspiran y con los que me siento más en sintonía interior, en mi forma de creer, comprender y transmitir la fe.
Obviamente, este es un punto de vista subjetivo en el que se conjugan temperamento, personalidad, ideas y afectos.
Pero, esta foto refleja algo que es, para mí, un criterio de pensamiento y acción: el modo cómo Ratzinger/Benedicto XVI entiende y vive la liturgia.
En 2006, en un encuentro con adolescentes y jóvenes, un chico le preguntó por su vocación. Después de referir lo que significó para él descubrir la necesidad de Dios para el mundo, en referencia a la oscuridad opresiva del nazismo que imaginaba una Alemania en la que no serían necesarios los sacerdotes, se refirió a la liturgia, como fuente de su vocación al ministerio y a la teología.
En este sentido, dos experiencias fuertes -decía- lo han ayudado: el descubrimiento de la belleza de la liturgia, “porque sentía que en ella se nos presenta la belleza divina y se abre ante nosotros el cielo”. Y, muy unido a lo anterior: “el descubrimiento de la belleza del conocer, el conocer a Dios, la sagrada Escritura, gracias a la cual es posible introducirse en la gran aventura del diálogo con Dios que es la teología. Así -concluye-, fue una alegría entrar en este trabajo milenario de la teología, en esta celebración de la liturgia, en la que Dios está con nosotros y hace fiesta juntamente con nosotros.”
El buen vino de la liturgia de la Iglesia está siempre ahí, como recién salido de las Bodas de Caná, para colmar de alegría el corazón del hombre.
31 de diciembre de 2024 – 2º aniversario de la muerte del Papa Benedicto XVI
Catedral de San Francisco – Domingo 29 de diciembre de 2024 – Fiesta de la Sagrada Familia
El lenguaje simbólico de la liturgia, siempre rico y estimulante, lo es, de manera especial, en esta liturgia de apertura del Año Santo.
En la “sobria embriaguez” del Espíritu, “la armonía de los signos de la celebración” (palabras, gestos, posturas, imágenes, canto, etc.) nos abre para que el “misterio celebrado se grabe en la memoria del corazón y se exprese luego en la vida nueva de los fieles.” (CIC 1160).
Participemos entonces con fe viva, deseosos de desentrañar la gracia invisible que se nos ofrece a través de los signos visibles.
Destaco tres aspectos de la metáfora del camino que nos propone la liturgia de hoy: el peregrinaje de la Sagrada Familia, de la Iglesia universal en este Jubileo y de nuestra diócesis hacia su primer Sínodo.
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En primer lugar, el icono que nos propone el evangelio que acabamos de escuchar: “Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acababa la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta.” (Lc 2, 41-43).
José, María y Jesús: una familia de peregrinos de la Pascua, en camino hacia y desde Jerusalén. Y la metáfora del camino le sirve al evangelista para confrontarnos con el peregrinaje de la conciencia humana de Jesús que va progresivamente descubriendo su identidad de Hijo amado del Padre, o, lo que es lo mismo: su misión.
Y, como traccionados por esa poderosa fuerza, también José y María caminan la fe, buscando a Jesús y asumiendo paso a paso su propia misión, como harán los peregrinos de Emaús al concluir el evangelio.
A sus desconcertados padres les dirá: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). Y, a los de Emaús: “¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” (Lc 24, 26).
A sus padres y a sus discípulos, Jesús los confronta con el horizonte siempre más grande de su Padre y el misterio de la salvación.
Aunque no comprenden lo que Jesús dice -tanto como nosotros-, sin embargo, el Señor deja espacio para que la fe haga su camino. Eso sí, nos invita a cultivar la actitud de María: “Su madre conservaba estas cosas en su corazón.” (Lc 2, 51).
Así peregrinamos la fe como entrega cada vez más radical a Dios, a su plan de salvación y así también caminamos la conciencia de nuestra misión (nuestro lugar en su plan de salvación).
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En segundo lugar, la metáfora del camino vuelve a nosotros en el lema del Año Santo: “Peregrinos de la Esperanza”. Miramos ahora el camino desde la perspectiva de los que lo transitan: nosotros somos esos peregrinos que caminamos la Esperanza.
El cardenal Ángel Rossi cuenta que, durante el reciente Sínodo, el Papa Francisco, volviendo sobre el lema añadía: “Peregrinos de la Esperanza… y de la Misericordia”.
Es la experiencia de la misericordia divina la que desata la esperanza en el corazón.
Me viene a la memoria la enseñanza de Benedicto XVI en Spe salvi: la esperanza cristiana -la Gran Esperanza- tiene sustancia y es la fe en Jesucristo.
Sin esa sustancia, la esperanza es una emoción vana, frágil y, al final del día, ilusoria.
Nuestra esperanza se funda sólidamente en Jesús, en su Evangelio y en el acontecimiento de amor hasta el fin: la encarnación y la pascua.
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En tercer lugar, la imagen del camino y la experiencia de los peregrinos que lo recorren tienen para nosotros, como Iglesia diocesana, la forma de nuestro camino sinodal, en cuyo horizonte comenzamos de divisar la celebración de nuestro primer Sínodo.
Conjeturo una objeción que no es bueno desoír: ¿a cuántos realmente ha tocado esta propuesta del camino sinodal y del Sínodo? ¿Ha llegado a entusiasmar sus corazones?
En realidad, no es esta propuesta la que tiene que ganar el corazón -el nuestro y el de todos-, sino la persona de Jesús, su Verdad y Belleza luminosas.
Cuando el obispo de La Rioja, Dante Braida, nos explicaba el Documento Final del Sínodo de Roma, nos hacía ver que su columna vertebral son los encuentros de Jesús resucitado con los primeros testigos de la fe narrados por los evangelios.
La conversión misionera a la que nos desafía, supone una conversión sinodal de la Iglesia, pero una y otra se desatan solamente si los bautizados, como hombres y mujeres del Espíritu, llegamos a ser místicos que “algo” hondo, fuerte y bello hemos experimentado, que desborda nuestras vidas y que, por eso, no dejamos de compartir: el encuentro con Jesucristo vivo, con su Persona y su Gracia.
Podríamos o no celebrar un Sínodo, pero nunca habría de faltar esta experiencia del encuentro de las personas con Jesús en la fe y todo lo que de ahí se sigue.
Es más: el Espíritu Santo nos garantiza que ese “algo”, de hecho, está ocurriendo entre nosotros, aunque estemos distraídos o entretenidos en otras cosas. Basta que miremos lo que realmente pasa en nuestras comunidades cristianas, en tantos “santos de la puerta de al lado”, que constituyen el secreto de la vitalidad de nuestras comunidades cristianas.
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Por eso, al iniciar este Año Jubilar, podemos suplicarle a la Sagrada Familia de Jesús, María y José, peregrinos de la Esperanza y de la Pascua, que animen nuestro caminar, que acompañen el peregrinar de nuestras comunidades cristianas, que le den mística al camino sinodal de nuestra diócesis.
Llegamos caminando a esta Eucaristía. Al entrar en la catedral, el obispo nos invitó a mirar al Crucificado. Después nos acercamos a la fuente bautismal, el seno virginal de la madre Iglesia del que todos hemos nacido a la vida de la gracia, para renovar juntos la gracia de haber bebido del mismo Espíritu para ser un solo cuerpo en Cristo.
Estos gestos visibles nos ayuden a vivir la gracia invisible que la santa Trinidad desborda para nosotros en este tiempo de gracia que compartimos.
Termino con las palabras del Santo Padre al abrir la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, en la pasada Nochebuena:
“El Jubileo se abre para que a todos les sea dada la esperanza, la esperanza del Evangelio, la esperanza del amor, la esperanza del perdón.
Volvamos al pesebre, contemplemos el pesebre, miremos la ternura de Dios que se manifiesta en el rostro del Niño Jesús, y preguntémonos: «¿Tenemos esta expectativa en nuestro corazón? ¿Tenemos esta esperanza en nuestro corazón? Contemplando la benevolencia de Dios, que vence nuestra desconfianza y nuestros miedos, contemplamos también la grandeza de la esperanza que nos aguarda. Que esta visión de esperanza ilumine nuestro camino de cada día”» (cf. C. M. Martini, Homilía de Navidad, 1980).
Hermana, hermano, en esta noche la «puerta santa» del corazón de Dios se abre para ti. Jesús, Dios con nosotros, nace para ti, para mí, para nosotros, para todo hombre y mujer. Y, ¿saben?, con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda.”
«La Voz de San Justo», domingo 29 de diciembre de 2024
“Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acababa la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta.” (Lc 2, 41-43).
José, María y Jesús: una familia de peregrinos de la Pascua, en camino hacia y desde Jerusalén. El trayecto más decisivo, sin embargo, no es geográfico sino interior: es el camino del jovencito Jesús que va descubriendo su misión.
Y, como traccionados por esa poderosa fuerza, también José y María caminan la fe, buscando a Jesús y asumiendo paso a paso su propia misión.
Con esta imagen de la familia de Jesús, María y José comenzamos a caminar el Año Santo 2025, cuyo lema es: “Peregrinos de la Esperanza”.
“El Jubileo -decía el papa Francisco esta Nochebuena- se abre para que a todos les sea dada la esperanza, la esperanza del Evangelio, la esperanza del amor, la esperanza del perdón […] Hermana, hermano, en esta noche la «puerta santa» del corazón de Dios se abre para ti. Jesús, Dios con nosotros, nace para ti, para mí, para nosotros, para todo hombre y mujer. Y, ¿saben?, con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda.”
Ya amanece el 2025. Los invito a caminar la esperanza que nos da la fe cristiana. No es una ilusión o una emoción fugaz. Es sustanciosa, consistente y no defrauda. Es Jesús, el Señor.
“María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»” (Lc 1, 39-45).
La Virgen “apurada” o “apresurada”. Así la llamó el papa Francisco cuando, en la pasada Jornada Mundial de los Jóvenes, estuvo en el Santuario de Fátima.
Y lo dijo comentando el evangelio de este domingo: la visitación de María a Isabel.
María está apurada, siempre apurada, para venir a nosotros, trayéndonos a Jesús, el fruto bendito de su vientre.
Y su presencia desencadenará las mismas consecuencias que en Isabel: vamos a saltar de alegría al percibir que María nos trae a Jesús, el Señor, nuestro Salvador y nuestra Alegría.
La Navidad está a la puerta, bien cerquita. El Adviento está llegando a su fin y dará su fruto: el encuentro con Jesús que colma de alegría y de esperanza al corazón del que lo espera con ansia.
Hay apuros buenos. Este es uno de ellos: el de María, apurada por alcanzarnos; y el de nosotros, apurados por recibirla y recibir al Señor.
¡Dejémonos contagiar por ese “apuro santo” porque también a través de nosotros, Dios quiere apurarse en alcanzar a nuestros hermanos!
«La Voz de San Justo», domingo 15 de diciembre de 2024
“Dios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?» Él les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto». Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?» Él les respondió: «No exijan más de lo estipulado». A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo».” (Lc 3, 9.10-14).
Tan cerca de la Navidad, es bueno preguntarse qué hacer para celebrarla bien. La mesa familiar y los regalos son una costumbre bonita. Nos recuerdan que no somos islas, sino personas con vínculos por los que pasa nuestra vida: amigos, familia, los más pobres y, no en último lugar: Dios.
Juan Bautista señala que una sincera conversión a Dios supone tratar bien a los demás. En un tiempo como el nuestro es bueno recordar que nuestra mayor riqueza es ser solidarios, justos y no abusar del poder.
Pensémoslo un poco. Nos pueden ayudar estas palabras de san Pablo que también escuchamos este domingo: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca.” (Flp 4, 4-5).
Homilía en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María – 8 de diciembre de 2024 – Santuario diocesano de la «Virgencita» en Villa Concepción del Tío
“El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».” (Lc 1, 28).
No solo en su casa, el saludo de Dios entra en el corazón de María. Es que, como nos lo pinta el evangelio de hoy, la Trinidad se ha enamorado de ella.
El Padre ha puesto sus ojos en María, ha derramado sobre ella la sombra protectora y fecunda del Espíritu Santo y, así, ha concebido y dado a luz a Jesús, el Salvador, el Mesías.
Y entonces estalla la alegría, porque el Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo está con María y con nosotros.
Así, en el corazón de este Adviento, contemplamos a nuestra Virgencita, la Purísima; también nosotros con ojos de enamorado.
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Hemos escuchado en la primera lectura la maldición a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón.” (Gn 3, 15).
Como un eco de este pasaje bíblico, el arte cristiano representa a la Inmaculada aplastando con su pie la cabeza de la víbora.
La serpiente simboliza la presencia del mal que siempre amenaza la vida de los hombres y mujeres; representa al enemigo de Dios y de los hombres, a Satán.
Es la figura de un mal que atrae y seduce, engaña y corrompe desde dentro al ser humano.
Preservada del pecado, María se ha convertido en el canal purísimo por el que el Redentor ha entrado en la historia humana, sembrando una esperanza cierta para todos.
La fiesta de hoy nos dice con fuerza: el mal ha sido vencido, su poder destructor no tiene la última palabra, porque Dios está con nosotros y su gracia actúa de verdad en nuestra vida.
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María tiene sus pies descalzos para tocar la tierra en la que vivimos sus hijos.
Contemplamos su rostro y sus ojos, sus manos y su manto; pero también no dejamos de mirar sus pies descalzos, tan cerquita de los nuestros y de nuestras luchas cotidianas.
¿Quién de los que estamos esta tarde aquí puede decir que no está viviendo batallas duras en su propia vida?
Algunas de ellas las compartimos, porque son comunes y visibles. Otras, cada uno de nosotros, las lucha en el abismo de su propio corazón.
En unas y otras, María está presente para aplastar el poder de la serpiente, para que no nos desanimemos ante las pruebas del camino.
Estoy seguro de que, en nuestro corazón, cada uno, le confiamos a la Virgencita estas luchas.
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Sí, en medio de las tormentas de la vida, miramos a la estrella e invocamos a María.
Hay tormentas fuertes que hacen zozobrar a nuestras familias y a nuestro pueblo.
Como la serpiente del Génesis, hay males que serpentean entre nosotros, seduciéndonos con su enorme poder de engaño: prometen todo y terminan dejándonos desahuciados.
Pienso en la tentación de volvernos una sociedad cruel, sin lugar para la compasión, dominada por la ira, el miedo y el resentimiento. Crueldad en el corazón y en los ojos, en los labios y en las manos.
María, toda santa y buena, nos libre de volvernos crueles.
María nos enseñe a cultivar la bondad de corazón, atentos siempre a los más frágiles.
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Pienso también en el juego online, que está haciendo saltar las alarmas de padres y educadores, de organizaciones sociales y religiosas. Lo que inicia como juego termina como adicción.
¿La promesa engañosa? Un click y vas a ser rico. Algunos lo consiguen: gestionan desde su celular el acceso a los casinos virtuales, y logran en poco tiempo multiplicar sus bienes.
Alguno puede pensar: “Es solo un juego: me divierto, no me canso y gano plata. ¡Mirá lo que éste ganó hoy! ¡Mañana el suertudo puedo ser yo! ¿Entonces para qué estudiar? ¿Para qué trabajar?”
La vieja tentación de la serpiente que solo ha cambiado de piel.
Pero lo sabemos bien: hay oscuros intereses moviendo los hilos de este drama social. Como con las drogas, el narcomenudeo y el narco.
Es bueno avanzar en leyes que fijen límites y promuevan conductas. Sin embargo, el desafío es mayor: entre todos, recrear una cultura popular rica en valores humanos, espirituales, ciudadanos.
Una tarea que nos involucra a todos: casa y la escuela; al barrio, al club y a la parroquia, a las organizaciones sociales, las empresas y las autoridades…
Una tarea ardua que exige paciencia, fortaleza interior y cooperación. Pero, sobre todo, una misión que solo podemos llevar adelante si nos abrimos a la gracia de Dios.
Excluir a Dios de nuestra vida personal y social es abrir la puerta a las formas más oscuras de deshumanización.
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Por eso, miremos a María, “llena de gracia”: ella tiene los oídos bien abiertos para escuchar nuestras penas, ilusiones y luchas.
Ella está con sus pies sobre nuestra tierra para caminar con nosotros y hacernos sentir su auxilio.
La tarea es ardua. No podía ser menos: se trata de recrear la cultura de la vida, del trabajo y de la virtud, de transmitir a las nuevas generaciones lo mejor que nosotros recibimos de nuestros mayores; de abrirnos con esperanza al futuro con todas sus posibilidades.
Todo el bien que hagamos en esta tierra es anticipo del cielo, fruto del don de Dios y de nuestra cooperación con Él.
María, pura y limpia concepción, nuestra Virgencita, seguirá alentando nuestro caminar, dándonos ánimo en nuestras luchas, consolándonos en nuestras tribulaciones y celebrando todas nuestras victorias.
Ella es signo cierto de que el mal no tendrá la última palabra, sino que la victoria de Jesucristo es ya nuestro triunfo y nuestra esperanza.
«La Voz de San Justo:, domingo 8 de diciembre de 2024
“El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón».” (Gn 3, 14-15).
Por estas horas, los peregrinos estamos visitando el Santuario de la Inmaculada en Villa Concepción del Tío. Cada 8 de diciembre, a la “Virgencita” le decimos: Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!
El arte cristiano representa a la Inmaculada aplastando con su pie la cabeza de la serpiente. Es un eco del texto del Génesis arriba citado. María es signo de la victoria de Dios sobre el mal. Y esa es la experiencia del pueblo cristiano que hoy emerge con fuerza.
Todos tenemos nuestras luchas. Tampoco como pueblo nos faltan duras pruebas. En todas las batallas que enfrentamos, miramos a la estrella e invocamos a María, como decía san Bernardo.
Pienso, por ejemplo, en la tentación de volvernos una sociedad cruel, que descarta a los más débiles. O en la insidia del juego online que ha despertado justamente todas la alarmas. Esos males serpentean entre nosotros. Necesitamos sólidas razones, pero, sobre todo, fuerza espiritual para enfrentarlos.
Hoy miramos a María inmaculada. Ella es imagen de la humanidad nueva que sale de la mano del Creador. La invocamos, porque sabemos que contamos con ella para esa lucha. Ella nos da a Cristo, ella abre nuestra vida a Dios y a la potencia redentora de su amor.
Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!
«La Voz de San Justo», domingo 1º de diciembre de 2024
“Jesús dijo a sus discípulos: «Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. […] Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.»” (Lc 21, 24-25.36).
Comenzamos a caminar el Adviento, el tiempo de la espera de Dios. La fe cristiana siembra en nosotros la semilla de la esperanza. Y lo hace, porque Jesús nos ha mostrado el rostro verdadero de Dios, como decíamos el domingo pasado.
“Si falta Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido. Es como si faltara la dimensión de profundidad y todas las cosas se oscurecieran, privadas de su valor simbólico; como si no «destacaran» de la mera materialidad.” (Benedicto XVI).
Nosotros esperamos a Dios, y Él nos espera a nosotros. Adviento es tiempo de espera, porque es tiempo de encuentro de amigos que se quieren, se extrañan y anhelan un momento juntos.
El consejo de Jesús: orar sin cesar, no dejarse aturdir por el presente y levantar la mirada. Vivamos así este Adviento, tiempo amigos que se esperan.
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