¿Dónde está Santiago Maldonado?

¿Dónde está Santiago Maldonado?

No perdamos el rumbo ni desviemos la mirada.

Esta pregunta nos plantea la cuestión fundamental.

Angustia a muchos argentinos. Me incluyo.

Es la cuestión central. Un ser humano, independiente de otras circunstancias (ser militante o, incluso, argentino) no puede desaparecer, así como así.

En una democracia en la que impera el estado de derecho estas cosas no pueden ocurrir.

Y estamos en democracia. No en una dictadura, ni en camino hacia una dictadura.

No juguemos con fuego. Dictadura, desaparecidos, terrorismo de estado… son palabras demasiado reales que evocan lo peor de nuestra historia como para que las empleemos a modo de munición contra un enemigo político. No nos permitamos banalizar tanto dolor con esa bajeza irresponsable.

Que nos estemos haciendo esta pregunta, estando como estamos en democracia, es un factor más de desasosiego.

Los ciudadanos delegamos en el estado el uso de la fuerza para que nos proteja a todos, sin distinción. Por eso, que el estado no logre clarificar rápidamente dónde está un ciudadano es una cuestión que vuelve a desnudar no solo una peligrosa zona de indefensión para todos, sino que nos habla de tareas pendientes de nuestra democracia.

La suerte de Santiago Maldonado nos involucra a todos.

La sociedad, tomando también distancia de las patéticas manipulaciones del caso, parece estar comprendiéndolo, y hace oír su voz. Eso es muy bueno.

Pero es el estado el que tiene que ofrecernos una respuesta contundente, aunque no sea responsable ejecutor de esa desaparición.

Tampoco vale relativizar la pregunta, poniéndole al lado otros interrogantes: Julio López, Miguel Bru o Alberto Nisman. Resulta un juego infantil y macabro si pretende eso: relativizar la gravedad del caso usando el drama que expresan esos nombres.

Bien mirado, ese proceder agudiza la cuestión: los argentinos sumamos demasiadas preguntas sin respuestas. No nos podemos dar el lujo de dejar pasar otra más.

Eso también significa preguntarnos por Santiago Maldonado.

Pero, lo fundamental es él, su persona, la angustia de sus padres y hermanos, la incertidumbre de sus amigos.

Se lo preguntaba esta mañana Norma Morandini en un artículo de alta calidad ciudadana: “¿Qué importa más, que el joven aparezca con vida o que su posible muerte se enarbole como bandera política?” Aquí el enlace

Por eso, a lo que verdaderamente importa: ¿dónde está Santiago Maldonado?

Aprender a dialogar (en la tierra como en el cielo)

La referencia es ya lejana: 17 de febrero de 1950. El Papa Pío XII intervenía con un sustancioso discurso en un congreso de periodistas católicos. El tema: el rol de la prensa católica en la conformación de la opinión pública. Al ir concluyendo su intervención, el Papa Pacelli, en dos párrafos trazó el perfil de lo que él mismo llamó: “la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia”.

Y, casi como curándose en salud, aseveraba: “Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; falta cuya censura recaería sobre los pastores y sobre los fieles”.

Había escuchado muchas veces la referencia a este discurso. Lo he leído completo en estos días. ¿La razón? En realidad, son dos.

Va la primera. En mi perfil de Facebook subí un artículo de una página católica sobre el terrible caso de violencia y abuso en el Coro de la catedral de Ratisbona, dirigido durante treinta años por el hermano de Benedicto XVI, Georg Ratzinger. Me pareció importante destacar que era la misma diócesis de Ratisbona la que había encargado la investigación y el informe. Hoy, la iglesia mira de frente, sin miedo y con decisión, esta grave crisis. En los comentarios se dio un intercambio de pareceres, a mi criterio, muy valioso: ¿tenemos que hablar de esto? ¿Es propio de un obispo publicar este tipo de noticias? ¿No le hacemos el caldo gordo a nuestros enemigos que se solazan en sacar a la luz estas miserias? Todas cuestiones importantes. Pero, ya allí, me surgía una inquietud que noto desde hace tiempo: en un contexto argentino general de notable incapacidad de debatir ideas, privilegiando los golpes bajos y las chicanas, los católicos – aún sin caer en esos extremismos – nos sentimos bastante incómodos opinando…sobre materia opinable y, sobre todo, manifestando que tenemos miradas diversas.

En segundo lugar, “last but not least”, un artículo de La Civiltà Cattolica de Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa, abordando la extraña convergencia que parece darse en EEUU entre fundamentalismo evangélico e integrismo católico, con el consiguiente riesgo de mezclar cultura, política y religión detrás de la aspiración a una suerte de teocracia cristiana. El artículo ha desatado una serie de reacciones que hicieron descender al ruedo del debate, no solo a los usuales trolls católicos que pululan en la red, sino incluso a personas significativas del mundo eclesial (obispos, pensadores, hombres y mujeres de la comunicación), algunos con una posición muy crítica frente a las reflexiones de Spadaro y Figueroa. Yo mismo tuiteé que, con su artículo, Spadaro y Figueroa habían puesto el dedo en una llaga. Las reacciones que se van sucediendo me confirman en esa apreciación.

El artículo me hizo pensar un poco más en el integrismo católico en Argentina. Fenómeno que conozco bastante bien, y no solo por lecturas históricas o teológicas, sino por un contacto personal con ese complejo mundo en el que se aúnan: tradicionalismo, nacionalismo, conservadurismo doctrinal y un rigorismo moral selectivo, también detrás de un proyecto político más o menos definido. Siempre he sentido la necesidad de discernir mejor toda esa realidad que, no por minoritaria, deja de ser un fenómeno que merece atención. Qué y cuánto de verdad y legitimidad católicas, de ilusión y de falsificación hay en sus reclamos. Sobre este tema sí que hemos hablado. Sólo me queda la duda sí no merece una reflexión más serena, al menos de mi parte. Lo cual significa: estar mejor dispuesto a escuchar.

A estas dos razones tendría que sumar un diálogo muy bueno que tuvimos días pasados algunos pastores acerca de las condiciones que hacen posible (y provechoso) un diálogo más franco y maduro dentro de la Iglesia, en todos sus niveles, especialmente entre quienes somos corresponsables de la vida pastoral. Y, por ende, la necesidad de aprender a debatir con “humildad y parresía”, según el decir del Papa Francisco al concluir el Sínodo extraordinario de 2015. Humildad para escuchar, especialmente las posiciones divergentes a la propia. Valentía para decir lo que lealmente se piensa, sin temor a ser juzgados o mirados con sospecha.

Digo en voz alta, lo que me digo a mí mismo varias veces: “el 99 % de las cosas que discutimos forman parte de ese conjunto tan amplio y variado de cuestiones precisamente contingentes y opinables, es decir, abiertas de distintos enfoques y soluciones”. Si esto es así, necesariamente estamos invitados a la fatiga siempre fecunda de una escucha fraterna más atenta y real.

Tal vez tengamos que desempolvar aquel anhelo del Beato Pablo VI al inicio de su ministerio, cuando trazó los círculos de diálogo en que debe empeñarse la Iglesia: todo lo que es humano, con los que creen en Dios, con los hermanos que creen en Cristo y, finalmente, el diálogo dentro de la misma Iglesia. Respecto a este último, solo atinaba a expresar algunos grandes desiderata que, al menos a mi criterio, siguen en pie, esperando una respuesta más decidida de todos. Es el punto que me interesa destacar:

“¡Cómo quisiéramos gozar de este familiar diálogo en plenitud de la fe, de la caridad y de las obras! ¡Cuán intenso y familiar lo desearíamos, sensible a todas las verdades, a todas las virtudes, a todas las realidades de nuestro patrimonio doctrinal y espiritual! ¡Cuán sincero y emocionado, en su genuina espiritualidad, cuán dispuesto a recoger las múltiples voces del mundo contemporáneo! ¡Cuán capaz de hacer a los católicos hombres verdaderamente buenos, hombres sensatos, hombres libres, hombres serenos y valientes!” (Ecclesiam suam 43).

Es eso: un diálogo “católico”, es decir, sensible a todas las verdades, virtudes y realidades de nuestro patrimonio. Un diálogo abierto. Soñemos entonces. Ese ejercicio de la razón guiada por la caridad es un inestimable servicio a la verdad del Evangelio que nos ha sido confiada.

Aquí el link con el artículo de La Civiltà Cattolica:

Fondamentalismo evangelicale e integralismo cattolico

 

¿Lavar la ropa sucia en casa? La opinión pública en la Iglesia

¿Hay temas opinables dentro de la Iglesia? ¿Se pueden tener divergencias y expresarlas libremente? ¿No es mejor lavar los ropa sucia en casa?

El 17 de febrero de 1950, el Papa Pío XII pronunció un famoso discurso a un grupo de periodistas católicos.

El tema: la opinión pública. Dedicó dos párrafos finales a hablar de la opinión pública dentro de la Iglesia.

El discurso es altamente recomendable, aunque hay que situarlo en su contexto histórico y eclesial. Cito los párrafos a que hago referencia:

«22. Finalmente, Nos querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia (naturalmente, en las materias dejadas a la libre discusión). Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; falta cuya censura recaería sobre los pastores y sobre los fieles. Pero también aquí la prensa católica puede hacer un servicio muy útil. A este servicio, sin embargo, más que a cualquier otro, el periodista debe aportar aquel carácter del que Nos hemos hablado, y que está formado por un inalterable respeto y un amor profundo hacia el orden divino, es decir, en el caso presente, hacia la Iglesia tal como ella es, no solamente en los designios eternos, sino tal como vive concretamente aquí abajo en el espacio y en el tiempo, divina, sí, pero formada por miembros y por órganos humanos.

223. Si posee este carácter, el publicista católico sabrá evitar tanto un servilismo mudo corno una crítica descontrolada. Ayudará con una firme claridad a la formación de una opinión católica en la Iglesia, precisamente cuando, como ahora, esta opinión oscila entre los dos polos, igualmente peligrosos, de un espiritualismo ilusorio e irreal y de un realismo derrotista y materializante. Alejada de estos dos extremos, la prensa católica deberá. ejercer entre los fieles su influencia sobre, la opinión pública en la Iglesia. Solamente así se podrán eludir todas las ideas falsas, por exceso o por defecto, sobre la prisión y sobre las posibilidades de la Iglesia en el dominio temporal y, en nuestros días, sobre todo en la cuestión social y el problema de la paz.»

 Aquí el discurso del Papa Pío XII: https://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1950/documents/hf_p-xii_spe_19500217_la-presse.html

Eucaristía del Papa Francisco con los cardenales por sus 25 años de obispo

(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 27 Jun. 2017).- No quedarse sentado, sino levantarse y salir, como Abraham, a quien el Señor lo invita siendo ya anciano, para así transmitir los sueños y horizontes en particular a los más jóvenes.

Este fue el tema de la homilía del santo padre Francisco en la misa que concelebró con los cardenales presentes en Roma, en la Capilla Paulina en el Vaticano, con motivo de sus 25 años de ordenación episcopal.

El Santo Padre partió del ‘levántate’ y ‘anda’ de Abraham que “estaba siempre en camino” y “el símbolo es la tienda” y precisó que “nunca construyó una casa para él”, sino “solamente construyó un altar”.

‘Mira’, dijo, es segundo imperativo: levanta los ojos, “mira el horizonte, non construyas muros, mira siempre y ve adelante”. “Es la mística del horizonte” que cuanto más de va hacia adelante “más grande es el horizonte”.

El tercer imperativo es ‘ten esperanza’: el heredero saldrá de ti, ten esperanza, dicho a un hombre que no podía tener descendencia sea por su edad que por la esterilidad de la mujer. “Mira al cielo y cuenta las estrellas si logras, así será tu descendencia”.

El Santo Padre recordó que “cuando fue llamado tenía más o menos nuestra edad, para ir en pensión o a reposarse”, en cambio “inició a esa edad”.

Un hombre anciano, con el peso de la edad, con sus achaques, como si fuera un jovencito: ‘ve’. “Como si fuera un scout: ve”. “Esta palabra es también para nosotros, con nuestra edad, como la de Abraham, aunque hay algunos más jóvenes aquí entre nosotros”. Señor nos dice, levántate, mira y ten esperanza. “Nos dice que nuestra historia está abierta hasta el final”.

“Algunos que no nos quieren dicen que somos la gerontocracia de la Iglesia, es una burla, no somos gerontos, somos abuelos, y si no lo sentimos debemos pedir la gracia de sentirlo”.

Por eso aseguró debemos darles a ellos un sentido de la vida con nuestra experiencia. No cerrados en la tristeza sino abiertos. Somos abuelos llamados a soñar y transmitir nuestro sueño a la juventud de hoy, porque ellos tomarán de nuestros sueños la capacidad de profetizar y de realizar sus tareas.

Recordó también “Simeon y Ana, qué capacidad de soñar tenían”. Y Ana iba por todas partes indicando que Jesús, que él era el mesías. Aseguró que los más jóvenes “esperan en nuestra experiencia y sueños positivos”.

“Pido al Señor para todos nosotros, la gracia de ser abuelos, de soñar y dar este sueño a nuestros jóvenes, grandes sueños”.

El corazón de Jesús

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 11, 25-30

Jesús dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor.

Jesús nos promete «otro Paráclito»

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Se acerca Pentecostés: el Espíritu Santo es el aliento de Dios en nosotros

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