Evangelio sin glosa

«La Voz de San Justo», domingo 3 de septiembre de 2023

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Mientras se publica esta columna, un grupo de jóvenes está realizando la 34 peregrinación al Santuario de la Virgencita. Este año, con el lema: “Ahora, con María, anunciamos a Jesús”.

En la Misa en el Santuario tendré que predicar sobre este evangelio. ¿Cómo decirles a esos jóvenes peregrinos que ser discípulos de Jesús es “perder la vida para encontrarla”?

Se pueden buscar bellas metáforas o sesudas reflexiones, etc.; sin embargo, como diría aquel joven de Asís llamado Francisco: el evangelio tiene que ser predicado y, sobre todo, vivido “sine glosa”, es decir, sin comentarios que agüen el buen vino de Jesús.

Lo mejor que le puede pasar a un joven es confrontarse con Jesús, tal como él mismo se presenta e invita a su seguimiento, sin rebajar nada de sus exigencias, de sus imperativos y de sus riesgos. Es el “Jesús del madero”, tanto como aquel “que anduvo en la mar”.

El predicador corre con ventaja: si un joven se puso en camino, aunque mínimamente atraído por Jesús, ya posee la condición suficiente para sintonizar con esa provocativa invitación a seguirlo cargando la cruz y dispuesto perder el mundo para ganar la vida.

“Señor Jesús: que te conozca como querés ser conocido. Y así te dé a conocer. Que te siga, como vos querés ser seguido. Amén”

Diez años caminando la fe

«La Voz de San Justo», domingo 27 de agosto de 2023

“«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo…».” (Mt 16, 15-17).

Este viernes 25 de agosto cumplí diez años como obispo de San Francisco. Casi desde entonces comparto esta columna en La Voz de San Justo comentando el evangelio dominical. 

Cuando se es ordenado obispo, mientras se reza la oración de consagración, el Evangelio permanece abierto sobre la cabeza del ordenando. Es un gesto muy fuerte: “Obispo: toda tu vida debe permanecer bajo la Palabra, y ese Evangelio es el que tenés que anunciar”. 

¿Qué otra cosa podría compartir con ustedes, domingo a domingo, sino la luz que brota del Evangelio de Jesús?

Yo soy un discípulo de Cristo. Feliz porque Dios me regaló la gracia de la fe, a través de mis padres y las diversas comunidades por las que he pasado. Así, Dios ha realizado en mí lo que Jesús le dice a Simón Pedro: la fe no nació de vos, es fruto de la labor paciente de Dios en tu corazón.

Servir a esa fe es la misión fundamental que tenemos los pastores. Es lo que he intentado hacer en estos diez años. Pero Dios no deja de sorprender: yendo de una comunidad a otra, rezando con el pueblo, visitando familias, personas, instituciones o sencillamente manejando con el horizonte infinito de nuestra pampa gringa, Dios sigue alimentando mi fe con el testimonio de hombres y mujeres que viven el Evangelio en las condiciones de cada uno. Es una experiencia inestimable. Por todo esto: ¡muchas gracias!

El voto: un acto personal, ético, comprometido y realista

Reflexiones pastorales del obispo Sergio O. Buenanueva ante las Elecciones 2019

En 2019 publiqué estas reflexiones como una orientación ante las elecciones de aquel año. Vuelvo a publicarlas sin quitar o agregar nada. Pienso que pueden ser útiles para el momento presente, delicado y difícil; pero, por lo mismo, desafiante para cada ciudadano argentino, mucho más si nos reconocemos discípulos de Jesús y su Evangelio. Ojalá sean útiles.

San Francisco, 22 de junio de 2019

Santo Tomás Moro, mártir.

A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.

Estimados hermanos en Cristo:

Los argentinos nos aprestamos a elegir a nuestras principales autoridades nacionales. En algunas provincias y municipios, también a las locales. Las agrupaciones políticas (partidos y coaliciones) han terminado de formular las listas de candidatos. Tenemos por delante las PASO, la elección general y una eventual segunda vuelta.

Este nuevo acto eleccionario tiene lugar en el contexto de un país cuya cultura democrática viene afianzándose desde 1983. Podemos señalar altibajos, errores y carencias, pero también logros. Como sociedad hemos logrado salir de noches muy oscuras de violencia política. En buena medida, hemos aprendido a resolver nuestros conflictos con las reglas de la democracia republicana. Está vigente en Argentina el estado de derecho consagrado por nuestra Constitución. Somos ciudadanos libres en una sociedad plural, con muchas instituciones vigorosas y con capacidad de futuro. Seríamos injustos si no lo reconociéramos o solo enumeráramos fracasos. Sería además peligroso, en un contexto global de crisis de la política.

Tenemos, sí, una deuda social que no nos deja tranquilos: la pobreza estructural que afecta a millones de argentinos, especialmente a las nuevas generaciones. Tiene complejas causas y muchos rostros. Lo cierto es que no hemos logrado revertirla, con eficacia y de forma duradera, como lo vienen haciendo nuestros vecinos. Se extraña la decisión política de lograr consensos básicos en políticas públicas para superar esta situación. Por otro lado, el crimen de la corrupción nos indica que esa deuda hunde sus raíces en un problema humano de naturaleza espiritual y ética, pero también cultural e institucional. 

Con estas líneas, quisiera compartir algunas reflexiones sobre nuestra responsabilidad cristiana y ciudadana de votar. Se inspiran en la enseñanza de la Iglesia y se nutren de la experiencia de un ciudadano que intenta vivir como discípulo de Cristo y pastor. Obviamente no voy a decirle a nadie a quién votar. Menos aún, a quien no votar. Comparto algunas ideas que me ayudan a preparar el rito ciudadano de entrar en el cuarto oscuro.

*     *     *

1. La democracia no se agota el día de las elecciones. Sin embargo, el voto es un momento estelar de la cultura democrática. Es un deber ciudadano y una responsabilidad ante Dios. Nuestro voto tiene consecuencias, también para nuestra salud espiritual. Por eso, lo primero que quisiera decirles es que no podemos desoír el llamado de las urnas. A pesar de tantas y tan fundadas perplejidades, y hasta desilusiones con la política, tenemos que ir a votar.

2. Dos relatos bíblicos me inspiran. Ante todo, la pregunta de Dios a Caín, cuando este ha vertido la sangre de Abel: “¿Dónde está tu hermano?”, con la respuesta del fratricida: “No lo sé» … ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. (Gn 4, 9). El otro, es la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), vivo retrato del mismo Jesús que se hace prójimo de todos los heridos. Y nos invita a recorrer el mismo camino. La anti política suele ser reacción ante la mala política. Esta no se resuelve con la indiferencia sino con una participación ciudadana más vigorosa, con una fuerte motivación espiritual: somos prójimos y hermanos, responsables unos de otros.

3. La emisión del voto es un acto personal de alto contenido ético. Es una decisión de conciencia, tan responsable como comprometida y realista. El voto tiene que ser cuidadosamente pensado. Reclama la virtud de la prudencia y su modo típico de guiar la toma de decisión: ver, juzgar y obrar. Es cierto que, hoy como en otras ocasiones, puede resultar difícil decidirse. Tenemos, por tanto, que alimentar fuertes convicciones para no dejarnos vencer por el desánimo, el desinterés o la improvisación. Decidir el voto recién en el cuarto oscuro es una grave irresponsabilidad.

4. Nadie puede sustituir la conciencia. Todos tenemos ideas políticas, aunque no todos somos o queremos ser militantes. El voto, sin embargo, debe estar guiado por la autoridad de nuestra conciencia. Ella es el espacio interior en el que resuena la voz de Dios y la verdad se hace transparente a nosotros en toda su majestad. Es ella la que nos dice, contra toda postura interesada o egoísta: haz el bien y evita el mal. La conciencia obliga antes que el estado, el partido o una ideología. Y lo hace con más fuerza.

5. El discernimiento del voto se hace en el contexto concreto en el que vivimos. Parte de esa realidad y busca ser un aporte ciudadano para su transformación. No vivimos situaciones ideales, no tenemos candidatos ni propuestas perfectos, tampoco los votantes lo somos. La decisión por el bien posible, aquí y ahora, tiene la característica de todo acto libre: se abre paso en medio de límites, condicionamientos y dificultades. Por eso, a la virtud de la prudencia hay que añadir la fortaleza, la magnanimidad y un fuerte sentido realista. La consecución del mejor orden justo posible es una tarea ética que nunca termina. Nos reclama cada día, desde nuestro lugar de trabajo, en el espacio que compartimos con vecinos, amigos y conciudadanos. 

6. Un voto responsable no puede decidirse por un solo tema. Debe mirar a un conjunto de cuestiones de diversa importancia. Elegimos candidatos para dos de los poderes de la república. Unas cualidades y virtudes han de pesar más en quien tiene la tarea de gestionar la cosa pública desde un cargo ejecutivo. Otras, para quien tiene la delicada misión de elaborar leyes justas para beneficio de la sociedad. En este sentido, el actual sistema electoral argentino necesita avanzar hacia estándares que sean más transparentes y respetuosos de los ciudadanos.

7. Para un católico, la decisión de cómo votar surge de mirar la realidad, en su singularidad y complejidad, a la luz del Evangelio. La enseñanza social de la Iglesia nos ofrece principios, valores y criterios que orientan ese juicio. Vale aquí el dicho: “unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo”. Los principios son esenciales. Las políticas concretas para realizarlos son más contingentes y, por lo mismo, abiertas a diversas y legítimas realizaciones. Por eso, de hecho y de derecho, hay católicos en la mayoría de las agrupaciones políticas, sean de centro, de derecha o de izquierda. Así como en una sociedad plural, ninguna agrupación política agota la identidad del pueblo; ningún partido, aunque se inspire en el humanismo cristiano, puede reclamar para sí la representación de los católicos. La Iglesia reconoce, valora y respeta la autonomía del orden secular y la legítima laicidad del estado, como también la pluralidad que supone la democracia y la amplia libertad de los fieles católicos en este ámbito, particularmente de los laicos. No alienta, por tanto, partidos confesionales.

8. Para los católicos, como para otros que comparten nuestros puntos de vista, hay cuestiones éticas fundamentales. Giran en torno a la afirmación de la dignidad de la persona humana, sujeto y fin del orden social. De ella derivan nuestros deberes y derechos: a la vida, de conciencia, de libertad religiosa, de expresión, a una educación integral. Hay lesiones a la dignidad humana (como el aborto o la eutanasia) que son actos intrínsecamente malos. No pueden promoverse deliberadamente. En consecuencia, dar el voto a una propuesta que los favorezca, y hacerlo por esa precisa razón, constituiría una cooperación formal con el mal.

9. No es extraño, sin embargo, que el votante católico se encuentre en un dilema moral más complejo. Lo hemos visto en el reciente debate por la legalización del aborto. Salvo los partidos explícitamente proaborto, las demás agrupaciones, en distinta proporción, tienen idearios, militantes y dirigentes favorables a una u otra postura. Por eso, no resultaría extraño que un católico, que rechaza el aborto por convicción, se resuelva a darles su voto, a pesar de todo. Esto solo es posible por razones graves y proporcionales, discernidas en conciencia, sopesando qué otros bienes fundamentales se procuran promover y que justifican semejante elección. Se los vota no por esa razón, sino a pesar de ella.

10. Un voto responsable, por tanto, ha de surgir de la consideración de un conjunto de principios, temas y situaciones. Enuncio aquí algunos, sin ánimo de ser exhaustivo:

a. La promoción de la dignidad humana no se agota en el rechazo del aborto o la eutanasia. Supone estar atentos a trabajar por la dignidad de las personas, especialmente de quienes están en situación de riesgo. Los rostros argentinos de la pobreza, exclusión y marginación son variados. Y nos reclaman a todos. Son muchas las vidas que hay que salvar.

b. En este sentido, para un católico argentino, la opción preferencial por los pobres no es un tema opcional. Su voto debe tener una sensibilidad especial por esta problemática que afecta la vida de tantos hermanos, aun reconociendo que hay distintas miradas sobre las causas y los medios para superar la pobreza.

c. Lo mismo vale para la atención de la familia como célula básica de la sociedad, anterior al estado y sujeto original de la vida social. Sin desconocer un clima cultural hostil a la familia, manifestado incluso en un sistema legal que no nos conforma, el ciudadano católico debe trabajar por una promoción del bienestar integral de la misma.

d. Otro tanto ocurre con la educación y los grandes desafíos que supone para las familias, la escuela y las políticas educativas nacionales y provinciales. Es cierto que nos preocupa, entre otros, el impacto de las teorías del gender en el mundo educativo. No vamos a dejar de hacer oír nuestros puntos de vista. Sin embargo, la escuela necesita una renovada alianza de todos: sociedad civil, estado y organizaciones, entre las que está la Iglesia. Nuestro país ha logrado articular un sistema educativo que integra, no sin tensiones, la gestión estatal con la privada, asegurando así el derecho y la libertad de educación.

e. Para la enseñanza social de la Iglesia, el rol fundamental del estado en la gestión económica no se opone a la justa libertad de mercado, la libre empresa y la tutela de los derechos de los trabajadores. Es bueno recordar aquí el principio de subsidiariedad, tan importante en el entramado armónico de la propuesta social cristiana. También aquí, los votantes católicos tienen distintas y legítimas miradas.

f. El Papa Francisco viene insistiendo con fuerza en tres temas, íntimamente vinculados: tierra, techo y trabajo. En nuestra Argentina de hoy, estas “tres T” son cuestiones a las que no podemos dejar de atender. Sin descuidar los otros, aquí quisiera destacar la cuestión central del trabajo. En un mundo globalizado, asistimos a una transformación enorme en este campo. También aquí hay distintas y legítimas miradas de cómo implementar políticas públicas que aseguren los derechos de los trabajadores, a la vez que alientan la formación y capacitación que esta transformación requiere. 

g. El Papa Francisco, retomando el impulso de papas anteriores, ha puesto el acento en el cuidado de la casa común, promoviendo una conversión ecológica para una ecología integral. Su gran encíclica Laudato Si’, tan bien acogida, contiene indicaciones preciosas. Temas como: el uso del suelo, el agua, la minería, los agroquímicos, merecen, según cada región, una atención especial a la hora de discernir las propuestas a votar.

11. Dos cuestiones importantes más: la amistad social y la democracia. Para la enseñanza social de la Iglesia, la fuerza que mueve y cohesiona a los pueblos no es el conflicto sino la búsqueda perseverante del bien, reconociendo al otro como un semejante; es más, como a un hermano. Toda tensión ha de vivirse como camino hacia una mayor amistad social en la “cultura del encuentro”, al decir del Papa Francisco. No hay sociedades abiertas y libres sin choque de intereses, tensiones y conflictos. Pero, una cosa es ahondar las grietas por una lógica amigo-enemigo; otra, muy distinta, luchar por la justicia y la dignidad de todos. La lógica de la presencia cristiana en la sociedad es la del Buen Samaritano: compasión, perdón y fraternidad.

12. La Iglesia aprecia la democracia porque asegura algunos valores que no deben faltar en ningún sistema político: la participación ciudadana, la posibilidad de elegir, controlar y sustituir pacíficamente a los gobernantes. Hoy, como ya dijimos, la democracia vive una crisis global. A los argentinos, esto supone un desafío particular. No siempre hemos apreciado ni defendido con convicción los valores democráticos. Tampoco los católicos. En este sentido, persisten aún tendencias negativas, por ejemplo, a promover liderazgos mesiánicos y autoritarios, a una democracia corporativa que desprecia las instituciones republicanas. La crisis de la política nos tiene que motivar a perfeccionar nuestra democracia, no a soslayarla, o a cambiar continuamente sus reglas, según la conveniencia. Este afianzamiento de la democracia es una meta que va más allá de la coyuntura. Mira al futuro. El voto lo debe tener en cuenta.

13. La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una “auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.” (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad. El diálogo ciudadano se verifica en diversos espacios públicos: desde los medios hasta llegar al Parlamento. El estado moderno, como recordó varias veces Benedicto XVI, vive de valores espirituales que no se puede dar a sí mismo, que están en el alma del pueblo y que merecen ser cuidados y promovidos.

Hasta aquí mis reflexiones. Las comparto tal como las he podido formular y porque amo profundamente a mi país. Me duelen sus heridas, especialmente el hecho de que no encontremos propuestas superadoras de la pobreza y el deterioro de nuestra convivencia. Soy discípulo de Cristo y pastor de la Iglesia. He sentido el impulso y el deber de compartir estas reflexiones con mis hermanos en la fe, pero también con quien quiera escucharlas y ponerse en diálogo, también crítico, con ellas.

Se las encomiendo al Señor, a María su Madre y a los santos y beatos argentinos. Como tantos otros, laicos, pastores o consagrados, han sido fieles al Evangelio y, desde su fe y amor a Cristo, ciudadanos comprometidos con el progreso de Argentina.

También evoco aquí a hombres y mujeres de buena voluntad, de otras confesiones religiosas o no creyentes que han construido con esmero, ejemplaridad y tesón nuestra Patria. Son una gran inspiración para todos.

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco

Este domingo voy a ir a votar

Hace unos días compartí un viaje con un matrimonio un poco mayor que yo. La conversación abordó varios temas y recayó inevitablemente en el proceso electoral que vivimos. Intercambiamos dudas, fastidios, interrogantes y el dolor de esta Argentina que amamos y nos hace sufrir.

En un momento, uno de ellos manifestó que había decidido inicialmente no acudir a votar como demostración de rabia y frustración. Sin embargo, había finalmente desistido. Recordando sus años de secundaria durante la dictadura, le habían venido a la memoria los sentimientos y emociones de aquellos años, la violencia política y la sensación de peligro latente, las advertencias de sus familiares y docentes ante la represión que se ensañaba también con los estudiantes. Pero, sobre todo, lo que había significado aquel domingo 30 de octubre de 1983 cuando, por primera vez en su vida, pudo ejercer el derecho ciudadano del voto.

¿Cómo dejarse vencer por la decepción olvidando el alto precio que se había pagado por aquel paso enorme que dimos al recuperar la democracia?

Coincidimos los tres, tanto en el recuerdo, en los sentimientos y en la decisión de no faltar a la cita con el cuarto oscuro. Los tres tenemos decidido ir a votar este domingo de las PASO y en las fechas que restan del calendario electoral.

***

La Iglesia alienta la participación activa de los cristianos en la vida ciudadana. El bien común es responsabilidad de todos e interpela la conciencia de cada uno.

La doctrina social señala que el primer y fundamental cauce de participación pasa por la vida cotidiana y las responsabilidades de cada bautizado en la familia, el trabajo y la vida social. De una manera los clérigos y de otra, los laicos. Destaca también que, en la medida que sea posible, los cristianos han de participar en la vida ciudadana de la sociedad a la pertenecen; mucho más si, por vocación y misión, los laicos se sienten llamados a la política.

Por otra parte, la Iglesia reconoce claramente el derecho al voto y condena explícitamente a aquellos regímenes que impiden, condicionan o alteran de alguna manera la participación de los ciudadanos en la vida pública a través del voto o que no respetan el estado de derecho. Señala además como un valor del sistema político que, a través de las elecciones, el pueblo elija sus gobernantes, los confirme o los sustituya pacíficamente a través de elecciones libres y períodicas.

Subraya que toda forma de participación ha de ser siempre voluntaria, es decir: apela a la conciencia y a la libertad de cada uno para ejercer ese derecho. Por eso, no intima a los cristianos a acudir a votar. Tengamos presente que, en muchos países, el voto no es obligatorio como entre nosotros.

El gran principio que sustenta la vida social y la participación en la cosa pública es la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.  

***

Como obispo, por tanto, solo puedo recordar a los fieles católicos que la vida ciudadana de nuestro país reclama la participación libre, voluntaria y a conciencia de cada uno de nosotros.

Si bien no puedo urgir el voto de nadie, si puedo -y es lo que hago- los invito a participar en el acto eleccionario, acudiendo a las urnas, haciendo una elección del bien posible, de los programas y las personas que consideremos que, aún en la imperfección de la política, expresan suficientemente los valores, verdades y principios que brotan de nuestra fe y de nuestra comprensión del bien común.

Es una opción delante de la propia conciencia por el bien posible, aquí y ahora, sujeta también a errores y riesgos. Es inevitable.

San Juan Pablo II recordaba atinadamente que la democracia, sobre todo cuando no respeta el estado de derecho y la dignidad humana, y se desvía por la corrupción, genera frustración y apatía. La falta de participación ciudadana tiene aquí una de sus causas: es la desilusión del pueblo que se siente traicionado en su deseo de justicia y prosperidad.

No ir a votar, votar en blanco o buscar deliberadamente la impugnación del propio voto forman parte de las posibilidades del sistema electoral de la democracia. Eso sí: son posibilidades extremas que, junto con algunos valores, abren la puerta a muchos peligros.

Así como ir a votar enojados, descreídos y desilusionados suele acarrear que terminamos eligiendo las peores opciones, no votar, hacerlo en blanco o buscar la anulación del propio voto también conlleva peligros que se vuelven sobre nosotros mismos. Vale la pena considerarlo.

Hoy -gracias a Dios- se nos ha hecho costumbre ir a votar cada tanto. Las nuevas generaciones lo han incorporado a su ritmo normal de vida. No siempre fue así.

Este domingo voy a ir a votar.

Buena tierra

«La Voz de San Justo», domingo 16 de julio de 2023

Este domingo, la parroquia de La Para celebra los noventa años de su creación. Es también su fiesta patronal en honor a la Virgen del Carmen. 

Evocando el evangelio de hoy, podríamos decir que, en ese extenso territorio, la siembra del Evangelio sigue cosechando frutos. Y la paciente labranza sigue adelante. Y no solo el cura. No podría, por más misionero que sea. Cada una de sus catorce comunidades es protagonista. Lo son sus catequistas, los ministros de la comunión, los agentes de Caritas; los que rezan, sirven y misionan.

Cada comunidad tiene su patrono, pero la parroquia lleva el nombre de la Virgen del Carmen. Esta advocación surgió en el monte Carmelo. Hacia ese lugar bíblico se encaminaron algunos hombres para recrear la experiencia del profeta Elías: vivir de la Palabra de Dios. Los inspiraba la figura de María, que escucha la Palabra en su corazón. Así nació la orden carmelitana.

La costumbre piadosa de recibir el escapulario de la Virgen del Carmen refleja algo de esta experiencia: al recibirlo se entra a formar parte de la familia carmelita, que hace de la escucha y práctica del Evangelio su norma de vida.

La Palabra -nos dice Jesús este domingo- es una semilla que busca tierra para dar fruto. Es la libertad de Dios que se abre paso en la vida y busca que la libertad humana le responda, contando también con que esta la rechace. María enseña a ser tierra buena para la mejor semilla.

“Nadie como vos, Madre, ha sido tierra fértil para la Palabra de Dios. La recibiste en tu corazón y se encarnó en tu vientre. De vos tomó carne y sangre para nacer como Palabra encarnada en nuestra historia. Enseñanos a ser como vos, María: a escuchar, comprender y vivir el Evangelio. Amén.”

No teman…

«La Voz de San Justo», domingo 25 de junio de 2023

«No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.» (Mt 10, 27).

No es sencillo lidiar con el miedo, sobre todo, con el miedo al rechazo. Jesús lo sabe muy bien y por experiencia. Aceptar su propuesta de vida conlleva siempre ese riesgo. De ahí el realismo del consejo a sus discípulos en su primera experiencia misionera: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.» (Mt 10, 16).

Entonces y ahora. El que se toma en serio la propuesta de Jesús tiene ese panorama por delante. 

Para conjurar el comprensible temor que esto despierta, Jesús va a la raíz: solo cuando el discípulo hace suya la experiencia del maestro,  el miedo pierde su fuerza intimidante.

Es la experiencia de Dios como Padre, de su amor incondicional por cada ser humano. Sabernos en sus manos.   

Este fin de semana, los católicos rezamos por nuestra patria Argentina: por la paz social, especialmente donde hay conflictos. Que se pacifiquen los corazones y que el diálogo permita recuperar la convivencia.

Pero también, que los ciudadanos nos sujetemos a la ley: los de a pie y los que ejercen el poder. Reconocer el imperio de la ley en la vida social nos libra de la arbitrariedad de los autoritarios y de los violentos. 

“Señor Jesús: como tantas veces a lo largo de estos años, ahora volvemos a decirte: ¡Te necesitamos! Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda. Que no nos dejemos ganar por el miedo. Haz de nosotros artesanos de paz y de justicia. Amén.” 

Definir candidaturas y mirar al futuro

Al parecer, comienzan a tomar perfil definido las candidaturas que disputarán el voto popular en las próximas elecciones. En las PASO de agosto, este proceso terminará de definirse: sabremos entonces qué candidatos se someterán al escrutinio popular.

El proceso ha sido bastante entretenido, por no decir: tormentoso. Pero, estamos en Argentina y, en buena medida, de eso se trata la política: de la puja por el poder.

En la medida que vayan quedando atrás las lógicas y comprensibles disputas internas, los partidos y sus coaliciones, pero especialmente, los hombres y las mujeres de la política tendrán que ir concentrando sus mejores energías en ocuparse de los problemas reales y concretos que aquejan a los ciudadanos. Obviamente, acuciantes y angustiantes en buena medida.

Un pequeño aporte, surgido de mi experiencia pastoral, sobre todo en lo que he vivido estas últimas dos semanas.

Visitando dos comunidades muy distintas de la diócesis de San Francisco, el hilo conductor de estas visitas ha pasado por los niños, niñas y adolescentes en formación. He visitado varias escuelas, teniendo además encuentros y diálogos muy buenos con alumnos de todas las edades.

Como suele ocurrir en estos casos, les pido a los docentes y directivos que preparen el encuentro con el obispo, animando a los chicos a presentar diversas preguntas que, según su parecer, yo puedo responder.

Siempre me sorprendo. En general, las preguntas son similares. Una vez vencida la timidez inicial, de una forma los más chicos, y de otra los adolescentes, van surgiendo interrogantes más hondos: los que tienen que ver con la vida; con el modo cómo encarar el sufrimiento, la muerte, el dolor; cómo lidiar con el miedo, la frustración, la incertidumbre; también, el acoso de la droga y otras formas de violencias; la inquietud por Dios, su presencia y sus silencios, etc.

Ensayo qué decir, tratando de no ofrecer “respuestas enlatadas”. Lo cierto es que siempre me quedo rumiando, más que lo que yo he podido decir, lo que he escuchado.

Pienso que, mirando al futuro de nuestro país, nuestros dirigentes, tanto los que sean elegidos para gobernar, como los que sean oposición, tienen que concentrarse, y emplear sus energías más valiosas, en responder a la pregunta: ¿Qué tipo de sociedad, de país, de convivencia, de futuro estamos preparando para las nuevas generaciones de argentinos y argentinas que están creciendo?

Ocuparse de eso. Esa es mi humilde propuesta.

¿Cómo vivir tiempos difíciles y conflictos?

A raíz de una entrevista que me hiceron días pasado en Radio María Argentina les comparto estas reflexiones personales. Vivimos tiempos complicados y sobrecargados de tensiones. ¿Cómo los encaramos los discípulos de Jesús?

Abajo les dejo un texto inspirador: la «Meditación para tiempos difíciles» del siervo de Dios cardenal Eduardo Pironio. Se puede descargar.

Educar para la democracia

La revista de CONSUDEC publicó este artículo mío en su edición de abril pasado.

Voté por primera vez aquel 30 de octubre de 1983. Tenía diecinueve años y cursaba segundo de filosofía en el Seminario. Tiempo después, en mi parroquia de origen, leí el “Nunca Más” de la CONADEP. El recuerdo de estos hechos y, de manera especial, el ambiente efervescente que los rodeaba sigue vivo en mi memoria, ahora que estoy arañando los sesenta años.

Evoco estos recuerdos porque -a mi criterio- muestran un consenso de fondo al que arribamos buena parte de los ciudadanos argentinos saliendo de la noche oscura de la dictadura. Ante todo, la elección de la democracia y del orden constitucional para la construcción del futuro compartido. El consenso en torno al “Nunca Más” supone también el rechazo de la violencia política como forma de dirimir los conflictos que atraviesan la vida ciudadana. En positivo: apostar por una cultura democrática asentada en el reconocimiento de la dignidad de la persona y los derechos humanos.

A cuarenta años de distancia, y con la responsabilidad episcopal a cuestas, no puedo dejar de preguntarme por el estado de salud de este consenso, sobre todo, mirando a las nuevas generaciones.

La buena salud de una sociedad supone que, de tanto en tanto, los pueblos tengan que volver a elegir los grandes valores éticos de la justicia, del bien y de la convivencia. Cada generación está siempre ante la decisión, nunca realizada del todo, de elegir el mejor orden justo posible para la edificación de la convivencia ciudadana y la consecución del bien común.

Estos grandes valores están siempre delante de la conciencia, reclamando ser reconocidos como verdaderos. Reclaman también la elección de la libertad de personas y grupos concretos, frágiles y situados en contextos también concretos y limitados. Reclaman el trabajo virtuoso de la paciencia y la perseverancia. El bien y la verdad solo se poseen cuando se los elige y, sobre todo, cuando se busca realizarlos en la propia vida.

Los consensos en torno a los grandes valores son tan importantes como frágiles, sobre todo, cuando, como ocurre hoy (y no solo en Argentina), la crisis de la representación política y del mismo sistema democrático, hace que vuelvan a ofrecerse los atajos de solucione simples a problemas complejos. Me refiero a los populismos, tanto de izquierda como de derecha. El papa Francisco ha hecho un lúcido examen de este preocupante fenómeno en Fratelli tutti. La decepción y el escepticismo que ya gravitan en algunos ambientes abren la puerta a la tentación de nuevas formas de autoritarismos. ¿Cómo impacta todo esto en los jóvenes?

La complejidad y pluralidad de la sociedad argentina es, hoy por hoy, mucho mayor que aquella de hace cuarenta años. El desafío de reavivar nuestros grandes consensos, como a los que aludí, se vuelve más acuciante. En aquel 1983, el consenso en torno a la democracia y el imperio de la ley, los derechos humanos y el rechazo de la violencia política aunaron razones y motivaciones, emociones y pasiones. Lograron convocar a buena parte del pueblo argentino. Y, por eso, pusieron en marcha un proceso virtuoso que se ha mantenido en el tiempo. Que, con sus más y sus menos, nuestra institucionalidad haya sorteado pruebas muy duras (la gran crisis de 2001, por ejemplo), son aspectos que no podemos dejar de reconocer. Es un gran logro del pueblo argentino.

En el núcleo ético de la democracia está el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes. De aquí se deriva también el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad de opciones políticas. Esto supone, para la escuela católica, el desafío de preparar a niños y adolescentes para una cultura democrática asentada sobre el respeto por el otro. Toda forma de divergencia o disenso tiene su lugar en ese espacio generoso que supone respetar al otro como un semejante, aunque no se compartan con él ideas o valores. 

La escuela católica tiene que mirar de frente este desafío. Y encararlo desde la riqueza del humanismo cristiano que es la enseñanza social de la Iglesia. En el Evangelio encontramos ese conjunto de razones y motivaciones que pueden conquistar el corazón de las personas, especialmente de los niños y jóvenes que pasan por nuestros espacios educativos. La persona de Jesús, su verdad y belleza, está ahí, intacta, viva y presente, cautivando corazones, convenciendo con su luz propia y encendiendo corazones con el fuego del Espíritu. Es el activo pedagógico más grande de la escuela católica que educa evangelizando y evangeliza educando.

En la Oración por la Patria le hemos pedido al Señor la “pasión por el bien común”. Seamos pues apasionados, con la pasión del Evangelio: pasión por Dios, por la verdad integral del ser humano, por los pobres, que son sacramento de Cristo, y por el bien común.