Orar, creer y vivir

El Evangelio del Domingo XVII del tiempo ordinario: Lucas 11, 1-13

“Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!” (Lc 11, 13).

Jesús está en oración, y sus discípulos, tocados por su ejemplo, le ruegan: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos” (Lc 11, 1). La respuesta es el Padre Nuestro.

Creer, orar y vivir. Aunque distintas, en la vida de un creyente son realidades intercambiables. La historia de nuestra fe es la historia de nuestro camino de oración. Ambas se entrelazan íntimamente con nuestras opciones fundamentales y en cómo nos paramos frente a las experiencias cotidianas.

Las palabras de Jesús que citamos al inicio arrojan nueva luz. A pesar de nuestra fragilidad, los seres humanos somos capaces del amor incondicional.

Dios es un Padre con entrañas de madre. El Padre Nuestro expresa todo lo que podemos desear y pedirle. Sin embargo, Jesús nos ofrece mucho más que palabras correctas para una plegaria. Su Padre quiere darnos el Espíritu mismo de Jesús.

Los deseos y peticiones del Padre Nuestro son los mismos de Jesús, el Hijo. El Espíritu Santo inspira nuestra oración y asegura que las palabras se correspondan con los sentimientos y actitudes más profundos. La oración se convierte en una vida transfigurada por la fe.

Hoy es la Jornada Mundial de los Abuelos, cuyo lema es: “Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza” (Ecco 14,2). Lo celebramos con gratitud porque quienes nos enseñaron a orar nos han ensanchado el corazón para albergar la esperanza. Nos han enseñado a vivir.

Buen domingo.

La libertad del buen samaritano

El Evangelio del domingo – XVº del tiempo ordinario: Lucas 10, 25-37

Este domingo escuchamos la parábola del buen samaritano. Un maestro de la Ley pregunta a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». La respuesta es una historia poderosa: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones…» (Lc 10, 30). Un sacerdote y un levita pasan de largo, pero un samaritano se hace cargo de su suerte.

“¿Cuál de los tres -pregunta Jesús- te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?» «El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor.  Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera»” (Lc 10, 36-37).

El relato de Jesús nos recuerda aquel otro drama bíblico: cuando Caín asesina a su hermano Abel, y se desentiende de él ante Dios. Entre estas dos historias se despliega el drama de la condición humana. Son dos visiones radicalmente opuestas de la libertad.

Caín y el buen samaritano, la negación y la compasión, conviven en nuestro corazón. ¿Cómo se resolverá esta tensión?

La propuesta de Jesús es clara: la libertad se ha de vivir como compasión, es decir, como la capacidad de ponerse en el lugar del que está herido, hacer propios sus sentimientos y, en definitiva, hacerse cargo de su persona.

Es la libertad del buen samaritano. El grado de desarrollo de una sociedad se mide desde aquí, mucho más que por la mera acumulación de bienes materiales.

Buen domingo.

Nuestros nombres en el cielo

«La Voz de San Justo», domingo 6 de julio de 2025

“Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos».” (Lc 10, 17-19).

Jesús envía a misionar a sus discípulos, dándoles algunos buenos consejos: van como ovejas en medio de lobos, tengan libertad interior, sin apegarse a nada ni a nadie. Anuncien con alegría y desprendimiento el amor de Dios.

Vuelven sorprendidos y entusiasmados por sus logros. Todo lo cual es motivo de gozo para ellos y también para Jesús que, no obstante, les advierte: “No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.” (Lc 10, 20).

La advertencia de Jesús parece un baño de agua fría. Si la misión supone gran libertad interior, el mayor apego del que hay que cuidarse es el de uno mismo. Más importante que el éxito es que vivamos como hijos en comunión con Dios y con los demás, en la tierra y en el cielo. Es en el corazón de Dios donde deben estar escritos nuestros nombres. Ese es nuestro mayor logro. Hay que levantar la mirada.

Esa perspectiva es la que nos da una enorme libertad… la libertad misma de Jesús, el Hijo del Padre.

Buen domingo.

Pan de los caminantes

«La Voz de San Justo», domingo 22 de junio de 2025 – Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor

“Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.” (Lc 9. 16-17).

Cae la tarde, la multitud está ahí y hay que alimentarla. Comprendemos la incomodidad de los discípulos. Solo hay cinco panes y dos pescados. Nada más.

Una vez más, Jesús los provoca: “Denles ustedes de comer”. Es mucho más que organizar una respuesta efectiva a un problema real. Es un desafío teologal: implica la fe. Ustedes pueden darles de comer, porque son instrumentos de una fuerza de Dios, no de ustedes. ¿Lo creen en serio?

Y eso es la Eucaristía de Jesús: humilde Pan de sabor incomparable, Sacramento admirable que nos lleva al cielo.

Jesús sigue haciendo Eucaristía: bendice al Padre, parte el pan y lo entrega al mundo a través de su Iglesia. Sacia el hambre y sigue sobrando para muchos más.

¿No lo has experimentado? ¿No es ese el secreto de atracción que sigue teniendo el Cuerpo del Señor? ¿No es esa la fascinación que despierta la Eucaristía, allí donde se la celebra con fe y se la expone a la adoración con solemnidad y belleza?

¡Ojalá no nos dejemos entumecer por dentro privándonos del “Pan de los ángeles” que se ofrece a nosotros en el altar y en la adoración!

Buen domingo de Corpus.

Somos hogar de la Trinidad

«La Voz de San Justo», domingo 15 de junio de 2025 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” (Rom 5, 5).

Por el bautismo, somos el hogar que la Trinidad se ha buscado al salir de sí misma y venir al mundo.

San Pablo usa la imagen del agua que se derrama para ayudarnos a comprender la acción del Espíritu Santo: amor de Dios derramado en los corazones.

Allí habitan el Padre por el Hijo en la alegría del Espíritu Santo.

Ese es el misterio de gracia, de amor y de bendición que la Iglesia está llamada a cuidar y anunciar a todos los hombres. Así nos ha amado Dios. Así nos ama.

El cristianismo es, ante todo, la experiencia de ese Dios vivo “hogareño” que nos busca para inhabitar en nosotros y hacernos experimentar su gusto por la vida.

Esa es la verdad que ha traído Jesús al mundo y que su Espíritu, una y otra vez, nos recuerda para que se cumpla en nosotros y en toda la historia.

Esa es la fuente a la que volvemos, una y otra vez, para alimentar nuestra pasión por el bien, por la verdad y la belleza. Es la fuente de una esperanza que no defrauda y que nos lleva lejos, hasta el cielo.

¡Ojalá se nos abran los ojos para descubrirla y vivirla intensamente!

Buen domingo.

Pentecostés

«La Voz de San Justo», domingo 8 de junio de 2025, solemnidad de Pentecostés

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo».” (Jn 20, 21-22).

Pentecostés no es un hecho del pasado. Es el presente de la fe: Jesús resucitado sigue soplando su aliento sobre sus discípulos para que cumplamos la misión.

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse».” (Hch 2, 4).

La Iglesia está viva, habla distintas lenguas y predica el Evangelio. Lo vimos en la elección de León XIV un mes atrás: 133 cardenales de 71 naciones de la tierra.

“Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.” (1 Co 12, 3).

El centro de la misión de la Iglesia es Cristo. Esa es también la misión del Espíritu Santo: que no perdamos el centro que unifica y da sentido a todo.

Ante tantos desafíos, el riesgo es perder el rumbo, disolviendo la misión evangelizadora en batallas culturales, acción social o política.

La Iglesia no es el centro, menos aún el papa o los obispos. Solo Cristo.

Todo se reordena cuando, dóciles al Espíritu, volvemos a encontrar el centro: la persona de Jesús, la invitación a creer en Él y a vivir según sus enseñanzas.

Pentecostés es ahora. Y es esto: el Espíritu que nos muestra a Cristo, nos deslumbra con su belleza y nos convence de su verdad.

Buen domingo.

Un león que proclama la paz de Cristo

«La Voz de San Justo», domingo 11 de mayo de 2025

“Jesús dijo: Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y Yo somos una sola cosa.” (Jn 10, 27-30).

El lema del nuevo papa León XIV es una frase de San Agustín: “En Aquel que es Uno (Cristo), todos somos uno” (“In Illo uno unum”). Es como un eco de la declaración del Señor: “El Padre y Yo somos una sola cosa”.

Es la unidad que nace de Dios y se manifiesta en Cristo, el Señor. Unidad para la Iglesia y también para la humanidad.

Cuando León XIV apareció en el balcón de San Pedro dijo también algo que es como un eco del evangelio de hoy: “el mal no prevalecerá”. Es la promesa de Jesús a la Iglesia fundada sobre Simón Pedro: “el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mt 16, 18).

Este León comenzó su misión proclamando la paz de Cristo: “Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios. Dios que nos ama a todos incondicionalmente”.

Querido papa León XIV: estamos empezando a conocerte, pero ya te amamos como Pedro entre nosotros. Y oramos por vos y tu misión de unidad, de paz y de servicio a la fe en Jesucristo resucitado. Que la Virgen te cuide. Amén.

Si me amás, apacentá mi rebaño

«La Voz de San Justo», domingo 4 de mayo de 2025

“Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme».” (Jn 21, 15-19).

Mientras esperamos al nuevo papa, los católicos rezamos para que este diálogo se renueve en el corazón del que acepte esta misión. La condición fundamental para ser pastor de la Iglesia es amar a Cristo. De ahí brota lo demás.  

Un papa tiene muchas cosas de las que ocuparse. Despierta también un sinnúmero de expectativas, deseos y también temores. Basta observar lo que hoy se dice.

Sin embargo, el servicio del obispo de Roma apunta a cosas esenciales: señalar a Cristo, hablar de Dios, cuidar la unidad en la fe y animar el anuncio del Evangelio a todos los pueblos.

Al final del día, todo papa solo repite, como Pedro: “Señor, vos lo sabés todo. Vos sabés que yo te amo”.

Perdonen siempre…

«La Voz de San Justo», domingo 27 de abril de 2025

“Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».” (Jn 20, 21-23).

Si el Espíritu Santo es el aliento de Cristo resucitado, en el papa Francisco, el Espíritu ha sido un vendaval que sacudió fuertemente a la Iglesia.

Jesús sopla su Espíritu a los apóstoles y les confía una misión: llevar el perdón a todos.

Hace algunos años, con otros dos obispos acompañamos a los curas argentinos que estudiaban en Roma a un encuentro con el papa. Fue un diálogo abierto: preguntas, respuestas, consejos, recuerdos… Un padre departiendo con sus hijos a corazón abierto.

“Hay muchas personas heridas, golpeadas por la vida -nos decía-. Ustedes son curas: perdonen siempre, que nadie se vaya sin una palabra amiga de consuelo y aliento”.

En realidad, este “vendaval” del Espíritu es el que, de tanto en tanto, ha sacudido a nuestra Iglesia, obligándonos a recalcular nuestra fidelidad al Evangelio.

Creo sinceramente que es lo que ha pasado ahora con Francisco. Sus restos mortales descansan en la basílica más antigua de Roma dedicada a la santa Madre Dios. Su alma generosa esperamos que goce de la bienaventuranza eterna.

Nosotros, como peregrinos de la Esperanza, seguimos nuestro camino, inspirados por su testimonio de amor a Cristo, a los pobres y a la Iglesia.

Gracias, Francisco, por recordarnos el corazón del Evangelio: el amor de Dios que perdona siempre…

No nos callamos…

«La Voz de San Justo», domingo 13 de abril de 2025 – Domingo de Ramos

“Mientras Jesús avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:» ¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras.” (Lc 19, 36-40).

Con la celebración del Domingo de Ramos entramos en la Semana Santa y, a partir del Jueves Santo por la tarde, la celebración anual de la Pascua.

Mirados desde fuera pueden parecer ritos un poco cansinos. Para quienes somos discípulos de Jesús es todo lo contrario: cada uno de esos ritos contienen tal riqueza de contenido y de fuerza que resulta imposible contarlo con palabras.

Las celebraciones de Semana Santa se viven.

El secreto de todo es la persona de Jesús y su impacto en la vida de quien ha sido alcanzado por él, por su Pascua, por su mensaje.

Por eso, aunque nosotros intentáramos callar lo que nos ha pasado al conocerlo, las piedras suplirían nuestro silencio con sus gritos.

Y serían gritos de alabanza a Dios por el regalo que nos ha hecho en la persona de su Hijo, muerto y resucitado. Pero serían también gritos de acusación si no nos atreviéramos a compartir la esperanza que nos ha sido confiada.

No me queda más que invitarte a tomar parte en esta intensa experiencia de fe, de religiosidad y de vida que es la Semana Santa.

Buen domingo.