Ciegos

«La Voz de San Justo», domingo 27 de febrero de 2022

“Les hizo también esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?» […]” (Lc 6, 39).

Un discípulo puede enceguecerse a sí mismo cuando se olvida de que es precisamente eso: un discípulo, alguien en situación de aprender, de abrirse a la luz del Evangelio. De esa ceguera tenemos que precavernos.

Jesús mismo, que es Maestro, vive en esa actitud: busca cada día el Rostro de su Padre. Ese es el oxígeno de su vida. Ese es el secreto de su oración. Y de esa rica experiencia saca las tres parábolas que siguen a su pregunta retórica.

Antes de juzgar severamente a los demás (ver la “paja en el ojo ajeno”), el discípulo se ha de mirar a sí mismo. Estar atentos a los frutos concretos que damos en la vida, porque “no hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos […]” (Lc 6, 43). Pero, sobre todo, edificar la propia vida sobre roca firme, la que se encuentra en la escucha y asimilación cotidiana de su Palabra (cf. Lc 6, 46-49).

Hay demasiada ceguera en el mundo, en las comunidades cristianas, en muchos de nosotros, como para que no atendamos a la enseñanza de Jesús. La Cuaresma que comienza este miércoles se nos ofrece como un camino de iluminación para revisarnos y crecer.

Aquí me detengo, y dejo abierto el espacio interior del corazón a la plegaria:

“Señor Jesús: sé nuestro guía y maestro. Limpiá también nuestros ojos y nuestra mirada, para que no nos enceguezca el error, ni nos engañe el mal con apariencia de bien.  No te cansés de hablarnos, una y otra vez, al corazón, de empaparlo de la gracia purificadora de tu Espíritu. Amén.”

Cristianismo inaudito e imposible

En medio del mundo

«La Voz de San Justo», domingo 20 de febrero de 2022

«Pero yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. […] Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. […] Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.» (Lc 6, 27.31.36).

Los discípulos de Jesús están en medio de una multitud ansiosa y expectante, formada por judíos y paganos. 

Fijando la mirada en ellos, Jesús les dirige su palabra. Los invita a vivir, cómo él, las bienaventuranzas. Los precave también de asumir un estilo de vida falaz (¡Ay de los satisfechos!).

Propuesta de vida desafiante y radical.

¿Las consecuencias? Este domingo las comprendemos mejor. Aunque también aumenta el vértigo de asumir una vida según el Evangelio de Jesús. 

Amor a los enemigos. Al odio, a la violencia y a la mezquindad, el discípulo  del Evangelio responde redoblando la gratuidad, el perdón y la benevolencia. Esta es la regla de oro: «Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes» (Lc 6, 31).

Pero, ¿por qué? Para Jesús, todo se resume en esta razón de fondo: el Padre es misericordioso y compasivo. Esa es su bienaventuranza. El desafío es inmenso. Imposible. Vivir ese mismo estilo de vida.

Imposible como empresa voluntarista. Es gracia que se recibe cuando se acepta la amistad y comunión con Jesús. Él nos comunica su Espíritu para vivir al «estilo de Dios». Inaudito. Esa es, sin embargo, la pretensión del cristianismo. Ha sido, lo es ahora, y lo será hasta el final.

Los discípulos de Jesús y nuestras comunidades cristianas estamos en medio del mundo. No fuera, ni al margen. Mucho menos, por encima. En medio de todos, intentando vivir al estilo de Jesús. También desde ese lugar elevamos nuestra plegaria:

«Señor Jesús: Si no lo viera realizado en tantos hombres y mujeres, discípulos tuyos, lo juzgaría una locura. Pero, esa «locura» está ahí: en el amor y perdón de los mártires, en la compasión y gratuidad de tus santos, en la paz y serenidad de sus corazones. El mal es ruidoso y puede parecer apabullante; pero, la bondad, por silenciosa y humilde que sea, no se puede ocultar. Viene de tu corazón y desborda en los corazones de tantos hombres y mujeres buenos. Y es lo que realmente sostiene al mundo. Gracias, Jesús. Sencillamente, ¡gracias! Amén.»

Jesús, los pobres y los ricos

«La Voz de San Justo», domingo 13 de febrero de 2022

“Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! […] Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!” (Lc 6, 20-21. 24).

Dios no quiere la pobreza ni el sufrimiento. Jesús, su Hijo, ha venido a proponernos el sueño de Dios para la humanidad. Él lo llama: el reino de Dios. Y no es una esperanza solo para el cielo. Dios quiere que su reinado comience a sentirse aquí y ahora.

Cuando Jesús dice: “bienaventurados los pobres… ay de los ricos y satisfechos” no está otorgando piadosas consolaciones ni repartiendo condenaciones automáticas.

El evangelio de este domingo es muy concreto. Jesús se dirige a sus discípulos, es decir, a aquellos que han aceptado su propuesta de vida. Y les dirige cuatro “bienaventuranzas” y cuatro “ayes”.

Felices aquellos que, por seguirlo a él, lo han dejado todo, poniendo en el centro a Dios y a los hermanos. Los que tienen hambre de un mundo nuevo. Los que lloran porque todavía reina la injusticia, en un mundo que se cierra al reino de Dios. Son felices por la libertad que reina en sus corazones. Bienaventurados como lo es Jesús, el Padre y el Espíritu.

Los cuatro “ayes” son los gritos de un padre que ve a sus hijos empeñarse en una vida engañosa que, al final, terminará en el fracaso más rotundo. Porque eso ocurre cuando se vive para sí mismo. Ese estilo de vida metaliza el corazón, nos vuelve insensibles y despiadados. Aquí no hay libertad ni alegría, sino la tristeza de ser esclavos de sí mismos.

Jesús y su Evangelio nos desafían a acertar con las decisiones fundamentales, especialmente aquellas que le imprimen un rumbo preciso a nuestra vida: qué tipo de personas queremos ser, sobre qué valores asentar nuestra vida, qué huella dejar.

La propuesta de Jesús es vivir como hijos e hijas de Dios y como hermanos, especialmente de los más pobres y heridos. Una propuesta más desafiante cuando mayor es la injusticia, la desigualdad y el descarte de personas. Es la realidad de nuestra Argentina hoy. Aquí tenemos que vivir el Evangelio de Jesús.

No es “pobrismo” que romantiza la pobreza. Es la opción del Evangelio que ofrece la fuerza del amor de Cristo para luchar contra toda forma de deshumanización.

“Señor Jesús: pasaste toda la noche en la montaña, expuesto a la mirada de tu Padre. Y, con esa fuerza divina, bajaste al llano, donde estamos nosotros, tus discípulos. Volvé a gritarnos las bienaventuranzas. Volvé a invitarnos a ser benditos como vos. Pero también volvé a sacudirnos con ese “¡ay!” de dolor que has escuchado en el corazón de tu Padre por el desatino en nuestras vidas. Tu Palabra nos hiere e incomoda… No dejés de hacerla resonar en nuestra vida. Amén.”

El camino de Simón Pedro

«La Voz de San Justo», domingo 6 de febrero de 2022

“Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.” (Lc 4, 11).

Así concluye el evangelio de este domingo. De ahora en adelante Jesús no caminará solo. Se van sumando compañeros de viaje. Ahora: Simón Pedro, Santiago y Juan; después, vendrá Leví y los demás hasta conformar el grupo de los Doce. También se sumarán mujeres, entre ellas: María de Magdala.

Se va formando una familia, centrada en la persona de Jesús, unida por el amor y tensionada por una misma pasión: el anuncio del proyecto de Dios para la humanidad.

Ese camino sigue abierto hoy y muchos lo transitamos. Esa familia sigue caminando: es la comunidad cristiana que nació precisamente de esa experiencia fundante. Este domingo, san Lucas nos habla de ese inicio.

Jesús ha dejado Nazaret y se ha instalado en Cafarnaúm. Ya no predica en lugares cerrados, sino al aire libre. Va allí donde se encuentra la gente. Se ha sumergido él mismo -y sin miedo- en ese mundo complejo, desprolijo y caótico.

Lucas nos relata la experiencia que sacude a Simón. Jesús lo ha alcanzado en la desilusión de una noche de pesca que ha resultado estéril. Sin embargo, algo pone entre paréntesis su experiencia de avezado pescador: “Navega mar adentro, y echen las redes”, ordena Jesús (Lc 4, 4). “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”, responde Simón Pedro (Lc 4, 5).

Y sobreviene lo imposible: una pesca desbordante, más allá de todo cálculo. Es más que un milagro. Es un signo de lo que ocurre cuando Jesús irrumpe en la propia vida con su Palabra.

Simón experimenta el vértigo que supone semejante experiencia. De allí nace su sincera plegaria: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.” (Lc 4, 8). Hay que atravesar ese abismo. Es el estupor que nace al verse alcanzado por el amor gratuito, absoluto e incondicional de Dios. Viene, se acerca y tiende la mano. Humaniza y da libertad. Así, Jesús suma a Simón a su camino misionero.

Su experiencia de encuentro con Jesús nos lleva a orar:

“También yo te digo hoy, Señor Jesús: soy un pecador. La cercanía de tu Persona me atrae e ilumina. Siento, sin embargo, el peso de mi fragilidad y la tentación de pedirte que te alejés de mí. Es que intuyo que esa cercanía tuya será para mí herida y bálsamo, desafío y superación, muerte y resurrección. Me comprenderás si mi plegaria, este domingo, se vuelve a Simón Pedro. Es un hermano mayor. Mirándolo a él y al camino que hizo con vos y de tu mano, también yo me animo a seguirte, a navegar mar adentro y a echar las redes confiando en tu Palabra. Amén.”

El camino de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 30 de enero de 2022

“Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.” (Lc 4, 28-30).

La primera (y última) predicación de Jesús en su pueblo termina dramáticamente. La liturgia ha dividido en dos el acontecimiento. El domingo pasado vimos a Jesús despertar la admiración de sus paisanos cuando explica que en él se cumple la profecía de Isaías sobre el Mesías. En realidad, la admiración está mezclada de extrañeza. En el texto de hoy lo vemos más claro: “¿No es este el hijo de José?, se preguntan inquietos. Y, por eso, exigen un milagro que lo acredite como Mesías.

La respuesta de Jesús es provocadora. No satisfará sus expectativas. No les lleva el apunte. Al contrario, agudiza el conflicto: así como los viejos profetas Elías y Eliseo, él también va en busca de los extranjeros, de los que no cuentan, de los perdidos. Así obra, en definitiva, Dios, su Padre. Solo si lo siguen hasta allí, la fe puede despuntar en el corazón.

San Lucas ha concentrado en esta escena todo el dramatismo que se irá desarrollando paso a paso en su evangelio. Porque esa mezcla de predicación, admiración y rechazo acompañará a Jesús hasta el final. Y lo que no ocurrió en Nazaret terminará pasando en Jerusalén: el rechazo se convertirá en muerte.

Pero, así como en Nazaret, “pasando en medio de ellos, continuó su camino.” (Lc 4, 30), la cosa no terminará en la cruz: Jesús se abrirá paso en la resurrección. Y, así, quedará definitivamente acreditado como Mesías, Salvador e Hijo de Dios.

El pasado miércoles 26 de enero se cumplieron 108 años de la muerte de san José Gabriel Brochero. El Santo Cura salió de Santa Rosa de Río primero para entrar al seminario, después de Córdoba pasó a vivir en Traslasierra. Su derrotero geográfico evoca un itinerario espiritual, más decisivo e interesante aún: movido por el mismo Espíritu de Jesús, el Santo Cura vivió saliendo de sí mismo para ir al encuentro de los más alejados. Vivió, en su tiempo y en su tierra, el camino de Jesús. Y Jesús lo revivió en él.

Aquí, mi reflexión se vuelve oración: “Señor Jesús, ese camino que vos transitás tampoco es un mero camino medible en metros o kilómetros. Es el itinerario de un Dios que siempre está saliendo de sí para buscarnos. Vos nos conocés. Solemos también nosotros tender a la cerrazón. Por eso, danos tu Espíritu para que estemos atentos. Para que no nos cerremos. Para que abramos los ojos, la mente y los oídos. Estás pasando muy cerquita de nosotros. Salir de nosotros mismos e ir a tu encuentro: eso es la fe. Es la gracia que te pedimo hoy. Amén”.

Jesús lee las Escrituras

«La Voz de San Justo», domingo 23 de enero de 2022

“Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.  Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».” (Lc 4, 20-21).

Con el relato de Jesús en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, comenzamos la lectura semicontinua del Evangelio según san Lucas en la liturgia de los domingos. 

Jesús ya ha iniciado su misión, predicando en las sinagogas de varios pueblos. Ahora es el turno de “su” pueblo y “sus” paisanos. Después de una reacción inicial de admiración, todo termina en desastre: los vecinos lo quieren matar, pues Jesús no responde a sus expectativas. “Ningún profeta es bien recibido en su tierra”, comenta Jesús (Lc 4, 24). 

“Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”, comenta escuetamente Jesús. Detengámonos en el adverbio de tiempo: “hoy”. Es clave. No solo porque lo dice Jesús refiriéndose al cumplimiento de la profecía de Isaías que acaba de leer. En realidad, cada vez que nos acercamos a las Escrituras con una fe viva, buscando no tanto saber sino, fundamentalmente, oír la voz del Señor, ese “hoy” expresa también lo que acontece en esa lectura de las Escrituras: el texto se vuelve revelación. 

Este tercer domingo del tiempo ordinario es el “Domingo de la Palabra de Dios”. Por eso, es bueno recordar cómo hay que leer las Escrituras. Mejor, cómo hay que disponerse para escuchar la voz de Dios en la lectura atenta, creyente y orante de la Biblia. 

Se puede y se debe estudiar la Biblia con los métodos modernos. Son tan imprescindibles como insuficientes. De lo que se trata es de tomar a las Escrituras una Palabra personal de Dios dirigida a nosotros, aquí y ahora. Entonces tiene que entrar en juego el propio corazón transfigurado por la fe.  

Es lo que busca la lectio divina o “lectura de Dios”, tan arraigada en la experiencia de Israel (de eso nos habla la primera lectura). Leer con atención el texto bíblico, animado por una fe inquieta y ansiosa de escuchar la voz del corazón de Dios que me busca, que me tiende la mano, me dirige su palabra y quiere hacer alianza conmigo. 

De ahí que el creyente invoca al Espíritu al abrir el texto sagrado y para que este le abra su sentido más hondo. 

Al disponernos a leer las Escrituras, podemos rezar así: “Señor Jesús: sopla tu Espíritu sobre nosotros. Toca nuestros oídos para que escuchemos tu Voz en la lectura de las santas Escrituras. Libera nuestros labios para que podamos dirigir nuestra plegaria de hijos al Padre: una plegaria de bendición, de alabanza, de consuelo y de súplica. Que podamos experimentar, cada día, que tus palabras son espíritu y son vida. Amén.”

Jesús, unas bodas y un poco de vino

«La Voz de San Justo», domingo 16 de enero de 2022

“Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». […]” (Jn 2, 1-3).

La Biblia se abre y se cierra con una historia de amor: un hombre y una mujer, novios y esposos. En el Antiguo Testamento es el símbolo más fuerte para hablar de Dios, sus intenciones y su modo de acercarse a su pueblo y a toda la humanidad.

Dios es novio, amante, esposo. Ahí está el Cantar de los Cantares, brevísimo libro que forma parte de las Escrituras que celebra el amor humano que cautiva el corazón de los jóvenes que se aman. Incluso en sus expresiones más audaces y románticas.

A diferencia de algunas corrientes actuales, para el humanismo que abreva en la Biblia, el matrimonio no es una institución opresiva sino el camino para humanizar el amor, la sexualidad y la relación entre las personas. Por eso, es el mejor símbolo para hablar de Dios y su amor hacia el mundo.

Este domingo, escuchamos el relato de las Bodas de Caná. Es el primero de los siete “signos” que irán pasando ante nuestros ojos para que descubramos quién es realmente Jesús, cuál es su misión y qué tiene que ver con nosotros. En este relato convergen varios símbolos bíblicos: las bodas, los novios, el agua en las tinajas de piedra y, finalmente, el vino. Sin olvidarnos del apelativo “mujer” con que Jesús interpela a su madre.

Jesús es el trae la verdadera alegría al mundo, superior a cualquier otra que pueda encontrarse en la vida. Es el mejor vino, el más delicado y fino. El de superior calidad. Ese vino generoso es el que ofrece el Evangelio que el lector ha comenzado a leer. O, en nuestro caso, el que iremos saboreando domingo tras domingo, especialmente cuando lleguemos al culmen de la fiesta: la pascua en la que el Esposo se entrega y derrama su sangre para dar vida al mundo. Estas bodas en Caná son un signo de esa alianza de amor.

En cada Eucaristía la comunidad cristiana llena la copa de vino que debería pasar de mano en mano para saborear la vida nueva que Jesús nos ha alcanzado. Cada Eucaristía dominical es verdaderamente una fiesta de bodas.

Esa es también la vocación de cada mesa familiar que evoca, aún con los límites de todo lo humano, ese amor de alianza que Jesús ha traído al mundo.

A este Jesús, novio y esposo, podemos rezarle así: “Jesús, hacéle caso a tu madre, adelantá tu hora y danos, una vez más, a beber del mejor vino, el que alegra el corazón con ese gozo que nadie puede darnos ni quitarnos: el de sabernos amados, salvados y redimidos por el Dios de la vida, que hace fiesta, que transforma la sequedad de piedra de nuestros corazones y nos hace servidores de la alegría de nuestros hermanos. Amén.”

Mientras Jesús oraba

«La Voz de San Justo», domingo 9 de enero de 2022

“Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma […]” (Lc 3, 21-22).

Parece una observación de paso. No lo es. San Lucas ha retenido que, cuando Jesús se pone en oración, algo trascendente ocurre entonces.

Jesús es un orante. Ora, despierta el deseo de orar en sus discípulos y, llegado el momento, también enseña a orar.

Jesús es un orante, pero no uno más, insigne y profundo, tal vez. No. Su oración es única, tanto como su persona. Jesús mismo es la plenitud de toda forma de oración que los hombres religiosos viven, o que incluso la misma creación ensaya cada día.

En esa oración convergen el fuego que viene de Dios y el que sube desde el corazón del hombre que tiene sed de infinito. En su oración se dan cita la Palabra de amistad que Dios dirige a los hombres y la respuesta de escucha y aceptación. “Él (Jesús) los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”, había profetizado Juan bautista (cf. Lc 3, 16).

La oración cristiana, allí donde se la vive de verdad, es tal porque es participación en la oración de Cristo. La comunidad cristiana es, ante todo, comunidad de orantes: hombres y mujeres alcanzados por el Espíritu que colmó a Jesús en su bautismo en el Jordán y que, en sus corazones, repite la plegaria de Jesús.

En la oración de Jesús irrumpe el huracán más intenso y suave a la vez: todo lo que viene del Padre en el Espíritu hacia el mundo; y todo lo que de la creación sube hacia el Padre.

Si el hoy de la Iglesia está marcado por una profunda crisis de fe, en buena medida, es porque la oración, tal como la vive Jesús, parece haber cedido su puesto en las prioridades de sus discípulos.

Este domingo, celebrando la Fiesta del Bautismo del Señor, tal vez resulte bueno que nos detengamos en ese “detalle al pasar” que nos indica san Lucas: “Y mientras estaba orando, se abrió el cielo […]”.

Y que nos animemos a orar o, al menos, a pedir el don de la oración: “Señor Jesús: permitinos entrar en el misterio de tu oración. Danos tu Espíritu y que Él ensanche el espacio interior de nuestro corazón para dar cabida a la misión que el Padre nos confía en este mundo. Amén.”

Plegaria para el año nuevo

«La Voz de San Justo», domingo 2 de enero de 2022

“Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.” (Jn 1, 3).

¿Qué nos depara este 2022 que empezamos a transitar? No hay forma de saberlo. No manejamos el tiempo. Lo que podemos programar es siempre menos que lo que nos sorprende y descoloca. Me animo incluso a decir que es bueno que así sea.

Nada de lo que existe, sin embargo, cae fuera del radio de acción de un Dios creador y salvador que, por medio de su Verbo (su Palabra), ha hecho todo y, de la misma manera, todo lo sostiene y conduce a su plenitud.

Lo que sí podemos hacer entonces es predisponernos para vivir intensamente lo que tenemos por delante.

Para un cristiano no es materia opcional. Es la actitud de fondo de la vida, aquella que caracterizamos como fe, esperanza y amor, regalos de Dios confiados a nuestra libertad.

Y la actitud cristiana frente a la vida se alimenta, cada día, de la plegaria. Al acercarnos al pesebre, los invito a fijar la mirada en el Niño que duerme en él. Y a dirigirle nuestra oración más humana, simple y esperanzada. Yo lo hago con estas palabras que comparto con ustedes, una plegaria para este 2022 que se nos ofrece como camino a transitar:

“Jesús: ¡parece mentira! Te veo ahí y así: pequeñito, sereno y durmiendo plácidamente.

Sos el Verbo de Dios realmente humanizado, hecho uno de nosotros, hecho “carne y sangre” de esta humanidad mía que, en ocasiones me pesa o me sonroja.

Tentado como estoy de la desconfianza, en un tiempo que combina soberbia y depresión, conformismo y sed de infinito, contemplarte así reaviva en mí la fuerza de la vida que tu Padre creador ha puesto en lo más hondo de mi alma.

Sos la mano tendida del Padre a la humanidad caída. Ya ahí, en el pesebre, empezás a deletrear la palabra definitiva que será pronunciada en la mañana de Pascua: resurrección, vida plena y bienaventurada.

Sí, Jesús, en vos confío y, por eso, confío en la vida que se abre delante de mi puerta. Con vos comienzo a caminar este 2022, tan incierto en su devenir concreto como portador de tu presencia, de tu Espíritu y de tu bendición.

Amén.”

Familia

«La Voz de San Justo», domingo 26 de diciembre de 2021

“Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.” (Lc 2, 45).

José y María, mucho antes que los discípulos de Emaús, han aprendido a buscar a Jesús. Los mueve el amor de padres. Es más: los mueve el deseo de cumplir la misión recibida del Padre: cuidar la vida de ese Niño que comienza a caminar solo, como todo adolescente. Y eso significa que comienza a tomar en sus propias manos la misión que el Padre le ha confiado.

También como a los de Emaús, tendrán que comprender el designio de Dios que se cumple en su Hijo: “Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?».” (Lc 2, 49).

Así es también el camino de las familias: buscar, escuchar y escucharse. Asumiendo el camino con todos sus riesgos, aprender a vivir el plan de Dios que crece en cada hogar. Designio de amor y de alegría compartida.

Una oración simple para concluir: “Jesús, María y José: enséñennos a ser siempre dóciles, como ustedes, a la voluntad del Padre, para que nuestras familias lleguen a ser verdaderas escuelas de vida cristiana. Amén.”