Creo en el Dios crucificado

«La Voz de San Justo», domingo 24 de marzo de 2024

“Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: «¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!»” (Mc 11, 8-10).

Con el Domingo de Ramos, entramos en la Semana Santa. Su punto culminante será la celebración anual de la Pascua.

Montado en un asno, Jesús entra en Jerusalén, despertando la esperanza en el pueblo que lo aclama como Mesías. Poco después, ese fervor se volverá furia y el Mesías terminará en una cruz. Sin embargo, un soldado pagano, al verlo morir así exclamará: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15, 39).

Al iniciar esta Semana Santa somos invitados a esta misma confesión de fe: reconocer el rostro de Dios en el Crucificado y a decirle “amén” con nuestra plegaria. Comparto la mía:

Guardo en la memoria del corazón, Señor, un hecho de mi niñez. Un viernes santo, alguien me indicó que tenía que sumarme a la fila de los que se acercaban a besar tu cruz. Con la docilidad y simplicidad de un niño lo hice.

Ahora que soy un hombre adulto, empiezo a comprender que, de ese gesto de niño, nacieron muchas cosas decisivas, las que echan raíces en el corazón y dan sustento a mi propia vida.

Señor, no puedo dejar de hacer mi personal confesión de fe, como aquel centurión pagano al pie de la cruz.

Creo en Vos, Dios crucificado, que me has amado hasta entregarte por mí.

Creo en Vos, Dios humilde, que, de esa forma has venido a buscarme y me has redimido.

Creo y espero en Vos.

Amén.

Queremos ver a Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 17 de marzo de 2024

“«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.” (Jn 12, 31-33).

El evangelio de este domingo se abre con el pedido de unos griegos: “Señor, queremos ver a Jesús”. Responderá el mismo Jesús con las palabras arriba citadas. Te invito a orar:

“También nosotros, Jesús, como aquellos paganos queremos verte. Es más que curiosidad. Es un deseo profundo. Es el anhelo más hondo de nuestro corazón: verte, contemplarte y estar con Vos.

La cuaresma va concluyendo y, lo más seguro, es que el balance que hagamos de nuestro itinerario penitencial aparezca con un rojo muy vergonzoso.

Así llegamos a Vos. Así te seguimos buscando. Tal vez, por esa misma razón: nuestra fragilidad nos acerca a Vos, a tu pasión, a tu pascua desarmados, con el corazón contrito y quebrantado, como hemos suplicado toda esta Cuaresma.

Y Vos venís a nosotros, te plantás en medio de nuestra vida y, sin forzar un ápice nuestra libertad, nos atraés hacia tu Persona: «Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Tu cruz clavada en medio del mundo es una fuerza centrípeta que nos atrae y arrastra hacia su centro. Es una vorágine que no mata ni destruye, sino que nos limpia, nos eleva y nos resucita, nos ilumina y nos libera.

Así se asoma tu pasión en nuestras vidas. Así queremos verte y, por eso te buscamos con la ansiedad de los peregrinos; con el cansancio y la confusión de los que se han sentido perdidos en medio de la noche, pero han reencontrado el sendero.

Sos Vos, Jesús, el que te has adelantado y nos has buscado, el que nos ha encontrado y nos ha atraído.

Amén.”

Cristo: desde mis sombras a la luz de tu Verdad

«La Voz de San Justo», domingo 10 de marzo de 2024

“En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.” (Jn 3, 19-21).

Este domingo escuchamos la conclusión del diálogo de Jesús y Nicodemo (cf. Jn 3, 1-21), aquel fariseo que fue a verlo de noche. También nosotros, como Nicodemo buscamos la luz en medio de las sombras. Su aventura espiritual inspira esta plegaria que comparto:

Como Nicodemo, Señor Jesús, también yo me acerco a Vos en medio de la noche. Esa noche, cuyas sombras envuelven mi vida y mi corazón, mi mente confundida y mi voluntad rebelde.

Como Nicodemo, también yo, Señor, entreveo que, en Vos, Verbo e Hijo amado del Padre, está obrando el poder luminoso de la Verdad que nos rescata de la oscuridad.

Por eso, Señor, me acerco a Vos desarmado de mis mecanismos de defensa, despojado de mis máscaras y estrategias de ocultamiento.

Dame la humilde apertura de Nicodemo; porque yo también necesito escuchar que Dios nos ha amado tanto que te ha entregado a Vos, su Hijo único, para que tengamos vida verdadera.

También yo necesito saber que es posible renacer de lo alto de tu cruz, del agua y del Espíritu, para ser una nueva criatura.

Así me voy acercando, Señor, a tu Pascua ya visible en el horizonte del tiempo. Entonces, en tu cruz y en la tumba vacía, contemplaré la Verdad luminosa que nos hace libres.

Amén.

Reconstruí, Señor, el templo de tu cuerpo

«La Voz de San Justo», domingo 3 de marzo de 2024

“Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar» … Pero él se refería al templo de su cuerpo.” (Jn 2, 18-19. 21).

La pasión humana por destruir parece ser abrumadora y dominante. Como si creyéramos que, por el solo hecho de echar por tierra con furor lo que otros han construido, las cosas pudieran rehacerse mágicamente.

Vos, Señor, sabés bien hasta dónde puede llegar esa pulsión de muerte y destrucción, pues conocés el corazón humano como nadie; pero porque has sufrido en tu propia persona esa furia destructiva.

Pero en vos, Jesús, habita el aliento de la vida, de la vida verdadera, la que viene del corazón del Padre creador y que es la chispa secreta que anima a toda la creación.

En tu corazón, en tus manos y en tus palabras ese aliento de vida nos alcanza a nosotros.

Levantado en alto y crucificado por nuestros pecados, el Aliento del Padre te ha rescatado del poder de la muerte: el templo santo de tu cuerpo, al tercer día, fue reconstruido más sólido y hermoso, tan amplio y duradero que todos nosotros tenemos un lugar en él. A él accedemos cuando comulgamos en la Eucaristía que nos reúne cada domingo.

Por eso, te suplicamos: en esta Cuaresma, vení una vez más a nosotros y purificá el templo de nuestra vida, de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.

Hacé de nuestro corazón un templo santo para la gloria de tu Padre. Que en él habiten tu amabilidad, tu concordia y tu mansedumbre, para que podamos ofrecer a todos, especialmente a los pobres y heridos el consuelo de tu Paz.

Así caminamos hacia la próxima Pascua.

Amén.

Transfiguración

«La Voz de San Justo», domingo 25 de febrero de 2024

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo». De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.” (Mc 9, 2-8).

Señor Jesús:

Como Pedro en la montaña, tampoco yo sé bien qué decir y en ocasiones temores e inquietudes se apoderan de mi ánimo. Así es mi oración.

En el camino de mi fe orante, muchas veces experimento que vos me has llevado a la cumbre donde te has transfigurado, dejándome pispear un poco tu misterio. Mis ojos se han visto desbordados por tanta luz y mi corazón ha sentido el consuelo de tu presencia.

Para el camino que resta, Señor, solo te pido que no dejés de caminar conmigo, haciéndome oír tu Palabra. Ella me habla de vida y resurrección, pero también de pasión y de cruz: solo quien quiera perder su vida por vos la encontrará de verdad.

Es el camino que comparto con mis hermanos en esta hora de nuestra historia común. Estás con nosotros. No nos has abandonado.

La transfiguración fue profecía de tu Pascua: entonces toda tu santa humanidad fue transfigurada por el Espíritu del Padre.

Esa es también nuestra meta. Hacia ella caminamos, en esta Cuaresma y siempre.

Amén.

Oración a Jesús tentado

«La Voz de San Justo», domingo 18 de febrero de 2024

“En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.” (Mc 1, 12-13).

Señor Jesús: sé de tentaciones y de tentación. No son lo mismo. Unas son grotescas; otras, más sutiles y resbaladizas. Son las que realmente merecen ese nombre. Pero, conozco también lo que es “la” tentación. No una prueba cualquiera, sino la que puede llevarse todo con ella.

En ocasiones pienso que, de aquella experiencia tuya en el desierto, surgió la súplica que cierra la oración del Padrenuestro: “Padre… no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.

Esa prueba tiene que ver con lo más hondo nuestro… y también tuyo: Dios, tu Padre, y la confianza absoluta en Él, en lo que sueña para nosotros, en la real potencia de su amor.

Nadie como vos, Jesús, ha vivido totalmente entregado a Dios, tu Padre, tu Abba. Nadie ha realizado tan completamente la libertad como vos que, siendo Hijo eterno de Dios te has hecho hijo de los hombres. Nadie ha asumido tan radicalmente la misión de traer la paz de Dios a este mundo nuestro tan herido, violento y oscuro.

Por eso, nadie como vos, aquellos cuarenta días en el desierto y empujado por el Espíritu, ha comprendido tan a fondo lo que sentimos tus hermanos y hermanas, cuando el rostro luminoso de tu Padre se desvanece en nuestros corazones, y ya no tenemos suelo donde echar raíces ni puerto a donde dirigir la nave frágil de nuestras vidas.

Volvé del desierto, Señor, y decinos, una vez más: ¡Anímense a convertirse y creer en la buena noticia: tenemos un Dios real que es Padre! ¡Tenemos futuro y un amor al que entregarnos sin reservas!

Amén.

Job, Jesús y nosotros

«La Voz de San Justo», domingo 4 de febrero de 2024

Las lecturas de este domingo nos permiten dibujar un cuadro con dos paneles. En el primero, está Job. En el segundo, Jesús y una multitud de heridos. 

“Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la felicidad.” (Job 7, 7).

Job parece al borde del desasosiego total. En él podemos contemplar a tantos que hoy están en la misma situación vital. Cuando muere Dios en el corazón, éste queda a merced de la desesperación. Ese vacío se siente, tanto como se busca colmarlo con sucedáneos (ideologías de moda , emociones fuertes y  adictivas).

Jesús cura a la suegra de Simón Pedro

“Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él.” (Mc 1, 32-34).

No cualquier Dios puede dar esperanza al corazón humano. Solo el que nos ha salido al paso en Jesús: el que se deja alcanzar por las heridas que llevamos en el cuerpo y en el alma, las sana y nos salva. Es lo que contemplamos en el cuadro que pinta tan diestramente san Marcos en su evangelio. 

Vivimos un tiempo de “eclipse de Dios” (Benedicto XVI). Ninguno de nosotros escapa a esa situación. Por eso, miramos a Job y nos reconocernos en su plegaria y en sus sentimientos. Y, desde ese lugar, nos acercamos a Jesús. No hay mejor situación que esa para reconocerlo como Salvador, vivo y presente en medio de nosotros. 

“Señor Jesús: ningún sufrimiento humano te es indiferente. Por eso, a Vos nos acercamos con la confianza de saber que tu Persona es fuente de salud para todos. Amén.”

De la mano de Brochero

«La Voz de San Justo», domingo 28 de enero de 2024

“Entraron en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».” (Mc 1, 21-24).

La presencia y la palabra de Jesús en la sinagoga despiertan asombro. Ahí está lo que le ocurre al “poseído de un espíritu impuro”. A Jesús le bastarán pocas palabras para que aquel pobre hombre recobre su humanidad. Ese es Jesús y esa es su misión: sanar heridos.

Sigue por los caminos del mundo, ahora resucitado y lleno del Espíritu, buscando a hombres y mujeres -vos, yo y tantos otros- que, de una manera u otra, sentimos que llevamos dentro fuerzas que nos deshumanizan y nos pierden.

Escribo estas líneas mientras participo, como tantos peregrinos, de la Semana Brocheriana 2024 en Villa Cura Brochero. No lo dudo: el asombro de aquella mañana en Cafarnaúm está también aquí. Es que, en esta tierra marcada por la obra del Santo Cura, se siente el aroma del Evangelio mezclado con los perfumes de las sierras. Brochero ha hecho de este sitio un espacio en el que la palabra poderosa de Jesús sigue alcanzándonos, curándonos y consolándonos. Y dando razones fuertes para vivir y luchar. En Brochero se respira esperanza.

Solo se necesita un poco de aquella sencillez que tienen los niños. Y, si la dureza se ha instalado en nuestro corazón, basta una humilde plegaria para reencontrar el camino: “Curita Brochero: dame tu mano amiga para caminar la vida y la fe. Amén”.

La casa, la barca y las redes

«La Voz de San Justo», domingo 21 de enero de 2024

“Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y con ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.” (Mc 1, 19-20).

El cardenal Carlos M. Martini decía que Marcos es el evangelio de los catecúmenos que están aprendiendo a ser discípulos. Cabe preguntarse: ¿no es esa la condición habitual de todos los cristianos? Somos siempre aprendices del Evangelio.

Escuchar este domingo a Jesús invitándonos a recibir el reinado de Dios con fe confiada y conversión es volver a la lección primera de aquel aprendizaje nunca acabado. “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15) es regla pedagógica permanente. No hay encuentro auténtico con Jesús que no urja a dar frutos concretos de conversión. 

Jesús interpela, pone en crisis, urge a cambiar pensamientos, sentimientos y conducta. Jesús es una revolución permanente para quien se ha dejado alcanzar por él y su Evangelio.

Sus primeros discípulos -Andrés y Simón Pedro, Santiago y Juan- lo vivieron en carne propia: desafiados a seguirlo, inmediatamente dejaron todo y se hicieron sus compañeros de camino.

Dejar casa y trabajo, barca y redes; y ponerse a seguir a Jesús es aventura de vértigo. Atrae e intimida. Es desafío para nuestra libertad. La casa, la barca y las redes eran su mundo, sus seguridades sanas y legítimas… pero Jesús pasó y puso todo de cabeza. En su persona y en su propuesta intuyeron algo nuevo y mejor: en Él estaba la verdad de sus vidas.

“Señor Jesús: nos amenaza siempre el riesgo de instalarnos en la costumbre. Pasá por nuestras vidas y sacudí nuestro conformismo. Vencé nuestros miedos con tu llamada misionera. Amén.”

Lo llevó a Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 14 de enero de 2024

“Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.” (Jn 1, 40-42).

La fe cristiana es encuentro con Jesús. Un encuentro que marca para siempre y determina toda la vida.

El texto evangélico de este domingo nos habla del itinerario vital que recorre un hombre para convertirse en discípulo de Cristo. Se destaca un aspecto fundamental: llegamos a la fe ayudados por otros. En el relato de hoy: Juan Bautista ayuda a dos de sus discípulos, y uno de estos -Andrés- hace lo propio con su hermano Simón.

Cada uno de nosotros guarda en su corazón, y con inmensa gratitud, el nombre de quienes nos llevaron de la mano hacia Jesús. Yo pienso en mis padres y en otros testigos -normales, humildes y luminosos- que Dios puso en mi vida.

Esta mediación es indispensable, pero, en algún momento cede su lugar al cara a cara con Jesús. Ese momento es clave y se lo atesora como lo más importante de la propia vida. Como a Simón, Jesús te mira y te cambia, no solo el nombre, sino la propia vida, tu misma persona.

“Señor Jesús: miro mi vida y repaso los rostros de los que me acercaron a Vos. Hombres y mujeres sencillos, con defectos incluso. ¿Podía ser de otra manera? Así es más hermoso todavía. Es más humano. Como Andrés con Simón: me pusieron delante de tu Persona. Gracias por todo. Amén.”