Jesús sabe mirar

«La Voz de San Justo», domingo 11 de noviembre de 2024

“Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».” (Mc 12, 41-44).

En el evangelio de este domingo, Jesús ya está en Jerusalén, a días de su pasión. Va al templo y se pone a mirar a la gente: qué hace, cómo se mueve, qué reflejan sus ojos y gestos.

Ve entonces a esta mujer. Y la ve con sus ojos de Hijo de Dios hecho hombre. Así capta el verdadero valor de aquellas moneditas ofrecidas desde la pobreza: ve que, en ellas, se juega una vida realmente hermosa. “Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1 Sam 16, 7).

En medio de tanta hipocresía religiosa, Jesús encuentra un corazón puro. Seguramente, aquella viuda tiene sus pecados. Como nosotros. Pero Jesús sabe mirar más allá: en medio de la cizaña, reconoce el buen trigo de su Padre.

Así es la mirada con la que mira Jesús. Así nos mira a nosotros. Y nos enseña a mirarnos de la misma manera.

En estos tiempos de miradas encendidas por el rencor, de juicios demoledores y de palabras hirientes, los ojos de Jesús siguen ahí, buscándonos, reconociendo el bien que hay en el mundo, iluminándonos en medio de la noche del tiempo.

Buen domingo.

La fuente de la vida

«La Voz de San Justo», domingo 3 de noviembre de 2024

“El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios». Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” (Mc 12, 32-34). 

El escriba acierta, y Jesús lo reconoce: el amor a Dios y al prójimo resumen toda la ley y “valen más” que todo el culto del templo. 

El pasado 24 de octubre, el papa Francisco publicó la encíclica Dilexit nos sobre “el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo”. Sus dos últimos capítulos bien valen como comentario al evangelio de este domingo: la vida cristiana brota del manantial del amor de Cristo, da de beber y desborda hacia los demás. 

El desafío de la Iglesia hoy no pasa por mejorar su organización, la distribución del poder o su comunicación. Cosas importantes, pero relativas y secundarias. El desafío -en realidad la misión que le encomendara su Señor- es facilitar que todos los sedientos beban del agua viva que Jesucristo ha traído al mundo. 

Al respecto, Francisco cita a san Ambrosio: “Bebe a Cristo porque él es la roca que derrama agua. Bebe a Cristo porque él es la fuente de la vida. Bebe a Cristo porque él es el río cuya fuerza alegra a la ciudad de Dios. Bebe a Cristo porque él es la paz. Bebe a Cristo, porque de su seno fluye agua viva” (cf. DN 102).

Un ciego que ve

«La Voz de San Justo», domingo 27 de octubre de 2024

“Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 50-52).

Es mucho más que una curación física. Comenzó cuando aquel ciego escuchó que Jesús pasaba. Y así brota una plegaria que se volverá más insistente cuando se la quiera acallar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47).

Hermosa paradoja del evangelio: un ciego que ve.  Y así, el marginado se convierte en discípulo: deja su manto, se integra al grupo que camina con Jesús y lo sigue por el camino de la vida.

Más que una curación física, decíamos. Es vida rescatada de la ceguera más dolorosa: la de no saber hacia dónde caminar en la vida. Es lo más valioso que nos da Jesús. Por eso lo llamamos: nuestro Salvador.

Basta entonces con ponerse a escuchar al Cristo que pasa y, con la intrépida sencillez de aquel hombre, atreverse a orar.

Buen domingo.

Poder y servicio

«La Voz de San Justo», domingo 20 de octubre de 2024

“Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».” (Mc 10, 42-46).

Con el poder sucede como con el dinero: bueno y necesario, si lo absolutizamos nos deshumaniza. El domingo escuchábamos la advertencia de Jesús: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios” (Mc 10, 25).

El papa Francisco suele repetir que “el verdadero poder es el servicio”. Se puede decir también que aprender a ejercer bien la autoridad es una forma especialmente valiosa y exigente de servir. Esto vale para padres, maestros, funcionarios y para cualquiera que tenga que tomar decisiones que afectan a otros. Abusar del poder es tan pernicioso como suponer ingenuamente que no deba existir.

Jesús es mucho más que un bonito ejemplo de servicio. Con la entrega de su vida nos ha rescatado del poder más deshumanizante: el pecado. Y, con el auxilio de su gracia, nos posibilita vivir rectamente nuestras relaciones, especialmente las más exigentes, por ejemplo, las que implican diversas formas de ejercicio de autoridad.

“Solo Vos, Señor Jesús, tenés el remedio de toda corrupción, también de la ambición desmedida de poder. Cuando esa tentación nos vuelva ciegos, tu Presencia nos rescate y nos devuelva a la luz de tu verdad. Amén”

Lo miró con amor

«La Voz de San Justo», domingo 13 de octubre de 2024

“Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»…” (Mc 10, 17).

El diálogo se volverá intenso cuando Jesús proponga a este hombre dejarlo todo y seguirlo. “Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.” (Mc 10, 22).

El Evangelio no lo dice, pero tiendo a pensar que la cosa no terminó ahí. 

Apoyo mi esperanza en dos cosas que sí dice el relato. En primer lugar, en que las riquezas no habían secado del todo el alma de aquel hombre. Buscaba algo más: la “Vida eterna”. Y, por esa inquietud, se había acercado a Jesús. 

En segundo lugar, lo más importante: “Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».” (Mc 10, 21). Quien ha sido alcanzado por semejante mirada no puede quedar sencillamente como llegó. 

Aquí hay un sembrador experimentado, una excelente semilla y un terreno dispuesto. Y la semilla ha sido sembrada. Sólo hay que esperar que dé su fruto. Y, en paciencia, nadie le gana a este divino Sembrador. 

Siempre es posible decir que no. Es verdad. Pero, también es cierto que no hay que dar por perdida la vida de nadie cuando se trata de Cristo, su llamada y la libertad de una persona. 

Solo Dios sabe lo que acontece en ese inmenso campo de siembra que es el corazón humano. Y eso es muy esperanzador.

Jesús ensancha nuestra mirada

«La Voz de San Justo», domingo 29 de septiembre de 2024

“Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros». Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros […]»” (Mc 9, 38-40).

El evangelio de san Marcos no es indulgente con los discípulos de Jesús. El domingo pasado nos los mostraba peleándose por establecer quien de ellos era el más importante. Hoy los vemos reclamando la exclusividad, como si Jesús y su misión fueran una propiedad privada de ellos y de nadie más.

Jesús, con infinita paciencia, les explica que, para él, las cosas van en la dirección contraria: el que quiera ser primero, que busque el último lugar y se haga servidor de todos. El evangelio es para todos: el que lo recibe debe estar siempre dispuesto a comunicarlo o, como en este caso, a dejar que circule libremente.

Una encrucijada parecida vivimos hoy en las comunidades cristianas. Siempre está la tentación de encerrarnos en nosotros mismos. El Evangelio, por el contrario, nos desafía a abrir puertas y ventanas, a salir de todos nuestros encierros y a saber reconocer que el Espíritu de Jesús circula libremente, tocando los corazones y llevando vida a todos.

Jesús siempre ensancha el horizonte de nuestra mirada. Con él vemos más lejos y más hondo. Vemos con los ojos de Dios y como Él mira nuestro mundo.

Pequeño como un chico

«La Voz de San Justo», domingo 22 de septiembre de 2024

“Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».” (Mc 9, 36-37).

Las palabras son potentes, tanto como el gesto: poner en medio a un chico, abrazarlo y, sobre todo, identificarse con él.

La Biblia dice que el ser humano es imagen de Dios. El que quiera saber cómo es Dios tiene que mirarse a sí mismo y a sus semejantes. Jesús añade: en este mundo nuestro, a veces tan oscuro y triste, lo más parecido a Dios es un chico. Así es Jesús, así es el Padre que lo ha enviado.

Es comprensible la desorientación de los discípulos. Como ellos, también nosotros tenemos una imagen diversa de Dios: todopoderoso, omnisciente, inmenso… Todo lo cual es rigurosamente cierto.

Solo que, todos esos atributos tienen que releerse desde el Evangelio de la pequeñez del Dios hecho hombre y paciente: Él es como los chicos…

Esa es la postura cristiana: el inmenso en la pequeñez de un niño, la omnipotencia en la debilidad de un chico, la sabiduría en la simpleza de un pequeño. Y, en la cumbre de la paradoja: en la pobreza de un pesebre y en el despojo de la cruz, el amor más grande y salvador.

En sociedades que se secularizan -como la argentina-, las religiones y sus representantes nos volvemos cada vez más irrelevantes.

La buena noticia es que, en ese clima o precisamente por él, se puede vivir y comunicar la fe del Evangelio con increíble frescura: una pequeña semilla que busca la tierra para crecer y dar fruto.  

Jesús dijo: “Efata”

«La Voz de San Justo», domingo 8 de septiembre de 2024

“Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.” (Mc 7, 32-35).

Prestemos atención al gesto de Jesús de tocar con su saliva la lengua de aquel sordomudo. La saliva -para los antiguos- es un fluido humano por el que circula y fluye la vida.

Jesús le da su propia vitalidad a aquel hombre, que comienza a escuchar y hablar. Es ese contacto con Jesús lo que le permite experimentar lo más humano, lo que asemeja al hombre con su Creador. 

Dios sabe escuchar y posee una Palabra poderosa. Al crearnos a su imagen y semejanza ha puesto en nosotros esa misma capacidad. 

Por el contrario, el enemigo del hombre nos ensordece con gritos, retuerce las palabras, siembra mentira y desconfianza. Nos aisla en un silencio vacío.

Somos ese sordomudo que llevaron a Jesús. Necesitamos que haga con nosotros, lo que hizo con él. Él está dispuesto, y hasta ansioso por hacerlo. 

Ojalá que nos dejemos llevar hacia Jesús. Ojalá que recuperemos la capacidad de escuchar a Dios, a los demás, a los que están heridos. 

Ojalá que, entre tantas cosas buenas que pudiéramos haber perdido, recuperemos el gusto por la palabra amiga, el trato amable y los gestos de gratitud.

“Señor Jesús: alcanzanos con la vitalidad de tu Espíritu, ordená que se abran nuestros oídos y se nos suelte la lengua para decir palabras buenas. Amén.”

¿A quién iremos?

«La Voz de San Justo», domingo 25 de agosto de 2024

“Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?». Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».” (Jn 6, 66-69).

Nuestro viaje por el capítulo sexto del evangelio de Juan ha durado cinco domingos.

Ojalá que Jesús nos haya arrancado la misma confesión que a Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”.

Es el viaje de la fe. Y no termina. No fue así para Simón, tampoco para nosotros. San Juan nos cuenta que este “¿A quién iremos?” tendrá que madurar en aquel: “Señor, tú lo sabes todo. Sabes que te amo” (Jn 21, 17).

Seguirá la misión –“Apacienta mis ovejas”- y, nuevamente, el camino hacia delante: “Sígueme” (Jn 21, 19).

Así para Simón y también para nosotros.

No pasemos por alto este “pequeño” detalle: el viaje de la fe es siempre una respuesta libre que suele germinar en la tierra árida del rechazo, la incredulidad o incluso la indiferencia como clima del tiempo.

El camino de la fe sigue y sigue, pero no en la incertidumbre, sino en la plenitud de ese encuentro que lo cambia todo.

Dejo la palabra a uno de los más grandes teólogos de siglo XX, Karl Rahner:

“Cabría decir que el cristiano del futuro o será un ‘místico’, es decir, una persona que ha ‘experimentado’ algo o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales”.

“Señor, ¿a quién iremos? … Vos lo sabés todo. Sabés que yo te amo. Amén”.

Carne y sangre

«La Voz de San Justo», domingo 18 de agosto de 2024

“Jesús les respondió: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».” (Jn 6, 53-54).

Cuando sus oyentes lo escuchan hablar así, inevitablemente se preguntan cómo Jesús puede dar de comer su carne (cf. Jn 6, 52).

El “discurso del Pan de Vida” es, en realidad, un diálogo provocador, con un incesante ir y venir de preguntas y respuestas. Se da una tensión creciente que desembocará en el abandono de muchos y, como contrapunto, en la confesión de fe de Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? …”

Al escuchar el relato, es bueno dejarse llevar por esa ida y vuelta entre Jesús y la gente.

Dos pistas para comprender el mensaje. Cuando Jesús habla de “comer su carne” y “beber su sangre”, el verbo “comer” indica lo que significa creer en él: asimilarlo como se asimila vitalmente el alimento. Por otra parte, “carne y sangre” indican su persona e historia concretas, con un matiz: “carne” significa la debilidad humana; y “sangre”, una vida entregada hasta la muerte.

Esa fragilidad entregada se mostrará en la pasión: en la mayor fragilidad, Dios revelará su más grande potencia divina: el amor que salva al mundo. El domingo próximo, Jesús redoblará la apuesta: el Pan bajado del cielo y su carne como alimento confluyen en la Eucaristía.

“Señor Jesús: tus palabras nos provocan, despertando el desafío de ir siempre más allá de la superficialidad en la que navegamos hoy como aturdidos. Ir al fondo, donde nos esperan las preguntas fundamentales de la vida. Allí estás vos y tu Padre. No dejés de provocarnos. Lo necesitamos. Amén”