Al César lo que es del César

«La Voz de San Justo», domingo 22 de octubre de 2023

«Maestro… dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?». […] «Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto». Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». (Mt 22, 17. 19-21).

Si Jesús respondía que sí, resultaba colaboracionista de los romanos y traidor de su pueblo; si respondía que no, un subversivo. Sale de la trampa con picardía: la moneda que le muestran es la que usan para sus transacciones. Ella indica que han aceptado ser parte del sistema que tiene al César de Roma por cabeza. Por eso: devuélvanle al César lo suyo.

Los cristianos somos ciudadanos como todos; por eso, responsables contribuir al bien común. La fe nos añade motivos y razones: la paz y la justicia, la fraternidad, la compasión y el amor a los más vulnerables son sellos distintivos de los discípulos de Jesús. Daremos cuenta a Dios de lo que hicimos o dejamos de hacer en ese orden.

Un modo concreto de vivir nuestro compromiso ciudadano es participar en las elecciones, como las de este domingo. La Iglesia no nos obliga a votar. Solo puede animarnos a cumplir nuestro deber libremente y a conciencia. Yo, como pastor, los animo a concurrir al llamado de las urnas.

Pensemos en las nuevas generaciones de argentinos. Pensemos en nuestros padres y abuelos, en sus sacrificios. Pensemos en nuestra Patria Argentina, tan amada como sufrida, soñada como cantada y llorada.

Demos al César lo que es del César. También estaremos dándole a Dios lo que es de Dios. “Jesucristo, Señor de la historia: ¡te necesitamos! Amén”.

Parábolas para pensar

«La Voz de San Justo», domingo 8 de octubre de 2023

“Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.” (Mt 21, 45-46).

Para hablarnos de lo importante, Jesús habla en parábolas. Durante varios domingos hemos leído el capítulo trece de Mateo: arrancando con la parábola del sembrador, sus relatos nos abrían al misterio de Dios obrando en el mundo. Y esas parábolas traían esperanza al corazón.

En estos últimos domingos, sus relatos adquieren otro tono: nos siguen hablando de su Padre, pero también de esa realidad terrible que es el rechazo de Dios y su modo de obrar en la vida.

La de este domingo es clara: los viñadores quieren apropiarse de una viña que nos les pertenece y, por eso, terminan matando al hijo del propietario. Es una profecía: ese será el destino de Jesús.

La parábola está dirigida a las autoridades religiosas del pueblo. Y captan el mensaje: toman la decisión de eliminar a Jesús.

Ese será siempre el riesgo de quien accede a cualquier posición de poder, especialmente de tipo espiritual: apropiarse de lo que se le ha confiado como administrador. Suele ser un pecado de quienes somos pastores del pueblo de Dios.

Cuando la autoridad no se vive como servicio desinteresado, terminamos por usar la propia posición de poder para provecho propio. Es el reino de la arbitrariedad y de la impunidad. Y ese riesgo -como constatamos cada tanto- no es solo de los pastores.

Siempre la autoridad debe encontrar límites, tanto externos (leyes, controles, rendición de cuentas); como, sobre todo, interiores (la propia conciencia y el temor de Dios).

“Señor Jesús: que no nos dejemos contagiar por la corrupción del poder buscado por sí mismo. Amén.”

Pecado, arrepentimiento y gracia

«La Voz de San Justo», domingo 1º de octubre de 2023

“Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».” (Mt 21, 31-32).

Nuevamente una parábola de una viña. Ahora: un padre que envía a sus dos hijos a trabajar. Uno dice que va, pero no lo hace; el otro, se rebela, pero, al final, hace caso. La enseñanza es clara: lo que cuenta para Dios no es una declamada rectitud religiosa, sino la decisión de arrepentirse de los propios pecados, confiarse a Dios y vivir según esa decisión.

Es un hecho que las personas religiosas, en general, rechazaron a Jesús, mientras que los “pecadores” lo acogieron con gusto. ¿Sigue siendo así ahora? Es bueno pensarlo un poco.  

Quienes saben de fracaso, errores y quiebres profundos en su vida suelen desarrollar una sensibilidad muy afín a lo que el Evangelio describe cuando habla de la humildad de la conversión. El orante de la Biblia lo había formulado con palabras de alto contenido espiritual: “Señor, tú no desprecias el corazón contrito y humillado.” (Salmo 50, 19).

Digámoslo de una buena vez: los “pecadores” suelen estar más cerca de Dios que los que se autoperciben puros. Por eso, Jesús prefiere su compañía, aunque tiende la mano a todos.

Hoy, 1º de octubre, celebramos a santa Teresa del Niño Jesús (santa “Teresita” para el pueblo cristiano). En un momento de enorme lucidez, le pidió a Dios sentarse a la mesa de los pecadores. Solo allí se saborea la misericordia que salva.

Santa Teresita: ruega por nosotros. Amén.

Realmente libres

«La Voz de San Justo», domingo 24 de septiembre de 2023

“El propietario respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.” (Mt 20, 13-16).

Así concluye la parábola de los obreros contratados a distintas horas del día, y que, al finalizar la jornada, reciben la misma paga. Y concluye como empezó: con la conocida sentencia sobre los últimos que serán los primeros.

Jesús no habla aquí del salario justo. Aborda una cuestión eminentemente religiosa: la relación del hombre con Dios. Si esta relación se plantea en clave de trabajo, mérito y paga, el resultado es el desconcierto. Los criterios de justicia, válidos para tantas cosas, para el vínculo con Dios son insuficientes. Aquí rige la desproporción del amor gratuito y la generosidad… lo único que realmente hace justicia a la sed más honda del corazón humano.

Cuando entramos en el mundo nuevo de la gracia, cambia nuestro modo de relacionarnos: con Dios y con los demás. Jesús quiere que experimentemos la generosidad de su Padre: todos tenemos un lugar en su viña.

Para el individualismo extremo, toda relación humana se reduce a comprar y vender: un alfajor, un órgano para trasplante, un hijo o una mascota. Nada hay más allá del mercado. Jesús nos libera de este fatal engaño.

Hoy celebramos a la Virgen de la Merced, liberadora de cautivos. A ella le pedimos: “María, mujer realmente libre, enséñanos a saborear la verdadera libertad: la que echa sus raíces en la verdad y se vive en el amor. Amén.”

Pedro, su pregunta y nosotros

«La Voz de San Justo», domingo 17 de septiembre de 2023

“Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete…».” (Mt 18, 21-22).

Pedro está dispuesto a perdonar. Ha logrado captar que, para Jesús, el perdón de las ofensas es valioso. Tal vez, ha visto cómo Jesús no se deja ganar el corazón por el resentimiento, el rencor o la venganza. Ha intuido que, siendo así, Jesús es libre con una libertad insospechada para él.

Pero… todo tiene un límite. También esta actitud. De ahí su propuesta generosa pero sensata: hasta siete veces.

A Pedro, como a nosotros, la respuesta de Jesús nos descoloca: hay que dejar la aritmética de lado y no calcular, sino abrirse a la desproporción de lo infinito. Setenta veces siete, que es como decir: siempre…

En la parábola que cuenta a continuación está la clave. Otra vez, la desproporción entre la deuda impagable de un servidor que es perdonado por su señor, y la insignificante cifra que este deudor perdonado no puede condonar a otro compañero de trabajo.

Cada uno de nosotros vive de la misericordia de Dios, de ese amor desbordante, gratuito, absoluto e incondicional. Ese amor recibido es la fuente vital de nuestro modo de estar frente a los demás: “Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). El perdón de Dios nos alcanza solo cuando nos dejamos llevar por él y somos capaces de tender la mano a quien nos ha ofendido: Padre, perdónanos como perdonamos, nos enseñó a rezar Jesús.

“Señor Jesús: enséñanos a perdonar de corazón, porque el perdón nos transforma desde dentro, nos vuelve más humanos y prepara este mundo nuestro para tu reino. Amén.”

En su Nombre

«La Voz de San Justo», domingo 10 de septiembre de 2023

“También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.” (Mt 18, 19-20).

Fuimos en realidad más que dos o tres. El pasado jueves concluyó el IX Encuentro Nacional de Sacerdotes en Villa Cura Brochero. Unos ochocientos curas de toda Argentina nos dimos cita en Traslasierra, siguiendo las huellas del Santo Cura.

Los temas presentados fueron muy buenos: uno mejor que otro. Me impactó, sobre todo, el ambiente. Ante todo, se respiraba clima de familia, de hermanos que vuelven a encontrarse. Pero también, de honda vivencia religiosa: si ibas al Santuario, siempre había algún cura -de sotana o de jean- rezando, confesándose o acompañando con un mate la rumia del Evangelio…

¿No es esa precisamente la verdad del sacerdocio? Dios ahí, sorprendentemente presente, entremezclándose con nuestra humanidad para estar así en medio de todos.

Los curas celebramos los sacramentos que dan la vida de Cristo al pueblo, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía; pero -como bien nos recordó el padre Pepe Vallarino- el primer sacramento que ofrecemos somos nosotros mismos: hombres frágiles, ungidos por el Espíritu. “Llevamos un tesoro en vasijas de barro” (2 Co 4, 7).

Una pequeña confesión: de cura joven me incomodaba pensar de mí como instrumento en las manos de Dios; hoy, con más camino recorrido, sé que solo soy eso… y ese pensamiento me da mucha paz.

En estos días experimenté la verdad de las palabras de Jesús: él estuvo en medio, abriéndonos los ojos para ver, en esta Argentina por momentos tan sombría, sigue abriendo caminos de esperanza. Gracias.

Evangelio sin glosa

«La Voz de San Justo», domingo 3 de septiembre de 2023

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Mientras se publica esta columna, un grupo de jóvenes está realizando la 34 peregrinación al Santuario de la Virgencita. Este año, con el lema: “Ahora, con María, anunciamos a Jesús”.

En la Misa en el Santuario tendré que predicar sobre este evangelio. ¿Cómo decirles a esos jóvenes peregrinos que ser discípulos de Jesús es “perder la vida para encontrarla”?

Se pueden buscar bellas metáforas o sesudas reflexiones, etc.; sin embargo, como diría aquel joven de Asís llamado Francisco: el evangelio tiene que ser predicado y, sobre todo, vivido “sine glosa”, es decir, sin comentarios que agüen el buen vino de Jesús.

Lo mejor que le puede pasar a un joven es confrontarse con Jesús, tal como él mismo se presenta e invita a su seguimiento, sin rebajar nada de sus exigencias, de sus imperativos y de sus riesgos. Es el “Jesús del madero”, tanto como aquel “que anduvo en la mar”.

El predicador corre con ventaja: si un joven se puso en camino, aunque mínimamente atraído por Jesús, ya posee la condición suficiente para sintonizar con esa provocativa invitación a seguirlo cargando la cruz y dispuesto perder el mundo para ganar la vida.

“Señor Jesús: que te conozca como querés ser conocido. Y así te dé a conocer. Que te siga, como vos querés ser seguido. Amén”

Diez años caminando la fe

«La Voz de San Justo», domingo 27 de agosto de 2023

“«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo…».” (Mt 16, 15-17).

Este viernes 25 de agosto cumplí diez años como obispo de San Francisco. Casi desde entonces comparto esta columna en La Voz de San Justo comentando el evangelio dominical. 

Cuando se es ordenado obispo, mientras se reza la oración de consagración, el Evangelio permanece abierto sobre la cabeza del ordenando. Es un gesto muy fuerte: “Obispo: toda tu vida debe permanecer bajo la Palabra, y ese Evangelio es el que tenés que anunciar”. 

¿Qué otra cosa podría compartir con ustedes, domingo a domingo, sino la luz que brota del Evangelio de Jesús?

Yo soy un discípulo de Cristo. Feliz porque Dios me regaló la gracia de la fe, a través de mis padres y las diversas comunidades por las que he pasado. Así, Dios ha realizado en mí lo que Jesús le dice a Simón Pedro: la fe no nació de vos, es fruto de la labor paciente de Dios en tu corazón.

Servir a esa fe es la misión fundamental que tenemos los pastores. Es lo que he intentado hacer en estos diez años. Pero Dios no deja de sorprender: yendo de una comunidad a otra, rezando con el pueblo, visitando familias, personas, instituciones o sencillamente manejando con el horizonte infinito de nuestra pampa gringa, Dios sigue alimentando mi fe con el testimonio de hombres y mujeres que viven el Evangelio en las condiciones de cada uno. Es una experiencia inestimable. Por todo esto: ¡muchas gracias!

Cruzando fronteras

«La Voz de San Justo», domingo 20 de agosto de 2023

“Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada.” (Mt 15, 28).

Jesús ha cruzado la frontera, internándose en el “país de Tiro y de Sidón”. Allí es abordado por una mujer cananea que le suplica por su hija enferma. Finalmente, vencido por la fe intrépida e insistente de esa mujer, Jesús le concede la gracia.

Al entrar en ese territorio, Jesús ha cruzado mucho más que una frontera geográfica: se ha internado en el mundo de lo considerado impuro y pecaminoso. Se ha dejado incluso alcanzar por la súplica de alguien que, por mujer y por pagana, representaba todo lo que un buen varón judío debía mantener alejado de sí.

La única condición que Jesús pone es una fe viva que es, a la vez, plegaria, confianza y, sobre todo, renuncia a toda autoafirmación. La fe es también cruzar una frontera interior: la que nos saca de nosotros mismos y nos abre a la intemperie donde nos esperan Dios y los hermanos.

Todos los que se descubren en ese viaje tienen cabida en el amplio espacio del reino de Dios que Jesús ha abierto en nuestro mundo. La única forma de estar fuera es la autoexclusión: cerrarse voluntariamente a la mano tendida del Padre.

La comunidad cristiana está llamada a ser el signo visible, en este mundo de exclusiones, de esa gracia de comunión. Así es el Dios en el que creemos: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una familia abierta y acogedora, especialmente de los más pobres y heridos.

“Señor Jesús: Queremos la fe terca de aquella mujer que te arrancó una gracia, no para ella, sino para su hijita enferma. Y ayudanos a cruzar todas las fronteras que nos separan. Amén”.

Transfiguración

«La Voz de San Justo», domingo 6 de agosto de 2023

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. […] Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».” (Mt 17, 1-2.5).

Está concluyendo en Lisboa la Jornada Mundial de la Juventud. Chicos y chicas de todo el mundo se han dado cita en la bella ciudad lusa, abierta al horizonte infinito del mar, como dijo el papa Francisco.

Leyendo el evangelio de este domingo, me ha venido a la mente una pregunta infaltable en mis encuentros con adolescentes: ¿qué tiene que hacer la Iglesia para atraer a los jóvenes? Siempre me pone nervioso. Ensayo varias respuestas, pero quedo insatisfecho. Más de una vez me he escuchado a mí mismo diciendo: en realidad no sé bien qué tenemos que hacer…

Comprendo la inquietud de los jóvenes. De todos modos, creo que la pregunta merece otro enfoque. En realidad, lo decisivo es dejar que Cristo se manifieste. Él tiene luz propia. Brilla desde dentro de su humanidad transfigurada. Y esa luz, como en el Tabor, sigue cautivando al mundo con el esplendor de su belleza.

Esa luz nos alcanza cuando escuchamos su palabra. Nos toca facilitar ese encuentro, transfigurados nosotros mismos por él. Es lo único y necesario por hacer. “Cristo convence”, como decía sabiamente un teólogo católico.

“Señor Jesús, transfigurate ante nuestros ojos y alcanzanos con tu luz serena. Esa luz divina que surge de tu Persona de Hijo amado del Padre y que nos hace hermanos. Amén”