La política es lucha… por la justicia (sí, también la justicia social), el bien común, el mejor orden justo posible aquí y ahora.
La política es tarea de todos los ciudadanos, porque crear las condiciones para que cada persona -especialmente los que están creciendo y los más vulnerables- alcance su desarrollo más pleno, en esta vida y como promesa de la eterna, es responsabilidad de todos.
Es una lucha de todos.

La política es también la vocación específica de algunos hombres y mujeres que sienten ese fuego interior a mejorarle la vida a los demás; a trabajar -incluso poniendo entre paréntesis los propios intereses- por el desarrollo integral, el bien común y el bienestar de todos.
Para un bautizado que siente la vocación de la política esta es un genuino llamado a la santidad como unión con Cristo en el servicio a los hermanos.
Sí, la política exige lucha, sacrificio arduo, entrega generosa.
Pero no somos ángeles: tanto los ciudadanos de a pie como los hombres y mujeres de la política somos de carne y hueso, frágiles, débiles y -desde una mirada cristiana- también pecadores. El egoísmo, la mezquindad, la violencia interior y exterior caminan siempre con nosotros -en nosotros- como molestos compañeros de viaje.
Por eso, en algún punto, la estrategia de la polarización, del echar sal en la herida, del “cuanto peor, mejor”, por comprensible que sea en algunas situaciones y nos reporte algún beneficio coyuntural, a la larga, carcome desde dentro el alma de todos. Mucho más, cuando la gente, el pueblo o los ciudadanos -hablemos como queramos en este punto- vive o sobrevive en la incertidumbre del futuro, se arremanga cada día para salir adelante y puja por dejarse vencer por la bronca o, lo que es peor, la desesperación o el miedo.
Aquí, la responsabilidad de los que detentan el poder, en alguna de sus formas, es mayor, más exquisita y delicada.
En algún momento, el gusto por la agresión y el rugido feroz tiene que parar.
Estamos a tiempo.
26 de agosto de 2024
Memoria del beato Ceferino Namuncurá
