Vino, sangre y esperanza

«La Voz de San Justo», domingo 2 de junio de 2024. Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

“Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».” (Mc 14, 23-25).

La Eucaristía de cada domingo, la que marca el ritmo de nuestras vidas, la que esperamos que sea viático en el tránsito final de nuestra muerte; la Misa de hoy, la de mañana y la de siempre ha nacido de la certeza más honda que Jesús alberga en su corazón humano: el Padre nunca lo dejará solo ni dejará caer en la nada su entrega de Hijo. Sus palabras lo delatan y nos iluminan.

Esa certeza de Jesús es el fundamento de la esperanza de quienes somos sus discípulos: también nosotros, un día, beberemos de la copa rebosante del vino nuevo del Reino de Dios. Por eso, ahora, mientras caminamos esta vida frágil, siempre amenazada, pero fascinante y misteriosa, nos acercamos a comer y beber de la mesa del altar.

“No podemos vivir sin la Eucaristía”, decían los primeros cristianos cuando la ley les impedía celebrar al Señor que viene. Hoy, entre nosotros, no hay impedimentos externos para vivir la Misa. Los que ciertamente existen son internos a nosotros y, por eso, más potentes. Cada uno sabrá identificar los suyos. Pero tampoco nosotros -hoy como ayer- podemos vivir sin la Eucaristía de Jesús.

Lo sepamos o no, la Eucaristía sostiene al mundo.

Este domingo, al celebrar el Corpus Christi, en el silencio de nuestra oración o en la expresión pública de nuestra fe, gritaremos nuestra esperanza: “¡Ven, Señor Jesús! Celebramos tu Eucaristía hasta que vuelvas. Amén.”

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