A pesar de sus límites, la democracia argentina funciona. Nos ha permitido transitar estos cuarenta años sosteniendo el andamiaje institucional diseñado por la Constitución y que es fundamental para nuestra vida en común.
La democracia es preferible a otros sistemas por su fundamento y los valores ciudadanos que promueve: la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, sus deberes y derechos, la inviolabilidad de su conciencia y el respeto por su libertad, condición indispensable para la justicia social y el bien común.
Llegado a este punto, permítanme una confesión personal: solo creo -con fe teologal- en Dios; pero, como cristiano y ciudadano me decanto con convicción por la democracia republicana.
Desde que Pío XII pronunciara su admirable radiomensaje en la Navidad de 1944, proponiendo el camino de la democracia para la reconstrucción de un mundo que todavía escuchaba los tambores de la más terrible de las guerras de la historia, el magisterio de la Iglesia católica ha ido articulando su propio discurso sobre la democracia. En él me inspiro siempre…

Es cierto que la cultura política argentina suele tener fascinación por los liderazgos fuertes, carismáticos, disruptivos y con tendencias hegemónicas. Suelen ser hábiles para trazar una línea nítida que separa eficazmente a los justos de los réprobos. ¿Cuántas antinomias autodestructivas registra nuestra historia nacional? A las antiguas no dejan de sumarse las nuevas… En buena medida, para esta forma de entender las cosas, gobernar es encontrar un enemigo y ponerlo contra las cuerdas. Que en ese proceso, la sociedad misma quede herida y maltrecha, parece una consecuencia “soportable”…
Tal vez tengamos que aceptar con realismo que somos así, también en buena medida. Solo que también tenemos que ser lúcidos y comprender los riesgos que este tipo de aficiones y liderazgos conlleva, sobre todo, cuando se da la mano con aquella “anomia boba” (Carlos Nino), que nos hace tener una actitud “sobradora” ante el estado de derecho, el imperio de la ley, la paciente sujeción a las normas de convivencia y a los mecanismos que hacen funcionar el delicado engranaje de nuestra democracia republicana, representativa y federal.
Buena parte de nuestras penurias tienen aquí una de sus raíces más fuertes.
¿Seremos capaces de aprender otro modo de gestionar nuestra vida pública?
Las pasadas elecciones mostraron una voluntad fuerte de cambio en los ciudadanos. No es un dato menor. ¡Y vaya si no necesitamos cambios de fondo a nivel político, económico, laboral y cultural!
Identificar cuáles sean esos cambios y con qué fuerza ética los llevaremos adelante son desafíos enormes. Más que gritos y bravatas requieren sagacidad, realismo y paciencia para ganar voluntades y construir consensos posibles con hombres y mujeres concretos, imperfectos pero perfectibles, ni puros ángeles ni irredentos demonios.
¿Esos cambios incluyen también una aceptación más convencida de que la pluralidad de opciones políticas no es un defecto que superar sino la forma básica en que se manifiesta la vitalidad de una sociedad libre, la verdadera riqueza de un pueblo como el nuestro y un inmenso valor que custodia el sistema democrático?
El pensamiento social cristiano, que tanto ha contribuido en la vida de nuestra patria, sigue siendo para muchos -me incluyo- una referencia fundamental.
El humanismo que brota del Evangelio, tal como lo expresa la tradición católica, pone el acento en la persona humana, en la familia y en la potencia de la sociedad civil, no menos que en el rol de estado para ordenar la vida pública, favoreciendo el desarrollo integral de las personas que es la meta de bien común.
El Evangelio de Jesús nos pone a sus discípulos siempre del lado de los más frágiles y vulnerables. No es “pobrismo”, como algunos repiten hasta el aburrimiento. Es realismo concreto y, por eso, muy humano y efectivo. Porque creemos en Dios que se hizo hombre, se identificó con los pobres y, desde ese lugar recreó todas las cosas. Así dio su vida en la cruz y resucitó, creemos en la bondad que ese mismo Dios bueno pone en el corazón de cada una de sus creaturas.
¿Hacia dónde vamos como argentinos? Cada día le pido a Dios luz, inspiración y corazón grande para edificar el bien común de mi Patria.
La esperanza en Dios no defrauda.