«La Voz de San Justo», domingo 5 de mayo de 2024
“Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.” (Jn 15, 12-13).

La palabra “amor” está desgastada. Tanto como la palabra “Dios”. Sin embargo, no podemos eludirlas de nuestro lenguaje. Si lo hiciéramos, correríamos el riesgo de diluir nuestra propia condición humana.
Los primeros cristianos echaron mano del término “ágape” para expresar la novedad de Jesús. No usaron “eros” (atracción sexual), ni “filía” (amistad). No porque indicaran cosas pecaminosas, sino porque la experiencia de Jesús colmaba por desborde el amor erótico o de amistad. Es lo que expresan las palabras evangélicas arriba citadas.
Nadie puede eludir la llamada del amor. Todos estamos invitados a madurar precisamente centrando nuestra persona, con todas sus capacidades, fuera de nosotros mismos: en los otros. La fuerza y belleza de la atracción, del placer y de la amistad alcanzan su cumbre cuando me trasciendo en los que amo: Dios y los demás.
Ese es el camino de la libertad más auténtica. Ese es el amor más grande, según Jesús. El amor que él encarnó, el que nos invita a vivir y el que anima la vida de tantos hombres y mujeres en este mundo nuestro, en ocasiones oscuro y violento.
Termino citando al gran Benedicto XVI que inspiró mis reflexiones de este domingo: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Dios es amor 1).
“Señor Jesús: enseñanos a amar como Vos nos amaste. Amén.”









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