«La Voz de San Justo», domingo 4 de agosto de 2024

“Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?». Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello».” (Jn 6, 25-27).
Nos reconocemos en la gente que busca a Jesús. También en el interés de esa búsqueda: pan para vivir. En última instancia, ellos como nosotros, somos seres humanos, siempre amenazados por varias formas de carestía y fragilidad. ¿Los vamos a juzgar severamente?
Jesús no rechaza esa búsqueda ni le sorprende ese interés humano. Se tomará su tiempo para purificar ambos, abriendo la puerta a un bien mayor. Una vez más, sorprenderá y arrinconará a sus oyentes para una decisión: “Trabajen… por el alimento que permanece hasta la Vida eterna”.
Y la búsqueda inquieta se transforma en apertura a un don sorprendente, gratuito e inesperado: el que da Jesús, quien ha sido marcado con el “sello” del Padre. También nosotros, desde el bautismo y la confirmación, llevamos impreso ese sello, que es el Espíritu Santo, la marca de Cristo en nuestra alma.
Ese don precioso nos habita. Buscamos afanosos algo que, en realidad, ya nos ha sido dado gratuitamente y está en nosotros. Nuestro trabajo es abrirnos, recibirlo y hacerlo nuestro por una fe viva y humilde. Hagámoslo estos domingos, escuchando a Jesús que nos hablará con profundidad de ese Pan vivo que nos es dado para que tengamos vida.
“Señor Jesús: también nosotros te buscamos, porque sentimos hambre. También nosotros, como aquella gente, te decimos: «Danos siempre del Pan que has traído al mundo» Amén”.