
“Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo». Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.” (Jn 6, 14-15).
El signo es la multiplicación de la ofrenda de un chico: “Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.” (Jn 6, 11). Sació el hambre de la multitud y sobraron doce canastas.
Y, como en todo signo, ahora hay que desentrañar su significado.
La gente -como nos pasa a nosotros- malinterpretó todo: acá tenemos un rey que nos ahorrará el trabajo y nos dará de comer gratis.
Esos panes y esos peces que se multiplican son el signo de lo que Jesús ha traído desde Dios para saciar el hambre de vida, verdad y salvación que llevamos dentro. Son el signo visible y decidor de su propia persona.
Él es el Pan de Dios que sabe bien cómo multiplicarse, no solo para calmar esa hambre, sino también para despertarla cuando está adormecida.
Y siempre sobra: es un pan que nunca se acaba porque está amasado con las manos del Padre, con la harina mejor -la persona de su Hijo encarnado- y cocido con el fuego del Espíritu Santo.
La imagen final del evangelio es también para retener: Jesús, cuando la gente quiere hacerlo rey, vuelve a la montaña, busca la soledad. En realidad, vuelve al Padre, donde todo siempre tiene su origen y su sentido.
También nosotros busquemos la soledad… y que el Padre nos explique todo: quien es Jesús, cómo sigue multiplicando el pan y despertando nuestra hambre. Es nuestra súplica confiada. Amén.