«La Voz de San Justo», domingo 9 de junio de 2024

“Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre». Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».” (Mc 3, 28-30).
Su familia lo considera un “exaltado”; los letrados de Jerusalén, un “poseído por Belzebul”. El evangelista Marcos añadirá la obstinada incomprensión de sus discípulos. A sus familiares desconcertados les dirá que su verdadera familia es la de aquellos que escuchan su enseñanza. Con los adversarios venidos de la capital será más duro todavía: considerarlo discípulo de Satanás es un pecado imperdonable.
Jesús no la tiene fácil. Pero tampoco busca hacerse el simpático para facilitar las cosas. Él ha venido a ponerle el cuerpo al mal, a toda forma de mal que deshumaniza a las personas, especialmente a los más frágiles y vulnerables. El sufrimiento humano lo conmueve profundamente. Es lo que ha aprendido en el corazón de su Padre: Jesús siente, obra y habla como Dios, su Padre.
Retorcer los gestos y palabras de Jesús para hacerles decir lo contrario de lo que expresan resulta imperdonable. No porque Dios no pueda perdonar ese pecado, sino porque, quien obra así, se cierra a sí mismo: no puede ver ni experimentar la acción de Dios, su bondad, su compasión.
Fuerte advertencia para todos; lantes que nada, para los cristianos.
“Señor Jesús: sos el Rostro luminoso de Dios. No dejés que nuestra torpeza nos cierre a la belleza de tu Verdad. Necesitamos dejarnos alcanzar por tus palabras para ser de tu familia. Lo comprendió tu madre, terminaron de entenderlo tus discípulos. También nosotros queremos comprender el corazón de Dios que nos habla a través de tu persona. Amén.”