En gracia concebida

Meditación en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María – 8 de diciembre de 2023

¡Ave María Purísima! ¡Sin pecado concebida!

Muchos de nosotros conocemos esta jaculatoria desde nuestra tierna infancia. Tal vez, ni siquiera recordamos de quien la aprendimos o cuándo la oímos por primera vez.

Seguramente de labios de nuestros padres o de nuestros abuelos.

La hemos repetido infinidad de veces. Y, así, el misterio gozoso del alma pura y limpia de María ha entrado en nosotros, y nosotros en él.

De las monjas carmelitas de Mendoza aprendí una versión nueva, que es la que ahora repito cada vez que toca rezar con este “piropo” a María. Dice así:

¡Ave María Purísima! ¡En gracia concebida!

Decimos lo mismo, pero poniendo el acento en la “gracia” de Dios que ha colmado a Nuestra Señora desde el instante mismo de su concepción.

Es como un eco de aquel: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1, 28). Es el saludo que repetimos cada vez que rezamos el Ave María, por ejemplo, en el Rosario.

“Gracia” es una de las palabras más bellas del lenguaje cristiano. Es tal vez la primera palabra que está escrita en el Diccionario de la lengua cristiana.

“Gracia” es el favor de Dios, como su disposición más divina hacia nosotros, sus hijos e hijas.

“Gracia” es el auxilio del Creador a sus creaturas, siempre amenazadas por el pecado y la concupiscencia. El Creador que es también el Redentor y Salvador.

“Gracia” es, en definitiva, nombre divino del Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que de manera sorprendente nos busca porque quiere entregarse a nosotros en toda la belleza de su misterio santo.

“Gracia” es la amistad de Dios que colma a María en cuerpo y alma, ya desde el primer instante de su existencia, y que ha coronado su peregrinación terrena cuando fue llevada al cielo en cuerpo y alma.

Cada fibra, cada rincón de su corazón, cada movimiento de sus ojos y de sus manos, de su libertad y de su inteligencia están colmados por esa amistad de Dios que transforma todo: ¡El Señor está con vos, María!

¡Ave María Purísima! ¡En gracia concebida!

A la “llena de gracia”, así le canta el poeta: “Toda de Dios sos María. Toda nuestra y del Señor. Toda santa inmaculada, pura y limpia Concepción”.

Nosotros, como hijos y devotos suyos, cantamos también a nuestra Madre, reconociendo los privilegios con que Dios la ha engalanado.

Pero, -no lo perdamos de vista- estos privilegios cumplidos en María están también presentes en nuestra vida: también a nosotros, nuestro buen Dios quiere colmarnos con su gracia, con el regalo de su amistad.

Dios nos quiere sus amigos y amigas. Por eso, nos ha enviado a su Hijo Jesucristo que nació de María Virgen, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.

María, la Purísima, nuestra Virgencita, cuida en cada uno de nosotros esa obra admirable del Dios amor. Obra que se cumple en cada uno de nosotros, por más alejados y rebeldes que seamos.

Y, con delicadeza de Mamá, nos ayuda a abrirnos a esa gracia divina que puja en nosotros para hacernos santos, humildes y servidores.

Por eso, al saludarla “en gracia concebida”, dispongamos el corazón con su misma docilidad.

“Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1, 38)

Al responder así al llamado de Dios, María dice dos cosas e insinúa otra. Las tres muy importantes.

María se reconoce “servidora del Señor”: no vive para sí misma, sino para Jesús y para los hijos que irán ensanchando su maternidad hasta abarcarnos a nosotros.

También a cada uno de nosotros, Dios, con la ayuda de María, nos quiere servidores.

María se abre dócilmente a la voluntad de Dios: “que se cumpla en mí lo que has hecho”.

Acostumbrada a escuchar la Palabra que sale del corazón de Dios, María nos enseña a vivir de la misma manera.

Porque Dios nos sigue hablando y llamando a través del Hijo de María, Jesucristo, el Señor.

Servicio y escucha nos ayudan a entrar en el corazón de María, colmado de la presencia de Dios, su mayor riqueza.

María, con esas palabras, insinúa la humildad como la actitud religiosa que le permite abrirse a Dios, dejarse guiar por el Espíritu y servir a su Hijo Jesucristo, sirviendo a sus hermanos.

¡Alégrate, María, en gracia concebida, colmada del Espíritu y amiga de Dios!

Tus hijos e hijas no tenemos otra aspiración sino esta: también nosotros ser colmados con la amistad de Jesucristo. Amén.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.