Para vivir en democracia

En una democracia, el juego de mayorías y minorías decide quienes gobiernan y quienes son oposición. También que una norma se convierta en ley y, por eso, sea legal.

Esta regla, sin embargo, es limitada. Las mayorías, por sí mismas, no deciden que está bien y que está mal. Ni siquiera si una determinada opción política es la más efectiva para solucionar los graves y complejos problemas que nos aquejan como sociedad. Una ley legítimamente sancionada por el Parlamento a través de la votación de la mayoría puede, sin embargo, ser profundamente injusta y carecer de la razonabilidad que, en última instancia, es la que obliga a la conciencia. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la ley injusta del aborto.

No está dicho que, en una democracia incluso madura, no nos podamos equivocar. Mucho más en tiempos de redes, algoritmos y estrategias comunicativas incisivas e invasivas. Porque nos podemos equivocar necesitamos escucharnos, pensar y decidir a conciencia.

Por eso, la cultura política que expresa la democracia supone la apelación a un conjunto de valores espirituales y éticos que, de no existir o de verse menguados, trastocan toda convivencia ciudadana.

Entre estos valores, sobresale el respeto por la dignidad de la persona humana y sus derechos-deberes. Ese fundamento ético es el que hace que la democracia sea preferible a otros sistemas que, llegado el caso, pueden ser más efectivos para alcanzar algunos fines, pero, en definitiva, son menos congruentes con la naturaleza humana.

Otro de esos valores -como una variación del anterior- es lo que en la tradición del humanismo cristiano llamamos la «amistad social».

La noción clásica de amistad se caracteriza por tres rasgos: 1) los amigos comparten una cierta igualdad y comunión; 2) se conocen y reconocen como tales; y 3) buscan activamente el bien real del otro. Este último rasgo es el que distingue la amistad de otras formas de amor. La distingue y la hace sobresalir. Es el amor de benevolencia que supera y encauza el amor a sí mismo.

En la amistad social, el otro, por más distinto que sea de mí o de mi grupo, incluso porque tiene miradas muy diversas a las mías (por ejemplo, no tiene la misma visión sobre la historia y los hechos contigentes que enhebran su desarrollo), sin embargo, es otro como yo, un semejante, un hermano. Merece respeto y reconocimiento como sujeto. Podemos disentir en ideas y en formas de vida, pero ese respeto de fondo es precisamente eso: fundamental. Sin él no hay convivencia.

En este contexto, aunque las mayorías se inclinen en una dirección precisa optando por determinados candidatos y sus propuestas, siempre es importante dejar abierto un espacio para que quienes no tienen esas opciones puedan hacer oír sur voz crítica.

Ese es el rol de los intelectuales, de los artistas, y también de las voces que surgen de las tradiciones religiosas.

Si miramos las grandes tragidas del siglo XX, en medio de las noches más oscuras de la humanidad, cuando muchos se dejaban llevar por la seducción de liderazgos mesiánicos -normamente con gran poder de sugestión y de comunicación- las voces críticas, acalladas y perseguidas, resultaron ser las que, con enorme sufrimiento y lucidez, señalaban la dirección del bien, de la verdad y la justicia.

Pienso en santos como Edith Stein, Oscar Romero o Maximiliano Kolbe. Son santos canonizados porque bautizados. Pero hay también otras voces seculares que hablan con la misma lucidez.

Los totalitarismos suelen despreciar a los intelectuales, rebajando sus aportes, por poco cercanos al pueblo y sus intereses. Es una falacia. Necesitamos escucharlos, leerlos, dejarnos cuestionar por sus miradas.

Dispongámonos a escuchar la brisa suave de la verdad, pues suele ser más genuina que el terremoto, el fuego o el huracán, como bien lo experimento Elías en la montaña santa.

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