Homilía del Miércoles de Ceniza – 18 de febrero de 2026 – Catedral de San Francisco
Queridos hermanos:
¡En cuarenta días nos reuniremos para la celebración anual de la Pascual del Señor! Por eso, hoy iniciamos nuestro camino cuaresmal.
Les propongo meditar con la profecía de Joel que hemos escuchado en la primera lectura.

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“Ahora dice el Señor: Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos.” (Jl 2, 12).
Respondamos a este llamado del Señor a volver a Él. Esa es la gracia que buscamos y que pedimos en Cuaresma, pero es, sobre todo, lo que el Señor quiere regalarnos: un encuentro con Él que nos transforme profundamente.
“Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios, porque él es bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad, y se arrepiente de sus amenazas.” (Jl 2, 13).
La penitencia a la que estamos llamados tiene un lugar privilegiado para realizarse: nuestro corazón, el espacio interior donde se decide lo más importante de nuestra vida.
No se trata, por tanto, de multiplicar gestos o ceremonias externas, sino de quebrantar el corazón para que haya espacio para Dios, su gracia, su alegría y su libertad.
Y no es una respuesta de temor, de miedo o de amargura, sino que es un amén gozoso porque Dios es – como dice el profeta – “bondadoso y compasivo, lento para la ira y rico en fidelidad”.
¿Conocés a alguna persona bondadosa? Pues bien, así es nuestro Dios. Pero bondadoso de forma infinita.
“Y se arrepiente de sus amenazas”. Y añade: “¡Quién sabe si él no se volverá atrás y se arrepentirá, y dejará detrás de sí una bendición: la ofrenda y la libación para el Señor, su Dios!” (Jl 2, 14).
Siempre me ha impactado esta afirmación que encontramos también en los salmos: Cuaresma es tiempo de conversión y arrepentimiento de nosotros, pecadores, pero también – en cierto modo – de Dios: un Dios que se conmueve ante la oración humilde de sus hijos.
“¡Toquen la trompeta en Sión, prescriban un ayuno, convoquen a una reunión solemne, reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho! ¡Que el recién casado salga de su alcoba y la recién casada de su lecho nupcial!” (Jl 2, 15-16).
Comenzamos la Cuaresma reunidos para esta liturgia solemne de cenizas. Es que la penitencia, sin dejar de ser algo muy personal, es un camino comunitario, de pueblo, de Iglesia.
Nosotros, como Iglesia diocesana, estamos caminando hacia nuestro Sínodo. Pidamos que sea una fuerte experiencia de conversión, porque encuentro con Jesucristo que nos cambie el corazón, la mente y todo nuestro obrar.
“Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, los ministros del Señor, y digan: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo, no entregues tu herencia al oprobio, y que las naciones no se burlen de ella! ¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?».” (Jl 2, 17).
En el último tramo de la etapa de escucha de nuestro camino sinodal, las comunidades de nuestra diócesis salieron a escuchar a muchas personas que, de diversas formas y por distintas causas, están lejos, pero sienten en el corazón la inquietud de Dios.
También en medio de una sociedad que parece fría, distante y alejada, Dios sigue tocando los corazones, llamando e invitando al encuentro con Él.
En ocasiones reprochan nuestra pasividad e incoherencia. Por eso, pedimos perdón. Pero no podemos dejar de suplicar también la libertad interior y el espíritu misionero de quienes han recibido la gracia enorme de la fe para compartirla con los demás.
Y así concluye el profeta: “El Señor se llenó de celos por su tierra y se compadeció de su pueblo.” (Jl 2, 18).
Quedémonos con esta imagen: un Dios enamorado de su pueblo, lleno de amor apasionado y compasivo.
Ese es el Dios que nos espera en el camino de la Cuaresma y que nos mostrará toda la potencia de su amor cuando, en la noche de Pascua, volvamos a cantar Aleluya.
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Hace ochocientos años, antes de morir aquel 3 de octubre de 1226, san Francisco de Asís, escribió su testamento.
Así contó su encuentro con Jesucristo y la gracia de conversión que recibió:

“El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo.”
Francisco era un joven extraordinario con hermosos deseos en su corazón: su padre quería que continuara el negocio de familia que tanta riqueza le había aportado; él mismo soñaba con la gloria y el aplauso de la gente, por eso, se fue a la guerra.
Sin embargo, los largos meses de cautiverio después de la derrota militar, lo sumieron en una crisis muy honda. Dios está trabajando profundamente su corazón para volverlo libre, pobre y fraterno.
Vino el encuentro de San Damián, donde el Cristo de los brazos en alto y los ojos abiertos le permitió ver la luz de la misericordia divina.
Y ese Cristo lo llevó a los leprosos.
Y así le cambió la vida para siempre: dejó el “siglo”, dice él mismo; es decir, dejó el modo mundano de entender la vida y se entregó al Evangelio.
San Francisco nos inspire a transitar así esta Cuaresma 2026.







