Jesús, médico y medicina, devuelve el vigor misionero a sus hermanos

Semana Brocheriana 2025 – Miércoles 22 de enero – Villa Cura Brochero

Marcos     3, 1-6

Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en sábado, con el fin de acusarlo.

Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «Ven y colócate aquí delante.» Y les dijo: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?» Pero ellos callaron. Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» El la extendió y su mano quedó sana.

Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con Él.

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Jesús va de un lado a otro, predica, pero, sobre todo, se acerca a los que sufren: enfermos, endemoniados, leprosos…

Ese es su “lugar” de preferencia. Hacia allí se siente enviado por el Padre para devolverles salud, dignidad y salvación.

Miremos el relato de hoy: una curación que es más que una curación.

Tiene lugar el sábado y en la sinagoga; es decir, en el día y en el lugar del culto a Dios. En ese “espacio religioso” Jesús realiza el mayor acto de culto que Dios espera: devolverle la salud a un pobre enfermo, devolviéndole dignidad.

Y no es cualquier enfermedad: la mano simboliza la capacidad que tenemos los seres humanos de obrar, de ayudar, de trabajar, de estar activamente presentes en el mundo.

La mano paralizada es más que un defecto físico. Es una situación de vida: una parálisis que nos deja tiesos frente a los demás.

Ahí aparece Jesús y activa a aquel pobre hombre… en quien podemos reconocernos cada uno y todas nuestras parálisis… del cuerpo y del alma.

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¿De dónde proviene la fuerza sanante de Jesús? ¿Qué medicina secreta posee para devolver la salud a los enfermos?

Es Jesús mismo, su persona, su modo de ser, su condición de Hijo amado y enviado del Padre para estar entre los pobres, los pequeños, los enfermos… su misericordia y compasión, su vitalidad divina que pasa a través de sus manos, sus ojos y su corazón humanísimos.

Jesús es medicina, médico y salvador. Lo que cura es el contacto con Él, con su corazón y con sus manos.

Es su santa humanidad, espléndida, humanísima, realmente hermosa, sana y sanante. Solo Dios podía ser así de humano. Así es Jesús, el Señor.

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Los padres de la Iglesia nos enseñan que todo lo que era visible en Jesucristo, el Verbo encarnado, por la potencia de la resurrección, ha pasado ahora a los sacramentos de la Iglesia.

Como decíamos ayer: así en la vida como en los sacramentos.

Cuando en el Credo que rezamos cada domingo, al confesar nuestra fe en el Espíritu Santo decimos: “Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados…”, al mencionar el perdón estamos hablando del sacramento del bautismo.

Es en el baño bautismal que recibimos el perdón, la sanación, la salvación que Cristo ha traído al mundo, porque el bautismo nos sumerge en su pascua de pasión, muerte y resurrección: con él morimos, con él descendemos a las fuentes del agua y con él resurgimos a la vida verdadera.

“El bautismo -recordábamos ayer con palabras de la Iglesia- es el fundamento de la vida cristiana, porque introduce a todos en el don más grande: ser hijos de Dios, es decir, partícipes de la relación de Jesús con el Padre en el Espíritu.” (DF 21).

Recuperar el bautismo, reavivar la gracia entonces regalada, fortalecer su potencia sanante, hacer emerger esa humanidad nueva que nos da el bautismo.

Es a lo que apunta la Cuaresma y que se expresa en la Vigilia Pascual cuando renovamos las promesas del bautismo.  

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Los signos sacramentales del bautismo nos hablan de todo esto:

  • Apenas llegamos, el ministro, pero también nuestros papás y padrinos marcaron nuestra frente con el signo de la cruz y así entramos en la iglesia parroquial, acogidos por la comunidad cristiana.
  • Se nos ungió el pecho con el óleo de los catecúmenos para que recibiéramos la fuerza de Dios para enfrentar las pruebas de la vida, las acechanzas del mal y del Malo.
  • En el momento culminante, y después de que papás y padrinos hicieran por nosotros las promesas bautismales, fuimos llevados a la fuente bautismal para recibir el agua que, potenciada por el Espíritu, lava, purifica y da vida. Nacimos de nuevo a la vida verdadera.
  • Después fuimos marcados en la frente con el santo Crisma perfumado, promesa de la confirmación, porque el bautismo nos hace una sola cosa con Jesús y su misión de profeta, sacerdote y rey.
  • Nos revistieron con la vestidura blanca signo de nuestra configuración con Jesucristo.
  • Según el caso, también repitieron el gesto de Jesús con el sordomudo: acariciaron nuestros oídos y nuestros labios para que aprendiéramos a escuchar y a proclamar la Palabra del Evangelio.
  • Y se iluminó nuestra vida, cuando padrinos y papás tomaron luz del cirio pascual: la lámpara de la fe siempre encendida porque estamos a la espera de Cristo.

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Del Concilio Vaticano II a nuestros hoy, hoy pastoreada por el papa Francisco, la Iglesia nos está urgiendo a revitalizar la gracia del bautismo: que salgamos de nuestras parálisis para trabajar llevando esperanza a nuestros hermanos.

En realidad, el gran trabajo del camino sinodal de la Iglesia es abrirse a la novedad de Jesús, dejarlo a Él tocarnos con el poder sanador de su Persona bendita y que sea Él el que libere y active con la energía de su Espíritu los miembros tiesos de nuestro cuerpo, sobre todo, nuestro corazón, para que se vuelva semejante al suyo.

“Señor Jesús, en el bautismo y la confirmación, tu mano nos unge con el crisma del Espíritu. También el bálsamo suave de tu humanidad acaricia a nuestros enfermos en el sacramento.

Vos sos médico, medicina y salud. Curanos de nuestras parálisis, sobre todo, de la dureza de corazón y de la ceguera espiritual.

Activá la agilidad de nuestras piernas para caminar la misión, de nuestros brazos para socorrer a los heridos, de nuestras manos para bendecir y sostener con fuerza al que cae.

Que sintamos la alegría de caminar juntos, como Iglesia misionera, para llevar tu Alegría a todos.

Amén.”

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