Homilía en la fiesta patronal en honor a San Francisco de Asís
Catedral de San Francisco – Viernes 4 de octubre de 2024
“Como a Francisco, transfórmanos por la oración”
Así hemos suplicado al Señor a lo largo de estos días de novena patronal.

Hace ochocientos años, el 17 de septiembre de 1224, Francisco recibía en el monte Alverna el don de los estigmas de Jesucristo.
“El verdadero amor de Cristo había transformado a este amante suyo en la misma imagen del Amado”, comenta san Buenaventura. Y añade: «bajó del monte el angélico varón Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne» (Leyenda mayor 13, 5).
Como hemos comentado tantas veces, esa transfiguración de Francisco en Cristo es lo que representa el panel central que domina el horizonte del espacio sagrado de nuestra catedral.
No nos cansamos de contemplarlo.
En ese Francisco transfigurado advertimos una gracia que tiene también que ver con nosotros. Es algo que viene de lo alto, nos involucra, nos inquieta e interpela.
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La oración es cuestión de amor, como la fe, como la vida, como lo que es importante y esencial… lo que no puede faltar.
La oración es cuestión de amor, sea que ocupe un lugar central en nuestra vida, que sintamos nostalgia de ella o sencillamente culpa por haberla dejado morir en nuestros corazones.
Los orantes son, en definitiva, hombres y mujeres habitados por el deseo insaciable de encuentro y comunión. Un deseo que brota al ser tocados por el Amor y que solo en el camino del amor puede encontrar su cauce adecuado.
Si la luz de la fe se oscurece en nuestro corazón o en la vida de la misma Iglesia, esa encrucijada de oscuridad tiene que ver con la oración y, en definitiva, con el amor.
Pero, también por ahí encuentra su camino de vuelta a la luz: por el amor que se vuelve plegaria humilde, paciente, perseverante y también -contemplando al “estigmatizado”- oración transformante.
Sí, queridos hermanos y hermanas, la oración transforma. Aunque tenemos que añadir: no cualquier oración nos transforma. Solo aquella que se anima a dejarse mirar por el Crucificado, se vuelve auténtica por la humillación del pecador arrepentido y perdonado y que se abre así a la potencia de la gracia.
También nosotros sentimos la invitación de subir al Alverna, no al pico montañoso de los Apeninos, sino a los Alverna de nuestra vida, allí donde sabemos o intuimos que nos está esperando el Amor crucificado para confundirnos con Él y transfigurarnos pacientemente.
Esa vocación a la oración que transforma la llevamos inscrita como don desde el bautismo y la confirmación. Y se vuelve provocación a nuestra libertad, desafiada a salir de la superficialidad y a animarse a la hondura del mar inmenso de Dios.
La oración es don y tarea, vocación y provocación. Es también misión: orar, aprender a orar e invitar a otros a entrar en el misterio de la oración.
Si nuestra diócesis, sus comunidades y espacios pastorales no son escuela de oración ¿qué sentido tiene su presencia entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo?
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Días pasados, en mi visita pastoral al Decanato, tanto en el encuentro con los sacerdotes como en el intercambio con los consejos de pastoral, emergieron con valiente franqueza muchos desafíos que vivimos como comunidad eclesial en nuestra querida ciudad de San Francisco.
Algo similar, aunque con otros acentos, ocurrió también en las visitas pastorales a los otros tres decanatos.

Es cierto que, en el marco de una sociedad que se seculariza, la relevancia social de la Iglesia se debilita: la palabra, los gestos, los mensajes de quienes somos sus representantes (curas, obispos y hasta el mismo papa) son recibidos con escepticismo, fastidio o con indiferencia.
También es cierto que la cadena de transmisión de la fe se viene rompiendo en varios eslabones, como lo experimentamos los curas, los catequistas, los que perseveran en la Misa dominical o son agentes en los distintos espacios pastorales de nuestra Iglesia.
Este es un proceso que, en buena medida, escapa a nuestro control, aunque no al de Dios.
Por eso, -y esta es una buena noticia-, esta encrucijada en la que hemos sido puestos por Dios -como le ocurrió a Francisco en su tiempo-, aun suscitando inquietud, incertidumbre y muchas reacciones interiores, no deja de movilizarnos en lo más genuino de nuestra fe: la misma pasión de Dios de salir al encuentro, como Palabra encarnada y como Espíritu donado, de la historia concreta de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, de su libertad y de sus aspiraciones más hondas…
Sí, mis queridos hermanos y hermanas, la fe sigue viva, sigue creciendo y comunicándose desde la experiencia más pura y radical, la que vivió Francisco y que recibió su sello en el monte Alverna: la de un Dios vivo que ama, que se cuela en nuestra vida, que nos invita al encuentro de amor con Él y que, cada día, en su Palabra, en la Eucaristía -altar y sagrario-, en el Rosario, en los pobres y heridos de la vida, y hasta en la calle nos espera para transfigurarnos con su Presencia.
Lo que -como personas y como Iglesia- tenemos que preguntarnos es: ¿hacia dónde estamos yendo? O, mejor: ¿hacia dónde nos está orientando el Espíritu de Jesús? ¿Nos estamos dejando llevar o queremos imponerle nuestro control obsesivo?
Creo que, como Francisco, también nosotros debemos animarnos a subir a los montes Alverna de nuestra vida para buscar allí ser alcanzados por el fuego del amor de Cristo.
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En el horizonte del camino de nuestra Iglesia de San Francisco se dibuja la celebración del primer Sínodo diocesano: ¿cuál será su temática? ¿Con qué espíritu lo celebraremos y viviremos? ¿Qué rostros, gritos y desafíos tomarán nuestro corazón?
Dejemos esas preguntas abiertas, pero no porque nos hayamos entregado al relativismo del tiempo, sino porque queremos dejar que sea Jesús, el Señor, el que, como hizo con Francisco, colme nuestra vida con su Verdad y, así, vaya escribiendo en nosotros las respuestas.
Por eso, para cada uno de nosotros y para nuestra Iglesia diocesana, supliquemos con insistencia: “Como a Francisco, transfórmanos por la oración”.
Es un camino sinodal: no es una empresa solitaria de francotiradores o vanguardistas. Es un camino que estamos transitando juntos.
Esto es también buena y alegre noticia, consuelo del Espíritu para todos.
Amén.