El cielo es nuestra vocación. Transformar esta tierra en adelanto del cielo, nuestra misión.

Homilía en la solemnidad de la Asunción de María – Villa del Tránsito – 15 de agosto de 2024

¡Qué hermoso que es caminar juntos la Esperanza que nos anima y sostiene!

Así hemos llegado hasta este “santuario popular” de Villa del Tránsito. Un año más y como peregrinos de la fe, de la vida y de la esperanza.

En las fiestas patronales siempre pregunto al cura: ¿primero la Misa y después la procesión o al revés?

En Villa Concepción, tanto en la Peregrinación de los jóvenes como en la Peregrinación diocesana del 8 de diciembre, la caminata precede a la Eucaristía.

Aquí, como en otros lugares, la procesión prolonga la liturgia de la Santa Misa.

El encuentro con Jesús, de la mano de María, se prolonga en esa caminata orante y festiva por las calles de nuestro pueblo, en ocasiones bien acompañados por el sol, la brisa suave y el paisaje de nuestro campo.

La fe nos hace caminar. Ella misma es una gran peregrinación que comienza aquí en nuestra vida terrena, pero alcanzará su meta en el cielo, en la bienaventuranza, en la casa del Padre.

Allí, sentados a la mesa, con María Santísima y los santos (también con los de “la puerta de al lado”, nuestros queridos difuntos), compartiremos la alegría de la esperanza que ha arribado al puerto.

***

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.” (Lc 1, 39).

Así comienza el evangelio de hoy que acabamos de escuchar.

Contemplamos a María asunta en cuerpo y alma al cielo, pero el evangelio nos la presenta con los pies bien sobre la tierra.

No hay contradicción entre esta vocación celestial de Nuestra Señora y esta ocupación bien terrenal de asistir a una mujer anciana que está en trance de dar a luz.

Un día, el hijo de María, nos enseñará a rezar así: “Padre nuestro que estás en el cielo … hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Podemos dejar volar nuestra imaginación y no nos equivocaremos si pensamos que es lo que el jovencito Jesús vio en su casa de Nazaret, contemplando a su mamá María y a su “abba” José.

En ese hogar de la tierra, el cielo se hacía presente como fuerza de Dios que transforma desde dentro -en cuerpo y alma- a las personas, al trabajo, a los vínculos entre vecinos, a la vida misma.

Volvamos a la escena evangélica: María “entró   en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».” (Lc 1, 40-45).

María va a dar una mano con las cosas de la casa. Pero lleva mucho más. Muchísimo más: lleva la alegría prometida, lleva a Jesús, el fruto bendito de su vientre.

Va con su fe sólida, corajuda, esperanzada y misionera.

Va colmada del Espíritu Santo, que la ha cubierto con su sombra y la ha hecho fecunda como se lo anunció el Ángel Gabriel.

Y, llevando en el corazón, en el vientre y en sus labios a Cristo, lleva así al Espíritu que, a través de ella, se derrama sobre Isabel, Zacarías y Juan.

Y todos experimentan la alegría del Evangelio.

***

¿A qué hemos venido a este santuario tan querido?

Venimos caminando, porque somos peregrinos, hombres y mujeres de fe y aquí nos encontramos con María que, como en la casa de Isabel, nos tiende la mano y nos da la alegría que colma su corazón.

Aquí, celebrando, orando y caminando juntos, experimentamos la presencia de Jesús resucitado, el hijo de María, el que, resucitado de entre los muertos, ha glorificado a su madre en cuerpo y alma.

Queridos peregrinos:

El camino de nuestra vida por esta historia es arduo. Sentimos su peso en nuestras piernas, pero, sobre todo, en nuestro ánimo. En ocasiones, ese peso nos hace caer.

Incluso experimentamos que muchas obras buenas, legítimas y justas no llegan a término. El fracaso es un compañero de camino de todo ser humano, de toda familia, de todo pueblo, y también de la comunidad cristiana.

¿Qué pasa entonces? ¿No tenemos ya nada más qué hacer o esperar?

No. Lo sabemos muy bien.

Aún después de todos nuestros fracasos y caídas, siempre la fe nos aporta lo más valioso de la vida: la esperanza, la fuerza para seguir caminando, la voluntad de hacer el bien a todos, de devolver bien por mal, de perdonar, de sanar y de retomar, día a día, el camino de la paz.

¿Cuántos hombres y mujeres buenos y sencillos, aunque también frágiles y pecadores, viven así y también así pelean la vida cada día?

Están sostenidos por la fuerza de la Pascua de Jesús que transfiguró a María y que esta tarde -como cada 15 de agosto- nos convoca a celebrar y caminar.

No. A pesar de todo, de la bajeza y corrupción moral de tantos; de la mezquina mediocridad de quienes deberían ser grandes en ideas, compromiso y acciones; a pesar de las frustraciones que nos dan tristeza y bronca, que pesan sobre nuestra Patria y que hipotecan la vida de las nuevas generaciones; a pesar de nuestras propias inconsistencias personales y sociales; a pesar de todo, mirando a María y a la potencia de Dios en ella, tenemos esperanza y esa esperanza levanta nuestro caminar.

El cielo es nuestra vocación, transformar esta tierra en adelanto del cielo es nuestra misión.

¡Qué hermoso es caminar juntos la esperanza que nos da Jesús, el hijo de María santísima!

Amén.

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