De dos en dos

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de julio de 2021

“Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.” (Mc 6, 7-9).

Me comentaba un párroco al concluir una misión con gente de su parroquia: “Al principio había temor: «¿nosotros salir a misionar?». Ante la convocatoria que hicimos, muchos no se animaban. Al final, todos han vuelto radiantes. La misión transforma”.

Necesitamos que Jesús nos siga animando a la misión: de dos en dos, con un solo bastón y con calzado ligero. Pues de lo que se trata es de caminar, de dejarse llevar, de confiar en la fuerza de la Palabra que nos ha sido confiada y, sobre todo, en la potencia de Aquel que nos envía. La misión se pone en marcha en la plegaria humilde y confiada: “Aquí estoy, Señor, envíame”.

Es una paradoja: la pandemia nos obligó a quedarnos en casa; sin embargo, las comunidades cristianas, aun en medio de las restricciones, han experimentado como pocas veces el imperativo de salir, de escuchar, de buscar, de tender la mano. Cosas del Espíritu…

La misión siempre comienza en la oración. Esta plegaria nos puede ayudar: “Señor Jesús, misionero del Padre: con algo de temor en el corazón, pero con más amor y confianza, te digo: ¡Aquí estoy, envíame! ¡Hay tanta sed de Dios, de esperanza y de vida en el mundo! Que tu compasión nos contagie a todos para que, también conmovidos, salgamos a llevar tu Evangelio a todos. Amén.”

“En mi aflicción invoqué al Señor, y Él me respondió” (Salmo 119, 1)

Oración diocesana en pandemia – Homilía del obispo – 9 de julio de 2021 – catedral de San Francisco

Contemplemos la escena evangélica.

Hay pocos testigos oculares: además del Señor, los padres de la niña, Pedro, Santiago y Juan.

Ubiquémonos entre ellos. Vayamos en puntas de pie, sin hacernos notar. Permanezcamos en silencio y, sobre todo, contemplemos con la rumia que alienta el Espíritu.

Más que en un espacio físico, tratemos de entrar, ante todo, en el dolor de esos papás. Imaginemos las noches de incertidumbre al ver el progreso devastador de la enfermedad, en su angustia al adivinar el desenlace, pero también en la súbita esperanza al sentir oír que Jesús pasa.

Busquemos entonces conectar desde dentro con el mundo inconmensurable del dolor humano. A ese lugar nos lleva siempre el Evangelio. Solo desde allí podemos estar en sintonía con él. Ahí nos espera Dios, porque hasta allí ha llegado Él mismo.

Miremos ahora a Jesús, sigamos sus ojos, sus manos que se abren para aferrar a la niña y, sobre todo, su corazón humano de Hijo amado del Padre.

Escuchemos su palabra poderosa que viene de lo profundo de la Trinidad, pasa por ese corazón y termina en sus labios: “¡Niña, yo te lo ordeno: levántate!” (Mc 5, 41).

***

Queridos hermanos:

En esta hora de silencio, recuerdo y oración, permítanme que, desde el corazón de nuestra fe cristiana, les haga llegar esta palabra de cercanía, de vida y esperanza. Nace del corazón y a él se dirige, como todas las palabras que inspira la fe.

Jesús nos está tomando de la mano, nos mira a los ojos y nos dice: ¡Levántate, resucita!

Lo dice a nuestra Patria que busca rumbo en medio de la desorientación de los corazones y de esa persistente voluntad de exacerbar y polarizar que, tantas veces, domina los espíritus.

De manera especial, Jesús pronuncia esa palabra sobre nuestros hermanos y hermanas difuntos; sobre sus familiares y amigos que lloran sus muertes.

También sobre los que se han puesto al hombro la vida, la salud y el futuro de todos, sirviendo a los enfermos, a las familias en riesgo, a los que sufren la zozobra del trabajo o de la empresa, a los niños y adolescentes.

Los invito a abrir el corazón que sabe escuchar esas palabras de vida, y a dejarlas entrar para que hagan su obra en nosotros.

Queridos amigos y hermanos:

¡Es Jesús, el Salvador, el que nos está hablando! ¡Es su Espíritu vivificador el que está soplando sobre nosotros!

Dios no ha causado ni quiere la pandemia. No es un castigo divino ni una prueba para calibrarnos. Es una crisis como tantas que han herido a la humanidad en la historia.

Los discípulos de Jesús, sin embargo, sabemos que ninguna situación, por oscura y difícil, resulta indiferente a los ojos del Dios que se identifica con el buen samaritano. Por el contrario, Dios es nuestro compañero de camino en todas las pruebas de la vida. Está con nosotros. Sufre y llora con nosotros. Y entra en nuestra casa para tomarnos de la mano y levantarnos, como hizo con aquella niña del relato evangélico.

Lo experimentamos en este tiempo difícil en cada recodo del camino.

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Este 9 de julio volvemos a mirar ese camino que transitamos como pueblo desde hace ya doscientos cinco años.

Argentina tiene futuro. Argentina puede levantarse porque puede potenciar sus innegables fortalezas espirituales, éticas y cívicas; como también revertir cualquier forma de decadencia.

No es apelación al pensamiento mágico. Es la certeza que se corrobora cuando logramos contemplar sin prejuicios la nobleza del corazón humano, no nos dejamos llevar por percepciones sesgadas y nos abrimos de verdad a la realidad.

Es esperanza porque cuenta con Dios, con su presencia y acción redentora.

¡Hay potencia de vida en el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios!

En Argentina hay potencia de futuro y de resurrección. Está en la pasión por el bien, la verdad y la justicia que habita el corazón de su pueblo, de las innumerables iniciativas que dinamizan el cuerpo social, de sus empresarios, de sus dirigentes, de sus jóvenes como también de sus adultos e incluso de sus niños.

¡Hay pasión por la libertad, creatividad para edificar, ingenio y garra para sortear las dificultades del camino!

Está en los dirigentes que, aun reconociendo pertenecer a sectores antagónicos, tienen la valentía y la grandeza de ánimo de buscar territorio común para recrear la amistad social y, así, cimentar futuro.

Pensar distinto sobre el rumbo del país, marcar con lealtad las diferencias y dirimirlas en la noble lucha democrática por el poder no constituyen un óbice para, desde esa diversidad, construir convivencia, respeto y reconocimiento de la subjetividad del otro, cultura del encuentro. Todo lo contrario. La inmensa mayoría de los argentinos es precisamente esa actitud la que esperamos.

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Esta noche, en este clima de oración que es encuentro con el Señor de la vida, nuestros corazones se sienten cercanos a las familias que están llorando, en cada una de las comunidades que componen nuestra diócesis, a sus seres queridos muertos por el covid-19.

Queridos amigos, queridas familias: permítannos compartir con ustedes su dolor y su llanto que son signos del amor herido por la partida del ser amado. Nosotros compartimos con ustedes la esperanza que nos sostiene. Es Jesucristo, el que murió por nosotros y resucitó para sembrar nuestra vida y nuestra historia con la certeza del triunfo de la vida sobre la muerte.

De la mano de María, de sus ojos iluminados por la claridad del Hijo resucitado, recibamos esta noche, en nuestros ojos y en nuestras manos, la gracia del consuelo, de la paz y de la esperanza para seguir caminando juntos hacia la Patria de hermanos que soñamos. Amén. Así sea.

Pentecostés: el don de la Ley en los corazones

3ª Carta Pascual 2021

San Francisco, 20 de mayo de 2021

A los fieles de la diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Estamos a las puertas de Pentecostés. Culmina así el tiempo pascual. En esta 3ª Carta pascual les propongo la lectura orante de Ex 19-24 que relata la Alianza en el monte Sinaí. Para el pueblo judío, la fiesta de Pentecostés conmemora el don de la Ley que entonces tuvo lugar. Su meditación nos ayudará a prepararnos para el Pentecostés cristiano: Jesús comunica el Espíritu Santo a su Iglesia. La ley nueva del Evangelio es la gracia del Espíritu Santo, como enseña Santo Tomás[1]. Centramos nuestra lectio en el texto que propone la vigilia de Pentecostés: Ex 19, 3-8a. 16-20b.

I. Lectio: ¿Qué dice el texto?

2. “El primer día del tercer mes, después de su salida de Egipto, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí […] establecieron allí su campamento. Israel acampó frente a la montaña.” (Ex 19, 1-2). Los capítulos19 y 24 narran el encuentro con Dios y la alianza. Por su parte, 20-23, las obligaciones que surgen del pacto: las diez palabras que traducen la alianza a la vida concreta del pueblo. Subrayemos el doble movimiento de los personajes del relato: subir y bajar, acercarse y mantenerse a distancia del monte (y de Dios). Es como el ritmo de  la liturgia: sentados, recibimos la Palabra. Llevamos al altar los dones y nos acercamos a comulgar. Así también la oración y la vida: vivimos como oramos, oramos como vivimos. Este movimiento alcanzará su punto culminante en la encarnación. 

3. Encuentro y pacto buscados por Dios. Suya es la iniciativa. En la Biblia encontramos alianzas entre amigos o pueblos, de carácter comercial, entre un rey poderoso y su vasallo. Aquí es Dios el que ofrece su alianza. Como todo pacto, un relato evoca lo que Dios ha hecho por el pueblo. Sigue el ofrecimiento de un vínculo: “ustedes serán mi pueblo; Yo, su Dios”. De ahí brotan compromisos concretos (los diez mandamientos). Siguen premios o bendiciones y castigos o maldiciones, según haya o no fidelidad a la alianza. Un rito sella la alianza: es el sacrificio que describe Ex 24, y que Jesús evocará en la última cena: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas” (Ex 24, 8). Centremos ahora nuestra atención en las palabras que Dios transmite al pueblo a través de Moisés.

4. Ex 19, 4: “Ustedes han visto cómo traté a Egipto, y cómo los conduje sobre alas de águila y los traje hasta mí.” Las credenciales de Dios son las obras que ha realizado en favor de su pueblo, especialmente la liberación de Egipto. Como observamos al comentar el canto de Miriam (Ex 15, 1-21): hay que abrir los ojos para contemplar esas obras. El detalle más importante: “los traje hasta mí”. Ahora, la atención no debe centrarse en el don de la tierra, sino en la persona del Señor. El camino del éxodo, con todas sus vicisitudes y pruebas, tiene una meta: el encuentro personal, cara a cara, con el Dios santo y amigo del pueblo. El encuentro con Dios es la meta de todas las peregrinaciones de la vida: las del pueblo de Israel y las de cada uno de nosotros. Así será también la vuelta del exilio.

5. Ex 19, 5: “Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece.” Toda la tierra pertenece al Señor, pero el pueblo que acoge su alianza entra en una relación única con Él; a condición de que su Palabra sea escuchada y obedecida. Dios busca una alianza en libertad con Israel. También con nosotros. El Espíritu Santo es el que hace posible ese encuentro en libertad entre Dios y los hombres.

6. Ex 19, 6: “Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada.” San Pedro retomará esta potente imagen (cf. 1 Pe 2, 5.9). Un “reino de sacerdotes”, no una élite, sino todo el pueblo tiene la función de ofrecer a Dios el culto de la vida; además de anunciar sus maravillas (evangelizar), adorar y alabar a Dios. Una “nación santa”, porque Israel es ese espacio sagrado en medio del mundo en el que Dios se manifiesta para todos los pueblos. El compromiso con Dios es inseparable de la fraternidad, especialmente con los pobres. Ese es el espíritu de las dos tablas del Decálogo.

II. Meditatio: ¿Qué nos dice el texto?

7. Les propongo dos claves de lectura. En primer lugar, la evocación de la Alianza del Sinaí que hace la Carta a los Hebreos. En segundo lugar, la perspectiva que nos ofrecen los profetas Jeremías y Ezequiel.

8. Leemos en Heb 12, 18-24: “Ustedes, en efecto, no se han acercado a algo tangible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, tempestad, sonido de trompeta, y un estruendo tal de palabras, que aquellos que lo escuchaban no quisieron que se les siguiera hablando… Ustedes, en cambio, se han acercado a la montaña de Sión, a la Ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo. Se han acercado a Dios, que es el Juez del universo, y a los espíritus de los justos que ya han llegado a la perfección, a Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre purificadora que habla más elocuentemente que la de Abel.”

9. Todo lo que ha vivido el pueblo de Israel es profecía del camino de la Iglesia de Cristo. Es cumplimiento y plenitud: las imágenes imperfectas ceden su lugar a la realidad. Leemos el Éxodo para encontrar en sus páginas las claves de lectura (palabras, hechos, símbolos y gestos) que nos ayuden a comprender lo que nos pasa ahora, lo que el Espíritu está obrando en nuestra vida como discípulos de Jesús. Nuestra vida y nuestra fe son el camino por el desierto. Hay momentos de encuentro y de alianza con Dios. Algunos tienen la visibilidad de los sacramentos; otros, la frescura de un Dios que nos une a Él con lazos de amor.

10. “Al séptimo día, el Señor llamó a Moisés desde la nube. El aspecto de la gloria del Señor era a los ojos de los israelitas como un fuego devorador sobre la cumbre de la montaña. Moisés entró en la nube y subió a la montaña. Allí permaneció cuarenta días y cuarenta noches.” (Ex 24, 16b-18). La montaña es lugar de revelación y encuentro con Dios. Subir al monte y entrar en la nube, como hizo Moisés, es ahora entrar en comunión con Jesús. Él es el monte santo donde Dios se revela. Moisés es figura de todo bautizado: un amigo que habla cara a cara con Dios; un hombre humilde, transformado por la gracia del Espíritu Santo.

11. El contraste entre ambas alianzas nos invita a calibrar la calidad de nuestra experiencia cristiana. Mientras que la antigua es caracterizada con rasgos impersonales, la nueva es encuentro libre entre Dios y sus hijos. No hay temor frente al Dios manifestado en Jesucristo. Por el contrario, el clima es de gozo, paz y consuelo. San Pablo habla que el “fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. (Gal 5, 22-23).

12. Las “diez Palabras” que Dios mismo escribió con su mano en las tablas de la Ley son un don para la vida. En esas palabras, que Jesús llevó a su pleno cumplimiento (cf. Mt 5-7), nosotros encontramos orientación para vivir plenamente como hijos y hermanos. Los mandamientos humanizan nuestra vida. El estilo de la Trinidad se hace nuestra forma de vida.

13. Por su parte, Jeremías y Ezequiel, evocando este encuentro en el Sinaí, anuncian una nueva y definitiva alianza: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.” (Jer 31, 33). “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo ha dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.” (Ez 36, 26-28).

III. Contemplatio: Cristo nos está donando su Espíritu

14. “Ser contemplativos no depende de los ojos, sino del corazón. Y aquí entra en juego la oración, como acto de fe y de amor, como «respiración» de nuestra relación con Dios. La oración purifica el corazón, y con eso, aclara también la mirada, permitiendo acoger la realidad desde otro punto de vista. […] Todo nace de ahí: de un corazón que se siente mirado con amor. Entonces la realidad es contemplada con ojos diferentes.” (Catequesis del Papa Francisco, 5 de mayo de 2021).

15. “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo […]»” (Jn 20, 21-22). “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5, 5). Pentecostés es un acontecimiento actual: Jesús resucitado continúa alentando su Espíritu sobre nosotros. En el silencio de nuestra oración, concentrando nuestra mirada en Jesús, descubramos al Dios vivo que escribe su Ley en nuestros corazones.

16. El don del Espíritu tiene un destinatario: el pueblo de Dios. Un pueblo de hombres y mujeres libres, animados por el amor trinitario, portador de esperanza al mundo. El Espíritu que el Padre y el Hijo nos envían, pasa por el cuerpo glorificado de Cristo y se derrama en los corazones, escribiendo en ellos la Ley de Dios. La libertad que nos comunica es la de los hijos y hermanos. Alienta en nosotros un proyecto de vida fraterno, abierto solidariamente a los demás, atento especialmente a los más pobres y heridos.

17. En este tiempo de prueba que seguimos transitando como humanidad, una gracia muy fuerte que Dios está haciendo sentir en los corazones de muchos tiene que ver con esto: escribiendo su Ley en nosotros, el Dios trinidad revelado en la Pascua nos comunica su vida misma, su alegría y su impulso. Vivir desde dentro de nuestra experiencia personal de la acción del Espíritu Santo.

18. Los invito a contemplar este don del Espíritu en nuestra Iglesia diocesana que celebra sus sesenta años de camino compartido. Las figuras de María, de Francisco de Asís y de Brochero nos iluminan. Dios realizó en ellos lo que está obrando en nosotros. ¿Cómo escribió el Señor su Ley en el corazón de María? ¿Qué forma tomó la libertad en la vida de Francisco? ¿Qué experiencia del Espíritu leemos en la vida y ministerio de José Gabriel? Contemplemos sus vidas, reflejo del Evangelio, y miremos la obra de Dios en nosotros, en nuestras comunidades, en la historia de nuestra Iglesia diocesana. Es memoria agradecida del camino recorrido que nos abre al futuro: ¿hacia dónde nos está llevando el impulso del Espíritu? Moisés bajó del Sinaí, confió al pueblo la Ley de Dios y, así, juntos, retomaron su camino hacia la tierra prometida. También nosotros, como diócesis, tenemos un camino por delante.

Confío esta lectio a san José, custodio de María y Jesús. Su obediencia a la Palabra nos inspire para seguir transitando juntos este camino de alianza, de fe y de servicio. Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva, Obispo de San Francisco

[1] cf. ST I II q 106 a 1 Respondeo

Cuéntanos, María, cuéntanos…

“Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino? He visto el sepulcro de Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado…”. (Secuencia de Pascua). 

En esta mañana de Pascua, la más luminosa y feliz de todas, corramos con María, Simón Pedro y el discípulo amado. El sepulcro está vacío, pues el Dios que ama la vida ha resucitado a su Hijo rompiendo las ataduras de la muerte. 

Como el pesebre o la cruz, la tumba vacía es el signo, humilde y poderoso a la vez, que grita esperanza y alegría a nuestro atormentado mundo. 

Con nuestra vida de resucitados llevemos ese anuncio de puerta en puerta. Seamos servidores de la esperanza que Dios regala al mundo. Él ama la vida y sabe cómo resucitarnos de todas nuestras muertes. 

Como María Magdalena, también nosotros somos enviados para anunciar esta esperanza a nuestros hermanos y hermanas, especialmente a los pobres, los tristes, los heridos y desalentados.

Nuestra alegría se vuelve oración. Te invito a rezar: 

“En esta mañana luminosa del «día que hizo el Señor», nos dirigimos a ti, María Magdalena, apóstol de los apóstoles. Fuiste la primera en comenzar a descubrir el gozo de la Resurrección. Guíanos hacia esa luz, como guiaste a Simón Pedro y al discípulo amado. Date prisa, la hora apremia. 

Este tiempo de incertidumbre ha llenado de oscuridad muchos corazones. Todos esperamos el anuncio pascual que nos abre a la esperanza. 

Te vemos llegar corriendo, con el rostro iluminado: ¡Ha resucitado! Casi que no podemos creerlo, pero el corazón nos salta de gozo. El amor intuye la verdad de esas palabras. Amén. Aleluya.”

El aprendizaje del pastor

Homilía en la catedral de San Francisco al celebrar treinta años de la ordenación sacerdotal y doce de la episcopal.

Por momentos tengo la sensación de que la ordenación sacerdotal, treinta años atrás, fue ayer nomás. Bien me doy cuenta de que se trata solo de eso: una sensación. 

Me pregunto, sin embargo, a qué se debe. ¿Solo resistencia porque “el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos”? Es posible. Sin embargo, hay otro factor interior que pesa mucho: un camino de vida como el sacerdotal obliga a estar siempre aprendiendo. Mucho más en los tiempos que vivimos. Es entonces más que una sensación: es un hecho, una experiencia saludable. Es como un parto: a la vez doloroso y esperanzador; cargado de incertidumbre, pero abierto al futuro. Es la pascua de Jesús que atraviesa nuestra existencia.

Valga esto para el obispo como para el presbítero. Por una coincidencia no buscada, los dos aniversarios se suceden uno a otro: el veintisiete de setiembre, el episcopal (doce años); el veintiocho, el presbiteral (treinta años ya). 

En resumen y muy sinceramente: no puedo dejar de sentirme un inexperto aprendiz de creyente llamado además, e inmerecidamente, a ser pastor: servidor de la fe de sus hermanos. En ocasiones esta experiencia me impacienta (¡hasta cuándo estar aprendiendo!); en otras, como esta, desemboca en adoración porque me lleva a escuchar el Silencio de Dios, a la rumia de su Palabra y a la contemplación de su Misterio.

Como decía días atrás, cumpliendo siete años en San Francisco: reconocerme discípulo en esta Iglesia que me enseña a vivir la fe, es fuente de un gozo muy hondo. Se lo agradezco, cada día, a nuestro buen Dios. Soy testigo del Evangelio de esa Gracia de Dios. Es alegría, gozo y consuelo para el frágil corazón humano del creyente. 

Pero, como de aprendizajes se trata, déjenme compartir dos de ellos con ustedes. Tengan a bien recibir estas confidencias de un hermano, dichas con pudor, pero también con la ansiedad de sacar fuera lo que se lleva dentro. 

*     *     *

El Concilio Vaticano II, al reflexionar sobre el ministerio de los pastores, nos regaló una feliz expresión que acierta con las palabras para decir una verdad de la vida: los pastores nos santificamos en el ejercicio del ministerio (cf PO 12c y 13). 

Es una verdad vigorosa, fuerte y experimentada por mí, una y otra vez. No les estoy diciendo que yo soy santo. No lo soy, aunque solo Dios sabe cómo gravita su gracia en mí. Apunto a otra cosa. Espero poder explicarme. 

“Santidad-santificación” quieren decir dos cosas que, en realidad, son una: por una parte, unión configuradora con Cristo; por otra, plenitud de amor de caridad. Cristo y amor. Amor y Cristo. Dos caras de una misma moneda: Cristo es Ágape. 

Vivir el ministerio en su triple forma (profecía, liturgia y pastoreo) es realmente experiencia de encuentro con Cristo presente: al anunciar su Evangelio, al presidir la oración del pueblo, al acompañar a las personas y comunidades en nuestro camino al cielo. El Kyrios resucitado te atrae y te ata a su persona; te deja expuesto a su influjo electrizante. Cristo atrae y convence, contagia y enardece.

Es el Crucificado que, de infinitas maneras, nos muestra las cicatrices de su amor hasta el fin en los rostros de los hermanos, en sus luchas y caídas, en su resiliencia y paciencia, tal vez más que en sus resonantes triunfos. También en los pecados ofrecidos humildemente a la absolución sacramental. También en los reclamos a una Iglesia de la que se espera lo mejor, lo que supera todo anhelo: experimentar la belleza luminosa del Dios amor; pero que, en demasiadas ocasiones, solo logra ofrecer un rostro opaco, deslucido e incluso intimidante. 

Y es Cristo quien, por su Espíritu, suavemente atrae por su fulgor, busca convencerte de su verdad; te va dando la posibilidad de transformarte en Él, al menos por unos instantes; aunque después el pecado o tu propia tontería te instalen de nuevo en la medianía de la vida. Pero el ardor de ese fuego difícilmente se apaga: sigue ahí como rescoldo vivo que te caldea el corazón tanto como lo inquieta e incomoda. 

Es así cada encuentro, cada visita, cada momento, también los difíciles; en los espacios cuidadosamente programados o, como nos está ocurriendo en esta hora incierta, en la experiencia desarmante de no tener ya el control de nuestros tiempos, acciones y metas…

*     *     *

El segundo aprendizaje del que doy gracias a Dios, y ahora comparto con ustedes, ya está presente en el anterior. Pero, ahora lo saco a la luz y lo pongo en palabras. 

Desde hace ya un tiempo largo, tal vez desde mis últimos años como formador en el Seminario, pero mucho más en este tiempo de episcopado, vengo comprendiendo que la misión apostólica de los pastores es, ante todo, “ministerio espiritual” (“en el Espíritu Santo y la justicia”, como enseña PO 13), servicio humilde y manso a lo que el Espíritu Santo obra en el corazón de las personas, de las comunidades y del mundo: el encuentro con Cristo Salvador. 

Lo digo con otras palabras. Hermanos y hermanas: por acción silenciosa y discreta del Espíritu, nos habita el Dios amor, la Santa e indivisa Trinidad. En lo hondo de nuestro corazón están el Padre con el Hijo y el Espíritu Santo. O, parafraseando la osadía de san Juan de la Cruz: “Padre e Hijo espirando el Espíritu “. Somos templos vivos de ese Dios Trinidad que es amor y alegría, consuelo y esperanza, abismo y cobijo. 

¡Es demasiado grande el misterio que nos habita! Es comprensible que no sea nuestra experiencia inmediata, que otras cosas, buenas y santas, atraigan más nuestra atención, pues resultan más maleables a nuestras ansias de control. Pero, si no volvemos a esa fuente vital, seremos hombres y mujeres extraviados con el extravío más grande: el que acontece en el propio corazón que ya no sabe dónde está, a quién pertenece, cuál es la fuente de su vida.

Al celebrar en las comunidades el sacramento del Don del Espíritu me suelo encontrar varias veces con estas palabras del Señor: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23). Escucharlas, una y otra vez, me desarma por dentro, poniendo en crisis las reales expectativas de cualquier acción pastoral, pero, sobre todo, lo que realmente espero de mí, de mi vida y de mis acciones. 

El ministerio pastoral del obispo -y, con él, el de los presbíteros y diáconos- es servir a esa Gracia Increada que es la Presencia de la Trinidad en el corazón de cada creyente, que toca y eleva su modo de conocer y de amar a Dios y todas las cosas. 

No se puede programar adecuadamente, menos aún controlar o disponer a voluntad, solo servir dejándose llevar por el Pneuma de Cristo, suplicado, una y otra vez: “Padre dame el Espíritu de Jesús, tu Hijo, para que pueda pastorear a tu pueblo”. 

Por eso, el pastor ha de ser, ante todo, un “hombre del Espíritu”, fogueado él mismo en la zarza ardiente del encuentro cotidiano con el Dios de fuego en su Palabra, en la Eucaristía y en la realidad humana, especialmente cuando el pastor acaricia en silencio el sufrimiento y las heridas de sus hermanos. Nuestra impotencia ante tantas situaciones dolorosas suele ser el signo visible y sufrido de la gracia poderosa de Dios. 

Por eso también, tarea primaria del obispo es orar, invitar a la oración e introducir en ella. Es tarea mística y mistagógica: llevar pacientemente de la mano al encuentro con Cristo, como quien enseña a subir al Monte Tabor para la Transfiguración, porque el obispo conoce esos senderos montañosos, porque allí habita, esa es su casa, ese es su camino cotidiano y su meta más deseada. 

Llamado a ser un “hombre del Pneuma”, el obispo es también llamado a vivir a fondo la libertad que nos trajo Cristo. La libertad del obispo no es el capricho del que se planta, berrea y termina haciendo lo que quiere. Es la libertad que se vive en la obediencia a la Voluntad de Dios, cada vez más desposeído de sí mismo, de sus seguridades y planes. Cada vez más a la intemperie. 

Tiene así forma mariana, pues, como María, aprende a vivir teologalmente de la fe, la esperanza y la caridad que lo vivifican desde dentro, aunque la sensibilidad y las emociones estén caminando por otros senderos. Más por necesidad espiritual que por devoción, el obispo ha de volverse mariano, confiándose a esa Mujer que sabe mejor que nadie de todo esto. 

*     *     *

Celebro estos aniversarios en el contexto de esta pandemia. Varias veces me he preguntado qué estamos aprendiendo, como Iglesia, de esta prueba que nos toca vivir. Y de aprendizajes que tiene como sujeto a Aquel que camina sobre las aguas, haciendo sentir su presencia y su voz en medio de la tempestad. Me inquieta que estemos ansiosos por pasar, sin más, esta hora de prueba, para volver a lo de siempre. Me subleva interiormente que, como Iglesia, estemos pensando que, por “poseer” el Evangelio, tenemos a mano todas las recetas para salir adelante cuando llegue ese ente inasible que llamamos: la nueva normalidad de la postpandemia. 

Tengo la convicción -hermanos y hermanas- de que si pensamos así, nos equivocamos rotundamente. 

Estamos viviendo una hora crucial que la Providencia ha preparado para nosotros. 

Seamos humildes. Aprendamos nuevamente, o por primera vez, a vaciarnos de nuestro orgullo y autosuficiencia. Volvamos a la hora del llamado inicial. De nuevo busquemos a Jesús, el Cordero que pasa, y preguntémosle como la primera vez: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38). 

Él volverá a respondernos con unas palabras que nos han marcado para siempre: «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.” (Jn 1, 39). 

Sí, Señor, nos quedamos con vos.

Amén. 

“Con María, siempre”

Homilía en la 31ª Peregrinación Juvenil al Santuario de la “Virgencita” – Domingo 6 de setiembre de 2020 – 23º del tiempo ordinario

Las imágenes corresponden a la Peregrinación del año 2016

“Con María, siempre”.

Cada año, por esta fecha, jóvenes de distintas comunidades de nuestra diócesis se ponen en camino hacia este Santuario.

Esto ocurre desde hace ya treinta y un años.

Los motiva el caminar juntos, la meta a alcanzar y esta alegría de ser peregrinos.

Destaco, sobre todo, ese momento culminante que es entrar juntos al Santuario.

Pero, claro, no podemos olvidar a quien hace posible toda esa experiencia: María, nuestra Virgencita.

Este año, la situación extraordinaria que vivimos desde marzo nos ha obligado a una Peregrinación virtual. Vivámosla con una fe y una alegría también extraordinarias. Que la ausencia física no sea obstáculo, sino aliciente para una vivencia más honda de la peregrinación y el encuentro. Que la virtualidad quede transformada por nuestra fe de peregrinos y nuestro amor de devotos de la Virgencita.

Para ello, los invito a dejarnos evangelizar por la Palabra de Dios, especialmente por lo que Jesús nos dice en el Evangelio de este domingo.

Lo repaso con ustedes.

Todo comienza cuando los discípulos le acercan a Jesús esta inquietud: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?” (Mt 18, 1).

El Señor hace y dice entonces algo fuerte: “Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.” (Mt 18, 2-5).

Estar así delante de Dios: como un niño pequeño.

Llegar a ser así: como un niño pequeño.

Como el mismo Jesús, pues, en el fondo, lo más importante que nos dice el Evangelio es que Jesús es y permanece, delante del Padre, como un niño pequeño.

Solo entonces comprendemos lo que nos dice el Evangelio de este domingo, leído bajo la atenta mirada de la Virgencita: hacernos cargo del hermano, especialmente si vemos que se lo ve extraviado por los caminos del pecado. Hacernos cargo, no dejar que nos gane la indiferencia, agotar toda instancia para que recuperarlo como hermano.

¿Y qué hacemos si, con todo y nuestro esfuerzo, no hay cambio? “Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano”, señala el Señor (Mt 18, 17).

¿Qué significa esto? ¿Finalmente, en algún punto, es posible desentenderse? No. Un pagano o un publicano son personas a las que, de manera especialmente intensa, hay que buscar para hablarles al corazón de la misericordia del Padre.

También para eso necesitamos hacernos como niños, despojados de pretensiones y vanidades, humildes y mansos… En definitiva, para dejarnos invadir por lo que siente el Padre ante un hijo o hija extraviados. Como aquel pastor del que habla Jesús y que arriesga el rebaño por buscar a la oveja perdida.

Esa lección la aprendemos en este Santuario: aquí, María siempre recibe y acoge, sin condiciones ni reclamos. Es una madre que sencillamente ama, pues sabe que el amor es capaz, tarde o temprano, de arrancar a sus hijos de los abrazos seductores del pecado.

Pero, ese hacernos cargo los unos de los otros, es, ante todo, una responsabilidad de hermanos que rezan y caminan juntos. Por eso, extrañamos la Pere y anhelamos volver a peregrinar la ruta de la fe que va de El Tío a la Villa. Son apenas siete kilómetros, pero esa distancia se hace más honda en el corazón de los que peregrinamos la fe.

Seamos muchos o pocos. No importa, sabemos que ese caminar juntos, una vez al año, expresa visiblemente una realidad más profunda que vivimos cada día: estamos juntos en el camino de la vida, de la fe, del hacer más humano este mundo, tantas veces, cruel, injusto y deshumanizado.

Porque el Señor está en medio de quienes se reúnen “en su Nombre”, y así rezan, buscan y caminan.

¿Cómo saldremos de este tiempo duro que estamos viviendo?

Pidámosle a María que nos vuelva a decir el Evangelio de la fraternidad, de la pequeñez, de la humildad y -como escucharemos el domingo próximo- del perdón ofrecido de corazón.

Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas: de la mano de María, más que estar preocupados en grandezas que nos separan unos de otros, busquemos hacernos como niños para entrar a gozar, ya desde ahora, de la vida plena del Reino de Dios.

Con María, siempre.

Así sea.

Encomienda de los jóvenes de la diócesis de San Francisco a la Virgencita

Domingo 6 de setiembre de 2020 – 31 Peregrinación Juvenil

Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!

Al concluir esta 31ª Peregrinación Juvenil venimos ante tu querida imagen para encomendarte la Iglesia joven de San Francisco, a los chicos y chicas de nuestros pueblos y ciudades.

Ponemos entre tus manos la vida de cada uno de ellos, sus sueños, ilusiones y proyectos.

En este tiempo de incertidumbre, te suplicamos que cuidés la esperanza y la alegría en sus corazones.

Que sientan así tu presencia de madre, catequista y maestra espiritual.

Compartí con ellos tu docilidad al Espíritu, tu confianza en el Padre y tu amor por Jesús, tu amado Hijo.

Enseñales a contemplar, como vos y con vos, el Evangelio.

Como a los de Caná, repetiles, una y otra vez, señalando a Jesús: ¡Hagan todo lo que Él les diga!

Que aprendan de vos las virtudes que hacen bella la vida; ante todo, la fe, la esperanza y la caridad; pero también la generosidad, la fortaleza interior y la capacidad de servicio. De manera especial, te pedimos para ellos tu mismo ardor misionero, para que sean servidores de la Alegría del Evangelio para los propios jóvenes.

Cada año, vos los esperás en esta, tu casa, cuando ellos se ponen en camino como peregrinos y devotos.

Aquí los reunís y colmás sus jóvenes vidas con el gozo del Evangelio que desborda de tu propio corazón de discípula.

Este año, limitados por la emergencia sanitaria, no han podido ponerse en camino.

Sin embargo, sabemos que vos estás, hoy y siempre, caminando con ellos por los senderos que transitan.

Incluso que sabés hacerte presente cuando sus pies los llevan por caminos de oscuridad y desesperanza.

Estás especialmente allí, como madre coraje, que, porque ama, defiende, protege y pelea por la vida de sus hijos e hijas.

A nosotros, los adultos, danos, Madre y Virgen, tu misma pasión evangelizadora, para que seamos testigos creíbles de la verdad y de la justicia. Que podamos legarles una Patria de hermanos, un mundo más humano y una casa común bella y habitable para todos.

Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!

Amén.

Asunción de Nuestra Señora

15 de agosto de 2020

“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz” (Ap 12, 1-2). 

Sí. María es ese gran signo que Dios le ofrece a la humanidad. Es signo de esperanza. No cualquier esperanza, sino la más grande y decisiva: la que nos habla de que, a pesar incluso de todos los fracasos que podamos vivir, nuestro deseo de humanidad, de plenitud y de vida no se verá frustrado. 

Es Dios el que se ha comprometido con ese anhelo profundo. Él lo ha puesto en el corazón humano. Él lo sostiene y lo plenifica. Él es además el único que puede cumplirlo plenamente.

Miramos a María, glorificada en cuerpo y alma, y reconocemos en ella el cumplimiento de todas las promesas. Ella es la primera en participar de la Pascua de Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador. 

Por eso, donde reina María reina también la esperanza, la fuerza para vivir y luchar por la vida. 

María es signo de la nueva humanidad que surge de la victoria pascual de Cristo sobre la muerte y el pecado. 

***

Con toda la humanidad vivimos un tiempo de prueba. La pandemia por la difusión del coronavirus nos ha hecho experimentar de una forma nueva cuán frágiles somos. Sabemos de miedo y de angustia, de incertidumbre y de soledad. 

No sabemos si nos vamos a contagiar, si ese contagio minará nuestra salud o, incluso, si no nos acercará al umbral siempre temido de la muerte. 

Miremos, una vez más, a Nuestra Señora, como lo hemos hecho tantas veces aquí, en este Santuario popular del Villa del Tránsito. Como lo han hecho nuestros padres, abuelos y tantas generaciones de peregrinos y devotos. Mirémosla con amor y con ansia, y que ella nos contagie la esperanza de la vida plena que su Hijo, muerto y resucitado, ha derramado sobre ella. 

Cristo le ha confiado a su Madre santísima la misión de sostener el caminar de su pueblo, de consolarlo y animarlo en los tiempos de tribulación como los que estamos viviendo. 

Ánimo entonces, y sigamos peregrinando, asidos a su manto. Sentimos tristeza por no poder recorrer, como cada año, las calles de nuestro pueblo. Comprendemos el sentido de este enorme esfuerzo que venimos haciendo de cuidarnos y cuidar la vida de todos. Es ahora ella, María del Tránsito, la que viene a nuestro encuentro para recorrer los caminos interiores de nuestras familias, de nuestros corazones y también -¿por qué no?- de nuestros miedos y ansiedades. 

Dejémosla entrar. 

***

María es singo de la nueva humanidad. A ella podemos dirigir la mirada para orientar nuestro camino futuro. 

En la medida que esta situación de aislamiento por la pandemia vaya pasando, tendremos que hacernos cargo de una inmensa empresa de reconstrucción. Muchas cosas se han quebrado en este tiempo, muchas ilusiones han caído, muchos corazones prueban el desaliento y la tristeza. 

María es signo de esperanza. 

No nos dice qué decisiones tendremos que tomar, qué proyectos llevar adelante o qué programas de reconstrucción emprender. 

Como en las Bodas de Caná, ella nos orienta hacia Cristo, pues solo Él puede transformar nuestras durezas y sequedades, colmando las tinajas de nuestras vidas con el vino nuevo de la alegría que viene del corazón de Dios. 

María nos dice, una vez más: “¡Hagan todo lo que Él les diga!” (Jn 2, 5). Con la mirada fija en María, podríamos incluso glosar ese dulce mandato: Hagamos todo lo que Jesús nos diga, como María, su madre y discípula, hizo a lo largo de su vida. 

El presente y el futuro es hora de María. Estos son tiempos marianos. 

Como María, seamos hombres y mujeres de oración, que buscan, cada día, escuchar la Palabra de Dios que ilumina la vida. Como ella, hagámonos hombres y mujeres que, en lo profundo de su conciencia, repasamos lo que vivimos porque queremos ser protagonistas activos del plan de Dios. 

Como María, seamos dóciles a la vocación-misión que el Señor nos revela. Como ella, también nosotros digámosle: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Como María, convirtámonos también nosotros en servidores de nuestros hermanos y hermanas, especialmente si los reconocemos en situación de riesgo, de peligro. Que María nos ayude a salir de nosotros mismos, de romper con el cerco de nuestro aislamiento egoísta, y nos haga sentir como propias las necesidades de los más pobres, vulnerables y sufrientes.

Como María, sintámonos cerca de todos, ricos en humanidad, en compasión, en ternura y justicia. 

Como María, seamos también nosotros servidores de la alegría de nuestros hermanos.

Como María, renovemos nuestro compromiso de cuidar la casa común que el Creador nos ha confiado para que hagamos de ella un jardín para todos.

Que así sea. 

“Con Jesús, dejémonos llevar hacia la Pascua”

Primera Carta Pascual 2020

San Francisco, 23 de febrero de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.” (Lc 9, 51).

También nosotros pongámonos en camino hacia la Pascua. La celebraremos el domingo 12 de abril. Es el corazón del año litúrgico, porque es el corazón de nuestra experiencia cristiana de Dios: él es el Padre que resucita a Jesús y nos comunica su Espíritu. La Pascua marca el ritmo y el tono de nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua eterna.

Se me ha ocurrido dirigirles cuatro Cartas pascuales que nos ayuden a realizar este camino. Y a hacerlo como hermanos, como familia diocesana.

Sería bueno que las aprovecharan en los Consejos Pastorales y otros espacios comunitarios. Contienen preguntas inspiradoras, pero también pueden despertar otros interrogantes que nos ayuden a profundizar nuestra respuesta personal y comunitaria al Señor que nos llama a caminar con él. 

Esta primera se enfoca en la Cuaresma. Seguirá una para Semana Santa; una tercera para vivir la Cincuentena Pascual; y, finalmente, otra para Pentecostés.

*     *     *

La Cuaresma es el camino de Jesús. Él va delante, abriendo el sendero y, de alguna manera, traccionándonos con la fuerza de su Espíritu. Dejémonos llevar.

¿Hacia dónde camina Jesús?

Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén. San Lucas usa una hermosa expresión: en Jerusalén, Jesús “será tomado y llevado” hacia lo alto. Como Elías, será arrebatado por un torbellino de fuego y llevado al cielo. (cf. 2 Re 2, 11). Ese fuego es el Espíritu del Padre que lo impulsa a cumplir su misión. Será la hora del “amor hasta el fin”, de “pasar de este mundo al Padre” (cf. Jn 13, 1). La Cuaresma es la invitación a sumarnos a ese camino de Jesús que vuelve al Padre. Por eso, al recibir las cenizas, se nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Es la señal para animarnos a caminar hacia la Pascua, animados por el mismo fuego del Espíritu.

¿Qué fuerzas nos arrebatan realmente? ¿Qué fuego está ardiendo en nosotros en este momento? ¿Es el de Jesús o son “otros fuegos”?

¿Qué lo motiva a emprender ese camino?

San Lucas nos da una pista. Dice que Jesús “se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. El Padre lo llama y el Espíritu lo impulsa. No se queda pasivo. Jesús madura la decisión personalísima de cumplir su misión. Es el misterio que contemplaron sus discípulos tantas noches de vigilia y oración: el Hijo se abre, en el Espíritu, al Padre. María también lo había tenido que rumiar en su corazón cuando, con José, escuchó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). A Jesús lo mueve el amor del Padre que quiere salvarnos. Trae ese motivo desde el seno de la Santa Trinidad: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Es el amor del Buen Samaritano que se hace cargo del que está herido en el camino. Su trabajo es el mismo del Padre: acoger, hacerse cargo, sanar, resucitar …

¿Cómo andan nuestras motivaciones? ¿Qué nos mueve realmente desde dentro? ¿No necesitamos que Jesús, con su Espíritu, evangelice un poco nuestras motivaciones más hondas?

¿Con quiénes camina Jesús?

Salvo cuando manda a los discípulos a misionar, Jesús nunca está solo (cf. Mc 6, 14-29). Desde el principio, busca compañeros de camino. Es que viene del seno de la Trinidad que es familia. Trae ese fuego al mundo. Jesús crea fraternidad, clima de familia y comunión. Del corazón del Padre trae esa pasión de buscar a los perdidos, de curar a los enfermos, de acariciar a los niños y de sentar a la mesa a los descartados. Su gesto más hondo es el perdón que ofrece a los pecadores. Sin olvidar su poder de liberar a quienes sufren toda forma de deshumanización. Ahí está “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (Lc 8, 2). Las escenas más entrañables del Evangelio son esos encuentros de Jesús. Esta Cuaresma vamos a escuchar tres de esos encuentros: con la samaritana (el tercer domingo: Jn 4, 5-42), con el ciego de nacimiento (cuarto domingo: Jn 9, 1-41), y con los hermanos de Betania en la resurrección de Lázaro (quinto domingo: Jn 11, 1-45).

En Cuaresma, Jesús camina con nosotros y, con nosotros, quiere seguir yendo al encuentro de los pobres. ¿Somos realmente una Iglesia diocesana pobre y para los pobres, como tantas veces dice el Papa Francisco? El ayuno, la oración y la limosna cuaresmales nos animen a estar más disponibles para nuestros hermanos y hermanas.

¿Cómo camina Jesús?

Ya lo vimos: Jesús inicia su camino con una decisión libre, firme y bien pensada. Así seguirá caminando. Vuelve una y otra vez, en su oración a esa decisión de vida. Es que allí encuentra al Padre, se deja colmar por el Espíritu y se siente, una vez más, enviado a sus hermanos y hermanas, a los pobres, a los pecadores. Ni siquiera la creación es excluida de esta decisión del Señor. Él la renueva, cada día, ante cada persona y cada acontecimiento. Cuando llegue a Jerusalén, sin embargo, habrá un momento en que está opción se hará gesto sacramental: será en el Cenáculo y tomará la forma de pan que se parte y una copa que tiene que pasar de mano en mano. Jesús camina con confianza, con mansedumbre y con alegría. Una alegría desbordante, creciente y que resiste incluso las pruebas más duras. Porque, en su camino, Jesús experimentará momentos de intensa prueba: la dureza de corazón y la ceguera de sus enemigos, la torpeza de sus discípulos que no terminan de entenderlo y la superficialidad de las multitudes. Sin embargo, la mirada fija en el Padre y el soplo consolador del Espíritu lo mantienen en el camino iniciado.

¿Qué estamos haciendo con la alegría del Evangelio que el Señor nos ha confiado? ¿Caminamos con entusiasmo, compartiendo nuestra esperanza y nuestra alegría? ¿O, por el contrario, nos hemos dejado ganar por la amargura y el derrotismo?

*     *     *

Hasta aquí mis reflexiones para esta primera Carta pascual, a las puertas de nuestro “itinerario hacia la luz pascual”, como dice la Liturgia. Espero sinceramente que nos ayuden a todos.

La liturgia cuaresmal posee una enorme riqueza: los textos de las Escrituras y las oraciones, tanto del Misal como de la Liturgia de las Horas. Alimentemos con ellos nuestra oración de cada día y nuestro deseo sincero de conversión y reconciliación.

El Señor nos espera, con su perdón y su paz, en el sacramento de la Penitencia. Prepararemos así la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia Pascual. Es nuestra vida la que se renueva en Pascua.

Cerca de Semana Santa volveré a escribirles. El Señor está caminando hacia la Pascua. Vayamos con él, dejándonos arrebatar por su Espíritu. Nos espera la resurrección y la vida.

Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva

Oda al párroco

Compartamos esta “Oda al párroco” escrita por el arzobispo de La Plata, Víctor Manuel Fernández. Es un texto poético que va desgranando, con belleza y profundida, la misión de nuestros pastores.

A medida que lo vayamos leyendo podrá convertirse también en oración agradecida y suplicante por nuestros párrocos, vivos y difuntos. Amén

Oda al párroco

+ Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata

Para un cura no hay nada más lindo que ser párroco.

Un párroco es un hombre tomado por Dios que sabe que sin él nada puede y que el Señor es el destino final de su vida.

Un párroco es un enamorado de Jesucristo, que tiene la certeza de que la amistad con él ya no tiene vuelta atrás.

Un párroco experimenta, a veces con dolor, a veces con emoción, que es una vasija de barro que el Espíritu Santo quiso llenar y desbordar a pesar de sus límites y miserias.

Un párroco sabe que cuando las cosas le van mal puede correr a los brazos de la Virgen de Luján, que en ese momento no mirará sus errores y caídas sino a su hijo que la necesita. Así, desde el corazón de la Madre, aprende él mismo a ser siempre misericordioso.

Un párroco no es un solterón. Para él está muy claro que tiene una esposa que le reclama, que lo reta, que lo necesita, que lo estimula, que lo quiere y lo siente suyo a pesar de todo. Porque desde que llega a una comunidad sabe que ha nacido una alianza de amor con ese pueblo de Dios.

Un párroco entiende cuando alguien llora por amor, porque él también ha llorado a veces su soledad. Comprende cuando una madre sufre por sus hijos porque él muchas veces se sintió impotente cuando intentó ayudar a otros. Percibe lo que otro siente cuando no puede cumplir sus sueños, porque él también tiene sueños grandes y muchas cosas le salieron mal.

Pero un párroco es un hombre que siempre sale adelante, porque está peregrinando con su comunidad en medio de las pruebas y angustias de esta vida. Sufre con ellos, llora con ellos, espera con ellos. Y muchas veces ellos lo empujan y lo llevan para que no se quede. Mientras tanto, une con cariño sus dolores a los de Cristo crucificado y los ofrece por su comunidad. Porque sabe que así su sacerdocio siempre será fecundo.

Y lo más lindo de ser párroco es experimentar que uno siempre es padre, amigo, compañero, uno del barrio, alguien que tiene su casa entre el pueblo como uno más, sin pretender destacarse, pero seguro de entregar un milagro permanente.

Porque Cristo lo ha tomado con su Palabra, porque él se hace alimento entre sus dedos, porque a través de él el Espíritu Santo se derrama como agua, como aceite perfumado, como sencilla bendición que ayuda a su pueblo a seguir adelante.

El párroco es también un contemplativo de la belleza que siembra el Espíritu Santo. Está atento a la vida de su gente y admira tantos gestos de generosidad, tanta entrega, tanta paciencia, tanta lucha, tanta fe del pueblo de Dios. Y contempla el nuevo nacimiento en cada bautismo, el corazón que se renueva en cada reconciliación, la vida que se eleva a Dios en cada Eucaristía. Y contempla a los niños que crecen, a los jóvenes que se enamoran, a los abuelos que se van yendo de a poco.

La vida del párroco no tiene desperdicio, siempre que viva un sincero orgullo por el don que Dios le ha dado y no pretenda ser feliz con lo que le ofrece este mundo vano.

Aunque le duelan sus errores, sus caídas, sus faltas de generosidad, sabe que su fuerza está en un regalo gratuito. Porque Dios lo eligió, lo llamó y lo consagró porque sí, porque a él le dio la gana.

Así, sabiéndose tan querido, seguro de no tener más mérito que el amor que Dios le tiene, se levantará de nuevo mil veces, y aunque sea con lágrimas en los ojos volverá a gritarle al Señor: ¡Gracias Dios mío por ser sacerdote!