El camino sinodal alemán

La evolución del camino sinodal de la Iglesia católica en Alemania despierta preocupación y perplejidad en muchos católicos. Me incluyo claramente. Acaba de conocerse un pronunciamiento claro, fraterno y eclesial al respecto de los obispos escandinavos.

Es comprensible que los desafíos a la fe, a la vida y misión de la Iglesia que presenta una cultura secularizada y postcristiana son enormes. Plantean preguntas y reclaman respuestas que se agudizan en las comunidades que los viven en carne propia.

Sin embargo, los temas y las propuestas que vamos conociendo, en buena medida, afectan el ser mismo de la Iglesia, su naturaleza sacramental y su fundamento apostólico. Afectan la fe de todos los católicos. Y, por eso, tocan la comunión y la unidad en la verdad del Evangelio.

El papa Francisco escribió en su momento una preciosa carta a los católicos alemanes alentando dicho camino sinodal pero indicando con igual claridad el talante misionero y espiritual que muchos extrañamos en el desarrollo que vamos conociendo. Francisco plantea la fidelidad al Evangelio en la escucha del tiempo presente, pero sin ceder al espíritu del tiempo.

Tengo además la impresión de que la crisis de los abusos sexuales se ha convertido -no solo en el camino sinodal alemán- en una ocasión para hacer valer una agenda de temas, prioridades e iniciativas de reforma de tinte progresista que parece excluir toda otra mirada o perspectiva. Como se ha señalado con acierto: una decisión radical en este sentido va a sembrar más divisiones en la comunidad eclesial.

Queda solo orar, hacer oír la voz y animar a nuestros hermanos católicos alemanes, especialmente a los obispos, a escuchar en toda su amplitud el sentido de la fe del santo pueblo fiel de Dios. Un genuinio discernimiento eclesial de la compleja realidad en la que sigue obrando el Espíritu Santo.

Y que el obispo de Roma pueda seguir cumpliendo su misión de confesar la fe en Jesucristo en los tiempos que nos tocan vivir.

¡Señor, ¿a quién iremos?

Homilía en las Bodas de Plata del Pbro. Sergio Fernández – Parroquia «San Miguel Arcángel» Alicia – 24 de noviembre de 2021

Jesús acaba de pronunciar una frase fuerte: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.” (Jn 6, 51).

Suscita inmediatamente la reacción de sus oyentes: ¿Qué pretensión es esta? ¿Cómo este hombre pretende darnos a comer su carne? Insoportable.

Lejos de echarse atrás, redobla la apuesta: “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” (Jn 6, 53).

Antes de condenar severamente a los escandalizados, dejémonos nosotros también sacudir por estas palabras del Señor.

Ellos y nosotros no somos tan torpes de tomarlas a la ligera.

“Pan, cuerpo y sangre” son poderosas metáforas para expresar que Jesús es imprescindible para la vida. “Comer y beber” indican, por su parte, ese acontecimiento único que evocamos cuando, más allá de todo formalismo, decimos: «Creo en Jesucristo… creo en Dios».

Todo para decir que, sin Él, sencillamente no somos.

Jesús es el Señor, el centro de todo el designio de Dios, su clave de bóveda, el norte de nuestro corazón y la meta hacia la que se mueve toda la historia humana, no menos que el criterio para interpretarla y tomarle el pulso.

Ante Él se define la vida. Él lo determina todo.

Cristo, el Verbo encarnado, es -al decir del Concilio- el que, en su persona, nos muestra el Rostro de Dios y el misterio que somos nosotros como seres humanos (cf. GS 22).

Ahí está toda la pretensión del cristianismo que la Iglesia -la pobre y deslucida comunidad de sus discípulos- hace presente en la historia humana.

Me animo incluso añadir: mientras más pobre, deslucida y desarmada… mejor. Así resplandecerá con mayor claridad la Luz que es Jesús el Señor.

Solo si somos heridos así por esta palabra que trae a nuestro corazón inquieto la pretensión de Jesús de ser nuestro verdadero alimento, podremos comprender y vivir el misterio que es la santa Eucaristía; lo que ella hace presente, lo que nos da, lo que acontece en el altar y en los corazones que se abren al influjo de su acción santificante.

Simón Pedro, en nombre de los discípulos de todos los tiempos, balbucea las palabras justas. Hoy las repetimos nosotros, acompañando la confesión de fe de nuestro hermano Sergio, que celebra sus bodas de plata de ordenación sacerdotal: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.” (Jn 6, 68-69).

***

Querido Sergio:

Seguramente que, al ordenarte presbítero, tuviste la sensación de que estabas iniciando un camino, una aventura, sostenido por esa promesa intensa de Dios que se expresa y realiza con la imposición de manos y la efusión del Espíritu en el sagrado rito de la ordenación.

Es verdad. Una verdad más fuerte, rocosa y firme que la más imponente cordillera. No es casualidad que el orante de Israel llame a Dios: “mi Roca, el Altísimo, el Dios de la montaña”. Así es su fidelidad sobre la que se asienta nuestra fidelidad.

Pero, el paso del tiempo, seguramente también, te ha hecho comprender dos cosas fundamentales: que ese camino de fidelidad es experiencia compartida y que, sin negar la trascendencia del evento de la ordenación, se trata de un itinerario de gracia que tiene tras de sí un largo trecho recorrido y que, hacia delante, puja hacia el ministerio vivido que le da carne y vida a la ordenación, y cuyo dinamismo culmina en el encuentro con la Trinidad en la bienaventuranza eterna.

Ser pastor es recibir una misión que supone caminar, como nos dice sabiamente el Papa Francisco: delante, en medio y detrás del rebaño. Y caminar con el paso y el ritmo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Como me has compartido fraternalmente, en estos días de escucha y oración has podido hacer pasar por el corazón tantas personas que el Señor, como hábil urdidor de tramas, ha entremezclado, como se unen los hilos de una trama, con los hilos de tu propia vida.

Pastores (obispos y presbíteros), agentes de pastoral, hombres y mujeres de pueblo, aquí en Argentina como en Cuba, sus rostros, sus esperanzas, sus lágrimas. No en último lugar está tu familia: tus papás, tus hermanos y sus respectivas familias. No puedo dejar de evocar a Pablo, cuya pascua has celebrado de forma mística y real.

Pastor es nombre y oficio de caminantes, peregrinos y buscadores. Es nombre de vínculos, de relaciones, de camino compartido buscando los pastos mejores y las aguas tranquilas. Es experiencia compartida de la presencia del Pastor, cuyo cayado y cuya vara, sosiegan el alma al atravesar las quebradas oscuras de la vida.

Vuelvo sobre otra palabra del Señor. Antecede a la confesión de fe y es la que vuelve a despertar, ya no rechazo, sino sencillamente inquietud: lenguaje duro que desemboca en la encrucijada en la que se decide si seguir adelante el camino discipular o abandonarlo por otros caminos.

Siempre el Señor nos lleva a ese lugar de libertad y decisión, de vértigo y de alegría.

Dice el Señor: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 57).

Al ir concluyendo la ordenación sacerdotal, después de que han sido ungidas nuestras manos, el obispo pone en ellas la “ofrenda del pueblo santo de Dios”: el pan y el vino. En la ordenación diaconal había hecho lo mismo con el Evangelio.

Los dos gestos se reclaman y complementan: nos toca presidir la Eucaristía a quienes hemos sido alcanzados por una Palabra que, tocando nuestro corazón, tiene que convertirse en anuncio, predicación y canto nuevo.

Como bien enseña el Concilio: la Eucaristía es la culminación del anuncio del Evangelio (cf. PO 5).

Jesús vive del Padre y vive en la misión que el Padre le ha confiado. Así es también nuestra vida como discípulos misioneros que, sorprendidos por la vocación al ministerio pastoral, caminamos la misión.

En la misión está nuestra identidad más profunda como hombres, como discípulos y como pastores.

Ser enviados es tener el corazón modelado por la libertad que, en ocasiones cruciales, sabe de despojo, de volverse pequeño, de dejar lugar a otro y al Otro.

Por eso, querido Sergio, te invito a volver tu mirada interior a María, a san José, al santo Cura Brochero, a los beatos obispos Esquiú y Angelleli.

Ellos saben de esta lógica maravillosa del Evangelio. Con ellos decí, sumándonos a nosotros también a tu plegaria:

“Señor Jesús, vos lo sabés todo… vos sabe que te amo… ¿A quién iremos?

Solo vos, Señor, Maestro y Amigo, tenés palabras de vida eterna.

A vos, una vez más, me confío, con mi corazón joven porque maduro de esperanza.

He hecho un alto en el camino: miro hacia atrás y no puede sino darte gracias;

vislumbro el camino por delante, y me dispongo a caminar… con María, con José, con este pueblo diocesano, con mis hermanos del Presbiterio.

Señor Jesús, Pastor de los pastos verdes y las aguas mansas, Peregrino de las quebradas oscuras y las noches silenciosas: ¡Caminá conmigo… con nosotros! Amén”.

Jesús en el espejo de una viuda pobre

«La Voz de San Justo», domingo 7 de noviembre de 2021

Sant’Apollinare Nuovo, Ravenna

“Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre…” (Mc 12, 41-42).

Jesús está en el templo de Jerusalén. Tal vez, por última vez. Una viuda pobre y generosa despierta su admiración. Ve algo en ella que le recuerda lo que conoce de su propio Padre del cielo: el amor hasta la entrega total, sin segundas intenciones y con el solo deseo de amar y dar gloria al Santo Nombre de Dios.

Esa mujer deposita sus dos moneditas en el tesoro del templo de Dios. En realidad, como dirá más tarde San Lorenzo, el verdadero tesoro de la Iglesia son los pobres.

Tal vez -solo tal vez-, de esa viuda generosa, el mismo Jesús toma el impulso final que lo llevará a donar su propia vida para la salvación de todos. Esa mujer es como un espejo que le permite reconocerse a sí mismo, su persona y su misión… su pascua.

Que ella también nos inspire a nosotros, a encontrar lo más verdadero de la vida. En su gesto, en su talante personal y en su misma persona se desvela lo más genuino del corazón humano; lo que Dios ha puesto en él, desde el primer instante de la creación: el impulso del amor, del don y de la gratuidad.

En el espejo de su generosidad reconozcamos la verdad que resplandece en la entrega pascual de Jesús. Esa es la verdad de la vida.

De ese impulso vive la oración. Se ora como se vive, y se vive como se ora.

Recemos entonces así: “Jesús: al contemplar a esta humilde mujer de pueblo que, por amor, dio todo lo que tenía para vivir, te pido su misma generosidad, su mismo espíritu de adoración y de servicio. Amén.”

Que podamos ver

«La Voz de San Justo», domingo 24 de octubre de 2021

“Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.” (Mc 10, 51-52).

Marcos ha escrito el evangelio más breve. Sin embargo, a diferencia de los otros evangelistas, relata la curación de dos ciegos, no de uno como sus colegas. Lo hizo en 8, 22-25: el relato del ciego de Betsaida. Y, este domingo, escuchamos el relato de la curación de Bartimeo, a las afueras de Jericó.

¿Por qué esta insistencia en la ceguera y en su curación? Digámoslo sin rodeos: ciegos son sus discípulos que no terminan de comprender (de ver) quién es Jesús, qué pretende y porqué elige el camino de la humildad para introducir el Reino de Dios en el mundo.

Ciegos somos cada uno de nosotros, pues en nuestro camino discipular tenemos que aprender a dejarnos limpiar la vista por el Médico divino: Jesús que pasa. Un médico cuya terapia dura lo que dura nuestra vida.

Por eso, este domingo, como en cada Eucaristía, hagamos nuestra -y con mayor fervor- la letanía de Bartimeo: “Señor, ten compasión de mí. Que yo pueda ver. Que pueda verte, comprender tu persona y tu mensaje. Amén”. 

Como cada domingo, te propongo una oración: “Como Bartimeo, también nosotros te suplicamos que tengas compasión de nuestra vida, toques nuestra alma y nuestro corazón, y nos permitas reconocerte y seguirte por el camino de nuestra vida. Amén.”

Beber del cáliz de Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 17 de octubre de 2021

“¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré? «Podemos», le respondieron…” (Mc 10, 38-39).

Santiago y Juan eran entonces como nosotros ahora: sinceros pero inmaduros. Jesús les había conquistado el corazón. Con él habían emprendido el camino del anuncio del Reino. Lo acompañan desde la primera hora, cuando el “Sígueme” del Señor a orillas del lago los hizo dejarlo todo.

Pero son inmaduros. Están -como nosotros- desbalanceados: todavía demasiado ensimismados y centrados sobre ellos mismos. Y, ese desbalance, a ellos como a nosotros, los ciega para ver la realidad. Jesús los irá transformando de a poco. Cambiará su deseo inmoderado de poder y prestigio por un amor humilde, entregado, generoso. Libre.

Hoy los provoca: ¿Beberán conmigo el cáliz? No otro, sino el cáliz de Jesús. Y el amor y la generosidad toman la delantera, pasando por arriba del deseo de poder: ¡Podemos!, responden.

Con nosotros, Jesús aplica la misma pedagogía de amor: nos conquista el corazón, comparte con nosotros la vida (eso significa, entre otras cosas: “beber del mismo cáliz”) y, poco a poco, nos va cambiando por dentro.

La meta es ser como él: servidores que entregan la vida. “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

El Evangelio, escuchado con fe, una vez más, inspira nuestra plegaria. Recemos así: “También nosotros, Señor Jesús, como Santiago y Juan, tenemos una fe débil e inmadura, demasiado centrada en nosotros. Por eso, te suplicamos que, como a ellos, también a nosotros no dejés de purificarnos con tu Palabra. Que podamos beber tu cáliz, compartir tu destino de servicio hasta la entrega de la vida, para ocupar nuestro lugar en el Reino de Dios. Amén.”

La decisión por Jesús

«La Voz de San Justo», domingo 12 de septiembre de 2021

“«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías»” (Mc 8, 29).

La escena de este domingo es central en el evangelio de Marcos. Y lo es porque aquí se expresa claramente la pregunta central de la fe: ¿Quién es realmente Jesús?

Simón Pedro responderá correctamente a la pregunta, aunque no termine de comprender bien el alcance vital de lo que acaba de expresar. Lo dice desde dentro. No es una respuesta formal ni vacía. Valiosa, sí; pero, insuficiente. Podríamos decir: su respuesta es correcta desde el punto de vista doctrinal; ha aprendido bien el catecismo. Falta, sin embargo, algo fundamental: cómo la propia vida se involucra en esa respuesta.

Porque eso es la fe: el modo como nos paramos frente a la totalidad de nuestra vida, y nos disponemos a elegir qué tipo de vida queremos vivir. Una decisión de vida que impacta en toda la vida. Una decisión tomada de cara a Jesús, el Mesías de Dios.

Jesús nos confronta en la decisión más honda y determinante de nuestra vida: ¿Estás dispuesto a caminar toda tu vida conmigo? Es más, al confrontar a sus discípulos con su destino de pasión, cruz y resurrección, el Señor nos invita a entregar la vida como Él y con Él. Este domingo, el evangelio nos lleva al corazón de nuestra vida cristiana: la opción por Cristo.

La oración alimenta la fe, porque nos abre al Espíritu que es, en definitiva, el que nos lleva a Jesús. Es más, la oración es el clima en el que madura la fe que toca la vida.

Este domingo podemos orar así:

“Señor Jesús, también nosotros, como Simón Pedro, creemos en Ti, nos sentimos atraídos por tu persona y tu mensaje. Pero también como su fe, nuestra adhesión a Ti no termina de tomarnos por enteros. Enséñanos a caminar la vida asidos de tu mano. Amén.”

El beato Esquiú: fe que dignifica

Fray Mamerto Esquiú ya es beato. Para gloria de Dios y alegría de la Iglesia en Argentina. Una alegría que vale la pena disfrutar a pleno.

Esquiú es parte de ese mosaico luminoso que son los santos y beatos argentinos. También los que están en carrera para ser reconocidos como tales por la Iglesia.

Se trata de un mosaico en construcción. Y el artista que lo plasma es el mejor: el Espíritu Santo. Con una destreza inigualable va colocando en su lugar cada una de las teselas que, contempladas con la adecuada distancia y perspectiva, van componiendo el mosaico de la santidad en Argentina.

Si contemplamos ese conjunto nos sorprende ver admirablemente realizado, en cada uno y en la figura completa, aquel “núcleo inspirador” del que hablaban las Líneas pastorales para la Nueva Evangelización de 1990: “la fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] como un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre.” (LPNE 16).

Una síntesis admirable que, sin dudas, es una gracia que Dios nos regala. Pero, por lo mismo, una misión que nos compromete.

Los católicos argentinos estamos llamados a vivir esa misma calidad de experiencia creyente en las circunstancias cambiantes de lugar y tiempos que la Providencia ha dispuesto para nosotros. Vivir esa síntesis de Evangelio en el hoy de nuestra Argentina. Como, en su momento, lo hizo el beato Esquiú… y Brochero… y Madre Tránsito… y, más atrás en el tiempo, la beata Antula.

¡Cuántos padres y madres de nuestra Argentina, dando a luz a aquella soñada “patria de hermanos”, con la fecundidad del humanismo cristiano que brota del Evangelio!

El “orador de la Constitución” no cayó del cielo. Tiene tras de sí una experiencia intensa, rica y personalmente asimilada de la fe cristiana. La semilla fue puesta en Piedra Blanca, su catamarqueña tierra natal. Sus padres, su familia y sus maestros la sembraron, guiados por la mano invisible del Divino Orfebre. En la familia franciscana terminó de fraguar esa rica amalgama de Evangelio y humanidad.

El beato Mamerto es un hombre fogueado por dentro por el fuego del Evangelio. Ha tocado su alma, su inteligencia, su conciencia y su libertad. Ha transfigurado sus sentimientos y su modo de vivir como cristiano, como fraile menor de San Francisco y, finalmente, como obispo diocesano.

Me pregunto si su breve pero intenso ministerio episcopal en nuestra Córdoba no solo fue antecedido por sus cincuenta y cuatro años de vida, sino preparado para que, en el tiempo de Dios y no de los hombres, dé el fruto que Cristo espera y promete para los que viven y permanecen en Él.

Así son los tiempos de Dios, que ve más lejos, más hondo y más certeramente. Y esa mirada la comparte con aquellos hombres y mujeres que son los santos.

Necesitamos esa mirada. La necesita nuestra Patria Argentina.

Argentina no está sin rumbo. En los corazones de la inmensa mayoría de argentinos y argentinas sigue vivo el deseo de justicia, de futuro y de dignidad. Ese deseo es la brújula interior que Dios ha puesto en nuestros corazones. Por eso buscamos vivir, estudiar, trabajar, amar y celebrar.

Y en los jóvenes reales, ese norte interior está más vivo que nunca. No nos permitamos dudarlo.  

Los que parecen sin rumbo son algunos dirigentes, seducidos por el espejismo de lo que yo llamo: el “país marihuana”. Prometen lo que la política no puede dar: una felicidad más bien de bajo tono, burguesa y hedonista.

A la política le toca trabajar a fin de que se generen las condiciones que le permiten a cada persona, a cada familia y comunidad, a toda la sociedad, alcanzar su pleno desarrollo humano. Es lo que la tradición del humanismo cristiano llama: el “bien común”.

La felicidad (en clave cristiana: el gozo de la “bienaventuranza”) es fruto maduro de una vida vivida a fondo, sin escaparle al trabajo duro y al sacrificio exigente, desde la conciencia y empeñando la propia libertad en el amor.

Esquiú lo comprendió, lo vivió y lo propuso con maestría.

Corazón puro

«La Voz de San Justo», domingo 29 de agosto de 2021

“Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».” (Mc 7, 21-23).

Jesús está discutiendo con fariseos y escribas, intérpretes oficiales de la ley de Dios. Les echa en cara su hipocresía: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres.” (Mc 7, 8). Y siguen las palabras que abren esta columna. Jesús sorprende llevando la discusión a ese terreno: qué es lo que hace realmente impuro al ser humano; es decir, la actitud de fondo que lo abre a la comunión con Dios. En el evangelio de Mateo, el mismo Jesús lo dice con una bienaventuranza: “Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.” (Mt 5, 8).

No es un mandamiento: algo que tenemos que cumplir y en lo que se juega nuestra fidelidad a Dios. Es más bien la revelación de una realidad que hay en nosotros, que tenemos que descubrir y dejar libre curso: la riqueza del corazón humano, del que brotan las decisiones y acciones más significativas de la vida.

Es verdad: aquí Jesús pone el acento en los vicios que pueden contaminar la conducta. De ahí su recomendación a estar atentos a nuestro mundo interior; hoy diríamos: nuestra conciencia, espacio de claridad y rectitud para el bien. El riesgo de vivir para la apariencia se conjura, para Jesús, con una rica vida interior: cuidando la autenticidad de nuestra conciencia. Hacia allí se dirige la mirada de Dios. Ese es el campo privilegiado de la acción sanante y transformadora de su Espíritu.

Ya el orante de la Biblia lo había percibido y, por eso, lo ha convertido en una oración insuperable por su calidad espiritual: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu.” (Salmo 50, 12).

Nosotros podemos orar así: “Señor Jesús: vos, como nadie, conocés el corazón humano, mi corazón. Me confío a esta honda sabiduría humana que traés desde el corazón mismo de tu Padre. Tu Espíritu sondea nuestros corazones. Solo el Espíritu sabe lo que es conforme a la voluntad del Padre. Que sea Él el que renueve nuestros corazones. Que tu Espíritu quebrante nuestra dureza, nos dé un corazón nuevo y nos permita saborear la bienaventuranza de los limpios de corazón y, de esa manera, nos lleve a la comunión con la Trinidad. Amén.”

¿A quién iremos?

«La Voz de San Justo», domingo 22 de agosto de 2021

No tenemos mejores palabras para expresar nuestra fe y nuestra decisión de seguir a Jesús, que las de Pedro, aquel día intenso de Evangelio hecho pan que se multiplica y palabra que toca el corazón, sacude e invita a la decisión de vida.

Cuando también hoy, para muchos, las palabras, pero, sobre todo, la persona del Señor es escándalo y tropiezo. Cuando también hoy parece que muchos prefieren tomar otro camino, nosotros, con Pedro y como él, le decimos a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69).

La fe se alimenta saboreando y asimilando, cada día, el Pan más sabroso y nutritivo: el Pan que es Jesucristo, Hijo del Padre, que llega a nosotros en las Santas Escrituras y en ese Pan maravilloso que es la Eucaristía.

Es el Padre el que nos atrae y acerca a Jesucristo. Él ha tocado nuestros corazones con la suavidad de su Espíritu y ha despertado así la fe en Jesús.

Ya lo dijimos: en la oración serena, comenzamos a saborear ese Pan bendito que viene de Dios. Podemos entonces orar así:

“Padre bueno, gracias por darnos siempre el Pan mejor, el más sabroso y el que, una vez comido, despierta más hambre. Gracias por darnos a tu Hijo y por regalarnos la fe en Él. No dejes de atraernos a su Persona y a su Mensaje. Que tu Espíritu siempre mueva nuestros corazones, nos muestre la belleza del Rostro de Cristo y nos convenza de su Verdad. Amén.”

Día del Catequista 2021

Carta pastoral a los catequistas de la diócesis de San Francisco

Enlace para descargar la Carta pastoral: https://drive.google.com/file/d/1N5RZBh_SpLK7yx6iRLS22i-oiKQQY2eG/view?usp=sharing

San Francisco, 19 de agosto de 2021

A los catequistas de la diócesis de San Francisco.

Queridos catequistas:

¡Muy feliz Día del Catequistas!

Estoy recorriendo las parroquias de la diócesis, reuniéndome con los consejos de pastoral y, en algunas comunidades, también con los catequistas.

En estas visitas pastorales he podido observar cómo están llevando adelante, en el contexto difícil de esta pandemia, su misión de acompañar en el crecimiento de la fe a los catecúmenos que les son confiados.

Me consuela y anima ver su creatividad para enfrentar y superar los desafíos que plantean las restricciones que tenemos por la emergencia sanitaria. Pero, sobre todo, el amor por Jesús y la pasión evangelizadora de anunciar su Nombre a los catecúmenos que les son confiados.

La catequesis -lo sabemos bien- es cercanía, encuentro y diálogo de amor entre discípulos que se ayudan a crecer en la fe. Es así, porque la misma fe es encuentro con Cristo. Si, por momentos, las restricciones de circulación han significado dificultades, ustedes han sabido sortearlas para generar espacios nuevos y creativos de comunión.

En nombre de la Iglesia diocesana y en el mío propio, no me resta más que decirles: ¡Gracias, catequistas, por su fe, su amor y su creatividad!

El Día del Catequista se celebra en la memoria del papa san Pío X. Él es papa de la Eucaristía, de la comunión frecuente y que animó a que los niños hicieran la primera comunión. Había sido párroco, así que, como obispo, y mucho más como papa, favoreció el desarrollo de la parroquia como comunidad de fe, de celebración y de misión.

Su sabiduría humana y pastoral le ayudó a comprender esa sintonía profunda entre el alma exquisitamente religiosa de los chicos, la fe cristiana y la Eucaristía. Por eso, no se cansó de animar a las familias, a los sacerdotes y a los catequistas para que se ocuparan con pasión de la catequesis de los niños y, de esa forma, los llevaran al encuentro con Jesús Eucaristía.

Evocando esta rica experiencia pastoral que atesora la Iglesia, quisiera tender cuatro líneas de acción que la catequesis debe tener en cuenta en este tiempo arduo de pandemia. En ellas recojo también lo que hemos podido ir conversando en este tiempo, especialmente lo que ustedes mismos han manifestado al obispo.

1. Las restricciones de circulación y de tiempo suponen muchos límites. Pero, vividas con fe y con la creatividad que nace del amor nos permiten concentrarnos en lo esencial de la catequesis: el amor de Dios manifestado en Jesús y que el Espíritu derrama continuamente en los corazones. Los catequistas somos servidores de esa realidad preciosa que, antes de ser anuncio, es la gracia que nos ha alcanzado a nosotros. Los catequistas somos testigos del Amor, hombres y mujeres enamorados que no pueden dejar de contar (y cantar como María) las maravillas de Dios.

2. En nuestros encuentros, ustedes y yo solemos comentar: “Los chicos llegan a la catequesis sin saber la señal de cruz, el Padrenuestro o las otras oraciones cristianas”. Lo constatamos con dolor. Les propongo decir lo mismo, pero con otro acento: “Yo, como catequista, tengo la posibilidad providencial de iniciar en la vida de oración a un chico, a un joven o a un adulto.” ¿Qué puede ser más hermoso que transmitirle a un catecúmeno la oración del Señor o de llevarlos ante el Sagrario para que aprendan a dejarse mirar por el Señor y a mirarlo a Él? Claro que, introducir a otro en el fascinante mundo de la oración supone que nosotros mismos seamos orantes, hombres y mujeres que han saboreado la suavidad del Espíritu en la oración perseverante y cotidiana.

3. Algunos de ustedes me han comentado con entusiasmo los frutos de poner la Sagrada Escritura en las manos de los catecúmenos, nutriendo con ella -especialmente con los Evangelios- los encuentros de catequesis. No puedo más que animarlos a profundizar este camino. En realidad, es seguir hablando de la oración, pues abrir con fe las Escrituras es disponernos a escuchar al Señor; y, la oración cristiana es básicamente respuesta de fe al Señor, cuya palabra escuchamos y acogemos en el corazón.

4. Este tiempo nos está ayudando también a vivir más hondamente los lazos de fraternidad que nos unen como catequistas, en la parroquia, en el decanato y en la diócesis. Y, como familia catequista de la diócesis de San Francisco, nos animamos y sostenemos unos a otros en esta etapa especialmente ardua del camino que supone la pandemia. Sea de manera presencial o virtual, la comunión fraterna de los catequistas experimenta hoy un llamado a crecer, a ser más honda y convencida.

Queridos hermanos y hermanas catequistas: centrarse en lo esencial, orantes que enseñan a orar, servidores de la Palabra y hermanos que caminan juntos. Los invito a transitar juntos estos cuatro senderos.

Gracias, ánimo y esperanza. Si la prueba del desaliento ante las dificultades toca nuestra puerta, ayudémonos unos a otros, abramos nuestro corazón al Señor y dejémonos consolar por su Espíritu.

Sigamos caminando con espíritu mariano, franciscano y brocheriano.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
obispo de San Francisco