13 de marzo de 2013: de cardenal a Papa

El cardenal Jorge Mario Bergoglio tuvo una breve intervención en una de las congregaciones generales de cardenales previas al cónclave de 2013. Fue decisiva para su elección como Papa.


La dio a conocer, en su momento, el extinto cardenal cubano Jaime Ortega.


A ocho años de aquellos acontecimientos, recordemos su contenido. Aquí su transcripción literal.

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La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia. – “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI). – Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.


1.- Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.


2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.


3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.


4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.

Ministerio episcopal y prevención

Entre otras cosas, la reciente difusión del Informe McCarrick vuelve a sacar a la luz que la crisis de los abusos en la Iglesia es una crisis del ministerio pastoral de los obispos.

Les comparto una reflexión en esa línea que tuve la oportunidad de realizar el pasado 31 de julio en un webinar organizado por el CEPROME de la Pontificia Universidad Católica de México.

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“Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20, 28).

Conocemos estas palabras de San Pablo. Describen el ministerio de la episcopé que hemos recibido en la ordenación. El cuidado de los más vulnerables constituye parte fundamental de nuestro ministerio como obispos. Siempre lo ha sido, pero hoy interpela con más fuerza nuestra conciencia.

Me interesa subrayar este aspecto: la buena salud del cuidado pastoral del rebaño es directamente proporcional a la buena salud de nuestro ministerio episcopal. 

La crisis de los abusos es una crisis del ministerio pastoral de los obispos. Así como el abuso sexual no es solo un problema de tal o cual clérigo, sino que revela una disfunción más o menos profunda en el modo de vivir el ministerio, así también las sistemáticas fallas en la respuesta a los abusos sacan a la luz un modo deficiente de ejercer nuestro ministerio episcopal. 

Es imprescindible confrontarnos con esta realidad, identificando los dinamismos que han dado lugar a estos fallos. En realidad, se trata de un genuino discernimiento espiritual que tiene como sujetos al obispo y al cuerpo episcopal. 

El ministerio sacramental de los obispos “es un servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una forma colegial” (Catecismo de la Iglesia Católica 879). 

Esta afirmación tiene un trasfondo de enorme alcance. La figura de Jesús Servidor es fundamental para comprender y vivir la autoridad episcopal. Se complementa con la del buen Samaritano. Una y otra ponen la compasión en el centro de nuestro ministerio. Estamos llamados a ser hombres del Espíritu que transparentan la compasión de Cristo. La episcopé toma la forma de la compasión.

Contemplando este icono inspirador, les propongo algunas cuestiones, tanto en la dimensión personal como en la colegial del ministerio episcopal en relación con el desafío de los abusos, su prevención y el desarrollo de la cultura del buen trato. 

A nivel personal, señalo tres aspectos complementarios, a saber:

  1. El ministerio episcopal es una llamada personal del Señor siempre situada. Hoy implica escuchar su voz en las heridas de las víctimas y de los clérigos involucrados. Esta llamada y nuestra respuesta están en el centro de nuestra biografía y experiencia espirituales. 
  2. Esta llamada supone disponibilidad para un aprendizaje continuo. La docibilitas no solo no desaparece o disminuye, sino que se vuelve más intensa y exigente en la vida del obispo. En esta delicada materia estamos aprendiendo de nuestros errores, perplejidades y miedos. Por aquí pasa nuestra conversión. Es un camino genuinamente pascual.
  3. Este aprendizaje de la compasión de Cristo implica dejarnos realmente tocar por el sufrimiento de tantas vidas heridas. En este punto, el obispo ha de ser muy honesto delante de Dios y de su conciencia: no vamos a salir indemnes de este trance pascual. La cruz hace madurar aquella esperanza de la que el obispo es servidor y testigo cualificado. 

A nivel colegial, debemos tener presentes los múltiples vínculos que constituyen la identidad del obispo en la Iglesia: con el colegio episcopal y su cabeza en el seno de la conferencia episcopal, con la Iglesia diocesana que preside y con el Presbiterio con el que comparte la misión apostólica. 

Uno de los frutos que podemos recoger de este aprendizaje es una renovación de nuestro servicio a la comunión y a la fraternidad eclesial promoviendo vínculos más sanos y humanos en la Iglesia. 

El desafío aquí lo formularía así: si el abuso sexual es, ante todo, abuso de poder, un factor desencadenante de la crisis -como bien lo sabemos- es el clericalismo como deformación del ministerio ordenado en la Iglesia. La respuesta que la Iglesia está aprendiendo a dar a esta crisis, por consecuencia, es la convocación de esa rica diversidad de carismas, vocaciones y ministerios que el Espíritu Santo derrama y que son los múltiples rostros de cada Iglesia particular, de cada conferencia episcopal y de la Iglesia universal. Con un matiz que nos llena de esperanza: son rostros cada vez más laicales y femeninos. 

La fraternidad vivida en la conferencia episcopal es un ámbito fundamental para escucharnos, dejarnos interpelar por la realidad, aprender unos de otros y discernir juntos lo que Dios nos pide en esta hora. Supone, por tanto, un ejercicio muy intenso de diálogo franco, de saber disentir y expresar lo que pensamos, de posponer intereses y abrirnos al bien mayor que estamos llamados a custodiar como pastores. 

El desafío del obispo y de la conferencia episcopal es abrirse a este dinamismo, entroncar con él y promoverlo con entusiasmo. 

Francisco y la Vida

El pasado 2 de febrero, el Papa Francisco recibió a los miembros del Movimiento por la Vida de Italia. Al día siguiente, Italia celebra la Jornada Nacional por la Vida. El discurso que les dirigió merece ser leído con atención. Aquí la traducción oficial a nuestra lengua castellana.

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DIRECTIVO DEL MOVIMIENTO POR LA VIDA ITALIANO

Sala Clementina
Sábado, 2 de fevereiro de 2019


Queridos hermanos y hermanas,

Me siento grato de encontraros hoy y os agradezco vuestra alegre bienvenida. Doy las gracias en particular a la Señora Presidenta por  las palabras fuertes que me ha dirigido –¡fuertes de tono!- en nombre de todo el Movimiento y por los contenidos que ha expresado, recordando vuestra misión al servicio de la vida y la importancia de la Jornada que se celebrará mañana en toda Italia.

La Jornada de la Vida, instituida hace 41 años por iniciativa de los obispos italianos, destaca cada año el valor primario de la vida humana y el deber absoluto de defenderla, desde su concepción hasta su extinción natural. Y me gustaría subrayar algo, como premisa general. Cuidar de la vida requiere que se haga durante toda la vida y hasta el final. Y también requiere que se preste atención a las condiciones de vida: salud, educación, oportunidades de trabajo, etc. En resumen, todo lo que permite a una persona vivir de manera digna.

Por lo tanto, la defensa de la vida no se lleva a cabo solamente de una manera o con un solo gesto, sino que se realiza en una multiplicidad de acciones, atenciones e iniciativas; ni tampoco concierne solamente a algunas personas o a determinados campos profesionales, sino que involucra a cada ciudadano y al complejo entretejido de las relaciones sociales. Consciente de esto, el Movimiento por la Vida, presente en todo el territorio italiano a través de los Centros y Servicios de ayudar a la vida y las Casas de acogida, y a través de sus numerosas iniciativas, desde hace 43 años se esfuerza por ser levadura para difundir un estilo y  prácticas de acogida y respeto de la vida en toda “la masa” de la sociedad.

Esta debería ser siempre una celosa y firme custodia de la vida, porque “la vida es futuro”, como recuerda el mensaje de los obispos. Solo si le dejas espacio se puede mirar hacia adelante y hacerlo con confianza. Por eso la defensa de la vida tiene su fulcro en la acogida de los que han sido generados y está todavía custodiado en el seno materno, envuelta en el seno de la madre como en un abrazo amoroso que los une. He apreciado el tema elegido este año para el concurso europeo propuesto a las escuelas: “Cuido de ti. El modelo de la maternidad ». Nos invita a ver la concepción y el nacimiento no como un hecho mecánico o solo físico, sino en la perspectiva de la relación y de la comunión que une a la mujer y a su hijo.

La Jornada de la Vida  de este año recuerda un pasaje del profeta Isaías que nos conmueve cada vez, recordándonos la maravillosa obra de Dios: “He aquí que yo hago cosa nueva” (Is 43.19), dice el Señor, dejando entrever su corazón siempre joven y su entusiasmo en generar, cada vez como al principio, algo que no estaba allí antes y trae  una belleza inesperada. “¿No lo reconocéis?” Agrega Dios por boca del profeta, para sacudirnos de nuestro sopor. “¿Cómo es posible que no os deis cuenta del milagro que se cumple ante vuestros ojos?”. Y nosotros, ¿cómo podemos considerarlo solamente una obra nuestra hasta sentirnos con derecho a disponer de ello cómo queramos?

Extinguir la vida voluntariamente mientras está floreciendo es, en cualquier caso, una traición a nuestra vocación, así como al pacto que une a las generaciones, pacto que nos permite mirar hacia adelante con esperanza. ¡Donde hay vida, hay esperanza! Pero si la vida misma es violada cuando surge, lo que queda ya no es el recibimiento agradecido y asombrado del regalo, sino un cálculo frío de lo que tenemos y de lo que podemos disponer. Entonces, también la vida se reduce a un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás. ¡Qué dramática es esta visión, desafortunadamente difundida y arraigada, presentada también como un derecho humano, y cuánto sufrimiento causa a los más débiles de nuestros hermanos!

Nosotros, sin embargo, nunca nos resignamos, sino que seguimos trabajando, conociendo nuestros límites, pero también la potencia de Dios, que mira cada día con renovado asombro a nosotros,  sus hijos y a los esfuerzos que hacemos para que germine el bien. Un signo particular de consuelo viene de la presencia entre vosotros de muchos jóvenes. Gracias. Queridos chicos y chicas, vosotros sois un recurso para el Movimiento por la Vida, para la Iglesia y para la sociedad, y es hermoso que dediquéis tiempo y energía a la protección de la vida y al apoyo de los más indefensos. Esto os hace  más fuertes y es como un motor  de renovación  también para los que tienen más años que vosotros.

Quiero dar las gracias a vuestro  Movimiento por su apego, siempre declarado y actuado a la fe católica y a la Iglesia, que os hace  testigos explícitos y valientes del Señor Jesús. Y al mismo tiempo, aprecio la laicidad con la que os presentáis y trabajáis,  laicidad fundada en la verdad del bien de la vida, que es un valor humano y civil y, como tal, pide ser reconocido por todas las personas de buena voluntad, a cualquier religión o credo al que pertenezcan. En vuestra acción cultural, habéis testimoniado con franqueza que los concebidos son hijos de toda la sociedad, y su asesinato en un número enorme, con la aprobación de los Estados, constituye un grave problema que socava en su base la construcción de la justicia, comprometiendo la solución adecuada  de cualquier otra cuestión humana y social.Gracias.

En vista de la Jornada por  la Vida del mañana, aprovecho esta oportunidad para dirigir un llamado a todos los políticos, para que, independientemente de las convicciones de fe de cada uno, pongan como primera piedra del bien común  la defensa de la vida de quienes están por nacer y entrar en la sociedad, a la que llegan para traer novedad, futuro y esperanza. No os dejéis condicionar por lógicas que apuntan al éxito personal o a intereses solamente inmediatos o partidistas, mirad, en cambio, siempre a lo lejos, y mirad a todos con el corazón.

Pidamos  con confianza a Dios que la Jornada por la Vida que estamos a punto de celebrar traiga  un respiro de aire fresco, permita a todos reflexionar y comprometerse con generosidad, comenzando con las familias y las personas que tienen roles de responsabilidad al servicio de la vida. A cada uno de nosotros sea dado  el gozo del testimonio, en la comunión fraterna. Os bendigo con afecto y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.