Camino, palabra y pan

«La Voz de San Justo», domingo 3 de setiembre de 2017

“Nadie puede decir: «Jesucristo es Señor» si no está impulsado por el Espíritu Santo” (1 Co 12,3). Con estas palabras de San Pablo terminábamos nuestras reflexiones del domingo pasado. Nos permiten dar un paso más en nuestra meditación sobre la fe en Jesucristo que confiesa el Credo apostólico.

Hablaremos del Espíritu Santo al comentar la tercera parte del Credo. Sin embargo, no podemos dejar de mencionarlo ya ahora. La vida cristiana como encuentro con Cristo solo es posible “en el Espíritu Santo”. La experiencia cristiana no es seguimiento de un personaje del pasado, sino encuentro con Cristo vivo y presente en la propia vida. Experimentarlo así es la misión del Espíritu en nuestras vidas.

El Espíritu es ese espacio abierto y discreto en el que acontece el encuentro con Cristo. Su acción invisible, sin embargo, se manifiesta visiblemente. El relato de Emaús, en el evangelio de San Lucas, le ha dado forma narrativa a esta experiencia cristiana (cf. Lc 24,13-35). Allí, el evangelista ha plasmado la experiencia que toda comunidad cristiana tiene de la presencia del Resucitado, su dinamismo interior y su manifestación visible. Podemos resumir su mensaje con tres palabras claves: camino, palabra y pan. Comentémoslas brevemente.

Ante todo, camino. La experiencia cristiana encuentra en esta palabra una de sus mejores expresiones. De hecho, ese es uno de los nombres más antiguos del cristianismo: “el camino”. Y un camino que se comparte. Ya dijimos al inicio de estas reflexiones sobre el Credo que el acto de fe es, a la vez, personal y comunitario: el “yo creo” es inseparable del “nosotros creemos”. El encuentro con Cristo resucitado acontece siempre en una trama de relaciones humanas en la que se entrelazan dinámicamente: testimonio, anuncio, celebración y opciones de vida. Cristo resucitado vive en sus discípulos. Es inseparable de la comunidad de sus discípulos. Solo quien se introduce en ese caminar común, involucrándose en todo lo que implica (luces y sombras, trigo y cizaña), experimenta su presencia.

La Palabra, escuchada y transmitida, forma parte indisoluble de esa experiencia de camino. Para un cristiano, Palabra no es sinónimo de libro. Es mucho más. La Palabra de Dios es, ante todo, Jesucristo que habla a su Iglesia en los textos de la Sagrada Escritura. El corazón de la Biblia son los cuatro evangelios. En ellos, la voz del Resucitado es inseparable de la experiencia de fe de la Iglesia. Los evangelios no son biografías en el sentido moderno de la expresión: ellos narran los dichos y hechos de Jesús ya acogidos, celebrados y vividos por la comunidad eclesial. Han nacido en la comunidad eclesial, recogen y expresan su fe. Es la Iglesia la que los custodia, interpreta y transmite.

Quien escucha así la voz del Resucitado experimenta lo que vivieron los discípulos de Emaús: una luz que hace arder el corazón, porque enciende la esperanza, da sentido e ilumina la propia vida con la luz que viene de Dios. Ese escuchar desemboca en la experiencia de una Presencia que se entrega como alimento para la propia vida: la Palabra lleva a la Fracción del Pan en la que se reconoce al Resucitado. En el centro de la experiencia de Cristo resucitado que tenemos los cristianos está la Eucaristía. Ella es el banquete que hace presente y visible la entrega pascual de Cristo por nosotros. Es el sacramento del amor de Cristo.

Así, el Pan alimenta y se hace forma de vida: seguir a Jesús por el camino de la entrega de la vida. La comunidad que Jesús resucitado reúne en torno suyo no puede sino hacerse también ella caminante y compañera de camino de toda la humanidad. Custodiando la Palabra viva de Dios, no puede dejar de de transmitir la alegría del Evangelio. Reconociendo a Jesús en la Fracción del Pan, no puede de sentirse urgida a partir el pan que alimenta a todos los hambrientos.

Camino, palabra y pan son los lugares donde el Espíritu hace posible el encuentro con el Resucitado.

Una presencia que interpela

«La Voz de San Justo», domingo 27 de agosto de 2017

¿Qué implica decir, con el Credo: “Creo en Jesucristo”? Retomemos y profundicemos un poco más nuestras reflexiones del domingo pasado.

Ya lo dijimos: el creyente experimenta a Cristo como una presencia personal. Es decir: Alguien que está delante de mí, me mira, me habla y me interpela. Alguien que se involucra libremente conmigo y, desde ese lugar, se hace interlocutor de mi propia libertad. Es un encuentro que me da “un nuevo horizonte”, en palabras de Benedicto XVI, y, así, todo adquiere un nuevo significado, empezando por la orientación de mi propia vida.

La palabra “presencia” quiere decir, precisamente: estar delante. Pero no como un objeto inerte, ocupando un lugar en el espacio. Las cosas pueden estar así, sin mayores consecuencias. Solo las personas tienen presencia: invitan a ser reconocidas más allá del mero contacto físico, emotivo o sentimental. Es verdad que puedo reducir las personas a cosas. Todos sabemos qué significa resultar indiferentes a los demás o tratar a alguien como si fuera una cosa (una estadística, por ejemplo). Todo cambia, sin embargo, cuando la persona que está delante empieza a adquirir significado para mí; su nombre, aunque sea común con otros, la distingue de los demás; y, en este proceso humano, yo me descubro involucrado cada vez más hondamente.

Si hay una palabra para ilustrar esta experiencia humana, esa palabra es: enamoramiento. Los místicos cristianos lo saben a ciencia cabal. De todos los libros de la Escritura, echan mano de uno para ponerle nombre a su experiencia de encuentro con Jesús: el Cantar de los Cantares. Se trata de una colección de canciones populares que cantan y celebran el amor de dos jóvenes. Si no se llega, al menos a comprender este nivel de la experiencia cristiana, todo el mundo de la fe resulta extraño, o incluso irreal.

Decir: «creo en Jesucristo» es confesar que uno se ha enamorado de él. Creo comprender a quien, por pudor, vergüenza o no sé qué, guarda para sí hablar de este modo. Pero, en el fondo. uno sabe que eso es lo que resulta del encuentro con Jesús vivo. Al menos, se lo digamos a nuestro corazón inquieto.

Existe una profunda diferencia entre saber que Dios existe y experimentar que nos ama con amor personal, aquí y ahora, tal como somos, ha señalado recientemente el Papa Francisco. Decir: “creo en Jesucristo” no es tener alguna información sobre su persona y su mensaje, sino experimentarlo como Alguien vivo, activo y presente en mi propia existencia.

Por eso, en su célebre frase sobre el encuentro con Cristo que citábamos el domingo pasado, Benedicto XVI, antes de hablar de la fe como encuentro con una persona – obviamente, la de Jesús el Señor – habla de encuentro con un “acontecimiento”. Ahí está la clave. El acontecimiento al que hace referencia el Papa Ratzinger es la Pascua de Jesucristo: su pasión, muerte y glorificación. Este acontecimiento es el centro del Credo apostólico. En su momento lo analizaremos. Pero ahora vale la pena mirar el conjunto: en esa sucesión de eventos, “bajo Poncio Pilato”, Dios ha hecho tangible su amor por el ser humano. Un amor absoluto, incondicional y gratuito. Es el gran anhelo del corazón humano, su búsqueda permanente y jamás agotada.

El encuentro con Cristo es la experiencia de haber sido sorprendidos por la manifestación inesperada de ese amor que nos sale al paso, se nos ofrece desinteresadamente y nos tiende la mano sin segundas intenciones. El rostro de Cristo crucificado  – al decir del salmo 44 leído con ojos cristianos – nos muestra el rostro de la belleza que salva al mundo: la belleza del amor que se ha entregado para salvar y rescatar al hombre caído.

¿Cómo se hace presente ese acontecimiento en nuestra vida? ¿Cuál es el lugar donde acontece el encuentro con Cristo? Intentaremos responder a estas preguntas en las próximas columnas. Por ahora, solamente recordemos unas palabras del apóstol Pablo a los corintios: “Nadie puede decir: «Jesucristo es Señor» si no está impulsado por el Espíritu Santo” (cf. 1 Co 12,3).

¿Usted se ha encontrado con Cristo?

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de agosto de 2017

Tiempo atrás vino a verme un joven no creyente. Traía muchas inquietudes sobre Dios y la fe. Quería confrontarlas conmigo. En un momento de nuestra conversación, yo dije algo más o menos así: –Soy un hombre de fe porque he tenido un encuentro con Cristo. Mi afirmación, dicha en realidad al pasar, despertó su sorpresa: –¿Cómo? ¿Usted se ha encontrado con Jesucristo?

Puede que en esta reacción haya habido algo de escepticismo y extrañeza. Pero tampoco descarto una inquietud real del joven. El que sí quedó inquieto fui yo. No he podido dejar de seguir pensando en mis propias palabras. Eso es lo bueno del diálogo a corazón abierto. Te desinstala. Mucho más si versa sobre Dios, la fe en él y su Cristo. ¿O sería mejor hablar de “éxodo” o de “pascua”?

Una frase significativa para un creyente suena distinto a los oídos de alguien que no lo es. La fe – vale la pena recordarlo – es una forma de estar parado en la vida y, por eso mismo, de experimentar la realidad. También lo es el no creer en Dios. Hay, a la base de ambas, formas distintas de vivir, sentir y comprender la vida.

Es ya célebre una frase de Benedicto XVI que Francisco repite a menudo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Dios es amor 1). Da en el clavo.

Al meditar sobre la fe en Jesucristo en el Credo apostólico, no puedo dejar de preguntarme por esa experiencia fundante que se condensa en la expresión “encuentro”. Antes de seguir adelante con los demás artículos del Profesión de fe, quisiera detenerme en esta cuestión.

El Credo, sobre todo en esta parte centrada en Jesucristo, antes que un conjunto de ideas abstractas relata una historia. Va enhebrando acontecimientos, vivencias, palabras interpretados por la fe. Como ya hemos tenido ocasión de señalar, la fe es la respuesta que el hombre da a un Dios que ha entrado en el entramado de su vida y que, desde ese lugar, le habla, le tiende la mano y lo invita a la comunión.

El “amén” de la fe no surge al final de una búsqueda intelectual que indaga y saca conclusiones. La fe tendrá su momento de reflexión racional. Y será riguroso, sistemático y nunca acabado del todo. Pero es un momento segundo. Lo primero es siempre la experiencia de haber sido alcanzados por una presencia que interpela y moviliza. Y lo hace, también desde la propia historia y realidad concretas.

El “lugar” de la fe es la propia vida, la propia biografía personal. Allí tiene lugar el encuentro con ese acontecimiento y esa persona de los que habla Benedicto. Por eso, no solo para confesar la fe hay que contar la historia de Jesús el Cristo, sino que hay que hacerlo entrando también en los entresijos de la propia historia personal. Y toda entera, en su amplitud y en sus estrecheces; sus luces, que las tiene y son muchas, pero también en sus sombras pesadas e intimidantes.

Pero no solo. El encuentro con Cristo acontece en una historia siempre compartida. Nunca la fe es una aventura solitaria, aunque sea exquisitamente personal. La fe, dirá San Pablo, viene del “escuchar”. Como la vida misma. Lo primero siempre es el recibir lo que se nos ofrece gratuitamente. He llegado a ser creyente porque otros han puesto en mis labios y en mi corazón los nombres de Jesús, de María y de Dios. Y me han enseñado a leer el Evangelio y, con esa luz, leer mi propia biografía, convertida también ella en un pequeño evangelio.

En mi caso personal, el encuentro con Cristo es inseparable de algunos hombres y mujeres, cuyas vidas me han hablado antes que sus palabras. Cristo me resulta inseparable de esos cristianos. Así he sido alcanzado por él. Pero también, ese encuentro con Cristo acontece cuando, saliendo de mí mismo, busco compartirlo con otros. Tela para cortar.

 

 

Creo en Jesucristo

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de agosto de 2017

Y llegamos a Jesucristo. De ahora en más, nuestras meditaciones sobre el Credo apostólico estarán centradas en su persona y en su significado para nosotros.

Digámoslo sin rodeos. Lo que postula la fe cristiana es una verdadera locura: este judío de nombre Jesús es el centro de la historia y de todo lo que existe. “Todo fue creador por él y para él”, es la lapidaria sentencia de Pablo (Col 1,16). Todo lo que el hombre aspira saber y experimentar de Dios pasa por su persona, su historia y su palabra. Él ha contado a Dios, a quien llama “Abba” (Padre). Pero también, todo lo que aspiramos ser como hombres se devela en él. Él es la medida de todo genuino humanismo.

Esta es la escandalosa pretensión del cristianismo. Es verdaderamente insoportable.

Sin embargo, su fascinación no cesa con el paso del tiempo ni en razón de la opacidad de quienes se dicen sus discípulos o de la que pretende ser “su Iglesia” y guardar su memoria.

Un místico musulmán lo ha sentenciado con agudeza: “¿Jesús de Nazaret? Una enfermedad contagiosa”.

Es su mensaje. Son sus obras. Sus palabras. Pero, por encima de todo, es su propia persona la que atrae, fascina y convence. Jesús no deja indiferente a nadie. De ahí que resulte tan peligroso exponerse al influjo de los evangelios que, como una sinfonía compleja y armoniosa, lo hacen presente de un modo único. El arte, en todas sus manifestaciones, no deja de inspirarse en él, en su rostro o en su cruz. Incluso el más descarnado e increyente no puede dejar de hacerse eco de su misteriosa belleza.

Lo que los cristianos llamamos “fe” es la única clave para descorrer el velo de este misterio: para el creyente, Jesús de Nazaret es mucho más que un profeta, un místico o un personaje de alta calidad moral que nos habla desde el pasado. Es, sin más, el Viviente. Por eso, al abrir las Escrituras, es su voz la que nos llega, nos interpela y, en la misma medida que nos hiere, nos ilumina y orienta.

La sobriedad del Credo apostólico lo confiesa con tres expresiones tomadas de las Escrituras. Se trata de tres títulos que indican qué significa Jesús para la fe cristiana. No son los únicos, pero son los que más han marcado el camino de la fe de la Iglesia. Son estos tres: Cristo, Hijo único, Señor: “Creo en Jesús Cristo, su único Hijo, nuestro Señor”.

El título “Cristo” significa: ungido, en hebreo: “Mesías”. Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios. De tal manera, el título se ha fundido con la persona de Jesús que ha pasado a ser su nombre: Jesucristo. Al nombrarlo ya se está confesando la fe en él: Jesús es el Cristo, el Mesías esperado, el que está colmado del Espíritu de Dios. Su persona queda indisolublemente unida a la de sus discípulos.

Hijo único es el segundo título con el que el Credo confiesa la fe. Si, a lo largo de los evangelios, Jesús siempre se refiere a Dios, llamándolo Padre, en un sentido único y original, él mismo no puede ser comprendido sino como el Hijo único del Padre. Solo al invocarlo así trasponemos el umbral del misterio de su persona. Volveremos sobre esto.

Finalmente, el Credo invoca a Jesús como “nuestro Señor”. La liturgia es el ámbito donde este título resuena con especial fuerza: “Señor, ten piedad”, decimos pidiendo perdón, pero también reconociéndolo a él como único Señor de nuestras vidas. Este título recoge el modo como el antiguo testamento invoca al mismo Dios, creador y liberador. En los Salmos, por ejemplo. Pero también, invocándolo de esa manera, los primeros cristianos tomaban posición frente a toda pretensión de dominio absoluto por parte de los señores mundanos: el emperador, el estado o cualquier poder que pretenda reclamar para sí un reconocimiento absoluto. Solo Jesús es el Señor, solo ante Él doblamos la rodilla. Aún hoy, este reconocimiento del señorío de Cristo, a la vez que confesión de fe es afirmación de la más profunda libertad, sellada, en demasiadas ocasiones, por la sangre de los mártires.

El amor es más fuerte

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de julio de 2017

Esta semana se cumplió un año de la muerte del padre Jacques Hamel, sacerdote francés que fue asesinado por dos jóvenes musulmanes al pie del altar. Terminaba de celebrar la Misa. Me conmovieron unas palabras de su hermana, Roseline de 77 años. Dijo más o menos esto: –Me costó comprender lo que decían sobre el martirio de mi hermano. Me resultó más fácil el camino del perdón. Al principio no podía incluso rezar. Después he podido acercarme a la madre de quienes lo mataron…Ahora estamos muy vinculadas ella y yo. Y añade: – Cuando mi hermano pensaba en la Pascua, siempre repetía las palabras de Jesús: “Padre, perdónalos. No saben lo que hacen”.

El mal no tiene explicación satisfactoria. Especialmente aquel que surge de la libertad humana. La decisión de matar al padre Jacques en nombre de Dios, nos hace cruzar esa oscura frontera. El mal nos desborda. Es excesivo.

Mientras escribo estas líneas, llega la noticia de Charlie Gard, el pequeño de 11 meses afectado de una rara enfermedad y a quien la justicia inglesa había ordenado desconectar del respirador, con la oposición de sus padres que batallaron hasta el final por él. No es lo mismo que el caso del padre Jacques. Pero también aquí, la muerte de un niño inocente y el sufrimiento de sus padres nos acerca al abismo.

Las reflexiones sobre el Credo que hemos hecho hasta ahora parecen quedarse vacías de contenido y sin sentido. ¿Cómo creer en un Dios Padre, todopoderoso, bueno y providente cuándo vemos morir así a un niño? ¿Cómo afirmar que la libertad es obra maestra del Creador, si es capaz de llegar al extremo del asesinato ritual?

No son preguntas puramente teóricas. Expresan una realidad. El mal nos excede y, en ocasiones, nos deja sin fuerzas. Nos muestra cuán impotentes y frágiles somos. Es en este punto en que asoma otra experiencia humana, también real, concreta y desconcertante: la de Roseline. Ella ha sido capaz de recorrer la vía del perdón. Incomprensible. Sorprendente. Solo cabe silenciar el corazón y escuchar.

También la vida del pequeño Charlie nos descubre ese exceso de amor: Charlie fue amado de manera incondicional por sus papás. ¿Podían hacer otra cosa? Alguien ha dicho: “los jueces lo juzgaron, la ciencia lo estudió, sus padres lo amaron”. Un poco extrema, pero verdadera en un punto: fue amado, su frágil vida no careció de sentido.

El Credo cristiano es la confesión de fe en ese exceso de amor de Dios que rodea toda experiencia de mal y de sufrimiento humano. Por eso, el Credo no habla del mal directamente. Lo hace cuando confiesa a Jesucristo y su obra salvadora. También cuando, después de confesar la fe en Espíritu Santo, declara con serena firmeza: creo en el perdón de los pecados.

En el origen de todo está el poder bueno del Creador. Él ha hecho surgir al hombre libre, porque lo ha querido compañero y colaborador suyo. Sin embargo, en el origen también está la inexplicable negativa de la libertad del hombre a sumarse a la obra divina. Rechazando la mano tendida de Dios, el hombre ha puesto en marcha una historia de desgracia en la que nacemos y que cada uno de nosotros hace suya, también por decisiones libres y personales. A eso apunta el capítulo 3 del Génesis que escruta el origen del mal que aflige a los hombres.

La fe cristiana hablará del “pecado original”. De él dirá Pascal: “Ciertamente, nada nos repele más fuertemente que esta doctrina; y, sin embargo, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición se anuda en este abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin este misterio que lo que este misterio es inconcebible para el hombre” (Pensamientos 434).

Todos somos Adán. También nuestra libertad está herida. Pero también todos tenemos la posibilidad de recibir la gracia de Cristo y contar con él y su fuerza sanante para el camino de la vida.

Demos entonces el paso de meditar sobre la fe en Jesucristo, como la confiesa el Credo.

Una sola carne

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de julio de 2017

“Después dijo el Señor Dios: «No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada» … Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío. Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre». Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne” (Gn 2,18.21-24).

La soledad es compañera de camino de todo ser humano. Siempre está ahí. ¿Quién no ha sentido su aguijón? Duele y atemoriza. Pero ¿es solo eso? Frente a ella ¿solo cabe resignación? ¿Podríamos saborear los encuentros si no supiéramos de soledades? Y de eso nos habla el Génesis. “No conviene que el hombre esté solo”, reflexiona el Creador. Solo cuando su soledad queda habitada por la presencia de la mujer, el varón puede conocer el gozo de un encuentro sorprendente que llena de sentido la vida.

La pareja humana – varón y mujer – es la cumbre de la creación. Ambos componen la imagen de Dios en el mundo. Hacia ese encuentro entre el hombre y la mujer apunta todo: el jardín plantado por Dios, el cuerpo formado de la arcilla de la tierra, el aliento divino que da vida al hombre, la libertad para elegir el rumbo de la vida. Algún comentarista ha hecho notar que este relato alterna cuatro imágenes de Dios: el jardinero que planta y cultiva el Edén, el alfarero que forma al hombre de la arcilla, el cirujano que extrae la costilla de la que surge la mujer y el padrino de bodas que lleva a Eva ante la presencia de Adán. Este sucederse de imágenes divinas expresa algo sorprendente: Dios ha puesto toda su potencia creadora en el misterio fascinante de la sexualidad del varón y la mujer.

Hay una tradición judía que dice que, en la creación, Dios se ha encogido para dar cabida al ser humano. Es una bella metáfora: ¿no es eso precisamente el amor? Renunciar para ganar, perder para encontrar. ¿No tenemos que superar el miedo al otro distinto para desvelar el secreto de la vida? Ese misterio alcanzará su plena manifestación en la pascua. Pero ya está presente en la creación: Dios quiere que el hombre y la mujer experimenten ese gozo. Por eso los hace iguales en dignidad, diferentes en cuerpo y en genio, pero llamados a la reciprocidad del encuentro y la colaboración.

Este misterio se activa toda vez que dos chicos, enamorados, comienzan a soñar un proyecto común de vida. Y si, superando las fatigas del camino, ese amor inicial – inmaduro, frágil y siempre peregrino – echa raíces en la vida compartida, da paso a una de las realidades más luminosas que puede experimentar el ser humano: el hogar y la mesa común que reúne a padres, hijos y hermanos. Y a muchos más.

“Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y cultívenla…” es la palabra originaria del Creador. Corre el tiempo, las culturas se transforman y con ellas los roles del varón y la mujer. Y así, la libertad del hombre hace suya la maravillosa verdad que Dios ha inscrito, con maestría de orfebre, en su cuerpo y en su alma: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”.

Uno en cuerpo y alma

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de julio de 2017

La primera palabra que el Creador me dirige es mi cuerpo. No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo. De la arcilla de la tierra, pero con el aliento divino como respiración, dice poéticamente el Génesis. Eso es lo que soy. Allí radica el misterio más profundo que me habita. Una tensión nunca resuelta del todo.

El cuerpo es la cárcel del alma, enseñaban algunos filósofos de la antigüedad. Lo repiten hoy algunas modernas ideologías. El hombre verdadero suspira salir de esa prisión. Y ser libre de es condicionamiento, sacudiéndose de encima el polvo molesto que acumula su cuerpo.

Al confesar su fe en un Dios creador de todas las cosas, la fe cristiana protesta, una y otra vez, contra esa forma de interpretar la condición humana. No. Toda forma, antigua o nueva, de desgajar la corporeidad del misterio del hombre es una interpretación falsa de la realidad. Puede sonar poética, muy espiritual o incluso ser tenida por progresista. Pero sus consecuencias son siempre funestas.

Todo en el cristianismo apunta en una dirección contraria: el Verbo de Dios se hizo hombre. Se hizo carne, apunta san Juan en su evangelio (cf. Jn 1,14). Allí en la humilde humanidad de Jesús, los creyentes hemos visto la gloria de Dios en todo su esplendor. Ese “Deus humilis” (Dios humilde) yació en pañales en Belén y sufrió la pasión en el Gólgota. Entregó su cuerpo y derramó su sangre para la redención. Ese cuerpo y esa sangre están en el centro del culto cristiano, en la Eucaristía.

Por eso, un autor cristiano del siglo III llegó a decir, en un latín sobrio pero certero: “caro cardo salutis”, es decir: “la carne es el quicio de toda la salvación”. Todo, en el cristianismo, pasa por el cuerpo. Al cuerpo se lo baña en el bautismo y se lo unge en los demás sacramentos. Se lo venera como templo de Dios en esta vida mortal, incluso y especialmente si herido y enfermo. Y se lo honra con ternura y piedad en la muerte: se lo asperja con agua bendita, se lo rodea de incienso mientras se ora, se lo deposita en la tierra, con el alma atravesada de dolor, pero también con la esperanza en la resurrección de la carne y la vida futura.

Y no hablemos de la veneración de las reliquias de los mártires o de los santos. Del arte cristiano que, con todo el enorme recurso de las artes figurativas, representa el rostro del Señor, de su santa Madre, de los santos y beatos. Nuestros hermanos de Oriente veneran los iconos como presencia sacramental del misterio de Dios en medio del mundo.

El cuerpo no es cárcel del hombre, sino don de Dios para que el ser humano, creado a su imagen y semejanza, precisamente a través del cuerpo, aprenda a amar y a entregarse, a dar vida y a tender la mano. Esa es la vocación del cuerpo, de la sexualidad humana y de todo ese rico mundo que son los sentidos y las emociones que experimentamos en nuestro cuerpo. No es cárcel, sino camino de libertad.

Vuelvo al inicio: el cuerpo es el primer mensaje de Dios para el hombre. A través de él trabajamos, construimos y amamos. En él van quedando las huellas de todo lo que hemos vivido: trabajos y amores, también penas y dolores. Un rostro surcado de arrugas, unas manos marcadas por el trabajo, una boca que ha sonreído y unos ojos que han llorado. Allí, como en el Crucificado y sus llagas, están las huellas de nuestra identidad personal, tal como la hemos recibido y como la hemos desarrollado a lo largo de nuestra vida.

No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo. Soy uno, en cuerpo y alma. Se nos va la vida tratando de decodificar el significado de esta unidad y de esta complejidad. Lo que la fe nos dice sobre nuestra condición humana nos hace pensar. Seguiremos el próximo domingo.

Dios sigue creando

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de julio de 2017

“Creador del cielo y de la tierra”. No dejemos todavía este artículo del Credo. Hablar de creación es hablar de don y de gratuidad, decía el domingo pasado. Es lo primero que la fe nos dice de Dios: creó todo de la nada, no por necesidad, sino por pura gratuidad. Eso es lo suyo: dar y darse. Son las primeras palabras que tiene que deletrear un cristiano si quiere aprender el idioma de Dios que hablan las creaturas.

Hoy quisiera seguir tirando de esa cuerda. ¿Qué sale? Algo que la fe subraya con fuerza: cuando hablamos de creación, no estamos pensando en algo que pasó hace millones de años, allá lejos y hace tiempo. Dios no es un relojero que armó el mundo, le dio cuerda y se fue a descansar. La fe dice otra cosa: Dios es creador del cielo y de la tierra, ahora mismo. Sigue creando. Y eso quiere decir que la creación está en marcha hacia su plenitud. Él está creando y sosteniendo ahora mismo mi libertad. Y lo hace, porque ha querido contar con ella para llevar adelante la historia y perfeccionar su creación.

El salmo 104 es un bellísimo poema que canta la obra creadora de Dios. En una de sus estrofas dice así: “Todos esperan de ti que les des su comida a su tiempo: se la das, y ellos la recogen; abres tu mano, y quedan saciados. Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra” (Salmo 104,27-30).

En las confirmaciones, me gusta explicar con este Salmo que la palabra “espíritu” significa, entre otras cosas: “aliento”. Unos chicos muy jovencitos, que son toda una promesa, reciben el Espíritu Santo, el aliento de Dios para que vivan a pleno, bajo el impulso del Espíritu de Cristo resucitado.

Ya el Génesis, en el segundo relato de la creación del hombre, señala que el Dios alfarero modela al hombre con la arcilla de la tierra. Cuando insufla su aliento, el hombre llega a ser un ser viviente. Es un relato lleno de poesía y con una mirada muy sabia: el hombre vive por el espíritu, es decir, en la apertura a Dios y a los demás. Porque eso también quiere decir la palabra “espíritu”: lo que pone de pie al hombre y lo abre a la relación y a la comunión con Dios, con toda la creación y con los demás.

El Salmo 104 invita a experimentar en la oración personal, lo que poéticamente nos evoca con sus imágenes: el rostro del Creador está siempre vuelto sobre el rostro de la tierra. Su aliento nos vivifica. Las manos de este Dios alfarero y jardinero siguen activas, modelando la tierra, haciendo surgir la vida y, con su aliento, vivificando la libertad del hombre. Ni siquiera el rechazo del hombre a ser colaborador en esta obra ha frenado el impulso creador Dios.

Hablar de un Dios creador que sigue dando vida a todo lo que existe es hablar también de su providencia: Dios actúa de manera concreta e inmediata en el mundo, conduciendo la creación a su perfección definitiva. El gran teólogo medieval Santo Tomás de Aquino señala que la sabiduría del Creador es como la fantasía del artista que crea belleza, es decir: armonía, orden, luz. Su obrar providente es como el arte de un músico o de un poeta, por ejemplo, a través del cual se dispone el sonido, el ritmo y las palabras en orden a un fin.

Estamos en las manos de un Dios alfarero y jardinero, músico y poeta. Nadie mejor que Aquel que es su Hijo, Verbo e Imagen – Jesús de Nazaret – para contarnos de Él. ¿Qué nos dice? Que es Padre y que hemos de buscar su Reino por encima de todo. Lo demás, es añadidura.

 

Creador del cielo y de la tierra

«La Voz de San Justo», domingo 2 de julio de 2017

La Biblia se abre con los relatos de la creación, la caída y la promesa (Gn 1-3). Si una mente abierta los escudriña con curiosidad, respetando su carácter poético y religioso, no dejará de percibir su lirismo y la honda sabiduría de su mensaje.

Hablan con los recursos del lenguaje religioso: el símbolo, la metáfora, la reflexión sapiencial, la interpelación personal. Buscan que el lector se comprenda a sí mismo y el sentido de su vida. Miran además con realismo la condición humana, tal como también hoy la experimentamos. No ocultan, por eso, la oscuridad del mal, ni las huellas de Dios.

Es claro que el Génesis no pretende ofrecer información científica. “La Biblia no nos dice cómo es el cielo, sino cómo ir al cielo”, decía Galileo. La creación habla. Su mensaje lo escucha el científico que estudia su estructura interna, pero también el hombre religioso que se eleva desde ella al Creador. Es la experiencia del orante de la Biblia: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Salmo 8,4-5).

En la cumbre de la obra de Dios está el hombre libre. Al modelar al hombre del barro de la tierra, Dios pensaba en su Hijo Jesucristo, decía un autor cristiano del siglo III. La libertad humana está modelada a imagen de la libertad de Cristo. Es a Él a quien tenemos que mirar para comprender el designio creador de Dios.

Cuando, por ejemplo, leemos las parábolas de Jesús, su mirada parece desvelar el secreto de todo lo creado. Para Jesús, los lirios del campo, las aves del cielo y una semilla de mostaza hablan de Dios y su reino, no menos que las manos de una mujer que pone levadura en la masa, o un niño que pide pan a su padre.

En las manos de Jesús se nos muestra una creación reconciliada, amiga del hombre y abierta a la fraternidad. A Él acudimos, sobre todo en estos tiempos en que nos apremian preguntas como las que formulaba el Papa Francisco: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?… ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?” (Laudato Si 160).

La libertad es la obra maestra de la fantasía creadora de Dios. Ha sido también su apuesta más arriesgada. El Creador ha querido al hombre como hijo, amigo y compañero en el cuidado de este mundo. Por eso, cuando su libertad ha quedado herida por el pecado, ha salido a rescatarla con la cruz de Cristo.

Estamos fatigosamente aprendiendo a respetar nuestra “casa común”. La tierra tiene leyes que orientan la acción. Pero también ese microcosmos que es el hombre. Ni con él ni con la tierra podemos hacer lo que se nos antoja: usar, consumir y descartar. Somos libres, pero con una libertad responsable, que es siempre don y tarea: el hombre es libre si aprende a amar hasta el don sincero de sí. La libertad nos pone junto a los otros: a Dios, a los demás y a la “hermana madre tierra” como decía Francisco de Asís.

Ese es el sentido último de la creación: la vida es don del Creador, que ha de ser vivido también en la gratuidad del don. La fe en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra lo confiesa con admiración y alegría.

Un Padre todopoderoso

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de junio de 2017

¿Un Dios Padre todopoderoso? ¿En serio? Un Dios así ¿no es una proyección de nuestros deseos infantiles? ¿No tendríamos que matar a ese Dios “omnipotente” y vivir sin ilusiones y falsos consuelos? ¿No es precisamente un signo de la madurez del hombre moderno haberse liberado de semejante yugo?

Tenemos que ser honestos. Muchas veces, el modo de vivir o expresar nuestra fe ha podido reflejar algo de esa dura crítica a la religión. Hay formas de religiosidad que anulan la personalidad, favorecen el infantilismo y nos impiden vivir a fondo la vida.

Pero ¿es esa la genuina experiencia cristiana que transmite el primer artículo del Credo?

Aquí también hay que ser honestos. Ante todo, reconociendo que la más dura crítica a toda falsa religiosidad la encontramos en las páginas de la Biblia. La prohibición de hacerse imágenes de Dios y no tomar su santo Nombre en vano ¿no busca conjurar el riesgo siempre acechante de manipular a Dios, subordinándolo a nuestros intereses?

Los profetas del antiguo testamento sabían bien qué fácil resulta transformar la religión en un culto idolátrico: en vez de dejarse sorprender por el Dios vivo, adorar un ídolo hecho a imagen y semejanza de nuestros pequeños intereses. O de hacer de Dios, su ley y su palabra la justificación del dominio despótico de unos sobre otros. Los profetas no se cansarán de denunciar semejantes abusos religiosos: Dios no es así; Él está siempre del lado del pobre, del que es explotado y vilipendiado; Dios no es como lo imaginamos.

Sin embargo, el mayor crítico de toda forma de religiosidad deshumanizante es el propio Jesús de Nazaret. Antes que, con palabras, es su vida misma la que habla. Los evangelios nos lo presentan como un hombre pleno. Para nada, su comunión con el Padre ha hecho de él una persona apocada, refugiada en sus deseos infantiles o alguien que va detrás de falsas ilusiones. Por el contrario, la cercanía inaudita que tiene con Dios, su Padre, ha activado en él todas las potencialidades de su humanidad.

Deslumbra por su exquisita libertad, la riqueza de su mundo interior, su capacidad de ver la realidad, su sensatez y su mansedumbre. Pero, sobre todo, su inigualable capacidad de amistad, cercanía y comprensión de los demás, especialmente de los más heridos y vulnerables. Entregará la vida en plena posesión de sí mismo, en un acto libre, lúcido y sin victimizarse a sí mismo, sino disculpando y perdonando a quienes lo matan. Así, el perdón, con toda su fuerza transformadora, ha entrado en la historia. ¿Quién lo hubiera imaginado?

Muchos de sus discípulos, hombres y mujeres de todos los tiempos y pelajes, conjugarán en sus vidas esa misma riqueza vital. Jesús ha dejado huella. Ha logrado comunicar su Espíritu.

“El que me ha visto, ha visto al Padre”, declara Jesús (Jn 14,9). Él es el Hijo único hecho hombre. Es el Verbo encarnado. Es a esa experiencia fundante a la que tenemos que mirar para comprender qué es lo que confesamos cuando profesamos nuestra fe en un Dios Padre todopoderoso. Jesús es el evangelio que nos muestra quién y cómo es Dios, qué significa que lo reconozcamos cómo Padre, y cuál es la verdadera naturaleza de ese poder divino.

Jesús nos ha mostrado que Dios se conmueve por todo hombre que sufre. Ese es su poder: lo ha llevado a hacerse compañero de camino y a dejarse crucificar con todos los crucificados de la historia. Así, con su amor, le ha puesto definitivamente un límite al mal.

Claro que Dios es todopoderoso. ¿Podríamos entregarle la vida a un Dios que no lo fuera? Pero no es un poder que abruma. No anula la libertad. La hace posible y la estimula. Pone en crisis toda deformación de la paternidad. Es su verdadera medida. Jesús, con su cercanía a los pobres y heridos de la vida, nos mostró que Dios tiene con ellos su corazón.

¿Queremos conocer en qué consiste la omnipotencia divina? La filosofía es un buen camino. Pero hay uno mejor: las bienaventuranzas. Ese es el camino de Jesús.