La pregunta del Sumo Sacerdote y la fe del centurión

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de marzo de 2021, Domingo de Ramos

“¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?”, pregunta el Sumo Sacerdote a Jesús. “Sí. Yo lo soy…”, responde el Señor (cf. Mc 14, 61.62). 

También nosotros conocemos esa respuesta. Sin embargo, cada año, en la celebración anual de la Pascua, tenemos que volver a escuchar el relato de la Pasión. 

Siempre corremos el riesgo de creer que, porque sabemos el contenido doctrinal de la fe, ya, por esa razón, somos realmente discípulos de Jesús. 

Necesitamos, sin embargo, que la Pasión del Señor nos conmueva, le hable a nuestra vida, nos ponga en crisis, como a los discípulos que, llegada esa hora, lo dejan solo. 

Necesitamos contemplarlo en la humillación desnuda de la cruz, para poder confesar, como aquel centurión que lo ve morir: “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!” (Mc 15, 39).

Somos invitados a hacer nuestra la fe de aquel centurión pagano: ve al crucificado y reconoce en él al Hijo de Dios. En el humillado contempla la humildad del Dios que, de esa desconcertante forma, nos redime, desarmando toda soberbia.  Esa es nuestra fe, la fe de la Iglesia…

Hoy entramos en la Semana Santa. Dos veces escucharemos el relato de la Pasión. Este domingo, la versión de San Marcos. El Viernes Santo, la de San Juan. 

Dos relatos, un solo y gran protagonista. Dos variaciones de un mismo tema: el amor de Dios.

Te invito a orar: Señor Jesús: entramos con vos en Jerusalén para sufrir la pasión. Solo Vos podés revelarnos el misterio de la cruz. Ahora nos disponemos al silencio que contempla y ama. Te suplicamos: ¡Hablá Vos a nuestros corazones! ¡Revelanos el amor del Padre que, desde tu amor de Crucificado, quiere abrazar a todos los crucificados! Amén

La mejor promesa de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de marzo de 2021

“¡Queremos ver a Jesús!”

“Entre los que había subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús».” (Jn 12, 20-21).

A las puertas de la Pascua, también nosotros suplicamos como aquellos griegos: “¡Queremos ver a Jesús!”. Esa sed de Cristo es nuestra guía más segura. Es nuestra brújula interior.

¿Cómo lo veremos? ¿Con qué figura aparecerá ante nuestra mirada? Él mismo nos lo dice: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” (Jn 12, 24).

¿Qué podemos añadir? No cabe mayor comentario: Jesús es trigo de Dios que muriendo resucita y da vida. Una de las más bellas e incisivas imágenes de la pascua: morir para vivir; solo vive el que entrega la vida por amor.

Ante nuestros ojos, el Señor aparecerá así en su hora más decisiva: la hora en que el glorificará al Padre y el Padre lo glorificará a él. Es decir, cuando aparezca en todo su esplendor la belleza de Dios: su amor hasta el fin, amor que expía el pecado y resucita para la vida.

La hora de su gloria es inminente y Jesús nos hace su promesa más hermosa: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12, 26). Estar con él, compartiendo la comunión con el Padre y el Espíritu.

Señor Jesús eres trigo que se hunde en la tierra para dar fruto. Queremos ir contigo y ser tus discípulos hasta el final. Que podamos contemplar tu gloria de Hijo amado que entrega la vida, como el amigo que ama hasta el fin. Que tu Espíritu acreciente en nosotros la sed de verte y reconocerte como Señor y Salvador. Amén.

Se acerca la hora del amor hasta el fin

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de marzo de 2021

La pasión del Señor se acerca. La cruz comienza a proyectarse ya sobre el camino cuaresmal. ¿Qué vemos cuando contemplamos la cruz de Cristo?

Podemos ver aquí solamente la crueldad que se ensaña contra Jesús. Y es muy cierto: Jesús es, en cierto modo, una víctima más del poder del mal. La fe, sin embargo, nos abre los ojos para que veamos más en profundidad y contemplemos el misterio sorprendente del amor de Dios por el mundo. El amor que salva. Lo que los profetas comenzaron a vislumbrar, los discípulos de Jesús lo podemos afirmar sin lugar a duda: Dios es Padre, ama entrañablemente al mundo y no se escandaliza ni retrae frente al pecado.

Tenemos que decirlo con absoluta claridad: Dios no se complace en el dolor de sus hijos. Él no quiere el mal, ni lo procura, ni quiere ser aplacado con sufrimiento inocente. Dios sale al rescate de su criatura amada y de toda su creación para arrebatarle de los lazos del mal y de la muerte. Y en la cruz está, no un profeta más o un hombre religioso insigne, sino el mismo Hijo de Dios. La cruz es gloriosa porque en ella ha sido elevado el Hijo para que todos puedan acceder a la luz y a la vida.

La cruz es signo del amor de Dios que llega hasta el extremo de dar la vida por aquellos que ama, a los que quiere rescatar. Solo el amor expía el pecado del mundo. Un amor que siempre -al decir de Francisco- nos “primerea”. En el Crucificado ha hecho su aparición en el mundo este amor absoluto e incondicional de Dios. La fe es el Amén que nace cuando se cae en la cuenta, llenos de admiración y estupor, de ese amor hasta el extremo.

A ese Jesús crucificado y resucitado se dirige siempre la mirada de la Iglesia. Este fin de semana, recordando los ocho años de la elección como obispo de Roma del papa Francisco, tengámoslo presente. Francisco, fiel a su misión, nos señala ese norte permanente de la misión de la Iglesia. Nos señala a Cristo.

Mientras se acerca la Pascua -la hora del amor hasta el fin- podemos disponer nuestro espíritu para contemplar, en silencio, este misterio que salva al mundo. Podemos orar así: “Te alabamos y te bendecimos, Padre de misericordia, por habernos manifestado tu amor en Cristo, tu Hijo, y en el don de su Espíritu. Que nunca dejemos morir en nuestros corazones el estupor ante este misterio. Amén.”

13 de marzo de 2013: de cardenal a Papa

El cardenal Jorge Mario Bergoglio tuvo una breve intervención en una de las congregaciones generales de cardenales previas al cónclave de 2013. Fue decisiva para su elección como Papa.


La dio a conocer, en su momento, el extinto cardenal cubano Jaime Ortega.


A ocho años de aquellos acontecimientos, recordemos su contenido. Aquí su transcripción literal.

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La dulce y confortadora alegría de evangelizar

Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia. – “La dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI). – Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.


1.- Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.


2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.


3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.


4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de la evangelizar”.

Jesús resucitado, verdadero templo de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de marzo de 2021

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».” (Jn 2, 13-16).

Después de llamar a sus primeros discípulos y del signo del vino en las Bodas de Caná, Jesús purifica el Templo de Jerusalén. Juan narra este hecho al inicio de su evangelio. Esta concatenación de escenas no es arbitraria. Una tras otras, van componiendo un mosaico programático de todo el evangelio: Andrés, Simón y los demás son llamados para convertirse en discípulos de Jesús. Están convocados a la fe en él, que trae el vino nuevo y más sabroso: la alegría al mundo.

Con la escena que contemplamos este domingo, el evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el nuevo y definitivo Templo. No es un templo material, como el construido por Herodes. Es el cuerpo entregado en la cruz, de cuyo costado brotó sangre y agua (cf. Jn 19, 34). Es el cuerpo que, vivificado y transfigurado por el Espíritu en la mañana de Pascua, resucita para ser espacio sagrado de comunión con Dios y entre todos los hombres, llamados a ser hermanos.

Allí donde una comunidad cristiana celebra la Eucaristía y, sobre todo, vive el amor hasta el extremo y el servicio humilde de Jesús, allí crece este templo santo en medio de nuestro mundo. Los templos donde nos reunimos sus discípulos son signos visibles que nos recuerdan este misterio que somos nosotros mismos: celebramos el culto en ellos para vivir nuestra fe en lo cotidiano de nuestra existencia.

Inspirado en esta escena evangélica, te invito a orar: Señor Jesús, seguimos caminando la Cuaresma. Purifícanos para que nuestras comunidades sean templos vivos edificados por el amor, el servicio y la compasión hacia nuestros hermanos más pobres. Amén.

Del desierto a la montaña

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de febrero de 2021

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.” (Mc 9, 2-4).

El pasado domingo íbamos con Jesús al desierto. Hoy nos sumamos a Pedro, Santiago y Juan que, con Jesús, suben a la montaña. Si el desierto es lugar de prueba, la montaña lo es de la revelación de Dios.

Allí, con el horizonte infinito del cielo, el Dios vivo se da a conocer, se muestra, sale al encuentro, busca a sus amigos.

Por eso, en la montaña santa, el Padre nos revela a Jesús. Nos permite contemplar su misterio: él es el Hijo muy querido, el profeta que ha de ser escuchado. Hijo amado, Palabra de vida y mano tendida que busca la reciprocidad de sus hijos: amistad y alianza.

Estos mismos discípulos serán también testigos de su humillación: lo verán en la cruz, aparentemente derrotado por sus enemigos. Sin embargo, no deben dejarse ganar por la desesperanza. La verdadera y definitiva transfiguración del Señor será su pascua: la muerte dará paso a la vida, la humillación a la resurrección.

Cada año, en este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el misterio luminoso de la transfiguración del Señor. Y lo hace para animarnos a la esperanza en medio de las dificultades de la vida.

Te invito a orar. La oración es diálogo de amistad con Aquel que sabemos que nos ama, diría santa Teresa de Jesús, que de oración, amor y encuentro sabía… y mucho.

Te comparto esta oración que podés hacer tuya, completándola también con tus propias palabras: “Señor Jesús, como a Pedro, Santiago y Juan, tomanos de la mano, llevanos contigo al monte santo y transfigurate ante nuestros ojos. Que tu luz divina pase a través de tu santa humanidad y nos transfigure el corazón. Amén.”

Cuaresma 2021: con Jesús en el desierto

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de febrero de 2021

“En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.” (Mc 1,12-13)

¿Cuál es la tentación más insidiosa a la que podemos ser sometidos?

La Escritura nos responde con el relato del primer pecado (cf. Gn 3): Adán y Eva desconfiaron de Dios y, con esa sombra gris en sus corazones, buscaron edificar su vida solos, sin Dios.  

Esa desconfianza en las verdaderas intenciones de Dios (hábilmente explotada por la serpiente) los llevó a sentirse autosuficientes. Esa fue su perdición.

De algún modo, esa es la esencia de toda tentación y de todo pecado: ver en Dios a un un rival o una amenaza para la propia vida. Y, con ese miedo en el alma, huir de Él, darle la espalda y pretender edificar la vida sin Él.

Por eso, el Espíritu empuja a Jesús al desierto. En cierto modo, Jesús ha ido hasta el fondo de esa prueba humana. Allí, en el desierto, experimentará el límite, pero, sobre todo, sentirá la presencia del Dios vivo. No un rival o una amenaza, sino un aliado, un compañero de camino, una fuente de vida y de libertad. En suma: su Padre.

Vencerá así donde Adán y Eva fueron vencidos.

En el desierto, Jesús comenzará a recuperar para todos nosotros la armonía perdida de toda la creación. “Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían”, comenta el evangelista (Mc 1, 13).

Y, de esa experiencia en el desierto, Jesús volverá con el fuego del Espíritu en su corazón y en sus labios. Toda la misión de Jesús se comprende desde aquí: reconstruir en el corazón de los hombres esa misma experiencia de Dios como Padre.

La Cuaresma nos invita a un intenso ejercicio de confianza filial. También a nosotros, el Espíritu de Jesús nos lleva al desierto para rehacernos como hijos y hermanos.

Te invito a rezar: En ocasiones, Señor, la confianza en Dios parece languidecer en nuestros corazones. Esa tentación se vuelve más aguda en medio de la oscuridad de las pruebas de la vida. Hoy te contemplamos, Jesús, en el desierto y probado como nosotros. Tómanos de la mano y llévanos contigo hacia el seno del Padre. Que sintamos tu Espíritu en nosotros. Es gracia que te pedimos para el camino cuaresmal que estamos iniciando. Amén. 

Desterrar la violencia

Suena a aguafiestas, pero hay que decirlo: nunca vamos a poder erradicar de manera absoluta la violencia de la convivencia humana en esta historia. Quienes han pretendido hacerlo han recaído en formas incluso más inhumanas de violencia. 

¿Qué hacemos? ¿Tenemos que resignarnos? ¿Qué respuesta inspira el Evangelio de Cristo?

Dios no se ha desentendido del sufrimiento a causa de la violencia. Ha tomado parte: se ha puesto del lado de las víctimas y, haciendo así, le ha puesto un límite al mal. Lo ha vencido de raíz. Esa es la Pascua de Cristo que nos aprestamos a celebrar. 

En este punto, el humanismo cristiano es realista, porque cree en Dios y está sostenido de la esperanza más fuerte: la que se funda en Cristo y en la potencia de su redención que está actuando en el mundo. Y, porque tiene esa fe en Dios, se acerca al hombre real, también con confianza y optimismo. Sabe que el Espíritu trabaja en el corazón humano para que la Pascua de Jesús venza en esta historia nuestra, injusta y frágil, toda forma de violencia. 

Por eso, por una parte, desconfía de las soluciones automáticas, meramente políticas o ideológicas, que prescinden de la conciencia y la libertad humanas, refugiándose en el moralismo puritano con sus consignas sesgadas y simplistas.

El humanismo cristiano nos advierte que tenemos que estar siempre atentos a lo que ocurre en el corazón, porque, como enseña Jesús con perspicacia humano-divina: “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (Mc 7, 21-22).

Solo si nos enfocamos en esa dirección, las necesarias transformaciones culturales, políticas e incluso jurídicas tienen posibilidad real de alcanzar su meta de mejorar la calidad de la civilización que construimos entre todos. De lo contrario, corremos el riesgo de querer edificar una casa empezando por el techo. 

Toda construcción de justicia y de bien jamás es definitiva. Cada generación tiene que volver a hacer, con acentos y urgencias nuevos, su opción por el bien posible, aquí y ahora.

En este sentido, la pedagogía del Evangelio es escuela de paciencia. Tiene como meta ayudar a crecer en las virtudes: en ese trabajo nunca acabado de habituarse a obrar bien y a encontrar gusto en ser buenos y justos. 

Edificar es siempre una tarea ardua que supone sabiduría y magnanimidad, perseverancia y resiliencia. Es tarea de hombres y mujeres sostenidos desde dentro por una gran esperanza. Para los cristianos, esa esperanza tiene nombre y rostro: Jesús, el Señor y la vida trinitaria a la que nos conduce su Espíritu.

Una advertencia inútil

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de febrero de 2021

“No le digas nada a nadie”, le advierte Jesús al leproso que acaba de curar (Mc 1, 44). La advertencia será inútil: este hombre, viéndose curado y redimido, no puede dejar de contar a todos lo que le ha pasado. Se lo cuenta a todo el mundo, provocando una ola de entusiasmo en torno a Jesús: de todas partes acuden a él.

Pero ¿por qué Jesús lo manda guardar silencio? ¿Acaso no ha venido para que su palabra y su obra alcancen plena difusión? ¿Qué hay detrás de esa actitud?

Por un lado, Jesús busca llevar adelante su misión con una característica muy fuerte: es el Mesías humilde que ha venido a introducir en el mundo el poder de Dios que es su amor misericordioso, especialmente atento a los pobres, los enfermos y pecadores. La humildad no es, en él, una pose ni una estrategia. Es el medio a través del cual, de la manera mejor y más genuina, ese amor de compasión se hace presente, sin abrumar ni someter, sino apelando a la libertad de cada uno.

El silencio, la humildad, el despojo son, por paradójico que parezca, las condiciones óptimas para que el poder de Dios aparezca como tal: como poder divino que cura, sana y da libertad a sus creaturas. San Pablo se lo dirá a los corintios: “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.” (1 Co 1, 25).

Por otra parte, quienes experimentan la salvación que trae Jesús no pueden sino convertirse en misioneros del Reino. Solo que los misioneros tendrán que aprender del Señor a tener sus mismos sentimientos y su mismo estilo para evangelizar: proponer, no imponer, mostrando a todos el Rostro misericordioso del Padre. A Dios hay que mostrarlo con la propia vida, más que demostrarlo con argumentaciones doctrinales o estratagemas de poder (incluso y especialmente del eclesiástico).

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Señor Jesús, Médico generoso y lleno de humanidad: estamos enfermos, somos leprosos, buscamos la salvación y la paz. Acarícianos con tu mano salvadora, para que recobremos humanidad. Enséñanos, sobre todo, a vivir con tus mismos sentimientos, a encarnar tu amor humilde y manso y, de esta manera, testimoniar a todos que el Reino de Dios ha llegado al mundo. Amén. 

¿Clericalismo?

El clericalismo es, sin dudas, una grave deformación de la vida eclesial. Ha hecho bien, entre otros, el Papa Francisco en destacarlo con fuerza. Una deformación a dos puntas: comodidad para clérigos y laicos. Unos mandan, otros obedecen o, al menos, hacen como que.

Recuperar la dimensión de comunión y sinodalidad de la Iglesia es, también sin dudas, un camino a recorrer. Solo acentúo la importancia y lo insustituible de la dimensión mística: sin genuina experiencia de fe (encuentro con Dios que determina la vida), ninguna reforma externa tendrá real efecto.

Lo que sí me preocupa es que, por combatir el clericalismo, aquí y allá se nota una suerte de eclesiástica “lucha de clases”, con una actitud de arrinconar a los pastores, pues se ve en los clérigos una especie de “chivo expiatorio” para la profunda crisis que vive la Iglesia. No es por ahí, seguramente.

Que la Iglesia católica, sobre todo en Occidente, vive una crisis de proporciones es innegable. Y no es solo una crisis de poder. Es una crisis más honda: de fe, de pertenencia cordial, de experiencia de Dios. Un chivo expiatorio es solo eso: una coartada para evitar ir al hueso de la cuestión.

Lo digo como lo pienso.