Cuaresma 2021: con Jesús en el desierto

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de febrero de 2021

“En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.” (Mc 1,12-13)

¿Cuál es la tentación más insidiosa a la que podemos ser sometidos?

La Escritura nos responde con el relato del primer pecado (cf. Gn 3): Adán y Eva desconfiaron de Dios y, con esa sombra gris en sus corazones, buscaron edificar su vida solos, sin Dios.  

Esa desconfianza en las verdaderas intenciones de Dios (hábilmente explotada por la serpiente) los llevó a sentirse autosuficientes. Esa fue su perdición.

De algún modo, esa es la esencia de toda tentación y de todo pecado: ver en Dios a un un rival o una amenaza para la propia vida. Y, con ese miedo en el alma, huir de Él, darle la espalda y pretender edificar la vida sin Él.

Por eso, el Espíritu empuja a Jesús al desierto. En cierto modo, Jesús ha ido hasta el fondo de esa prueba humana. Allí, en el desierto, experimentará el límite, pero, sobre todo, sentirá la presencia del Dios vivo. No un rival o una amenaza, sino un aliado, un compañero de camino, una fuente de vida y de libertad. En suma: su Padre.

Vencerá así donde Adán y Eva fueron vencidos.

En el desierto, Jesús comenzará a recuperar para todos nosotros la armonía perdida de toda la creación. “Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían”, comenta el evangelista (Mc 1, 13).

Y, de esa experiencia en el desierto, Jesús volverá con el fuego del Espíritu en su corazón y en sus labios. Toda la misión de Jesús se comprende desde aquí: reconstruir en el corazón de los hombres esa misma experiencia de Dios como Padre.

La Cuaresma nos invita a un intenso ejercicio de confianza filial. También a nosotros, el Espíritu de Jesús nos lleva al desierto para rehacernos como hijos y hermanos.

Te invito a rezar: En ocasiones, Señor, la confianza en Dios parece languidecer en nuestros corazones. Esa tentación se vuelve más aguda en medio de la oscuridad de las pruebas de la vida. Hoy te contemplamos, Jesús, en el desierto y probado como nosotros. Tómanos de la mano y llévanos contigo hacia el seno del Padre. Que sintamos tu Espíritu en nosotros. Es gracia que te pedimos para el camino cuaresmal que estamos iniciando. Amén. 

Desterrar la violencia

Suena a aguafiestas, pero hay que decirlo: nunca vamos a poder erradicar de manera absoluta la violencia de la convivencia humana en esta historia. Quienes han pretendido hacerlo han recaído en formas incluso más inhumanas de violencia. 

¿Qué hacemos? ¿Tenemos que resignarnos? ¿Qué respuesta inspira el Evangelio de Cristo?

Dios no se ha desentendido del sufrimiento a causa de la violencia. Ha tomado parte: se ha puesto del lado de las víctimas y, haciendo así, le ha puesto un límite al mal. Lo ha vencido de raíz. Esa es la Pascua de Cristo que nos aprestamos a celebrar. 

En este punto, el humanismo cristiano es realista, porque cree en Dios y está sostenido de la esperanza más fuerte: la que se funda en Cristo y en la potencia de su redención que está actuando en el mundo. Y, porque tiene esa fe en Dios, se acerca al hombre real, también con confianza y optimismo. Sabe que el Espíritu trabaja en el corazón humano para que la Pascua de Jesús venza en esta historia nuestra, injusta y frágil, toda forma de violencia. 

Por eso, por una parte, desconfía de las soluciones automáticas, meramente políticas o ideológicas, que prescinden de la conciencia y la libertad humanas, refugiándose en el moralismo puritano con sus consignas sesgadas y simplistas.

El humanismo cristiano nos advierte que tenemos que estar siempre atentos a lo que ocurre en el corazón, porque, como enseña Jesús con perspicacia humano-divina: “es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino” (Mc 7, 21-22).

Solo si nos enfocamos en esa dirección, las necesarias transformaciones culturales, políticas e incluso jurídicas tienen posibilidad real de alcanzar su meta de mejorar la calidad de la civilización que construimos entre todos. De lo contrario, corremos el riesgo de querer edificar una casa empezando por el techo. 

Toda construcción de justicia y de bien jamás es definitiva. Cada generación tiene que volver a hacer, con acentos y urgencias nuevos, su opción por el bien posible, aquí y ahora.

En este sentido, la pedagogía del Evangelio es escuela de paciencia. Tiene como meta ayudar a crecer en las virtudes: en ese trabajo nunca acabado de habituarse a obrar bien y a encontrar gusto en ser buenos y justos. 

Edificar es siempre una tarea ardua que supone sabiduría y magnanimidad, perseverancia y resiliencia. Es tarea de hombres y mujeres sostenidos desde dentro por una gran esperanza. Para los cristianos, esa esperanza tiene nombre y rostro: Jesús, el Señor y la vida trinitaria a la que nos conduce su Espíritu.

Una advertencia inútil

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de febrero de 2021

“No le digas nada a nadie”, le advierte Jesús al leproso que acaba de curar (Mc 1, 44). La advertencia será inútil: este hombre, viéndose curado y redimido, no puede dejar de contar a todos lo que le ha pasado. Se lo cuenta a todo el mundo, provocando una ola de entusiasmo en torno a Jesús: de todas partes acuden a él.

Pero ¿por qué Jesús lo manda guardar silencio? ¿Acaso no ha venido para que su palabra y su obra alcancen plena difusión? ¿Qué hay detrás de esa actitud?

Por un lado, Jesús busca llevar adelante su misión con una característica muy fuerte: es el Mesías humilde que ha venido a introducir en el mundo el poder de Dios que es su amor misericordioso, especialmente atento a los pobres, los enfermos y pecadores. La humildad no es, en él, una pose ni una estrategia. Es el medio a través del cual, de la manera mejor y más genuina, ese amor de compasión se hace presente, sin abrumar ni someter, sino apelando a la libertad de cada uno.

El silencio, la humildad, el despojo son, por paradójico que parezca, las condiciones óptimas para que el poder de Dios aparezca como tal: como poder divino que cura, sana y da libertad a sus creaturas. San Pablo se lo dirá a los corintios: “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.” (1 Co 1, 25).

Por otra parte, quienes experimentan la salvación que trae Jesús no pueden sino convertirse en misioneros del Reino. Solo que los misioneros tendrán que aprender del Señor a tener sus mismos sentimientos y su mismo estilo para evangelizar: proponer, no imponer, mostrando a todos el Rostro misericordioso del Padre. A Dios hay que mostrarlo con la propia vida, más que demostrarlo con argumentaciones doctrinales o estratagemas de poder (incluso y especialmente del eclesiástico).

***

Señor Jesús, Médico generoso y lleno de humanidad: estamos enfermos, somos leprosos, buscamos la salvación y la paz. Acarícianos con tu mano salvadora, para que recobremos humanidad. Enséñanos, sobre todo, a vivir con tus mismos sentimientos, a encarnar tu amor humilde y manso y, de esta manera, testimoniar a todos que el Reino de Dios ha llegado al mundo. Amén. 

¿Clericalismo?

El clericalismo es, sin dudas, una grave deformación de la vida eclesial. Ha hecho bien, entre otros, el Papa Francisco en destacarlo con fuerza. Una deformación a dos puntas: comodidad para clérigos y laicos. Unos mandan, otros obedecen o, al menos, hacen como que.

Recuperar la dimensión de comunión y sinodalidad de la Iglesia es, también sin dudas, un camino a recorrer. Solo acentúo la importancia y lo insustituible de la dimensión mística: sin genuina experiencia de fe (encuentro con Dios que determina la vida), ninguna reforma externa tendrá real efecto.

Lo que sí me preocupa es que, por combatir el clericalismo, aquí y allá se nota una suerte de eclesiástica “lucha de clases”, con una actitud de arrinconar a los pastores, pues se ve en los clérigos una especie de “chivo expiatorio” para la profunda crisis que vive la Iglesia. No es por ahí, seguramente.

Que la Iglesia católica, sobre todo en Occidente, vive una crisis de proporciones es innegable. Y no es solo una crisis de poder. Es una crisis más honda: de fe, de pertenencia cordial, de experiencia de Dios. Un chivo expiatorio es solo eso: una coartada para evitar ir al hueso de la cuestión.

Lo digo como lo pienso.

Médico, orante y misionero

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de febrero de 2021

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios […] Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. […] Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.” (Mc 1, 32-34a. 35.39)

Con el evangelio de este domingo podríamos pintar un cuadro con tres paneles que, a su vez, refleje tres imágenes del Señor: primero, Jesús en la casa de Simón y Andrés, rodeado de una multitud de enfermos y sufrientes. Es el Jesús médico, que cura con sus manos; pero, ante todo, con su Persona.

En segundo lugar, Jesús levantándose antes del alba, recogido en oración solitaria y silenciosa: el Hijo que ora al Padre. La oración, en la experiencia vital de Jesús, no es algo que Él hace, sino lo que Él es en su misterio más profundo: Hijo que siempre está en comunión con el Padre. Si no llegamos hasta aquí, nunca terminamos siquiera de barruntar su misterio.

Y, en tercer lugar, Jesús que sigue su camino, no se queda quieto ni instalado en un sitio: lo urge hacer llegar a todos el anuncio gozoso del amor del Padre. Es el Jesús misionero, evangelizador. Vive su condición de Hijo como misión. Tampoco aquí, la misión es algo que hace sino transparencia de su Persona: Hijo enviado al mundo con una buena noticia para todos.

Tres imágenes del único y mismo Jesús: es el Enviado del Padre para sanar y salvar, es el Hijo que vive en comunión inmediata con el Padre, es el Evangelio de Dios para el mundo. A Jesús solo lo podemos entender desde todos esos vínculos: con el Padre, con los pobres y para todos los pueblos.

Señor Jesús: Tú eres el Hijo amado del Padre, el Evangelio que Dios ha hecho resonar en el mundo. También hoy, una multitud inmensa de hombres y mujeres heridos, pobres y vulnerables te buscan con ansias. Quieren escucharte, por eso, buscan la casa en la cual tú enseñas como Maestro y Buen Pastor. Es la Iglesia. Te pedimos por nuestras comunidades cristianas: que sean de verdad hogar, casa y escuela de misericordia, para que todos puedan hacer en ellas la experiencia de encontrarte y ser salvados por Ti.

Amén.

Pandemia, fraternidad y democracia

Un formidable desafío para la doctrina y pastoral social de la Iglesia

La pandemia por el coronavirus está cambiando profundamente todo. Es cierto que la lenta difusión de las vacunas arroja un haz de luz sobre nuestras vidas y, sobre todo, sobre el futuro. Pero también es cierto que la bruma sigue siendo espesa. Todo está cambiando, empezando por nosotros mismos. Todos estamos cambiando. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué futuro nos espera?

La pandemia ha golpeado fuertemente la vida de todos, especialmente de los más pobres y frágiles: sean personas, familias o países enteros; niños, niñas y adolescentes, no menos que a ancianos y otras personas vulnerables. Contagiados o no, todos vamos a llevar una huella de este extraño tiempo que estamos viviendo.

El impacto es formidable en la existencia cotidiana, el trabajo, la educación, las condiciones económicas, la convivencia y también la vida política de los pueblos. Y no dejemos de observar lo que pasa en nuestras comunidades cristianas y la huella de la pandemia en la práctica religiosa y, sobre todo, en la propia autopercepción del creyente.

***

De las muchas preguntas que se despiertan, elijo esta: ¿cómo está afectando la democracia? ¿Tenemos que pensar en una fase de fortalecimiento o de tal transformación de las diversas democracias que estas asuman otros rostros, características y contornos? ¿Qué pasará con sistemas democráticos tan débiles como el argentino? ¿China y Rusia, con sus vacunas para todos y sus sistemas autocráticos, son el futuro?

En su reciente encíclica Fratelli tutti, el papa Francisco nos ha ofrecido un incipiente discernimiento del fenómeno del populismo. Ha señalado con perspicacia sus límites y peligros, aunque también ha sugerido algunas bondades a tener en cuenta. Menos benigno ha sido su discernimiento de las corrientes liberales.

Pienso, sin embargo, que la Iglesia tendría que retomar la vigorosa reflexión que san Juan Pablo II hizo en  Centessimus annus sobre el sistema democrático. Retomarla, profundizarla y relanzarla. La enseñanza social de la Iglesia, abrevando en las fuentes del humanismo cristiano (el Evangelio y una interpretación racional y realista de la condición humana), tiene mucho para aportar. Es una visión sapiencial que ofrece tanto perspectivas críticas como aportaciones de largo alcance.

Aquí en Argentina, sería bueno que los católicos, especialmente los pastores, hiciéramos lo propio con aquel gran documento -tal vez el más importante de estos últimos cincuenta años- como fue “Iglesia y comunidad nacional” (1981). De entonces a la fecha, con muchas intervenciones valiosas sobre la realidad nacional, sus sucesivas (e interminables) crisis políticas, económicas y éticas, sin embargo, no hemos podido ofrecer un aporte sustancial sobre la democracia, desde la perspectiva de la doctrina social católica. Es, a mi parecer, una verdadera deuda.

Ese aporte no puede ser solo un texto doctrinal. Como ya señalara el documento de Aparecida, retomando palabras de Benedicto XVI, tenemos que activar la presencia en la vida pública de Argentina de personalidades laicales, hombres y mujeres, que puedan ofrecer con convicción personal el “punto de vista católico” de los grandes temas de nuestra vida nacional. Muchas cosas se vienen haciendo en esta línea. Me pregunto cómo potenciar este vector en un país donde el clericalismo (también con modales progresistas) sigue dominando la escena pública del catolicismo.

Los liderazgos carismáticos, a los que solemos ser tan afectos, solo dejan huella positiva en la vida de los pueblos si son acompañados de la consolidación de instituciones sólidas, ante todo, en la vida de la sociedad civil, la economía y, por supuesto, en la afirmación del estado de derecho, la división de poderes y un federalismo más efectivo que declamado.

Un ejemplo que puede servirnos de ayuda, no obstante, todas las disimilitudes evidentes. Acaba de dejar la carga pública Angela Merkel que, por quince años, fue canciller de Alemania. Solo me permito señalar que, semejante liderazgo (de clara inspiración cristiana), además de las diferencias culturales, supone un pueblo y un sistema que tienen tras de sí experiencias tan fuertes como el nazismo, la reconstrucción de la posguerra, un federalismo del todo particular (y fuerte), con unas instituciones sólidas que han hecho posible un liderazgo con tantos aciertos, también cuando han significado límites y contrapesos concretos, propios de una democracia parlamentaria.

***

El papa Francisco ha lanzado el desafío más grande a la humanidad al invitarnos a revitalizar la fraternidad entre personas, grupos y pueblos, creyentes y no creyentes, como camino para soñar juntos un futuro humano digno, sobre todo, para las generaciones que vendrán.

Se trata de una fraternidad que brota del corazón de nuestra experiencia de fe: reconocer en el otro a un semejante, creado por Dios a su imagen. Un Dios que es Padre y que, en Jesucristo, el buen samaritano, nos ha mostrado que su actitud más honda hacia nosotros es la compasión. Esa gracia, del modo como solo Dios lo sabe, actúa en cada ser humano que viene a este mundo (cf. GS 22). Por eso, apostar por la fraternidad, como lo hace Francisco, no es un proyecto humanista secularizado, sino una honda mirada desde la fe en el poder del Creador que, además, en Cristo ha mostrado el verdadero alcance de su poder y de su sabiduría.

Una mística de la fraternidad supone, como el mismo Francisco señala, activar la mejor política, la más alta y noble: la que se inspira en la caridad, se vive como paciente construcción del bien común y que sabe, con amabilidad y creatividad, sobrellevar crisis, dificultades y enfrentamientos: la unidad es superior al conflicto.

Yo solo añadiría que una democracia sólida, basada en los valores más trascendentes y perennes, es parte de esa construcción de fraternidad a la que todos, ya desde ahora, tenemos que abocarnos.

Y es una construcción insoslayable.

Este es el Cordero de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de enero de 2021

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.” (Jn 1, 35-37). 

Así comienza el evangelio de este domingo. Así también comenzamos a caminar este nuevo año: con la Iiturgia de la Iglesia que, como Juan Bautista, nos señala a Cristo para que lo sigamos. 

Él es, al decir del Precursor, el “Cordero de Dios”. Así lo invocamos en cada Eucaristía, cuando el sacerdote, repitiendo un gesto del mismo Señor en la última cena, parte el pan para repartirlo en la comunión. Es la letanía: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo: ¡ten piedad de nosotros!… ¡Danos paz!”. 

En el Apocalipsis se retomará esta imagen, contemplando a los primeros mártires de la Iglesia: “Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Ap 7, 17). 

Nos conduce un Pastor que es, a la vez, el Cordero manso e inocente, el que ha dado la vida por nosotros, el único que vence el pecado y nos da la paz. Nosotros somos sus discípulos, siguiendo sus huellas y caminando como Él lo ha hecho. 

Miremos el año 2021 que se abre a nosotros delante de nuestros pasos. No sabemos bien qué nos espera en el camino. Tenemos una sola seguridad: Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero, nos va abriendo el camino. Es más, Él camina con nosotros y en nosotros, por su Espíritu. No hay lugar para el desaliento. Menos aún para la desesperanza. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Salmo 23, 4). 

Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero: somos tus discípulos, vamos tras tus huellas. Sabemos que Tú vienes con nosotros, por eso, no tememos. Y, aunque el miedo nos aceche, volvemos la mirada a tu rostro, escuchamos la voz de tus testigos que, como Juan, nos invitan a seguirte, y nuestro corazón inquieto encuentra la paz. Escucha, Señor, nuestra súplica. No te importune nuestra insistencia: ¡Ven a caminar con nosotros! Amén. 

El tiempo es de Cristo

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de enero de 2021.

El Cristo Pantocrátor (“todopoderoso”) de la catedral de Monreale

“Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. A Él pertenecen el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”

Con estas palabras, inspiradas en el Apocalipsis, el sacerdote bendice el cirio al inicio de la Vigilia pascual. Parte del sugestivo rito es escribir la cifra del año en curso, mientras dice: “A Él (a Cristo) pertenecen el tiempo y la eternidad”.

Este 2021 que recién comienza es de Cristo, luz que vence toda oscuridad; el Viviente, que viene de vencer la muerte; el Señor de la historia, como lo invocamos una y otra vez.

Y no solo el 2021. También el 2020 que pasó, con todo lo que realmente pasó… y pasamos. Y no solo del 2020, sea como fuere que lo juzguemos.

No hay fragmento del tiempo que escape de su presencia e influjo redentor. Cristo es precisamente el que redime el tiempo. Él ha estado, está y estará siempre en cada una de nuestras horas. Si oscuras y pesadas, su Presencia se vuelve más incisiva y salvadora.

Por eso, sea lo que sea lo que haya vivido, un cristiano, al concluir un año y empezar otro da gracias por lo vivido y se adentra, con confiada esperanza en el tiempo que, como un camino por desandar, se abre ante sus pasos.

“Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley […].” (Gal 4, 4), escribe san Pablo.

¿Qué nos depara este 2021? No lo sabemos a ciencia cierta. Nadie lo sabe. Cualquier predicción es conjetura o “verso”.

En medio de tanta incertidumbre que puede descolocar al mejor plantado, el cristiano tiene una certeza: en cada una de sus horas por venir, Cristo, el Señor del tiempo, lo está esperando.

Es lo que anunciamos. Lo que compartimos.

¡Bienaventurado 2021 para todos!

Un chico está creciendo en Nazaret

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de diciembre de 2020

“Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2, 39-40).

Ningún cronista serio de la época hubiera prestado atención a lo que pasaba con esta familia atípica de la Palestina del siglo I. De hecho, así ocurrió: nadie, salvo algunos tan insignificantes como ellos. Los ojos del poder estaban posados en otros personajes, realmente más importantes y deslumbrantes. La agenda era otra.

Solo el paso del tiempo ha ayudado a calibrar lo que significa el crecimiento de este chico judío, las dimensiones de esa sabiduría que lo colma y el alcance real de ese favor (“gracia”) de Dios que estaba con él.

Vale para esta ocasión lo que decimos de tanto en tanto: “las apariencias engañan”.

Es bueno tomar nota de ello, porque solemos vivir de apariencias. Corremos el riesgo de fundar sobre ellas nuestras decisiones. Al respecto, este niño dirá más tarde: una casa edificada sobre arena no resiste los embates de la vida, se derrumba y su ruina llega a ser muy grande (cf. Mt 7, 26-27).

Este domingo, con este texto evangélico, la liturgia católica evoca a la sagrada Familia de Jesús, María y José. El clima de Navidad nos lleva derechito a ese hogar de Nazaret.

Uno de los grandes aprendizajes que parece que estamos haciendo en esta pandemia es el valor de esos vínculos que son realmente esenciales. Sin pretensión metafísica, hemos calificado de “esenciales” a aquellas cosas que hacen que la vida se abra paso en medio de límites y restricciones. Y una de ellas -y no entre las últimas- es la familia, el hogar, nuestra casa.

Un niño nace pobre en Belén. Apenas nacido, sus padres tienen que huir con él, pues el poder amenaza su existencia. Pasado el peligro, su familia se instala en Nazaret y, allí, crece como uno más. Al parecer, la insignificante historia de un chico más de todos los que vienen al mundo.

Realmente la apariencia engaña: ese Niño es el Emanuel, el Dios humanizado que rescatará a los hombres de la muerte. Es esperanza, vida y salvación. Es, sin más, lo real.

Este domingo, celebrando a la Sagrada Familia, los católicos argentinos vamos a confiarle a Jesús, María y José la “causa de la vida”. En medio de una pandemia que ha roto tantas cosas, hemos visto avanzar la incomprensible e insensata iniciativa del presidente Fernández de hacer aprobar la legalización del aborto. De su lado, todo el poder de la corrección política.

A propósito, es bueno preguntarse: ¿cuánto de apariencia hay en todo esto? ¿Por dónde camina la Argentina real y por dónde la que se deja seducir por la apariencia? ¿Por dónde crece lo realmente decisivo del futuro de Argentina?

Yo no lo dudo, por eso, digo: “Que no sea ley”.

Navidad y la ventanita de Tabaré Vázquez

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de diciembre de 2020

“María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. […] María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.” (Lc 1, 34-38).

“A veces creo que hay Dios, a veces creo que no hay Dios. Que somos una ventanita que se abre a la vida y salimos al escenario. Pero muchas veces quiero, desearía, que hubiera un Dios. Pero hasta ahí puedo llegar”.

Son palabras del expresidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, poco antes de morir. Como hombre de fe, se las agradezco sinceramente. Me ha hecho mucho bien leerlas y rumiarlas. He vuelto a pensar en ellas leyendo el evangelio de este último domingo de Adviento: la anunciación a María (cf. Lc 1, 26-38).

Entre creyentes y no creyentes hay, no obstante todo, puntos de contacto. Al menos, uno. En palabras del joven Ratzinger: aquel “quizás sea cierto” que, para unos, es nostalgia de una presencia (como para Tabaré); y, para otros (como para quien esto escribe), sospecha de un abismo que atrae y da vértigo.

La Navidad que tenemos por delante nos ofrece, una vez más, la experiencia cristiana en su más pura expresión: la nostalgia no queda defraudada y el deseo, sin extinguirse, siente que la plenitud es don gratuito y salvador.

Pero también, la experiencia del abismo se hace más intensa. El Niño que, según el relato evangélico, María concibe cuando la alcanza la sombra protectora del Espíritu, es precisamente el que ha dado el paso más atrevido: Dios se ha abajado, se ha hecho hombre, asumiendo la figura de un servidor.

Dios: uno de nosotros, tan débil, frágil y vulnerable. Como cada uno de nosotros.

El Dios amor es -como siempre lo es el amor verdadero- el Dios humilde que se ofrece, sin imponerse ni abrumar. Todo lo contrario: su fragilidad lo expone a la libertad que puede arrodillarse (como los pastores y los magos) o intentar imponerse con furia.

La Navidad está a las puertas. Es la Navidad bajo “distanciamiento social obligatorio”. Pero es Navidad: Dios colma cualquier distancia, se dispone a nacer allí donde le dan albergue. También en el alma de cada uno de nosotros.

Usando la imagen de Tabaré: Él ha abierto una ventanita y ha entrado en escena… pero para no dejarla nunca más.