LA ALEGRÍA DE LA FE

Joseph Ratzinger/Benedicto XVI in memoriam

Joseph Ratzinger ha contado varias veces una anécdota que lo pinta de cuerpo entero, tanto como su obra teológica. Uno y otra son inseparables. Su inmensa producción teológica refleja, como a través de una filigrana, el alma inquieta de este hombre de fe.

Cuenta que, siendo joven profesor, le tocó asistir a una animada discusión entre profesores de teología. Estamos en los años cincuenta del siglo pasado, época de gran efervescencia teológica, especialmente en la Alemania de la segunda posguerra.

La discusión era sobre la necesidad o no de que las personas conozcan a Cristo y su propuesta de vida. Un viejo y respetable profesor de moral, zanjó la cuestión afirmando que era preferible que la inmensa mayoría de las personas no llegara a conocer el Evangelio, pues al confrontar su fragilidad humana con las altas exigencias de Cristo, seguramente se desmoronarían.

Cristo, su Evangelio y, sobre todo, las exigencias morales que de él se desprenden serían un peso para la conciencia de la mayoría de las personas. Dios hace bien en mantener en una conciencia errónea a la mayoría de las personas.

El que esto escribe, de joven seminarista, escuchó alguna reflexión en la misma dirección.

Ratzinger cuenta que, si bien le pareció lógica esa afirmación, le dejó un fuerte sabor amargo. “Lo que me perturbaba -escribe- era la idea de que la fe fuera una carga insoportable que sólo las naturalezas fuertes pudieran aguantar, casi un castigo, o en todo caso, una exigencia difícil de cumplir. La fe no facilitaría la salvación, sino que la dificultaría”.

Y se pregunta más adelante: “¿Cómo podría, de ser así las cosas, surgir la alegría de la fe? ¿Cómo el coraje de transmitirla a los demás? ¿No sería mejor dejarlos en paz y mantenerlos alejados de ella? […] Quien ve en la fe una pesada carga o una exigencia moral excesiva no puede invitar a los demás a abrazarla. Prefiere dejarlos en la supuesta libertad de su buena conciencia”.

Aquí radica, a mi modo de ver, una inquietud central, a la vez pastoral y teológica, eclesial y evangelizadora, que permite comprender el impulso de fondo de su pensamiento. Por ejemplo, de su lucha denodada contra el moralismo, que reduce la fe a mera tranquilidad burguesa.

Lo ha escrito, lo ha dicho y lo ha enseñado de múltiples formas. Sirvan de testigos los párrafos que abajo transcribo. Corresponden a una preciosa lectio divina de Juan 15 a sus seminaristas romanos.

No somos nosotros quienes debemos producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros quienes debemos hacer todo lo que Dios se espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en este misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amor, precede a nuestro actuar y, en el contexto de su cuerpo, en el contexto del estar en él, identificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros podemos actuar con Cristo.

La ética es consecuencia del ser: primero el Señor nos da un nuevo ser, este es el gran don; el ser precede al actuar y a este ser sigue luego el actuar, como una realidad orgánica, para que lo que somos podamos serlo también en nuestra actividad. Por lo tanto, demos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, pero debemos sólo actuar según nuestra nueva identidad. Por consiguiente, ya no es una obediencia, algo exterior, sino una realización del don del nuevo ser.

Lo digo una vez más: demos gracias al Señor porque él nos precede, nos da todo lo que debemos darle nosotros, y nosotros podemos ser después, en la verdad y en la fuerza de nuestro nuevo ser, agentes de su realidad. Permanecer y guardar: guardar es el signo del permanecer y el permanecer es el don que él nos da, pero que debe ser renovado cada día en nuestra vida.

La cita ha sido larga. Pero es sabrosa. Como toda la lectio.

Al despedir de esta vida mortal al querido Papa emérito Benedicto XVI, pienso que, por encima de todo, nos sea inmensamente necesario y urgente entrar en el cauce profundo de la corriente espiritual que lo animaba, tanto como fecundaba su prodigiosa inteligencia.

Allí están Dios y su Cristo, la alegría de la fe, la luz que nos alcanza al saborear la Palabra y al celebrar los misterios en la sagrada Liturgia. De allí proviene la que tal vez sea la más feliz formulación de su magisterio:

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Encíclica Dios es amor, 1).

Por todo ello, muchas gracias, padre.

2023

«La Voz de San Justo», sábado 31 de diciembre de 2022

“Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos […]” (Gal 4, 4-5).

El tiempo es más que el mero transcurrir de las horas. Es el terreno para la libertad humana, limitada y frágil, con sus opciones, logros y fracasos. Es, sobre todo, el espacio para la libertad creativa de Dios.

Y Dios ha entrado en el tiempo, en el momento oportuno, llenándolo con su presencia. Desde que esa “mujer”, aludida por san Pablo, da a luz al Hijo de Dios, todo ha cambiado en la historia… y para mejor. La libertad humana ha sido redimida y puede, finalmente, buscar el bien con el empuje que le da el Espíritu de Cristo.

El tiempo es regalo de Dios y posibilidad inmensa del ser humano.

Pero, en el corazón de ese misterio de redención está la mujer. Pablo no la nombra. Sí lo hace el evangelio de este domingo: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” (Lc 2, 19).

Esa es la reacción de María, la madre de Jesús, ante los pastores que narran lo que les han dicho del niño. María escucha y se queda rumiando en silencio. Es consciente de que siempre será discípula, catecúmena del Evangelio. Y, así, crece su libertad.

Es la imagen con que empezamos a caminar este año nuevo 2023 que se abre a nuestros pasos, a nuestra libertad: como María, siempre aprendiendo como chicos en catequesis. Siempre discípulos.

“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todo peligro; oh, Virgen gloriosa y bendita.” (oración del siglo IV).

La Copa, la pasión y los nuevos liderazgos

En Argentina, el fútbol es más que fútbol. Lo comprendemos incluso los que, como quien esto escribe, no somos futboleros.

El triunfo de la Selección nos ha llenado de emociones. Algunos reels me han puesto la piel de gallina. De lejos, el que me hizo moquear más ha sido la foto o el videíto de “los Messi” (Lio, Antonella, Thiago, Mateo y Ciro) festejando el triunfo. Fue lo único que me animé a postear.

Los cuatro o seis millones festejando en Buenos Aires ofrecen una imagen impresionante. Aunque, por aquí, los quince mil que desbordaron Calchín para recibir a Julián Álvarez no se quedan atrás. En el interior del interior (¿todavía nos empeñamos en hablar así?) se logró lo que no se pudo en CABA.

Los análisis concienzudos se multiplican en las páginas de los medios. Eso es también muy argentino, tanto como la pasión que asombra al mundo. Y lo contagia. De paso: ¿irá Messi a Bangladesh con la copa?

El costado político tampoco se puede dejar de lado. La negativa de la Selección a ir a la Casa Rosada es comprensible. Se puede discutir, aunque también tenemos que tratar de entender el mensaje del gesto. Y, lo que es para mí más importante, intentar sacar algún aprendizaje.

Porque necesitamos eso. La alegría en las calles, como muchos han notado, expresa un desahogo, un alivio, un momento de fiesta en medio de una realidad tan dura. En esto, no advierto ingenuidad o mera evasión en el “pueblo” o la “gente” (como se prefiera hablar).

 A una semana de la Copa, y saliendo de la resaca de las fiestas de Navidad, a ninguno se nos escapa que la realidad difícil de vivir en Argentina está ahí, indomable y testaruda. Tanto como el pesado interrogante acerca de nuestras reales posibilidades de salir del atolladero.

Por eso, quisiera hacer en voz alta una pregunta, habida cuenta de lo que muchos han señalado de esta Selección (la “Scalonetta”) y sus virtudes: espíritu de equipo, liderazgos compartidos, tesón, resiliencia, disciplina, laboriosidad y un largo etcétera.

¿Será posible que toda esta pasión y este enorme logro de lugar al surgimiento de nuevas formas de liderazgo y de dirigencia? Y no pienso solo en la política, sino también en todos los niveles y espacios desde donde las personas edificamos la vida. También, la comunidad cristiana.

Nuevos liderazgos -a mi entender- implica conjugar dos cosas: renovación de personas y un nuevo estilo. En ninguno de estos dos aspectos se trata de hacer borrón y cuenta nueva. Una verdadera transformación es un trabajo complejo en varios niveles: conciencia, opciones libres, sentimientos, actitudes, personas y programas, “seniores” y “juniores”. Los espacios de educación y decisión política (los partidos o sindicatos, por ejemplo) tienen aquí un fuerte desafío.

Cuando, en noviembre de 2008, el Episcopado Argentino publicó el documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad”, dedicó un apartado específico a este delicado aspecto. Teniendo como trasfondo el desafío colectivo de madurar un “proyecto de país”, abordó esta cuestión con esta pregunta: “¿Qué estilo de liderazgo necesitamos hoy?”.

La respuesta cristiana no deja lugar a dudas: según el Evangelio, el poder siempre es y se vive como servicio. Ese es su espíritu, su forma y también la mejor recompensa a la que puede aspirar un dirigente.  

De todo lo que allí se dice, solo apunto el párrafo 22 del documento: “Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común.  Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida. “

Algo de esto vimos en la “Scalonetta”. Verlo también crecer en nuestra vida social, comunitaria y política es, sin dudas, mucho más difícil. Pero, no imposible. Ese gol tampoco se improvisa.

Los pastores

Homilía en la Misa de Navidad en la catedral de San Francisco – 25 de diciembre de 2022

Acabamos de escuchar las lecturas de la Misa de la aurora de este día de Navidad. Es también llamada: la “Misa de los pastores”, por el protagonismo que tienen en el evangelio.

Les propongo que nos identifiquemos con ellos, que nos veamos reflejados en su apertura al anuncio que han recibido y en el doble movimiento que nace de ahí: ir hacia Belén y retornar alabando y glorificando a Dios.

En definitiva, ese es el movimiento interior de la fe: nace de la escucha, nos pone en movimiento hacia Cristo y nos colma tanto el corazón que se transforma en canto de alabanza, de adoración y acción de gracias. 

En la Navidad, tal como nos la relata el evangelio, queda de manifiesto el “estilo de Dios”. 

Él convierte a unos humildes pastores en los primeros evangelizadores, en misioneros, en acreditados intérpretes del designio de Dios. 

Tan es así, que la misma madre del Señor ha de escuchar dócilmente el anuncio que le hacen los pastores y quedar rumiándolo en su corazón de discípula. 

María no solo tuvo que obedecer la voz de Dios que le llegó por Gabriel, el mensajero divino. Tuvo también que hacerse discípula obediente de esos pobres campesinos que, contra todas las apariencias, resultaron ser también mensajeros autorizados de Dios. 

Contemplando a Nuestra Señora que se hace humilde catecúmena de los pastores, nos podemos preguntar quiénes hoy, en la comunidad cristiana, son los “humildes pastores” que nos enseñan por dónde pasa el designio de Dios en nuestra vida. 

Escuchar lo que Dios hace en el corazón de las personas, de las familias, de los pobres. Cómo hace crecer a Cristo en sus corazones. 

Entonces, antes de imitarlos, pongamos a escuchar lo que ellos nos enseñan.   

Podés preguntarte quién de tu entorno sea el más parecido a estos pastores, el menos pensado como «vocero» del Evangelio. A ese, prestale atención, dale tu tiempo y tu oído.

Entonces sí, imitémoslos en la actitud profunda de escucha cotidiana de la Palabra de Dios, en el deseo de reconocer a Cristo en los signos más humildes que nos ofrece y en compartir con los demás lo que nosotros hemos oído y visto. 

Si lo hacemos, a nosotros como a ellos, el Espíritu nos colmará el corazón de alegría y seremos los mejores misioneros. No tanto por hacer el propósito de ser misioneros, sino por el desborde del corazón: no podremos ocultar lo que hemos visto y oído, lo que ha llenado de esperanza y alegría nuestros corazones. 

Los pastores del evangelio, como María y José, ante todo, basan su fe en el silencio que escucha, medita y rumia la vida hecha Palabra. 

Esa es la actitud de fondo para vivir esta Navidad…

Elijo creer

No hace falta explicar lo que significan estas palabras. Las hemos sentido saliendo del fondo del alma, despertando ilusiones y esperanzas. 

Las hemos leído una y otra vez a lo largo de los días pasados. Las hemos visto estampadas en memes, reels, historias y en otras muchas formas. 

Es así: libertad y confianza. Solo el ser humano puede darse ese lujo: elegir y confiar. 

Y, en esta ocasión, es elección de confianza culminó en una fiesta increíble. En la alegría de un pueblo. 

Como cristiano, y a las puertas de esta Navidad, pienso que lo que esas palabras significan y despiertan en el corazón son un estupendo prólogo para preparar y vivir el nacimiento de Cristo. 

Los cristianos elegimos creer que, en esta historia nuestra, a menudo cargada de incertidumbre y dramatismo, de ilusiones y sufrimientos, no solo cuentan nuestras posibilidades y límites, nuestros logros y desaciertos. 

Navidad nos dice que, con nosotros también hay una Presencia que, con discreción y humildad, se hace sentir. Es la del “Emanuel”, el Dios con nosotros. 

Es el que -según el relato entrañable del evangelio-, María envuelve en pañales y recuesta en el pesebre. 

Elijo creer en Él y en lo que nos dice ese gesto tremendo de nacer como cualquier hijo de vecino. En medio de la noche y en un lugar perdido del inmenso mundo. 

Como en su momento lo descubriera el gran san Agustín: es el Dios humilde, el único que es digno de fe. Es dado a luz, comienza a caminar la vida y, con su llanto, nos provoca a la fe. 

Elijo creer. 

La provocación de Navidad

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de diciembre de 2022

“El Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».” (Mt 1, 20-21).

Cada domingo los cristianos evocamos este evangelio cuando confesamos que Jesucristo “nació de santa María virgen”, “concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”. Este año, a las puertas de la Navidad, volvemos a escuchar este relato de la concepción virginal de Jesús.

En sociedades como la nuestra (¿postcristianas?), la Navidad, sin dejar de ser una fiesta popular arraigada, viene perdiendo su perfil cristiano específico. Por eso, escuchar que María espera un hijo, por obra del Espíritu Santo, es toda una provocación.

¿Estamos dispuestos a dar crédito a este mensaje y a fundar en él nuestra vida?

No hay forma de reducir el escándalo. Ahí está esta palabra evangélica. Transmite un mensaje potente: en nuestra historia no solo estamos nosotros, nuestras posibilidades y límites. Está también Dios. Y es capaz de hacerse presente e intervenir desde dentro, manteniendo intacta su iniciativa y dándole a nuestra historia una inesperada posibilidad.

Creer en Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, es tan razonable (y loco) como creerle a quien nos dice: «Te amo». Todo cae o se mantiene si se acepta o no esta declaración. Es la provocación de la Navidad.

“Señor Jesús: Estás llegando a nosotros. Venís del Padre, engendrado en María por obra del Espíritu Santo, regalo gratuito e inmerecido. Y venís como Salvador. No, no estamos solos, librados a nuestra suerte. Sos el Emanuel: Dios con nosotros. Por eso, como José, te decimos: Amén.”

Mensaje de Navidad 2022

San Francisco – 17 de diciembre de 2022

“Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.” (Lc 2, 6-7).

Bebé acostado en una cama

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Aunque el Evangelio no lo dice, podemos imaginar a ese niño recién nacido, envuelto en pañales y llorando. Tratemos de escuchar ese llanto infantil. Seamos como chicos frente al pesebre. 

Los niños lloran, los recién nacidos y los más grandecitos. Y los adultos también lloramos, a veces en silencio o a escondidas; en otras ocasiones, delante de todos. Lloramos de emoción, de dolor o de bronca. También de arrepentimiento. Hay llantos que nos hacen mucho bien. 

En el llanto de ese niño que María acaba de recostar en el pesebre, escuchemos el llanto de Dios que, así, entra en nuestra historia y en nuestro mundo. Creemos en un Dios capaz de tocar realmente la vida humana, de estar donde estamos nosotros, de sentir como nosotros… y, por eso, también de llorar. 

El llanto del Niño Jesús -como el de todo recién nacido- delata que la vida comienza a abrirse paso por su cuerpo, sus venas, por todos sus sentidos. Ya nos habla de la Pascua: del sudor de Getsemaní, del abandono del Calvario y, sobre todo, de la alegría de la tumba vacía por la resurrección. 

Escuchemos el llanto del Niño Dios y dispongamos los oídos del corazón para escuchar los llantos de los niños del mundo, de sus madres y padres, de todos los que sufren y esperan. 

También el llanto de la tierra, herida por la desmesura de la ambición humana. Llamada a ser hogar de todos -casa común- parece que queremos transformarla en un desierto inhóspito y vacío. 

Escuchemos con atención, respeto y cariño. Escuchemos la fe que habita nuestro corazón, sembrada allí por nuestros padres y abuelos. Es la fe que nació venciendo el llanto del Calvario y que nos transmiten los apóstoles. Es la fe que nos hace hombres y mujeres con esperanza.

Y, así, dispongámonos a escuchar a todos: a los de cerca y a los alejados, incluso a quienes son hostiles. Escuchar lo que los emociona, lo que los ilusiona y también lo que los desespera. Ejercitados en la escucha conmovida del llanto del Niño de Belén, abramos nuestro corazón para escuchar su Voz en las voces que pueblan nuestra vida. 

Acerquémonos así al Pesebre… como los chicos… y no tengamos miedo de dejarnos llevar por la emoción y de verter algunas lágrimas. María, José y Jesús sabrán recogerlas en su odre y transformarlas en vida y salvación para todos. 

¡Bendecida Navidad!

Texto, Carta

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+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Juan en Adviento

«La Voz de San Justo», domingo 11 de diciembre de 2022

“Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» […]” (Mt 11, 2-3).

Con Isaías y María, Juan Bautista inspira la espiritualidad del Adviento. Sin dejar de mirar de frente nuestros miedos, nos enseña de qué noble madera está hecha la esperanza. 

Podemos imaginar lo que un hombre siente en prisión. Sus dudas y temores. Es posible incluso que intuya que de la prisión irá al cadalso. Es un corazón en ascuas. De aquí nace la pregunta tremenda de Juan a Jesús que abre esta reflexión: ¿Valió la pena la espera? ¿Tengo que seguir esperando? ¿Debo abandonar toda esperanza?

Y Jesús responde: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!” (Mt 11, 4-6).

Lo decíamos el domingo pasado: Juan tiene que rehacer su imagen del Mesías. No viene a eliminar a los pecadores, sino a cambiarles el corazón. No con el rigor del miedo, sino con la potencia del gesto amigable y del perdón. Jesús cura y sana corazones. Él así, porque Dios es de esa madera. 

“Señor Jesús: Vos sos nuestra esperanza. Como a Juan, no dejés de provocarnos a salir de nosotros mismos, a confiar en tu Evangelio y a dejarnos rehacer por dentro y, sobre todo, a revisar la imagen que tenemos de Vos, de tu Padre y de su plan de salvación. Que nos abramos al modo que tenés de amar y curar los corazones. Amén.”

“Madre, ayúdanos a ser comunidad que salga al encuentro de todos”

Homilía en el Santuario diocesano de Villa Concepción del Tío – Jueves 8 de diciembre de 2022 – Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

“Madre, ayúdanos a ser comunidad que salga al encuentro de todos”.

Con este lema hemos vivido la novena patronal, preparando esta fiesta de la Virgencita.

Hemos salido de nuestras casas, de nuestras ocupaciones ordinarias, de nuestro ritmo de vida y, como cada año, nos hemos hecho peregrinos de la fe, en camino hacia este Santuario.

¡Cuántos jóvenes -chicos y chicas- de nuestros pueblos y ciudades han pasado hoy delante de la Virgencita! ¡Cuántas familias, hombres y mujeres de pueblo, profesionales y servidores públicos! ¡Cuántos peregrinos y devotos le hemos confiado nuestros deseos, penas e ilusiones!

Villa Concepción del Tío, cada 8 de diciembre, se vuelve a convertir en el centro vivo del departamento San Justo y de nuestra diócesis de San Francisco.

Me animo a decir que, este Santuario como el de María Auxiliadora en Colonia Vignaud, se convierten, al menos por un día, en el corazón palpitante de toda la acción pastoral de nuestra diócesis: de la pastoral juvenil a la familiar.

Llegados a este lugar, ante nuestra mirada, se ha vuelto a mostrar el rostro hermoso de María, sus inmensos ojos y sus manos dispuestas a acoger las nuestras en oración.

Y nuestra alma se ha dejado ganar por la emoción, la alegría y el estupor que es el asombro y la sorpresa que le impide a la persona hablar, porque algo grande, de repente, ha irrumpido en la vida.

¡Qué emocionante es sentirnos pueblo en camino que sale en busca de la caricia de Dios a través de María, la “llena de gracia”!

Pero ¡qué sorpresa es caer en la cuenta de que es nuestro Padre Dios el que, mucho antes que nosotros, se ha hecho peregrino y mendigo de nuestro corazón!

Ha salido a buscarnos, ha querido atraernos y hacerse nuestro Amigo.

Por eso ha enviado a su Hijo Jesucristo, nacido de María Virgen, concebido por obra del Espíritu Santo.

Por eso buscó primero a María para que, a través de ella, llegara siempre a nosotros su Palabra, su Imagen y su Hijo, nuestro Salvador.

Nosotros queremos salir al encuentro de todos porque hemos sido tocados por esa gracia inmensa que no podemos dejar de comunicar; aunque el estupor por esta gracia nos deje mudos, una y otra vez.

No porque seamos mejores que nadie. Tampoco porque estemos como “bola sin manija”, confundidos y perdidos en la vida, sin acertar ni dar en el blanco.

Es cierto: somos pobres, frágiles y vulnerables. Más aún: somos hombres y mujeres marcados por el peso del egoísmo y de nuestros pecados (los más veniales y los más gordos también).

Pero somos hombres y mujeres de fe. Somos la Iglesia: familia visible de Jesús. Creemos en Dios, en su Hijo Jesucristo y en la fuerza del Espíritu Santo.

Nos reunimos cada domingo para la Eucaristía, escuchamos la Palabra y, orando sin desanimarnos, intentamos vivir el Evangelio. Y con humildad acudimos al sacramento de la Reconciliación.

Sí: Dios nos ha amado primero… y, como grita san Pablo: “¿quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo?” (Rom 8, 35). 

Esa es nuestra mayor riqueza… y es lo que queremos compartir con todos nuestros compañeros de camino de la vida: con todos, con los pobres, los desalentados, los que se sienten lejos, los que buscan y no encuentran…

En medio de esta historia nuestra, de sus conflictos y tormentas, la fe en Jesucristo que profesa la Iglesia es faro y brújula, como un GPS infalible que nos orienta, nos da firmeza y nos colma de esperanza.

Es fe en Dios, en el poder de su sabiduría y de su providencia, en la potencia de su amor y su ternura, de su misericordia y de su compasión.

Cuando un papá toma en brazos a su hijito o hijita y le enseña el rostro de la Virgencita, le está transmitiendo lo más valioso, mucho más que si nadara en dólares: está sembrando en su corazón el gusto por la vida, la esperanza cierta que nace de la fe en Dios.

Cada año, esta peregrinación al Santuario de la Virgencita, reaviva el fuego sagrado de la fe en los corazones.

Queridos peregrinos y devotos: sí, dejémonos evangelizar por María, y, así transformados, salgamos a comunicar a todos la alegría del Evangelio.

Y, en esta hora triste de nuestra patria, lloremos y recemos por Argentina. Cuando parece que todos somos traccionados hacia el fango de la deshonestidad, la corrupción y la indignidad, nosotros volvamos la mirada a esa Argentina humilde, paciente y buena que, cada día, puja, contra viento y marea, por salir adelante.

Hoy y aquí, como en cada Santuario o humilde capilla, se postra ante la Purísima, dispuesta a seguir caminando y luchando.

Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!

Ser presbítero, pastor del pueblo de Dios

25 años de ordenación presbiteral del Padre Gustavo Zaninetti, Vicario general y párroco de la catedral de San Francisco – Jueves 7 de diciembre de 2022

También nosotros, como Gabriel, saludamos a María: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!”. Y, de esa forma, entramos ya a celebrar a la Purísima en estas vísperas del 8 de diciembre.

El pasado 29 de noviembre, al inicio de la novena en el Santuario de Villa Concepción, como cada año, me tocó bajar la imagen de la Virgencita. 

Es siempre un momento conmovedor, que toca el alma. Mientras bajaba del camarín y recorría con la sagrada imagen la nave del templo, sentí la moción interior de pedirle a María que, así como bajaba para estar en medio de su pueblo, no se detuviera ahí, sino que bajara a tomar posesión del corazón de esta Iglesia diocesana, de su obispo y de cada uno de sus hijos e hijas.

Esta tarde, permítanme que se lo vuelva a pedir como gracia para el padre Gustavo que celebra sus veinticinco años de ordenación presbiteral. 

Querido Gustavo: que María, que ya está en tu alma y corazón sacerdotales, arraigue más profundamente el Evangelio en vos, en tu persona y en tu ministerio pastoral. 

Que su alegría sea siempre también la tuya. 

***

Con Gustavo, nosotros bendecimos a Dios “que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.” (Ef 1, 3-4).

¿Cómo desgranar el contenido y el significado de esa bendición de Dios en la vida de un sacerdote?

Se me ocurre repasar algunas palabras que nos ayuden a gustar y ver qué bueno ha sido el Señor con Gustavo y con nosotros.

La primera palabra es su nombre: “Gustavo”. No me entretengo en hacer etimología, ni en una estéril alabanza personal. Solo indico esto: el nombre propio indica la originalidad intransferible de una persona, de su vida, de su biografía y de su historia de salvación. 

Una historia cuya trama entremezcla -a veces sin poder distinguir del todo- los hilos de la propia condición humana con los hilos del Espíritu Santo. Unos y otros, en distinta forma y nivel, son imprescindibles. 

Solo al final de nuestro camino podremos contemplar cuánto de gracia y cuánto de libertad ha habido en nuestro camino personal. Nos ganará el estupor al contemplar que todo ha sido gracia  incluso nuestra respuesta libre al llamado de Dios. 

Ahora se nos pide caminar, vivir y confiar; estar siempre abiertos al soplo del Espíritu y dispuestos a la conversión del corazón. Siempre en Adviento. 

***

La segunda palabra es “orden/ordenación”. Despejemos un malentendido: no es que Gustavo haya necesitado que el obispo lo ponga en orden debido a su desorden. 

La palabra castellana “ordenación” viene del latín “ordo”. Indica un cuerpo de personas que se dedican a una misma actividad. En el caso de la ordenación presbiteral, el neo presbítero es incorporado a la fraternidad de todos los presbíteros de la diócesis. 

Por eso, el rito de la ordenación culmina cuando el ordenado recibe el saludo de paz del obispo y, a continuación, de todos sus hermanos curas presentes. 

El virus del individualismo, el personalismo y del caciquismo nos amenaza siempre. La fraternidad presbiteral, hecha opción de vida, es el mejor antídoto. Es una fraternidad -en algunos casos, llega incluso a ser amistad vivida- abierta a la misión que se comparte: con el obispo y los hermanos experimentar el dulce peso de la evangelización, de llevar el Nombre de Jesús a los corazones de todos. 

Ser ordenado es recibir una misión con la efusión del Espíritu que supone la imposición de manos y la oración de la Iglesia. 

***

La tercera palabra es precisamente: “presbítero”. Literalmente, quiere decir: anciano. “Presbítero” indica al anciano en cuanto el sabio experimentado en los caminos del Espíritu y que, por eso, está al frente de la comunidad cristiana. 

Normalmente, cuando uno es ordenado presbítero no es anciano desde un punto de vista biológico. Tampoco desde el punto de vista espiritual que indicamos y que es el que nos interesa. 

A menos que el neo presbítero tenga una arrogancia monumental, rápidamente cae en la cuenta cuánto tiene de aprendiz, de discípulo, de peregrino y de mendigo de los caminos del Espíritu. Solo el paso del tiempo abre los ojos para comprender que uno está llamado saborear al Espíritu que va moldeando la propia vida y el propio corazón, para que, así adiestrado, animarse a orientar a los demás -las personas y las comunidades- por los fascinantes caminos del Espíritu. 

En esto, la experiencia de la oración es clave. El presbítero está llamado a ser un hombre de Dios, un hombre del Espíritu y, por eso, un hombre de oración contemplativa, reposada, probada, zarandeada incluso. Un hombre fogueado en el Silencio que es otro Nombre de Dios, tan bello como sufrido en la cotidianeidad de la vida. 

***

La cuarta palabra es “sacerdote”. La condición sacerdotal la comparte el presbítero con el obispo. A ambos se les confía el don más precioso de Cristo a su esposa la Iglesia: la sagrada Eucaristía. 

El joven seminarista sueña con el momento de presidir por primera vez la Eucaristía. Intuye primero y aprende después que ahí está la razón de ser más honda de su ministerio. Es mucho más que aprender a realizar bien un rito, algo, por otra parte, indispensable.

La Eucaristía es la vida de Jesús en su momento culminante, mejor y más sustancioso: su sacrificio pascual. Es, como enseña el Concilio, “fuente y culmen de toda evangelización” (PO 5).  

Ella marca el ritmo de su vida y misión, porque indica la meta sobrenatural hacia la que apunta su vocación: llevar a las personas al encuentro personal, inmediato y transformante con el Señor. 

Cuando el obispo, al ir concluyendo la ordenación, le entrega el pan y el vino al neo presbítero, le dice: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo».

A medida que el tiempo va pasando, uno de los aprendizajes más decisivos en la vida de un pastor es el que tiene que ver con el significado de la Eucaristía dominical para la vida de la comunidad cristiana que le ha sido confiada. En ese servicio al misterio de la fe se juega su vida: en su preparación espiritual, en la rumia de la Palabra que se traduce después en la homilía, en la humilde dedicación al arte de celebrarla, para que sea Cristo el que resplandezca ante los fieles. Cristo y solo Él. 

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La quinta palabra es “pastor”. A partir del Concilio Vaticano II y, sobre todo, del magisterio de san Juan Pablo II, esta palabra ha sido clave para decir, de una sola vez y certeramente, el misterio que acontece en la ordenación sagrada: un hombre, tomado de entre los fieles discípulos, es transfigurado por el Espíritu en signo y transparencia del Buen Pastor, de sus sentimientos de amor, compasión y misericordia.

Es verdad que la ordenación significa para el joven presbítero un cambio muy fuerte de vida: los fieles comenzarán a llamarlo: “Padre… Padre Gustavo”. Se expresa así, más que una superioridad o distancia, la conciencia de un don grande de Dios: aquí, en este hombre concreto, el único Pastor de nuestras vidas, Jesucristo, nos apacienta a nosotros, nos hace experimentar sus entrañas de misericordia. 

El sacerdote tendrá que dejarse llevar por esa corriente del Espíritu que, ante todo, lo involucra a él, a su mundo interior, a sus afectos y a su propio cuerpo. Y esto a tal punto, que solo con un corazón indiviso por el celibato podrá vivir a fondo su configuración con Jesús, el que amó hasta el fin.

¡Extraña vocación y misión! Un padre que aprende a amar como un hermano mayor, que no busca ser el centro, ni hacerse ver, ni ocupar un lugar que solo a Dios le pertenece, sino que juega toda su existencia en disponer el corazón para que Otro ocupe el lugar decisivo. 

Son certeros los versos del obispo poeta: “No es que dejes el corazón sin bodas. Habrás de amarlo todo, todos, todas. Discípulos de aquel que amo primero. Perdida por el Reino y conquistada. Será una paz tan libre como armada. Será el amor, amado a cuerpo entero.”

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Aquí me detengo. Cada uno de ustedes podrá seguir añadiendo sus propias palabras. Vos mismo, Gustavo, podrás hacerlo. Seguramente reflejarán ese entramado de relaciones, vínculos y vivencias que es la vida de un discípulo misionero llamado a ser pastor de sus hermanos. 

Serán palabras de gozo, de esperanza y de vida, tanto como de dolor y de pascua. Serán seguramente nombres y rostros, lugares y fechas, para poner en las manos del Señor de la Vida, sosteniendo nuestra ofrenda en las manos y el regazo de la Purísima. 

Que Ella siga cuidando nuestro corazón -especialmente el de Gustavo- en su verdadero hogar que es el Evangelio de Jesucristo.

Y que nos conceda la gracia de suficientes vocaciones al ministerio pastoral de los presbíteros. Así podremos sumar nombres a los nombres que hoy nos hacen dar gracias por la vida y la fe compartidas.

YuAmén.