Casa amplia y puerta estrecha

«La Voz de San Justo», domingo 21 de agosto de 2022

“Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén. Una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?». El respondió: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán […]»” (Lc 13, 22-24).

¿Quiénes se salvarán? ¿Cuántos serán? ¿Pocos o muchos? Ya sabemos que las respuestas de Jesús suelen ser provocativas e incómodas. El domingo pasado lo escuchamos atónitos decirnos que no ha venido a traer paz sino división. Hoy, el mensaje agrega nuevos motivos de inquietud. 

Con una metáfora -una casa amplia con una pequeña puerta de entrada-, Jesús responde que todo depende de las decisiones que se tomen. La puerta estrecha expresa justamente eso: cada uno ha de confrontarse con la decisión por Jesús. Es un esfuerzo, una lucha espiritual y ética. 

Muchos lo rechazarán, como muestra el Evangelio. Otros muchos -más de los que imaginamos- darán el paso y seguirán a Jesús. Jesús concluye con una perspectiva amplia: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.” (Lc 13, 29).

No hay automatismos ni derechos adquiridos. Cada uno ha de asumir el riesgo de responder libremente y a conciencia: “Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos.” (Lc 13, 30).

“Jesús: al subir a Jerusalén a entregar la vida nos has precedido en atravesar la puerta estrecha. Danos tu Espíritu para que te sigamos por ese camino. La casa de tu Padre es amplia. Nadie puede quedar excluido del banquete del Reino. Que nuestras comunidades cristianas sean espacios generosos de acogida e integración. Amén.” 

Día del Catequista 2022

Mensaje del obispo Sergio O. Buenanueva

San Francisco, 16 de agosto de 2022

A los catequistas de la Diócesis de San Francisco.

Estamos aprendiendo a ser una Iglesia diocesana en “camino sinodal”. Siempre hemos buscado caminar como familia, en comunión y participación. Y con espíritu misionero. A lo largo de nuestra historia diocesana, el Espíritu Santo siempre ha encontrado catequistas, pastores, agentes de pastoral dóciles a sus inspiraciones. Damos gracias a Dios por ello.

Pero el camino sinodal nos presenta hoy -y, sobre todo, hacia el futuro- un fascinante desafío: aprender a caminar juntos más armónicamente como Pueblo de Dios que nace del Bautismo. Nuestra diócesis es una inmensa red de comunidades, vocaciones, carismas y ministerios. Hemos recibido una sola misión de la que cada uno es sujeto responsable en comunión y participación.

En este camino, los catequistas tienen un rol fundamental. Si la catequesis es un espacio en el que ha de resonar el Evangelio para hacer madurar a los bautizados como discípulos misioneros, ese eco se produce cuando la Palabra resuena en los corazones de catequistas y catecúmenos. Eso significa aprender a escuchar a los niños, adolescentes y adultos por cuyos corazones pasa la Palabra en la catequesis.

El catequista ha de ser un maestro de la escucha. Por eso, al celebrar este Día del Catequista 2022, como su obispo los invito a renovar el deseo ardiente que nos llevó a abrazar esta hermosa vocación: busquemos con pasión ser eco del Evangelio escuchando la voz del Espíritu en las múltiples voces que resuenan en nuestros encuentros de catequesis.

Cada año, en nuestras parroquias, colegios y otros ámbitos, numerosos chicos y adultos, con motivaciones diversas, acuden a nuestros espacios catequísticos. Llevan consigo sus ilusiones y proyectos, sus heridas y fragilidades. Buscan a Jesús, muchas veces a tientas. Tanto como cada uno de nosotros. Creemos firmemente que el Espíritu obra en sus corazones. Al anunciarles el Evangelio y al ayudarles a asimilar mejor la fe de la Iglesia, nosotros colaboramos con esa obra del Espíritu.

La catequesis es así un espacio privilegiado de escucha y discernimiento para que el Evangelio siga colmando de alegría y esperanza a las personas, a las familias y a nuestras comunidades.

Por todo esto, el catequista está llamado a ser un experimentado maestro espiritual, dócil a la acción del Espíritu Santo. Un orante contemplativo que escucha la Palabra, se alimenta de la Eucaristía y sabe del Perdón de Cristo. Un apasionado del Evangelio, un creyente cabal y un testigo coherente de la fe.

Los animo entonces a renovar su vocación catequística como misioneros del Evangelio. Que María, el Santo Cura Brochero y el beato obispo Mamerto Esquiú nos inspiren a todos.

Con mi bendición,

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Con Jesús, artesanos de paz

«La Voz de San Justo», domingo 14 de agosto de 2022

“¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división […]” (Lc 12, 51).

Del Mesías se espera la paz para el mundo. Ese es el gran don que trae consigo. Y es la paz de Dios; o, mejor: la Paz que es Dios mismo reinando en el mundo. 

¿Por qué entonces el dicho tan provocador de Jesús? Por la misma razón. La paz que Jesús trae no es un simple equilibrio de fuerzas o la paz de los cementerios.

Es la paz de Dios que transforma los corazones y renueva todos los vínculos. No echa raíces pacíficamente, aunque suene contradictorio. Es la paz que ha de abrirse paso en un mundo injusto. Es una paz resistida, sutilmente o de manera frontal. Por eso, llega dramáticamente al mundo a través del “bautismo” que Jesús desea recibir: el fuego que ha encendido su pasión, como escuchamos este domingo (cf. Lc 12, 49-50).

La paz de Cristo arraiga primero en los corazones de personas concretas, que eligen ser artesanos de la paz en circunstancias también concretas. Incluso a precio de su propia vida.

Esa paz nunca estará plenamente realizada en esta historia. Será frágil porque siempre confiada a mi libertad: ¿estoy dispuesto a elegir la justicia, la solidaridad y la fraternidad, incluso por encima de mi propio interés y a costa de mi propia vida?

Esa Paz solo será plena y definitiva en la bienaventuranza del cielo, cuando el Padre reúna a todos sus hijos e hijas en su casa. En una palabra: una paz que es, a la vez, don y tarea.  

“Señor, danos tu Paz y haznos instrumentos de tu Paz. Amén”.

130 años de la creación de la parroquia “San Francisco de Asís”

Catedral de San Francisco – 10 de agosto de 2022

Una buena semilla ha sido sembrada. Ha encontrado buena tierra y, por eso, es dable esperar una buena cosecha con el mejor de los frutos.

Contemplamos la figura evangélica de San Lorenzo, diácono y mártir, a la luz de la Palabra que acabamos de escuchar. Y esa luz ilumina también los ciento treinta años de camino de nuestra comunidad parroquial. 

La palabra “parroquia” evoca precisamente eso: una comunidad en camino. En realidad, en el origen de esta palabra está la referencia a un grupo humano que vive lejos de su hogar, en el extranjero, y, por eso, de paso por esa tierra. 

En camino hacia la casa del Padre.

Es también la casa de Dios en medio de las casas de los hombres y mujeres que habitan la historia, pero con el corazón y la mirada puestos en el futuro que nos abre a la esperanza.

Somos hombres y mujeres que vivimos de una promesa. Como comunidad cristiana, somos un pueblo sostenido por la Promesa del Señor que acabamos de escuchar en el Evangelio: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.” (Jn 12, 26). 

Una comunidad parroquial vive el servicio de Cristo en sus tres dimensiones fundamentales: servicio de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. 

Este es el servicio -la “diaconía”- que esta comunidad parroquial viene realizando desde su creación por el entonces obispo de Córdoba, fray Reginaldo Toro OP, en 1892. 

Cuando es creada la diócesis, esta parroquia pasó a ser la sede de la cátedra del obispo de San Francisco. Su templo parroquial pasó a ser la catedral de la nueva diócesis. 

Si la parroquia “San Francisco de Asís” es la madre de todas las comunidades parroquiales de nuestra querida ciudad, al pasar a albergar a la catedral, esa maternidad espiritual se ha ampliado a los confines de esta Iglesia diocesana. Así también su triple diaconía. 

A lo largo de estos años, el anuncio del Evangelio, la celebración de la Liturgia y la promoción de la vida cristiana han ido sumando a muchas personas que han sentido el llamado del Señor a la misión: sacerdotes, catequistas, ministros de la comunión, de las exequias y otros agentes de pastoral. 

Permítanme mencionar al querido Néstor Bernard, cuya pascua aconteció días pasados. Él, y tantos otros, son verdaderos testigos de la fe, cuya bondad y compromiso nos alientan a seguir caminando. 

Hacemos memoria agradecida de todos ellos. 

En este “camino sinodal”, como hoy estamos aprendiendo a decir, la comunidad parroquial de la catedral tiene un lugar y un aporte originales. 

En el amplio espacio de este bello templo debe resonar las voces de cada una de las comunidades que tejen la vida de nuestra Iglesia diocesana: sus anhelos, sus necesidades, sus proyectos y expectativas. 

Seguimos aprendiendo a caminar juntos en este tiempo que el Señor nos regala: difícil y complejo, pero también fascinante. Experimentamos que la pandemia nos ha afectado a todos, en diverso grado e intensidad. Ha tocado nuestro cuerpo, pero mucho más nuestros corazones.

Como enseñaba el siervo de Dios, cardenal Eduardo Pironio, hace ya varias décadas, en su “Meditación para tiempos difíciles”: «Jesús no anula los tiempos difíciles. Tampoco los hace fáciles. Simplemente los convierte en gracia. Hace que en ellos se manifieste el Padre y nos invita a asumirlos en la esperanza que nace de la cruz.»

Miramos agradecidos el pasado, pero no lo anhelamos con nostalgia. Miramos esperanzados el futuro, pero no nos dejamos ganar por la ansiedad. 

Como peregrinos de la fe -guiados por María y San Francisco- queremos ser también hombres y mujeres del Espíritu, guiados por Él y dóciles a sus inspiraciones y mociones. A ellos invocamos para poder abrirnos a la gracia que Dios nos regala en este tiempo que nos toca vivir. 

Así sea.

Acertar en la vida

«La Voz de San Justo», domingo 7 de agosto de 2022

“Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura. No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.” (Lc 12, 31-32).

Ya lo dijimos el pasado domingo: Jesús no desprecia el dinero, considerándolo malo. Él no es un asceta amargado. Por el contrario: una palabra clave de su prédica es “feliz”, “bienaventurado”. Anuncia una buena noticia que colma de alegría: el amor de Dios que se preocupa de todas sus criaturas.

Como buen conocedor del corazón humano, sabe que la felicidad que el Padre quiere para nosotros tiene una condición: la libertad interior que nos permite usar de las cosas sin dejarnos dominar por ellas.

La avaricia

El dinero, por ejemplo, es necesario para vivir. Sin embargo, lleva consigo una amenaza constante: que la preocupación por conseguirlo se vuelva una obsesión que llene de ansiedad la propia vida, al punto de no vivir sino para acumular y poseer, incapacitándonos para disfrutar lo verdaderamente valioso.

De esa mirada sapiencial surge su invitación de este domingo: “Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” (Lc 12, 33-34).

Es una llamada a la fraternidad, a la gratuidad del don, a acertar con la orientación de la vida, a preocuparnos por la justicia, lo verdaderamente bello y noble. En palabras de Jesús: el “reino de Dios” que, en definitiva, es el mismo Padre el que quiere regalárnoslo.

“Señor Jesús: danos tu sabiduría divina, para acertar en nuestra vida. Que busquemos el Reino del Padre, por encima de todo. Que seamos libres para ser hermanos. Amén”.

Ricos a los ojos de Dios

«La Voz de San Justo», domingo 31 de julio de 2022

«Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas» (Lc 12, 15).

Ni pobrismo, ni demonización del dinero. Una advertencia de sentido común y, sobre todo, una perspicaz percepción de la condición humana.

Jesús conoce lo que se agita en el corazón. Sabe de sus posibilidades y grandezas, sus riesgos y miserias. Ahí pone el ojo. La legítima necesidad de poseer puede desbalancear el delicado equilibrio de la vida, si la laboriosidad se vuelve avaricia y el bienestar personal, valor absoluto. 

Acumular riquezas puede ser relativamente fácil para algunos. Lo verdaderamente desafiante es crecer en calidad humana. O, como, termina diciendo Jesús: «ser rico a los ojos de Dios» (Lc 12, 21).

Jesús no condena los bienes materiales. Tampoco el espíritu de emprendimiento o el ingenio creativo que multiplica la riqueza. Al contrario. Quien obra así prosigue la obra creadora de Dios. 

Su advertencia apunta también en esta dirección: que el emprendedor tenga los mismos sentimientos y actitudes del Padre. Que sea laborioso y compasivo, ingenioso y sensible, cuidadoso con lo propio y multiplicador de las posibilidades para los demás, atento y creativo para generar el bienestar de todos: el propio y el de los otros. 

«Jesús: Vos conocés como nadie nuestro corazón. Con tu Espíritu danos tu misma libertad interior. Que aprendamos a multiplicar los bienes, pero, sobre todo, la bondad. Que seamos ricos a los ojos de Dios. Amén.»

Cuando oren, digan: «Padre…»

«La Voz de San Justo», domingo 24 de julio de 2022

“Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar […] «Cuando oren, digan: Padre […] Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan».” (Lc 11, 1-2. 13).

Contemplar a Jesús en oración ha sido impactante para sus discípulos. Esa experiencia arranca esta honestísima súplica: “Señor, enséñanos a orar…”. Así nace el Padre nuestro, la oración más evangélica de los cristianos. La más bella y esencial. Rezada a diario por millones de creyentes; musitada en silencio o cantada con entusiasmo, en medio del gozo o de la angustia. Una plegaria incesante.

La versión de Lucas es directa, concreta. Va al hueso. Todo resumido en la petición central: el pan de cada día, la gratuidad como suelo de la vida… y, por eso, el perdón recíproco, tan necesario como el pan.

Se puede decir también así: el don más grande que, según Jesús, el Padre quiere darnos es el Espíritu Santo. Que no nos falte el pan cotidiano ni el Espíritu de Jesús. Uno y otro nutren nuestra vida.

Por supuesto que los cristianos, con escandalosa confianza, acudimos a Dios para pedirle toda clase de cosas buenas. No le ocultamos lo que agita nuestro corazón. Pero, por encima de todo, sabemos que Él quiere darnos lo más valioso: un corazón, unos sentimientos y una mirada como la de Jesús. Es lo que nos da el Espíritu.

«Señor Jesús: enséñanos a orar. Despierta en nosotros el deseo de orar. Padre: danos el pan cotidiano, el Espíritu de tu Hijo. Santo Espíritu: ven a nosotros y ora en nosotros. Que seamos orantes, con Jesús y como Él. Amén.»

El Papa Francisco y Cuba

“Quiero mucho al pueblo cubano. Lo quiero mucho. Y… tuve buenas relaciones humanas con gente cubana. Y también lo confieso: con Raúl Castro tengo una relación humana… Cuba es un símbolo. Cuba tiene una historia grande. Yo me siento muy cercano, muy cercano. Incluso a los obispos cubanos”.

Estas palabras del Papa Francisco a unas periodistas mexicanas han vuelto a causar revuelo. Obviamente, la referencia a su vínculo con Raúl Castro ha sido destacado. Un titular soñado.

La diplomacia de la Santa Sede tiene un perfil muy particular, que reflejan bien estas afirmaciones del Papa. Corre por carriles diversos a la diplomacia de los estados. Ni mejores ni peores. Distintos, como suelen ser los acercamientos a las situaciones complejas internacionales. 

Es la diplomacia de la paz, que privilegia los contactos espirituales y humanos, los pequeños pasos y los gestos de cercanía, pensando en el bien posible aquí y ahora, atenta a la situación de las personas, especialmente en crisis humanitarias. Tiene recursos que los estados no tienen, pero también sus límites y sus riesgos. 

Se mueve en un terreno escarpado, con situaciones complejas abiertas a distintas opciones prudenciales. Es, por eso, opinable y discutible. A condición -claro está- de poseer información de calidad y no solo lo que circula por las redes. 

Francisco lo sabe y no le molesta. Uno de los «activos» de este pontificado es precisamente haber dejado un amplio espacio para las discusiones francas. «Escuchemos con humildad y hablemos con valentía», aconsejó a los obispos en el Sínodo sobre la familia. Toda una regla de vida eclesial.

En este sentido, las palabras del Papa Francisco se ponen en línea de continuidad con los pasos que viene dando la Santa Sede desde el comienzo de la revolución cubana. Pero también expresan su aporte original: él es latinoamericano, con una formación teológico pastoral que lo hace cercano a los conflictos y tensiones propios de nuestros pueblos. Seguramente también esto juega un papel a la hora de orientar a la diplomacia de la Santa Sede en su accionar en América latina. 

También recibió severas críticas (por ejemplo, de los cubanos en el exilio) el mismo Juan Pablo II por su acercamiento a Fidel Castro y su viaje a la isla. Algo similar ocurrió con Benedicto XVI que tuvo con Fidel un diálogo personal muy significativo. Se los acusó de no ser suficientemente claros y severos en sus condenas al régimen. Sin embargo, uno tras otro, esos gestos fueron abriendo puertas y aflojando tensiones. 

Es comprensible que, quienes sufren estos regímenes, no comprendan, critiquen, sientan dolor y extrañeza porque sus justos reclamos no son atendidos como quisieran. Y no se pueden minimizar ese dolor y esos reclamos. 

¿Acciones clamorosas o pasos silenciosos? ¿Un aplauso que suele ser efímero o resultados a largo plazo? 

Más que en los titulares de la prensa y en elogios de la opinión pública, el Papa y la Santa Sede tienen que pensar en el bien real que puede conseguirse en situaciones concretas, en ocasiones muy estrechas y con poco margen de acción. Sabiendo incluso que sus decisiones podrán tener efectos no tan fáciles de predecir o controlar. 

Es el peso de su responsabilidad pastoral.  

La parte mejor

«La Voz de San Justo», domingo 17 de julio de 2022

«Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.» (Lc 10, 39).

“Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.” (Lc 10, 41-42).

La hospitalidad era muy estimada en las antiguas culturas orientales, como vemos en la Biblia. Mucho más de lo que ahora alcanzamos a percibir. Era, ante todo, un deber sagrado.

Involucraba de manera especial a las mujeres: la señora o la esclava de la casa. Ellas tenías que quitar las sandalias del huésped, lavar sus pies cansados y polvorientos; proveer además un nuevo vestido al caminante; finalmente, sentarlo a la mesa y servirle algo sustancioso para comer. Solo entonces, los varones se entretenían en la conversación.

Es lo que hace Marta: se afana en disponer todo para acoger al ilustre huésped. Su hermana María, en cambio, se sienta a los pies del Maestro para escucharlo. Lo más disruptivo, sin embargo, lo hace Jesús: toma con naturalidad esa actitud y acepta a María como interlocutora.

Son importantes las “cosas” que hace Marta, pero -y a eso apunta el reproche de Jesús- más importante es mirarlo a los ojos, escuchar su mensaje e involucrarse personalmente con él. Esa es la “parte mejor” que María ha elegido. Esa es la hospitalidad que él espera.

Una vez más, una mujer concreta es la imagen más lograda de lo que significa la fe como actitud de vida. En este caso, María de Betania. Modelo para todos: varones y mujeres.

“Señor Jesús: seguís recorriendo nuestros caminos y tocando a nuestras puertas. Como Marta queremos afanarnos por darte hospedaje. Pero queremos ser como María de Betania: acallar nuestras ansiedades, ponernos a tus pies y ser más discípulos que nunca, atentos solo a tu Palabra. Amén.”