Ser presbítero, pastor del pueblo de Dios

25 años de ordenación presbiteral del Padre Gustavo Zaninetti, Vicario general y párroco de la catedral de San Francisco – Jueves 7 de diciembre de 2022

También nosotros, como Gabriel, saludamos a María: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!”. Y, de esa forma, entramos ya a celebrar a la Purísima en estas vísperas del 8 de diciembre.

El pasado 29 de noviembre, al inicio de la novena en el Santuario de Villa Concepción, como cada año, me tocó bajar la imagen de la Virgencita. 

Es siempre un momento conmovedor, que toca el alma. Mientras bajaba del camarín y recorría con la sagrada imagen la nave del templo, sentí la moción interior de pedirle a María que, así como bajaba para estar en medio de su pueblo, no se detuviera ahí, sino que bajara a tomar posesión del corazón de esta Iglesia diocesana, de su obispo y de cada uno de sus hijos e hijas.

Esta tarde, permítanme que se lo vuelva a pedir como gracia para el padre Gustavo que celebra sus veinticinco años de ordenación presbiteral. 

Querido Gustavo: que María, que ya está en tu alma y corazón sacerdotales, arraigue más profundamente el Evangelio en vos, en tu persona y en tu ministerio pastoral. 

Que su alegría sea siempre también la tuya. 

***

Con Gustavo, nosotros bendecimos a Dios “que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.” (Ef 1, 3-4).

¿Cómo desgranar el contenido y el significado de esa bendición de Dios en la vida de un sacerdote?

Se me ocurre repasar algunas palabras que nos ayuden a gustar y ver qué bueno ha sido el Señor con Gustavo y con nosotros.

La primera palabra es su nombre: “Gustavo”. No me entretengo en hacer etimología, ni en una estéril alabanza personal. Solo indico esto: el nombre propio indica la originalidad intransferible de una persona, de su vida, de su biografía y de su historia de salvación. 

Una historia cuya trama entremezcla -a veces sin poder distinguir del todo- los hilos de la propia condición humana con los hilos del Espíritu Santo. Unos y otros, en distinta forma y nivel, son imprescindibles. 

Solo al final de nuestro camino podremos contemplar cuánto de gracia y cuánto de libertad ha habido en nuestro camino personal. Nos ganará el estupor al contemplar que todo ha sido gracia  incluso nuestra respuesta libre al llamado de Dios. 

Ahora se nos pide caminar, vivir y confiar; estar siempre abiertos al soplo del Espíritu y dispuestos a la conversión del corazón. Siempre en Adviento. 

***

La segunda palabra es “orden/ordenación”. Despejemos un malentendido: no es que Gustavo haya necesitado que el obispo lo ponga en orden debido a su desorden. 

La palabra castellana “ordenación” viene del latín “ordo”. Indica un cuerpo de personas que se dedican a una misma actividad. En el caso de la ordenación presbiteral, el neo presbítero es incorporado a la fraternidad de todos los presbíteros de la diócesis. 

Por eso, el rito de la ordenación culmina cuando el ordenado recibe el saludo de paz del obispo y, a continuación, de todos sus hermanos curas presentes. 

El virus del individualismo, el personalismo y del caciquismo nos amenaza siempre. La fraternidad presbiteral, hecha opción de vida, es el mejor antídoto. Es una fraternidad -en algunos casos, llega incluso a ser amistad vivida- abierta a la misión que se comparte: con el obispo y los hermanos experimentar el dulce peso de la evangelización, de llevar el Nombre de Jesús a los corazones de todos. 

Ser ordenado es recibir una misión con la efusión del Espíritu que supone la imposición de manos y la oración de la Iglesia. 

***

La tercera palabra es precisamente: “presbítero”. Literalmente, quiere decir: anciano. “Presbítero” indica al anciano en cuanto el sabio experimentado en los caminos del Espíritu y que, por eso, está al frente de la comunidad cristiana. 

Normalmente, cuando uno es ordenado presbítero no es anciano desde un punto de vista biológico. Tampoco desde el punto de vista espiritual que indicamos y que es el que nos interesa. 

A menos que el neo presbítero tenga una arrogancia monumental, rápidamente cae en la cuenta cuánto tiene de aprendiz, de discípulo, de peregrino y de mendigo de los caminos del Espíritu. Solo el paso del tiempo abre los ojos para comprender que uno está llamado saborear al Espíritu que va moldeando la propia vida y el propio corazón, para que, así adiestrado, animarse a orientar a los demás -las personas y las comunidades- por los fascinantes caminos del Espíritu. 

En esto, la experiencia de la oración es clave. El presbítero está llamado a ser un hombre de Dios, un hombre del Espíritu y, por eso, un hombre de oración contemplativa, reposada, probada, zarandeada incluso. Un hombre fogueado en el Silencio que es otro Nombre de Dios, tan bello como sufrido en la cotidianeidad de la vida. 

***

La cuarta palabra es “sacerdote”. La condición sacerdotal la comparte el presbítero con el obispo. A ambos se les confía el don más precioso de Cristo a su esposa la Iglesia: la sagrada Eucaristía. 

El joven seminarista sueña con el momento de presidir por primera vez la Eucaristía. Intuye primero y aprende después que ahí está la razón de ser más honda de su ministerio. Es mucho más que aprender a realizar bien un rito, algo, por otra parte, indispensable.

La Eucaristía es la vida de Jesús en su momento culminante, mejor y más sustancioso: su sacrificio pascual. Es, como enseña el Concilio, “fuente y culmen de toda evangelización” (PO 5).  

Ella marca el ritmo de su vida y misión, porque indica la meta sobrenatural hacia la que apunta su vocación: llevar a las personas al encuentro personal, inmediato y transformante con el Señor. 

Cuando el obispo, al ir concluyendo la ordenación, le entrega el pan y el vino al neo presbítero, le dice: «Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo».

A medida que el tiempo va pasando, uno de los aprendizajes más decisivos en la vida de un pastor es el que tiene que ver con el significado de la Eucaristía dominical para la vida de la comunidad cristiana que le ha sido confiada. En ese servicio al misterio de la fe se juega su vida: en su preparación espiritual, en la rumia de la Palabra que se traduce después en la homilía, en la humilde dedicación al arte de celebrarla, para que sea Cristo el que resplandezca ante los fieles. Cristo y solo Él. 

***

La quinta palabra es “pastor”. A partir del Concilio Vaticano II y, sobre todo, del magisterio de san Juan Pablo II, esta palabra ha sido clave para decir, de una sola vez y certeramente, el misterio que acontece en la ordenación sagrada: un hombre, tomado de entre los fieles discípulos, es transfigurado por el Espíritu en signo y transparencia del Buen Pastor, de sus sentimientos de amor, compasión y misericordia.

Es verdad que la ordenación significa para el joven presbítero un cambio muy fuerte de vida: los fieles comenzarán a llamarlo: “Padre… Padre Gustavo”. Se expresa así, más que una superioridad o distancia, la conciencia de un don grande de Dios: aquí, en este hombre concreto, el único Pastor de nuestras vidas, Jesucristo, nos apacienta a nosotros, nos hace experimentar sus entrañas de misericordia. 

El sacerdote tendrá que dejarse llevar por esa corriente del Espíritu que, ante todo, lo involucra a él, a su mundo interior, a sus afectos y a su propio cuerpo. Y esto a tal punto, que solo con un corazón indiviso por el celibato podrá vivir a fondo su configuración con Jesús, el que amó hasta el fin.

¡Extraña vocación y misión! Un padre que aprende a amar como un hermano mayor, que no busca ser el centro, ni hacerse ver, ni ocupar un lugar que solo a Dios le pertenece, sino que juega toda su existencia en disponer el corazón para que Otro ocupe el lugar decisivo. 

Son certeros los versos del obispo poeta: “No es que dejes el corazón sin bodas. Habrás de amarlo todo, todos, todas. Discípulos de aquel que amo primero. Perdida por el Reino y conquistada. Será una paz tan libre como armada. Será el amor, amado a cuerpo entero.”

***

Aquí me detengo. Cada uno de ustedes podrá seguir añadiendo sus propias palabras. Vos mismo, Gustavo, podrás hacerlo. Seguramente reflejarán ese entramado de relaciones, vínculos y vivencias que es la vida de un discípulo misionero llamado a ser pastor de sus hermanos. 

Serán palabras de gozo, de esperanza y de vida, tanto como de dolor y de pascua. Serán seguramente nombres y rostros, lugares y fechas, para poner en las manos del Señor de la Vida, sosteniendo nuestra ofrenda en las manos y el regazo de la Purísima. 

Que Ella siga cuidando nuestro corazón -especialmente el de Gustavo- en su verdadero hogar que es el Evangelio de Jesucristo.

Y que nos conceda la gracia de suficientes vocaciones al ministerio pastoral de los presbíteros. Así podremos sumar nombres a los nombres que hoy nos hacen dar gracias por la vida y la fe compartidas.

YuAmén. 

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.