Hebe de Bonafini

Este domingo 20 de noviembre falleció Hebe de Bonafini. Como era de esperar, las reacciones se multiplican en estas horas. Y van en distintas direcciones.

A través de estas líneas, comparto algunas pistas de reflexión desde el Evangelio que ilumina nuestra vida, tanto personal como comunitaria y social. También en su dimensión política.

En una sociedad abierta y democrática, incluso apasionada (en ocasiones, al borde de la irracionalidad) como la argentina, es bueno abrir espacios más serenos para tratar de leer y comprender los acontecimientos y, sobre todo, a las personas, sus ideas y opciones. Y de hacerlo con el ánimo de respetar el espesor y complejidad que las personas tienen, evitando los juicios sumarios, sin renunciar a la crítica y a nuestras convicciones no negociables.

A punto de cumplir cuarenta años de haber “recuperado” nuestra democracia, muchas preguntas deben quedar dando vueltas en el espacio interior de la conciencia ciudadana. Tienen que ver con nuestros aprendizajes, nuestros yerros y nuestras tareas pendientes como pueblo y sociedad. La figura y el derrotero personal y político de Hebe de Bonafini puede ser un espejo que nos ayude en esta tarea.

Hebe de Bonafini, junto a las otras Madres de Plaza de Mayo (y, en su lugar, también las Abuelas), expresa ese valor fundante que está en el núcleo ético de nuestra democracia: una persona humana, independientemente de sus opciones políticas, no puede quedar al arbitrio del estado. Un estado que secuestra, tortura y desaparece pierde toda legitimidad ética, legal y política. Es un estado inicuo.

Muchos, por estas horas, rescatan con honradez este aspecto. Yo también lo hago. A partir de aquí se dividen buena parte de las opiniones. Hasta donde he podido ver, las críticas van en una doble dirección: su tendencia a un autoritarismo poco compatible con la cultura democrática y, a partir de 2003, su identificación con el proyecto político del kirchnerismo, su mirada de la historia y sus relatos.

Por uno y otro cauce, tal vez alentado por su propia y fogosa personalidad, se fue dando una radicalización de sus ideas, manifestaciones públicas y opciones, también agigantadas por la prensa más hostil a sus posiciones políticas. En este contexto se ubica su tendencia a legitimar la violencia política, tanto en Argentina como en otros países.

Los seres humanos somos así. Así es nuestra libertad, siempre vivida históricamente, al calor de los acontecimientos y abriéndose paso, con la ley del ensayo y el error, determinando qué tipo de persona queremos ser, qué valores encarnar y por los cuales luchar. Y, si la vida nos pone en el escenario público, estas opciones quedan también expuestas al juicio de los otros actores que comparten el espacio público en el que todos los ciudadanos transitamos nuestra condición de tales.

Es legítimo entonces que, rescatando aquellas luchas fundantes por un aspecto central de los derechos humanos, muchos de nosotros tomemos distancia crítica de las ideas, opciones políticas e ideológicas que Hebe de Bonafini fue encarnando con el paso del tiempo.

Conocida la noticia de su muerte, la Conferencia Episcopal Argentina hizo públicas sus condolencias: “La CEA reza por el eterno descanso de la señora Hebe de Bonafini quien ha fallecido en el día de hoy. Pedimos al Señor el consuelo para su familia y amigos, haciendo llegar también nuestro sentido pésame a la Asociación Madres de Plaza de Mayo”.

Es como un eco del camino que la misma Hebe de Bonafini recorrió en su difícil relación con la fe, con la Iglesia y que se materializó en su vínculo con el Papa Francisco. Ella pasó de la crítica dura a un reencuentro con el Papa en su casa de Roma. Obviamente aquí, se apresuran los juicios sobre sus intenciones y motivos. Lo cierto es que Francisco la recibió, la escuchó e inició con ella un vínculo exquisitamente pastoral. Hemos conocido que, al empeorarse su estado de salud, a través del arzobispo de La Plata, el Santo Padre le hizo llegar su cariño y cercanía.

Podremos seguir discutiendo muchas cosas de Hebe de Bonafini, sus ideas y posicionamiento. Lo cierto es que, del Papa y de la Iglesia hay que esperar esta actitud radical, evangélica y, por cierto, tan humana: más allá de todo, lo que una comunidad cristiana ha de encarnar es el modo cómo Jesús busca el corazón de las personas para llevarlas a Dios.

Como Jesús, un cristiano -mucho más un sacerdote y un obispo- debe mirar por encima de la maraña de cosas que es la vida de una persona, y tratar de alcanzar con los ojos el corazón, sus heridas y esperanzas, sus sueños y sus dolores. Y allí intentar verter el bálsamo del Evangelio.

Todos necesitamos ser tratados así, estemos donde estemos en ese viaje difícil y complejo que es nuestra vida. En definitiva, la “ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas”.

¿En qué medida esto se ha logrado? No solo dejemos a Dios la respuesta a esta pregunta, pues en esta materia tan delicada (el estado real del alma de cara a su salvación eterna), solo Él es competente; sino que nosotros podemos dar un paso más, y dejar que nos gane el corazón, no el resentimiento o el apasionamiento político, sino la benevolencia del Evangelio.

En definitiva, todos somos pecadores y vivimos de la serena certeza de que el Espíritu Santo sabe mejor que nosotros tocar nuestro corazón y abrirlo a la gracia del Salvador.  

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