Solemnidad de San Francisco de Asís

Homilía en la catedral de San Francisco, martes 4 de octubre de 2022

Queridos hermanos, querida ciudad de San Francisco:

¡Muy feliz fiesta patronal!

Damos gracias a Dios, por estos 130 años de camino de fe y misión de esta comunidad parroquial que lleva el nombre de nuestro santo patrono.

Podemos aplicarle a Francisco de Asís, lo que decía recientemente el cardenal Sean O’Malley de san Pío de Pietrelcina: no es un “santo de la puerta de al lado”.

Un “santo de la puerta de al lado” es alguien que vive, cada día, la entrega del amor, escondido de las miradas del mundo; incluso sin llegar a los altares. Francisco, por el contrario, es realmente un fuera de serie. Lo ha sido y lo es a la vista de todos.

De tanto en tanto, Dios nos regala hombres y mujeres así: verdaderamente extraordinarios, casi inalcanzables por su modo de vivir el Evangelio; y, por lo mismo, de expresar lo mejor de la humanidad.

Sin embargo, no lo hace para mortificarnos, sino para encender el ardor de nuestros corazones y estimular nuestro peregrinaje terrenal hacia la vida eterna. Francisco de Asís, como Teresita del Niño Jesús, el padre Pío y nuestro Cura Brochero son así: tocan nuestros corazones con su humanidad transfigurada por la gracia.

Es más: a través de sus extraordinarias experiencias de vida, ellos iluminan poderosamente al mundo, con un esplendor mucho más diáfano que cualquier celebridad.

Y así proseguimos el camino de la fe y de nuestra condición humana.

***

La plegaria “Señor, haz de mí, un instrumento de tu paz” ha ido marcando el ritmo de nuestra novena patronal.

Inspirada en la enseñanza del “Poverello” de Asís, es una invitación a dejarnos ganar por el espíritu franciscano, haciéndonos artesanos de la paz, de la buena convivencia, del cuidado amoroso de los hermanos y de la creación, del acercamiento de los corazones en medio de los conflictos. Es un eco del Evangelio: llegar a ser mansos y humildes como lo fue él, tras las huellas de Jesús.

Y ¡cuánto lo necesitamos como comunidad cristiana, como ciudad y como país!

También el mundo, en esta hora difícil, con la amenaza de una escalada de violencia de incalculables consecuencias para todos los pueblos.

La mansedumbre de Francisco, sin embargo, no es blandura, apocamiento o resignación. Por el contrario, supone grandeza de alma, fortaleza interior y aguerrida paciencia para soportar tiempos recios, como los que se anuncian.

Sí, queridos hermanos y hermanas: nos tenemos que preparar para la prueba, como enseña el sabio de Israel.

La paz, que comienza en los corazones, es fruto del trabajo paciente de hombres y mujeres que salen de sí mismos, dejan el bienestar del propio rinconcito, se dejan herir por el sufrimiento de sus hermanos y se animan a involucrarse con el destino de todos.

¿Lograremos superar realmente la somnolencia complaciente que parece habernos ganado el alma? ¿Quién dará un paso adelante? ¿Por dónde está la salida?

***

Las palabras de san Pablo que hemos escuchado -y que la liturgia nos sugiere referidas a Francisco- nos indican el camino.

Pablo ha hecho la experiencia de que, con la cruz, algo muy profundo ha cambiado en la historia. Lo afecta a él en todos los niveles de su vida: “Yo solo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6, 14).

No es la cruz, en sí misma, sino el Crucificado que en ella yace y entrega la vida.

El Crucificado ha puesto en marcha una novedad irrevocable: de ahora en más, el amor de Cristo es la potencia que realmente lleva adelante la historia. Quienes se dejen ganar por él, en medio incluso de la fragilidad de todo proyecto humano, serán los que realmente abran el mundo a la esperanza.

Y, en ese punto coinciden, santos extraordinarios como Francisco de Así y aquellos más ignotos, a los que llamamos “de la puerta de al lado”.

Como Pablo: crucificados con Cristo y por Cristo.

***

El Evangelio nos ofrece otra preciosa indicación. Contemplamos a Jesús cantar, bendecir y alabar al Padre por su providencia que se muestra especialmente sabia porque elige a los pobres para hacerlos destinatarios del Evangelio.

Francisco fue un eco de este canto gozoso que sigue elevándose desde el corazón resucitado de Jesús. Francisco cantó con una increíble sensibilidad las maravillas del amor de Dios. Su cántico de las creaturas Laudato Si’ o, mio Signore es testimonio elocuente de ello.

Cantó con su corazón y su cuerpo, con sus labios y con su mirada; pero, sobre todo, con su vida.

Queridas comunidades. Querida Iglesia diocesana que llevas el nombre del santo de Asís: encontremos aquí -en el canto de Francisco que es un eco del de Jesús y del de María- un verdadero proyecto pastoral.

Estamos caminando juntos, aprendiendo a afinar el oído para escuchar mejor la voz del Espíritu en las múltiples y variadas voces con que nos hace llegar su melodía.

Afinemos el oído para escuchar y nuestra voz para cantar la Esperanza del Evangelio que, siempre, con discreción y firmeza, se abre paso en medio de las circunstancias más difíciles de la vida.

Estemos preparados para toda prueba. Pero hagámoslo con la disposición interior de no dejarnos ganar por el desaliento o el desencanto, sino por el encanto del Espíritu que nos haga levantar el corazón para cantar al Dios de los mansos, humildes y sencillos.

Francisco nos señala a Jesucristo crucificado, meta de nuestro camino, la única y verdadera riqueza.

No perdamos el rumbo. Ni el más mínimo gesto de amor y de paz que hayamos podido dar a luz quedará sin recompensa ni fecundidad. Nos espera el canto nuevo en la bienaventuranza eterna.

¡Muy feliz fiesta patronal para todos!

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