Cuarenta años de “alianza” con el corazón inmaculado de María

Homilía en la catedral de San Francisco, al cumplirse 40 años de la consagración de la diócesis al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima. Miércoles 13 de octubre de 2021

Imagen de la Virgen de Fátima que se venera en la catedral de San Francisco desde 1981

“Yo soy la Señora del Rosario, continúen rezando el Rosario todos los días, la guerra se acabará pronto” (13 de octubre de 1917).

“[…] al final, mi corazón inmaculado triunfará […]” (13 de julio de 1917).

Sesenta años son muchos para la vida de un individuo; para una Iglesia diocesana como la de San Francisco, en cambio, son apenas un puñado de días, todavía fundacionales: el inicio de un camino que ha de seguir adelante.

Más joven aún era la diócesis -apenas habían pasado veinte años de su creación-, cuando el obispo de entonces, el recordado Don Agustín Adolfo Herrera, cumplió el gesto que hoy rememoramos y revivimos: trajo desde Fátima esta bella imagen de Nuestra Señora y consagró ante ella a la joven diócesis que pastoreaba al Inmaculado Corazón de la Virgen de Fátima.

¿Qué significó entonces y que significa ahora que nuestra diócesis esté consagrada a María, bajo la advocación de Fátima?

En realidad, la entrega confiada a María (expresión que prefiero usar) no es otra cosa que expresar visiblemente y vivir a plena conciencia lo que el Evangelio nos dice que aconteció en la hora del Señor: María es confiada al discípulo amado como Madre, y éste la recibe como hijo.

Es vivir esa alianza con María que está en la raíz de nuestra identidad como discípulos y como Iglesia de discípulos de Jesús: María es nuestra Madre en el orden de la gracia.

En las cartas que envié para preparar este momento, con la sugerencia de hacer o renovar nuestra entrega confiada a María, les decía dos cosas que quisiera ahora recordar.

En primer lugar, que la finalidad de esa alianza con María no es otra que vivir la gracia del bautismo y de la confirmación; es decir: ser de verdad, y cada vez más radicalmente, discípulos misioneros de Jesús, testigos de la Esperanza y de la Alegría del Evangelio.

Es la gracia que, cada noche de Pascua, reavivamos cuando renovamos las promesas bautismales, renunciando al pecado y dejándonos llevar al espacio de luz que abre la fe en nuestras vidas.

María, la primera y más perfecta discípula del Evangelio, como madre, maestra y consejera espiritual nos ayuda delicada y firmemente a vivir el bautismo. Nada más. Y nada menos. Nada más bello y valioso.

En segundo lugar, al hacer de forma tan personal nuestra alianza con María, le pedimos vivir nuestra condición de cristianos como ella ha vivido la fe, la esperanza y la caridad.

Con palabras de Don Bernardo Olivera: que ella nos ayuda a “marianizar” nuestra vida y experiencia cristiana.

Aquí me detengo, al menos con algunas indicaciones someras.

¿Qué significa, para nosotros, hijos e hijas de esta Iglesia diocesana de San Francisco, “marianizar” nuestra experiencia de fe, “marianizar” nuestra vida?

Permítanme, antes de esbozar una respuesta a esta pregunta, invitarlos a cada uno de ustedes a tomarse un tiempo para meditar en la propia respuesta. Y hacerlo en diálogo con María, nuestra madre y maestra: “María, quiero vivir mi condición de hijo de Dios como vos la viviste: ayudame, inspirame, invocá sobre mí el Espíritu -como en el Cenáculo- para que descubra mi vocación, y cómo vivirla con tu mismo corazón, actitudes y sentimientos, con tu misma fe, valentía y alegría”.

Ahora miremos a nuestra Iglesia diocesana, a sus comunidades, a sus miembros: laicos, consagrados y pastores, servidores, ministros y agentes de pastoral.

“Marianizar” nuestra vida diocesana, ante todo, significa vivir la fe desde el corazón, como una decisión de vida que, desde dentro hacia fuera, ha de ir impregnando nuestra mirada, nuestras decisiones libres y nuestra conducta.

No podemos darnos el lujo de vivir de prestado. La fe, más temprano que tarde, puja en nuestro corazón por convertirse en convicción, experiencia de encuentro y de misión.

“Marianizar” nuestra vida significa también hacer de la oración, la escucha de la Palabra, la adoración y la intercesión nuestro modo de estar en medio del mundo, abriéndolo así al influjo vivificante del Espíritu Santo. El icono precioso del Cenáculo nos ha de inspirar.

En la Eucaristía dominical, cuya participación presencial hemos recuperado en este tiempo de pandemia, hacemos juntos esta experiencia vital. Con María y como aquellos primeros mártires cristianos, también nosotros decimos: “sin la Eucaristía no podemos vivir ni subsistir en nuestro mundo paganizado”.

“Marianizar” nuestra vida significa cantar, cada día y a cada hora, el Magnificat de Nuestra Señora. Ella lo cantó al cabo de un camino misionero, al correr deprisa a tender la mano a Isabel. El Magnificat no es un canto apacible, sino el himno vigoroso de los que caminan, luchan, se dejan alcanzar y enardecer por la misericordia divina que, de generación en generación, se desborda sobre los pobres, los hambrientos, los humillados.

De esta pandemia, tal vez, nuestras comunidades salgan magulladas, reducidas en número y en recurso. No ocultemos nuestra fragilidad. Nos hace bien mirar de frente toda la pobreza que nos rodea y lo pobres que somos nosotros, como personas y comunidades.

Pero, también en medio de esta pandemia, el Señor nos ha regalado experiencias bellísimas de su gracia, de su presencia y de su potencia transformadora. “Marianizar” nuestra experiencia cristiana quiere decir dejar que nuestro corazón se abra al modo como Jesús, el verdadero pastor y obispo de nuestras vidas, conduce a su Iglesia.

Para nuestra Iglesia diocesana, en comunión con la Iglesia universal que preside el papa Francisco, “marianizar” nuestra vida significa afirmar con decisión nuestros pasos por el camino sinodal que hemos emprendido.

En ese camino que compartimos tenemos el enorme y fascinante desafío de descubrir los carismas que enriquecen a nuestra diócesis desde la experiencia de la gracia de cada uno de los bautizados, comunidades y espacios pastorales que la forman.

En ese camino que venimos haciendo juntos, hemos de recuperar la alegría de cantar -también juntos- el canto nuevo de la Esperanza que nos ha sido confiada para que la compartamos con nuestros hermanos.

¡No nos dejemos ganar ni por el triunfalismo ni por el derrotismo! ¡Tenemos mucho para dar y decir! ¡Nos ha sido confiado el Evangelio que es la esperanza del mundo!

El Sembrador sigue esparciendo su semilla por el campo del mundo. En él no solo crece la maligna cizaña. El trigo está madurando en nuestros campos bendecidos hoy por una abundante lluvia. Es un signo precioso de las bendiciones que nuestro buen Dios sigue dando a la tierra que ha creado y que ha regado con la Sangre redentora de su Hijo.

A nosotros solo se nos pide mirar -como María- y cantar las maravillas del Señor.

Sigamos caminando juntos con espíritu mariano.

Madre: aquí estamos tus hijos. Déjanos llamarte “Madre”, una vez más y con la voz emocionada. Sí, tu corazón inmaculado finalmente triunfará.

Amén.